CAPÍTULO 6

«Muchísimo mejor», pensó Neji mientras volvía a recostarse en la silla para contemplar las emociones que se sucedían a través de las delicadas facciones de la joven con la rapidez de los rayos del sol cuando cabrillean sobre las aguas de un lago escocés. La ira batallaba con el agotamiento, la frustración se batía en duelo con el miedo.

Por Danu, era verdaderamente hermosa. Pero la belleza por sí sola nunca había bastado para suscitar el interés de Neji. Su imán era la pasión. Su hielo inmortal siempre se sentía atraído por el fuego de las mortales.

Y qué llena de pasión estaba aquella muchacha. Desafiante. Valiente. Agresiva. El resplandor dorado del alma inmortal que la iluminaba desde el interior de su ser era más vibrante, más intenso que en la mayoría de los humanos, una cálida aura ambarina que la envolvía y la identificaba como una auténtica tempestad en un vaso de pasión. Neji pesaba el doble que ella y aun así le había plantado cara como una fiera salvaje, un volcán armado con una cabeza mortíferamente dura y unas rodillas letales; y aunque Neji había sufrido más dolor en la media hora anterior que en todo lo que llevaba de existencia, no se sentía particularmente disgustado. Cabreado de un modo fundamentalmente masculino sí, pero no disgustado.

Ahora tenía su propia sidhe-vidente. Una cuya sola visión inflamaba todo su ser. La sensación de tocar la carne femenina mientras lucía un cuerpo humano era realmente exquisita. Ahora veía que no se había equivocado: el sexo en forma humana iba a ser increíble porque le depararía una nueva experiencia, algo que raras veces se daba en la existencia de un inmortal, y que resultaba tanto más dulce debido a ello. Tenerla atrapada contra la puerta, sintiendo cómo su generoso trasero le ofrecía un delicioso cojín a su miembro, había bastado para hacer que todo él se estremeciera de deseo.

Estremecerse. Él. Que jamás había temblado. Nunca había sufrido ni siquiera el más leve escalofrío involuntario.

Neji no conocía la vergüenza y le encantaba mirar. A lo largo de los milenios había espiado a incontables amantes, resuelto a observarlos ávidamente para estudiar los juegos amatorios que practicaban en el lecho. Había visto cómo auténticos gigantes, guerreros curtidos por mil batallas que tenían el cuerpo lleno de cicatrices y el corazón más frío que el hielo, hombres a los que la guerra, la hambruna y la muerte habían vuelto brutales, temblaban igual que jovencitos faltos de experiencia al sentir la caricia de una mujer.

Nunca lo había entendido. Pero siempre quiso entenderlo, y ahora por fin lo entendía.

Sentir la suave presión de las caderas de aquella joven sobre su virilidad hinchada por el deseo había hecho que un torrente de energía en estado puro fluyera súbitamente por sus venas. Neji nunca había sentido aquella abrumadora necesidad de copular. Nunca había tenido una erección tan tremenda y apremiante.

E incluso ahora, pese a los dolores residuales que aún sentía, anhelaba tocarla. Hubiese querido que nada separase sus cuerpos, y hasta el aire que se interponía entre ellos le parecía un odioso rival. Necesitaba volver a sentirla. Cambió de postura sobre la silla y puso una pierna entre las de ella de tal modo que su muslo rozaba la parte interior de los suyos, y no se le pasó por alto que ella tensaba las piernas nada más percibir su contacto. Ah, eso ya estaba mucho mejor. Por un instante no pudo apartar la mirada de las generosas curvas de aquellos pechos que tensaban la suave tela de su camisa. Dios, ardía en deseos de ponerles la boca encima.

Pero no mediante la fuerza. Neji podía tentar, tender redes y manipular, pero nadie podría acusar jamás al consumado seductor de recurrir a algo tan banal como la fuerza. Él nunca hacía eso. Era algo de lo que se sentía muy orgulloso. Quienes caían presa de sus maquinaciones caían en ellas por propia voluntad. Cuando decidían tomar lo que él ofrecía —y siempre lo hacían—, cualquier marca negra que luego pudiera aparecer sobre sus almas habría sido obra suya.

Una sidhe-vidente. Nunca se le hubiese pasado por la cabeza ir en busca de una. Sakura Haruno era el mejor de los imponderables, una posibilidad que Mito no había tomado en consideración cuando empuñó el féth fiada contra Neji, porque creía que todas las sidhe-videntes llevaban mucho tiempo muertas.

Igual que lo creía él.

Su último encuentro con una sidhe-vidente había tenido lugar hacía más de dos mil años, en el siglo I de la era cristiana, en lo profundo de uno de los grandes bosques de Irlanda; una vieja bruja llena de arrugas. Neji no se molestó en alertar a los cazadores de la presencia de la anciana, porque de todos modos la muerte no dejaría de acudir a besarla aunque nadie la guiara hasta allí. Lo que hizo fue sentarse a su lado, contarle historias y responder a sus muchas preguntas. Unos años después volvió a ir allí, tomó en sus brazos el frágil cascarón reseco de aquel cuerpo envejecido, y lo llevó a una playa apartada en la isla de Morar. La anciana murió contemplando un mar de un color aguamarina tan intensamente brillante que hacía llorar a los humanos que lo veían. Murió con el perfume del jazmín y el sándalo en las fosas nasales, no con el hedor de la sucia cabaña de una sola habitación en la que había vivido hasta entonces. Murió con una sonrisa en los labios.

Pero esta sidhe-vidente... Sí, esta sidhe-vidente era la mayor bendición que hubiera podido depararle el destino; Joven, fuerte, desafiante, hermosa. ¿Y por qué no? El destino era una mujer, y las mujeres siempre ayudaban a Neji Hyūga. Como lo haría ésta una vez que él hubiera disipado sus recelos.

Le habían enseñado a temer y despreciar a los Tuatha de Danaan y necesitaría que se la sedujera a conciencia. Hubo un tiempo en que el mero hecho de que Neji fuese una criatura del pueblo mágico habría bastado para inspirar una ciega obediencia, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces, al igual que lo había hecho la naturaleza de las mujeres. Ahora eran más fuertes, mucho más independientes que antes. Ya no estaban dispuestas a pasar su vida escondidas en un bosque, renunciando a dar a luz por miedo a transmitir la visión a sus vástagos y ver cómo un día los cazadores les daban muerte.

Ah, sí, los tiempos habían cambiado, al igual que habían cambiado los Tuatha de Danaan, también, obligados a cambiar cuando la reina Mito aceptó las condiciones y los muchos límites del sagrado Pacto en nombre de su raza. Ya no les estaba permitido derramar sangre humana, no fuera a ser que El Pacto quedara rescindido, y el Tuatha de Danaan que lo violara se vería condenado a la muerte más terrible que podía haber para alguien de su especie: una muerte sin alma. Aunque, si se diera el caso de que la reina o cualquiera de su raza llegara a saber de la existencia de una sidhe-vidente, los cazadores aún serían enviados al instante, si bien ya no se les permitiría matar a su presa.

Sin embargo, Sakura Haruno no lo sabía, porque los términos del Pacto eran mantenidos en secreto ante todos los mortales salvo los Uchiha, un antiguo clan de las Highlands que descendía de los primeros druidas, y los únicos guardianes de la parte humana del tratado.

De ahí que cuando lo vio aparecer ante su puerta, ella hubiera creído que tenía que luchar por su vida. Neji sacudió la cabeza. Incluso en los peores días de sus peores siglos, cuando era un inmortal de la peor clase que podía existir, aquella que no se regía por pacto alguno, jamás habría matado a aquella joven. ¿Que no habría tenido ninguna clase de miramientos a la hora de divertirse con ella? Ciertamente.

¿Matarla? Nunca.

Ka-lyrra, la había llamado, sin caer en la cuenta de lo apropiado que era llamarla así. La ka-lyrra era una criatura nativa de su mundo natal, Danu. De piel sedosa adornada con exquisitas marcas, enormes ojos fosforescentes y patas aterciopeladas, y una gran cola peluda surcada por gruesas rayas, su delicada belleza tentaba, pero su mordisco era peligroso, incluso para un Tuatha de Danaan; no mataba, pero causaba una clase de locura que tardaba mucho tiempo en curar. Pocos eran los que podían cortejarla, y aún menos los que osaban intentarlo.

Sí, el apelativo le convenía. Sakura Haruno era irresistible, porque antes que ella Neji sólo había conocido a una mujer mortal que no se derritiese en un dócil charco de femineidad dispuesto a adorarlo y satisfacer todos sus caprichos. Hasta la vieja sidhe-vidente había flirteado como una muchachita con él. Al final, Neji le otorgó una ilusión de belleza y se llevó su último aliento con un beso.

—¿Bien?—preguntó ella secamente, arrancándolo de sus ensueños—. ¿Cuáles son esos usos que tienes pensados para mí?

Neji la estudió. La ira había ganado la batalla por hacerse con el control de sus músculos faciales, tensando sus labios en una delicada mueca y dilatándole las ventanas de la nariz. Aun así, la aprensión ensombrecía sus preciosos ojos. Neji no quería que Sakura Haruno le temiera. El miedo interferiría con sus planes de experimentar el sexo humano con ella y usarla como intermediaria para recuperar la inmortalidad perdida.

—Ya te he dicho que no tengo ninguna intención de hacerte daño, y hablaba en serio. Sólo quiero que me ayudes con un pequeño problema que tengo.

Ella lo miró con suspicacia.

—¿Buscas mi ayuda? ¿Cómo podría ayudar yo a una topoderosa criatura mágica?

—En este momento no soy todopoderosa. —Ahora la vería empezar a relajarse.

—¿De veras? Cuéntame.

Neji vio que entornaba los ojos con una expresión calculadora que no fue muy de su agrado. Que estuviese relajada era una cosa, pero no tenía intención de ir por el mundo obligado a mantenerse en guardia ante esas traicioneras rodillas.

—Puede que ya no sea todopoderoso, Sakura —dijo suavemente—, pero incluso disminuido, soy mucho más poderoso que tú. De hecho, soy mucho más poderoso que la mayoría de los humanos. ¿Necesitas que te lo recuerde? —Se desperezó lánguidamente en la silla, muy consciente del modo en que su cuerpo se ondulaba y flexionaba mientras lo hacía.

Ella le gruñó.

—No lo creo —dijo él con una leve sonrisa. Pequeña y en aquel momento tan indefensa como una gatita, aún mostraba la ferocidad propia de un león; el magnífico metro sesenta de su cuerpecito propulsado por un metro sesenta de temperamento—. Escúchame bien, sidhe-vidente...

Sakura lo escuchó con mucha atención mientras él hablaba, los ojos cada vez más entornados mientras iba tomando meticulosas notas mentales.

Lo que le oyó contar avivó la chispa de esperanza que había empezado a chisporrotear en su corazón hasta que la sintió convertirse en una llama. Neji Hyūga no sólo ya no era todopoderoso, sino que se hallaba atrapado en aquella forma mortal.

«¿Todo ese cuerpo tan espléndidamente masculino es humano?», se extasió una voz traicionera en la mente de Sakura.

«Oh, cállate.» Por imposible que pudiese parecer, aún tenía una versión de sí misma a los catorce años merodeando dentro de su cabeza.

Y Neji Hyūga no sólo había pasado a ser una criatura de carne y hueso —lo que explicaba por qué había sangrado y no tenía los ojos típicos de los seres mágicos—, sino que lo habían maldecido con todo el poder triple del féth fiada, que, le explicó, hacía imposible que los humanos llegaran a percibirlo. El hechizo proyectaba una ilusión y afectaba a la memoria, urdiendo el caos como una capa alrededor de él. Excepto para ella, porque descendía de una antigua estirpe de sidhe-videntes sobre las que la magia de las hadas no obraba como se suponía que debía hacer.

Para agravar sus problemas, ya no podía atravesar los reinos. Estaba atrapado en el que habitaban los humanos.

Sakura no podía creer que le estuviera contando todo aquello. Neji Hyūga le revelaba, sin ninguna clase de reservas, que no representaba ninguna amenaza ultraterrena para ella. Que no podía llevársela a su reino, no podía hacer acudir a los cazadores. ¡Y para colmo había sido despojado de su magia de sidhe!

Iba a sobrevivir. ¡Realmente no iba a morir hoy! Después de todo, él no podía matarla; ella era todo lo que tenía, la única que podía verlo. La necesitaba.

Comprenderlo le hizo muchísimo bien a sus nervios. No iba a vérselas con una muerte inminente sino con una batalla inminente, lo que era una cosa muy distinta.
Un momento, pensó de pronto y frunció el ceño cuando su mente detectó una inconsistencia: él acababa de asegurar que había perdido sus poderes, pero aun así antes había podido desplazarse a través del espacio en un abrir y cerrar de ojos igual que cualquier otra criatura mágica. ¿Cómo era posible? Sakura necesitaba saber exactamente a qué se enfrentaba.

—Me parece que has dicho que Mito te despojó de tus poderes. ¿Por qué aún puedes moverte como las criaturas mágicas?

Él se encogió de hombros.

—Es el único poder que me ha dejado: la capacidad de saltar distancias cortas.

—¿Por qué iba a dejarte alguna clase de poder? —insistió ella, desconfiando de que le estuviera diciendo la verdad.

—Sospecho —replicó él secamente— que lo hizo para que no me atropellaran los autobuses mientras yo intentaba adaptarme a mi nueva forma. Mito quiere que sufra, no que muera.

—Pero ¿no te dejó nada más?

Él sacudió la cabeza y la riñó con la mirada.

—No empieces a pensar en huir de mí. Porque no lo permitiré, Sakura. No cometas el error de creerme... —guardó silencio por un instante, como si escogiera sus próximas palabras con suma atención, y sonrió levemente— impotente... en ningún sentido.

—¿Y por qué quieres que hable con el tal Madara Brodie? —preguntó ella, negándose a reconocer la amenaza tenuemente velada que acababa de lanzarle él.

¿Pensar que estaba impotente? ¿Con toda la testosterona y la virilidad que rezumaban de sus poros? Ja. Antes confundiría el desierto del Sahara con el Polo Norte.

—Porque él tiene el poder de llevarme de regreso al reino de las hadas.

—¿Madara Brodie también es una criatura mágica? —Sakura se puso rígida. No más criaturas mágicas. No estaba dispuesta a revelarse ante otra, especialmente ante una que aún dispusiera de todos sus poderes.

—Él es mitad criatura mágica y mitad humano. Pero ha elegido residir en el mundo de los mortales.

Aun así seguía siendo demasiado peligroso, por más que la mitad de la sangre que corría por sus venas fuese humana.

—Y cuando haya actuado como intermediaria tuya y él te lleve de vuelta al reino mágico, ¿entonces qué?

—Entonces todo volverá a la normalidad, y yo volveré a ser invencible.

Sakura puso los ojos en blanco.

—No, me refería a qué va a ser de mí entonces. Puede que tú seas la cosa más importante para tu diminuto yo egoísta en tu pequeño mundo narcisista, pero te diré una cosa que te sorprenderá: yo también lo soy en el mío.

A él le brillaron los ojos y se echó a reír. Inclinó hacia atrás su oscura cabeza en un gesto que reveló la blancura de sus dientes e hizo flexionarse los músculos en su nervudo cuello, y Sakura reprimió un gemidito de apreciación. El cuerpo de Neji Hyūga podía ser humano, pero no por ello carecía de todo el exotismo del reino mágico, desde aquella increíble piel dorada hasta aquellos ojos que destellaban con tenues chispazos plateados jamás vistos en los ojos de un ser humano, y el extraño efecto intimidatorio de su imponente presencia sexual. Todo él era pura esencia de criatura mágica embotellada —y con el corcho a medio poner— en un cuerpo mortal. Y un cuerpo mortal perfecto, además.

Simplemente letal. Una criatura mágica pura nunca podría haberla tentado así. Sakura decidió que tendría que seguir repitiéndose que Neji Hyūga era una «cosa». Pero ahora que sabía que debajo de esa camiseta negra y esos tejanos tan ceñidos descoloridos por el uso era puro macho humano, de pronto le parecía como si él...

¡Noooo!

La columna vertebral se le quedó tan rígida como el respaldo donde estaba apoyada. Sakura se irguió tan violentamente que casi consiguió tirar la silla y caerse al suelo.

¿Cuánto tiempo llevaba utilizando la palabra «él» cada vez que pensaba en loque tenía sentado delante?

¡Oh! ¡Sakura quiso escupir, rasparse de la lengua el asqueroso sabor de su propia traición! ¿Es que su abuela no le había enseñado nada? Cerró los ojos para no ver a la cosa, y reconstruyó minuciosamente la coseidad de Neji Hyūga dentro de su mente.

Pasados unos instantes volvió a abrirlos. La cosa aún no le había respondido.

—Te he hecho una pregunta. ¿Qué será de mí entonces?

—Lo que tú quieras, ka-lyrra —ronroneó la criatura mágica—. Sólo tienes que decirlo. —Su mirada le recorrió el cuerpo con una ávida apreciación, y aquellos ojos platas le prometieron que harían realidad cualquier fantasía que ella pudiera albergar en su corazón. Se humedeció con la lengua el labio inferior, la tomó entre los dientes y luego le dirigió la sonrisa más sexy que Sakura había visto nunca—. Susúrramelos al oído, Sa-ku-ra, tus más secretos deseos, y yo los haré realidad.

«Sí, claro», pensó ella acerbamente (en una estoica negativa a considerar, aunque sólo fuese por un instante, la oferta de fantasía sexual ilimitada hecha por la cosa que empezaba a hacer que su estómago fuese presa de una súbita agitación que, y eso era lo más sorprendente, resultaba de lo más agradable), y luego se olvidaría de ella en un abrir y cerrar de ojos. En cuanto hubiera vuelto a ser el Neji Hyūga invulnerable, todopoderoso e inmortal de siempre.

Pero Sakura apostaría cualquier cosa a que ninguna otra criatura mágica se conformaría con borrarla de su mente. Si realmente había sido la misma reina Mito quien lo castigó, expulsándolo del reino de las hadas, ¿no querría saber exactamente cómo se las había arreglado Neji Hyūga para regresar allí sin su real consentimiento?

Y eso conduciría a la formidable reina hasta Madara Brodie (suponiendo que el tal Brodie no entregara a Sakura inmediatamente) y, en última instancia, hasta la misma Sakura. Y luego vendrían los cazadores con el atronar de sus cabalgaduras de pesadilla para llevársela, y —si ya no mataban a los mortales como había asegurado la cosa— entonces podría esperar una vida entera de servidumbre a las órdenes de una hueste de fríos y arrogantes semidioses.

Eso no iba a ocurrir.

—¿Qué pasa si no lo hago? —preguntó fríamente mientras se preparaba para lo peor.

La cosa arqueó una oscura ceja.

—¿Si no haces qué?

—¿Qué pasa si no te ayudo?

—¿Por qué no ibas a hacerlo? Es tan poco lo que te pido, Sakura... Sólo quiero que hables con alguien.

—Oh, por favor. ¿Delatarme ante más representantes de tu especie y ponerme a merced de las hadas? Como si eso fuera posible. ¿O acaso crees que tú dejarías marchar a una sidhe-vidente para que pudiera vivir su vida en paz? No soy tan idiota.

La cosa se inclinó hacia delante, los codos sobre las rodillas, y toda la diversión se esfumó de sus facciones delicadamente cinceladas para ser reemplazada por una austera majestad.

—Te doy mi palabra, Sakura Haruno —dijo suavemente—. Yo te protegeré.

—Claro. La palabra del elfo negro, el mentiroso legendario, el gran embaucador —se burló ella. ¿Cómo se atrevía a ofrecerle su palabra como si ésta pudiera significar algo?

Un músculo vibró en la mandíbula de la cosa.

—Eso no es todo lo que he sido, Sakura. He sido, y soy, muchas cosas.

—Oh, por supuesto, tonta de mí. Me he dejado lo de que también eres un consumado seductor y un gran violador de la inocencia.

La cosa entornó los ojos.

—No he violado la tuya, pese a que la huelo en ti. Y aunque podría hacerlo con muy poco esfuerzo, dado que te doblo en tamaño.

¡Oh! Seguramente la cosa no podía oler que ella era virgen, ¿verdad? Un mero tecnicismo, en realidad.

—¿Y qué garantía tengo de que no lo harás? —le espetó bruscamente, con las mejillas enrojecidas.

Una sonrisa peligrosa prendió un destello igualmente peligroso en los ojos de la cosa.

—Ninguna. De hecho, te garantizo que lo haré. Pero te haré un juramento: cuando lo haga, será porque tú me lo estás pidiendo. De pie ante mí. Pidiéndome que te folle.

Oírle decir aquello hizo que Sakura sintiera como si se hubiese estrellado contra una pared de ladrillos, y por un instante le faltó la respiración, justo el efecto que esperaba produjeran aquellas palabras. La cosa había perfeccionado la intimidación masculina hasta convertirla en una de las bellas artes. Sakura tragó aire y se dispuso a replicar en el tono más seco de que fue capaz, para negarlo e insistir en que antes se helaría el infierno, pero la cosa se levantó de la silla como impulsada por un resorte y alzó su mole sobre ella.

—Basta. ¿Tienes intención de ayudarme, sí o no, Sakura?

Sakura tragó saliva y rebuscó frenéticamente entre sus escasas opciones. Maldición, si ayudaba a la cosa, sabía que terminaría cayendo en poder del pueblo mágico. Nunca la dejarían en libertad. Eso ni soñarlo. No habían pasado miles de años persiguiendo y destruyendo a las sidhe-videntes para ahora dejar marchar a una humana que poseía el don de la visión. Especialmente no a una que aún era lo bastante joven para traer al mundo todo un nuevo linaje de sidhe-videntes en el futuro.

¿Y qué si habían decidido capturar también a su madre? ¿Qué si se negaban a creer que Mebuki realmente no poseía el don de la visión que le había legado a su hija?

¡Felizmente vuelta a casar y con tres hijastros, su mamá nunca la perdonaría! Ahora ya no se llevaban demasiado bien, pero Sakura no quería que las cosas empeorasen todavía más entre ellas.

¿Y qué si, al descubrir que ella había conseguido eludirlos —que estaban equivocados al creer que todas las sidhe-videntes habían sido aniquiladas—, el pueblo mágico reiniciaba la cacería? Sakura no dudaba de que en algún lugar del mundo, había otras mujeres como ella, sidhe-videntes que se escondían y procuraban pasar desapercibidas mientras trataban de llevar una vida normal. Ciertas entradas en los Libros de las hadas hacían referencia a otros linajes que habían sido maldecidos de manera similar, y aseguraban que en otros tiempos existían muchos. Sakura no era tan estúpida como para pensar que las mujeres de la familia Haruno eran las únicas que habían logrado encontrar una forma de sobrevivir. ¿Y si su traición hacía que todas volvieran a ser perseguidas? Si aunque sólo fuese una sidhe-vidente llegaba a ser descubierta y capturada a causa de ella, Sakura tendría que cargar con la responsabilidad del horrible destino que caería sobre aquella mujer.

¡Lo había echado todo a perder!

«Te doy mi palabra —había dicho la cosa—, te protegeré.» Pero a Sakura no la había criado Walt Disney, y los cuentos de hadas de la variedad más oscura siempre habían estado presentes en su vida desde la más tierna infancia. Era incapaz de confiar en aquella criatura. E incluso si, por alguna remota posibilidad, realmente hablaba en serio al decir aquello, no podía defenderla contra la reina. Ocupar el trono significaba que Mito gobernaba sobre las cuatro casas reales del pueblo mágico, y en todo el reino no había poder más grande que el suyo. Si Mito quería que le trajeran a Sakura, Mito la vería comparecer ante su trono y punto.

Lo único que podía hacer era luchar y resistir hasta el amargo final.

Sakura se armó de valor, sabiendo que ahora tendría que afrontar la rabia de la criatura y soportar lo que decidiera hacerle después de que ella le hubiese dejado bien clara su negativa. Inclinó la cabeza hacia atrás, primero un poco y luego unos cuantos centímetros más, para sostener aquella imperiosa mirada.

—No. No te ayudaré. —Tragó aire y lo retuvo con ansiedad en los pulmones.

Por un momento interminable la cosa la contempló desde lo alto con una mirada inescrutable, sin decir ni hacer nada.

Y Sakura esperó, los nervios en tensión como hilos diminutos de los que un titiritero invisible tiraba implacablemente hasta llevarlos al borde de la ruptura.

Se preparó para ser golpeada. Esperaba que la cosa le pegara, que intentara obligarla a que la ayudase mediante la violencia física. Lo único que no haría sería matarla, y rezó para que fuese capaz de soportarlo. Después de todo, Neji Hyūga era una criatura mágica. No tenía conciencia, no tenía alma. Sakura lo creía perfectamente capaz de llegar hasta donde fuese necesario para salirse con la suya.

Esperaba cualquier cosa menos lo que hizo a continuación Neji Hyūga. Inclinó la cabeza.

Se agachó sobre los pies de Sakura y se los desató.

Luego extendió sus poderosos brazos alrededor de ella y Sakura sintió el frío de sus brazales de oro en la piel, la sedosa caricia de sus cabellos en la mejilla y el intenso olor masculino que la envolvió al tenerlo tan cerca.

Y le desató las manos.

Sakura se quedó sentada en la silla, demasiado confusa y asustada para moverse. La cosa retrocedió, se levantó del suelo y volvió a alzar su enorme mole sobre ella con una leve sonrisa en sus firmes y sensuales labios.

Luego desapareció.