CAPÍTULO 15

Los últimos vestigios de resistencia de Sakura se derrumbaron con aquellas palabras. «Aquí estoy.»

«Tómame; haz conmigo lo que quieras», en esencia. Y ella quería hacerlo. Oh, Dios, cómo quería hacerlo. Hacía toda una vida que quería hacerlo. Las fantasías que tejía alrededor de las criaturas mágicas siempre habían sido abyectamente sexuales, y aunque Sakura rara vez usaba la palabra que empezaba con F, en labios de él era pura seducción. Ese acento exótico y aquella voz tan grave hacían que la palabra ya no sonase ofensiva, sino sensual e invitadora, secreta y prohibida y atrayente. Cuando era él quien la pronunciaba, la palabra ya no sonaba grosera; sonaba como una invitación a bailar una danza intemporal que era innatamente terrena y animal, para la que él no daría ninguna clase de excusas y no ofrecería disculpa alguna. Lo que ofrecía era sexo y hombre en estado puro, en un mundo súbitamente embellecido por los trazos del aerógrafo impalpable de su apostura y su seducción.

Naturalmente, después, una vez terminada la intensa maratón-de-sexo-sin-barreras, su príncipe de fantasía siempre se enamoraba locamente de ella en sus sueños..., pero eso no sucedía hasta que el frenesí del apareamiento había quedado atrás. No hasta que la lujuria hubiese cobrado lo que se le debía. Eso suponiendo que aquella lenta pendiente pudiese saldarse cuando estabas con una criatura mágica.

Sakura dejó de resistirse y se apretó contra él.

Neji lo percibió de inmediato, en el preciso instante en que ella se daba por vencida. Volvió a hablar en aquella extraña lengua, y el triunfo masculino no pudo ser más claro en su voz. Sakura estaba perdida y él lo sabía.

Esperaba que la obligara a darse la vuelta en sus brazos y la estrecharla contra su cuerpo, pero una vez más, el príncipe mágico desafió sus expectativas.

Con la mano aún acomodada entre las piernas de ella al tiempo que la apretaba implacablemente contra su erección, le puso la otra mano en la mandíbula y la obligó a girar la cabeza para luego guiar sus labios hacia los suyos. De pie detrás de ella, la besó. Sakura nunca hubiese creído que se pudiera besar en semejante ángulo, pero nunca había besado a nadie tan alto como él, y no sólo era posible, sino que además era extraña, intensamente erótico. Dominante. Posesivo. Un beso que reclamaba y marcaba a fuego. Ahora estaba atraída contra el cuerpo de él, con el calor de su gran mano entre las piernas, la sedosa caricia de sus cabellos en el hombro, y la boca de él sellándose sobre la suya.

Gimoteó tenuemente bajo la presión de aquellos labios, pero ya había perdido el mundo de vista bajo el deslizarse de aquella lengua que profundizaba cada vez más en sus sondeos para retirarse a continuación. Unirse, escapar. Jugar con ella, en una lenta danza que NO podía ser más torturantemente sexual.

Él había aprendido en algún sitio —oh, probablemente hacía unos cuantos miles de años, pensó Sakura con un asomo de risa— exactamente cuánto había que darle a una mujer antes de retirárselo, exactamente cómo mantener suspendida a una mujer en un borde extremadamente frágil, sólo con sus besos. Cuando ella empezaba a sentir que se derretía bajo la sensación, él la llevaba a otra parte y pasaba a darle un poco menos. Luego regresaba para darle más justo cuando ella estaba a punto de gritar. Neji era dueño absoluto de todo lo que deseaba Sakura, y lo explotaba sin comisión. Sus manos, una en su rostro y la otra entre sus piernas, se encargaban de mantenerla inmóvil mientras él la torturaba con sus besos.

Besos tan intensos que la dejaban sin respiración y le nublaban la mente, para desaparecer un instante después. Un suave roce con ese labio inferior tan carnoso y sensual suyo, capaz de crear un; deliciosa fricción erótica que la hacía anhelar más de lo que la satisfacía. Besos aún más profundos a los que Sakura respondía encogiendo los dedos de los pies, pero que nunca llegaban a durar lo suficiente.

Y, oh, Dios, si él dedicaba esa misma entre lánguida y maliciosa atención a todas las partes del cuerpo de una mujer, nunca conseguiría sobrevivir a los cuidados de que la hacía objeto. Estaría reducida a un despojo incoherente antes de que Neji llegase a una sola de las partes importantes.

Y hablando de ellas, pensó Sakura con irritación, ya podría empezar a acariciarla de una vez. Se retorció en la presa implacable con que él la mantenía atrapada, en un desesperado intento por comunicar aquel mensaje sin palabras. Se encontraba tan cerca..., lo había estado desde el momento en que deslizó aquella mano tan grande entre sus piernas, para luego dejarla suspendida justo en el borde. ¡Si moviera la mano aunque sólo fuese un par de milímetros!

Pero si él entendió la súplica silenciosa que le dirigía, optó por ignorarla. Su mano siguió detenida entre sus piernas, como para hacerla insoportablemente consciente de la cálida humedad con que su cuerpo anunciaba estar listo para sentir placer, de ese sensible brote que suplicaba alguna clase de fricción, aunque fuese mediante el más insignificante de los movimientos. Pero él se mantuvo implacablemente inmóvil. La tenía atrapada entre dos cosas que podían depararle un inacabable placer erótico, y se negaba a darle nada con ellas. Sólo la torturante promesa, pero nada que aliviara la intolerable presión que Sakura sentía crecer poco a poco en su interior.

Besos. Largos y lentos, apasionados y duros. La ágil lengua de Neji iba y venía en una caricia tan delicada como el satén, enredándose con la suya para retirarse un instante después.

Eran besos por los que valdría la pena morir, pensó ella febrilmente mientras intentaba introducir un poco más de él en su boca, chupándole la lengua para tenerla más adentro y negándose a soltarle el labio inferior cuando Neji se apartó con una suave risa. Sakura intentó desesperadamente arquearse contra su mano, pero cada vez que lograba obtener una diminuta caricia, él cambiaba de sitio la mano y reducía la presión. Irritada por todos los obstáculos que eso ponía a su deseo, ella le mordisqueó el labio.

—Demonios, irlandesa, ¿es que quieres ver correr la sangre? ¿Intentas matarme? —dijo él con una carcajada suave y áspera al mismo tiempo.

—¿Yo? ¡Deja de jugar conmigo! ¡Bésame con toda la boca! Cuando te venga bien, podrías empezar a moverte de una...

Él acalló su queja con besos. Pequeños lametones, mordisqueos, besos en las comisuras de su boca, un suave y prolongado tirar de un labio inferior. Otra vez profundamente, para retirarse a continuación. Más tortura. Neji besaba, comprendió entonces ella, tal vez sólo un inmortal podría hacerlo. Besaba como un ser que disponía de todo el tiempo en el mundo, lánguida pero conzienzudamente, resuelto a paladear cada sutil matiz del placer para prolongarlo hasta que ya no quedara ni rastro de él. En su mundo o había relojes que hicieran tic tac, ni horas que corrieran velozmente. No había un trabajo al que acudir por la mañana, nada más acuciante que la pasión del momento. Neji existía como un inmortal ajeno a la inmediatez, y ser besada con semejante intensidad si-el-momento era deva stador. Y Sakura tuvo la horrible sospecha de que él podía racionar los orgasmos del mismo modo que hacía con los besos, permitiéndole tener uno sólo cuando hubiera extraído de ella hasta la última partícula de anticipación y necesidad.

Era como ahogarse en un mar de sensaciones, la presencia de la boca de él sobre la suya, la hinchada dureza de su virilidad contra su trasero, el calor de su mano entre las piernas.

Entonces él interrumpió el beso súbitamente y la mano con que rodeaba la mandíbula descendió hacia su cintura, buscó dentro de su camisa y abrió el cierre de su sujetador. Sakura sintió cómo aquella mano tan grande se cerraba sobre uno de sus pechos desnudos. Se estremeció en los brazos de él, y se inclinó hacia delante para apretar el cuerpo contra la mano que tenía entre las piernas.

—Neji —jadeó—. ¡Mueve la mano!

—Todavía no. —Repuso él fría, inflexiblemente.

—¡Por favor!

—Todavía no. ¿Algún hombre mortal te ha hecho sentir así alguna vez, Sakura? —ronroneó él, un rastro de salvajismo en aquella voz tan profunda—. ¿Alguno de tus pequeños novios te ha hecho sentir así alguna vez?

—¡No! —La palabra hizo erupción de los labios de Sakura cuando los dedos de él se cerraron abruptamente sobre su pezón y pellizcaron la cima endurecida.

—Ningún hombre mortal puede hacerlo. Acuérdate de eso, ka-lyrra, si piensas en volver a tus ridículos muchachitos humanos ¿Sabes cuántas veces, de cuántas formas, voy a hacer que llegues éxtasis?

—Me conformaría con sólo una si pudiera tenerla ahora mismo —siseó ella, tan intensamente excitada que estaba al borde de la hostilidad. Nunca se había sentido así antes, y no tenía ni idea de como llevarlo.

La risa fluyó alrededor de ella como una cascada, ronca, erótica, ajena, oscura, puramente Neji Hyūga.

—No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa? —susurró él con la boca muy cerca de su oreja, y aquella mano infernal por fin subió para ponerse a jugar con la cremallera de sus tejanos.

—Qué va —logró decir ella, sin mover un músculo mientras contenía la respiración en una anhelante espera por sentirlo dentro de los tejanos. Un estremecimiento casi imperceptible fluía a través de su cuerpo con cada nuevo botón que quedaba suelto.

Sakura abrió los ojos con un trémulo aleteo e inclinó la cabeza hasta dejarla apoyada en el pecho de él cuando sintió que por fin le metía la mano en los tejanos y, con la palma sobre su piel, la deslizaba dentro de sus bragas.

El contacto de aquella mano bastó para hacer que se le doblara las rodillas.

Ya había empezado a caer cuando él le rodeó la cintura con su brazo y la mantuvo en pie.

—Bien. Porque me disgustaría mucho pensar que habías caído en la vieja trampa del amor.

A ella no se le pasó por alto la diversión en su voz, ni la absurda realidad de que a decir verdad acababa de caer de una forma que no podía ser más física, debido a un mero contacto. Y él ni siquiera le había rozado el clít...

—¡Oooh! —El aire huyó de sus pulmones en una súbita exhalación y Sakura ni siquiera se molestó en mantenerse de pie, dejando que fuera Neji quien cargase con su peso. Oyó vagamente cómo él jadeaba junto a su oreja, su respiración áspera y entrecortada, como si llevara mucho tiempo corriendo. El clímax que tanto había esperado estaba allí mismo, ya casi lo tenía encima, estaba a punto de dejarlo atrás...

—Dios, Sakura, haces que me...

—Ah, cielos, qué hermoso espectáculo —se burló una voz muy grave—. Se diría que ya está lista para recibirme con los brazos abiertos. Estoy impaciente por terminar lo que tú has empezado. ¿Te acuerdas de cómo solíamos hacer eso, Neji? ¿Cómo solíamos compartir tú y yo? ¿O ésa es otra de las muchas cosas que te gusta fingir que nunca sucedieron en el curso de esos miserables miles de años que finges no haber vivido nunca? ¿Sabe ella lo que podemos hacerle? ¿Le has contado cómo solíamos jugar con las criaturas mortales?

Sakura se estremeció violentamente en los brazos de Neji cuando el orgasmo oh-tan-desesperadamente-necesitado murió en una muerte instantánea, aunque nada de la excitación que lo había acompañado pereció con él. Un estremecimiento le oprimió la garganta cuando aquella voz sardónica atravesó el estupor sensual que se había adueñado de su ser. Hizo un desesperado esfuerzo por disipar aquella convulsión, hablar a través de ella, advertir a Neji de que Darroc los había encontrado de nuevo, pero sus traidoras cuerdas vocales volvieron a fallarle como habían hecho en Fountain Square. Estaba completamente paralizada, clavada en el suelo.

Mientras permanecía inmóvil, incapaz de lanzar un leve chillido de advertencia, la asombró y la llenó de alivio darse cuenta de que aun así él lo había sabido de alguna manera.

Sacando la mano de sus tejanos con un brusco tirón, Neji le dio la vuelta entre sus brazos y la atrajo hacia él, al tiempo que mascullaba:

—Por todos los diablos.

Sakura tenía la mirada fija en la alta criatura mágica de cabellos color cobre inmóvil justo detrás del hombro de Neji. Con la cabeza echada hacia atrás contempló a Darroc con horror.

Una sombra helada e impasible en sus ojos iridiscentes; la criatura frunció dos labios perfectos que se habían contraído en una oscura mueca de crueldad y le sopló un beso sarcástico por encima del hombro.

Sakura abrió la boca para gritar.

Pero sus cuerpos ya saltaban a través del espacio.

Pasaron horas saltando de un lugar a otro.

Al principio Sakura aún estaba tan aturdida por aquel exceso de sensualidad que apenas podía pensar, y ni siquiera se molestó en tratar de hablar. Su cuerpo parecía haber quedado atrapado en un estado de conciencia erótica dolorosamente suspendida que tardaba demasiado tiempo en disiparse.

Bueno, al menos había una parte de los Libros del sin siriche du que estaba en lo cierto, reflexionó, aquélla donde se aseguraba que Neji Hyūga dejaba tan ahítas de placer a las jóvenes que no era raro que luego éstas fueran incapaces de hablar, y pareciesen haber perdido el juicio.

Porque ni siquiera el miedo a morir, al parecer, podía hacer gran cosa para calmar la tempestad de deseo que Neji había hecho nacer en su interior.

Claro que al pensar en ello, Sakura sospechó que quizá se hubiese vuelto un poco insensible al miedo; la repetida exposición al impulso, ese tipo de cosas.

Con todo... la pasión que Neji había despertado en ella no se parecía a nada de cuanto hubiese experimentado antes. Nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera experimentarse algo semejante. Básicamente, ser tocada por Neji Hyūga hacía que Sakura sintiera todo su cuerpo, gloriosa, intensa, adictivamente vivo.

Era justo lo que ella siempre había temido: unos cuantos besos dados por una criatura mágica, y una mujer estaba perdida.

Y no es que Sakura fuese una novicia en lo que concernía a los besos. Ella besaba mucho. De hecho, sospechaba que besaba muchísimo más que la mayoría de las mujeres. Como ella era virgen y los hombres eran..., bueno, hombres, todas sus citas siempre ponían muchísimo esfuerzo en los jugueteos preliminares, como si aquello fuese una especie de competición y estuvieran decididos a ser El Que Ganaba El Partido. Horas de besos expertos y seductores, y al final ella siempre los acompañaba firmemente hasta la puerta.

Pero después de recibir unos cuantos besos de Neji, no sólo se encontró absurdamente próxima al orgasmo, sino que había estado a punto de desplomarse —literalmente— sobre la cama, o más bien sobre el suelo, o sobre cualquier sitio donde él quisiera hacerla suya.

Él era adictivo. Mirarlo y preguntarse cómo sería en la cama ya había sido duro, pero ahora Sakura había tenido ocasión de haberse una cierta idea al respecto y nunca podría volver a mirarlo sin pensar en ello. Ahora que había tenido la oportunidad de catarlo, por fin podía expresar en palabras lo que percibió en él desde el primer momento, y que desde entonces no había dejado de hacer estragos en sus sentidos: Neji Hyūga era más hombre que la mayoría de los hombres.

Era fuerte y sensual y estaba muy seguro de sí mismo, un hedonista desinhibido hasta el último centímetro del magnífico terciopelo dorado de su piel. Adoraba el sexo, lo paladeaba y disfrutaba de cuanto contenía. Controlaba, pero siempre de un modo que alimentaba las fantasías de una mujer. En la cama sería, ahora ella lo sabía, tremendamente dominante y un poquito guarro. La tomaría de todas las formas que ella pudiera imaginar y, estaba completamente segura, de unas cuantas que probablemente nunca se le habían pasado por la imaginación.

Sería inventivo e inagotable, y no tendría otra meta que el placer.

Estaba segura de que él podía hacer lo que dijo: dejarla tan agotada, tan aturdida y profundamente saciada que ni siquiera le quedarían fuerzas para alimentarse, para levantar la cabeza de la almohada, o del suelo, o de donde fuese que él decidiera dejarla tendida cuando terminase con ella.

Una mujer podía hacerse daño a sí misma en la cama de Neji Hyūga.

«Y fuera de ella, Haruno», la previno aquella vocecita interior.

«Oh, sí —admitió ella sin molestarse en discutírselo—. Y fuera de ella.» Y eso era algo a lo que necesitaba dedicar una buena cantidad de reflexión, y no mientras él la estuviera tocando. Y lo haría tan pronto como las cosas se hubieran calmado un poco.

No era que buscase excusas para retrasar el momento de hacerlo, pero con lo enloquecida que había llegado a volverse su vida ahora se veía obligada a reaccionar constantemente, y no tenía ocasión de pensar las cosas a fondo y actuar.

Sakura no necesitaba recurrir a uno de los muchos adagios pertinentes de la abuela para comprender lo peligrosa que era esa manera de vivir.

Pero, cielos, pensó con una exasperación que ella misma encontró bastante cómica dadas las circunstancias, poder determinar cuáles eran sus probabilidades de supervivencia ciertamente la ayudaría a pensar con más claridad. Cuando una no sabía cuántas horas de vida le quedaban, la disciplina y la auto-negación salían por la ventana junto con el contar las calorías.

Su cuerpo tardó lo suyo en recuperarse de aquel estado de febril excitación, lo suficiente para que pudiera estar un poco más relajada en los brazos de él mientras saltaban a través del espacio. Incluso entonces, Sakura procuró tener mucho cuidado. Evitó cualquier contacto con esa parte de él que aún estaba dura como una roca, y; que eso sólo habría servido para volver a ponerla miserablemente excitada. Reparó en que Neji también intentaba evitar el contacto para variar, y cuando en cierto momento ella lo rozó sin darse cuenta, él soltó una exclamación ahogada y gruñó:

—Haz el favor de no tocar eso. Me duele. Dios, no estoy hecho de piedra.

—Lo siento —dijo ella al instante, aunque en su fuero interno una parte de su ser que era absolutamente femenina se puso muy contenta al saber que no era la única a la que le costaba tanto recuperarse. Que no era la única a la que su intimidad había afectado tan intensamente. (Y al tacto él ciertamente parecía estar hecho de piedra, en todo caso al menos allí).

Se quedó bastante perpleja, un rato después, al descubrir que habían vuelto al hotel, donde Neji cogió su equipaje con expresión sombría. Abrió la boca para preguntar qué podía ser tan importante para arriesgarse a volver por ello —la ropa y los artículos de limpieza y tocador eran eminentemente reemplazables—, pero él volvió a desplazarlos, y Sakura ya había aprendido la lección de que era mejor mantener la boca cerrada mientras saltabas a través del espacio. (Por suerte esta vez no encontraron ningún lago en su itinerario; Sakura agradeció que no estuvieran cerca de la costa, porque materializarse en aguas infestadas de tiburones hubiese sido mucho peor que acabar con unos cuantos renacuajos dentro de los pantalones).

Luego saltaron de un lugar a otro hasta que Sakura perdió la noción del tiempo, y finalmente cogieron otro tren de pasajeros.

Una vez en el tren, él ocupó un asiento y la agarró por la cintura para sentarla entre sus piernas, aunque mantuvo un poco de espacio entre las mitades inferiores de sus cuerpos. Le empujó suavemente los hombros hacia su pecho, la rodeó con los brazos y apoyó la mandíbula en sus cabellos.

Sakura se quedó atónita al darse cuenta de que él estaba temblando. Los estremecimientos apenas eran perceptibles, pero un profundo temblor hacía vibrar su poderoso cuerpo.

—¿Qué pasa, Neji? —preguntó, nerviosa. ¿Qué podía hacer temblar a Neji Hyūga? Sakura no estaba demasiado segura de querer saberlo. ¿Se le habría pasado por alto alguna cosa cuando estaba tan aturdida? ¿Sería que aún no estaban a salvo, pese a todo aquel frenético saltar de un lugar a otro?

—¿Qué pasa? —gruñó él—. ¿Qué pasa? ¡Que la he cagado, demonios, eso es lo que pasa! No sabes la suerte que hemos tenido. Darroc dejó que pudiéramos verlo y oírlo, ¿verdad? No quiero ni pensar en lo que podría haber ocurrido si hubiese decidido no hacerlo. Dios, no estoy acostumbrado a esta mierda de no tener poderes; te aseguro que no se me da nada bien. —Una larga pausa, luego un juramento en voz baja—. No consigo entender por qué se me ocurrió pensar que podíamos pasar la noche en el hotel, Sakura. Debería haber seguido saltando de un sitio a otro hasta llegar a Escocia, donde ya no correrías peligro. He sido un estúpido arrogante.

Con los brazos alrededor de ella, se sumió en un pétreo silencio.

Sakura parpadeó y también se quedó callada. El corazón le brincó peligrosamente en el pecho. «He sido un estúpido arrogante», había dicho él. No eran la clase de palabras que ella esperaba oír de labios de una imperiosa criatura mágica.

Pero después de todo, Neji estaba resultando ser muy distinto de lo que le habían enseñado a esperar que serían las imperiosas criaturas mágicas.

Y la línea que separaba al hombre de la criatura mágica se hacía cada vez más borrosa en la mente de Sakura.

Cerró los ojos, se recostó en él y se dijo que intentaría dormir un poco ahora que podía hacerlo, porque cualquiera sabía dónde o cuándo podría tener otra ocasión de dormir.

Empezaba a adormilarse cuando él la sacudió suavemente, bajaron del tren y cogieron un transporte al aeropuerto.

—Un vuelo va a despegar dentro de unos momentos —dijo él mientras examinaba el tablero de salidas—. No tengo tiempo para jugar con sus ordenadores y sacarte un billete. Tendrás que cogerme la mano. Ven, Sakura. Tenemos que darnos prisa para cogerlo.

Escocia. Iban a ir a Escocia. Ahora mismo.

Sakura parpadeó, estupefacta por lo que había llegado a ser su vida, y deslizó la mano en la de él.

Invisibles, atravesaron el control de seguridad y fueron hacia la puerta de embarque. Sakura levantó la cabeza hacia Neji y le miró el perfil. Él tenía la mandíbula rígidamente apretada, sus ojos entornados miraban hacia delante, y andaba tan deprisa que prácticamente la arrastraba consigo.

No aflojó el paso hasta que hubieron subido al avión.

Hoy es lunes, pensó Sakura con una especie de asombro lejano mientras se dejaba caer en un asiento de ventanilla al lado de Neji, sin soltarle la mano.

Hubiese debido estar en casa, en el trabajo. Hubiese debido estar preparándose para cantarle las cuarenta a Hassaku. Tenía que ir a la tintorería a recoger su ropa lavada en seco, plantas que necesitaban ser regadas, hora con el dentista aquella tarde, y planes para salir a cenar con Ayamé aquella noche.

En lugar de eso, estaba a bordo de un avión, encubierta por el féth fiada, temporalmente incorpórea, perseguida por demonios de otro mundo y medio seducida por un príncipe mágico. A esas alturas —si quería ser completamente honesta consigo misma— él ya habría completado su seducción, si no se hubiera visto interrumpido por los susodichos demonios de otro mundo, y sin duda eso habría vuelto aún más caótico el caos que Sakura ya tenía en la cabeza.

Pero lo que verdaderamente indicaba lo irreal que había llegado a ser su existencia era el hecho de que, con la de cosas por las que debería preocuparse ahora, la preocupación que prevalecía fuera a de que esperaba que todos los pasajeros estuvieran ya a bordo, y pie nadie se equivocara de asiento y se le ocurriera venir a sentarse en ella.

Hoy me bombardeaste a preguntas, porque quieres saber le que me pasa por la cabeza.

Me preguntaste si creía en Dios. Pues claro que creo en Dios, te dije. Siempre he tenido mucho sentido del yo.

Ahora tu casa está silenciosa, tú duermes en el piso de arriba y estoy solo con este estúpido libro que pretende dar cuenta de mi vida y, a decir verdad, podría ser que yo crea en Dios.

Pero también podría ser, ka-lyrra, que tu Dios no crea en mí

De la (considerablemente revisada) edición negra del

Libro del sin siriche du de la familia Haruno