CAPÍTULO 4
Neji llegó al 735 de Monroe Street preparado para encontrarse con alguna hostilidad inicial por parte de la mujer.
Después de todo, antes había huido de él, obviamente intimidada por su abrumadora masculinidad y las dimensiones realmente épicas de su sexualidad. Las mujeres solían reaccionar así ante él, sobre todo cuando se quitaba los pantalones. O el kilt, según el siglo en que estuviera.
También estaba preparado, sin embargo, para que las inhibiciones femeninas desaparecieran rápidamente, como les ocurría a todas las mujeres cuando podían echarle una buena mirada.
Después de eso, muchas simplemente se abalanzaban sobre él en una súbita e incontenible arremetida de puro frenesí sexual. Neji se había permitido pensar en esa posibilidad mientras localizaba a la mujer con ayuda de la información obtenida en la habitación a la que Little & Staller se refería como «Recursos Humanos», y todas aquellas deliciosas especulaciones contribuyeron a incrementar el deseo que ya le tensaba los músculos.
Pero nada en su vasto repertorio de experiencias lo había preparado para Sakura Haruno.
Neji nunca había conocido a una mujer que reaccionara del modo en que lo hizo aquella pequeña diablesa sedienta de sangre.
Sakura Haruno lo miró con horror, echó atrás el brazo y le atizó enérgicamente en la cara con la especie de bolsa que llevaba en la mano.
Luego cerró de un portazo y echó la llave.
Con lo que dejó a Neji atónito delante de la puerta, sangrando.
¡Sangrando, por Danu, con la sangre manando de su labio!
Bueno, acababa de recibir la confirmación de que aquella mujer era completamente inmune al féth fiada, porque de otro modo no hubiese podido partirle el labio. No era así como se había imaginado él que lo descubriría.
Neji entornó los ojos y enseñó los dientes en un gruñido de furia.
¿De dónde podía salir esa reacción? Neji nunca había sido golpeado por una mujer. Ni una sola había llegado aunque sólo fuese a levantar la mano contra él. Las mujeres lo adoraban. Nunca tenían suficiente de él. De hecho, lo idolatraban. Pero a aquella mujer le pasaba algo.
Condenada irlandesa. Uno nunca podía predecir cómo iban a reaccionar aquellas gaélicas llenas de fuego y pasión. Tan inmutables como las piedras, veían pasar los siglos sin ser afectadas por la evolución, y actualmente aún eran tan bárbaras e impulsivas como lo habían sido en la Edad de Hierro.
Neji arqueó una ceja e intentó entender qué podía motivar semejante reacción. Bajó la vista y se examinó. Ninguna parte latente de la maldición de la reina había entrado en acción de pronto, convirtiéndolo en algo horrendo mientras él estaba distraído. Seguía siendo su irresistible yo de costumbre: el atractivo y musculoso herrero de ojos plateados llegado de las Highlands que volvía locas a las mujeres.
Después de un momento de reflexión, Neji decidió que aquella mujer quería jugar duro. Le gustaba que sus hombres fueran dominantes, agresivos y peligrosos.
Se encogió de hombros. Perfecto. Después de tres meses infernales de maldición, tres miserables meses de celibato, Neji se sentía todo eso y más.
Necesitaba desfogarse con algo.
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Sakura estaba de pie ante la puerta principal con la mano a punto de cerrarse sobre el picaporte cuando oyó que la puerta de atrás se abría de golpe, con una explosión de astillas de madera súbitamente arrancadas de las jambas y trozos de cerrojo que volaron por los aires.
El metal y la madera chirriaron en señal de protesta cuando más de noventa kilos de criatura mágica enfurecida se abrieron paso a través de ellos.
Consciente de que su ventaja se reducía a unos preciosos segundos, Sakura giró el picaporte y abrió la puerta, sólo para sentir el impacto de las palmas de la cosa a cada lado de su cabeza al cerrarla de golpe.
¡Imposible! ¡No podía moverse tan deprisa!
Pero lo había hecho, y ahora Sakura estaba atrapada: la dura puerta ante ella, la todavía más dura masa de la criatura mágica detrás.
Después hubo unos frenéticos instantes en los que Sakura se debatía y se agachaba tratando de escapar, pero la cosa siempre se movía con ella. Parecía anticipar cada una de sus fintas e intentos de esquivarla y entonces plantaba las manos en la puerta, una a cada lado de la cabeza de Sakura, para dejarla enjaulada con su poderoso cuerpo.
Viendo que no podría escapar, Sakura se quedó quieta como un animal acorralado. Docenas de cosas que decir colisionaron en su mente, y todas empezaban con un patético «por favor». Pero no estaba dispuesta a suplicar, porque sabía que a la cosa probablemente le encantaría que lo hiciese.
Se mordió la lengua y mantuvo la boca firmemente cerrada. Si iba a morir, moriría con orgullo. Con el cuerpo estoicamente rígido, se preparó para ir al encuentro de cualquiera que fuese el horrible final que le tuviera reservada aquella criatura.
Pero un final, comprendió enseguida, no era lo que la criatura tenía pensado para ella.
La cosa le rozó los cabellos con la mandíbula al tiempo que emitía un gruñido gutural, y el significado de aquel sonido impregnado de una ávida sensualidad no podía estar más claro.
«Oh, Dios —pensó Sakura frenéticamente—, es tal como decían los libros. Primero intentará seducirme y luego me matará.»
La cosa le agarró las manos y, aunque ella se debatió desesperadamente, no era rival para su inmensa fortaleza. Primero la obligó a estirar los brazos por encima de la cabeza, y luego le apretó las palmas contra la puerta y amoldó aquel cuerpo duro como una roca al suyo.
Sakura abrió mucho los ojos.
Su primer contacto con una criatura mágica, prohibido y absolutamente electrizante. Y con él, la respuesta a una pregunta en la que llevaba años intentando no pensar.
No, realmente no eran como los hombres mortales.
Al menos no como ninguno al que ella hubiera tocado antes. Uf.
Sakura tragó saliva. Con mucha dificultad. Pese a la ropa que se interponía entre ellos, su piel parecía crepitar con un intenso chisporroteo en todos los puntos donde el ser se apretaba contra ella. Cielos, pensó confusamente, ¿qué sentiría si frotaba su cuerpo desnudo contra el de una criatura mágica? ¿Quedaría reducida a cenizas entre una explosión de llamas eróticas?
—¿Es esto lo que quieres, irlandesa, que te hagan el amor sin ninguna clase de miramientos?
Por un momento el cerebro de Sakura fue sencillamente incapaz de procesar el contenido de lo que acababa de oír, tan abrumada estaba por la sensación: la masculinidad dura como el acero que la empujaba desde atrás; el intenso olor a hombre que emanaba de la criatura; el calor abrasador que desprendía; aquella voz, grave y seductora, que hablaba con un acento tan extraño. Sakura se derretía, las rodillas parecían volvérsele mantequilla...
Inspiró profundamente para no perder el sentido y se obligó a concentrarse en aquella voz que era como un torrente de nata irlandesa fluyendo sobre cristales rotos, cultivada, llena de matices y tan suave como el terciopelo. Estaba impregnada por un acento exótico que la perpleja mente de Sakura comprendió que probablemente perteneciese a la antigüedad celta, uno que ella habría apostado llevaba miles de años sin ser escuchado sobre la faz de la Tierra. Todo parecía extrañamente peculiar en aquel acento, desde el modo de articular las vocales hasta la suavidad que confería a unas consonantes y la dulzura con que prolongaba otras.
Entonces el contenido de la pregunta que acababa de hacerle aquella criatura logró abrirse paso a través de la confusión, y Sakura lo encontró tan ofensivo que lo único que consiguió decir fue: «¿Huh?»
—Cuéntame cuál es tu fantasía favorita, mujer —ronroneó la criatura, y Sakura sintió que le subía un escalofrío por la espalda mando sus labios abrasadores le rozaron el borde de la oreja—. ¿Te excita que te aten? ¿Prefieres ser azotada, tal vez? —La criatura puntuó la última pregunta con un enérgico, lento y sensual empujón contra el trasero de Sakura—. ¿O te darías por satisfecha con un buen polvo a la antigua usanza?
Sakura abrió y cerró la boca unas cuantas veces, pero ningún sonido salió de ella.
Entonces, afortunadamente, la indignación hizo que se pusiera rígida y le liberó la lengua.
—¡Oooh! ¡Nada de lo que has mencionado! Lo que realmente me gustaría es que quitaras esa..., esa... ¡cosa de mi trasero!
—No lo dices en serio —replicó aquella voz tan grave y segura de sí misma.
Acompañada por otro movimiento pecaminosamente erótico de sus caderas.
¿Se podía ser más arrogante?
—Pues claro que sí —dijo Sakura—. Te aseguro que hablo muy en serio. ¡Apártala de mí! —Antes de que se le ocurriese hacer algo realmente estúpido, como apretarse contra aquello la próxima vez que lo sintiera frotarse contra su trasero.
«Oh, venga, Sakura, que en tu vida nunca habías sentido lo que estás sintiendo en estos momentos —la provocó una diabólica vocecita interior que sonaba sospechosamente parecida a la suya cuando tenía catorce años—. ¿Qué puede haber de malo en catar un poquito de criatura mágica? Ha entrado en casa, así que ahora la cosa ya no tiene remedio.»
«¡Ha venido a matarnos!», contraatacó ella con vehemencia.
«Eso no lo sabemos. —Hubo un breve silencio, y luego la vocecita volvió a hablar en tono quejumbroso—: Y si realmente ha venido a matarnos, ¿de verdad quieres morir siendo virgen?»
Sakura se horrorizó al darse cuenta de que por un momento se había permitido pensar que aquella pregunta realmente merecía ser formulada. Que era razonable. Juiciosa, incluso. Morir siendo virgen tenía que ser muy triste.
«Oh, a ver si creces de una vez —resopló en cuanto pudo volver a pensar con claridad—. Esto no es un cuento de hadas. Aquí no va a haber ningún fueron-felices- y-comieron-perdices.»
«Deja de pensar en el futuro y confórmate con tener un poquito de felicidad ahora», sugirió la vocecita esperanzadamente.
Sakura supo que no tardaría en darse por vencida. Definitivamente.
Entonces la cosa intentó darle la vuelta y por unos instantes Sakura libró una inútil batalla con ella, tensando los músculos y poniéndose rígida para tratar de ser un peso lo más muerto posible en sus manos. Sabía que era una estupidez, que con eso sólo conseguiría ganar un poco de tiempo, pero aun así intentaría ganar todo el tiempo que pudiera. Sentir a la criatura detrás de ella ya era bastante preocupante, pero verse obligada a mirarla mientras la tocaba sería absolutamente devastador.
La criatura la levantó en vilo y la hizo girar en el aire. De hecho, lo que hizo fue arrancarla del suelo y darle la vuelta para luego volver a depositarla sobre sus pies.
Sakura clavó la mirada en el punto de aquella anatomía ultraterrena que le quedaba a la altura de los ojos, que era el esternón, y maldijo a la criatura por ser tan enorme y hacerla sentirse tan diminuta e impotente. Con su metro sesenta de estatura, estaba acostumbrada a tener que levantar la vista para mirar a la gente, pero el elfo más oscuro medía sus buenos treinta centímetros más que ella y tendría el doble de masa corporal.
La criatura le pasó un dedo por debajo de la barbilla.
—Mírame. —Una vez más, Sakura se sintió acariciada por esa voz oscura que hablaba con un extraño acento. Debería haber una ley que impidiera que los hombres (y las criaturas mágicas, ya puestos) pudieran tener una voz semejante, pensó sombríamente.
Mantuvo la barbilla firmemente baja. Sabía cuán inhumanamente erótica era la criatura. También sabía —la pequeña discusión que acababa de mantener consigo misma había servido para recordárselo— que tenía toda una vida de peligrosa fascinación por las criaturas mágicas embotellada dentro de ella a la espera de ser descorchada. Y el corcho estaba sometiéndose a una presión demasiado grande.
—Te he dicho —repitió la criatura suavemente, aunque con una sombra de impaciencia en la voz— que me mires, Sakura Haruno.
Pronunció su nombre como Sa-ku-ra, y lo que aquel acento tan maravilloso consiguió hacerle a su apellido fue sencillamente indescriptible. Sakura nunca había sabido que su nombre pudiera sonar tan sexy.
No miraría hacia arriba.
Hubo un momento de silencio y luego la criatura volvió a hablar, ahora con sorna.
—La gallinita se muere de ganas de hacerlo, pero no se atreve —dijo—. Creía que las irlandesas tenían más aguante. ¿Qué ha sido de esa chica que me atizó tan fuerte y me hizo sangrar?
Sakura echó atrás la cabeza y alzó la mirada hacia aquel oscuro rostro de facciones finamente cinceladas. Las criaturas mágicas no sangraban.
Pero en el labio de aquélla había sangre. Las gotitas carmesí que manaban lentamente de una de las comisuras de aquella boca tan sensual hacían que pareciese todavía más elemental y peligrosa.
¿Sangre? Sakura se quedó boquiabierta y trató de entender lo que veía. ¿Aquella cosa era una criatura mágica o no lo era? ¡Los libros de la familia Haruno aseguraban que lo era! ¿Qué diablos estaba pasando?
—Tú pusiste ahí esa sangre. Ahora te doy la ocasión de limpiarla antes de que prefiera optar por vengarme. —La mirada abrasadora de aquellos ojos tan oscuros descendió hacia la boca de Sakura y quedó clavada en ella—. Tu lengua enseguida la hará desaparecer. Vamos, dale un beso a la parte agraviada.
Cuando ella frunció el gesto y no se movió ni un centímetro, la criatura le dirigió una sonrisa fríamente satisfecha.
—Oh, vamos, ka-lyrra, saboréame. Ambos sabemos que quieres hacerlo.
La suprema arrogancia de la criatura (daba igual que estuviera en lo cierto al decir que ella quería saborearla) fue la gota que colmó el vaso para Sakura. Llevaba veinticuatro horas levantada, y estaba emocionalmente exhausta después de pasar el día más horrible de su vida. Empezaba a sentirse extrañamente entumecida, casi como si todo le diera igual.
—Vete al infierno, Neji Hyūga —siseó.
Por un breve instante la criatura pareció perpleja. Luego inclinó hacia atrás su oscura cabeza y rió. Sakura se estremeció cuando el sonido pasó sobre ella, atravesó la habitación y creó ecos en los altos techos.
Aquello no había sido una risa humana. De hecho, era decididamente inhumana.
—Ah, irlandesa, ya estoy ahí. —Le tomó la mandíbula con una mano enorme y la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarla a los ojos—. ¿Sabes lo que significa eso?
Sakura sacudió la cabeza rígidamente, todo lo que podía hacerlo con la cara atrapada en aquella presa implacable.
—Pues significa que no me queda nada que perder. —Le apretó el labio inferior con la yema del pulgar hasta abrirle la boca, y empezó a bajar la cabeza hacia la suya—. Pero apostaría a que tu situación es muy distinta. Me juego lo que quieras a que tú tienes toda clase de cosas que perder, ¿verdad, Sakura?
