CAPÍTULO 7

Sin dormir y con los nervios a flor de piel como único combustible, impulsada por una ducha fría, dos espressos bien cargados que se tomó en Starbucks y la necesidad de que hubiera un poco de normalidad, de la clase que fuese, Sakura se fue a trabajar.

Su vida podía haber empezado a derrumbarse a su alrededor, pero siempre le quedaba el recurso de fingir que no era así.

Además, pese al estado de agotamiento en que se hallaba, sabía que nunca podría conciliar el sueño. Estaba demasiado nerviosa, demasiado obsesionada por lo que pudiese hacer la cosa la próxima vez, porque no le cabía duda de que haría algo. Si se hubiera quedado sola en casa, su imaginación hiperactiva habría conjurado un interminable despliegue de destinos espantosos y al final habría enloquecido de preocupación.

En un primer momento, cuando la cosa se esfumó, Sakura se preguntó si no debería seguir adelante con su plan inicial: meterse en el coche y salir huyendo ahora que podía hacerlo. Pero algo le decía que huir no serviría de nada. No supo si creer a la cosa cuando ésta le aseguró que el único poder mágico que le quedaba era la capacidad de saltar de un lugar a otro. Pero Sakura no era tan idiota como para pensar que, habida cuenta de que ella era la única que podía verla, la cosa realmente fuera a marcharse y dejarla en paz.

No, la cosa nunca la hubiese desatado si no estuviera completamente segura de que podría volver a encontrarla. Lo que significaba que huir sería una pérdida de tiempo y energía que más valía reservar para la batalla inminente. Además, razonó Sakura, si iba a plantar cara y luchar, estaría mejor preparada para hacerlo en un terreno con el que estaba familiarizada. Aquí al menos estaba en su mundo, y sabía moverse por él.

¿Por qué la cosa no le había hecho ningún daño? ¿Por qué no había usado su fuerza inmensamente superior para intimidarla, para someterla a su voluntad? No le hubiese costado nada hacerlo. Sakura estaba perpleja por su reacción o, para ser más exactos, por el hecho de que no hubiese mostrado ninguna reacción. La cosa podría haber optado por hacerle lo que quisiera mientras ella estaba indefensa atada a la silla, pero ni siquiera había proferido una amenaza.

Se había esfumado en el aire. Simplemente desapareció con una sonrisa en los labios. Y eso hacía que Sakura se sintiera terriblemente inquieta. Como si la cosa tuviera planeado para ella algo mucho peor que la mera fuerza.

¿Qué podía ser peor que la fuerza?

Era como esperar a que cayera el otro zapato, sin saber cuándo o dónde caería.

—Haruno, ¿dónde demonios están los alegatos del caso Brighton? —Inquirió su jefe, el socio mayoritario Hassaku Onomichi, plantado ante el diminuto escritorio de Sakura en el cubículo atestado de expedientes, textos de consulta y memorandos legales hechos una bola porque no acababan de salirle como ella quería—. Se suponía que ese caso debía quedar listo la semana pasada. Ahora nunca conseguiremos que fijen la vista en septiembre.

Sakura alzó la cabeza. La súbita aparición de Onomichi le había dado tal susto que casi tiró al suelo su cuarto expresso del día. Miró el reloj con cara de sueño. Ya eran las dos y media.

—Se suponía que las tendría preparadas para las cuatro de la tarde de ayer, pero no se molestó en volver al trabajo después del almuerzo. ¿Hubo alguna razón para eso?

Sakura mantuvo los ojos fijos en el reloj. No quería apartar la mirada de él, consciente de que no era la mentirosa más convincente del mundo.

—Es que... huh... me puse mala. Estuve fatal. Almorcé un sushi.

—Dijo que iría al Skyline a comer unos chiles.

Maldición, la mente de aquel hombre era como un cepo de acero. ¿No tenía nada mejor que hacer que acordarse de adónde había dicho ella que iría a comer? Sí, Sakura recordó que musitó algo acerca del Skyline al pasar a su lado mientras se iba, porque no quería que Onomichi supiera que había empezado a acudir a entrevistas profesionales. Estaba segura de que la habría hecho trabajar diez veces más duro nada más saberlo. A menos que los socios del bufete donde hacías las prácticas creyeran que había una posibilidad de que llegaran a hacerte fija, se mostraban francamente brutales a la hora de sobrecargarte de trabajo.

—Cambié de parecer en el último momento —improvisó—. Siento no haber llamado, pero me encontraba tan mal que apenas podía moverme. Ya sabe usted lo terribles que son esas intoxicaciones por haber comido algo en mal estado. —Se obligó a levantar la cabeza y sostener la mirada reluciente de Onomichi, sabiendo que estaba hecha un adefesio debido al estrés y la falta de sueño, y que los círculos oscuros que tenía bajo los ojos reforzarían su mentira.

—Creía que yo era el único que mentía y recurría a los engaños —ronroneó detrás de ella una voz muy profunda que hablaba con un exótico acento—. Supongo que tenemos algo en común, irlandesa.

Sakura giró bruscamente la cabeza. Bueno, el otro zapato había empezado a caer. Insolentemente repantigado sobre los archivadores detrás de ella estaba Neji Hyūga, el vivo retrato de la gracia y la tranquilidad. Aquellos tejanos descoloridos que le sentaban tan bien habían desaparecido. Ahora lucía pantalones de cuero negro y una camisa de seda negra, complementada con un torque y unos brazales de oro. Botas nuevas, con aspecto de ser muy caras, según pudo ver Sakura, y por un instante su presencia la distrajo lo suficiente para que se preguntara dónde/cómo había obtenido esa indumentaria. Probablemente le bastaba con robar cualquier cosa que quisiera tener, resguardado por el féth fiada, pensó con desprecio. Lógico. Maldito ladrón.

Con todo, era imposible no reparar en que él..., no, aquella cosa... proyectaba toda la elegancia del Viejo Mundo y realmente estaba para morirse. «Cuidado, Sakura —dijo su vocecita interior—, que eso podría ser profético.»

—Tú y yo no tenemos nada en común —siseó.

—¿Qué? —dijo Hassaku Onomichi, perplejo—. Haruno, ¿se puede saber de qué me está hablando?

Sakura torció el gesto y se volvió hacia su jefe. Lo vio fruncir el entrecejo mientras su mirada iba y venía entre ella y el archivador. Se aclaró la garganta.

—Usted y yo, quiero decir —se apresuró a farfullar—. Me refería a que probablemente usted ni siquiera se habría encontrado mal, pero es que yo tengo un sistema digestivo muy sensible. Se altera por cualquier cosita de nada, especialmente el pescado crudo que no ha sido preparado como es debido, y supongo que ya debería saber que nunca hay que comprar sushi en uno de esos puestos de la calle, pero tenía hambre, y el sushi tenía muy buen aspecto y, oiga, de verdad que lo siento, pero le juro que tendrá los alegatos en su escritorio para las cuatro. —«Respira, Sakura.» Respiró y puntuó la inspiración con la sonrisa más radiante que pudo esbozar, que sintió como una mueca y además le salió torcida.

Su jefe la miró con una expresión pétrea, indiferente a su explicación y al modo en que había conseguido mutilar una sonrisa, y soltó un gruñido.

—Demasiado tarde. Dentro de diez minutos he de estar en el tribunal y no volveré a tiempo para introducirlas en el ordenador; Más vale que estén en mi escritorio para cuando llegue mañana. Y el caso Desny. Y los alegatos del caso Elliot. ¿Ha quedado claro?

—Sí —dijo Sakura, al tiempo que apretaba los dientes.

Mientras Onomichi se daba la vuelta, le lanzó una furiosa mirada por encima del hombro a la criatura mágica repantigada sobre los archivadores. Ésta le guiñó un ojo y le dirigió una lánguida sonrisa sensual.

—Y, Haruno...

La cabeza de Sakura volvió a girar sobre su cuello.

—Mientras hace todo eso, veamos qué tipo de precedentes legales puede establecer para el caso Rollins. Los quiero encima de mi escritorio la mañana del lunes.

Sakura no se permitió bajar los hombros y dejar que su cabeza cayera sobre el escritorio con un golpe sordo hasta que Onomichi hubo desaparecido dentro de su despacho.

—¿Por qué haces esto, irlandesa? —Preguntó el ronroneo aterciopelado detrás de ella—. Fuera hace un día magnífico. El sol brilla en el cielo. El mundo es una vasta aventura que suplica ser vivida. Pero tú estás sentada en esta cajita atestada de cosas y recibes órdenes. ¿Por qué?

Sakura ni siquiera se molestó en levantar la cabeza. Simplemente estaba demasiado cansada para asustarse. El miedo requería energía, y ya hacía horas que se le habían agotado las reservas.

—Porque he de pagar las facturas. Porque algunos de nosotros no tenemos la suerte de ser todopoderosos. Porque la vida es así.

—Esto no es vida. Esto es el infierno.

Sakura levantó la cabeza y abrió la boca para discrepar, pero luego miró a su alrededor. Era jueves. Terminar el arbitraje del caso Brighton la mantendría ocupada durante el resto del día. Los alegatos de los casos Desny y Elliot consumirían todo el viernes. ¿Y encontrar precedentes legales para la vista del caso Rollins? Bueno, ya puestos siempre podía traerse un catre al bufete para pasar el fin de semana allí. Sí, pensó con consternación, la vida en Little di Onomichi era el infierno.

—¿Qué haces aquí? —dijo con voz cansada—. ¿Has venido a torturarme? ¿Abusarás de tu fuerza hasta hacerme obedecer? Pues ya puedes empezar a hacer lo que sea que tengas pensado, ¿vale? Mátame. Pon fin a mi miseria. O no pongas fin a ella. Tengo muchísimo trabajo pendiente. —Se apartó las guedejas de los ojos con un suspiro, decidida a no mirar a la criatura.

—La brutalidad es el refugio de los que no saben usar la mente, ka-lyrra. Sólo un idiota conquista cuando podría seducir.

—Estupendo. Una criatura mágica que lee a Voltaire —masculló ella—. Vete.

—Una criatura mágica que conoció a Voltaire —la corrigió Neji Hyūga gentilmente—. ¿Es que no lo entiendes, Sakura? Ahora soy una parte permanente de tu vida. Lo haremos todo, juntos. Nunca me iré.

«El otro día en la escalera vi a un hombre que no estaba allí. Hoy tampoco estaba allí. ¡Ojalá se fuera de una vez!»

El absurdo estribillo que le venía a la mente una y otra vez pertenecía a una canción que Sakura aprendió de su abuela cuando era pequeña. Nunca se le había ocurrido pensar que un día llegaría a vivirlo. Que estaría atrapada dentro de él. Obligada a coexistir con un ser al que sólo ella podía ver.

Pero así era. Y además temía que la mitad de sus compañeros de trabajo empezara a pensar que había perdido el juicio. Pese a todos sus esfuerzos por ignorar a Neji Hyūga, Sakura sabía que eran demasiadas las ocasiones en que la criatura mágica había logrado suscitar su respuesta, y tampoco le pasaban desapercibidas las miradas extrañadas que le dirigían otros estudiantes en prácticas.

Medianoche. Estaba acostada en la cama, completamente vestida y con las mantas subidas hasta la barbilla apretadas en sus puñitos. Temía dormir, por miedo a despertar y encontrar a Neji Hyūga en la cama con ella. O peor aún, no despertar a tiempo... Así al menos la cosa tendría que desnudarla antes de poder llevar a la práctica esas apasionadas miradas eróticas que no había dejado de lanzarle en todo el día, y eso la despertaría antes de que las cosas fueran demasiado lejos.

Neji Hyūga no se había separado de ella en toda la tarde. Observaba todo lo que hacía. (Bueno, casi todo. Había que reconocer que tuvo la cortesía de mantenerse fuera del servicio después de que ella se encarara con él y le enseñara los dientes antes de darle con la puerta en las narices.) La provocaba, se mofaba de ella y aprovechaba cualquier ocasión para rozar su enorme cuerpo masculino con el suyo, y en general se mantenía cerca de ella como la criatura mágica épicamente en celo que tenía fama de ser, oscura y pecaminosa, una presencia tan impregnada de sexualidad que te daban escalofríos sólo con verla. Sakura aún estaba en el bufete mucho después de que todos se hubieran ido a sus casas, hasta las nueve, en un desesperado intento de poner al día sus casos atrasados. Tan cansada e incapaz de concentrarse que todo requería diez veces el tiempo necesario.

Y podría haber trabajado hasta perder el sentido si Neji Hyūga no se hubiera esfumado de pronto, para reaparecer después con una suntuosa cena sustraída de Jean-Robert en Pigall's, de todos los lugares posibles. Sus gustos culinarios eran exquisitos. ¿Y por qué no iban a serlo, cuando podía robar todo lo que quisiera? Sakura pensó que le habría encantado poder lucir el féth fiada el tiempo suficiente para unas cuantas horas frenéticas de llevarse cosas de Saks en la Quinta Avenida, tal vez con una pequeña excursión por Tiffany's, sin preocuparse de que la pillaran robando.

Sin decir palabra, la alta y musculosa criatura mágica vestida de cuero desplegó un mantel robado sobre el escritorio de Sakura, dispuso encima de él su cena de salmón asado preparado con una salsa que olía divinamente, un decadente plato de patatas con queso, un acompañamiento de verduras a la brasa, pan crujiente untado con mantequilla de miel, y nada menos que tres postres. También le enseñó, con una floritura, una botella de Stargazer metida en una gran cubitera que relucía con finos destellos y le sirvió vino en una delicada copa de cristal tallado.

—Come, Sakura —había dicho suavemente mientras se ponía detrás de ella para apoyar un instante las manos en sus hombros. Después una mano enorme había subido muy despacio hasta rodearle el cráneo, mientras la otra empezaba a masajearle suavemente el cogote. Por un traicionero instante, Sakura casi se derritió bajo la magia de aquellas manos.

Obligó a sus labios a que asumieran una mueca feroz y echó la cabeza hacia atrás para lanzarle una andanada de improperios a la cosa, dispuesta a decirle exactamente dónde podía meterse sus artículos robados. Pero Neji Hyūga ya había vuelto a desaparecer. Sakura no lo veía desde entonces.

Ahora sabía lo que planeaba hacerle, y era algo mucho más cruel que recurrir a la fuerza. Neji Hyūga iba a estar presente en su vida cada día para provocarla, sacarla de sus casillas y agotarla. La cosa no sería cruel y brutal, sino delicada, incitante y seductora, como si hubiera descubierto que ella tenía una obsesión secreta por el pueblo mágico. Y cuando Sakura estuviese lo bastante debilitada, aplicaría su seducción sobre ella con la esperanza de subvertirla y ganarse su ayuda.

No, la cosa no usaría la fuerza; eso ella ya lo había previsto. ¿O acaso el Libro del sin siriche du no dejaba bien claro que aquella criatura vivía para seducir y manipular? Sakura supuso que la fuerza bruta era algo de lo que un ser mágico inmortal y todopoderoso se hartaba en unos cuantos siglos. Casi podía oírlo decir:

«Demasiado fácil, ¿dónde está la diversión en eso?»

Sakura sabía que era capaz de hacer frente a la fuerza: la impulsaría a luchar, la enfurecería, quizás incluso moriría resistiéndose a ella. La fuerza daría nuevas alas al odio que le inspiraba la cosa y la haría más terca.

Pero ¿ser seducida por aquella oscura criatura mágica? Estaba metida en un buen lío, y lo sabía.

Lo peor de todo era que Neji Hyūga ni siquiera había tenido que mirar muy lejos en busca de una debilidad que explotar. A Sakura le gustaban las cosas bonitas. Rara vez podía tenerlas, porque sus escasos ingresos apenas llegaban a cubrir los gastos básicos y la universidad. Los buenos platos, las flores bonitas y el vino caro le gustaban tanto como a cualquier hija de vecino. Aunque no dejó de reprochárselo ni un solo instante mientras lo hacía, después de que Neji Hyūga se hubiera ido dio buena cuenta de aquella fabulosa cena, porque sabía que con lo que ganaba nunca podría permitirse el lujo de ir a Jean-Robert en Pigall's. En cuanto hubo tragado el último y suculento bocado de la tarta de macadamias con trufa y chocolate, se sintió tan disgustada consigo misma que decidió darse por vencida y se fue a la cama.

Y tenía la horrible sospecha de que la cosa sólo había empezado a calentar motores.

«El mundo es una vasta aventura que suplica ser vivida», le había dicho mientras ella estaba sentada en su cubículo gris rodeado por docenas de otros cubículos grises en un edificio de oficinas gris, moviendo papeles de un lado a otro, o mejor dicho, siendo movida de un lado a otro por papeles que cada día le robaban un poco más de su vida: Sakura ya rara vez veía el sol, porque éste aún no había salido cuando ella iba a trabajar y se ponía cuando llegaba a casa.

«Una vasta aventura...» ¿Se había sentido así ella alguna vez, emocionada por todas las posibilidades que podía contener la vida?

No. Siempre se había sentido obligada, forzada a ser responsable. A obtener las mejores notas. A escoger una profesión respetable. A destacar en dicha profesión. A ser buena con los niños pequeños, los animales y las personas mayores. A hacerlo todo bien. «Tú no necesitas demostrar nada, Sakura —la había reñido la abuela hacía años—. Ya eres perfecta tal como eres.»

Claro. Por eso su mamá se había ido de casa. Porque Sakura era demasiado perfecta. Si hubiese sido un poco más perfecta, la abuela quizá también se habría ido.

Sakura soltó un gruñido de exasperación, alisó la almohada con los puños y se dio la vuelta en la cama. El pantalón del chándal se le enredó en las piernas, la cinta del sostén se le clavó en la piel, y la camisa le quedó apretujada encima del estómago. Un calcetín que había quedado mal puesto hacía que experimentara una irritante sensación de descuido en el pie. Sakura nunca dormía con la ropa puesta y, pese a las ventanas abiertas y el rítmico girar del ventilador del techo, en su dormitorio de la torrecilla hacía mucho calor. El sudor le fluía entre los pechos y el pelo húmedo empezaba a pegársele al cuello.

—Te voy a matar, Neji Hyūga —masculló, cansada, al tiempo que cerraba los ojos.

Un instante después volvió a abrirlos, electrizada por la idea que se le acababa de ocurrir. La cosa había asumido una forma mortal. Rayos y centellas. Eso quería decir que se la podía matar. Y entonces todos los problemas de Sakura quedarían resueltos de golpe.

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—Sólo quiero a cuatro de vosotros —dijo Darroc, sin esforzarse demasiado en ocultar su disgusto. No sabía por qué se tomaba la molestia de disimularlo aunque sólo fuese un poco; los cazadores del pueblo invisible eran demasiado toscos y brutales para que eso pudiera importarles.

—Una veintena de nosotros tardaría menos tiempo en dar con él, Darroc —dijo Bastion, el más anciano y poderoso de los cazadores, y agitó sus enormes alas coriáceas mientras paseaba una ávida mirada por los verdes campos.

Darroc vio cómo el olor del reino humano hacía que se le dilataran las ventanas de la nariz. Había optado por liberar al cazador de su gélida prisión —ese sombrío reino infernal al que había sido condenado el pueblo invisible—, y lo había traído a la colina de Tara para recordarle todo lo que habían perdido los suyos. También para poder estar seguro de que su rey, quien en ciertas ocasiones apoyaba a Mito mientras que en otras no lo hacía (y nadie podía predecir cuándo haría una u otra cosa, ni siquiera la misma Mito), no los oyese hablar. Aunque el Rey de la Oscuridad rara vez salía de su oscura fortaleza en el rincón más desolado de su reino de sombra y hielo, Darroc no quería atraer la atención de la formidable... criatura.

—Ahora lo que importa no es la rapidez, sino el sigilo. Veinte de vosotros en el reino humano sería demasiado arriesgado, y nuestros planes quizá nunca llegaran a fructificar. ¿Quieres volver a recorrer la Tierra a tu antojo, cazador, como hacías antes del Pacto?

—Ya sabes que sí —gruñó Bastion.

—Haz lo que digo y tu deseo se hará realidad. Desobedéceme y nunca ocurrirá.

—Los cazadores no obedecen a nadie —gruñó Bastion con un furioso rumor de sus oscuras alas.

—Todos obedecemos, Bastion, y lo hemos hecho desde que El Pacto quedó sellado —dijo Darroc, intentando no perder la paciencia. Los invisibles ya ponían a prueba su paciencia cuando todo iba bien, y ahora casi nada iba bien. Corrían tiempos peligrosos, y lo último que necesitaba Darroc era que el peligro se viese incrementado por unos cazadores imprevisibles que se negaban a obedecer sus órdenes—. Eso es lo que intento cambiar. ¿Seguiréis mis órdenes, o debo suponer que os encontráis muy a gusto en vuestro reino? Atrapados. Encerrados en establos como si fuerais animales que no merecen nada mejor.

Bastion asintió rígidamente con una mueca en los labios.

—Muy bien. Cuatro de nosotros, no más. ¿Tienes alguna idea de dónde está él?

—Aún no. Mito ha prohibido que su nombre sea mencionado en la corte, y por eso mis espías no han podido decirme nada. Id primero a Escocia, a las Highlands. Una vez engendró a un hijo allí.

Desgraciadamente, Darroc no sabía mucho más aparte de eso. Ni siquiera tenía idea de si el niño había sobrevivido hasta alcanzar la madurez. Los Tuatha de Danaan a los que él habría podido contar como amigos nunca habían sido amigos de Darroc, y Mito se guardaba para sí misma todo lo referente a ese príncipe al que tanto había mimado antes. Si no hubiera sido por Mael, Darroc aún estaría sumido en la más completa ignorancia acerca del destino de Neji.

Él —un anciano del Gran Consejo de Mito, por todos los dioses— había tenido que resignarse a que todo aquello le fuese ocultado. Aun así, algunos de sus congéneres llevaban unos cuantos meses de los mortales sin ser vistos por nadie, y todos ellos habían desaparecido poco después de que Neji fuera desterrado al reino humano.

—¿Y cuando lo encontremos?

Darroc sonrió. Podía percibir la inquietud del cazador, su anhelo de volver a los viejos tiempos y las viejas costumbres. Reflejaba el que sentía él. Darroc se sentía tan enjaulado en la isla mágica de Morar como los cazadores en su reino-prisión.

—Podéis matarlo, pero... —puso la mano sobre el brazo de Bastion en un gesto imperioso—, tenéis que hacer que parezca un accidente. Como si hubiera muerto debido a causas mortales. Eliminar a Neji Hyūga sólo es el primer paso en mi plan, y todavía no hay que despertar las sospechas de la reina. Eso quiere decir que no debe haber rastro de nada remotamente mágico cerca del cuerpo de Neji Hyūga. Sólo heridas humanas. ¿Lo has entendido?

—Sí.

—¿Puedes hacer que los otros tres te entiendan y te obedezcan?

—Sabré escoger bien. —Bastion se removió impaciente.

—Entonces, nombra a tus tres y yo los traeré aquí —dijo Darroc.

Los ojos color llama de Bastion destellaron mientras llamaba a sus cazadores.