CAPÍTULO 8

Sakura despertó cuando empezaba a amanecer. Por un fugaz instante de felicidad su cuerpo estuvo despierto, pero su mente aún andaba un poco perdida entre su envoltura de sueños, y pensó que era un día como cualquier otro. Normal, apacible, lleno de cuestiones triviales y preocupaciones manejables.

Entonces los recuerdos se precipitaron sobre ella como una avalancha caída de la cima de una montaña: había echado a perder su entrevista laboral, se había delatado ante una criatura mágica, hoy tendría que liquidar un trabajo que en circunstancias normales la mantendría ocupada durante una semana, y su vida era un infierno sobre la Tierra.

Sakura gimió, se dio la vuelta en la cama e hizo un desesperado esfuerzo por volver a dormirse para no tener que afrontar todo eso todavía.

No hubo suerte.

Neji Hyūga estaba en la ducha.

Podía oírlo —ejem, oírla, ya que no debía olvidar que Neji Hyūga era una cosa— haciendo ruido con el agua.

A sólo una docena de pasos de distancia pasillo abajo desde su dormitorio. Una criatura mágica alta, oscura, sexy y muy desnuda. En su casa. En su ducha. Usando su jabón y sus toallas.

Y además cantaba. Su voz también era muy sexy, con ese extraño acento céltico. Nada menos que una vieja canción de Sophie B. Hawkins. «Maldita sea, ojalá fuese tu amante, porque te haría estremecer hasta que saliera el sol...»

«Ay, sí, apuesto a que lo harías», suspiró ensoñadoramente una vocecita adolescente dentro de la mente de Sakura.

—Necesito un arma de fuego —susurró.

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Rock Lee, compañero de prácticas y habitante del cubículo contiguo al que ocupaba Sakura, hizo girar su asiento y la miró inquisitivamente.

—Sakura, ¿te encuentras bien? Hassaku dijo que habías estado enferma. ¿Estás segura de que ya te encuentras mejor? Has estado comportándote de un modo bastante raro.

—Estoy perfectamente —dijo ella, cruzada de piernas y con un pie oscilando en el aire—. Sólo me preguntaba adonde habría que ir si quisieras comprar un arma de fuego.

—¿Para qué quieres tú un arma de fuego? —trató de sonsacarle él.

—No me siento segura allí donde vivo —mintió ella descaradamente. Después de todo, se dijo en un intento de tranquilizarse, tampoco era que fueran a detenerla y llevarla a juicio por lo que planeaba hacer. Tener un arma no bastaba para establecer un asesinato, porque además necesitabas tener un cuerpo. Y como nadie podía ver al futuro cuerpo aparte de ella, voila: no había crimen. Además, no cabía duda de que ella actuaría en defensa propia.

—Apúntate a un curso de kárate.

Sakura puso los ojos en blanco.

—¿Y qué hago durante los no-sé-cuántos años que tardaré en aprender a ser una karateca mínimamente eficiente?

Rock Lee se encogió de hombros.

—Convence a tu novio de que se venga a vivir contigo.

—Ya no tengo novio —dijo ella irritada.

Eso no pareció sorprender demasiado a Rock Lee.

—Probablemente será por lo mucho que trabajas, Sakura. Apuesto a que tu último novio se hartó de que estuvieras casada con tu trabajo. Yo también me hartaría. ¿Sabes...? —Miró alrededor y bajó la voz cautelosamente—. Hassaku no te presionaría tanto si no supiera que puedes aguantarlo. Sabe que dedicarás todo el fin de semana a investigar el caso Rollins. Sabe que te dejarás la piel intentando demostrar lo que vales. ¿Y qué tiene planeado hacer él este fin de semana, preguntas? Te lo contaré. Esta mañana le oí hacer planes para quedar con unos amigotes suyos y pasar el fin de semana jugando al golf en el Hilton Head. Hassaku estará al aire libre, tomará el sol y se beberá unas cuantas cervezas. Mientras tanto tú estarás sentada aquí en tu...

—Vale ya —se encrespó Sakura, que empezaba a estar un poco enfadada. Pero ahora lo primero era librarse de una ruin criatura mágica, y luego ya se ocuparía de Hassaku Onomichi y sus planes para ir a jugar al golf—. Esto no tiene nada que ver conmigo, o con mi ex novio, o con nuestro jefe. Sólo quiero saber dónde puedo hacerme con un arma de fuego.

—Me asustas. Y no te lo voy a decir. —Rock Lee hizo girar su asiento y volvió a pegar la nariz a la pantalla de su ordenador.

—Oh, por el amor de Dios, si no me ayudas buscaré en el listín de teléfonos.

—Perfecto. Entonces no se me podrá implicar por complicidad.

Los estudiantes de Derecho estaban demasiado obsesionados con no contraer futuras responsabilidades legales, pensó Sakura, sorbiendo aire por la nariz mientras se volvía hacia su escritorio.

Y apretó los dientes. Neji Hyūga estaba sentado en la media pared que separaba su cubículo, y ahora llevaba pantalones de cuero —esta vez eran de un negro muy intenso, y por un instante Sakura no pudo apartar la mirada de aquel cuero tan flexible parecido a mantequilla—, una camiseta blanca que se tensaba a través de su enorme pecho, y otro par de botas de ante gris pizarra que también tenían aspecto de costar mucho dinero. Una gran mano sostenía las Páginas Amarillas. Una reluciente cascada de sedosos cabellos negros le caía hasta la cintura, con una pequeña trenza balanceándose junto a cada sien. Nada más mirarlo, Sakura sintió que se le secaba la boca y empezaban a sudarle las palmas de las manos. Ver a Neji Hyūga hizo que todas las hormonas de su cuerpo se pusieran firmes con un estremecimiento de deleite.

—¿Va a haber guerra entre nosotros, entonces, ka-lyrra? —le preguntó con dulzura.

Sakura le arrancó el listín de la mano y siseó:

—Ya la hay. La ha habido desde el momento en que invadiste mi vida.

—¿Decías algo? —dijo Rock Lee detrás de ella.

—Nada —masculló Sakura por encima del hombro.

—No tiene por qué haberla, irlandesa. Las cosas podrían ir muy bien entre nosotros. —Aún no había retirado la mano con la que había estado sosteniendo las Páginas Amarillas, y le cogió un mechón de cabellos para deslizado suavemente entre sus dedos mientras la miraba con los ojos entornados por el deseo—. Me gusta verte con el pelo suelto. Deberías llevarlo así más a menudo. Masas de seda para que un hombre entierre las manos en ellas. —Hizo un suave ruido de ronroneo tan lleno de erotismo que Sakura sintió endurecérsele los pezones. Después saltó al suelo y se sentó en el borde del escritorio, de cara a ella y con las piernas extendidas a cada lado de su asiento. Eso hizo que los ojos de Sakura quedaran justo a la altura de su ingle, donde había una gran protuberancia cubierta de cuero que simplemente no podía ser ignorada.

Sakura se apresuró a levantar la vista hacia el rostro de Neji Hyūga y siseó:

—Tú no eres un hombre. Eres una cosa.

Oh, ¿a quién quería convencer?

Una mujer simplemente no podía mirar a Neji Hyūga y llamarlo «cosa». Sakura intentaba hacerlo, pero eso exigía un esfuerzo agotador que ya había empezado a pasarle factura. Mantenía alejada su atención de cuestiones más importantes, como la de encontrar algún modo de librarse de él. «Ríndete, Haruno —se dijo, exasperada—. No vale la pena intentarlo, vista la frecuencia con que fracasas. Trata de invertir ese esfuerzo en causas mejores. Causas en las que podrías tener éxito.»

—Y si hoy llevo el pelo suelto —continuó con voz gélida, decidida a no pasar por alto una sola oportunidad de exponer los motivos de queja que había tenido ocasión de acumular en el curso de aquella horrible mañana— es porque te pusiste a retozar en el cuarto de baño del piso de arriba, y no pude coger mi secador o ninguno de mis pasadores para el pelo. Ni siquiera pude usar mi cepillo de dientes. Y me dejaste sin agua caliente. —Se había duchado en el piso de abajo (a toda prisa y con el pestillo echado. Eso no representaba ninguna barrera para un ser que podía «saltar a través del espacio»; pero aun así le proporcionó cierta ilusión de seguridad, y Sakura estaba dispuesta a conformarse con la ilusión, visto lo deprimente que era su realidad) con agua tan fría que le puso la piel de gallina. Después se puso unas bragas y un traje, renunció al desayuno muy a su pesar, y salió corriendo, resuelta a eludir a la cosa el mayor tiempo posible.

—¿Sakura? —Era la voz de Rock Lee, y sonaba sinceramente preocupada.

—Estoy hablando por teléfono, Rock Lee —le espetó Sakura sin mirar atrás—. Llevo puestos los auriculares.

—Oh. Lo siento. —El alivio evidente en su voz.

—Realmente, irlandesa —prosiguió Neji Hyūga—, mientes más que yo, y casi igual de bien. ¿Y qué es eso de que tramas un asesinato? Me asombras, de veras, y empiezo a preguntarme con qué clase de nefando ser humano me habré liado.

—Ooooh, cómo te atreves a fingir que soy yo la que...

Pero Sakura no pudo llegar a decirle ni siquiera una pequeña parte de lo que pensaba, porque la infernal criatura mágica volvió a esfumarse.

Dejó a un lado las Páginas Amarillas con un bufido de furia (comprar un arma de fuego no tenía demasiado sentido ahora que él ya estaba sobre aviso; además, Sakura dudaba de que pudiera tener estómago para apuntar con un arma de fuego a algo que parecía tan humano y apretar el gatillo, eso por no mencionar que luego tendría que deshacerse del cuerpo. Aunque nadie más pudiese verlo, tampoco podía dejarlo tirado en cualquier rincón de su casa o, qué espanto, en algún cubículo del bufete) y echó mano del caso Desny. Más valía que se quitara de encima la mayor cantidad de trabajo pendiente que pudiera, porque sabía que Neji Hyūga volvería.

Tiene que ser estupendo, pensó enfurecida, eso de poder «esfumarse» cuando no te apetece continuar con una conversación. Ella conocía a muchos hombres que habrían dado su brazo derecho por tener ese talento.

Encendió el ordenador y archivó mentalmente el asesinato como una opción de último recurso. Si las cosas llegaban a ponerse realmente mal, se obligaría a tener estómago para hacer lo que tuviese que hacer. (El que Sakura no considerara que las cosas ya se habían puesto «realmente mal» hubiese debido hacer sonar muchas alarmas en su interior, pero ya tenía centrada la mente en otras preocupaciones).

Abrió el fichero correspondiente y se dispuso a refrescarse la memoria acerca del caso. Y se quedó helada cuando vio aparecer los alegatos en la pantalla. ¿Los habría terminado anoche y estaba tan cansada que se le olvidó?

Imposible. Ella nunca podía llegar a rendir tanto cuando estaba cansada. Miró. Ni siquiera habían sido escritos por su mano. Sakura sabía que tenía una letra horrible y en cambio ésta era preciosa, tan resuelta, atrevida y llena de gracia.

Arrogante, de hecho, suponiendo que se pudiera decir eso de una caligrafía. No había nada de indeciso en aquellos trazos elegantemente inclinados y seguros de sí mismos. Sakura frunció el ceño y empezó a leer.

Unos minutos después, aún estaba leyendo mientras mascullaba una y otra vez

«No me lo puedo creer».

Como era de esperar, Neji Hyūga la dejó en paz justo cuando ella quería verlo. Se mantuvo alejado la mayor parte del día. Eso hizo que Sakura se preguntara qué ruindades andaría haciendo. El bufete volvía a estar desierto cuando él apareció alrededor de las siete y media, justo detrás de ella, tan cerca que Sakura prácticamente lo tenía encima, trayendo consigo unas cuantas bolsas de... «Oh, Dios, no.» Sakura cerró los ojos y los mantuvo así unos instantes. «No, por favor.» La Maisonette. Cenas de cinco estrellas, nada menos.

Pero esta vez Sakura estaba preparada. No había parado de engullir caramelos y chocolatinas en todo el día, sólo para asegurarse de que no tendría ni pizca de hambre y nada de lo que él pudiera llegar a ofrecerle conseguiría tentarla.

Con todo, ¿la Maisonette? Grrrr. Sakura sacudió la cabeza bruscamente y no quiso ni mirar las bolsas, porque prefería no preguntarse qué soberbias exquisiteces robadas podían acechar dentro de ellas.

Se apresuró a apartarse de él. Cuando lo vio depositar las bolsas encima de su escritorio, cogió una carpeta de fuelle cerrada con una gruesa banda de goma y se la arrojó. La carpeta le dio en el centro del pecho.

—¿Cómo? —inquirió.

—¿Cómo qué, ka-lyrra? —preguntó él. Después recogió la carpeta y la dejó sobre el escritorio.

—¿Cómo hiciste mi trabajo? ¿Cuándo hiciste mi trabajo?

Él encogió los hombros con un suave ondular de músculos.

—No necesito dormir tanto como tú.

—¿Esperas que me trague que anoche escribiste personalmente los alegatos para siete de mis casos en unas cuantas horas?

—Para nueve. Entonces me di cuenta de que dos de esos casos no eran tuyos, así que los descarté.

—¿Cómo es que conoces tan bien mi trabajo que puedes presentar una demanda de indemnización por daños y perjuicios?

—Oh, por favor. —Sonaba ofendido—. Hace miles de años que estoy vivo y he dedicado la mayor parte de ellos a observar a los humanos. Leí algunos de tus otros casos, y no me costó nada estructurarlos de acuerdo con la pauta apropiada. La ley humana no puede ser más simple: culpáis a todo el mundo excepto a vosotros mismos. Me limité a acusar a cada una de las cosas y las personas que se mencionaban en el fichero excepto a la persona que representabas, y respaldé las acusaciones con cualquier evidencia que pude manipular para que apoyase mis alegatos.

Sakura intentó no echarse a reír. Realmente se esforzó por no hacerlo, y puso todo su empeño en ello. Pero él había lanzado aquella sutil indirecta con una expresión tan perfectamente insulsa y había sabido resumir tan bien lo que ella encontraba más odioso de los casos de lesiones personales, después de sólo unas cuantas horas de trabajar en ellos, que no lo pudo evitar. Primero se le escapó una risita, que rápidamente se transformó en una carcajada. Y quizás habría seguido riendo durante un buen rato de no ser por la lenta sonrisa que curvó los labios de Neji Hyūga y el brillo que apareció en sus plateados ojos.

Fue hacia ella, la agarró con aquellas manos tan grandes y la miró.

—Es la primera vez que te he visto reír, Sakura. Y cuando ríes eres aún más hermosa. Jamás lo hubiese creído posible.

La risa murió abruptamente en los labios de Sakura y se apresuró a apartarle el brazo. Pero era demasiado tarde, sus manos ya le habían dejado su huella llameante en el cuerpo, como un hierro de marcar que hubiera sido calentado en el fuego del erotismo.

—No me alabes. No seas agradable conmigo —rechinó—. Y no vuelvas a hacer ninguna parte de mi trabajo por mí.

—Sólo intentaba ayudar. Anoche parecías tan cansada...

—Como si eso pudiera importarte. Mantente alejado de mi vida.

—No puedo hacer eso.

—Porque me niego a sacrificar la totalidad de mi mundo sólo para ayudarte a recuperar el tuyo —replicó con amargura.

—No —dijo él sin inmutarse, al tiempo que entornaba los ojos—. Porque no me gusta tu jefe. No me gusta el modo en que te mira. No me gusta el modo en que te trata. No hay ni una sola puta cosa que me guste en ese puto cabrón. Y cuando vuelva a ser yo mismo, rectificaré la situación.

Sakura se había quedado inmóvil. Neji Hyūga parecía y sonaba muy enfadado. Sinceramente enfadado. Por el modo en que se la trataba dentro del bufete. Su rostro amenazaba tormenta y sus ojos ardían con chispazos plateados.

Oh, eso sí que era devastador. Era cruel. Comportarse como si tuviera sentimientos. Como si a él le importara un comino lo que fuese de ella. Especialmente cuando Sakura no tenía en su vida a nadie más que la considerase importante. Estaba claro que Neji Hyūga haría lo que fuese con tal de seducirla para que lo ayudara, incluso imitar la emoción y fingir preocupación. Después de todo, ¿no era por eso por lo que lo llamaban seducción? ¿Porque la víctima se veía inducida a experimentar una falsa sensación de bienestar y seguridad? ¿Y cómo podías llegar a engendrar ese sentimiento si no fingiendo que tu víctima te importaba mucho?

«No tiene alma. No tiene corazón. Por lo tanto, no tiene emociones», se recordó Sakura.

Cogió el bolso, apagó el ordenador y salió de su cubículo pisando fuerte.

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Los alegatos eran realmente buenos, volvió a pensar Sakura irritada una hora y media después, mientras dejaba la cesta de la lavandería encima de la cama y empezaba a clasificar su ropa. Sumergirse en la rutina la ayudó a fingir que el sin siriche du no estaba sentado en su cocina bebiendo malta escocés directamente de la botella (un Macallan de cincuenta años, nada menos), y tecleando en el portátil de Sakura mientras navegaba por la red.

Cuando llegó a casa, él ya estaba allí, con el escenario suntuosamente preparado para su próxima seducción. Cena de cinco estrellas dispuesta sobre la mesa del comedor, el aire perfumado por las rosas de tallo largo que había puesto en un jarrón, las cortinas corridas y las velas encendidas. La mesa relucía con los suaves destellos de una cristalería que Sakura sabía ella no tenía. Cubiertos de plata que nunca había visto antes, así como porcelana de la mejor calidad.

Sakura levantó la nariz hacia el techo y se dispuso a pasar a su lado para encaminarse a la escalera. Él se interpuso en su camino y le rozó el cuerpo con el suyo. Luego la agarró del brazo.

La hizo volverse hasta dejarla de cara a él, y luego se limitó a contemplarla en silencio durante un largo rato hasta que por fin la soltó. Sakura no estaba dispuesta a ceder un centímetro, así que no dijo nada. Ni siquiera cuando él inclinó hacia delante su rostro delicadamente esculpido hasta que sus labios estuvieron a sólo un soplo de distancia de los de ella, usando su descarada masculinidad en un intento de doblegarla. Sakura resistió estoicamente la abrumadora tentación de humedecerse los labios en una invitación más vieja que el tiempo y se mantuvo firme, sin dejar de sostener aquella oscura mirada y negándose a creer que pudiese haber algo más que un frío cálculo en sus ojos. Y si por un instante le pareció ver un atisbo de humanidad, de frustración masculina, de auténtico deseo, de impaciencia mantenida a raya en sus profundidades salpicadas de plata, se dijo que la había engañado la trémula luz de las velas.

Sólo eso.

Los alegatos legales de Neji Hyūga eran mejores que nada de cuanto ella hubiera escrito nunca. Incisivos, brillantes, carismáticamente persuasivos. A Sakura no le cabía duda de que ganaría cada uno de los arbitrajes que le había escrito. Leerlos la llenó de envidia, y le hizo desear que se le hubiera ocurrido ese argumento o hubiese sabido ver esa sutil variación. Dos de los alegatos para los que le había proporcionado argumentos correspondían a casos en los que Sakura sabía que su cliente había cometido una negligencia que superaba el nivel legal del cincuenta y uno por ciento (el bufete había aceptado representarlos porque eran «amigos de unos amigos» y el pelota de su jefe les debía favores a unas cuantas personas, probablemente a cambio de privilegios para jugar al golf en algún club elegante), pero después de leer la argumentación de Neji, hasta ella hubiese fallado en favor de ese cliente culpable.

Así de bueno era él.

«Hace miles de años que estoy vivo», había dicho. Sakura se estremeció. Antiguo, Neji Hyūga era antiguo. Y probablemente había hecho todo lo que se podía llegar a hacer sobre la Tierra, al menos una vez. ¿Por qué debería sorprenderla que fuese capaz de hacer tan bien el trabajo de ella? Neji Hyūga podía viajar a través del tiempo y el espacio. Tal vez no tuviera alma y careciese de corazón, pero tenía que haber un intelecto realmente formidable tras el oscuro rielar de aquellos ojos intensamente vivos.

Sakura clasificó la ropa automáticamente. Las manos se movían, pero el cerebro estaba ocupado muy lejos de allí. Blanco. Claro. Oscuro. Oscuro. Oscuro. Oscuro.

Claro. Oscuro. Blanco... ¡eh, un momento!

¿La camiseta de Neji Hyūga?

¿Cómo había podido tener la cara dura de echar su camiseta sucia dentro de su cesta de la colada? Sakura hizo una bola con la camiseta y empezó a darse la vuelta para explicarle con todo lujo de detalles a Neji Hyūga lo que podía hacer con su ropa sucia. Pero se detuvo.

Luego volvió a ponerse en movimiento. Volvió a detenerse.

Se mordisqueó el labio inferior y mantuvo una breve, pero muy vehemente discusión consigo misma.

Con un suspiro de exasperación, Sakura se llevó la camiseta a la nariz e inhaló profundamente al tiempo que cerraba los ojos.

¿Podía un hombre oler más a pecado?

Sombras de jazmín y sándalo y un hálito de oleaje nocturno. Aroma a oscuridad, especias y sexo. Cosas prohibidas, cosas pecaminosas, el tipo de cosas que se pretendía ocultaran las plegarias en esa parte donde pedías a Dios que te librara de la tentación y te protegiese de todo mal.

Neji Hyūga nunca recuperaría su camiseta.

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Más tarde, cuando Sakura se había ido a la cama, Neji asomó la cabeza dentro de su dormitorio de la torrecilla. Sakura dormía profundamente. Bien. La pequeña ka- lyrra trabajaba demasiado. Permitía que otros se libraran de sus responsabilidades endosándoselas a ella. Él pondría fin a eso. La vida de una criatura mortal ya era lo bastante corta de por sí. No deberían trabajar tanto. Tendrían que jugar más. Él le enseñaría a jugar. Cuando volviera a ser inmortal, ella nunca trabajaría y jamás le faltaría de nada.

Todas las ventanas estaban abiertas y una fragante brisa nocturna entraba por ellas, ondulando a través de la delgada sábana bajo la que dormía Sakura. La luna derramaba su luz sobre la cama, acariciando con un suave resplandor dormido las facciones de Sakura y convirtiendo sus largos cabellos rosas en hilos de plata.

Estaba completamente vestida, reparó Neji con una sonrisa sardónica. Muy sensato por su parte. Porque si hubiera cometido el error de dormir desnuda, entonces él no se habría conformado con la pequeña misión para la que había venido. Le bastaba con pensar en Sakura desnuda debajo de esa sábana..., ah, tenía una auténtica obsesión sexual con ella. Con sus generosos pechos, la infinita tentación de su delicado trasero femenino, sus labios llenos de sensualidad, su pelo rosa, sus ojos verdes, sus manos. Su fuego.

Hasta su virginidad lo excitaba. Eso lo impulsaba a adoptar una actitud posesiva, porque sabía que él sería el primer hombre que entraría en ella, que la llenaría, que la tocaría de todas aquellas maneras tan oscuras, apasionadas e íntimas. La haría objeto de una seducción tan absoluta que Sakura ya no sería capaz de concebirse a sí misma lejos de él; siempre la tendría a su disposición para que él pudiera tomarla, cuando quisiera, en cualquier sitio, y de cualquier forma en que decidiera tomarla, sin que pudiese negarle nada.

Sabía que al principio ella esperaba que recurriese a la fuerza. Lo había visto en sus ojos cuando estaba atada a su silla ayer, mientras lo rechazaba una y otra vez en aquel tono tan desafiante.

Qué poco entendía Sakura lo que tenía planeado para ella.

El día antes por la mañana, cuando Sakura se fue a trabajar (cosa que no lo había sorprendido; su tenaz sidhe-vidente estaba tan poco dispuesta a renunciar al control de su mundo como lo estaba él a renunciar a controlar el suyo), Neji se familiarizó con su hogar y averiguó todo lo que pudo acerca de ella. Había examinado la clase de libros que leía, el tipo de ropa que se ponía, qué lencería tenía el placer de rodear sus pechos y deslizarse entre las curvas de su trasero, qué jabones y perfumes acariciaban su sedosa piel. Examinó fotos, abrió su equipaje y estudió cuáles eran las cosas que ella había considerado demasiado preciosas para dejar abandonadas cuando preparaba su huida. Y cada nuevo descubrimiento hizo que la deseara un poco más, porque toda ella era pasión y fuego y estaba llena de esperanzas y sueños mortales.

Los Libros de las hadas le parecieron muy graciosos. Bueno, salvo por aquel volumen donde se lo cubría de viles calumnias. Pero él ya había puesto manos a la obra para rectificar eso.

El delgado tomo lo presentaba como la más perversa de las criaturas mágicas. El retrato de Neji era el de un consumado mentiroso que siempre recurría a engaños y ardides, un seductor desalmado y arrogante al que sólo le importaba el placer del momento.

No era extraño que Sakura hubiera luchado con semejante fiereza, o que estuviese convencida de que su palabra no valía nada. Ni el mismísimo diablo había llegado a tener peor prensa en la historia literaria.

Aun así, él podía obrar sin palabras. Le hablaría a su sidhe-vidente a través de sus acciones cuidadosamente seleccionadas. Sabía hacía mucho tiempo que los detalles que seducían siempre eran los más diminutos, y que eran los contactos delicados los que ponían de rodillas a los más poderosos.

Dios, pensó mientras la contemplaba, toda esa ropa tenía que darle mucho calor. Hacía demasiado calor en aquella casa, incluso en el primer piso donde él había estado trabajando en la red. Otra cosa acerca de la que haría algo por ella.

No había conseguido encontrar nada acerca del paradero de Madara en ninguna de aquellas bases de datos que tanto les gustaba compilar a los humanos, pero en realidad ya se lo esperaba. Su hijo era mitad humano y mitad criatura mágica, y eso significaba que podía estar no sólo en cualquier parte sino también en cualquier tiempo. Era completamente posible que se hubiera llevado a su esposa y a sus hijos a las Highlands, a su propio siglo y un modo de vida más simple, donde podría permanecer indefinidamente.

Pero daba igual, porque Madara aparecería tarde o temprano.

Y el día había sido productivo de otras maneras, porque Neji había plantado muchas semillas que ya empezaban a echar raíces, entre ellas algo tan simple como una camiseta.

Ella había hecho la colada esa noche; él la había oído.

Pero no hubo ningún estallido de furia. Nada de gritos, nada de repetir que antes se helaría el infierno que él viera llegar el día en que ella le lavase la ropa. Tampoco se trataba de que Neji pretendiese tal cosa. Después de ponerse algo, simplemente lo tiraba y se hacía con más ropa.

Dio unos pasos dentro del dormitorio y abrió silenciosamente un cajón de la cómoda. Luego abrió otro. Y otro más. Hasta que la vio. Su camiseta. Pulcramente doblada en el último cajón, escondida debajo de un pantalón de chándal.

Una sonrisa le curvó los labios.

Cerró el cajón de la cómoda y fue al armario, lo abrió y miró en la cesta de la colada de Sakura. Tal como pensaba, ella no había lavado lo que se puso hoy. Unas bragas desaparecieron dentro del bolsillo de Neji.

Quid pro quo, ka-lyrra —murmuró dulcemente—. Tú obtienes un pedazo de mí, y yo obtengo un pedazo de ti.

Cerró la puerta del armario y se volvió a mirarla. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron bajo una oleada de deseo tan intensa que el mero anhelo de poseer a aquella joven ya era una cosa digna de ser saboreada. Era como si todos sus sentidos se inflamaran nada más verla, y de pronto sentía cosas que, en el caso de que hubiera llegado a sentirlas alguna vez, ya llevaban mucho tiempo olvidadas.

Por Danu, pensó mientras tragaba aire con una brusca inhalación, se sentía vivo. Vibrante, aguda, tal vez incluso podría decir que... apasionadamente vivo. La más simple de las experiencias de pronto se había vuelto tan sabrosa, tan rica en matices y complejidades... Algo tan simple como elegir su ropa cada mañana en Saks encerraba una fascinación completamente nueva para él, porque ahora la seleccionaba pensando en cómo reaccionaría ella, y poco a poco iba descubriendo lo que le gustaba verle llevar. Lo que hacía que abriera los ojos un poco más, dilatara las pupilas y separase los labios una fracción de centímetro.

Cuero. No cabía duda de que a ella le gustaba el cuero.

Neji ya sabía lo que iba a ver sobre ella, en cuanto hubiera alisado esa columna vertebral que le tensaba la piel.

Nada.

Sus pezones, mojados y endurecidos, reluciendo por las caricias que él les habría hecho con la lengua. Su trasero desnudo mientras él la elevaba hacia su boca. Ese mismo trasero después de que le hubiera dado la vuelta y ella lo alzase para...

Un gruñido gutural creció dentro de su garganta. Neji apretó los dientes y se obligó a apartarse de la cama. Todavía no.

Sakura Haruno no tardaría en comprender que él no era lo que ella creía.

En Neji Hyūga había mucho más de lo que aseguraba aquel maldito, blasfemo y estúpido volumen al que pusieron por título Libro del sin siriche du. Dedicó unas cuantas horas a reescribirlo, tachando secciones enteras, simplemente arrancando otras páginas e insertando nuevas en su lugar.

Mientras salía del dormitorio se le ocurrió pensar que, en el caso de que Madara no regresara, seducir a Sakura Haruno podía ser una forma bastante agradable de pasar una vida mortal.

Al menos hasta que Mito viniese por él y volviera a hacerlo inmortal.

Antes de irse, cogió el despertador de Sakura y desconectó la alarma. No tenía intención de permitir que fuera a trabajar al día siguiente.