CAPÍTULO 17

Izuna Uchiha bebió un poco de escocés y paseó la mirada por la mesa con una sonrisa de satisfacción en los labios.

El año pasado los Uchiha habían visto prácticamente de todo.

«Y si Dios quiere —pensó fervientemente—, ahora ya no tendremos que ver nada más.»

Después de tantos eventos calamitosos, la vida había pasado a ser tranquila y dulce, todo lo que él nunca hubiera podido soñar y más. Ahora su mayor deseo era disfrutar de los placeres sencillos durante los años que le quedaran por vivir. Como un buen plato compartido con sus seres queridos, ante un fuego de turba al que se le hubiera añadido la fragancia de unas cuantas gavillas de brezo.

Contempló al resto de los comensales: estaba Sakurasou, su amada esposa, brillante doctora en física y radiante madre de sus preciosos gemelos de dos meses de edad, que hablaba alegremente con Hotaru de —entre todos los temas posibles— las escuelas a las que algún día podrían asistir sus hijos.

Y estaba Hotaru, la amada esposa de su hermano, erudita y experta en antigüedades. La semana pasada supieron que Hotaru no tardaría en traer al mundo nuevos miembros del clan de los Uchiha, y desde entonces ella estaba radiante, al igual que lo estaba su esposo, Utakata.

Ah, y también estaba Utakata, su gemelo, tres minutos más joven que él, y su mejor amigo.

Ya habían transcurrido varios meses desde aquella noche en el Edificio Belthew, cuando Utakata se enfrentó a los draghar, una secta surgida en tiempos modernos que quería resucitar al antiguo druida cuyo nombre habían tomado sus miembros, y los venció. Los ojos de Utakata volvían a estar claros y brillantes, y cualquier cosa lo hacía reír. Izuna no recordaba haberlo visto nunca tan feliz.

En un primer momento, Utakata había hablado de edificar su propio castillo en el tercio norte de las tierras de los Uchiha, pero Izuna enseguida puso fin a tan ridículo proyecto.

El castillo cuya construcción se encargó de supervisar para Izuna y Sakurasou —el fabuloso hogar que había sido un auténtico trabajo de amor, y que así lo proclamaba en cada uno de sus detalles ingeniosamente ejecutados— contenía más de ciento veinte habitaciones. Había sido concebido para acoger un clan entero, e Izuna tenía intención de que hiciera precisamente eso.

No había perdido a su hermano en dos ocasiones anteriormente para despedirse ahora de él con un adiós cualquiera. Los clanes no eran como las familias de la época moderna. Los clanes de las Highlands permanecían juntos, trabajaban juntos, jugaban juntos, y criaban a sus niños juntos. Conquistaban su propio pequeño rincón del mundo y lo llenaban a rebosar con esa herencia única de la que tan orgullosos estaban.

De ahí que Utakata y Hotaru hubieran decidido establecer su residencia en el castillo, felices de poder instalarse en una suite del ala oeste, justo enfrente de la que ocupaban Izuna y Sakurasou en el este.

Y cada atardecer, a las siete en punto sin falta, se reunían para cenar (sus esposas insistían en que se vistieran adecuadamente para la ocasión y él se habría puesto cualquier cosa que le dijera Sakurasou, por horrible que le pareciese, con tal de ver a su querida esposa luciendo aquellos vestidos y zapatos tan sexys que llevaban las mujeres del siglo XXI, y el castillo se llenaba de risas, una buena conversación y el calor del amor.

Izuna ladeó la cabeza y alzó la mirada hacia el retrato de su padre, Fugaku, y su madrastra, Shizune, que colgaba sobre la chimenea. Imaginó que un brillo de diversión iluminaba los ojos castaños de Fugaku y la sonrisa de Shizune se volvía aún más dulce. Sí, la vida podía ser buena. Después de todas las duras pruebas y tribulaciones, se había asentado en una apacible cadencia, sin complicaciones de vida o muerte, infracciones del juramento, viajes por el tiempo, maldiciones, druidas malvados, gitanos, videntes enloquecidas o Tuatha de Danaan.

Ahora Izuna veía extenderse ante él una larga temporada de paz y tranquilidad.

El resto de su vida discurriría por el buen camino.

Apartó su plato e iba a sugerir que fuesen a la biblioteca cuando su mayordomo, Farley, entró a toda prisa con el pelo blanco erizado y su alta silueta encorvada más tiesa que un palo. Estaba claro que algo lo había sacado de sus casillas.

—Milord —dijo Farley con un bufido de disgusto.

—Señor Uchiha —lo corrigió Izuna por enésima vez, con una sonrisa de esto-ya-no-tiene-ninguna-gracia-pero-no-me-voy-a- enfadar. Por muchas veces que le dijera a Farley que él no era ningún noble con tierras, que simplemente era el señor Uchiha, que era Daisuke (su descendiente de la época moderna que vivía carretera arriba en el castillo más viejo de sus posesiones) quien tenía derecho a que se lo llamara milord, Farley nunca se daba por enterado. El viejo mayordomo —que tenía ochenta y tantos años, pero insistía en que sólo tenía sesenta y dos y obviamente no había trabajado como mayordomo un solo día de su vida hasta que fue a llamar a su puerta— estaba decidido a ser mayordomo de un lord. Y no había más que hablar. Farley no iba a permitir que Izuna interfiriese con esa aspiración.

De no haber sido por Sakurasou, Izuna hubiese podido mostrarse más severo a la hora de corregir a su mayordomo, pero Sakurasou adoraba a Ian Llewelyn McFarley, y desde el día en que lo vieron llegar, seguido por otros muchos McFarley a los que dar trabajo dentro del castillo y los alrededores, algunos días Izuna ya no estaba seguro de si vivía en el castillo Uchiha o en el castillo Farley.

Si el derecho se derivaba del poder, pensó sardónicamente, era el castillo Farley por una mera cuestión de superioridad numérica. Según el último recuento tenía a su servicio a catorce hijos y diecisiete nietos de su mayordomo, y además de ellos en sus tierras había doce bisnietos, con edades que iban desde el niño de pecho hasta el adolescente. Los McFarley eran muy prolíficos, y se reproducían tan deprisa como los clanes de antaño. Izuna ardía en deseos de recortar la ventaja que le llevaban. Estaba seguro de que lo pasaría muy bien intentándolo, pensó mientras recorría posesivamente con la mirada a su menuda y sensual esposa.

—Sí, milord Uchiha.

Izuna puso los ojos en blanco. Sakurasou se llevó la servilleta a los labios para que no la oyeran reír.

—Como estaba intentando decirle, milord —prosiguió el mayordomo—, tiene usted una visitante, y aunque puede que yo no sea quién para decirlo, es... —sorbió el aire cuidadosamente por la nariz— de lo más indecorosa. No como la joven señorita Hotaru aquí presente —enorme sonrisa de viejecito enamorado—, o nuestra deliciosa lady Sakurasou. A decir verdad, más bien me recuerda a ése... —indicó con la cabeza a Utakata—, la primera vez que llegó aquí. Para mí que a esa joven le pasa algo.

Izuna sintió un súbito vacío en el estómago. El orden del día era paz y tranquilidad. Nada más. Miró de manera interrogativa a su esposa.

Sakurasou se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

—Yo no he invitado a nadie, Izuna. ¿Invitaste a alguien, Hotaru?

—No —replicó Hotaru—. ¿Qué diría usted que le pasa a esa joven, Farley? —preguntó con curiosidad.

Otro bufido de disgusto. Unos cuantos carraspeos, y luego una expresión profundamente ofendida antes de que Farley continuase hablando.

—Es una joven bastante hermosa, quiero decir, cuando uno puede llegar a mirarla, pero... —Se calló, suspiró como si se sintiera profundamente ofendido por algo y se aclaró la garganta unas cuantas veces antes de proseguir—. Al parecer sufre ciertos, ejem..., problemas de solidez.

—¿Qué?—dijo Sakurasou, al tiempo que fruncía el entrecejo—. ¿Problemas de solidez? ¿Qué significa eso exactamente, Farley?

Izuna inhaló profundamente y luego exhaló muy despacio. No le gustaba nada cómo había sonado aquello. Los problemas de solidez no auguraban nada bueno para la serenidad de los ocupantes del castillo Uchiha.

—Significa precisamente lo que he dicho. Esa joven sufre problemas de solidez. —reiteró Farley, obviamente reacio a comprometerse más con una descripción de aquella invitada a la que nadie esperaba.

—Oh, cielos —murmuró Sakurasou—. ¿Quiere usted decir que es sólida y al mismo tiempo no lo es? ¿Que se vuelve invisible?

—Nunca oirá tal cosa de mis labios —replicó Farley envaradamente—. Semejante afirmación haría que a uno lo tomaran por loco.

—¿Y pregunta por mí? —dijo Izuna con irritación. ¿Cómo era posible? Las únicas personas que conocía en el siglo XXI eran aquellas con las que había tenido alguna clase de trato previamente, ya fuese a través de Sakurasou o desde que se habían instalado en la propiedad de los Uchiha. Ciertamente nunca conoció a nadie que tuviera problemas de solidez. A decir verdad, Izuna hubiese evitado a esa persona como a la peste. Había tenido suficientes hechizos y encantamientos para una docena de vidas.

—No, la joven pregunta por ése. —Farley señaló con la cabeza a Utakata.

—¿Por mí? —Utakata parecía muy sorprendido. Miró a Hotaru y se encogió de hombros—. Ni idea, chica.

Izuna suspiró con expresión abatida y se levantó del asiento Adiós a la paz, la tranquilidad y los placeres sencillos. ¿Cómo se le había ocurrido pensar que un druida de los Uchiha podía llevar una vida normal, en el siglo que fuese?

—Bien, será mejor que averigüemos de qué se trata —dijo—. Porque creo que no tendremos la suerte de que esa joven con problemas de solidez pase a volverse no- sólida de manera permanente y nos deje en paz.

Cuando se encaminó hacia la gran sala, Utakata, Sakurasou y Hotaru se apresuraron a seguirlo.

De pie en la entrada del castillo, Sakura sacudía la cabeza con cara de perplejidad. Neji no se había molestado en decirle que los Uchiha vivían en un magnífico castillo con torretas redondas y torres cuadradas, rodeado por un grueso muro de piedra, y lleno de barbacanas y rastrillos medievales, donde todo era tan enorme que las doce habitaciones de su casa victoriana cabían en la gran sala y aún sobraría espacio.

Tampoco la había advertido de que tal vez quisiera pasarse un cepillo por el pelo o empolvarse la nariz y tratar de ponerse un poco presentable antes de conocer a los... aristócratas o... pares o cualquiera que fuese la clase de gente señorial que ocupaba el castillo.

No, sólo otro abrupto dejar caer a Sakura Haruno, privada de sueño y sin tener ocasión de asearse, dentro de otra situación insondable para la que no estaba preparada.

Inclinó hacia atrás la cabeza y examinó los alrededores. Una balaustrada intrincadamente tallada circundaba el vestíbulo del segundo piso, y una elegante escalera doble descendía desde los lados, se cruzaba en el centro y luego volvía a bajar en un ancho tramo de escalones de mármol. Parecía salida de un cuento de hadas, la clase de escalera por la que una princesa podía bajar majestuosamente, luciendo un vestido muy elegante, para acudir al baile de gala.

Brillantes tapices adornaban las paredes, había gruesas alfombras esparcidas por todas partes, y los numerosos ventanales estaban embellecidos con cristaleras de colores. Los muebles del vestíbulo eran enormes piezas talladas, llenas de complejos motivos hechos en nudos celtas. Había dos chimeneas, ambas lo bastante grandes para que un hombre adulto pudiera estar de pie dentro de ellas, y sillas de respaldo recto tapizadas de espléndidos brocados ante las chimeneas y alrededor de relucientes mesas de maderas nobles.

Había corredores que se alejaban en todas direcciones, y Sakura se sintió incapaz de imaginar cuántas habitaciones habría allí. ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Con pasadizos secretos y mazmorras incluidas?, pensó fantasiosamente.

No fue hasta que empezaron a subir por el largo camino privado que serpeaba hasta el interior de la propiedad cuando Neji por fin dio a conocer la fascinante, aunque muy elemental y apenas esbozada, información de que los Uchiha descendían de un antiguo linaje de druidas que habían servido a los Tuatha de Danaan durante eones; y que eran los únicos encargados de respetar y defender la parte correspondiente a la humanidad del Pacto entre los humanos y las criaturas mágicas.

—¿El Pacto? —repitió ella, atónita.

Los libros de la familia Haruno contenían muy poca información sobre aquel legendario tratado. Sakura empezaba a comprender que si sobrevivía a todo aquello, podría añadir todo un caudal de información a los volúmenes para generaciones futuras —información cada vez más precisa, además— que dejaría pequeño a cuanto contenían ahora.

Quizás incluso tendría ocasión de ver el..., ejem, artefacto sagrado o lo que quiera que fuese —ni siquiera sabía qué aspecto se suponía que tenía— aquel Pacto.

¿Y cuántas cosas, se preguntó, inflamada por la curiosidad, podrían llegar a contarle los Uchiha acerca de las criaturas mágicas? Como defensores del tratado, deberían saber mucho sobre ellas. Sakura ya ardía en deseos de sonsacarles toda esa información.

La ironía de aquellos pensamientos no le pasó desapercibida, y resopló suavemente. Sakura llevaba toda una vida resuelta a esconderse de todo lo que estuviese relacionado con las criaturas mágicas, negándose a abrir los libros, volviéndole la espalda a todo lo que fuera mágico, y de pronto estaba impaciente por saber todo lo que pudiera acerca de aquellas criaturas.

Los libros de la familia Haruno habían resultado estar equivocados acerca de muchas cosas.

Y ella necesitaba saber en cuántas cosas se habían equivocado, y hasta qué punto.

Sólo entonces podría esperar entender al oscuro y seductor príncipe del pueblo mágico que había irrumpido en su vida para volverlo todo del revés.

Alzó los ojos hacia él. Neji guardaba silencio y miraba al frente, su gran cuerpo inmóvil y tenso. ¿Porque no estaba seguro de cómo los recibirían? Le costaba imaginarse a Neji inseguro acerca de nada.

Sakura ya levantaba la vista hacia él para inquirir al respecto, cuando los dos hombres entraron en la gran sala y la pregunta se le fue de la cabeza.

Eran simplemente los dos hombres más espléndidos que había visto nunca. Gemelos, aunque distintos. Ambos eran altos y muy corpulentos. Uno medía unos cuantos centímetros más, con una oscura cabellera que terminaba un poco por debajo de los hombros y ojos marrones oscuros, mientras que el otro llevaba su larga cabellera recogida en una trenza que le llegaba hasta la cintura, y sus ojos eran tan dorados como el torque de Neji. Iban elegantemente vestidos con trajes hechos a medida en tonos oscuros, y sus magníficos cuerpos rezumaban puro atractivo sexual.

«Oh, cielos —se maravilló Sakura—, no hacen hombres así en Estados Unidos.»

¿Serían escoceses típicos? En ese caso, tendría que encontrar alguna forma de traer allí a Ayamé. Su amiga entendía mucho de novelas románticas, sentía debilidad por las que transcurrían en Escocia, y aquellos dos hombres parecían recién salidos de una de las cubiertas de esos libros.

—Intenta no mirarlos con la boca abierta. Sólo son humanos. Mortales. Insignificantes. Y están casados. Ambos. Felizmente.

«Eso quiere decir que no podré encontrarle pareja a Ayamé», admitió Sakura de mala gana al tiempo que alzaba la mirada hacia Neji. La mano de él permanecía posesivamente inmóvil sobre el hueco de su espalda, y la miraba con una expresión inconfundiblemente irritada que se parecía un poco a... ¿los celos?

¿El sin siriche du estaba celoso de dos humanos? ¿La causa de esos celos era ella? Parecía tan improbable que era una tontería pensarlo; sin embargo, la idea hizo que Sakura sintiera un pequeño nudo de emoción en la garganta.

—No los miro con la boca abierta —logró decir, y realmente no lo hacía, porque tan pronto como volvió la mirada hacia Neji, vio que aunque aquellos dos hombres podían ser magníficos para lo que se estilaba entre los humanos, no eran nada comparados con él.

«Coge a esos dos hombres, júntalos, rocíalos con un poco de polvo de criatura mágica, frótalos diez veces con la sensualidad deslumbrante y el peligro elemental, y tendrás a Neji Hyūga», pensó.

—Utakata, ¿estás viendo...? —comenzó a decir el más alto de los dos, con una nota de disgusto en una voz muy grave adornada por un suave acento.

—¿Algo así como el contorno borroso de una muchacha, Izuna? —terminó por él su gemelo de ojos dorados, con el mismo acento sensual.

—Sí —dijo con ceño aquel al que llamaban Izuna.

—Sí —convino Utakata.

—¡Oh! —exclamó Sakura. Se había olvidado de que Neji le había puesto la mano en el hueco de la espalda (¡maldito fuese aquel hombre, había logrado acostumbrarla hasta tal punto a su continuo contacto que ahora era más probable que notara su ausencia que no su presencia!). Y, ¿cómo podían verla los Uchiha?, se pregunté al tiempo que fruncía el entrecejo. ¿Sería porque eran druidas? ¡Cielos, tenía tantas preguntas...!

Se apartó de Neji, y pasó a disculparse ante aquellos dos hombres tan altos y oscuros.

—No saben ustedes cómo lo siento. Siempre se me olvida que desaparezco en cuanto él me toca, porque nada desaparece para mí. Supongo que probablemente le habremos dado un buen susto a su mayordomo. —Vio que la miraban con cara de no entender nada, y se apresuró a seguir hablando—: Soy Sakura Haruno —dijo, al tiempo que daba un paso adelante y les ofrecía la mano—, y ya sé que ustedes no me conocen, y sé que probablemente esto les parecerá bastante raro, pero puedo explicarlo. ¿Podríamos sentarnos en algún sitio? Siento como si lleváramos siglos viajando.

Los dos hombres se miraron.

—¿«Lleváramos»? —preguntó cautelosamente el que se llamaba Izuna.

—Oh, Izuna, por el amor de Dios —exclamó una mujer menuda que tenía los cabellos de un rosa plateado y lucía unas cuantas guedejas sobre la frente—, ¿dónde están tus modales?

Una segunda mujer, también menuda pero en cuya larga melena rizada se alternaban el cobre y el oro, emergió de detrás del otro gemelo, y ambas se apresuraron hacia Sakura para darle la bienvenida.

—Soy Sakurasou —dijo la del pelo rosa plateado—, y éste es mi esposo, Izuna. Éstos son Hotaru y su esposo, Utakata.

—Encantada de conocerlas —dijo Sakura, y ver a aquellas dos mujeres tan hermosas la hizo sentirse como si fuese la reina del desaliño. Acababa de llegar a un castillo muy elegante y estaba con cuatro personas elegantemente vestidas, había viajado sin parar durante un día y medio —al menos ésa era la impresión que tenía, ya que las zonas horarias habían sufrido un cierto desbarajuste— y tras cuatro cambios de avión y varias horas de estresante conducción, lo aparentaba. El pelo se le había soltado del pasador hacía unas cuantas horas para quedar reducido a una especie de cresta sobre su nuca, no llevaba nada de maquillaje, y hasta las arrugas de su ropa tenían arrugas. Se volvió hacia Neji para lanzarle una mirada asesina.

—No me lo puedo creer. ¿Por qué no me dijiste que veníamos a un castillo y que todas estas personas estarían aquí? Mírame, estoy hecha un adefesio y no sé ni qué hora es.

—Hummm, disculpa, pero ¿con quién hablas? Y no estás hecha un adefesio —le aseguró Hotaru—. Créeme, Sakurasou y yo las hemos visto de todos los colores y sabemos qué es estar hecho un adefesio, pero ése no es tu caso. ¿Verdad que no, Sakurasou?

Sakurasou sonrió.

—Claro que no. Para estar hecha un adefesio has de tener el mono porque se te ha acabado la nicotina, y haber pasado una semana metida en un autocar lleno de turistas de la tercera edad, caerse dentro de una caverna y aterrizar encima de un cuerpo.

—Para que luego te hagan retroceder unos cuantos siglos en el tiempo, sin que tengas ni idea de lo que está pasando —estuvo de acuerdo Hotaru—. Y además tú ibas desnuda, ¿no?

Sakurasou asintió irónicamente. Sakura parpadeó.

—Te di mi plaid —protestó Izuna indignadamente—. Nunca tuve intención de enviarte de regreso desnuda como una recién nacida, Sakurasou.

Sakurasou lo miró con ojos llenos de amor.

—Ya lo sé —dijo con dulzura.

El gemelo llamado Utakata sacudió la cabeza con una mueca de impaciencia.

—Intentemos centrarnos un poco, muchacha. ¿A quién le hablas que no podemos ver?

«¿Retrocedió unos cuantos siglos en el tiempo? ¿Desnuda? ¿Qué?» Cielo santo, ¿serían como el hijo mitad criatura mágica de Neji, personas desplazadas en el tiempo? Su vida y su pequeño rincón del Tri-Estado empezaban a parecerle cada vez más normales con cada día que transcurría.

—Cuéntaselo, Sakura —la apremió Neji con impaciencia.

Sakura parpadeó y asintió.

—Tengo a una, ejem..., a una criatura mágica aquí conmigo.

—A un Tuatha de Danaan —la corrigió Neji con una mueca de irritación—. Dicho así haces que suene como si yo fuera el hada Campanilla.

—A un Tuatha de Danaan —se enmendó ella con una sonrisita—. Dice que lo hago sonar como si fuera el hada Campanilla, pero, creedme, nadie podría confundir nunca a Neji Hyūga con el hada...

—¿Neji Hyūga de los Tuatha de Danaan? —exclamó Utakata, y aquellos exóticos ojos dorados se abrieron un poco más.

—¿Lo conocéis? —Se volvió hacia Neji, bastante disgustada—. No me dijiste que te conocían.

—No estaba seguro de que Utakata conservara algún recuerdo de mí, ka-lyrra. Se encontraba a las puertas de la muerte, y no sabía si Mito le habría permitido acordarse —dijo él suavemente.

—¿Te refieres al Tuatha de Danaan que le salvó la vida a mi esposo? —exclamó Hotaru—. ¿Está aquí contigo?

¿Neji le había salvado la vida a Utakata? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué hacía él, ir por el mundo salvándole la vida a la gente? ¿Qué clase de criatura mágica era ésa? Sakura nunca había oído hablar de una que hiciera esas cosas. Las criaturas mágicas no iban por ahí ayudando a los humanos.

«Oh, esos dichosos libros de la familia Haruno...» Sakura se preguntó si habría algo en lo que acertasen acerca de Neji Hyūga. Aparte de su inmensa sexualidad, claro.

Neji sonrió levemente, le puso un dedo debajo de la barbilla y le cerró la boca con mucha gentileza. Luego fijó la mirada en sus labios y le resiguió suavemente el labio inferior con la almohadilla del pulgar. Cuando aplicó una delicada presión, Sakura se avergonzó al sentir que se apresuraba a sacar la lengua de la boca para saborearlo. No tenía intención de hacerlo; simplemente no había podido contenerse.

Él la miró con el rostro oscurecido por el deseo e hizo un sonido gutural. Con las ventanas de la nariz súbitamente dilatadas, tragó aire unas cuantas veces y luego dijo:

—¿Cómo, es que no leíste nada al respecto en esos estúpidos libros tuyos, Sakura? No casa mucho con todas tus ideas preconcebidas. Quién se lo iba a imaginar, ¿verdad?

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Me hubieses creído? —replicó él fríamente.

Ella torció el gesto.

—Por eso no te lo dije. —Dejó que su mano cayera del rostro de ella.

—Oh, ¿habéis visto eso?—oyó que exclamaba Sakurasou, como desde una gran distancia—. ¡Ha vuelto a desaparecer! ¡Es realmente fascinante! Y ahora ya vuelve a estar aquí.

Sakura aún tenía la mirada levantada hacia él cuando Hotaru la cogió de la mano.

—Oh, bienvenidos, bienvenidos, los dos. ¿Tenéis hambre? ¿Sed? ¿Qué podemos traeros? Y espera, deja que cojamos vuestro equipaje. Así que, ejem... —Titubeó por una fracción de segundo—. Ya sé que probablemente no sea el momento más apropiado, pero ¿cuántos años tiene Neji Hyūga? Porque verás, el caso es que tengo unas cuantas preguntas sobre la Edad de Hierro. De hecho —confesó con nerviosismo—, tengo bastantes preguntas sobre varios...

—¿Puede comer y beber? —la interrumpió Sakurasou, con una expresión absolutamente fascinada—. Quiero decir, ¿de verdad está aquí? Y, esto... ¿exactamente dónde es aquí? ¿Se encuentra en otra dimensión o algo por el estilo? ¿Paralela a la nuestra, quizá?

Utakata ae Izuna se miraron burlonamente y sacudieron la cabeza.

Después Izuna fue hacia su esposa y le pasó un brazo alrededor de los hombros. Con su mirada plateada ónix llena de resignación dijo:

—¿Por qué no nos concentramos en si esta chica tiene hambre o no y dejamos que las cuestiones de historia y física esperen un poco? —Inclinó la cabeza en un gesto dirigido a lo que había cerca de Sakura y dijo, con una tranquila formalidad—: Los Uchiha te dan la bienvenida, Tuatha de Danaan. Los Antiguos siempre son bienvenidos en nuestra casa.

Neji observaba a Sakura con los ojos entornados, y aunque había apreciado la ceremoniosa bienvenida de Izuna, le complacía que Utakata se acordara de él, y lo llenaba de deleite que su ka-lyrra por fin empezara a verlo por lo que era, aunque en realidad la situación no ayudaba en nada a tranquilizarlo.

No había anticipado cuál sería su reacción al ver a Sakura con los dos gemelos. No le gustaba. En lo más mínimo. Había demasiada testosterona en la habitación.

Y todo él —una cantidad bastante considerable— era invisible.

Y saber que Izuna e Utakata estaban casados tampoco bastaba para tranquilizarlo. Realmente, ¿tenía ella que sonreírles así? ¿No entendían que Izuna e Utakata eran hombres y que no te podías fiar de los hombres cuando tenían cerca a una mujer como Sakura, sin importar lo felizmente casados que estuvieran? Y Dios, él ni siquiera podía marcar su territorio. Tocarla con esas pequeñas caricias íntimas a las que se había acostumbrado no servía para establecer nada, porque cada vez que lo hacía, lo único que conseguía era hacerlos invisibles a ambos.

Nunca había odiado más ser invisible. Cuando estaba entre hombres normales allá en Cincinnati la cosa no tenía mayor importancia, pero los Uchiha no eran hombres normales.

Neji jugueteó irritablemente con su vaso vacío, haciéndolo rodar entre las palmas de las manos mientras contemplaba la botella de escocés en el mueble bar.

Con una mirada asesina a los Uchiha —que naturalmente ellos no pudieron ver, pero que al menos sirvió para hacer que se sintiera un poco mejor—, Neji se levantó, volvió a llenarse el vaso y se puso a deambular por la biblioteca. Espaciosa y con una clara atmósfera masculina, contenía huecos llenos de muebles librería en madera de cerezo, cómodos sillones y otomanas, una chimenea de mármol rosado y grandes ventanas en saliente. Neji la recorrió, examinando distraídamente los libros mientras oía cómo Sakura seguía contándoles la versión de ambos —no, la de ella— de los hechos acontecidos hasta el momento. Había intentado conseguir que la contara de la manera en que lo hubiese hecho él, pero ella parecía perversamente deleitada ante aquella ocasión de contar a los Uchiha lo mucho que se le había complicado la vida desde que Neji entró en ella.

Sakurasou y Hotaru hacían ruiditos de simpatía, y Neji podía oler el frenético establecer vínculos femeninos que tenía lugar en la biblioteca. Parecían estar muy decididos a relacionarse entre ellos, y la persona invisible era la única que se veía excluida de todo aquel ajetreo social.

Maldición, tenía hambre. Pero ¿podía saciarla? No. Su sidhe-vidente había hablado en nombre de ambos, y en vez de comer como era debido, optó por un pequeño refrigerio en la biblioteca.

¿Galletas de mantequilla, unos cuantos pasteles y nueces? Un cuerpo mortal podía expirar por falta de alimento con tan escasas raciones.

Y Sakura ni siquiera había llegado a la parte en la que aparecieron Darroc y los cazadores. Sakurasou y Hotaru parecían encontrar fascinante el concepto de las sidhes-videntes y estaban haciendo docenas de preguntas completamente innecesarias acerca de lo que suponía ser una. Al ritmo que iban, podían tardar toda la noche en llegar a las partes importantes; como lo que Neji necesitaba que hicieran. ¡Si sólo pudiera hablar por sí mismo! Empezaba a preguntarse si Sakura conseguiría dejarlo todo resuelto para Lughnassadh.

Ahora se había puesto a hablar de aquellos estúpidos apócrifos, los libros de la familia Haruno, y Hotaru, que adoraba las antigüedades y era capaz de pasarse horas enteras en una biblioteca, intentaba acordar el momento apropiado para ir a Cincinnati a verlos. Libros. El pueblo mágico corría peligro, su reina estaba amenazada, Darroc intentaba matarlos, los cazadores andaban sueltos, ¡y ellas hablaban de unos malditos libros! Lo aplacó un poco oírla decir:

—Puedes venir a verlos siempre que quieras, Hotaru, pero, francamente, me parece que mis antepasados entendieron mal bastantes cosas.

Por fin lo había admitido, pensó Neji al tiempo que entornaba los ojos para recorrer posesivamente su cuerpo con la mirada. Quería que Sakura alzase la vista hacia él. Para hacerlo sentir menos invisible.

Se disponía a salir de allí y servirse algo de la cocina cuando Utakata dijo pensativamente:

—Así que es el féth fiada con el que ha sido maldecido lo que impide que podamos verlo.

Neji volvió la cabeza hacia él como impulsado por un resorte.

—¿Qué sabe él de eso, ka-lyrra? —dijo, súbitamente alerta. Utakata era otro imponderable humano, como su sidhe-vidente; las cosas que tuvo que soportar el año pasado lo habían cambiado en formas que nadie podía saber con certeza cómo afectarían al resto del mundo. Hasta tal punto había cambiado, de hecho, que cuando el Utakata actual se encontró consigo mismo en el pasado, aquel encuentro —que debería haber hecho que uno de los dos dejara de existir— no tuvo la menor consecuencia. Lo que era una parte de la razón por la que el Gran Consejo se mostró tan firme al insistir en que Utakata tenía que ser destruido. Naturalmente, algunos de los consejeros habían obrado impulsados por motivos más nefandos, como Darroc.

—Sí, lo es, y Neji quiere saber qué sabes acerca de ese hechizo —se encargó de relatar Sakura por él.

Utakata sonrió levemente.

—Más de lo que nunca quise saber. Lo usé para tomar prestados unos cuantos tomos raros que necesitaba hace no mucho tiempo. Lo llamamos el manto mágico, o la niebla de los druidas. No resulta fácil llevarlo, porque es una magia realmente sobrecogedora. Existen dos versiones de él. La versión que se les enseñó a los Uchiha, y el hechizo que conocían los draghar; un encantamiento que debes pronunciar en la lengua de los Tuatha de Danaan y que es mucho más potente, porque consiste en un triunvirato de hechizos. Nunca llegué a usar esa versión.

—¿Los draghar? —repitió Sakura con ceño.

—Durante un tiempo —le explicó Hotaru—, Utakata estuvo poseído por las almas de trece malvados druidas antiguos que los Tuatha de Danaan desterraron a una prisión inmortal hace cuatro mil años. Los llamaban los draghar.

—Oh. Entiendo —dijo Sakura, sin parecer muy convencida de haberlo entendido.

Hotaru rió suavemente.

—Ya te lo explicaré después, Sakura. Te lo prometo.

—¡Sí, por todos los diablos! —estalló Neji, y fue hacia Sakura. Cerró la mano sobre su brazo y le habló con voz apremiante—: Pregúntale si aún conserva los recuerdos de los draghar, Sakura. —Durante el tiempo que los trece druidas oscuros habían poseído a Utakata, el conocimiento que poseían también había sido suyo, y durante una época aquéllos tenían acceso a prácticamente toda la antigua sabiduría de los Tuatha de Danaan. Neji siempre había dado por sentado que cuando Mito destruyó a los draghar, habría borrado esos recuerdos de la mente del highlander.

Pero ¿y si no lo había hecho? ¡Si Utakata conocía la antigua contramaldición en la lengua de los Tuatha de Danaan, podía poner fin al encantamiento de Neji! Ningún simple mortal podía hacerlo, como tampoco podía hacerlo él, pero un druida del clan Uchiha que conociese las antiguas palabras ciertamente sí que podría hacerlo.

Sería capaz de hablar por sí mismo, volvería a ser visto, volvería a ser sólido, podría dejarle inequívocamente claro a Sakura que ella le pertenecía.

—De acuerdo, pero ahora ya no pueden verme, Neji. Deja de tocarme.

Deja de tocarme. Ser invisible ya lo hacía sentirse bastante impotente en presencia de los Uchiha, y la impotencia no era una sensación a la que Neji pudiera hacer frente en ningún caso, y las palabras de Sakura hicieron que algo furioso y primario se agitara dentro de él. De pronto lo consumió el impulso de recordarle que no hacía mucho ella le rogaba que la besara más profundamente, y que él tuviera la mano dentro de sus tejanos. Prácticamente dentro de ella, y Neji habría estado allí —con algo mucho más íntimo y personal que una mano— si no los hubieran interrumpido. Que tenían pendiente un asunto de la mayor importancia al que debían prestar atención.

Con un ágil movimiento, la tomó en sus brazos y le aplastó la boca con un beso apasionado y salvaje que se sumergía, reclamaba y decía: «Soy tu hombre, y que no se te ocurra olvidarlo.»

Si ella no hubiera cedido de inmediato para apoyarse en su cuerpo y aceptar completamente su beso, Neji no estaba seguro de lo que hubiese podido llegar a hacer él. Se conformó con agradecer no tener que averiguarlo. En la biblioteca, invisible, con muy poco o ningún jugueteo preliminar, no era como él quería que fuese la primera vez de Sakura. Quería que la primera vez de su sidhe-vidente fuese una seducción abrumadora, perfecta y arrebatadora que marcaría para siempre su reluciente alma dorada.

Afortunadamente, ella no sólo cedió de inmediato sino que sus rodillas ejecutaron esa especie de pequeña genuflexión tan profundamente femenina que lo hacía sentirse como un verdadero dios entre los hombres, y eso le permitió decidirse a soltarla.

Cuando lo soltó, ella se recostó desmadejadamente en el asiento, los labios separados y los ojos desenfocados. Se había sonrojado un poco y parecía algo aturdida, porque la vieron sacudir la cabeza.

Lo complació ver que Utakata e Izuna la miraban fijamente y luego cruzaban una mirada significativa. Bien, por fin había conseguido marcar su territorio, al menos un poco.

—Quiere saber si conservas los recuerdos de los draghar —dijo Sakura, volviendo a sacudir la cabeza como si aún no hubiera logrado despejarse del todo.

Utakata asintió.

—Por eso lo mencioné.

—¿Te acuerdas? —dijo Izuna con cara de susto.

—Sí, aunque ellos se han ido, sus recuerdos perduran. Su conocimiento pasó a ser mío.

—Dios, nunca me hablaste de ello —gruñó Izuna—. ¿Todo su conocimiento?

—Sí. Todo ese conocimiento ha quedado acumulado en mi mente. No he hablado de ello porque carecía de relevancia. Ahora que los draghar ya no están dentro de mí, no siento ninguna tentación de usar nada de lo que sé. Y la respuesta es otra vez sí, creo que puedo liberarlo de su maldición. No sé qué pensarás tú, pero yo preferiría poder verlo. Esa invisibilidad suya no me hace ninguna gracia. Empieza a ponerme un poco nervioso.

—Sí —dijo Neji, lleno de júbilo—. Hazlo. Ahora mismo. Lo más deprisa que puedas. —Si hubiera sospechado que Utakata aún poseía los recuerdos de los trece, habría ido allí sin perder un instante en cuanto la reina lo dejó abandonado en Londres.

Pero nunca se le había ocurrido imaginar que Mito permitiría que aquellos recuerdos permaneciesen en la memoria del highlander; una parte tan grande del conocimiento de los draghar era innatamente peligrosa, intrínsecamente corruptora. Soltó un bufido. La reina había empezado a volverse un poco descuidada. Cuando volviese a ser inmortal, él y Mito mantendrían una larga conversación. Quizá ya iba siendo hora de que él ocupara un asiento en su infernal Gran Consejo y se ocupara personalmente de los asuntos importantes.

—Pregunta si tendrías la amabilidad de intentarlo —tradujo Sakura, al tiempo que lo reñía con la mirada.

Él se encogió de hombros. Estaba impaciente, y ella hubiese tenido que entenderlo.

—¿Es magia prohibida? —le preguntó Izuna a Utakata.

—No. Pero es la antigua magia de los Tuatha de Danaan. No algo que tuviera que dársenos para que pudiéramos usarlo, aunque ahora que pienso en lo que me dejó la reina, bueno...

—¿Notas que hay algo peligroso en esto? —insistió Izuna.

—No, sólo es un cántico en su lengua.

—Por el amor de Dios, ¿quieres hacer el favor de decirlo de una vez? —siseó Neji—. Necesito ser visto. No aguanto esta maldita invisibilidad.

—La elección es tuya, hermano. Lo dejo a tu juicio —dijo Izuna.

—No veo que haya ningún mal en ello —dijo Utakata tras reflexionar unos instantes, y se volvió hacia Sakura—. ¿Dónde está él? —preguntó.

Cuando ella señaló con el dedo, Utakata se levantó y empezó a hablar mientras daba vueltas alrededor del área que le había indicado.

O más bien, pensó Sakura, abrió la boca y el sonido salió de ella, porque en realidad no estaba hablando. Lo que brotó de sus labios no era una sola voz sino una miríada de ellas, docenas de voces superpuestas en una serie de capas que subían y bajaban, crecían y se quebraban. Era melódico pero aterradoramente disonante, hermoso pero extrañamente terrible. Como un fuego a cuyo interior pudieras arrastrarte para entrar en calor, sólo para morir de frío una vez que estuvieras dentro de él.

Hizo que todos los pelitos del cuerpo se le pusieran de punta, y Sakura comprendió que si aquélla era la antigua lengua de los Tuatha de Danaan, no era una que Neji hubiera hablado jamás en presencia de ella.

Cualquiera que fuese la lengua que él había hablado en las otras ocasiones, no era aquélla. Un sonido así podía cautivar, podía seducir a una persona en contra de su voluntad. Era antigua magia, pura y sin diluir. La clase de magia que ella siempre había imaginado poseían los cazadores. Y era una magia terrible.

—Tranquila, ka-lyrra. Tú eres una sidhe-vidente, y por eso te afecta tanto —oyó que le decía Neji en voz baja—. Por eso nunca he hablado mi lengua cuando tú te hallabas presente. Tus instintos de proteger, de reunir a toda tu gente y huir, han empezado a despertar. Si todavía viviéramos en la Antigüedad, nos oirías llegar en alas del viento y harías que todo el mundo abandonara la aldea. Respira. Lenta y profundamente.

Sakura hizo lo que él le decía. Frunció los labios y empezó a respirar por la boca, en un intento de no ponerse demasiado nerviosa mientras esperaba, con la esperanza de que aquello, terminaría pronto. Neji tenía razón, el mero sonido de aquella lengua tan antigua hacía que se sintiera extrañamente lista para entrar en combate, como si algo la impulsara a encararse con los Uchiha y obligarlos a esconderse. Luego cabalgaría por todas las poblaciones cercanas para dar la alarma.

Finalmente Utakata concluyó, y Sakura oyó cómo Sakurasou y Hotaru decían simultáneamente, con voz entrecortada:

—Oh, Dios mío.

Sakura abrió los ojos.

Izuna se había puesto en pie y fruncía el ceño, una expresión reflejada por su gemelo. Ambos miraban fijamente a Neji, al que era obvio que ahora sí podían ver. Después miraron a sus esposas, y luego volvieron nuevamente la mirada hacia Neji.

Sakura absorbió las expresiones en los rostros de Sakurasou y Hotaru, y de pronto ya no se sintió tan atormentada por llevar toda una vida seducida por las criaturas mágicas.

«No me pasa sólo a mí», pensó con gratitud. No era ninguna inmoral, una mera presa sin fuerza de voluntad ni sentido de la disciplina que sólo esperaba el momento de ser abducida por el pueblo mágico; las criaturas mágicas tenían algo magnético y desusadamente seductor, que era simplemente irresistible para las mujeres. Porque ahora podía ver que Neji afectaba a Hotaru y a Sakurasou exactamente del mismo modo en que la afectaba a ella.

¿Y cómo no iba a hacerlo?, pensó ahora que podía verlo bajo una nueva luz a través de los ojos de ellas. Un metro noventa de poderoso príncipe mágico de piel dorada, su cuerpo de puro músculo esculpido y esa larga cabellera negra que le llegaba hasta la cintura en un enredo de oscura seda. Con aquellos tejanos tatuados, las botas, un jersey color marfil, la chaqueta de cuero y el torque dorado que brillaba en su cuello, Neji irradiaba un oscuro erotismo ultraterreno. Aquel rostro que parecía tallado a cincel era salvajemente hermoso, con la oscura sombra de unos cuantos días sin afeitarse. Una inteligencia muy antigua y un calor sexual a duras penas contenido brillaban en sus exóticos ojos plateados. La tenue fragancia a jazmín, sándalo y esencia masculina que siempre flotaba a su alrededor pareció llenar súbitamente la sala con su intenso y embriagador perfume. Sakura se preguntó, no por primera vez, si el olor de una criatura mágica no contendría alguna sustancia química que actuaba como un afrodisíaco sobre los humanos del sexo opuesto.

Neji era, simplemente, una fantasía viva que respiraba y de la que irradiaba una llamada irresistible que llevaba intrínseca la callada advertencia de que era peligroso acercarse a ella. Su actitud de ven-aquí-y-tómame-muñeca-porque-soy-puro-peligro-y-te-gustará era toda una provocación para los impulsos sexuales más primitivos de una mujer. La atraía por mucho que ella supiera que hubiese debido echar a correr en dirección opuesta. La atraía, de hecho, y en alguna perversa manera.

Y ahora que se fijaba en las caras que ponían Sakurasou y Hotaru, se preguntó cómo se las habría arreglado ella para no compartir la cama con Neji durante todo ese tiempo.

Claro que pensándolo bien..., no sabía hasta cuándo podría seguir resistiendo.

—Madre de Dios —murmuró Hotaru.

—Y que lo digas —jadeó Sakurasou.

El atractivo príncipe del pueblo mágico les dirigió una sonrisa sensual, juguetona y traviesa que era puro encanto diabólico, y luego la punta de su lengua asomó por un instante entre aquellos dientes tan blancos antes de que curvara los labios y una chispa plateada brillara en sus ojos.

Sakura soltó un gemido. Luego se apresuró a tragárselo, y lo camufló con una seca tosecilla. Su alijo privado de caramelo para la vista acababa de ser puesto a disposición del público para que todos pudieran consumirlo, cosa que no le hacía ninguna gracia.

Al parecer no era la única.

—¿A ti también te caía mejor cuando era invisible? —dijo Utakata sombríamente.

—Ay, sí.

—¿Debería volver a maldecirlo?

—Ay, sí.

Neji echó hacia atrás la cabeza y rió, un destello de fuego dorado en sus ojos.

—Por todos los infiernos, me alegro de haber regresado —ronroneó.