(…) para los que miran desde afuera,
de noche, las casas iluminadas,
y a veces quisieran estar adentro:
compartir con alguien mesa y cobijas
o vivir con hijos dichosos;
y luego comprenden que es necesario
hacer otras cosas, y que vale
mucho más sufrir que ser vencido; (…)

Fragmento de Para los que llegan a las fiestas…, Rubén Bonifaz Nuño.

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Kardia & Dègel

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22. PERFUME

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El cuerpo tiene memoria, una infalible, a la que no se le puede engañar. Pero la memoria más perfecta, para él, para Kardia… siempre fue la memoria olfativa. Recordaba con mucha claridad el olor de la tierra en Heraklion, el olor del puerto, el olor entre los muros de mármol del Refugio.

Todo lo recordaba asociado a los olores.

Y en su haber, había una memoria olfativa que particularmente le desgarraba los sentidos y le hacía tener el corazón inservible en la mano, como lo único de valor que tuviese en esta vida… y quizás en la otra, y eso era el olor de la piel de Dègel.

¿A qué olía Dègel?

A deseo.

A pasión contenida.

A liviandad disimulada.

A sexo.

También a eso.

Superficialmente podía notar en su piel, adornando, o más bien ocultando lo anterior, el perfume de los jabones finos con los que se bañaba… esos que él nunca conoció hasta que, bueno, lo conoció a fuerza de tener que hacerlo, como su parabatai.

—¿Qué es eso a lo que hueles? —Le había preguntado cuando era un adolescente, flacucho y más pequeño en talla que el normando.

—¿De qué hablas?

—No sé, hueles a algo… pero no sé qué es… ¿un perfume? Hay algo en tu piel, que no es tu piel —dijo el adolescente olisqueando nuevamente por su cuello.

Por toda respuesta Dègel lo empujó por el pecho poniendo espacio entre ambos.

—No sé a qué te refieres, ciertamente tu hueles como a… cebolla o algo así —dijo con crueldad.

A lo que el otro empequeñeció los ojos y le dirigió una mirada ladina.

—Por supuesto que no, idiota… pero hay algo, algo en ti que huele diferente.

Su compañero por toda respuesta se encogió de hombros, y siguió en la lectura del tratado de Anaxágoras que tenía entre los dedos, como si se tratase de energía residual, ignoró al cretense.

Con lo que no contó el francés, fue con que una vez que algo se le metía al griego en la cabeza, difícilmente lo soltaba, la historia de su vida, de los dos.

Y no tardó mucho tiempo en averiguar qué era aquello que lo dotaba de un particular olor…

—¡Es esto! —Le dijo un día cuando se metió corriendo al tholos de Acuario, aprovechando la distracción del otro, Kardia había ido a dar hasta el baño principal.

Triunfante le mostro la pieza semi redonda que llevaba en la mano: jabón, jabón caro, perfumado, de esos que no se conseguían fácilmente en Atenas, ni en Rodorio, y con mucho trabajo tal vez en el Pireo.

Su compañero estuvo por reñirle, abrió la boca para soltar un sortilegio de maldiciones, después se mordió el labio inferior, sonrió con un mohín de sarcasmo. Caminó los pocos pasos que les separaban y le quitó de la mano la pieza de jabón.

Savon de Marseille —contestó—, jabón de Marsella, perfumado con lavanda… —se lo llevó a la nariz, era verdad no se parecía en nada al olor de los duros jabones de olivo que se conseguían aquí y allá—, ¿te gusta?

—Sí, me gusta.

—Quédatelo, tengo más, eso sólo es un pedazo de un bloque que tengo aquí, escondido de la vista de Krest.

—¿En serio? —Acto seguido se lo quitó de la mano y lo guardó entre sus ropas —Siempre pensé que Krest tenía por uso y costumbre bañarse en ceniza de volcán… ya sabes, para mantener un estricto comportamiento y sencillez ante lo mundano —imitó el Arconte de Escorpión la voz del viejo hombre.

Dègel por toda respuesta acabó riendo. Tenía razón. Krest era ciertamente un ideático.

Mientras los dos hombres estaban acostados en el lecho revuelto de tholos de Acuario, a penas conteniendo la respiración después del embate amoroso, Kardia se entretenía oliendo la piel de su compañero, que… tantos años después, le seguía erizando los poros… y otras cosas.

—Me gusta tu olor.

—¿Jabón?

—No sólo es el jabón, es cómo huele en tu piel, es lo que hay detrás del perfume del jabón.

—¿Ah sí? ¿Y a que huele?

—Justo ahora… como a cebolla… —dijo riendo a todo pulmón mientras el francés lo ajusticiaba con la almohada levantando los cabellos rebeldes del otro, hasta que aquello parecía cobrar vida sobre su cabeza.

—Huele a todo lo que deseo… —le confesó quitándole de la mano la almohada, atrapando su muñeca, susurrando en voz baja contra sus labios.

—¿Y qué es eso…?

—Deseo…