Porque siempre esté la puerta abierta
y sólo esperen ver siluetas.
Porque la luz camine desnuda
y la vistan de sombras mudas.
Porque lleva la mar en su frente
y la resaca no le hiere. (…)
Fragmento de Así es, José María Hinojosa.
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Shura
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20. RELOJ
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Arnau Iturribalzaga, alias Shura, alias el asesino, siempre fue un ente aparte, alguien diferente que en su no encajar en el molde, tampoco acabó encajando entre sus compañeros de armas. Hubo un tiempo en el cuál sí lo hizo, o al menos sí trató. Cuando él vivía, cuando sus venas no eran vasos abiertos a la soledad perene y a la amargura pozo sin fondo.
Ese tiempo quedó atrás, olvidado, relegado. Hoy, sólo existía.
Shura, el más recto, el después insurrecto, había encontrado el remanso de paz en los brazos de ese hombre civil, cuyo nombre no quería ni pronunciar por miedo a que se destruyera o se olvidara para siempre.
¿Cómo se le ocurrió?
No se le ocurrió, sólo pasó, se lo encontró, con sus ojos chispeantes e inteligentes en aquel bar barato en medio de la zona universitaria de Atenas.
Podía decirse que el corazón de Shura, desde entonces, se partió en dos; el pedazo que le correspondía a Aioros y que se murió con él, y el pedazo que le pertenecía a Zephyr, ese que buscó por todos los medios unir los cachos y desenmarañar la compleja mente de Shura.
¿Lo logró? Buena parte, sí.
Su cuerpo de músculos delgados, cincelados como escultura clásica nacida de Praxíteles, perlado en cristalinas gotas se sudor, brillantes, en la penumbra de la mortecina luz que entraba por el ventanal… poca luz porque estaba nublado y había tormenta eléctrica.
En ese departamento de Glyfada, donde nunca hubo vida, hasta que él, Zephyr, llegó ahí.
El gemido del español se ahogó entre el cuello y la clavícula del joven amante, un balbuceo en su lengua natal, en español, mientras apretaba los ojos e imaginaba que el instante les duraba para siempre.
—Me encantaría saber… qué es lo que dices… —jadeó desfallecido entre sus brazos, con los muslos abrazando la cadera de ese hombre tan peculiar.
Sus ojos castaños clavados en los del otro, esbozó una sonrisa tímida.
—¿Qué más da…?
—¿Algún día me lo dirás?
—Es inconfesable —susurró.
Zephyr lo apretujó, casi parecería que quería adentrarse en su cuerpo, en su piel, en sus huesos, y ahí arremolinarse para siempre.
Eso también lo hizo.
Se quedó arracimado, porque ciertamente Shura jamás lo olvidó, ni en los momentos más aciagos.
El día antes de que el hispano desapareciera para siempre, curiosamente el reloj que le había regalado, uno que había pasado de mano en mano por los primogénitos Iturribalzaga, se detuvo, algo que nunca había pasado.
Se detuvo a las 18:10.
Algo sin importancia, tal vez.
En el Santuario, ese día, el gran día del cisma, el de la inmolación, Shura detuvo el reloj de su templo, mientras los guerreros de la Infanta Atenea se adentraban a las puertas del décimo recinto, el suyo, eran las 18:10.
El tiempo se detuvo…
No, el tiempo ya se había detenido… mucho antes, se había encapsulado en su interior.
El tiempo ya no existía, no para él.
