CAPÍTULO 3
Aquello cogió tan desprevenido a Neji que no se le ocurrió dar unos cuantos saltos cortos a través del espacio y seguir a la mujer, hasta que ya era demasiado tarde.
Cuando por fin se tensó para desplazarse, el viejo vehículo ya se había alejado, y Neji no tenía ni idea de adonde había podido ir. Saltó al azar en distintas direcciones durante un rato, pero no logró dar con él.
Finalmente sacudió la cabeza y se dio por vencido. Después regresó al banco, se sentó y empezó a maldecirse a sí mismo en media docena de lenguas.
Bueno, así que alguien lo había visto por fin.
¿Y qué había hecho él? Dejarla escapar. Minado por su repugnante anatomía humana.
Aquello le dejó muy claro que el organismo del varón humano no era capaz de suministrar suficiente sangre para que su cerebro y su miembro funcionen al unísono. Era o el uno o el otro, y al parecer el varón humano no podía escoger cuál de los dos órganos quería que entrase en acción.
Si aún fuese un Tuatha de Danaan, Neji habría dispuesto de un control absoluto sobre su lujuria. Lleno de deseo pero con la cabeza muy clara, quizás incluso habría sentido un inicio de aburrimiento (tampoco era que pudiese hacer algo que nunca había hecho anteriormente; transcurridos unos cuantos miles de años, un Tuatha de Danaan había tenido tiempo de probarlo todo).
Pero ahora que era un varón humano, el deseo había pasado a ser mucho más intenso y al parecer su cuerpo era esclavo de él. Una simple erección podía convertirlo en un auténtico neanderthal.
¿Cómo se las había arreglado la humanidad para sobrevivir tanto tiempo? Pensándolo bien, ¿cómo había logrado salir a rastras de sus pantanos primordiales en primer lugar?
Con un bufido de exasperación, Neji se levantó del banco y se puso a dar vueltas por el reducido espacio del patio adoquinado.
Allí estaba él, tendido boca arriba y con los ojos alzados hacia las estrellas mientras se preguntaba dónde demonios podría haberse mantenido escondido Madara durante todo aquel tiempo, cuando de pronto experimentó una especie de hormigueo, como si fuese el foco de una intensa mirada.
Volvió los ojos en esa dirección, casi esperando ver a algunos congéneres suyos riéndose de él. De hecho, tenía la esperanza, de que vería a alguno de sus congéneres. Riéndose o no. Durante los últimos noventa y siete días Neji había ido por todas partes en busca de alguien de su raza, pero no consiguió divisar a un Tuatha de Danaan ni por un fugaz instante. Al final llegó a la conclusión de que la reina tenía que haberles prohibido que lo espiaran, ya que no podía encontrar ninguna otra explicación para su ausencia. Sabía muy bien que había algunos entre su raza que disfrutarían enormemente viéndolo padecer.
Entonces vio no a uno de los suyos, sino a una mujer. Una mujer humana bañada por la incandescencia de aquello que los Tuatha de Danaan no poseían, iluminada desde dentro por el suave resplandor dorado de su alma inmortal.
Una mujer joven y de aspecto deliciosamente sensual, además, que parecía tener ascendencia irlandesa. Largos cabellos rosas se elevaban sobre su cabeza gracias a un pasador, con una aureola de mechones más cortos alrededor de su delicado rostro en forma de corazón. Grandes ojos ligeramente curvados por el exterior, un mentón puntiagudo, una boca carnosa y sensual. Un destello de fuego en el verdor de su mirada felina, prueba de ese apasionado temperamento gaélico que siempre llenaba de excitación a Neji. Pechos abundantes, hermosas piernas, un trasero magnífico.
Le había bastado con verla para que el miembro se le pusiera tan duro como una piedra.
Y durante unos instantes decisivos, su cerebro dejó de funcionar. El resto de él seguía funcionando. Estupendamente bien, de hecho. Sólo que su cerebro no.
Maldecido por el féth fiada, Neji ya llevaba tres largos e infernales meses de celibato. Y las atenciones de su propia mano no contaban.
Tendido en el banco mientras se imaginaba todas las cosas que le haría si pudiera, Neji fue completamente incapaz de procesar el hecho de que la mujer no sólo tenía la mirada vuelta hacia él, sino que lo primero que le dijeron sus instintos al verla no andaba nada desencaminado. Realmente era objeto de una intensa mirada. La mujer no apartaba los ojos de él.
Lo veía.
Cuando Neji consiguió recuperar el control de sus pies, para lo cual primero tuvo que recordar que tenía pies, la mujer ya se había metido en su coche.
Se le había escapado.
Pero no por mucho tiempo, pensó Neji mientras entornaba los ojos. Daría con ella.
La mujer lo había visto. Neji no tenía ni idea de cómo o por qué había sido capaz de hacerlo, pero francamente tampoco le importaba demasiado. Lo importante era que lo había visto, y ahora sería su billete de vuelta al paraíso.
Y, pensó al tiempo que curvaba los labios en una maliciosa sonrisa llena de erotismo, apostaría a que la mujer también había podido sentirlo. La lógica dictaba que si la mujer era inmune a un aspecto del féth fiada, entonces sería inmune a todos ellos.
Por primera vez desde que la reina lo volviese humano, Neji echó atrás la cabeza y rió. La boca que dio forma a la carcajada era humana, pero eso no impidió que los intensos ecos de aquel sonido extrañamente oscuro resonaran por toda la calle desierta.
Neji se volvió y contempló pensativo el edificio que tenía detrás. Había llegado a saber muchas cosas acerca de los humanos gracias a los milenios que dedicó a recorrer su reino, y durante los últimos meses había aprendido unas cuantas más. Los humanos eran criaturas de costumbres; como pequeñas ovejas de las Highlands, recorrían obedientemente los senderos que ellos mismos habían abierto con su paso y volvían un día tras otro a los mismos pastos.
Sin duda debía de haber una razón para que la mujer viniese al edificio esa noche. E indudablemente, en aquel edificio habría algo que lo conduciría hasta ella.
La deliciosa irlandesita iba a ser su salvadora.
Ella lo ayudaría a dar con Madara y comunicarle su apuro. Madara se movería entre las dimensiones y lo llevaría de regreso a la isla mágica de Morar, donde la reina tenía establecida su corte. Y Neji la persuadiría de que el castigo ya había durado bastante.
Sabía que Mito no podría mirarlo a los ojos y negarle lo que le pedía. Lo único que tenía que hacer era llegar hasta ella, tocarla y recordarle cuán grandes eran los favores que le había otorgado en el pasado y por qué se los concedió.
Ah, sí, ahora que había encontrado a alguien que podía verlo, dentro de nada volvería a ser el glorioso inmortal de siempre.
Mientras tanto, y hasta que Madara regresase, Neji dispondría de muchas cosas con las que entretenerse. Ya no tenía tanta prisa por volver a ser inmortal. Ahora eso podía esperar un poco, porque de pronto le había surgido la oportunidad de experimentar el sexo en la forma humana. La apariencia mágica no era ni mucho menos tan sensible como el cuerpo que habitaba en aquellos momentos, y —sensual hasta la médula como era él— se había sentido doblemente disgustado con Mito por volverlo incapaz de explorar sus nuevas capacidades eróticas. A veces la reina podía ser una auténtica perra.
Si una simple erección en su forma humana podía reducirlo a semejante estado primitivo, ¿qué haría el enterrarse a sí mismo dentro de una mujer? ¿Qué se sentiría al llegar al clímax dentro de ella?
Neji se dijo que pronto lo descubriría.
Porque aún no había nacido la mujer mortal capaz de resistirse a catar el miembro de una criatura mágica.
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Sakura no levantó el pie del acelerador hasta que entró con un chirriar de neumáticos en el oscuro pasaje detrás de su casa en el 735 de Monroe Street.
Entonces pisó el freno con tal ímpetu que sus cervicales casi sucumbieron al latigazo del brusco frenado.
Se había saltado todos los semáforos en rojo entre Cincinnati y Newport, casi esperando que un policía la detuviese (sin pensar en la orden de arresto expedida a su nombre por todas las multas de aparcamiento impagadas que tenía, como si pudiera permitirse pagarlas una vez que se habían doblado, y además, si el ayuntamiento creara suficientes plazas de aparcamiento en el centro, una no se vería obligada a inventárselas). Que la metieran en una celda. Sí, que la encerrasen bajo llave donde aquella cosa quizá no podría dar con ella.
La mayoría de los días a Sakura le encantaba vivir en Kentucky, en su pintoresco barrio histórico de viejas casas victorianas y de estilo italiano, verjas de hierro labrado, frondosas buganvillas y magnolios, a un kilómetro y medio escaso de Ohio cruzando el río. Aquel barrio te permitía vivir a poca distancia del trabajo, de la facultad, de los bares, de todo lo que importaba. Pero aquella noche quedaba demasiado cerca para que pudiera sentirse cómoda en él. Claro que pensándolo bien, incluso Siberia le habría parecido demasiado próxima en ese momento.
Sakura aparcó lo más cerca de su casa que pudo, cogió el bolso, saltó del coche, subió los escalones a la carrera, abrió la puerta de atrás con manos temblorosas, la cerró de un portazo tras ella y echó la llave. Corrió el pasador de seguridad y luego se dejó caer al suelo como un pequeño fardo de carne estremecida.
Paseó la mirada por la cocina sin verla mientras aguzaba el oído en busca de cualquier indicio de que la cosa había logrado seguirla. ¡Cómo le hubiese gustado tener un garaje! Ahora su coche estaba aparcado frente a su casa como una gran X azul pastel con demasiados kilómetros a cuestas: «Sakura Haruno se ha escondido aquí. Esperará a los cazadores de patos sin moverse del sitio. Cuac, cuac.»
—Oh, Dios, ¿qué he hecho? —susurró, horrorizada.
Veinticuatro años escondiéndose, manteniendo una fachada impecable, arrojados por la ventana en una sola noche.
La abuela se hubiese llevado una gran decepción.
Sakura también se sentía muy decepcionada. Se había quedado plantada allí vigilando..., no, mirando a aquella cosa como si sólo tuviera ojos para ella. Y se lo había justificado a sí misma con la ridícula excusa de que si la miraba era sólo para luego poder identificarla correctamente en los Libros de las hadas de la familia Haruno, o describirla si no aparecía en ellos.
Como si eso pudiese justificar lo que acababa de hacer.
«¿Los encuentras atractivos?», le había preguntado Koharu Haruno a una Sakura que acababa de cumplir catorce años mientras tomaban té de naranja y jengibre entrada la noche en la cocina, hacía casi diez años.
Sakura se había sonrojado, porque no quería revelar hasta dónde llegaba aquel ridículo enamoramiento suyo. Mientras sus amigas del instituto soñaban con actores, estrellas de rock y chicos de los cursos superiores que tenían coche, ella soñaba con un príncipe llegado del reino mágico que irrumpiría de pronto en su vida y la llevaría en volandas a algún lugar exótico. Uno que supiera trascender la frialdad implacable innata a su raza, todo por el amor que sentiría hacia ella.
«¿Los encuentras atractivos?», había insistido la abuela implacablemente. Avergonzada, Sakura asintió.
«Eso es lo que los hace tan peligrosos, Sakura. Las criaturas mágicas no son mejores que esos cazadores que envían a capturarnos. Son inhumanamente seductoras. La palabra que debes recordar es: "inhumanas". No tienen alma. Carecen de corazón. No se te ocurra romantizarlas.»
Sakura había pecado precisamente de ello en aquel entonces. Después, nunca se le ocurrió que pudiera seguir haciéndolo. Sus años de adolescencia ya habían terminado, y Sakura creía haber dejado atrás muchas cosas con ellos, incluido su bobo enamoramiento de un príncipe de fantasía llegado del reino mágico.
No había sido así.
Con un gemido de abyecta miseria, Sakura se obligó a levantarse del suelo.
Quedarse acurrucada allí no serviría de nada.
«Si alguna vez te delatas —le había repetido su abuela incontables veces—, si alguna de esas criaturas se da cuenta de que puedes verlas, debes irte inmediatamente. No te atrevas a perder el tiempo haciendo las maletas, ¿comprendes? Sube al coche y vete lo más lejos posible a la mayor velocidad que puedas. Te dejo dinero en una cuenta especial para que lo uses únicamente con ese propósito. Debería haber más que suficiente para que te pongas a salvo.»
Sakura se agarró al borde de la encimera y cerró los ojos.
No quería irse, maldición. Aquella casa era su hogar, el sitio donde la había criado la abuela. Cada rincón estaba lleno de recuerdos inapreciables. Cada centímetro de aquella vieja casa victoriana que tenía un siglo de antigüedad le era inmensamente querido, desde el tejado de pizarra en el que siempre aparecía alguna nueva gotera, hasta las espaciosas habitaciones de techos altos y el arcaico sistema de calefacción por radiadores que crujían y tintineaban. ¿Qué importaba que no pudiera permitirse calentar la mayor parte de la casa y tuviera que llevar encima varias capas de ropa cuando estaba a más de un metro de distancia de algún radiador? ¿O que careciese de aire acondicionado y los veranos fueran asfixiantemente calurosos?
A veces se había sentido horriblemente tentada de echar mano de su fondo para escapar de las hadas, pero siempre supo resistir la tentación. Las cosas cambiarían cuando se licenciase y consiguiese un empleo de verdad. Su situación financiera no siempre sería tan precaria. Incluso empezar desde abajo en un bufete de abogados le permitiría pagar el montón de préstamos estudiantiles que había contraído e iniciar la tan necesaria renovación de la casa.
De todos modos pasaba la mayor parte del tiempo en la torrecilla octagonal, ya fuese en la biblioteca del primer piso o en el dormitorio de arriba, que había rediseñado para su uso cuando murió la abuela. Con todas las ventanas abiertas y el ventilador del techo zumbando suavemente, podía soportar el calor de las noches de verano. Además, le encantaba estar tumbada en la cama mirando los magníficos jardines repletos de verdor (a pesar de que la verja de hierro forjado estuviese en tan mal estado que necesitara reemplazarla). La hipoteca había quedado liquidada hacía años. Sakura planeaba no irse nunca de allí, y tenía la esperanza, de que algún día llenaría esas habitaciones demasiado silenciosas con sus propios hijos.
Y ahora, por culpa de una maldita criatura mágica...
«Espera un momento —pensó, abriendo los ojos de golpe—. Esa cosa no tenía ojos de criatura mágica, ¿recuerdas?» El pánico la había hecho olvidarse por completo de lo extraños que eran sus ojos. Eran de un solo color. Platas en la medianoche.
Decididamente aquello no era un hada. Las criaturas del pueblo mágico tenían ojos iridiscentes que cambiaban continuamente para abarcar todos los colores del arco iris. Rielantes y cautivadores. Nunca plateados.
De hecho, reflexionó Sakura mientras se mordisqueaba el labio inferior con expresión pensativa, aquella cosa había exhibido varias sorprendentes anomalías: sus ojos; el que llevara indumentaria humana —¿una criatura del reino mágico con tejanos y camiseta?—, cuando normalmente aquellas criaturas vestían prendas hechas con unas telas que ella no había visto en la vida; su aparente emoción...
¿Podía tener tanta suerte? Sakura frunció el entrecejo y repasó mentalmente todo el encuentro, reviviéndolo en un intento de aislar cualquier otra anomalía. ¿Era posible que aquel ser al que había visto no fuese una criatura mágica sino alguna otra cosa?
Alentada por la posibilidad, Sakura dio media vuelta y atravesó rápidamente la oscura casa en dirección a la biblioteca de la torrecilla. Necesitaba consultar los libros de la familia Haruno.
Integrados por diecinueve gruesos volúmenes tediosamente detallados que habían empezado a escribirse en el siglo V, los Libros estaban llenos de creencias populares sobre las hadas, avistamientos, testimonios de terceros, y especulación. Fielmente preservados por los antepasados de Sakura e incrementados gradualmente en el curso de los siglos, los tomos rebosaban de hechos y leyendas sobre las criaturas del pueblo mágico.
En algún lugar de esos volúmenes habría información concerniente a la criatura que acababa de ver aquella noche.
Quizás, y Sakura se aferró a ese pensamiento lleno de optimismo mientras iba por el pasillo, aquella cosa ni siquiera ocupaba un lugar especialmente significativo dentro del misterioso mundo de las hadas. Quizá tenía tan pocas ganas de buscarle problemas como las que había tenido Sakura de buscárselos a ella misma.
Quizá se preocupaba sin motivo.
Y quizá, pensó con abatimiento muchas horas después mientras dejaba caer sobre su regazo un volumen lleno de polvo que de pronto parecía quemarle los dedos, la Luna estaba hecha de queso.
Aquella cosa era una criatura mágica. Y no una cualquiera, precisamente.
Era la peor de todas.
Y en lo que hacía referencia al deseo... Bueno, tenía deseo para dar y tomar. ¿De buscarle problemas? Oh, Sakura podría considerarse afortunada si eso era todo lo que hacía. Torturarla, jugar con ella por pura diversión, dejarla caer en alguna batalla medieval de las Highlands y ver cómo era pisoteada por los corceles de guerra... Todo eso eran algunas de las posibilidades, según acababa de leer. Pero si optaba por actuar de la manera habitual —y a Sakura le bastó pensarlo para estremecerse—, primero la seduciría. Intentaría seducirla, se apresuró a corregirse mentalmente. (El hecho de que, a juzgar por lo que había leído, ninguna mujer mortal pudiera resistírsele era algo en lo que prefería no pensar demasiado. Aquella arrogante criatura mágica tan dada a vanagloriarse no tendría ocasión de catar a Sakura Haruno).
Se frotó los ojos y sacudió la cabeza. «Yo nunca hago las cosas a medias», pensó con abatimiento. No contenta con delatarse ante el pueblo mágico, además había tenido que hacerlo precisamente ante el más famoso de todos sus representantes.
Seductor dotado de una labia sin igual, se decía de él que era tan diabólicamente encantador que los mortales ni siquiera se daban cuenta de que corrían peligro hasta que ya era demasiado tarde.
Puck, Robin Goodfellow y Wayland Smith eran unos cuantos de los incontables nombres, que había llegado a utilizar.
«Hasta los de su propia especie recelan de él y lo tienen por imprevisible...»
Sakura había iniciado su búsqueda con el temor de que necesitaría varios días para abrirse paso a través del fárrago de información acumulada en los tomos hasta que por fin consiguiera discernir la identidad de la criatura a la que había visto, eso suponiendo que figurase allí. Los primeros volúmenes estaban escritos en gaélico, que —pese a los valerosos esfuerzos de la abuela por enseñarle la vieja lengua— Sakura aún era incapaz de hablar, y apenas si conseguía entender algo de lo que leía.
Tratar de encontrar algo en los Libros de las hadas era una auténtica pesadilla, porque estaban escritos en una miríada de caligrafías a menudo ilegibles, con notas embutidas en los márgenes de cada página, que remitían a otras notas embutidas en otros márgenes de páginas igualmente difíciles de descifrar.
Sakura se había quejado muchas veces ante su abuela de que alguien «tendría que establecer un índice y organizar esos dichosos tomos». Y también habían sido muchas las veces en que su abuela sonrió, la miró de manera significativa y luego le dijo: «Sí, alguien debería hacerlo. ¿Por qué no pones manos a la obra?»
Aunque Sakura habría hecho prácticamente cualquier cosa que le pidiera su querida abuela, evitó resueltamente encararse con aquella tarea.
En lugar de eso se puso a estudiar los textos legales de la época actual porque los encontraba mucho menos inquietantes que unos antiguos tomos en los que cobraba vida un mundo exótico, cuando tanto la continuidad de la existencia de Sakura como su esperanza de llegar a tener un futuro normal dependían de que fuera capaz de ignorarlo.
Después de varias horas de búsqueda infructuosa, Sakura reparó en otro libro que no recordaba haber visto antes, un volumen más delgado medio escondido en un rincón, como si hubiese quedado olvidado allí después de que lo empujasen inadvertidamente detrás de los otros tomos. Llena de curiosidad, cogió el volumen y quitó la gruesa capa de polvo acumulada sobre su cubierta.
«Sumamente inteligente, peligrosamente seductor...»
Encuadernado en un suave cuero negro, aquel tomo que casi había pasado por alto contenía la información que buscaba. Sus antepasados se habían tomado tan en serio el tema al que hacía referencia, que le dedicaron todo un volumen separado de los demás.
A diferencia de los otros volúmenes, escritos con el estilo entre esporádico e inconexo propio de un diario y donde se hablaba de cualquier criatura mágica que hubiera sido avistada recientemente, aquel delgado libro negro sólo trataba de una de ellas, seguía un estricto orden cronológico y venía complementado por numerosos dibujos. Además, a diferencia de los otros volúmenes identificados únicamente con números romanos, éste había merecido su propio título: El libro del sin siriche du.
O, libremente traducido del gaélico —algo que Sakura sí era capaz de hacer— el libro del elfo/hada más oscuro/más negro.
Acababa de dar con la criatura a la que había visto aquella noche: Neji Hyūga.
Los primeros relatos que hablaban de ella consistían en sucintas descripciones de las distintas apariencias mágicas que empleaba, advertencias sobre su naturaleza diabólica, avisos que prevenían de su insaciable sexualidad y su debilidad por las mujeres mortales.
«Tan ahítas deja a las jóvenes que suelen quedarse sin habla, y no se las volverá a ver en sus cabales hasta transcurridas varias semanas.»
Oh, por favor, pensó Sakura, ¿por qué no habían podido limitarse a decir que todas las mujeres se volvían locas por él? Pero a medida que se aproximaban al primer milenio, los relatos se hacían más detallados.
A mediados del siglo IX, hacia el año 850 d. C., la criatura se embarcó en una auténtica orgía de destrucción, manipulando a los mortales aparentemente con el único propósito de incitar la furia y hacer que se libraran batallas por toda Escocia.
Miles de personas habían muerto para cuando terminó de divertirse.
Se la había divisado en muchas ocasiones sonriendo mientras contemplaba correr la sangre en incontables campos de batalla. Durante un tiempo no fueron sólo las mujeres de la familia Haruno quienes la veían; la criatura no hizo el menor esfuerzo por ocultarse, y las antepasadas de Sakura habían recopilado las historias de aquella miríada de avistamientos, registrándolas con gran detalle.
«Es, con mucho, el más peligroso e impredecible de su raza...»
Ninguna otra criatura del pueblo mágico había osado nunca interferir con tan implacable descaro en la existencia de los humanos.
El reloj dio la hora sobre la repisa de la chimenea, y el sonido hizo que Sakura diera un respingo. Se frotó los ojos y la sorprendió ver que la noche había llegado a su fin, porque ya empezaba a amanecer. Los primeros rayos de sol presionaban los bordes de las cortinas que durante la noche había corrido a través de las ventanas. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, y no era de extrañar que sintiera los ojos tan cansados.
«Su apariencia mágica favorita es la de un herrero de las Highlands intensamente sexual...»
Sakura volvió a posar la mirada en el libro que tenía en el regazo, abierto por un dibujo del elfo oscuro.
Increíble. Era la misma imagen que se le había presentado a ella cuando lo vio por primera vez. ¿Podría ser, se preguntó, que realmente existiera una memoria genética? ¿Conocimiento transmitido de una generación a la siguiente, impreso en el ADN de uno? Eso ayudaría mucho a explicar por qué había empezado a oír sonar toda clase de alarmas dentro de ella en cuanto lo vio. Por qué pensó instintivamente en un herrero, como si una parte de ella hubiera reconocido inmediatamente dentro de las más oscuras y recónditas profundidades de su alma a su enemigo primordial. Que ya había sido enemigo de incontables mujeres de la familia Haruno antes que ella.
El dibujo no le hacía ninguna justicia, aunque capturaba la inconfundible esencia de aquel ser. Divisado en tiempos medievales y dibujado en un lugar de las Highlands llamado Dalkeith-Upon-the- Sea (donde se decía que mató a una joven gitana) y ataviado con un kilt por único atuendo, todo músculo y arrogante sexualidad, estaba de pie junto a una fragua cerca de un bosquecillo de serbales, con un magnífico castillo medieval elevándose al fondo. Una robusta mano empuñaba un gran martillo de herrero, y el brazo permanecía flexionado a mitad de un golpe. Su oscura melena, tan larga que le llegaba hasta la cintura, flotaba alrededor de su rostro. Una sonrisa burlona le curvaba los labios.
Sakura había visto esa sonrisa anoche. Y una aún peor. Una mucho más... depredadora. Suponiendo que eso fuera posible.
Clavó la mirada en la admonición escrita con gruesos trazos de tinta abundantemente subrayados que había bajo el dibujo:
EVITAR A TODA COSTA CUALQUIER CLASE DE CONTACTO CON ÉL
—Oh, abuela —susurró, y sintió que las lágrimas le abrasaban las mejillas—, tenías razón.
Tenía que irse. Ahora.
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Veintidós frenéticos minutos después, Sakura se había puesto unos tejanos y un top y estaba lista para irse, con la adrenalina por único combustible en sustitución de ese sueño que tanta falta le hacía. No podía dejar allí sus preciosos libros —no sabía cuándo o si podría volver, y los libros simplemente tenían que ser preservados, por Dios, algún día ella tendría hijas a las cuales transmitírselos—, así que los incluyó en su equipaje.
Mientras lo hacía, fue incapaz de resistir la tentación de añadir unas cuantas cosas más que simplemente no podía soportar dejar allí: un chaquetón de cachemira que su abuela había terminado de tejer poco antes de su muerte; un álbum de fotos; un guardapelo al que tenía mucho cariño; algunos tejanos, unas cuantas camisas, bragas, sostenes y zapatos.
Desconectó firmemente las lágrimas, un grifo estropeado para el que no podía permitirse pagar la factura en esos momentos. Dentro de un tiempo, en alguna otra ciudad, en alguna otra casa, lloraría la pérdida del hogar de su infancia y de prácticamente todas sus posesiones. Dentro de un tiempo intentaría decidir si se atrevía a volver a usar su nombre y terminar la carrera de Derecho en otra universidad. Dentro de un tiempo haría inventario de todo lo que había dejado abandonado con una rápida mirada en el curso de una sola noche. Dentro de un tiempo quizá podría admitir que su madre siempre estuvo en lo cierto acerca de ella. Sakura siempre había sido una abducción ambulante, a la espera de que las criaturas mágicas se la llevaran consigo.
Ahora estaba en la puerta de atrás con dos maletas y una mochila llena a rebosar.
Los bancos ya no tardarían en abrir sus puertas, pero no se atrevía a perder ni un segundo más. Ya haría un alto en algún sitio a última hora de la tarde, en cualquiera que fuese el estado al que hubiera tenido tiempo de llegar, y una vez allí liquidaría la cuenta especial y encontraría algún lugar seguro donde pudiera desvanecerse y pasar a ser otra persona.
Sus ojos recorrieron por última vez la cocina donde había aprendido a hacer galletas, la cocina donde había llorado por el primero de sus novios (al igual que por el último, aquel bastardo), la acogedora habitación donde ella y la abuela habían compartido tantas largas conversaciones, tantas esperanzas y sueños.
«Maldito seas, Neji Hyūga —pensó amargamente—. Maldito seas por obligarme a marchar.»
La intensa claridad de la ira ayudó a disipar una parte del miedo que le obnubilaba la mente. Sakura cuadró los hombros, se echó la mochila a la espalda y cogió sus maletas.
Era inteligente. Era fuerte. Era decidida. Sabría ser más rápida que aquella cosa. No permitiría que le arrebatara su oportunidad de tener una vida normal: una carrera profesional, un esposo y niños. No importaba que eso significara tener que cambiar de nombre y empezar de cero. Lo conseguiría.
Con la barbilla bien erguida y una nueva determinación en la mente, Sakura abrió la puerta. Y vio a la cosa inmóvil ante ella, con su poderoso cuerpo llenando el hueco de la puerta y los labios curvados en una peligrosa sonrisa.
—Hola, Sakura —dijo Neji Hyūga.
