¿A qué ese vano afán? ¿Es que no sabes
el fin para el que estás determinado?:
andar, andar sin rumbo, andar en cierto
modo como si ciego, por lugares
que nunca podrás ver. Piensa un instante:
¿de qué te sirve el oro? No te quiso.
Memento, Víctor Botas.
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Caín & Odysseus
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21. UVAS
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—¿Por qué lloras, pequeño? —Inquirió la voz profunda del guerrero de cabellos platinados.
—Porque él siempre destruye mis cosas, ¡Lo destruye todo! —Gimió el niño, sorbiendo la nariz.
La imagen le pareció conmovedora, Odysseus se agachó, clavo la rodilla en el piso y le limpió la cara al niño. De entre las bolsas que llevaba, sacó un racimo de uvas y se las tendió al futuro Arconte de Géminis.
—Toma. Pensé que ya habíamos hablado de eso, Caín…
—¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? —Gimió el otro, tomando entre sus manecitas las uvas que le acaban de dar.
—No es porqué te tiene que pasar, es qué harás con ello… la realidad es que buena parte de lo que sucede, tú lo puedes controlar.
Por toda respuesta el niño se metió a la boca tres uvas de golpe, antes de decidirse a contestar pensó en lo que le había dicho el guerrero de plata, quién estaba sentado con las piernas cruzadas, observándolo con aquellos peculiares ojos, inteligentes, a los que nada se les escapaba.
—No puedo —acabó por gemir.
—Claro que puedes, Abel no es más que un pedazo de ti, pero… quién realmente lo controla eres tú; es parte de tu sangre, de tu carne, sí… pero tú eres el dueño de Abel, y él no hará nada más de lo que tú le permitas.
Declaró contundentemente, con una sonrisa perfecta, en su perfecta dentadura.
Caín se quedó pensativo y mientras se metía otras tres uvas a la boca, le daba vueltas a cómo era posible que él, considerándose como uno solo, como un solo ser… tuviese que pensar por dos.
—Abel tiene voluntad propia, ¿cómo lo voy a controlar? —La congoja con la que había pronunciado aquello era para conmover a cualquiera.
Odysseus, se rio, más que por el hecho de burlarse, porque le parecía una pregunta sincera desde el entendimiento del mundo de aquel pequeño de cabello grisáceo y ojos pardos.
Llevó la mano a la cabeza del niño y le revolvió el cabello.
—Hazte fuerte, sé más fuerte que la voluntad de Abel, y entonces, él estará siempre a raya, de otra manera quién acabará controlándote será él.
—Pero, ¿cómo lo hago? Lo dices como algo muy fácil, pero no lo es.
—Lo es en la medida de que tu corazón justo y bondadoso es más fuerte que él…
El Pequeño guardó silencio, se quedó pensativo, le sonrió de vuelta y más tranquilo por esa pequeña plática, pensó que sí, que él podría hacerlo…
En Géminis siempre eran dos… siempre… pero él, tenía la capacidad de dominar a ese segundo evitando que se convirtiera más adelante en la tragedia de Géminis.
Muchos años después, cuando el guerrero de Ofiuco ya no estaba, al menos no entre los mortales, recordó aquella plática, recordó que le dijo que su corazón tendría al final la fuerza de dominar ese poder dual, incontrolable, inconmensurable…
