CAPÍTULO 12

Neji cambió de postura en el asiento del tren, con mucho cuidado porque no quería despertar a Sakura, para aliviar un poco la presión que notaba en el hombro.

Se le había dormido en los brazos. Llevaba horas durmiendo, como si no tuviera ningún motivo de preocupación en el mundo. Su rostro en reposo era dulce, juvenil e inocente, y Neji pensó que nunca había visto nada tan hermoso. Le resiguió la mejilla con un dedo mientras estudiaba la delicada sutileza de aquellos planos, y se preguntó de qué estaría hecha la belleza. Hacía miles de años que se lo preguntaba, y aún no había logrado descubrirlo. Fuera lo que fuese, ella lo tenía en grandes dosis. A diferencia de las hembras gélidamente impecables de la raza de Neji, Sakura era cálida, real y vibrante. Era los intensos colores del otoño y el atronar de las tormentas de primavera, mientras que las mujeres Tuatha de Danaan eran, un invierno plateado que nunca llegaba a su fin. Sakura Haruno era la clase de joven a la que un highlander tomaría por esposa; alguien con quien podría reír, discutir y hacer el amor durante lo que le quedase de vida.

Ella suspiró en sueños y se apretó un poco más contra él, la mejilla firmemente apoyada sobre su pecho. Neji sabía cuál era la causa de que su comportamiento hubiera cambiado de pronto, le testaban mutuamente con un odio que no había menguado en cuatro milenios y medio, porque su origen se remontaba a un tiempo anterior al Pacto entre el pueblo mágico y el hombre. Un tiempo en que la lanza mortífera y la espada letal que su pueblo se trajo consigo de Danu —dos de las cuatro Consagraciones, y las únicas armas que podían herir o incluso matar a un inmortal— aún no habían sido sacadas del reino mágico para ocultarlas en un lugar secreto. Se remontaba al día en que Neji empuñó la espada y le cortó la cara de un tajo a Darroc, infligiéndole la cicatriz que aún lucía.

Le gustaba decirse a sí mismo que si había intentado matar a Darroc fue por una razón noble, pero la pura y simple verdad era que ambos se disputaban los favores de una mortal. Neji la vio primero. Pero entonces la reina lo había llamado a la corte por un asunto sin importancia, y Darroc llegó primero hasta ella. Sabiendo muy bien que Neji la deseaba.

Darroc la había matado. En su raza había quienes creían que la única manera de saborear realmente la belleza y la inocencia era a través de su destrucción. Había quienes, en ese tiempo sin ley anterior al Pacto, cuando los Tuatha de Danaan llegaron al mundo de los humanos y empezaron a explorarlo antes de que decidieran establecerse en él, tomaban por modelo a los carroñeros y se alimentaban con la pasión que podían obtener de un ser humano durante el acto sexual, sin importarles que el hacerlo matara a la víctima durante el proceso. Cuando por fin pudo regresar de la corte, Neji vio lo que había hecho Darroc. La joven doncella tan vibrantemente llena de vida que no paraba de reír y bromear ya no existía. Rota en mil pedazos, había quedado reducida al silencio para siempre. Tardó mucho en morir. Y sin que hubiera razón para ello. Asesinarla fue un acto de violencia carente de sentido. Neji también había matado en aquel tiempo sin ley, pero por alguna razón. Él siempre mataba por alguna razón. Nunca por el mero placer de hacerlo.

El aborrecimiento que surgió entre él y Darroc aquel día nunca se había disipado. Mantenidos a raya por la reina, bajo amenaza de una terrible recompensa (una muerte sin alma a manos de la reina, nada menos), trasladaron su feroz batalla a la arena de la política cortesana. Una arena en la que Neji ya había tenido ocasión de perfeccionar sus enormes poderes de sutileza y seducción, dos herramientas que usó para infligir numerosas derrotas a Darroc. El anciano, también, cambió con el paso del tiempo y llegó a perfeccionar una astucia que igualaba a su brutalidad. Mientras Darroc se hacía con un puesto en el consejo de la reina, Neji se las ingenió para ganarse su atención de otra manera. Él y el anciano eran con mucho las figuras más poderosamente persuasivas de la corte, firmemente plantadas en lados opuestos, y ahora que Neji ya no estaba allí..., bueno, no le cabía ninguna duda de que los complacientes cortesanos estarían siendo persuadidos para que apoyasen los planes del anciano. ¿Cuánto tiempo tendría que transcurrir, meditó sombríamente, antes de que Darroc consiguiera hacer que alguno de esos cortesanos se volviera contra la misma Mito? ¿Era consciente la reina del peligro que había creado al expulsar a Neji?

Así que Darroc había intentado matarlo, caviló. Y con armas de fuego, además.

¿Intentaba que pareciese alcanzado por una bala perdida en el intercambio de disparos de un enfrentamiento entre humanos? Conociendo a Darroc, Neji estaba seguro de que el anciano intentaría aprovechar el hecho de que, ahora que él estaba ausente del reino mágico, la reina probablemente no podría probar nada en el caso de que su cuerpo mostrara heridas hechas por el hombre.

Neji encontraba ridícula la ley humana y solía burlarse de ella, pero el código de los Tuatha de Danaan era igual de complejo y retorcido. Sin una prueba sólida, la reina jamás castigaría a un Tuatha de Danaan. Ahora ya no eran tan numerosos como lo habían sido en el pasado. En una ocasión Neji le dijo a Madara que él era viril en la forma Tuatha de Danaan, pero eso sólo había sido una de las muchas, muchas mentiras que llegó a contarle a su hijo. Eran pocos los que aún podían engendrar descendencia, y aunque los Tuatha de Danaan no morían exactamente, a veces se... iban.

Sentir que Sakura se removía en sus brazos lo sacó de sus cavilaciones. La vio cambiar de postura, subiendo las rodillas y acurrucándose contra su cuerpo. Ahora la tenía entre las piernas, vuelta de lado junto a su pecho, y Neji tragó aire con un estremecimiento cuando la generosa curva de su cadera quedó apoyada en su miembro. Que, como siempre, estaba impaciente por entrar en acción. Aquella parte de su cuerpo era simplemente incontrolable, y parecía funcionar de acuerdo con una sola ley de la naturaleza: Sakura existía, así que él tenía una erección.

Dios, cómo la deseaba. La fuerza nunca había parecido una opción más tentadora, pero si recurría a ella no sería mejor que Darroc.

Neji decidió que lo único que aceptaría de Sakura sería su rendición incondicional.

Pero maldición, ojalá ésta no tardase mucho en llegar. Ahora él sólo era humano. Con la conciencia de un Tuatha de Danaan. O la falta de ella.

Sakura se desperezó cautelosamente y tomó nota de cada músculo del cuerpo que le dolía.

Enseguida llegó a la conclusión de que no había ni uno solo que no le doliera.

Notaba entumecido todo el cuerpo, y estaba tan obnubilada por el sueño que al principio no tuvo ni idea de dónde se hallaba.

Abrió los ojos con recelo.

Neji Hyūga la contempló desde lo alto, su luminosa mirada insondable.

—Buenos días, ka-lyrra —ronroneó con una sonrisa irresistiblemente sensual.

—Eso podríamos debatirlo —masculló ella. Cualquier mañana que lo contuviera a él estaba condenada a ser muchas cosas, pero «buena» difícilmente sería el primer adjetivo que escogería ella. ¿Peligrosa? Sí. ¿Infinitamente tentadora? Sí. Movidísima. Quizás incluso fascinante. Pero nunca buena.

—Te hubiese traído café pero te tengo encima, y no quería perturbar tu sueño.

Puso cara de que iba a decir algo más, pero Sakura no le dio ocasión de llegar a hacerlo. Estaba demasiado atónita por su descubrimiento de que él tenía la espalda apoyada en la ventana y ella se hallaba tendida de forma desinhibida sobre aquel cuerpo tan caliente, a horcajadas sobre uno de sus poderosos muslos (con el estómago apretado por algo duro en lo que intentó con todas sus fuerzas no pensar), los senos aplastados contra aquel pecho duro como una roca, y oh... ¡la mano cerrada alrededor de un mechón de sus cabellos! ¡Como si lo hubiera estado acariciando o haciendo algo aun peor mientras dormía!

—Lo siento —se apresuró a decir, al tiempo que deshacía el enredo de extremidades, se incorporaba en el asiento y retrocedía.

Él se movió con ella, y una mano que parecía una banda de acero se cerró alrededor de la muñeca de Sakura.

—No tan deprisa, irlandesa.

—Suelta... —Sakura se quedó helada. Había conseguido apararse de él y estaba erguida en su asiento. Pero algo iba mal. Necesitó unos instantes para comprender qué era. Alguien más estaba sentado en ella.

Sentado en ella.

Sakura abrió la boca para gritar, pero él se la tapó con la mano, luego se levantó, tan bruscamente que ella se vio obligada a seguir el movimiento de la mano con que la agarraba, y la sacó de su asiento, mitad en volandas y mitad arrastrándola. Sin dejar de agarrarle a muñeca, la llevó por el pasillo a través de un vagón tras otro hasta que llegaron a uno vacío.

Sólo entonces la soltó.

Con los ojos muy abiertos, Sakura retrocedió hasta un asiento y se lo quedó mirando. Abrió y cerró la boca repetidamente.

—Tranquila, ka-lyrra. Sólo es el efecto del féth fiada.

—¿Qué estás diciendo? —gimoteó ella—. ¿Es que ahora yo también estoy maldita? ¿Dejaste que alguien me maldijera mientras dormía? ¿Es contagioso o algo por el estilo? —Le golpeó el pecho con el puño—. ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡Yo confiaba en ti!

Él arqueó una oscura ceja.

—¿De veras? Menuda sorpresa. Y eso que soy el sin siriche du, tu mortal enemigo.

—¡Oooh! No me refería a esa clase de confianza, como con las cosas importantes, pero pensaba que al menos podía contar con que tú...

—No estás maldita, Sakura —trató de calmarla él—. Es solo que cuando te toco, la maldición que me afecta también pasa a incluirte en su radio de acción. No estaba seguro de cómo ocurría exactamente hasta que esa señora se sentó en ti, y entonces ya es demasiado tarde.

—Creía que yo era inmune a ese hechizo —exclamó ella.

—Lo eres. El féth fiada no te afecta. Pero sus efectos operan sobre ti.

—Me parece que no lo acabo de entender —siseó Sakura mientras se pasaba las manos por el cuerpo, decidida a cerciorarse de que realmente era real.

—Al igual que sucede con cualquier otro objeto en el reino humano, cuando te toco eres arrastrada al interior del encantamiento que me rodea. Te vuelves invisible y dejas de ser corpórea para el resto de los humanos. Hasta que dejo de tocarte. De ahí que esa señora se sentara en ti. Intenté advertirte, pero te apartaste demasiado deprisa. No me atreví a soltarte mientras tanto, porque no estoy seguro de lo que ocurriría si lo hiciese.

Sakura palideció.

—Quieres decir que piensas que si volviera a hacerme corpórea mientras alguien está en mí... —No pudo terminar la frase, porque no quería ni pensar en ello.

Él asintió.

—Ese alguien podría quedar... ejem, incorporado a tu persona Pero pensándolo bien, también podría ser que no. Puede que sea como el saltar de un lugar a otro, donde apareces encima de lo que ya estaba allí. Tiene gracia, ¿verdad? ¿Te imaginas la cara que pondría esa mujer si de pronto aparecieras encima de ella? A menos que...—dijo pensativamente—, con una sidhe-vidente es difícil de predecir; con vosotras el poder mágico no funciona como se supone que debería hacerlo, que es la razón por la que os encontramos tan inaceptables. Puede que alguna parte del elemento de confusión.

—Me parece que no tendría nada de gracioso —lo cortó Sakura—. Sentir que alguien se sentaba en mí me pareció de lo más desagradable. Como si yo fuera un fantasma o algo por el estilo.

Él asintió.

—Lo sé.

Sakura entornó los ojos.

—Pues entonces ayúdame a entender esto. Cuando me estás tocando, ¿ningún otro humano puede verme o tocarme?

—Exacto.

—Pero las criaturas mágicas aún pueden vernos, ¿no?

—Exacto.

—Pero cuando me estás tocando, y no soy sólida para el resto de la gente, yo aún puedo tocar y sentir todo lo que me rodea. Y podía sentirte a ti. Así que ¿estoy allí realmente, o no?

—Es difícil de explicar, ka-lyrra, carezco de términos humanos con los que hacértelo entender. Tu raza aún no posee ningún término que permita debatirlo de un modo lo bastante detallado para que el hablar de ello sirva de algo, así que... —Se calló, frunció el entrecejo y buscó palabras con las que poder expresar lo que quería decirle—. Bueno, esto sería una aproximación, aunque en realidad no se le parece demasiado: el desplazamiento complejo multidimensional, que es específico en relación al elemento y contingente con respecto al evento, a través del..., tú dirías «espacio tiempo», pero dale trece dimensiones en vez de cuatro. Los humanos siempre tienen muchos problemas con la simultaneidad, y no saben asimilar la ruptura. Vuestro concepto del universo aún no se encuentra lo bastante avanzado, aunque vuestros científicos han estado haciendo progresos. Sí, eres real. No, los humanos no pueden sentir tu presencia. —Se encogió de hombros—. El féth fiada tampoco afecta a los animales. Los gatos y los perros pueden vernos y sienten nuestra presencia, que es la razón por la que a menudo parecen mirar la nada fijamente, o se ponen a bufar y ladrar sin ninguna razón aparente.

—Ajá. Comprendo. ¿Neji?

— ¿Sí?

—Como se te ocurra dejar que alguien vuelva a sentarse en mí, sea en la dimensión que sea, ya no tendrás que preocuparte por los cazadores. Yo misma me encargaré de matarte.

Neji la miró con un brillo de diversión en sus plateados ojos. Sus buenos treinta centímetros más baja que él y con por lo menos cuarenta y cinco kilos menos, la irlandesa alzaba la mirada hacia su rostro, impertérrita y llena de furia. Sólo otra mujer mortal había sido capaz de plantarle cara de aquel modo. Hacía más de mil años, en otro tiempo, otro mundo, en la Escocia del siglo IX. La madre de Madara, Morgana: la única mujer a la que él había llegado a ofrecer la inmortalidad.

«Déjame morir, Neji, te lo suplico, déjame morir», murmuró una voz femenina que le atravesó la mente como una humareda lejana arrastrada por el viento.

Neji sacudió la cabeza ferozmente hasta que consiguió ahuyentar la voz. Era un recuerdo que más valía dejar en los tiempos oscuros a los que pertenecía.

Atacó sin avisar, tan bruscamente que Sakura no tuvo tiempo de reaccionar, y cerró la mano sobre la tela de su camisa. Luego la atrajo hacia él, bajó la cabeza y le rozó los labios con los suyos. Es leve contacto de sus bocas bastó para que el miembro de Neji se estremeciese dolorosamente en sus tejanos y su cuerpo exigiera más, pero él no llevó el beso más allá.

Se limitó a frotar sus labios contra los suyos, con un apasionado ronroneo.

La mano que no le sujetaba la camisa se apretó en un puño sobre el costado cuando Neji tuvo que reprimir el impulso de estrecharla contra su cuerpo, meterle la lengua en la boca, acostarla en cima de algún asiento, bajarle los tejanos y ponerse entre sus muslo para penetrarla.

Pero sólo le dio a probar la sombra de un beso. Saborear la fricción erótica. Sentir cómo los labios de ella se aflojaban bajo los suyos Deleitarse con el tenue suspiro que no llegó a oírle exhalar.

Luego la soltó.

Sakura retrocedió un par de pasos tambaleantes en cuanto dejó de tenerla agarrada por la camisa y, para su gran satisfacción Neji vio que parecía aturdida. Aquella boca tan sensual se había suavizado, y sus ojos verdes se llenaron de confusión, sorpresa y una intensa excitación sexual.

Bien.

Neji quería que ella se sintiera llena de deseo. Quería que SÍ preguntara por qué él no había tomado más. Quería que la próxima vez que extendiera las manos hacia ella estuviese preparada.

«Anhélame, ka-lyrra —pensó silenciosamente—, y vuélvete adicta a mí. Seré a la vez veneno y antídoto, tu ponzoña y tu única cura.»

Pero las únicas palabras que llegaron a salir de sus labios fueron, en voz baja:

—Sí, Sakura.