CAPÍTULO 11
Transcurrieron unas horas antes de que Sakura divisara una pareja de criaturas mágicas a la que estaba dispuesta a acercarse. Hacía rato que quienes fueron a ver el partido regresaron al centro en busca de sus coches (habían ganado los Reds; Sakura oyó los fuegos artificiales), y el sol se había ocultado detrás de los rascacielos que circundaban Fountain Square, recubriendo los muros de ventanas plateadas con un intenso tono rosado y proyectando a través de la plaza las largas sombras que precedían al anochecer.
Durante aquella interminable espera Sakura se dio cuenta de que las criaturas mágicas, en efecto, estaban observando a Neji Hyūga. Fueron muchas las que aparecieron en el curso del día. Pero como él se limitaba a permanecer sentado sin hacer nada, la mayoría se fueron pasados unos minutos. Sakura supuso que lo hacían porque no les ofrecía un espectáculo demasiado entretenido.
Finalmente, vio a su pareja. Los eligió porque no eran tan cegadoramente hermosos como el resto, y esperaba, como solía ocurrir con la gente, que los menos atractivos no fueran tan... bueno, que fuesen un poco más fáciles de abordar.
Una criatura mágica del sexo masculino y otra del sexo femenino, ambas rubias y de ojos rielantes, se habían detenido cerca del banco donde estaba sentado Neji y estaban absortas en su conversación. En vez de hacerle una seña, Sakura decidió que iría a reunirse con él y terminaría de una vez con aquello.
—¿Qué? ¿Has visto a alguno? —le preguntó Neji cuando la vio venir.
Por un instante le pareció que aquella voz tan profunda que hablaba con un acento celta había sonado casi... ¿contenta? Sakura sacudió la cabeza ante aquel disparate, y decidió que tanto sol debía de haberle cocido los sesos durante aquella larga y tediosa tarde.
—Están ahí —le dijo al tiempo que señalaba con el dedo.
—¿Dónde? —Neji miró en la dirección que le señalaba y masculló una sarta de juramentos—. Dios, no puedo creer que ni siquiera pueda verlos. ¿Me están mirando?
—En este momento no. Y están ahí —dijo ella, en un intento de corregir la dirección de su mirada—, de pie a unos tres metros a tu izquierda, a menos de un palmo del contenedor de basura. —Inspiró profundamente, y había empezado a armarse de valor para ir hacia la pareja cuando de pronto la criatura masculina se dio la vuelta y la miró.
»Hola —le dijo Sakura educadamente—. Me gustaría hablar con vosotros un momento. Necesito...
—Creo que esa cosa nos ve, Aine —dijo la criatura masculina, sin esperar a que terminara de hablar y con un altivo enarcamiento de ceja.
«¿Cosa?—pensó Sakura, y se le dilataron las ventanas de la nariz—. ¿Esa cosa se atreve a llamarme cosa?» Qué descaro. Menuda desfachatez. Ella era humana. Tenía un alma. La criatura no era humana y carecía de alma. La única cosa que había allí era ella.
—Oh, sí, ya sé que vosotros sois maravillosos. Sólo vengo a transmitir un mensaje. Neji Hyūga quiere que os diga... —Sakura parpadeó y se quedó callada. Las criaturas le habían dado la espalda, sin prestarle atención mientras hablaban entre ellas en voz tan baja que no pudo oír nada de lo que decían.
Entonces la criatura mágica masculina asintió, y ella y su acompañante se esfumaron. Hacía un instante estaban allí, y al siguiente ya se habían ido.
Sakura soltó un bufido, apretó los puños y se volvió hacia Neji.
—¿Todas las criaturas mágicas sois tan condenadamente arrogantes?
—¿Por qué dices eso? ¿Qué te han dicho?
—No me han dicho nada. Se han ido. Me llamaron «cosa», hablaron entre sí y luego se esfumaron.
Él entornó los ojos.
—Si esto es alguna clase de truco...
—No es ningún truco —dijo ella, impaciente—. Te juro que estaban aquí. Intenté hablar con ellos, y de pronto se esfumaron.
—¿Qué aspecto tenían? —quiso saber él.
Sakura se los describió, y luego añadió que el macho había llamado «Aine» a la hembra.
Neji Hyūga puso los ojos en blanco, y dejó escapar un gemido.
—La conozco.
—¿Y?
—Es una princesa del linaje de Mito, la primera casa de los d'anu, y lo único que hay de real en ella es lo insufriblemente pesada que puede llegar a ser. Pero me ayudará. Volverá.
—¿Estás seguro?
Neji Hyūga asintió.
—Sí, Aine siempre ha sentido cierta debilidad por mí. Tal vez más que una cierta debilidad. De hecho —dijo con un suspiro de fastidio—, está obsesionada conmigo.
Era de esperar, pensó Sakura con irritación. Ni siquiera otras criaturas mágicas eran inmunes a su seducción. ¿Qué decía eso acerca de las probabilidades de una mujer? Debería existir una vacuna contra Neji Hyūga. Y todas las mujeres deberían ser vacunadas con ella al nacer.
—Siéntate —dijo él, señalándole el banco—. No habrá que esperar mucho. Volverá. Aine no sería capaz de negarme nada.
Sakura se dispuso a sentarse, pero se detuvo. Otra criatura mágica acababa de aparecer junto a la fuente, sola. Una solitaria. Justo lo que ella llevaba toda la tarde esperando. Justo lo que Neji había dicho que nunca encontraría.
—Bueno, estabas equivocado —gruñó, sintiéndose inexplicablemente molesta con Aine-que-nunca-sería-capazde-negarle-nada—, porque ahí hay una criatura, completamente sola.
Neji se levantó del banco y tragó aire con una brusca inspiración.
—¿Qué? ¿Dónde? No, espera; no señales, ka-lyrra. No vuelvas a mirarlo siquiera. O a mí. Apártate un poco, dame la espalda y luego dime qué aspecto tiene —siseó.
Sakura lo miró. No pudo evitarlo; sonaba tan alarmado...
—No me mires —volvió a sisear él—. Haz lo que he dicho.
Impresionada por la urgencia en su voz, Sakura obedeció y se apartó un poco. Se volvió, dándole su perfil, apoyó las manos en un murete de piedra que circundaba un parterre de flores y setos esculpidos y fingió estar disfrutando de la vida. Luego inclinó la cabeza hacia delante para que el pelo le ocultara la cara y dijo, en voz baja y lo más clara que pudo:
—Es alto. Cabellos color cobre, reflejos dorados. Torque y brazales negros, lleva...
—Una túnica blanca y tiene una cicatriz en la cara —terminó Neji por ella.
—Sí.
—Sakura, aléjate de mí ahora mismo y no mires atrás. Vete lo más deprisa y lo más lejos que puedas. Hazlo. Ya.
Pero, maldita fuese aquella mujer, Neji ya debería saber que Sakura Haruno no volvería a obedecer una orden directa. La primera vez tuvo que ser una de esas casualidades que ocurren de vez en cuando; obviamente ella no tenía ni un solo hueso obediente y maleable en todo su cuerpo.
Lo que hizo fue volver nuevamente la mirada hacia él, para escrutarle el rostro con un fruncimiento de perplejidad en el ceño.
¿Había una sombra de preocupación en esos preciosos ojos verdes? ¿Preocupación por él? Aunque lo complació enormemente poder entrever aquel primer indicio de que Sakura Haruno también tenía sus puntos débiles, en aquel preciso instante eso podía suponer su perdición. Ella acababa de describirle a Darroc, y si Neji caía en sus manos en su actual estado, bueno..., nunca volvería a tener otra audiencia con Mito. Y si era Sakura la que llegaba a caer en sus manos... Neji se puso tenso, porque no quería ni pensar en lo que le haría Darroc.
¡Por todos los infiernos, aquello era algo que no había anticipado!
—Vete —gruñó.
Pero en el mismo instante en que se lo decía, vio cambiar su expresión. Sakura ya no lo miraba; su mirada estaba fija en un punto situado ligeramente a la derecha y detrás de él. Se había quedado boquiabierta, los ojos muy abiertos, y su rostro estaba blanco como el papel.
—C-c-c... caaaaah... caaaaah —gorgoteó.
Neji reaccionó al instante, porque sólo se le ocurría una cosa que pudiera poner esa expresión en su rostro y hacer que la lengua se le quedara atascada en una C.
Cazadores.
—A-a-a... —volvió a oírle intentar.
Y si había cazadores en el sitio donde acababa de aparecer Darroc, no habían ido allí por ella. Al menos no en primer lugar. Entre el anciano del Gran Consejo y él había miles de años de resentimiento y animosidad, y Neji sabía que pocas cosas harían disfrutar más a Darroc que el ver cómo los cazadores lo hacían pedazos mientras se hallaba en forma mortal. Sólo entonces se centraría en la sidhe-vidente. Y su pequeña ka-lyrra no tendría ninguna posibilidad. En manos de Darroc, todos los oscuros y terribles cuentos de hadas que hubiera escuchado se harían realidad.
Neji se abalanzó sobre ella.
¡Dios, estaban rodeados por un peligro que él no podía ver! ¿Cómo se suponía que iba a protegerla? ¿A quién se le había podido ocurrir aquella idea tan estúpida?
Acababa de cerrar las manos sobre los hombros de la irlandesa cuando algo zumbó junto a su brazo con un suave silbido. Neji le pasó un brazo alrededor de la cintura a Sakura y se dejó caer sobre el banco para resguardarla con su cuerpo, y un instante después torció el gesto cuando algo le abrasó el hombro por detrás.
Cerró los ojos, la estrechó entre sus brazos y saltó a través del espacio en una dirección general que apuntaba hacia el sur, hasta el límite de distancia que podía llegar a transportarlo su poder disminuido. Nada más rematerializarse, volvió a saltar con Sakura firmemente apretada entre sus brazos.
Las vías del tren. Salto. Un colmado. Seguir en movimiento. El tejado de una casa. Salto. Trigal. Salto. Campo de maíz. Salto. Campo de maíz. El maldito Medio Oeste. Salto. Para aparecer sobre la punta del campanario de una iglesia, sin que hubiera forma de agarrarse a aquella superficie tan estrecha y resbaladiza.
Empezaron a caer, en un vertiginoso precipitarse junto a cruces y gárgolas, y Neji se apresuró a dar otro salto cuando ya caían al vacío. Siguió moviéndose, cada vez más deprisa, sin detenerse a tomar aliento, en un desesperado intento de interponer la mayor distancia posible entre su enemigo y su pequeña, demasiado mortal ka-lyrra.
Sakura estaba segura de que se había puesto a gritar con toda la fuerza de sus pulmones, pero de su boca no salía ningún sonido.
Los brazos de Neji Hyūga hacían algo más que tensarse alrededor de su cuerpo, porque se las había arreglado para envolverla como si fuese un escudo viviente.
Pero no era aquello lo que hacía que su grito se quedara atascado en la garganta. Era el hecho de que no parase de materializarse y desmaterializarse. O eso parecía. De pronto Sakura existía, y luego ya no existía, y un momento después volvía a existir. Cosa que no le gustaba nada. Cada vez estaba en un sitio distinto. Piedras. Aparcamientos. Maizales. Un montón de ellos. De pronto estaba en la punta del campanario de una —¡aaj!— iglesia, ¡y caía! El pavimento ya venía a su encuentro cuando de pronto, benditamente, estuvieron en otro lugar.
Pasado un rato, Sakura se conformó con cerrar los ojos y rezar mientras se esforzaba por no pensar, sobre todo en lo equivocados que estaban los Libros de las hadas acerca de los cazadores.
Vistos en carne y hueso, si es que estaban hechos de eso, los cazadores resultaban todavía más horripilantes de lo que aseguraban los libros de la familia Haruno. Naturalmente, no había ninguna imagen de ellos, porque todas las mujeres de la familia que llegaron a verlos fueron a parar al reino mágico. La parca descripción que de ellos se hacía en los libros los reducía a una versión clásica del diablo, con alas, cuernos y pezuñas hendidas. Y lo eran, a grandes rasgos, pero bastante más horribles que su modelo. Altos, de piel coriácea, con ojos anaranjados que relucían como ventanas al infierno, los cazadores tenían alas, unos dientes muy afilados, y largas garras de aspecto mortífero. Y Sakura no estaba segura, pero le pareció ver una cola. Lo único que no entendía era por qué, siendo tan obviamente capaces de hacer jirones a sus presas sólo con las..., ejem, con esos apéndices que les servían de manos, se habían puesto a disparar unas armas de fuego muy humanas.
Cuando se detuvieron por fin en un claro cubierto de hierba, Sakura tuvo que esperar unos instantes antes de poder hablar. Estaba completamente empapada. El agua le chorreaba del pelo pegándoselo a la cara. Se quedó inmóvil, temblando en los brazos de Neji Hyūga con la espalda apoyada en la fortaleza de su duro cuerpo, mientras tragaba aire con una profunda inspiración tras otra.
—¿Estás bien, ka-lyrra? —dijo él con los labios muy cerca de su oído.
—¿Que si estoy bien? ¿Que si estoy bien?
Saltando de entre sus brazos como una bomba que se dispusiera a hacer explosión, Sakura se volvió en redondo para encararse con él. Se apartó de la cara el pelo empapado y gritó:
—¿A ti te parece que tengo aspecto de estar bien? Pues claro que no estoy bien. Mi vida se desmorona a mí alrededor, ¿y tú me preguntas si estoy bien?
Hilillos de rímel le corrían por las mejillas y goteaban sobre su camisa. Sakura dio un paso atrás y entornó los ojos. El movimiento hizo que sus zapatos produjeran un ruido de succión, y cuando bajó la vista hacia ellos un renacuajo emergió de una de las perneras de sus pantalones y empezó a retorcerse en el suelo.
—¡Qué asco! —Señaló al renacuajo con un dedo tembloroso—. Un renacuajo. ¡Tenía un renacuajo en los pantalones!
—He ahí a un renacuajo con suerte —murmuró Neji Hyūga. Luego—: Cuando uno salta de un lugar a otro, ka-lyrra, aparece encima de lo que esté ocupando ese lugar en dicho momento. Eso no es ningún problema si uno cuenta con sus otros poderes. Pero yo no dispongo de ellos. Debíamos de ir por el salto número noventa y siete cuando dimos con un lago. Y, en contra de lo que asegura la creencia popular, no puedo andar sobre las aguas.
Sakura se pasó frenéticamente las manos por los tejanos empapados, en busca de algún otro bichejo, y siseó:
—Oh, te odio. Te odio.
Le daba igual que pudiera sonar como una niña en plena rabieta, pero realmente estaba que echaba chispas, porque desde que había conocido a Neji Hyūga no paraba de tener una extraña, inquietante e incomprensible experiencia tras otra. En lo alto de aquella iglesia casi le había dado un infarto. Justo cuando empezaba a pensar que ya le había cogido un poco el tranquillo a la cosa, que eso de ser desconstruida para luego volver a ser reconstruida una vez y otra y otra más tampoco era tan horrible después de todo, se encontró con que tenía la boca llena de un agua turbia que sabía fatal y olía aún peor.
—Tú no me odias —dijo él con dulzura.
—¡Me he tragado no sé cuántos litros de lago! Podría haber muerto asfixiada por un pez o una rana o una..., una... ¡una tortuga!
—Cuando saltas de un sitio a otro siempre es más prudente mantener la boca cerrada.
Sakura lo traspasó con una mirada glacial.
—Y me lo dices ahora, ¿no? —Maldita criatura mágica. Allí estaba ella, empapada y hecha un adefesio, cuando Neji Hyūga parecía aún más hermoso mojado, con las gotitas de agua que caían del suave terciopelo dorado de su piel y el enredo mojado de su cabellera llegándole a la cintura.
—Ven, Sakura —dijo él, al tiempo que le tendía una mano—, no podemos detenernos. Pueden seguirme el rastro por la pequeña fracción de magia que uso al saltar, pero sólo hasta los alrededores del lugar donde me encuentro. Tenemos que seguir saltando de un sitio a otro, para que se vean obligados a buscar en un área lo más grande posible.
—¿Hay algo más que debería saber antes de que volvamos a esfumarnos? —Sakura se llevó las manos a la espalda para que él no pudiera agarrarla y saltar antes de responderle. Además, necesitaba un minuto para disponerse a soportar la segunda etapa de viajar desafiando todas las leyes conocidas de la física.
—Podrías probar besarme. Mi lengua siempre será mejor que una rana, ¿no? —Extendió las manos hacia ella con un suave fulgor plateado en sus ojos.
—Eso sería un empate por puntos —mintió Sakura mientras retrocedía, las manos todavía a la espalda. Miró significativamente al renacuajo que se retorcía en el suelo.
—¿Qué?
—Devuélvelo allí.
—Bromeas, ¿verdad? —dijo él con incredulidad.
—¿Disponemos de tiempo?
Él se lo pensó.
—Sí, pero...
—Pues en ese caso no bromeo.
—Ese lago queda a tres saltos de distancia —dijo él con impaciencia.
—Si no lo llevas al lago morirá, y por mucho que tú puedas pensar que los renacuajos ocupan un lugar insignificante dentro del orden del universo tal como lo ven las criaturas mágicas, apuesto a que dentro del orden del universo de los renacuajos, éste tiene muchas ganas de llegar a ser una rana. Ahora devuélvelo allí. Una vida es una vida. Me da igual lo diminuta que pueda parecerle a una todopoderosa criatura mágica.
Él arqueó una oscura ceja e inclinó la cabeza.
—Sí, Sakura. —Luego recogió del suelo al renacuajo con una gran mano, en un gesto lo suficientemente delicado para que Sakura se quedara un poco perpleja, y se esfumó.
Mientras él estaba lejos, Sakura raspó el limo viscoso de su bolso (que, y eso la asombró bastante, aún llevaba colgado del hombro), abrió la cremallera e inspeccionó el contenido. Por una vez se alegró de que sólo pudiera permitirse comprar bolsos baratos, ya que aquel material que imitaba el cuero había resultado ser a prueba de agua. Sacó la polvera, se limpió los restos de maquillaje y se quitó unas cuantas algas del pelo, después de lo cual admitió con abatimiento que las cosas ya iban todo lo mal que podían llegar a estar.
No sólo no había conseguido librarse de Neji Hyūga, sino que ahora otras criaturas mágicas también sabían que ella podía verlas, y una criatura mágica que prefería ir sola por los mundos —según Neji, una de esas en las que era mejor no confiar— también la había encontrado, y alguien había llamado a los cazadores mientras sucedía todo eso.
El recuerdo la estremeció. Ella miraba a Neji e intentaba entender por qué de pronto sonaba tan tenso y apremiante, y un instante después, unas criaturas horribles salidas de sus peores pesadillas se materializaron detrás de él.
Empuñaban armas de fuego, lo que le pareció bastante extraño, pero hubo algo aún más extraño: no disparaban contra ella, sino contra él.
¿Qué demonios estaba pasando?
Se secó los últimos restos de rímel y se quedó quieta. Neji no había sido capaz de verlos. Lo único que podía ver era la cara de ella, y Sakura sabía lo horrorizada que habría debido de parecer. No podía articular una sola palabra; la sangre se le heló en las venas, impidiéndole moverse del sitio. De no ser por Neji, se habría quedado plantada allí chillando silenciosamente, sin poder hacer nada, hasta que los cazadores hiciesen lo que fuese que hacían a las sidhe-videntes. Sakura intentó desesperadamente decir «cazadores» y «armas de fuego», pero ni siquiera consiguió llegar a escupir una sílaba.
¿Y qué hizo él? Lo último que Sakura habría imaginado que haría. Se abalanzó sobre ella sin la menor vacilación para servirle de escudo. La rodeó con sus poderosos brazos. Aun sabiendo que había cosas horribles detrás de él, no saltó inmediatamente a algún otro lugar para ponerse a salvo. Lo que hizo fue usar su cuerpo mortal, que ya no era invencible, para protegerla. Cuando simplemente habría podido abandonarla para saltar a través del espacio, que era exactamente lo que esperaba Sakura de una implacable criatura mágica.
«Lo hizo únicamente porque ahora te necesita más que nunca. Tiene que protegerte. Eres sus ojos para esos enemigos a los que no puede ver.»
—El renacuajo ha sido devuelto a su hogar en las aguas del lago, kalyrra. —Neji se materializó ante ella para sacudirse como una gran bestia mojada, llenando el aire de gotas de agua que volaron en todas direcciones. Luego ladeó su oscura cabeza y vio lo seria que estaba ella—. Todo irá bien, Sakura. No permitiré que nadie te haga daño. Ni hoy ni nunca.
—Porque ahora me necesitas más que nunca —dijo ella con amargura—. Tienes que mantenerme con vida.
Él ladeó la cabeza y la contempló en silencio durante un largo instante.
—Por si lo has olvidado, intenté convencerte de que te fueras de allí apenas me hablaste de ese Tuatha de Danaan solitario. Dije, para ser exacto: «Aléjate de mí ahora mismo y no mires atrás. Vete lo más deprisa y lo más lejos que puedas.» Tú elegiste no hacerme caso. Y siempre podría encontrar a otra sidhe-vidente, Sakura. He leído tus libros. Uno de ellos contiene una lista con los nombres de todos los linajes de Irlanda en los que se ha manifestado el don de la visión. Absolutamente todos.
—¿De veras? —Sakura estaba horrorizada. ¿Dónde? ¿Cómo había podido pasar por alto esa lista? ¿Por qué los pondrían por escrito? Oh, ¿por qué alguien no había quemado aquellas páginas hacía muchos años?
Él asintió.
—En el primer tomo, escrita en la antigua lengua. Páginas enteras de nombres. Ya ves que no te necesito. Conozco las costumbres de los humanos mucho mejor que mis enemigos. No me costaría nada ocultarme entre vosotros el tiempo suficiente para dar con otra sidhe- vidente.
—Entonces, ¿por qué no lo haces? —preguntó Sakura con un hilo de voz. ¿Y cómo iba a sobrevivir ella si él hacía eso?
—He puesto tu vida en peligro. Repararé ese error.
Sakura levantó los ojos hacia él y parpadeó. Había hablado con voz tensa, su acento más cortado que de costumbre y, si él fuese un hombre normal, ella habría pensado que estaba muy enfadado consigo mismo por ponerla en peligro.
«Oh, por el amor de Dios —intervino su yo interior de catorce años—. Neji Hyūga es un príncipe del pueblo mágico y aun así suena como si estuviera muy enfadado consigo mismo por haberte puesto en peligro. Ya veo que no le dejarás pasar ni una, ¿eh?»
Sakura se quedó inmóvil y abrió la boca mientras una docena de preguntas distintas luchaban por hacerse con el control de su lengua, pero él sacudió la cabeza.
—Ahora no. Tenemos que irnos. Pronto habrá un sitio para hablar, pero no es éste. Ven.
Sakura se levantó y se puso el bolso encima del hombro, no fuera a caérsele. Dio un paso hacia Neji, y entonces reparó súbitamente en que el agua que goteaba de su camisa mojada estaba teñida de rojo.
—¿Estás herido? —exclamó, al tiempo que extendía la mano hacia su brazo.
Él se la apartó con un encogimiento de hombros.
—No es nada...
—Déjame...
—Olvídalo. Estoy bien. Me lavé la herida en el lago. No es muy profunda. Ven, irlandesa. Tu mano en la mía. Ahora.
Cuando vio que ella se quedaba en su sitio y lo miraba con ceño en una mueca de preocupación, dijo:
—No tengo intención de expirar antes de volver a ser inmortal. Puedes estar tranquila; si yo te digo que esa herida no tiene ninguna importancia, es que no la tiene. —Hizo una pausa y añadió en voz baja—: Y no tienes qué temer, Sakura. Las destruí.
—¿A esas criaturas a las que llaman cazadores? —dijo ella sin entender nada—. No las destruiste.
—Me refiero a esas páginas en las que habían escrito los nombres de todas las sidhe-videntes. No deberíais ponerle las cosas tan fáciles a mi raza. Pueden ser muy peligrosos.
—¿A diferencia de ti, que eres oh-tan-buen-chico? —El comentario no podía ser más caustico, pero se le escapó antes de que pudiera detenerlo.
La mirada de impaciencia que le lanzó él contenía una clara reprimenda.
—¿Por qué no intentas ver un poco más allá de tus ideas preconcebidas, irlandesa? Intenta verme a mí.
Había dado justo en el blanco, y eso la llenó de confusión. De pronto se sintió extrañamente culpable, como si hasta ahora se hubiera limitado a juzgarlo de acuerdo con sus propios y mezquinos criterios. Pero lo único que hacía era atenerse a los hechos, y los hechos eran...
Bueno, los hechos eran..., ejem, los hechos eran que aún no tenía del todo claro cuáles eran los hechos.
¡Maldición! ¿Por qué las cosas no podían conformarse con ser negras o blancas? Humano bueno, criatura mágica mala. ¡Simple! Eso era lo que le habían enseñado a creer.
¿Sería verdad que él había destruido las páginas que delataban a todas las sidhe-videntes? ¿Por qué? ¿Qué razón podía tener Neji Hyūga para molestarse en hacer algo así?
Ahora que pensaba en ello, ¿por qué había recogido del suelo con tanta delicadeza aquel renacuajo que no paraba de agitarse y luego lo había devuelto al lago? Estaba claro que lo había hecho, porque cuando regresó estaba otra vez empapado. Podría haberse limitado a mentir (después de todo, se suponía que mentir era su segunda naturaleza) y decirle que no había tiempo para devolverlo al lago. Sakura lo hubiese creído; no tenía ni idea de lo que eran capaces de hacer los cazadores.
Y además también era verdad que le dijo que se fuera de allí en cuanto supo que acababa de divisar a esa criatura mágica que iba sola. ¿Realmente pretendía enviarla lo más lejos posible para protegerla, sin importarle el peligro que correría él al hacerlo?
¿Qué clase de criatura mágica hacía esas cosas?
¿Una que había llegado a ser legendaria por su capacidad de seducir y engañar? O... ¿una criatura mágica medio decente? ¿Existía tal cosa?
Sakura estaba hecha un lío, pero al final deslizó la mano en la que le ofrecía Neji Hyūga.
Ver cómo aquella mano tan grande se tragaba la suya hizo que se sintiera muy delicada y femenina. Sakura inclinó hacia atrás la cabeza y alzó la mirada hacia aquel rostro finamente cincelado. Lo plateado de sus ojos, la firmeza con que apretaba la mandíbula. Parecía tan... humano.
Mientras empezaban a saltar a través del espacio, de pronto cayó en la cuenta de que, aunque sabía que no estaba a salvo de él, se sentía extrañamente a salvo con él.
No se detuvieron hasta mucho después de que hubiera anochecido. De hecho, pensó Sakura, confusa, más bien parecía que faltase poco para el amanecer. Todo aquel incomprensible saltar de un lugar a otro le había hecho perder la noción del tiempo.
Neji los desplazó a un tren de pasajeros en las afueras de Louisville, y le explicó que ahora tendrían que viajar en medios de transporte humanos porque ésa era la única forma de evitar que las criaturas mágicas pudieran seguirlos. Le aseguró que ahora los cazadores tardarían bastante en poder salir de la red de residuos mágicos que había dejado con todos aquellos saltos.
Sakura volvía a estar tan cansada que apenas se tenía en pie. Cuando él la guió a través de los vagones hasta encontrar uno casi vacío, ocupó un asiento al lado de la ventanilla y tiró suavemente de su mano para acomodarla en el asiento contiguo al suyo, Sakura se dejó caer en él sin rechistar. Desde que Neji Hyūga había aparecido en su vida, su horario de sueño ya no seguía ninguna lógica. A juzgar por las franjas de tenues tonos naranja y rosa que veía en el horizonte al otro lado del cristal, debía de llevar casi veinticuatro horas sin dormir; y para colmo, habían sido las horas más traumáticas de su existencia.
Como no conseguía encontrar ningún punto de referencia lo bastante sólido que unir a la reciente epidemia de acontecimientos ultraterrenos, Sakura decidió que ya intentaría buscarle algún sentido a todo aquello más adelante y se rindió al agotamiento, repantigándose en el asiento con la barbilla inclinada sobre el pecho.
Y cuando él la acostó a lo largo de los asientos, extendió sus largos y musculosos brazos y la tomó en ellos, lo único que hizo fue exhalar un suspiro de cansancio y acurrucarse contra él. Los tejanos aún no se le habían secado del todo, no había ninguna manta con la que taparse, y no le iría nada mal poder contar con el calor corporal de Neji Hyūga.
Aun así, eso no justificaba que pegara la mejilla a su pecho e inhalara profundamente su exótico aroma masculino. Sakura lo hizo de todas formas.
—No te estarás enamorando de mí, ¿verdad, irlandesa? —ronroneó él, como si le divirtiera pensarlo.
—Difícilmente —musitó ella.
—Mejor. No quiero ni pensar que puedas llegar a enamorarte de mí.
Ella tampoco. Oh, Dios, temblaba sólo de pensarlo.
