CAPÍTULO 13

Bajaron del tren en Atlanta, Georgia, cuando anochecía y fueron a un hotel donde «pasaron por recepción» al estilo-Neji Hyūga.

Sólo para la noche, dijo él, ya que debían seguir en movimiento, pero aquella noche se ducharían, descansarían y comerían comida «de verdad» (al decir eso, como enseguida adivinó Sakura, él pensaba en su habitual cena de cinco estrellas).

No cabía duda de que él tenía un gusto exquisito, pensó mientras envolvía en una esponjosa toalla sus largos cabellos mojados y salía de la ducha. Además de carecer de escrúpulos a la hora de coger lo mejor de aquello que deseaba. El cuarto de baño en el que se encontraba ahora tenía las mismas dimensiones que el dormitorio de su torrecilla en casa, y era el sueño de un diseñador. Hecho de mármol de color crema surcado por vetas rosadas y con toda la grifería en distintos tonos dorados, disponía de una espaciosa ducha de mármol con un banco incorporado que ofrecía lo mejor en artículos de tocador y perfumería, así como una decadente bañera en la que disfrutar de un buen baño.

Sakura soltó un bufido al recordar con qué facilidad se había «apropiado» él de los alojamientos de lujo que ocupaban ahora.

Ciertamente sabía moverse por el mundo humano. Le dijo que lo esperase debajo de la cúpula que cubría la entrada del hotel, donde Sakura se quedó boquiabierta ante toda aquella abundancia de cristal reluciente, muebles antiguos y elegancia del Viejo Mundo, sin poder evitar sentirse —pese a su intento de arreglarse un poco en el tren— como el epítome de la sin techo que había tenido que dormir con la misma ropa maloliente después de que la hubiesen tirado al lago. Neji fue al mostrador de las reservas mientras los porteros observaban a Sakura con la nariz desdeñosamente fruncida, y se puso a trabajar, invisible e indetectable, en una terminal de ordenador desocupada.

Unos instantes después regresó con un par de reservas impresas en la mano. La cogió del brazo (lo que hizo que los porteros se pusieran rígidos y parpadearan mientras lanzaban miradas suspicaces al espacio que Sakura había ocupado hasta hacía un momento) y, llevándola del brazo, pasaron junto a los porteros, entraron en el ascensor y subieron al piso veintitrés.

—Habría cogido la suite especial del último piso —le explicó él con un vago aire de disculpa—, pero se encuentra ocupada. Ésta es su segunda mejor suite. Si quieres, podemos ir a otro hotel.

Como si Sakura pudiera encontrarle alguna pega a aquél. Nunca se había alojado en un sitio tan exquisito. La suite contaba con tres suntuosas habitaciones: un opulento dormitorio con espejos de marcos adornados, sillas tapizadas en brocado, papel de pared de seda, una chimenea de verdad, y una magnífica cama de matrimonio con dosel; un comedor con sillas de cuero y una mesa muy elegante ubicada ante una pared entera de ventanales que daban a la ciudad; y una sala de estar que incluía un enorme sofá cama, una televisión con pantalla de plasma, dos alcobas en las que sentarse, y un pequeño mueble bar/cocina anexo.

—¿Por qué te has molestado en inventarte las reservas? —le había preguntado Sakura—. Podríamos habernos colado directamente en esta suite.

—Si sólo hubiese estado yo, es lo que habría hecho; pero como no te tendré cogida de la mano en todo momento..., salvo si me dices que te gustaría que lo hiciera, naturalmente —ronroneó él, con una sonrisa sensual y una mirada en la dirección de la ducha—, es menos complicado de esta manera. Más conveniente para ti.

La empujó suavemente hacia el cuarto de baño, le dijo que volvería dentro de una hora, y se esfumó.

Cuando él se marchó, Sakura sufrió un ataque de pánico tan intenso que por un momento fue incapaz de moverse —¿y si los cazadores conseguían encontrarla mientras él estaba fuera?—; pero la sensación enseguida se disipó, y la asombró comprender que realmente confiaba en Neji para que la mantuviese a salvo, al menos de todo lo que no fuera él mismo.

Después de una incursión por el mueble bar en busca de algo que picar, echó una mirada inquisitiva dentro del cuarto de baño y empezó a desnudarse allí mismo, dejando apilada su ropa sucia al lado de la puerta. Luego pasó veinte gloriosos minutos en la ducha de mármol, dejando que los tres chorros que emanaban vapor — uno encima, uno a cada lado— obraran su magia sobre sus músculos doloridos.

Luego se puso un albornoz blanco —cortesía del hotel, tan esponjoso y suave que parecía hecho de plumón— y salió al dormitorio.

Clavó la mirada en la cama. La única cama. Al parecer ella dormiría en el sofá desplegable.

Él la había besado.

De pronto y sin avisar. La agarró por la camisa, la atrajo hacia él y bajó aquella boca tan pecaminosamente atractiva sobre la suya. Y cuando él hizo aquello, ella tenía los labios levemente separados. (De acuerdo, quizá los había separado un poquito más en el último instante.) Sakura esperaba que él sacara provecho de eso, que le metería la lengua bien dentro de la boca, que la tomaría en un beso ávido, exigente, apasionado y abrasador. Esperaba que sus sentidos fuesen objeto de una ofensiva en toda regla. Esperaba que el beso pasara por una rápida escalada que desembocaría en una apasionada y sudorosa sesión de hacer el amor.

Pero no fue así.

Un casto besito de nada. Que apenas llegaba a ser un beso siquiera. Tampoco era que ella lo hubiese invitado a besarla, pero —dado que fue él quien dio el primer paso para robarle un beso y ella ya se había condenado al permitírselo—, ¿era demasiado pedir que se comprometiera a fondo? ¿Que diera los pasos restantes?

Pero no, después él no se movió del sitio y en realidad ni siquiera la tocó salvo por el trozo de camisa que tenía agarrado (y ni siquiera intentó acariciarle el pecho mientras tenía la mano justo encima de él; ¿qué clase de hombre dejaba pasar una oportunidad semejante?), envolviéndola en ese exótico perfume a jazmín y sándalo que tan erótico resultaba mientras esos labios tan sensuales rozaban los suyos, en una caricia tan imperceptible que hizo que a Sakura le entraran ganas de gritar. O de morderlo.

Ese contacto tan minúsculo, esa cosita que apenas podía calificarse de beso, la había dejado acalorada, impaciente y profundamente miserable.

Sakura se había quedado plantada allí, aturdida y sin hacer nada aunque sabía que al menos debería haber fingido que ofrecía un poco de resistencia, por el amor de Dios.

Pero lo único que deseaba era que lo hiciera de nuevo. Del modo en que había que hacerlo. Y, maldición, él había sabido exactamente qué efecto producía sobre ella; la pura satisfacción masculina en sus ojos era inconfundible.

Con un pequeño gruñido de irritación, Sakura se pasó el dorso de la mano por la boca y se obligó a dejar de pensar en aquel beso tan humillante, abismal y profundamente ofensivo, para concentrarse en lo que había sabido durante un almuerzo robado en el tren.

Que no era mucho. Nadie podría acusar nunca a Neji Hyūga de revelar demasiadas cosas. O a él no le gustaba hablar del pueblo mágico con los humanos, o no le gustaba hablarle de eso a ella, porque Sakura tuvo que recurrir a todos los medios imaginables para poder sacarle algo. Y lo que había obtenido, pensaba ella, ni siquiera era la punta del iceberg.

La hermosa criatura mágica de la cicatriz y los cabellos color cobre a la que había visto era Darroc, un anciano del Gran Consejo y una antigua némesis de Neji. Éste pensaba que Darroc había equipado a los cazadores con armas humanas para hacer que su muerte pareciese un accidente, como si lo hubiera alcanzado alguna bala perdida en un tiroteo entre humanos. Creía que Darroc planeaba tratar de usurpar el poder de la reina y, como ellos dos siempre habían estado en bandos opuestos, aprovechaba la ocasión para librarse definitivamente de Neji.

En resumidas cuentas, eso era todo lo que consiguió llegar a averiguar. Neji se negó a explicarle qué plan tenía para salvarlos, y se limitó a decir que sí, realmente tenía uno. Se negó a contarle por qué él y Darroc se despreciaban tanto el uno al otro, aunque cuando hablaba de él su profunda voz resonaba con furia, lo que finalmente la obligó a admitir que una parte de lo que se le había enseñado a creer era falsa: las criaturas mágicas sentían emociones.

Sakura ya no podía seguir negándolo por más tiempo. Tenía la evidencia, allí mismo, delante de los ojos, y la brehon que llevaba dentro nunca sería capaz de pasar por alto una evidencia por mucho que le hubiese gustado hacerlo. Ya no podía decirse a sí misma que él no experimentaba sentimientos, porque ahora él estaba en forma humana y sujeto a la condición humana. No, él y Darroc se habían odiado durante milenios, Sakura había podido oírlo en la voz de Neji, y el odio era una emoción.

Intensa, profunda. Una emoción que él había experimentado en su forma de Tuatha de Danaan.

Los libros de la familia Haruno dejaban muy claro, como le había confirmado la abuela, que las criaturas mágicas eran incapaces de sentir ninguna emoción. Grande o pequeña. Que eran insensibles, arrogantes, frías como el hielo. Tampoco había ninguna mención de que en el reino mágico hubiera enfrentamientos políticos, disputas o ninguna de todas esas cosas que sonaban tan humanas. ¿Cómo era posible que los libros se hubieran equivocado tanto?

«Bueno, quizá porque los escribieron mujeres que habían conseguido escapar de las criaturas mágicas. Por antepasadas que nunca tuvieron ocasión de relacionarse con una criatura mágica, que ni siquiera llegaron a hablar con una. ¿Tú te creerías el informe de un investigador que nunca hubiera entrevistado al sujeto de su estudio?

¿Aceptarías una "prueba" tan precaria si llegaran a presentártela en un caso? ¡La acusación enseguida la haría trizas!»

Oh, aquellos pensamientos hacían temblar los cimientos sobre los que Sakura había basado su existencia. Suspiró.

«¿Por qué no intentas ver un poco más allá de tus ideas preconcebidas, irlandesa?», había dicho él.

Maldición, Neji Hyūga había empezado a hacer que todas esas ideas preconcebidas saltaran por los aires.

Después de secarse el pelo, Sakura usó el teléfono del hotel para ver qué mensajes tenía en el contestador de su casa. Su madre había llamado cuatro veces para recordarle que prometió volar a California para asistir a la graduación de su hermanastra el próximo fin de semana, y decirle que le gustaría mucho poder hablar con ella antes de entonces.

Sakura suspiró. Apenas conocía a sus hermanastros. De hecho, durante los últimos cinco años sólo había estado en California un par de veces, y no lograba entender por qué de pronto era tan importante para su madre que ella asistiera a una estúpida graduación en el instituto. Pero últimamente a su madre parecían ocurrírsele toda clase de excusas para que Sakura subiera al avión y fuera a hacerles una visita.

«Puede que no sea perfecta, pero es la única madre que tendrás nunca —le había dicho la abuela un centenar de veces—. Tienes que darle una oportunidad.»

«Ya le di una oportunidad. Mi madre me trajo al mundo. Eso es una oportunidad. Y luego se fue de casa.»

«Sakura, tienes que intentar ver las cosas desde su...»

«No.»

Ahora estaba sentada en una habitación de hotel en Atlanta y aún podía oír la voz de su madre, esa noche ya tan lejana en el tiempo, con tanta claridad como si volviera a tener siete años. Despertada por la necesidad de ir al cuarto de baño, Sakura se había detenido al final de la escalera en aquella casa —tan llena de corrientes de aire que en invierno siempre estaba helada—, con un maltrecho unicornio de peluche apretado contra su pecho mientras se agarraba en la oscuridad al poste tallado y temblaba de frío en su camisón.

«¡La fascinan! ¡Las encuentra preciosas y quiere irse a vivir con ellas!»

«Es una niña, Mebuki. Ya se le pasará cuando crezca.»

«En ese caso tendrás que ayudarla a crecer hasta que eso ocurra, porque yo no me siento capaz de hacerlo. No sabría por dónde empezar.»

Esa noche, si su visión hubiera sido un apéndice que pudiera cortar con un cuchillo, Sakura lo habría cortado. «Quédate, mami, seré buena. Lo prometo. Yo no quería verlos.»

Cerró los ojos y apretó los párpados. Inhaló profundamente, exhaló muy despacio.

Luego miró el reloj y cogió el teléfono. En California era la hora de cenar; su madre estaría trabajando en Trio's, el restaurante del que era encargada.

Marcó el número de casa y oyó la voz del contestador. Dejó un lacónico mensaje en el que explicaba que había surgido algo y no podría asistir a la graduación, pero enviaría un regalo y llamaría dentro de unas semanas. Se sintió culpable, como solía ocurrirle con todo lo que hacía referencia a su madre, y añadió:

—Quizá pueda volar hasta allí por Navidad este año, ¿vale?

Suponiendo que aún estuviera viva entonces.

Fuera de la suite, Neji estaba sentado con la espalda apoyada contra la puerta y no paraba de cambiar de postura, impaciente por poder ducharse y dar otro paso adelante en la seducción de Sakura.

Habrían podido dormir en el tren, en un compartimento con litera y lavabo, pero quería que Sakura tuviera ocasión de saborear algo más de la clase de vida que él podía llegar a darle, incluso sin disponer de todos sus poderes. La seducción requería un escenario apropiado, y el lujo siempre ofrecía el más espléndido posible. Además, quería hacer unas cuantas «compras». La confianza era algo que no sería fácil obtener de Sakura, pero él podía ganársela y empezaría atándola a él aquella noche con sexo y regalos: esas dos cosas eran sus puntos fuertes, las cosas que ningún otro hombre podía dar mejor que él.

Sabía que la suite le había gustado mucho. Lo había visto en sus ojos. También había visto el recelo que apareció en ellos apenas comprobó que sólo había una cama. Neji optó por desaparecer un rato para darle ocasión de aclimatarse, porque quería que tuviera tiempo de ducharse, relajarse un poco y bajar la guardia (al menos todo lo que ella llegaría a bajarla nunca) cuando él regresase.

Una mirada pasillo abajo hacia el reloj encima de los ascensores le dijo que ese momento no tardaría en llegar: ya habían transcurrido cincuenta y dos minutos, así que sólo faltaban ocho.

Aunque estaba seguro de que podían hacer un alto sin correr ningún peligro —los cuatro cazadores que había visto Sakura se encontrarían con serias dificultades para seguirles el rastro en las ciudades modernas, con sus millones de habitantes y todos esos olores que confundían la imagen general, y además había un límite para la cantidad de terreno que podían llegar a cubrir—, no quería dejarla sola.

Ahora que volvía a saltar a través del espacio —a pesar del enredo de rastros que había dejado en Kentucky, y todos los residuos mágicos acumulados en Cincinnati—, creía que podían contar con un día entero, como máximo dos, antes de que Darroc consiguiera aproximarse al lugar en el que estaban. Lo que era un riesgo aceptable, porque por la mañana ya se habrían ido. Pero esta noche, esta única noche robada, sería la primera vez para Neji.

Entonces podría llevar a la práctica el plan que había ideado en el tren.

Ahora era vital que consiguiese una audiencia con Mito. La reina tenía que ser informada de que Darroc se había traído a unos cuantos de sus cazadores del Reino Invisible, algo que no sólo estaba prohibido, sino que además resultaba muy costoso de hacer, porque los cazadores eran mercenarios hasta la médula y Mito los tenía generosamente empleados a su servicio a través de los poderes y los privilegios que les otorgaba a cambio.

Neji sólo sabía de una cosa que pudiera haberles prometido Darroc para que dejaran de servir a la reina. Lo único que los cazadores sabían que Mito nunca les daría: la libertad de su reino de sombra y hielo. Una vuelta a las viejas costumbres.

Lo que significaba que Darroc planeaba intentar derrocar a la reina, y pronto. Y Neji no dudaba de que, si Darroc llegaba a hacerse con el poder, El Pacto no sólo quedaría olvidado inmediatamente, sino que los invisibles serían puestos en libertad y habría guerra entre los reinos. La humanidad se vería precipitada a una Edad Oscura como llevaba milenios sin conocer.

Neji ya no podía permitirse perder un solo instante a la espera de que Madara regresase a la superficie. Ahora ya no se trataba de que él quisiera conseguir una audiencia meramente porque estaba harto de su castigo. La reina corría peligro, su sidhe-vidente corría peligro, el futuro de todos los reinos estaba amenazado, y Neji tendría que obligar a Mito a aparecer.

Cuando la reina lo hizo humano, en un primer momento Neji había acariciado esa idea, pero al final decidió dejarlo correr. No sólo carecía del intermediario necesario para que la cosa saliese bien, sino que además sabía que la furia de la reina no tendría límites si él llegaba a hacer algo tan impensable.

Pero ahora, pensó sombríamente, tenía una razón. El reino mágico estaba haciendo precisamente lo que Neji siempre había sospechado que haría en cuanto él estuviese ausente: caerse en pedazos.

Por la mañana, partirían hacia Escocia.

Y allí, el primer día de agosto, en la fiesta de Lughnassadh, para la que sólo faltaban diez días, de un modo u otro, por medios nobles o viles, Neji haría lo impensable.

Algo que jamás se le pasaría por la cabeza a ningún Tuatha de Danaan que no fuese él.

En un primer momento la reina se pondría furiosa, pero cuando comprendiera la razón por la que lo había hecho él, cuando descubriese la traición de Darroc, se sentiría tan complacida que querría agradecérselo. Enseguida le devolvería los poderes y restauraría su inmortalidad. Neji probablemente ni siquiera tendría que disculparse (de unas cosas por las que de todos modos no debería disculparse). Y todo volvería a estar bien.

Pero mañana ya habría tiempo para meditar en esas cosas. Mañana sólo pensaría en volver a ser inmortal y recuperar sus poderes.

Esta noche —volvió a mirar el reloj, y una sonrisa iluminó su oscuro rostro cuando vio que ya había transcurrido la hora que le concedió a Sakura—, esta noche sólo iba a pensar en ser todo lo humano que un hombre podía llegar a ser.

—¿Estás lista para ir de compras, ka-lyrra?

Sakura parpadeó y se volvió hacia la puerta. De pie en el umbral de la sala de estar, Neji estaba apoyado en la jamba de la puerta con una toalla por única vestimenta. Sakura se apresuró a apartar la mirada. Pero ya era demasiado tarde, porque la imagen le había quedado grabada a fuego en la mente. Relucientes cabellos negros mojados enmarcando su rostro, un pecho y unos brazos magníficos, poderosas piernas. Una toallita de nada. Con dicha toallita de nada levantada por aquel grueso bulto que siempre se hallaba presente en su ingle.

Un suspiro de ensoñación se escapó de sus labios, y Sakura se apresuró a camuflarlo con una tos.

—No te he oído volver —dijo secamente, al tiempo que clavaba la mirada en el aparato de televisión. Llevaba un rato sentada en la sala de estar, saltando de un canal a otro a la espera de su regreso. No quería ni pensar en volver a cubrir su piel recién lavada con aquellos tejanos sucios y malolientes, así que había lavado a mano su ropa en la bañera, con la esperanza de que por la mañana ya estuviera seca. Ahora lamentaba haberlo hecho. Necesitaba algo más que un albornoz cuando él estaba cerca. Necesitaba una armadura de cuerpo entero. Y él también, pensó con irritación.

¿Cómo se atrevía a pasearse por ahí como si tal cosa exhibiendo toda aquella dorada y musculosa esplendidez masculina?

—Salté directamente al interior de la ducha.

—Hay otro albornoz en el cuarto de baño —le informó Sakura en un tono bastante seco.

—Lo sé. Le rasgué la espalda cuando intenté ponérmelo. Los hombres no están hechos como yo en tu siglo, ¿verdad?

«Oh, por el amor del cielo, ni los dioses griegos tienen tu físico», pensó ella con irritación.

—Ven —repitió él. Se reunió con ella en el sofá, le cogió la mano y tiró suavemente hasta que Sakura no tuvo más remedio que incorporarse—. Vamos.

Sakura hizo una profunda inspiración, se levantó del sofá y se obligó a mirarlo directamente a la cara, decidida a no permitirse una sola ojeada de refilón a su cuerpo. La mirada de él se encontró con la suya, y luego bajó hacia el escote que formaban las solapas de su albornoz. Se humedeció el labio, y la sonrisa que le dirigió después hizo que su oscuro rostro quedara iluminado por un destello de blancura. La punta rosada de su lengua danzó por un instante sobre aquellos dientes tan blancos, sensual y seductoramente invitadora.

—¿Qué vamos a comprar? —Oh, Dios, pensó consternada, ¿eso que acababa de oír había sido su voz? Había sonado como si la parte de su psique que sólo tenía catorce años de edad hubiese asumido el control de sus cuerdas vocales.

—Ropa, a menos que no te importe llevar ese albornoz durante los próximos días —dijo él con voz sedosa—. Te aseguro que a mí no me incomoda en absoluto.

Sakura se aclaró la garganta.

—Vamos de compras. Ya. En marcha.

Él cerró las manos de manera posesiva sobre su cadera. Su oscura cabeza se inclinó hacia delante y con sus labios a sólo unos milímetros de los de Sakura, dijo:

—¿Dónde? ¿Gucci? ¿Versace? ¿Macys? ¿Qué te gustaría, Sakura? ¿Qué puedo darte? Yo nunca te negaré nada.

Su contacto era abrasador, incluso a través de la tela del albornoz, y Sakura podía sentir cómo sus dedos jugueteaban con el cinturón. Olía bien, además, a jabón, especias y atractiva virilidad. De pronto fue atrozmente consciente de su desnudez bajo el albornoz. Y de la de él. El corazón empezó a palpitarle erráticamente.

—Macy's me parece bien —se apresuró a decir.

—¿Hay algo más que quieras?—preguntó él con dulzura—. Da igual lo que sea.

Ella cerró los ojos.

—Caramba, veamos, ¿podrías salir de mi vida y arreglar todo lo que has estropeado?

Él rió y saltó a través del espacio.

Sakura creyó oír un «eso nunca» antes de que fuera desconstruida. Lo siguiente que supo fue que estaba de pie, descalza y con su albornoz, en las oscuras oficinas cerradas con llave de Macy's.

—¿Qué hemos venido a hacer aquí? —preguntó, al tiempo que miraba a su alrededor sin entender por qué había tantas docenas de ordenadores y monitores.

—A menos que quieras tenerme cogido de la mano mientras te pruebas cosas, ka-lyrra, voy a desactivar las cámaras de seguridad para que no salgas en ellas. Puede que yo no tenga nada de qué preocuparme, pero tú sí.

Cielos, él pensaba en todo. Tomaba medidas para proteger el futuro de su sidhe-vidente, como si no le cupiera ninguna duda de que ella sobreviviría a la pesadilla en la que estaban inmersos. Suponiendo que así fuese, lo último que quería Sakura era aparecer en las filmaciones de las cámaras de seguridad de Macy's. ¿Sobrevivir a las criaturas mágicas, sólo para luego tener que comparecer ante el juez por robo en unos grandes almacenes? No, eso sería demasiado irónico. Por no mencionar que un historial delictivo haría que todos sus planes de llegar a ser una profesional de la abogacía saltaran por los aires.

Unos minutos después, aparentemente satisfecho con su trabajo, Neji los transfirió a la parte de los grandes almacenes que estaba abierta al público. A Sakura la alivió bastante descubrir que aquel extraordinario modo de viajar ya no le provocaba náuseas como al principio.

—No te muevas de aquí —dijo él, y desapareció. Un instante después ya estaba de vuelta con dos grandes bolsas de cuero en las manos. De Gucci, nada menos—. No andaré muy lejos. Mañana partimos hacia Escocia. Coge lo que creas que vas a necesitar. Y, Sakura, allí el clima es distinto; las noches son bastante frías esta época del año en las Highlands.

—Esc-Esc-Esc... —farfulló ella, pero él ya había vuelto a desaparecer.

«¿Escocia? ¿Las Highlands?» ¿Para qué demonios iban a ir allí? Maldición, ¿qué planeaba hacer él? ¿Y por qué no se había dignado contárselo? Cómo se atrevía a hacerle cruzar medio mundo sin ponerla al corriente de sus planes. Ella también tenía derecho a llevar su vida.

Sakura se quedó plantada allí unos instantes, perpleja y bastante enfadada, y luego sacudió la cabeza bruscamente y decidió concentrarse en lo que había ido a hacer. Ya habría tiempo de encararse con Neji e insistir en que le explicara sus planes. Ahora lo único que quería era llevar algo más de ropa. Deprisa. Aquellos momentos entre sus brazos, cuando ambos estaban prácticamente desnudos, habían sido una prueba de autodisciplina que a duras penas consiguió superar. Hasta la última partícula de su cuerpo anhelaba derretirse en aquellos brazos tan fuertes. Quería pasar la lengua por los duros músculos de ese pecho y esas ondulaciones tan sexys que tenía en los abdominales. Quizás incluso deslizar la mano debajo de su toalla y averiguar si él realmente era tan enorme..., ooooh... ¡tenía que dejar de pensar en esas cosas!

Miró a su alrededor e intentó asimilar el hecho de que estaba en Macy's después de que los grandes almacenes cerraron sus puertas al público, indetectable, con aparente carte blanche. Lejos, bochornosamente lejos, su conciencia empezó a chillar. Sakura la hizo callar con el razonamiento de que si luego se sentía culpable, siempre podía remitirles un donativo anónimo, y fue a explorar todas esas últimas tendencias de la moda que nunca había podido permitirse comprar.

Al final, sin embargo, decidió pasar de los carísimos modelos de alta costura y optó por lo práctico. El precioso vestido con aquellos tacones de aguja tan sexys que la hizo suspirar melancólicamente en cuanto lo vio sólo sería percibido por él como una invitación, y, realmente, ¿quién sabía dentro de cuántos lagos más se vería zambullida?

Así que lo que acabó dentro de su bolsa fue una docena de bragas; tres sujetadores, camisas, calcetines, jerséis; cosméticos y un buen surtido de artículos de tocador; dos cinturones; y —su única concesión a la tentación— una preciosa chaqueta forrada con borreguillo que le pareció muy apropiada para las Highlands.

Pero aparte de esa única prenda cara, Sakura se mantuvo alejada de los colgadores donde tenían lo que costaba más dólares. El lujo estaba muy bien para un príncipe del pueblo mágico, pero ¿qué iba a hacer ella con unas botas de Gucci a seiscientos dólares el par? No se atrevería a dar ni un paso con ellas. Probablemente daría un traspié y se rompería el tobillo, ¿y no había un cuento de hadas sobre unos zapatos robados que castigaban al ladrón? Sakura sabía mejor que la mayoría de la gente que los cuentos de hadas podían tener un sentido del humor bastante retorcido a la hora de decidir cómo se harían realidad.

Se puso los tejanos y ató los cordones de unas zapatillas de tenis. Un par de sólidas botas para ir de excursión también fueron a parar al interior de la bolsa.

Había terminado de equiparse antes que él. Era de esperar. Y cuando regresó, él llevaba unos tejanos oscuros de Armani adornados con un tatuaje, una camisa de seda blanca y botas Gucci de seiscientos dólares.

Eso también era de esperar.