CAPÍTULO 10
«Bueno, tiene que haber sido el plan más efímero de la historia», pensó Sakura con irritación mientras iba y venía por su dormitorio, mirando periódicamente el reloj que devoraba sus preciosos minutos con cada ávido tictac.
De acuerdo: averiguaría todo lo que pudiera acerca de Neji Hyūga, y no pararía hasta conseguir que le revelara algún punto débil. Un par de preguntas habían bastado para que su asombrosamente experto interrogatorio de profesional fuese a la deriva. El comentario de él sobre el modo en que lo miraba la puso tan nerviosa que soltó lo primero que le vino a la mente, y sólo después de decirlo se dio cuenta de que él lo ignoraba. Al parecer no tenía ni idea de que la ciudad estuviese repleta de criaturas mágicas. Sakura se había limitado a suponer que o bien él era demasiado orgulloso para pedirles ayuda, o bien ya se habían negado a ayudarlo. Ni se le había pasado por la cabeza que no pudiera verlas.
Estaba metida en un buen lío, y todos sus esfuerzos sólo servían para hacer que la situación empeorase un poco más.
Y él tenía razón en una cosa. No tardaría mucho, como había amenazado, en obligarla a salir de su escondite. Que los vieran ir juntos por la calle bastaría para delatar a Sakura ante cualquier criatura mágica que pudiera estar observando.
Podía ayudarlo, con la esperanza de que él realmente la protegería (y que encontraría alguna forma de salvarla de la formidable Mito), o negarse a ayudarlo y quedar abandonada a las otras criaturas mágicas, que sabía no moverían ni uno solo de sus presuntuosos dedos impregnados de superioridad para ayudarla. Al menos así le quedaría la esperanza de que una criatura mágica estaría en deuda con ella, si es que eso contaba para algo entre los seres del pueblo mágico.
A su abuela le encantaban los refranes, y solía decirle que más valía malo conocido que bueno por conocer.
—Me parece que a mí ya no me queda nada bueno por conocer —masculló Sakura.
Soltó un bufido de frustración para apartarse de la cara las guedejas que se habían soltado del pasador, dio media vuelta y fue hacia la ventana. Apoyó los codos en el antepecho, entornó los ojos y miró hacia fuera mientras se estrujaba los sesos.
Neji Hyūga se había puesto furioso. Sakura se había limitado a desdeñar las emociones que creyó ver en él desde que lo conoció, y se decía que eran meros trucos, pura pantomima, parte de su calculada estrategia de seducción.
Pero ahora acababa de ver algo que le parecía real. Intenso, sentido y auténtico.
Había visto no sólo ira, sino orgullo herido, y también algo mucho más, algo más profundo que pareció destellar de forma involuntaria en sus ojos cuando ella hizo aquel comentario acerca de las mortíferas criaturas mágicas de ojos iridiscentes que no tenían alma.
¿No podría ser, se preguntó, que encontrarse atrapado en un cuerpo humano había empezado a hacer que él realmente experimentase aquellas emociones humanas?
¿Que todas las emociones que ella había creído contemplar fueran reales en vez de fingidas?
Sakura no tenía ni idea de qué era posible o no cuando una criatura mágica adoptaba la forma humana. Nunca se había encontrado con nada remotamente parecido a aquello en ninguno de los libros de la familia Haruno. Y —volvió a mirar el reloj—, dudaba de que él fuera a concederle un poco de tiempo extra para hacer unas cuantas investigaciones.
Tanto si le gustaba como si no —y no le gustaba nada—, tendría que ayudar a Neji Hyūga.
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—De acuerdo, lo haré, pero antes tenemos que discutir las condiciones —dijo Sakura en tono seco cuando volvió a entrar en la cocina.
Él se había duchado y vestido mientras ella estaba arriba en su dormitorio y, nuevamente vestido de cuero, no podía estar más sexy con sus largas piernas estiradas, las botas sobre la mesa de la cocina y los brazos cruzados detrás de la nuca.
—Sabia decisión, ka-lyrra. —Su plateada mirada la recorrió desde la cabeza hasta los dedos de los pies, en una palpable caricia erótica que le recordó que, por muy decidida que ella pudiera estar a tratarlo como un enemigo, su cuerpo traidor ya había cambiado de bando. Inclinó la cabeza majestuosamente—. Me complace que vayas a ayudarme, y consideraré tus condiciones.
Sakura se encrespó ante aquellos aires tan principescos, pero se negó a morder el anzuelo. Sus condiciones eran vitales.
—En primer lugar, sólo me acercaré a una criatura mágica que esté sola. No me revelaré ante más miembros de tu especie de lo que sea estrictamente necesario.
Él sacudió la cabeza.
—No encontrarás a ninguna criatura mágica que no vaya acompañada. ¿Has visto sola a alguna desde que llegaron a tu ciudad?
Sakura reflexionó unos instantes. Ahora que él lo mencionaba, no, no había visto a ninguna criatura mágica que estuviera sola. Siempre iban en grupos, o al menos en pareja. Hasta la que pasó entre ella y Marian Temple, echando a perder así el empleo que Sakura tanto había soñado, acababa de separarse de un pequeño grupo con el que volvió a reunirse al cabo de unos pasos.
—¿A qué se debe eso? —Sus cejas se juntaron en un fruncimiento. Había tantas cosas que no entendía acerca del pueblo mágico...
—Un Tuatha de Danaan nunca va por el reino humano sin compañía. De hecho, los Tuatha de Danaan casi nunca van solos a ninguna parte. Sólo aquellos a los que les gusta mantenerse alejados de los demás harán tal cosa.
—¿Como tú?
—Sí. A casi nadie de mi especie le gusta la soledad. Los que van solos no son de fiar.
—No me digas —murmuró ella secamente.
—Excepto yo —añadió él con una sonrisita despreocupada.
—Sólo me acercaré a una pareja, nunca a grupos más grandes. Quiero exponerme lo mínimo posible.
—Entendido.
—Y garantizarás no sólo mi seguridad ante los de tu especie, sino también la de todos mis futuros descendientes. Tienes que prometerme que podré vivir el resto de mi vida en paz, sin que alguien del pueblo mágico me capture, o capture a alguien a quien quiero. ¿Puedes hacer eso?
—Sí.
—¿Cómo? —preguntó ella bruscamente.
Él recorrió lentamente su cuerpo con otra larga mirada apreciativa, primero hacia abajo y luego hacia arriba.
—Tendrás que confiar en mí, ka-lyrra —dijo—. Lo único que puedo darte es mi palabra. Y aunque ya sé que dudas de mí, una vez dada, mi palabra es inviolable. Conseguir que llegue a darla es lo más difícil. Pero tú ya la tienes. Como la has tenido desde el día en que nos conocimos.
Sakura supuso que tendría que conformarse con eso. De ahora en adelante, todo lo que hiciera iba a ser como arriesgarse a dar un salto sin red. Exhaló un ruidoso suspiro.
—Muy bien. Pero más vale que entiendas que, número uno, ya sé que cometo una estupidez al aceptar la palabra del sin siriche du, pero no me queda otra elección; y número dos, si no haces honor a tu palabra, convertiré tu existencia en un infierno de todas las formas que estén a mi alcance, y si me matan, volveré como un fantasma y te perseguiré. Durante toda la eternidad. Y si piensas que no puedo hacerlo, es que no sabes nada sobre las mujeres de la familia Haruno. Nosotras persistimos. Nunca nos damos por vencidas. —Bueno, su madre lo había hecho, se enmendó Sakura con expresión sombría, pero no pensaba incluir a su madre.
Neji sonrió, levemente y con amargura. Su negativa a confiar en él le dolía mucho. Él podía inducir a error, confiar ocasionalmente en la desinformación y la evasión, pero las pocas veces que daba su palabra luego siempre hacía honor a ella.
—Vamos, ka-lyrra. Puedes amenazarme y vilipendiarme todo lo que quieras mientras saltamos a través del espacio.
Cuando vio que se levantaba e iba hacia ella con la mano extendida, Sakura retrocedió.
—Paso de ese truco de esfumarse. —Cuando la disyuntiva era no moverse del sitio o bajar a la sala de transporte de la Enterprise, ella estaba firmemente del lado del doctor McCoy. Nada de teleportar a Sakura Haruno hacia arriba, hacia abajo o hacia ninguna parte. Prefería tener los pies firmemente plantados en el suelo.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero que me hagan... lo que sea que le hagan a uno, y no me apetece ser... transportada... a través de lo que sea ese sitio por el que te mueves —dijo—. No, gracias. Me quedaré en mi mundo.
Él se encogió de hombros.
—Entonces conduciremos. —Señaló la puerta trasera, con un gesto que le dejó muy claro a Sakura que iría detrás de ella.
La curva juguetona de sus labios unida a su sospechosamente rápida capitulación deberían haberla advertido.
Abrió la puerta, salió al primer escalón, y se detuvo. Él se detuvo detrás de ella, pero tan cerca que Sakura se sintió oprimida por su enorme cuerpo. ¿Era su barbilla lo que sentía en la coronilla, su mandíbula sin afeitar lo que notaba en el pelo?
Hizo varias lentas y profundas inspiraciones, y luego dijo:
—Muy bien, ¿qué le ha pasado a mi coche?
—Ése es tu coche.
—Puede que últimamente no sepa gran cosa —rechinó ella—, pero sé qué es lo que conduzco. Conduzco un Toyota que se cae a pedazos. De un repugnante color azul claro. Con montones de óxido y ninguna antena. Eso que hay ahí no es mi coche.
—Corrección. Solías conducir un Toyota que se caía a pedazos, N. N.
¿Acababan de rozarle el pelo sus labios? Sakura se estremeció, y aunque ya sabía que valía más que no lo preguntara, lo preguntó de todas formas.
—Me rindo. ¿Qué es N. N.? Porque lo que es yo casi nunca pruebo el alcohol, y...
—Antes de Neji. Después de Neji, conduces un BMW. Yo siempre cuido de lo que me pertenece. Ese Toyota no era nada seguro.
Justo el tipo de cosa que podías esperar de aquella bestia arrogante, que se definiera a sí misma como el amanecer de una nueva época.
—No te pertenezco. Desde luego que no era nada seguro, y no puedes ir por ahí robando...
—No lo he robado. Rellené todos los impresos personalmente. Y había un montón de impresos que rellenar. ¿Por qué vosotros los humanos sois tan aficionados al papeleo? ¿O es que disponéis de tanto tiempo que podéis permitiros el lujo de perderlo alegremente? Los Tuatha de Danaan disponemos de todo el tiempo del mundo, y nunca nos verás rellenar un impreso. Lo mires como lo mires, ahora eres la propietaria legal de ese coche. Y nadie podrá probar nunca que no lo eres. El féth fiada tiene muchas ventajas, Sakura.
—No conduciré un coche robado —replicó ella secamente mientras la mano de él pasaba a su alrededor para ofrecerle las llaves.
—No es un coche robado —repitió él pacientemente, en voz baja y con los labios muy cerca del oído de Sakura—. Según los registros del vendedor, está completamente pagado. No te lo aceptarían ni aunque intentaras dárselo. Y si te niegas a conducirlo, ¿debo entender que eso significa que has cambiado de parecer sobre lo de viajar a mi manera?
Su otra mano empezó a deslizarse alrededor de la cintura de Sakura al mismo tiempo que su cuerpo rozaba el suyo, y el contacto enseguida le reveló qué era aquella protuberancia tan dura que sentía frotarse contra su trasero cubierto por los tejanos. Cielos, ¿es que aquella cosa no descansaba nunca? El resto de la persona de Neji Hyūga podía ser mortal, pero su erección inmortal ciertamente no parecía haber recibido la notificación. Sakura le arrancó las llaves de la mano y se apartó.
Luego se mordisqueó el labio y clavó la mirada en el sitio donde había estacionado su viejo Corolla la noche anterior. Ahora había un BMW recién salido del concesionario. Y si no la engañaba la vista, era uno de esos, dos plazas de líneas aerodinámicas. De color rojo. Y relucía. Tenía todos los adornos y complementos imaginables. Y además era convertible.
«Yo siempre cuido de lo que me pertenece», había dicho él. Una parte puramente femenina de Sakura había sentido un estremecimiento más delicioso que escalofriante.
Oh, sí, la habían metido dentro de una cesta y ahora iba directa al desastre.
Pero para lo que solían ser las cestas, pensó con tristeza, no cabía duda de que aquélla era realmente preciosa.
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—Cincinnati —dijo Mael, apareciendo abruptamente al lado de Darroc.
—¿Qué? ¿Has dado con él? —Darroc se volvió, sobresaltado. No había esperado que las cosas fueran tan deprisa.
—Sí. Al parecer ha ido a buscar a ese hijo medio humano que tuvo.
—¿Estás seguro?
—No he estado en la ciudad humana, pero Callan lo vio allí hace unos días. Percibió la presencia de muchos Tuatha de Danaan que se desplazaban a esa dimensión, y se preguntó a qué sería debido. Confirmó que Neji se encuentra allí. Y que no puede vernos.
Darroc sonrió. El poder al que recurría un Tuatha de Danaan cuando se desplazaba entre las dimensiones dejaba un residuo que otro Tuatha de Danaan podía percibir. Aunque impreciso, aunque se dispersaba rápidamente con el transcurso del tiempo, el residuo, cuando era fresco, podía seguirse hasta un área general.
—Excelente, Mael. Lo has hecho muy bien.
Neji Hyūga iba a morir. Y Darroc lo vería morir. Ordenaría a los cazadores que no se dieran ninguna prisa, que al principio sólo golpearan para herir...
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La cesta en la que iría al desastre era, para ser exactos, un convertible BMW Alpina de ocho cilindros en V. Que incluía asientos de cuero climatizados, un sistema de navegación por GPS, un estéreo Harman Kardon, un teléfono manos libres, y un motor que simplemente ronroneaba con una elegante exhibición de lo último en tecnología.
Sakura condujo el vehículo definitivo al aparcamiento subterráneo de Fountain Square, lo introdujo en un espacio libre y apagó el motor con un suspiro de alivio que le salió del alma. Una de las cosas buenas de su Corolla era que Sakura nunca temía topar con algo mientras lo conducía, porque tampoco se lo vería muy distinto en el caso de que lo hiciese. Tampoco tenía que preocuparse porque pudieran multarla por exceso de velocidad, ya que a menos que pillara un buen viento de cola, podía considerarse afortunada si conseguía alcanzar los cien kilómetros por hora.
Pero esta cosa, oh, este coche era casi tan peligroso como la criatura mágica que lo había robado.
Sakura se quitó el cinturón de seguridad, se echó el bolso al hombro, salió del coche y esperó impacientemente mientras Neji Hyūga se extraía a sí mismo del asiento (el convertible resultaba un tanto pequeño para un hombre de su envergadura), y luego pulsó el botoncito para activar la alarma en el teclado numérico.
Después de haberse acomodado por primera vez en uno de los magníficos asientos de cuero del coche de sus sueños, Sakura abrió la guantera y se quedó atónita al ver que dentro había un pulcro formulario de registro, con todos los trámites legales debidamente cumplimentados y su nombre escrito en él.
Y la factura de la venta: 137.856,02 dólares.
No cabía duda, su vida había saltado del reino del absurdo al de lo puramente surreal. De pronto conducía un coche que costaba mucho más que las casas de la mayoría de la gente. Y una pequeña parte de la mente de Sakura ya estaba muy ocupada dando forma a un alegato jurídico basado en el razonamiento de que, como se jugaba la vida, tenía derecho a recibir alguna recompensa por ello. Sólo era un coche, ¿no? Y nadie lo sabría nunca. No era como si le estuviese haciendo daño a alguien. Él mismo lo había dicho: ¿cómo iba a poder convencer a nadie de que recuperase el coche cuando todo indicaba que ella era su propietaria legal? Y el BMW no tenía pendiente de pago ninguna multa por aparcamiento indebido. Tampoco había ninguna orden de arresto a su nombre. Lo cual planteaba una pregunta muy interesante.
—¿Qué hiciste con mi coche?
—Lo puse en marcha y lo mandé al fondo del río Ohio —dijo él sin inmutarse.
—Oh. —Bueno. Nada que ella misma no se hubiera sentido tentada de hacer en un par de ocasiones. Al parecer la semana próxima tendría que cargar con el BMW si quería ir al trabajo. Eso suponiendo que consiguiera sobrevivir al fin de semana.
Cuando salieron de la oscuridad del garaje a la momentáneamente cegadora luz del sol y se encaminaron hacia la plaza, Sakura recorrió las concurridas calles con la mirada en busca de criaturas mágicas. Las aceras estaban llenas de gente que bajaba en masa hacia el río, en dirección al estadio. Tenía que haber algún partido de béisbol, decidió Sakura, y por un instante se torturó a sí misma pensando en cosas normales y agradables como los perritos calientes, las cervezas y los pretzels, las salidas familiares en grupo, y el chasquido de la pelota al chocar con el bate.
Una vez más la gente había salido de sus casas para hacer cosas, mantener un poco de contacto social y divertirse, mientras ella se esforzaba frenéticamente por rectificar la última debacle de origen mágico.
—¿Qué se supone que debo decir cuando encuentre a esos seres? —preguntó, no de muy buen talante.
—Diles que me gustaría tener una audiencia con la reina la próxima luna nueva.
—¿La próxima luna nueva? —Sakura frunció el entrecejo y se detuvo—. ¿Y por qué no hoy? ¿Cuándo es la próxima luna nueva?
Él se encogió de hombros.
—La última fue hace unos días. Nos la perdimos —añadió—: Mito sólo concede audiencia una vez por ciclo de la luna mortal.
—Me tomas el pelo, ¿verdad?
Y así era, pero Neji no pensaba admitirlo. Porque cuando iban en el coche —mientras veía cómo la mano de ella se cerraba alrededor del cambio de marchas recubierto de cuero y lo sustituía mentalmente por su propio cambio de marchas, también envuelto en cuero, que parecía haberse quedado firmemente atascado en la super directa—, había caído en la cuenta de que si hoy les salían bien las cosas, perdería su cuerpo humano.
Lo más extraño de todo fue que de pronto un pánico casi humano se adueñó de él. Neji sintió que se le revolvía el estómago, y estuvo a punto de pedir a Sakura que dieran la vuelta. Si no lo hizo fue únicamente porque sabía que si su sidhe-vidente llegaba a saber que él quería ser humano sólo para practicar el sexo con ella, entonces correría hacia todas las criaturas mágicas para rogarles que se lo llevaran de allí inmediatamente.
Y alguna de ellas podía decidir hacerlo.
Mito no se regía por ese ridículo calendario lunar que acababa de inventarse, pero lo que su pequeña ka-lyrra ignoraba no podía usarlo contra él. Le haría decirles que viniesen a recogerlo la próxima luna nueva. Estaba seguro de que mucho antes de eso ya habría conseguido llevársela a la cama. Así podría satisfacer su curiosidad antes de reclamar el lugar que le correspondía por derecho.
—No pienso cargar contigo hasta entonces —estaba diciendo ella.
Él sonrió. Por Danu, se ponía muy atractiva cuando se enfadaba: sus ojos echaban chispas, las ventanas de la nariz se le dilataban, sus pechos subían y bajaban con el ritmo entrecortado de su respiración enfurecida.
Como él permanecía en silencio, Sakura extendió una mano exasperada para señalar un banco a cierta distancia, en el centro de U plaza.
—Oh, vete a sentar ahí, ¿de acuerdo? A veces les da por pasar un rato en la plaza. Me parece que les gusta mirar a la gente, aunque supongo que una criatura mágica diría que le gusta mirar a los humanos.
Cuando él abrió la boca para discrepar, porque no estaba dispuesto a sentarse tan lejos de ella, vio que le ponía la palma en el pecho y le daba un empujoncito hacia el banco. Era la primera vez que lo tocaba por voluntad propia. Y tampoco le pasó desapercibida su minúscula vacilación antes de empujarlo. Como si paladease la sensación de su pecho bajo la mano. Las barreras de Sakura Haruno habían empezado a caer. Fascinante.
—No puedo estar sentada ahí contigo o cada criatura mágica que nos vea enseguida sabrá que puedo verte. Tengo derecho a escoger ante quién me revelo —rechinó ella—. Cuando vea a los que quiero, te haré una seña con la mano.
—Como desees, Sakura.
