CAPÍTULO 14
Sólo una semana antes la cena hubiese consistido en sobras de pizza de edad indeterminada repescadas de la nevera vacía de provisiones en casa, y Sakura habría cenado sola mientras rumiaba en su inexistente vida amorosa.
Esta noche cenaría en una suntuosa suite lo que un repartidor invisible había traído de Baccanalia, y lo compartiría con un acompañante de la misma sustancia con que estaban hechos los cuentos de hadas. Literalmente.
Sentada a la elegante mesa ante un alto y oscuro príncipe del pueblo mágico vestido por Armani, Sakura se atracó de langosta con sabor a mantequilla, pasta y ensalada, seguidas por pastel de chocolate y queso y fresas al champán. Divino. Normalmente hubiese contado las calorías (probablemente aun así se lo hubiera comido todo, pero al menos las hubiese contado), pero como no tenía forma de saber lo corta que podía ser su vida en aquella nueva coyuntura, no pensaba privarse de nada durante el tiempo que pudiera quedarle.
Iba a abrir la boca para exigir saber, con todo detalle, cuáles eran los planes de Neji cuando él dijo:
—¿Por qué aun eres virgen, ka-lyrra?
Sakura parpadeó, con un «eso no es asunto tuyo» instintivo ya en la punta de la lengua, pero se lo tragó tan deprisa como había llegado. Quizá si ella respondía a alguna de sus preguntas él se mostraría más dispuesto a responder a las suyas. Además, él era parte de la razón por la que su vida amorosa daba pena, y siempre sería un alivio sacárselo de dentro. No es que pudiera quejarse a sus amigas de lo mal que lo pasabas cuando eras una sidhe-vidente.
—Por si no lo has notado, te diré que tengo un gran handicap.
Las oscuras cejas de él se unieron en un ceño mientras la recorría con la mirada.
—Yo no veo ninguno. ¿Qué clase de handicap?
Sakura echó la silla hacia atrás y puso los pies debajo del cuerpo.
—Pues sí que lo tengo. Veo criaturas mágicas.
—Ah. ¿De qué manera es eso un handicap?
—Quiero una vida normal. Quiero el tipo de vida corriente y cotidiana en el que no encuentras a faltar nada. Es lo que he querido siempre. Un marido, un trabajo que me apasione, y niños. Quiero el sueño del fueron-felices-y-comieron-perdices.
—Bien.
Ella suspiró melancólicamente.
—He tenido dos relaciones serias en mi vida. En ambas la cosa llegó a un punto en el que yo estaba lista para intimar, pero no conseguía dejar de pensar que si me quedaba embarazada, había muchas probabilidades de que mi bebé también pudiese ver a las criaturas mágicas. No tengo nada en contra de ello, puedo vivir con eso. El problema era si el hombre de mi vida también sería capaz de aceptarlo. ¿Le cuento que veo un mundo que él no puede ver? ¿Y que tendrá que proteger de ese mundo a nuestras hijas? ¿Y que enseguida se dará cuenta de que no hay nada que pueda hacer al respecto? ¿O me callo esa información y hago frente a las consecuencias, aferrándome a la esperanza de que nunca sucederá? —Sonrió con amargura—. Le conté la verdad a mi último novio. Decidí que era lo más honorable que podía hacer, que si él realmente me amaba, sería capaz de soportarlo. ¿Sabes qué fue lo que pasó?
Neji sacudió la cabeza, su plateada mirada enervantemente fija en ella.
—Al principio él pensó que yo estaba bromeando. Luego, cuando intenté hacérselo entender (hasta le enseñé los Libros de las hadas), él se puso como una moto. Cuando me negué a dejarlo correr, cuando no quise decirle que bromeaba, cuando mi «delirio persistió en manifestarse», como lo expresó él tan encantadoramente, me dijo que trabajaba demasiado y necesitaba ayuda profesional. Poco después de eso me dejó. Por correo electrónico, nada menos, la manera de romper de los cobardicas que no tienen agallas. Intenté llamarlo por teléfono, pero no respondía a mis llamadas. Le dejé mensajes que él no me devolvió; bloqueó mi dirección de correo electrónico; ni siquiera respondía al timbre de la puerta. Hacía tres años que nos conocíamos y llevábamos la mitad de ese tiempo saliendo juntos. Él estudia Derecho y está inscrito en mi programa. La semana pasada una de mis amigas me contó que cuando se encontraba con alguna de nuestras amistades mutuas, mi ex novio le decía que yo había tenido un colapso nervioso.
—No querías a tu novio —dijo Neji rotundamente.
—¿Qué? —Sakura estaba atónita, y se preguntó cómo había podido él determinar eso tan rápido y sin ningún esfuerzo.
—No lo querías. He visto a mortales enamorados, cuando lamentaban la pérdida de la persona amada. Tú no eres una de ellos.
Sakura sonrió sardónicamente, admitiendo que él acababa de anotarse el tanto.
—Tienes razón. No estaba loca por él. Pero me importaba. Mucho. Y aún me duele.
—Lo siento, Sakura.
Ella se encogió de hombros.
—No puedo decir que no supiera lo que me esperaba cuando empecé a salir con él. Las mujeres de la familia Haruno nunca han tenido demasiado éxito en sus relaciones sentimentales. Mi papá dejó a mi mamá cuando yo tenía cuatro años. Apenas me acuerdo de él. Sólo conservo un vago recuerdo de un hombre que gritaba mucho y tenía una barba que me pinchaba. Si el segundo matrimonio de mi mamá funciona es porque ella no puede ver a las criaturas mágicas y nunca ha tenido más hijos. Su marido cree que está casado con una mujer completamente normal, y no sospecha que haya algo más. Mientras yo me mantenga fuera de sus vidas, nunca lo sospechará. La abuela nunca se casó. Se conformó con la parte infantil de su sueño. Quedó embarazada y no se lo dijo a su padre. Ahora las cosas ya no son como en los tiempos antiguos, cuando las sidhe-videntes eran reverenciadas y los hombres se batían en torneos para ganarse su mano. En mi época, la gente no cree en las cosas que no puede ver. ¿Y yo? Vi a mi primera criatura mágica, según me contó la abuela, cuando tenía tres años. La señalé con el dedo y le sonreí. Afortunadamente, aquel día había sido la abuela la que me sacó a pasear en el cochecito, porque si hubiera sido mamá, ni siquiera habría sabido qué era lo que miraba yo y probablemente me hubiesen capturado en ese mismo instante. Entonces fue cuando supieron que, aunque el don había pasado de largo en el caso de mi mamá, no lo había hecho conmigo. No volví a salir de casa hasta que cumplí los diez. Ése fue el tiempo que tardó la abuela en convencerse de que ya podía salir a la calle sin delatarme.
Neji se recostó en su silla y la observó a través de la mesa. Había iniciado aquella conversación con su pregunta de por qué aún era virgen, con la intención de hacerle pensar en el sexo y luego pasar a la seducción sin mayores interludios. Pero Sakura había conseguido que dejara de estar pendiente de seducirla, y ahora pensaba en otras cosas relacionadas con ella. No se le había ocurrido considerar lo que podría significar ser una sidhe-vidente para una mujer del siglo XXI.
No era tan distinto de la vida que había llevado la anciana en aquel bosque aislado del mundo, pensó. Ser una sidhe-vidente significaba que Sakura también debía esconderse, y no sólo de las criaturas mágicas sino también de los de su propia especie. Significaba una vida de no encajar del todo en ninguna parte. Ella tenía razón, ¿qué hombre iba a creerla? Y, suponiendo que alguno lo hiciera, ¿qué hombre toleraría la afrenta a su masculinidad que suponía ser incapaz de proteger a los suyos? De hecho, Sakura había conseguido hacer frente a las cosas con mucha valentía: se esforzaba por hacer carrera en su profesión, salía con hombres, y se las arreglaba para que los Tuatha de Danaan siguieran sin saber de su existencia.
Hasta que llegó él e irrumpió a través de la puerta de atrás de su casa, delatándola a los peores ciudadanos del reino mágico.
—Cuando vuelva a ser inmortal, te libraré de todos esos problemas, ka-lyrra. Nunca más volverás a tener miedo.
Ella arrugó la nariz como para decir «Sí, claro».
—Hablando de eso, ¿qué plan tienes? Si vas a llevarme al otro extremo del mundo, creo que tengo derecho a saber qué haremos allí.
Él sacudió la cabeza.
—Cuanto menos sepas por ahora, más segura estarás. Si se te llevan de mi lado, mi plan puede ser la única forma de recuperarte que tendré.
Ella se estremeció y se puso pálida.
—Te refieres a si en algún momento caigo en poder de los cazadores, ¿verdad?
Neji asintió.
—Sí. El conocimiento que no posees no puede ser extraído de tu mente por otro de mi raza. Espera hasta que estemos en Escocia, allí te lo contaré.
Sakura volvió a estremecerse.
—De acuerdo. Pero al menos podrías decirme a qué lugar de Escocia iremos, ¿no?
—A suelo sagrado, donde los de mi raza tienen prohibido ir. Las tierras de los Uchiha. Allí estaremos a salvo.
—¿Debo suponer que ya no seguiremos intentando localizar al tal Madara Brodie?
Neji la miró fijamente mientras replicaba:
—No puedo esperar por más tiempo a que mi descendiente vuelva a salir a la superficie.
—¿T-tu q-qué? —balbuceó ella, al tiempo que lo miraba con cara de asombro.
—Mi hijo. Madara es mi hijo.
Sakura se irguió en su asiento y frunció el ceño.
—¿Fue dado a luz por una mujer humana, quieres decir? Por eso sólo es mitad criatura mágica, ¿no? ¿Tuviste un hijo con una mujer humana?
Él asintió, y se apresuró a ocultar su sonrisa detrás de un sorbo de vino. Su sidhe-vidente sonaba ofendida y al mismo tiempo... fascinada a su pesar. Que sonara fascinada era bueno, muy bueno. Precisamente lo que él quería oír.
—¿Cuándo? ¿Recientemente?
—Hace mucho, ka-lyrra.
—¿Cuánto hace? Y deja de obligarme a arrancarte las respuestas con tenazas, Neji. Yo he respondido a tus preguntas. Si esperas que responda a cualquier otra pregunta, será mejor que empieces a hablar conmigo.
Lo miró como si fuera a saltar de su asiento, agarrarlo por los hombros y sacudirlo. Él podría haberla puesto aún más furiosa de lo que ya estaba, impulsarla a que lo hiciera por la excusa de tomarla en sus brazos que Sakura le hubiese proporcionado con ello, pero estaba demasiado encantado por el hecho de que lo hubiera llamado «Neji». Aunque ella ya había dicho su nombre en otras ocasiones, ésta era la primera vez que lo usaba como si tal cosa en una conversación. Él llevaba tiempo esperando que ocurriera. No era ningún idiota; sabía que al principio para ella sólo había sido un «ello». Luego el sin siriche du, o la más negra de todas las criaturas mágicas, luego su nombre completo, Neji Hyūga.
Pero ahora era sólo Neji. Se preguntó si Sakura tendría alguna idea de lo que acababa de revelar con eso.
—Madara nació el año 811 de la era cristiana —le dijo—. Vivió en su tiempo hasta principios del siglo dieciséis, cuando conoció a una mujer de tu siglo. Ahora viven en tu época.
Ella abrió mucho los ojos.
—Me parece que nunca querré saber cómo sucedió eso. Lo único que sacaría de ello sería un dolor de cabeza.
Luego permaneció callada un instante, y Neji casi creyó ver como las preguntas se sucedían rápidamente tras aquellos ojos verdes mientras ella intentaba decidir qué le preguntaría a continuación. Se sintió complacido por la que escogió.
—¿Significa eso que cualquier hijo que tengas también será inmortal, aunque sólo sea mitad criatura mágica? No lo digo porque sienta ningún interés personal por el tema —se apresuró a añadir— es sólo que he pensado que podría ser interesante añadirlo a nuestros libros.
La única persona que iba a añadir algo a aquellos ridículos libros sería él; ya era hora de que la familia Haruno tuviera claras una cuantas cosas.
—No, Sakura, sólo un Tuatha de Danaan por cuyas venas no corrí sangre mezclada nace inmortal. Le di a beber a mi hijo un elixir que creó mi raza para que pudiéramos otorgar la inmortalidad a los humanos que considerásemos merecedores de ella. —Sakura no necesitaba saber que lo hizo sin el conocimiento o el consentimiento de su hijo. O que en cuanto Madara descubrió lo que él había hecho, lo odió. Que, de hecho, había pasado la mayor parte de los seis siglos siguientes negándose a dirigirle la palabra, negándose a reconocerlo como su padre. Su hijo podía guardar rencor tan bien como el mejor de los inmortales.
—¿Puedes hacer inmortal a la gente? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Sí. También hice inmortal a su esposa.
¿Cuánto hacía de eso? Últimamente su hijo había dado tantos saltos a través del tiempo que habían transcurrido muchos siglos para él, pero para ella... ¿tres años mortales o así? Una sombra venida de muy lejos le nubló la mente cuando pensó en ello. El elixir de la vida tenía un efecto secundario particularmente desagradable, uno acerca del que no les había hablado ni a Madara ni a Mei. Los niños que eran mitad criaturas mágicas nacían con alma (al parecer media dosis de humanidad bastaba para hacerte merecedor de lo divino), y Madara, con su constitución más tenaz, aún tenía unos cuantos siglos por delante antes de que sucediese. Alguien que fuese mitad criatura mágica tardaba aproximadamente un milenio en verse afectado. Los humanos puros, en cambio, como Mei, sólo lograban resistir unos cuantos años. A Mei ya le quedaba muy poco tiempo. El resplandor dorado que la iluminaba no tardaría en extinguirse con un último chisporroteo, dejándola tan desprovista de alma como cualquier criatura mágica.
—¿También hiciste inmortal a la madre de Madara?
Abruptamente Neji quiso poner fin a aquella conversación. Se levantó de la mesa y empezó a meter las sobras en unas cuantas bolsas. Lo que quedaba se lo comerían por la mañana antes de coger un avión. Quería salir lo más pronto posible.
—No.
—¿Así que su madre está muerta?
—Sí.
—¿Por qué no le ofreciste...?
—Lo hice —la cortó él, sin darle tiempo a terminar la pregunta.
— ¿Y?
—Y Morgana no quiso aceptar mi oferta.
—Oh. —Sus ojos se entornaron y luego se hicieron más grandes, como si se le acabara de ocurrir algo—. ¿Cuándo murió Morgana?
—¿Qué diablos tiene que ver eso con nada de lo que estamos hablando? —gruñó él.
Ella lo miró cautelosamente, pero insistió.
—¿Cuándo?
Neji metió en una bolsa la última bandeja de pasta. La empujó con tal fuerza que la bandeja rompió la bolsa y asomó por el otro extremo. Con una mueca de irritación, Neji dobló el papel sobre ella y se la puso debajo del brazo.
—En el año 847.
Ella guardó silencio por un instante mientras reflexionaba, y luego dijo:
—¿Y por qué no quiso...?
Él le lanzó una mirada salvaje, los ojos entornados y los dientes al descubierto.
—Basta. Mi vida no es un libro abierto escrito por alguien de tu familia para que puedas hojearlo a tu antojo y hacer toda clase de interpretaciones estúpidas. Los Tuatha de Danaan no hablan de sus asuntos con... —curvó los labios en una fría sonrisa de desdén— meros mortales.
—Bueno, señor-mero-mortal-usted-mismo —le espetó ella—, quizá será mejor que te acostumbres a ello, porque tanto si te gusta como si no, necesitas al menos a uno de nosotros «meros mortales» para que te ayude a volver a ser esa fatua-criatura-mágica-gilipollas.
Neji intentó sostener la gélida mirada que le lanzaba ella, pero los labios no tardaron en curvársele a pesar de todos sus esfuerzos y empezó a temblar con una risa silenciosa. Así que él era una fatua-criatura-mágica-gilipollas. Cuánta indignidad en sólo cuatro palabras. ¿Había sido alguien de su raza llamado nunca tal cosa? Aquella mujer no se dejaba intimidar por nada.
—Te has expresado con mucha claridad, ka-lyrra —dijo secamente. Mientras recogía las bolsas y se daba la vuelta para ir a la cocina, añadió por encima del hombro—: Que conste que te he contado bastante más de lo que he contado a ningún humano en mucho tiempo.
—¿Cuánto hace de eso? —Apenas lo hubo dicho, le entraron ganas de darse de bofetadas. Pero quería saberlo. Quería saber quién había sido la última mujer..., ejem, humana, que llegó a conocer realmente a Neji Hyūga.
Él se detuvo y se volvió a mirarla. Cuando sus ojos de plata se encontraron con los suyos, Sakura sintió un súbito escalofrío en las venas. Había momentos en los que él parecía tan humano, mientras que en otros había en su rostro una espantosa incongruencia, como si algo aterradoramente antiguo y completamente inhumano la observara tras la máscara de Halloween de un rostro humano lleno de juventud. Y por un breve, extraño momento tuvo la sensación de que, si se le ocurriese alguna forma de levantar esa máscara, podría encontrar algo muy parecido a..., parecido a un cazador debajo de ella.
Él hizo un sonido tenue y lleno de cansancio. No un sonido adormilado, sino uno inmortalmente exhausto. Después se dio la vuelta y echó a andar de nuevo.
Sakura oyó cómo la puerta de la nevera era abierta y volvía a quedar cerrada. Silencio. Luego la voz de él, profunda y grave, flotó suavemente a través de la suite:
—Desde el año 847, Sakura.
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Era la una de la madrugada cuando Sakura se puso a desplegar el sofá cama, sin dejar de darle vueltas a lo que le había revelado Neji. Morgana había muerto a mediados del siglo IX después de haber rechazado la oferta de inmortalidad hecha por él y, más o menos alrededor de esa fecha, Neji Hyūga había sido visto no sólo por unas cuantas mujeres de la familia Haruno, sino por muchas otras personas, mientras dejaba una estela de destrucción a través de las Highlands.
¿A causa de Morgana?
¿Por qué a Neji Hyūga le dio un ataque de rabia cuando la perdió? Y de ser así, ¿por qué había permitido que muriese? Él era todopoderoso; podría haberla obligado a seguir con vida, haberla forzado a tomar su «elixir de la vida» (¡que en sí mismo ya era esa clase de concepto que a uno simplemente no le cabe en la cabeza!).
¿Quién fue Morgana? ¿Cómo había sido? ¿Por qué no quiso que la hicieran inmortal? ¿Cuánto tiempo había pasado Neji con Morgana? ¿Había vivido ella toda su vida con él? ¿Para despertar cada mañana con un príncipe del pueblo mágico acostado a su lado en la cama? ¿Para verse malcriada día tras día por sus excesos, para conciliar el sueño cada noche en sus brazos después de haber quedado saciada de placer? ¿Qué había tan especial en ella para que él intentase hacerla inmortal?
—No me costaría nada odiar a esa mujer —masculló Sakura en voz baja.
Neji Hyūga había tenido una relación con una mujer mortal, engendrado un hijo con ella, e intentado que aquella mujer viviera eternamente.
Y ahora Sakura se sentía..., oh, por el amor de Dios, pensó, exasperada, celosa. Llena de envidia porque seguía negándose a sí misma lo que tanto deseaba, pero Morgana no se lo había negado. No, Morgana aceptó lo que él le había ofrecido, se zambulló en ello, tomó todo lo que tenía a su alcance. Ella lo había tocado, besado e ido a la cama con él. Ella había jugado con esa oscura y sedosa cabellera, y había podido sentir cómo aquellos cabellos se deslizaban sobre su cuerpo desnudo. Había saboreado el terciopelo dorado de la piel de una criatura mágica, había podido gozar de toda la magia y la pasión del acto sexual con ella. Incluso había dado a luz a su hijo.
Y cuando ella murió, él asoló las Highlands. ¿En su pena? ¿O había sido meramente la rabieta de un niño al que se le ha negado su juguete favorito?
«Eso me trae sin cuidado. No me importaría ser el juguete favorito de ese hombre durante toda una vida —dijo una voz adolescente como si soñara despierta—. Está infinitamente más bueno que los novios que eliges. ¿Por qué conformarse con hombres normales cuando podrías tener una vida llena de criatura mágica en celo?»
—Calla —masculló ella—. Ya tengo suficientes problemas sin necesidad de que tú añadas tu pequeña contribución. Y ahórranos los chistecitos juveniles.
Frunció el entrecejo, atizó unos cuantos puñetazos a las almohadas, las mulló, y luego cogió la manta y la extendió sobre el sofá cama. Acababa de acomodarla cuando Neji vino por detrás, le rodeó la cintura con las manos y la atrajo hacia sí. El calor de su gran cuerpo la abrasó a través de su ropa, y por unos instantes Sakura pudo saborear su exótico aroma en cada temblorosa bocanada de aire.
—¿Nunca te lo preguntas, Sakura? —dijo él con dulzura, poniendo la boca muy cerca de su oreja.
—¿El qué? —se las arregló para decir ella, lo más rígidamente inmóvil que pudo. Él apenas había dejado unos centímetros entre las partes inferiores de sus cuerpos, pero aquella diminuta cantidad de espacio no podía ser más torturante y tentadora. Sakura no permitiría que su cuerpo traidor llegara a cruzarlo. No se daría el gusto de apoyarse en él, para dejar que su trasero buscara aquella erección dura como una roca que él tenía siempre. Entonces se dio cuenta, con un ligero sobresalto, de que le gustaba que él siempre la tuviese dura cuando estaba cerca de ella. Había llegado a acostumbrarse a su incesante seducción. Era embriagador, saber que el sin siriche du se sentía tan excitado por su proximidad. Y el hecho de que estuviera tan excitado alimentaba su propio deseo. Ser el foco de una lujuria tan intensa por parte de un hombre/criatura mágica tan hermoso era el más potente de los afrodisíacos.
Dios, Neji era peligroso. Pero eso ella lo sabía desde el principio.
Venía en un envoltorio cubierto con las etiquetas de advertencia de las mujeres Haruno:
«Evitar a toda costa cualquier clase de contacto con él.» No se podía ser más claro.
—En todos esos años de observarnos, de tener prohibido mirarnos y tener que fingir que no podías vernos, ¿nunca te preguntaste qué sentirías al ser tocada por uno de nosotros? —Sus manos subieron lentamente desde su cintura, y Sakura supo que ahora le daba tiempo para que se apartara, apostando a que no lo haría, y Santo Dios, sabía que ella debía hacerlo, pero era como si no tuviese aliento para reaccionar. El corazón le palpitaba contra el pecho con la fuerza de un martillo pilón.
Hubo un largo momento lleno de tensión en el que ninguno de los dos se movió o habló.
Abruptamente, él se llenó las manos con sus pechos.
Todo el aire del que Sakura intentaba hacer acopio se vio bruscamente expulsado de sus pulmones con un agudo siseo. Su piel crepitó bajo la tela de la camisa, cuando las terminaciones nerviosas se irguieron de golpe en un insaciable estallido de vida. Sakura no pudo evitar imaginar lo increíble que sería sentir las manos desnudas de él sobre su piel desnuda; aquellas grandes manos de herrero tan llenas de fuerza sobre todo su cuerpo. Con aquel ímpetu extra de criatura mágica que poseía él, se imaginó envuelta en llamas bajo el puro calor erótico que emanaba de ellas.
Él emitió un sonido tan animal y lleno de hambre sexual que a Sakura casi se le doblaron las rodillas, y se tambaleó por un momento. Sus manos le apretaron los pechos aún más fuertes, con una presión que la obligó a hacer una larga inhalación entrecortada, pero él no le ofreció todo su cuerpo para que le sirviera de sustento; aún mantenía, de cintura para abajo, esa pequeña distancia que tan provocativa encontraba ella.
—Tienes unos pechos realmente preciosos, ka-lyrra. He querido llenarme las manos con ellos desde el momento en que te vi. Tan grandes, suaves y redondos... — Se calló, y un sonido que era como un ronroneo ahogado vibró tenuemente dentro de su garganta.
Sakura cerró los ojos y sintió endurecérsele los pechos bajo la delicada presión de las manos de él. Su mandíbula sin afeitar le restregó suavemente los cabellos, y luego la sintió en su mandíbula cuando él se apartó el pelo. El húmedo calor de la lengua de Neji trazó un sendero aterciopelado que descendió lentamente por uno de los lados de su cuello, para dejar a su paso estremecimientos de puro deleite sensual que le treparon por la espalda. Sakura decidió que se apartaría de él, para que dejara de hacerle aquello. Ahora mismo, en cualquier momento...
—¿Nunca has tenido ninguna fantasía sobre nosotros? Dime que no lo has hecho. Di: «No, Neji, jamás he pensado en ello ni una sola vez.» —Rió con una ronca y malévola carcajada, como si le divirtiera pensarlo, al tiempo que sus pulgares describían suaves círculos sobre los pechos de ella, justo debajo de los pezones, en esa zona de piel tan delicada y sensible. Los pezones se le habían puesto tan duros que se los podía distinguir debajo del sujetador y la tela de la camisa, ávidos de ser tocados.
Entonces Neji cerró los dedos sobre las cimas endurecidas en el preciso instante en que le daba un suave mordisco en la nuca, y ella apretó los dientes para no gritar. Él sabía, maldito fuese, sabía. Sus fantasías secretas, la eterna batalla interior que libraba. Lo sabía todo acerca de ella.
—¿Por qué estás tan callada? ¿Por qué no lo dices, Sakura? —Una pausa—. Porque lo pensaste. Muchas veces. —Le pasó la lengua cuello abajo en un suave deslizamiento. Otro delicado mordisqueo sobre el sensible cordón que iba desde su cuello hasta su hombro, y la sensación hizo que toda ella se estremeciera de placer. Un pellizco deliciosamente suave sobre sus pezones—. ¿Tanto te cuesta admitirlo? Sé que lo hiciste. Te preguntabas cómo sería que uno de nosotros te llevara a la cama. Que te desnudara y te hiciera llegar al clímax tantas veces que al final ya ni siquiera podrías moverte. Que te diera tanto placer que ya no pudieras mover un músculo de puro agotamiento, incapaz de hacer otra cosa que yacer inmóvil mientras tu amante del pueblo mágico te daba de comer de su mano, cuidaba de ti y reponía tus fuerzas para así poder volver a hacértelo una y otra vez. Para poder montarte despacio y hasta dentro de todo, tomándote desde atrás. Para poder ponerte a horcajadas sobre su cuerpo y sentir cómo te estremecías encima de él cuando llegaras al clímax. Para poder lamer y paladear tu cuerpo centímetro a centímetro hasta que no existiera ninguna otra cosa, hasta que todo lo demás dejara de tener importancia y sólo quedara lo que te estaba haciendo en ese momento, la última cima del placer que sólo él podía darte.
Sakura jadeaba suavemente mientras lo maldecía en silencio, sí, era verdad que ella había imaginado todas esas cosas y muchas más. Y ahora las palabras de él pintaban imágenes demasiado vivías en la pantalla de su imaginación mientras Neji le hacía todas las cosas. Ser puesta a horcajadas encima de él, estar a cuatro patas para ofrecerle su sexo mientras él la tomaba desde atrás.
Dios, pensó febrilmente, ¿siempre se lo había imaginado a él? Por mucho que se esforzara, no podía recordar qué rostro tenía ese príncipe de los sueños que había detallado con tanto amor en sus fantasías adolescentes. O él se lo había borrado de la memoria, para reemplazar a su amante imaginario con sus plateados ojos, su duro cuerpo, su seductora voz y sus devastadoras caricias, o siempre había sido él.
«Retrocede, Haruno, ya sabes que lo único que vas a sacar e esto será terminar bien jodida... y no sólo físicamente», le advirtió la voz interior de la razón, tan débil que apenas se la podía oír.
«Claro, sí, dentro de unos momentos...»
—Fantaseabas —continuó él, su voz baja e hipnótica—. Puede que seas virgen en cuerpo, pero no en mente. Siento el calor y la pasión que se agitan en tu interior: hay una furia dentro de ti. Lo sentí nada más verte. No eres normal. Nunca serás normal. Acéptalo. Deja de intentar encajar en un mundo que nunca te aceptará. Nadie puede entenderte del modo en que yo puedo hacerlo. Recuerda que eres una sidhe-vidente. ¿Quieres pasar el resto de tu vida negándote todo eso a ti misma? Lo que ves. Lo que deseas. Es una manera muy triste de vivir y morir.
Hubo silencio por un instante mientras él se limitaba a estrecharla entre sus brazos, las manos detenidas sobre sus pechos, el suave calor de su aliento en el cuello de ella, sin moverse.
Sakura sabía que era momento de rescatarse a sí misma. De enfurecerse contra él. De decirle que estaba muy equivocado, que no sabía absolutamente nada de todas aquellas cosas sobre las que le hablaba.
Pero no podía hacerlo, porque él no se equivocaba.
Todo lo que había dicho era cierto. Sakura no era normal, e hiciera lo que hiciese, nunca sería normal. Siempre se había sentido dividida entre dos mundos, uno que ella intentaba ignorar y otro en el que intentaba encajar —empresas ambas igual de fútiles—, sin dejar de preguntarse si lo único que le tenían reservado serían los días de vida que había vivido la abuela. Un bebé, ningún marido, un gran casa vacía. Se repetía a sí misma que bastaría con eso, si así tenía que ser. Mientras tanto, sacaba fuerzas de flaqueza e intentaba hacer funcionar la relación con un novio.
Pero ningún novio había sido capaz de competir nunca con las fantásticas criaturas mágicas del sexo masculino que Sakura no veía desde la infancia. Ningún novio humano había sido capaz de rivalizar nunca con un mundo que era intrínsecamente mucho más apasionado, resplandeciente y sensual. Nunca hubo un novio con el que Sakura pudiera ser ella misma. Y la triste verdad era que, un gran parte de por qué aún era virgen había que buscarla en el hecho de que ella no quería un hombre, maldita fuese, quería una criatura mágica. Siempre la había querido.
Y ya estaba harta de preguntarse cómo sería hacerlo con una de ellas, de obligarse a desviar la mirada, a dar la vuelta, a no tocar nunca. Harta de reprimir todas aquellas fantasías pecaminosamente seductoras.
El silencio se prolongó entre ellos.
Entonces una mano se apartó abruptamente de su pecho y la cubrió, íntimamente, entre las piernas, para obligarla a apretar las nalgas contra la erección de Neji.
Un grito incoherente escapó de su garganta.
Él respondió con una avalancha de palabras dichas en una lengua antigua e incomprensible, que cayeron de sus labios con la áspera vehemencia de otros tantos juramentos. Luego, en aquel inglés antiguo de exótico acento, gruñó:
—Te preguntabas cómo sería follarse a una criatura mágica. Bueno, aquí estoy, Sakura. Aquí estoy.
