CAPÍTULO 16
Escocia. Las Highlands
En opinión de Neji, no existía lugar más hermoso en el mundo. Había pasado gran parte de su existencia bajo una apariencia humana entre sus verdes valles y sus escarpadas montañas. En el siglo VI adoptó la apariencia de un guerrero curtido en mil batallas y pasó un tiempo viviendo allí, con un clan de las Highlands al que llamaban los Namikaze, para comer, «conquistar mozas» y luchar a su lado. Y cuando una de sus muchas batallas llegó a volverse demasiado encarnizada, el don mágico que Neji otorgó a los varones del clan Namikaze salvó de la extinción a su linaje.
Había establecido su herrería aquí y allá, durante un tiempo en Dalkeith-Upon-the-Sea, durante un tiempo en Caithness, entre otros muchos lugares demasiado numerosos para nombrarlos. Se infiltró entre los templarios cuando el rey de Francia acabó con la orden y los guió hasta Madara en Dunnotar, para que Robert de Bruce pudiera usarlos en el campo de batalla, y luego hasta el Sinclair en Rosslyn, donde su fantástico legado había perdurado hasta el día de hoy.
Y los Uchiha, bueno, aquel clan de druidas de las Highlands no había dejado de fascinarlo desde el día en que se los escogió para negociar El Pacto con los Tuatha de Danaan que luego se encargarían de defender y hacer respetar, pero se sintió particularmente fascinado por los gemelos Uchiha, Izuna e Utakata —oscuros, poderosos, ocasionalmente bárbaros—, dos highlanders del siglo XVI que habían renunciado al amor, sólo para encontrarlo en las horas más oscuras de sus existencias.
Y ahora, en la forma humana que se le había obligado a adoptar, iba en un coche a través de aquellas montañas al lado de una mujer humana, para conocer a esos mismos Uchiha en carne y hueso.
¿Cómo reaccionarían en cuanto lo vieran? ¿Lo acogerían con los brazos abiertos o se mostrarían ferozmente hostiles? Después de todo, él era un representante de esa raza que había hecho que las vidas de los Uchiha llegaran a volverse tan complicadas; uno de los responsables de que incontables generaciones de Uchihas hubieran sido temidas, y sus hombres tenidos por «paganos» y «seguidores del mal» cuando la Galia dejó abandonados a sus druidas para que cayeran en manos de los romanos primero y, en las igualmente implacables, de la cristiandad después.
¿Sabrían algo acerca de él? ¿Lo habría precedido su reputación?
¿Recordaría Utakata que Neji lo había curado? El poderoso corazón del highlander ya no latía cuando Neji se arrodilló junto a él en la isla de Morar.
¿Se negarían los Uchiha, como había hecho Sakura en un primer momento, a confiar en él? ¿Se negarían a hacer lo que él necesitaba que hicieran, o mejor dicho, que no hicieran?
Neji se frotó la mandíbula, miró por la ventanilla del coche de alquiler y se obligó a dejar de pensar en si aquellos dos le darían la bienvenida o lo cubrirían de improperios. Lo que importaba era que ya hacía varias leguas que habían cruzado las defensas mágicas de la reina, y ahora Sakura se hallaba en suelo protegido. Él ya sabría hacer frente a todo lo demás que pudiera ocurrir. Había pasado la mayor parte del vuelo a través del océano pateándose mentalmente el trasero por lo que sucedió en Atlanta. Porque estaba tan egoístamente absorto en seducirla, en atarla a él, que había hecho peligrar su vida. «Estúpido bastardo pagado de ti mismo; ya no eres invencible.»
En vez de ganarse a Sakura, habría podido perderla para siempre en aquella habitación de hotel. La llamita de su frágil y preciosa vida podría haber sido extinguida, con lo que el alma de Sakura habría quedado en libertad de ir a lugares hasta los que él nunca podría seguirla, ni siquiera cuando le hubieran sido devueltos todos sus poderes. Le bastaba con pensar en ello para sentir que la tensión volvía a adueñarse de su cuerpo humano. Lo malo de ser humano y tener tanto músculo era que todo ese músculo podía tensarse. Neji había experimentado el primer dolor de cabeza de su vida a bordo del avión. No quería volver a tener otro. Nunca. Y esa extraña sensación de que se le revolvía el estómago, algo que ninguna cantidad de comida pudo llegar a aliviar, tampoco le gustó nada.
Exhaló lentamente y se obligó a centrar la atención en el mundo exterior, el campo, un paisaje del que nunca se cansaba.
En ese momento, el coche viró bruscamente hacia la derecha y luego volvió, con la misma brusquedad, al carril que acababan de abandonar. Neji se apresuró a reprimir una sonrisa, porque sabía que Sakura probablemente le daría una bofetada si llegaba a verla. Cuando se hicieron con el pequeño compacto de alquiler en el que iban apretujados ahora, Sakura insistió en conducir (si uno podía llamar conducir a aquello) con el argumento de que los efectos del féth fiada que envolvían a Neji podían causar accidentes si era él quien conducía. No acostumbrada, sin embargo, a conducir por el lado «equivocado» de la carretera, la pobre lo pasaba muy mal.
—¡Por el amor de Dios, si esas ovejas dejaran de catapultarse a la carretera, aún podría conseguir que llegáramos allí enteros! —se había quejado la última vez que él rió—. Aparecen de la nada, como si cayeran del cielo.
—Paparruchas —se había burlado él—. Las ovejas nunca tienen prisa. Son lentas como caracoles. Si estuvieras un poco más atenta a la carretera, en vez de intentar verlo todo a la vez, seguro que las verías venir.
Por Danu, cómo adoró entonces su rostro de facciones delicadas, las expresiones que pasaban velozmente por él, su temperamento. Sakura tenía un fuego interior que rogaba ser provocado, sólo por el placer de verlo inflamarse.
—Claro. Se supone que he de pasar junto al lago Ness sin mirarlo, ¿verdad? ¿Qué pasa si a Nessie se le ocurre asomar la cabeza y me la pierdo? Tú llevas miles de años dando vueltas por ahí. Yo nunca había estado en Escocia. Deberían impedir que esas malditas ovejas entren en la carretera. Poner vallas. ¿Por qué en Escocia no hay vallas? ¿Piensan que no hay que proteger a los turistas? ¿Y qué tienen de malo las carreteras de dos carriles? ¿Es que nunca han oído hablar de ellas?
—Si esta carretera no tiene dos carriles, ka-lyrra, ¿cómo es que te cuesta tanto mantenerte en tu lado?
Sakura le enseñó los dientes, y ver que lo miraba con semejante cara de pocos amigos hizo que él tuviera que morderse el interior de la mejilla para no echarse a reír. O tomarla en sus brazos y besarla, lo que ciertamente habría hecho que tuvieran un accidente.
—De acuerdo, vamos por una carretera que tiene un carril y medio —admitió ella de mala gana—. Intento mantenerme dentro de los tres cuartos que me corresponden.
Y después de dirigirle una mirada altiva, volvió a tratar de mirar en todas direcciones a la vez, sin dejar de esquivar las ovejas y volviendo a conducir en dos ocasiones por el lado equivocado, con lo que pasaba más tiempo fuera de la carretera que dentro. Y Neji tuvo que volver a contener la risa.
Le encantaba verla reaccionar así ante la tierra que hacía ya mucho él amaba por encima de ninguna otra, mucho más que a Irlanda, quizás incluso más que a cuanto había en Danu. Neji no habría sido capaz de explicarlo y no sabía a qué podía ser debido, pero Escocia y sus gentes simplemente le llegaban. Siempre había sido así. El hecho de que Sakura fuese incapaz de mantener los ojos (y el coche) en la carretera parecía indicar que Escocia empezaba a ejercer la misma inefable atracción sobre ella.
¿Y cómo podía ser de otra manera? El final del verano en las Highlands siempre era magnífico, con las colinas punteadas de los colores de la estación que empezaba a apagarse: el rojo oscuro mezclado con púrpura de las flores del brezo, el rosa pálido de las hojas cruciformes del urce, las hebras plateadas en forma de corazón de los matorrales de guillomo. Aún faltaban unas semanas para que los brezales realmente empezaran a pintar laderas enteras con el púrpura rosado de su bruma, y de pronto Neji se permitió albergar la esperanza de que aún estarían allí para verlo.
Le encantaría ver a Sakura mientras corría por un brezal; le encantaría desnudarla, acostarla sobre el brezo y hacerle todas las cosas que estaba seguro enseguida se le ocurrirían a su traviesa mente.
Y lo haría, se prometió. Pronto. Ahora que ella por fin estaba a salvo.
Ya no faltaba mucho para llegar al castillo de los Uchiha. Las luces de Inverness habían empezado a desvanecerse en el retrovisor lateral de Neji.
Inverness. Morgana...
Era cerca de allí donde ella había vivido hacía tanto tiempo, en el castillo Brodie. Y de pronto, en aquel retrovisor lateral ya no hubo carreteras, hoteles o tiendas, restaurantes o pubs, sólo tierras no tocadas por la mano del hombre que se perdían en la lejanía bajo un vasto cielo azul...
«Te amo», le había dicho él, asombrándose a sí mismo cuando las palabras cayeron de su lengua. Pero Madara acababa de nacer y estaba envuelto en mantas, acunado en los brazos de ella: su hijo. Morgana estaba exhausta, con los cabellos mojados, el cuerpo empapado de sudor y el rostro iluminado por un resplandor innatamente femenino. Y algo pudo más que él. De pronto lo dijo, y enseguida fue demasiado tarde para retractarse. Y, por todos los diablos, qué poco tardó Neji en querer retractarse.
Ella apartó la mirada del bebé muy a su pesar, alzó el rostro hacia Neji y lo miró.
Y luego rió.
Si él hubiera tenido un alma, aquella risa la habría atravesado como una estocada.
La risa de Morgana sonó suave y triste, y fue tanto más abrasiva por ello. Porque había habido en ella algo que sólo podía ser piedad.
«Tú no puedes amar, criatura mágica. No tienes alma.»
Como si aquellas dos palabras que tanto le había costado decir a Neji Hyūga no hubiesen salido de sus labios. ¿Las habría creído nunca alguna mujer? ¿O meramente sucumbían a su irresistible hechizo sensual, para ser cautivas en cuerpo pero nunca en corazón? Hubo un tiempo en el que eso carecía de importancia para él. Pero los años y el contacto con los humanos habían tenido un extraño efecto sobre él, lo cambiaron, hicieron que empezara a pensar en cosas que nunca se le habían pasado por la cabeza antes; y a veces se sentía como imaginaba que tenía que sentirse Sakura: a caballo entre dos mundos, un pie aquí, un pie allá, sin ningún sitio al que pudiera llamar hogar.
«¿Cómo sabes que no puedo amar? —siseó Neji. Con qué tranquilidad le había arrojado ella a la cara sus palabras, unas palabras que él nunca había dicho antes. Unas palabras que nunca volvería a decir—. Define el amor, Morgana.»
Ella estuvo callada un buen rato, sin dejar de mirar al bebé que resoplaba húmedamente en sus brazos.
«El amor significa que morirías un millar de veces por esa persona —dijo finalmente, mientras contemplaba al recién nacido—. Que darías lo que fuese con tal de poder seguir a su lado sólo un instante más, con tal de verla viva, fuerte y feliz.»
«Eso no es justo —replicó él—. Sabes que yo no tengo alma. Si muero, dejo de existir para siempre. Si tú mueres, sigues tu camino. Hacia algún otro tiempo, algún otro lugar, algún otro mundo. Yo me convierto en polvo. Nada más. No puedes juzgarme de acuerdo con los mismos criterios.»
«¿Quieres jugar a que eres como nosotros pero sin estar sometido a las mismas reglas? Si realmente amaras a alguien, principito del pueblo mágico, serías capaz de renunciar a todo lo que posees sin que te importase nada perderlo. Y no recurrirías a las diferencias para regatear el precio.»
«Quizá seas tú la que no puede amar, Morgana. Amar a alguien quizá signifique que estarías dispuesta no a morir, sino a renunciar a tu alma inmortal por ese alguien. Así que el defecto tal vez esté en ti, no en mí.»
Y así fue como empezó la discusión. La eterna, inacabable y siempre idéntica discusión entre ellos. Hasta que lo que hacía únicos a los Tuatha de Danaan, ese vínculo que se forjaba entre un varón del pueblo mágico y una mujer humana en el instante en que era concebido un niño, llegó a ser más doloroso que placentero. Hasta que ambos hubieron levantado muros para mantener alejado al otro.
Por Danu, ¿cuántas veces habían tenido ellos esa pelea? ¿Cien veces? ¿Mil?
Hasta el día en que ella murió. Y Neji se inclinó sobre el lecho en el que agonizaba e intentó hacerle beber el maldito elixir de la vida, como no había dejado de intentar una y otra vez desde que ella tenía diecisiete años; pero entonces, en un raro momento de honestidad abyectamente estúpida hacia todos esos años, le habló a la joven Morgana de su lamentable efecto secundario: la inmortalidad y las almas no podían coexistir.
Le dijo que en cuanto lo hubiera tomado, pasados unos cuantos años todo aquello a través de lo que ella definía su humanidad se esfumaría sin dejar rastro. Ese delicado resplandor dorado que la envolvía se iría haciendo un poco más tenue con cada día que pasara, hasta que finalmente ya no quedaría nada de él. Y entonces Morgana estaría tan desprovista de esa divina llama interior como cualquier criatura mágica.
Cambiaría, los humanos siempre lo hacían.
Pero mejor una Morgana sin alma que una que estuviese muerta.
«Jamás, Neji. Déjame morir.»
Él podría haberle borrado de la memoria el recuerdo de lo que acababa de admitir ante ella. Podría haberla obligado a tomar el elixir. Podría haberle hecho creer cualquier cosa que él quisiera que creyese.
Pero lo que quería que creyese era que él merecía que hiciese lo que le pedía.
«¿Realmente sería tan terrible ser como yo? —atronó—. ¿Tan vil y repugnante soy, entonces, porque no tengo alma, Morgana? ¿Acaso no he sido bueno contigo? ¿Qué es lo que quieres de mí que aún no te he dado? ¿Qué es lo que no he sido capaz de hacer, de ser?»
—Neji, hay algo que no acabo de entender. ¿Por qué Darroc no se limitó a matarnos? —preguntó Sakura de manera abrupta, sacándolo de sus oscuras meditaciones—. Contaba con la ventaja de la sorpresa. Podría haberte disparado por la espalda, o haberte golpeado en la cabeza.
Él parpadeó y se pasó una mano por los ojos. Dios, aquellos recuerdos habían llegado de pronto y sin avisar, tan vividos que por unos instantes se había olvidado de dónde estaba. Había vuelto allí, para odiarla por morir. Por haberlo menospreciado hasta el ultimo instante simplemente porque él carecía de aquello con lo que Morgana había tenido la inmensa suerte de nacer.
Eso lo llevó a odiar a todos los humanos, con esas almas suyas que murmuraban yo-soy-mejor-que-tú, hasta que todos los humanos quedaron reducidos a una sola especie unilateralmente vil. Y cuando por fin se acordó de que él era, después de todo, un semidiós —¡así que al diablo con los humanos!— pasó un tiempo recorriendo las Highlands como si fuese la muerte encarnada.
Neji apretó la mandíbula y obligó a los susurros de tiempos pasados a que retrocedieran hasta ese oscuro rincón de su mente que él nunca visitaba voluntariamente. Su oubliette, su lugar del olvido. Una capa de recuerdos tras otra caía dentro de ese pozo y quedaba abandonada allí, para formar una crónica terrible que se remontaba hasta millares de años atrás. Sumergirse en esos recuerdos sería como abrirle la puerta a la locura. Pero otra de las mentiras que le había contado a Madara fue que descubrir demasiadas cosas demasiado deprisa volvía locos a los de su especie, cuando la verdad era una sutil variación de eso: lo que los hacía enloquecer era no saber cuándo había que olvidar.
—Tú no conoces a Darroc, ka-lyrra —dijo—. Le gusta jugar un poco con su presa antes de matarla. No quiso arriesgarse mientras yo te tocaba porque, si no me dejaba inconsciente o me mataba instantáneamente, yo podría ponernos a salvo en otro lugar. Esta vez no se molestó en usar el féth fiada para ocultar su presencia y la de los cazadores, porque quería que yo lo viera y lo oyese. Intentaba enfurecerme, para que me abalanzara sobre él y tú y yo quedáramos separados. Después de lo que vio, apostaría a que ahora no descansará hasta tenerte en sus manos.
—¿Por qué?
Neji la miró. Sakura llevaba su larga melena recogida hacia arriba con uno de esos pasadores que tanto le gustaban, y una rígida colita sobresalía de ella para apuntar directamente hacia el techo del coche, para rozarlo y balancearse en aquella carretera llena de baches. Se había puesto la chaqueta de ante con el forro de borreguillo, y las solapas subidas hacia arriba enmarcaban su esbelto cuello. El sol del atardecer era una bola de fuego que descendía por detrás del Ben Killan, y sus rayos doraban el delicado perfil de Sakura mientras se mordisqueaba el labio inferior.
Y en todas las Highlands no había nada más bello que ella, porque Sakura era mucho más hermosa que los brezales en flor y los intensos rojos de las laderas.
Era divertida, terca, inteligente y sexy y estaba llena de pasión humana, y le hacía algo que él no podía explicar. Besar a Sakura, había decidido allá en la suite, con los brazos llenos de su generosa suavidad, era lo más parecido a conocer el paraíso que podía esperar un hombre sin alma. Sakura había respondido a su presencia con toda la explosiva pasión que Neji percibió en ella la primera vez que la vio, y subió rápidamente hasta el borde del clímax. No le habría costado nada llevarla hasta él antes de que los interrumpiesen. Hacerlo habría podido ser un acto de misericordia y aliviar la tensión que sintió en el cuerpo de ella, mientras saltaban a través del espacio, o incluso más tarde en el tren, o a bordo del avión.
Pero Neji no quería ponérselo tan fácil. Le gustaba pensar que había conseguido hacerla dolorosamente consciente de él. Que ella deseaba tenerlo del mismo modo en que él, a cada momento, era dolorosamente consciente de que ella estaba allí.
Sufrirían juntos. Cuando finalmente le diera su primer orgasmo a Sakura, éste iría seguido por una docena más. Provocados por su miembro dentro de ella, hincado hasta la empuñadura. Marcándola a fuego como suya.
Su cuerpo humano, al parecer, había recurrido a uno de los trucos favoritos de los Uchiha; la miró y gruñó: mía. Y ahora ya no había vuelta atrás. Para ninguno de los dos. Si ella aún no se había dado cuenta, no tardaría en saberlo.
—Para hacerme daño a través de ti —prosiguió—. Darroc es un bastardo muy retorcido. Le encanta despojarme de lo que me pertenece. Especialmente de las mujeres mortales. No te imaginas lo que tuve que hacer para que no llegara a enterarse de la existencia de Morgana. Pero ahora él sabe de ti, y no dejará de acosarnos.
Ella abrió la boca, y luego volvió a cerrarla. Después la abrió de nuevo.
—¿Te dolería mucho que se me llevara? —dijo.
Él la miró, pero Sakura se negó a devolverle la mirada. Había percibido una nota de tensión en su voz. Para variar, ahora mantenía fija la vista a la carretera ante ellos. La pregunta era importante para ella. Y para él.
—Sí, Sakura —dijo Neji con una tranquila intensidad—. Me dolería.
—Oh. —Ella guardó silencio durante un largo instante. Luego dijo—: ¿Estás seguro de que realmente estaremos a salvo en ese sitio al que vamos?
Neji sonrió levemente. Sakura era tan hábil como él a la hora de cambiar de tema. Daba igual. Había tiempo. Se aseguraría de que hubiera tiempo de sobras.
—Ya estamos a salvo; hemos dejado atrás las defensas. La reina queda alertada en el instante en que un Tuatha de Danaan cruza sus defensas y llega a estar a menos de mil leguas de las tierras de los Uchiha, y esas defensas siempre identifican al que las ha violado. Es el único sitio al que Darroc no puede ir sin revelar su presencia ante Mito. Si lo hiciera, la partida habría terminado, y él no va a permitir que eso ocurra. Además, está muy poco familiarizado con el reino humano, y si conozco a Darroc, se concentrará en lo que lo ha traído a Cincinnati. Seguirá intentando encontrar a Madara.
—¿La reina sabrá que has cruzado sus defensas?
—Las defensas fueron hechas pensando en un Tuatha de Danaan, cosa que ya no soy, así que no lo creo.
—Tampoco creías que Darroc fuera a encontrarnos tan pronto.
No era una pregunta, pero él respondió de todos modos.
—Subestimé a Darroc. No se me ocurrió que se atrevería a traer más cazadores. Nunca podría habernos encontrado tan deprisa con sólo los cuatro cazadores que viste con él en Cincinnati. Pero hizo acudir a más.
—¿A cuántos más? —dijo ella, mirándolo con ojos alarmados.
—Te aseguro que no quieres saberlo. —Cuando la hizo volverse en sus brazos para poder verle la cara, él había estado mirando por encima del hombro de Sakura. Una veintena de cazadores se materializaron justo detrás de ella, a la espera del momento en que Neji se volvería hacia Darroc y dejaría de tocarla. Tan juntos que sus oscuras alas se rozaban, alzaron sus terribles cuerpos sobre ella. Neji nunca había visto a tantos cazadores juntos en el mismo sitio, fuera de su prisión del Reino Invisible. Incluso él había encontrado desconcertante la presencia de aquella oscura legión.
Más que desconcertante. Pensar que Sakura pudiera llegar a caer en sus garras había tenido que hacerle algo al corazón humano que latía en su pecho, porque de pronto sintió como si se lo... estrujaran, como si una mano gigantesca decidida a aplastarlo hubiera cerrado el puño alrededor de él.
—¿Iban por mí? —preguntó ella con cautela.
No se le escapaba nada. Neji asintió.
—Hummm... ¿más de... esto, una docena?
—Sí.
—Tienes razón —se apresuró a decir ella—. No quiero saberlo. —Otra larga pausa—. ¿Sabes...? hummm, eso que dijo Darroc de que tú y él jugabais con los mortales...
Un músculo se estremeció en la mandíbula de Neji.
—¿Qué quieres saber, Sakura?
—¿Era, ejem..., verdad?
—No —dijo Neji—. Darroc miente. Sólo intentaba llenarte la cabeza de tonterías. Causar disensión entre nosotros, el viejo método del divide-y-vencerás.
—¿De veras? —Clavó en él una mirada escrutadora, sus ojos verdes muy abiertos.
—De veras. —Le sostuvo la mirada sin inmutarse, decidido a que lo creyera y negándose a pensar en que por una vez que ella parecía estar dispuesta a hacerlo, él estuviera mintiendo. Pero lo que había sido él en el pasado ya no tenía nada que ver con lo que era ahora, y no estaba dispuesto a que se lo juzgara y condenara por antiguos crímenes.
Ella asintió lentamente, y luego dijo cambiando bruscamente de tema:
—Bien, ¿estás seguro de que esos Uchiha a los que vamos a ver me creerán? ¿Aunque no sean capaces de verte?
—Ah, ka-lyrra sospecho que no hay nada que los Uchiha no puedan llegar a creer. Han visto prácticamente de todo.
.
.
.
—Lo hemos perdido, Darroc —dijo Bastion.
Darroc miró al cazador con expresión gélida y no dijo nada. Ver a Neji con su pequeña humana le había traído a la memoria unos tiempos ya muy lejanos, cuando los dos cabalgaban juntos con el resto de la Cacería Salvaje, cuando cazaban como hermanos-dioses, invencibles y libres, sin estar sometidos a nada ni a nadie. Habían sido inseparables, y cada uno conocía los pensamientos del otro tan bien como los suyos. Los mortales no eran más que unas sucias alimañas, presas a las que cazar, meros juguetes a los que volver unos contra otros para luego divertirse viéndolos representar sus ridículas tragedias.
Pero Neji cambió. El contacto con las criaturas humanas lo había corrompido. Y se volvió contra su propia especie por una de ellas. Contra él, Darroc, que lo colmaba de favores como nunca había hecho con otro Tuatha de Danaan.
Neji se convirtió en un protector de los humanos, y pasaba la mayor parte de su tiempo entre aquellas criaturas de tan corta vida. A Darroc le resultaba inconcebible que una entidad inteligente prefiriese los humanos a los Tuatha de Danaan.
Esperaba que Neji volviera al redil cuando aquel capricho pasajero hubiese dejado de divertirlo y quedara libre de su perversa fascinación. Pero transcurrieron los milenios, y con el paso del tiempo Darroc finalmente vio a Neji como la abominación que era.
Furioso al descubrir que Neji coqueteaba apasionadamente con la humana, dejó que él y sus cazadores pudieran ser vistos. Quería que su rostro surcado por la cicatriz fuese lo último que viera Neji mientras agonizaba, mientras veía cómo Darroc hacía pedazos a su mujer.
Pero Neji no respondió como esperaba. No, reaccionó como si Darroc ni siquiera importase, como si sus burlas no pudieran herirlo, como si la seguridad de su patética pequeña mortal fuese lo único que importase para él.
Por segunda vez en otros tantos días, Neji había usado su cuerpo para escudar a su humana y luego había saltado a través del espacio antes de que Darroc pudiera detenerlo.
Y ahora el sin siriche du (quien ya no era merecedor de tan noble apelación) andaba por algún lugar del mundo humano, sabiendo que Darroc había dejado sueltos a los cazadores. Y Darroc sabía que Neji sabía exactamente lo que significaba eso: que él planeaba desafiar a la reina.
Lo que significaba que ahora Darroc tenía que volver a encontrarlo, y pronto. Antes de que al astuto príncipe de la casa real de los d'jai se le ocurriera alguna forma de atraer la atención de Mito, incluso desprovisto de sus poderes como estaba. Darroc ya no podía permitirse el lujo de prolongar su muerte. La próxima vez que viera a Neji Hyūga, su fallecimiento tendría que ser rápido. Darroc no podía dejar que la sed de venganza pusiera en peligro su objetivo final.
Con todo..., siempre podía tener consigo a la mujer durante un tiempo. ¿Así que a ella le gustaban las criaturas mágicas del sexo masculino? Darroc le enseñaría lo que podían hacerles los varones de su especie a las mujeres humanas. Así vería lo que Neji era realmente por mucho que él intentara negarlo. Tuatha de Danaan: un dios. Y ella lo adoraría antes de morir.
—No me mires así, Darroc —gruñó el cazador, y aquel sonido extrañamente discordante hizo que el anciano perdiera el hilo de sus pensamientos—. Estábamos listos. Podríamos haberlos matado en un abrir y cerrar de ojos. Fuiste tú quien insistió en separarlos y capturarlos con vida. ¿Quieres devolvernos la libertad, o es que sólo piensas en vengarte?
—Ambas cosas —dijo Darroc secamente—. Y lo que yo piense no es de tu incumbencia. Dime, ¿dónde olisteis su rastro por última vez?
—En un aeropuerto humano.
—¿Su destino?
El cazador agitó sus alas duras como el cuero.
—Había demasiados humanos cerca. Su olor había sido dispersado por el de demasiados cuerpos cuando llegamos. No pudimos determinarlo.
Darroc maldijo ferozmente.
—Déjame llamar a más cazadores. Volveremos a dar con ellos —dijo Bastion.
—El rey de los invisibles notaría su ausencia —dijo Darroc—. No es tonto.
—Pero actualmente busca su diversión en otros lugares. Hace tiempo que nadie lo ha visto.
Darroc sopesó aquella partícula de información.
Si el rey de los invisibles fuera alguien en quien se pudiese confiar, al que uno pudiera recurrir en busca de consejo o alianza... Pero en toda su raza no había nadie como el rey de los invisibles, una criatura tan antigua que Mito, quien no tardaría en tener sesenta mil años, parecía una niña recién nacida a su lado. Se rumoreaba que el rey de los invisibles contaba su existencia por muchos centenares de miles de años; algunos murmuraban que era aún más viejo que eso. Y estaba, demasiadas veces, completamente loco. Había creado su propio reino dentro del reino-de-sombras de la prisión de los invisibles, una fortaleza que se decía contenía galaxias enteras; un vasto y oscuro dominio lleno de trampas para los incautos, donde nadie que entrase sin ser invitado llegaba a salir.
De hecho, nadie había entrado allí invitado y salido después, salvo la reina invisible en dos ocasiones. Incluso ella procuraba mantenerse lo más alejada posible del rey de los invisibles.
Con todo..., si el rey estaba ocupado en otros lugares, a Darroc le iría muy bien poder contar con más cazadores.
—¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que se lo vio por última vez?
—Dos veintenas y una decena —dijo Bastion.
Un buen trocito de tiempo, un riesgo que valía la pena correr.
—Otra veintena de vosotros, no más —concedió Darroc—. Encontrad al hijo de Neji. Creo que intentará usarlo para avisar a la reina. Debemos impedir que eso ocurra. Satura tanto Cincinnati como las Highlands. Cuando hayáis localizado a ese bastardo media sangre, llámame. Y si tenéis la suerte de encontrar a Neji, no os acerquéis a él. Quiero estar presente cuando muera.
Bastion asintió con una mueca que hizo relucir sus afilados dientes.
