(…) porque no lo sabré, porque no me sabrá,
por lo que sí sabemos:
por la oscura ceniza
de la rosa de luz que pudo ser,
por el será y el fue
que son el nunca,
por el instante eterno de sentir
esta amarga piedad que es la alegría.
Fragmento de Rogatorio, Vicente Gallego.
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Hagen & Alberich
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19. LIBRO
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Hagen Bjerke desde niño se sentía dividido entre dos vertientes de su propio carácter: por un lado la piedad y su propio razonamiento de justicia dentro de su corazón; y por otro lado, su poca paciencia y su volátil personalidad que a menudo daba al traste con aquella parte bondadosa de su ser.
Esta ambivalencia tuvo consecuencias interesantes, entre ellas el que al final el más joven de los Bjerke, tuvo que estudiar solo y no en el parvulario, no es que no pudiese convivir con otros niños, es que siempre acababa pelando porque algo le había parecido injusto, grosero o fuera de lugar, o sencillamente porque habían colmado su poca paciencia.
Así que el niño rubio dividía su tiempo entre la educación solitaria y ayudar a su padre en las labores del palacio.
Todo le causaba curiosidad, pero sobre todo la princesa pequeña, la niña del corazón dulce a quién se hizo afecto, quizás la bondad e ingenuidad de ella, le parecían algo peligroso en un mundo mayormente perverso, o tal vez era otra cosa.
El libro de las estrellas que estaba en sus manos tenía un aspecto de antigualla, bastante viejo, bastante ajado, y de dimensiones importantes para un niño de su edad, que a penas si recargándolo en sus piernas podía tener cierta estabilidad.
Una imagen curiosa.
—¿Qué es eso? —Interpeló una vocecilla.
Hagen ni siquiera levantó la vista del libro, continuó con la lectura, tampoco contestó.
—¿Eres mudo… o sordo? —Volvió a la carga la voz, esta vez con singular mohín de ironía.
Nuevamente, lo ignoró. A simple vista, de reojo, el niño rubio no vio a nadie, suponía que quién le hablaba estaba escondido. Entonces la voz salió de su escondite, se acercó a él sin siquiera hacer ruido, la mano blanquísima se extendió para tratar de tomar el libro, pero Hagen fue más rápido, pescó la mano invasora y la torció.
Cuando levantó la vista, furioso, como era su costumbre, ser un volcán en erupción, se encontró con unos ojos verdes, felinos, maliciosos: un chiquillo como él, pelirrojo y de buen aspecto, aunque algo flacucho.
—¿Qué quieres? No tengo dinero para darte, ni comida, así que sigue tu camino, que Odín te guarde —pronunció con frialdad.
El chiquillo frunció el ceño y le dedicó una mirada de profundo resentimiento.
—No tienes mucha educación, caballerango, me preguntaba si realmente sabías leer o es que sólo estabas viendo las letras —se burló con crueldad.
No hubo palabras de por medio. Lo siguiente fue que ambos chiquillos rodaban por la nieve liándose a golpes, un amasijo de piernas y manos que iban de aquí para allá, como bola de nieve.
—¿Quién diablos eres?
—…Alberich, salvaje… —farfullo el pelirrojo con la sangre escurriendo por la boca.
—Eres demasiado flacucho… deberías dejar de meterte en los asuntos de los demás y evitar a oponentes más fuertes que tú…
—Lo de aquí es más importante que lo de acá… —siseó con una sonrisa socarrona, señalándole la cabeza, y después el pecho.
Por toda respuesta Hagen lo llevó arrastrando de una pierna, y lo arrojó a una montaña de nieve, como costal de papas.
—Bah, enano Alberico…
Así como empezaron a golpes, así continuaron mientras crecieron… cuando ambos se hicieron guerreros, de los golpes pasaron a otro tipo de entretenimiento, las agresiones ya no eran a puño limpio sino a pierna suelta en el campo de batalla de la cama…
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N. de la A.
En la tradición del Nibelungenlied, Alberich es un enano dedicado a proteger y cuidar el tesoro de los Nibelungos. El mote que le menciona Hagen, como enano Alberico, es un guiño acerca del personaje de esa obra y con el hecho de que Alberich tiene una talla más pequeña que el resto de los niños.
