CAPÍTULO 18
Utakata e Izuna no fueron los únicos a los que les gustó ver —ejem, mejor dicho, no ver— nuevamente invisible a Neji.
Sakura sabía que había veintitrés hembras en las tierras Uchiha —eso sin contar a Sakurasou, Hotaru, ella misma, o el gato—, porque poco después de que Neji se hubiera hecho visible la noche anterior, había conocido a todas y cada una de ellas, desde la más diminuta de las crías hasta una anciana que apenas podía tenerse en pie.
Todo empezó con una criada, bastante entrada en carnes y que tendría treinta y tantos años, que entró para correr las cortinas porque ya había anochecido e inquirir si los Uchiha deseaban alguna cosa más. Nada más posar en Neji su mirada provista de gafas, la criada empezó a tartamudear y a tropezar con sus propios pies. Tardó unos instantes en recuperar una cierta apariencia de coordinación, pero logró salir de la biblioteca dando traspiés, con tanta prisa que casi tiró al suelo una lámpara y la mesita rinconera que ocupaba.
Aparentemente no perdió tiempo en alertar a las fuerzas, porque acto seguido hubo un verdadero desfile: una doncella curvilínea y muy sonrojada vino para ofrecerse a volver a calentar el té (no estaban tomando té), seguida por una doncella que reía tontamente mientras decía estar buscando un paño para quitar el polvo que se había olvidado en algún sitio (y que, cosa que no sorprendió a nadie, no apareció por ningún lado); luego una tercera entró en busca de una escoba extraviada (sí, claro, como si alguien se pudiera creer que en Escocia barrían los castillos a medianoche), después una cuarta, una quinta, y una sexta que preguntó si el señor Hyūga consideraría adecuada la Cámara de Cristal (a nadie parecía importarle qué cámara podía considerar adecuada Sakura, que ya esperaba terminar durmiendo en algún cobertizo fuera del castillo). Una séptima, una octava y una novena entraron para anunciar que la cámara del señor Hyūga ya estaba lista, ¿y querría el señor que alguien lo acompañara hasta ella? ¿Qué le prepararan un baño? ¿Y que lo ayudaran a desvestirse? (Bueno, de acuerdo, quizá no habían llegado a preguntar eso último, pero sus ojos ciertamente lo habían hecho).
Después apareció media docena más a distintos intervalos para volver a decir las mismas cosas, e insistir en que estaban allí para encargarse de suministrar «cualquier cosa, cualquier cosa que pueda desear el señor Hyūga».
La decimosexta vino para extirpar del regazo de Neji a dos niñitas sin hacer caso de sus gimoteos de protesta (y si luego no se instaló en el regazo fue únicamente porque Neji se había apresurado a levantarse), y la vigesimotercera y última era lo bastante vieja para ser la tatarabuela de alguien, e incluso ella había flirteado desvergonzadamente con «el guapo señor Hyūga», batiendo unas pestañas inexistentes sobre nidos de arrugas mientras alisaba sus ya no muy abundantes cabellos blancos con una mano surcada de venas azules y manchada por la edad.
Y como si no bastara con eso, el gato del castillo, obviamente hembra y obviamente en celo, entró contoneándose, la cola levantada hacia el techo rematada por la punta elegantemente curvada, y deslizó sinuosamente su peludo cuerpecito alrededor de los tobillos de Neji, mientras ronroneaba hasta sumirse en un estado de éxtasis que la dejó con los ojos un poco bizcos y los bigotes llenos de habitas.
«¡Dejad de llamarlo señor Hyūga! —habría querido espetarles Sakura (y le gustaban los gatos, de veras; ciertamente nunca había querido darle una patada a uno antes, pero por favor... ¿hasta los gatos?)—, él es una criatura mágica y lo encontré yo, así que es mi criatura mágica. Fuera de aquí.»
Pero todos parecían haberse olvidado de ella.
Incluso Neji. Oh, en cuanto quedó corporeizado volvió a besarla, y fue otro de esos besos posesivos que te dejaban sin aliento y te hacían curvar los dedos de los pies (y el que la besara pareció aliviar considerablemente una gran parte de la tensión y las malas caras de los gemelos Uchiha), pero luego fue a sentarse junto al fuego y, poco después de eso, se inició el desfile y Neji prácticamente no la había mirado ni una sola vez.
Y en los entreactos del Desfile de Doncellas, Sakurasou y Hotaru no paraban de ametrallarlo a preguntas (al menos ellas, benditas fuesen, ya parecían haberse recuperado del impacto de tener allí a Neji; Sakura sospechaba que eso se debía en gran parte a los hombres tan extraordinariamente atractivos con los que estaban casadas) mientras Sakura, sentada sin abrir la boca, sentía que se iba volviendo tan invisible como lo había sido Neji. Al parecer a él no le bastaba con librarse de su maldición, porque había encontrado el modo de hacerla caer sobre ella.
Hasta que Izuna, en cuanto se le hubo agotado la paciencia, ordenó a la servidumbre que se fuera a la cama, cerró firmemente la puerta de la biblioteca y, tras un instante de reflexión, le echó la llave y se apoyó en ella.
«¿Tienes que soportar eso todo el tiempo?», le había preguntado a Neji como si no pudiera dar crédito a lo que acababan de presenciar.
Neji había asentido. «Aunque hay algunas —dijo con una mirada de soslayo a Sakura—, que optan por darme una buena tunda en cuanto me ven.» Acompañó aquellas palabras con un aparatoso ademán de frotarse el labio que ella le había partido, y una leve sonrisa de despreocupación.
Sakura tuvo que apretar las manos para no saltar de su asiento y volver a atizarle. Meramente por ser Neji. Por ser tan imperdonablemente irresistible. Por ser visible, maldita fuese. ¿Por qué no podía seguir maldecido? ¿Acaso era tanto pedir?
Antes él la necesitaba. Pero ya no. Ahora podía hablar por sí mismo y Sakura había dejado de ser una intermediaria de la que no podía prescindir. Y allí había docenas de mujeres más claramente dispuestas a suministrar cualquier cosa que pudiera querer Neji, sólo con que él curvara uno de aquellos dedos tan seductores. De pronto Sakura se sintió inexplicablemente inútil.
Frunció la frente y fingió agotamiento, porque no se encontraba de humor para hacer frente a los sentimientos que le había provocado el ver cómo otras mujeres se prendaban de él. No quería seguir sentada allí y ver si ya habían empezado a escalar los muros del castillo y se disponían a entrar por las ventanas para llegar hasta él.
Sakurasou no paraba de saetear a Neji con complejas preguntas de cosmología, pero al menos consiguió hacer una pausa en ellas el tiempo suficiente para enseñarle una cámara.
Sakura quedó agradablemente sorprendida al descubrir que su alojamiento no sería ningún cobertizo exterior, sino un precioso conjunto de habitaciones en el segundo piso, con unas puertas cristaleras que accedían a una terraza de piedra de cara a un jardín. Después de apresurarse a salir allí, quedó todavía más agradablemente sorprendida al descubrir una licorera de vino llena hasta la mitad sobre la mesilla de noche.
Esta mañana ya no se sentía tan contenta de haberla encontrado, sin embargo.
Como tampoco se alegraba de haber salido sigilosamente al corredor para buscar más provisiones líquidas en otras dos «cámaras», tras lo cual tanto vino la dejó fuera de combate y se quedó dormida.
Le echó una ojeada a la cama y frunció el entrecejo. No era de extrañar que se sintiera fatal. El aspecto de la cama no indicaba que hubiera dormido ni un solo minuto en ella, y más bien parecía que hubiese dedicado la pequeña parte de la noche en que estuvo inconsciente a librar una dura batalla. Las sedosas sábanas estaban enredadas, la colcha había caído al suelo, y dos de las preciosas cortinas de terciopelo que la rodeaban habían sido arrancadas de sus soportes. Sakura conservaba un vago recuerdo de que había llegado a estar tan bebida que cuando intentó levantarse de la cama para ir al cuarto de baño, se enredó en las cortinas y acabó en el suelo.
También recordaba vagamente otra cosa que no le gustó nada. Le parecía que la noche anterior quizás hubiese llorado. Por toda clase de cosas estúpidas: novios, grandes ocasiones profesionales perdidas y... criaturas mágicas que la tenían perpleja.
En cierto momento se encontró cogiendo el teléfono para llamar a su madre.
De acuerdo, ¿para decir qué? ¿«Hola, mamá, realmente necesitaba hablar contigo de esa criatura mágica a la que he conocido. La abuela murió y no tengo a nadie más.»? Ja.
Ahora que pensaba en ello, se dijo al tiempo que se masajeaba cautelosamente las sienes doloridas, temía que hubiese llegado a marcar el número antes de colgar. No se acordaba muy bien, pero luego había tropezado con un listín de teléfonos tirado en el suelo. Y estaba abierto por la página de los prefijos internacionales, lo que no era muy buena señal.
Exhaló un suspiro de abatimiento y se recogió el pelo en un pasador con la mayor cautela posible, para que sus diminutos folículos capilares —Dios, cómo le dolía la cabeza— no gritaran demasiado alto en señal de protesta, y después abrió la puerta y salió al corredor que había más allá. Nunca había sabido aguantar el alcohol.
Una aspirina, necesitaba una aspirina.
Hacía una semana, pensó mientras echaba a andar hacia la izquierda (después de haberlo considerado unos instantes, decidió que en aquel dédalo laberíntico de corredores de piedra probablemente daría igual cuál fuese la dirección que tomara), las cosas no podían estar tan claras. Sakura sabía exactamente quién era y cuál era su lugar en el mundo.
Había sido una Haruno que hacía aquello para lo que la habían educado, ocultarse de las inhumanas criaturas mágicas, vivir una doble vida y tratar de salir del paso, la mayor parte del tiempo con no muy buenos resultados.
Luego había sido una Haruno sometida a crueles torturas por una de aquellas desagradables e inhumanas criaturas mágicas, si bien la suya era imposiblemente seductora y había adoptado la forma humana.
Luego había sido una Haruno a la que dicha imposiblemente seductora criatura mágica en forma humana protegía de unas cuantas criaturas mágicas que, ésas sí, eran realmente desagradables e inhumanas.
Y ahora sólo era Sakura, actualmente alojada en un magnífico castillo escocés que se diría salido de un sueño con un príncipe del pueblo mágico que hacía cosas tan desagradables e inhumanas como romper listas llenas de nombres, devolver renacuajos a los lagos y salvarle la vida a la gente.
Por no mencionar que además sabía besar con todo el esplendor ultraterreno de un ángel en celo.
Un príncipe del pueblo mágico al que prácticamente cada una de las mujeres que había en el castillo quería tener en su cama; y, a juzgar por cómo habían ido las cosas anoche, enseguida intentarían llevarlo allí.
Y la vida era un asco.
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Neji cerró el puño alrededor de las bragas que se había metido en el bolsillo de la chaqueta, cerró los ojos e inhaló profundamente, como si desde semejante distancia pudiera captar de algún modo el olor de Sakura.
No tuvo esa suerte, y lo único que llegó hasta él fue una ráfaga del viento de las Highlands mientras cruzaba el campo al galope a lomos de un negro corcel que no paraba de piafar. Y aunque la brisa era muy agradable, nunca podría hacerle olvidar el perfume sensual que emanaba del calor privado de Sakura.
Aquellas bragas de seda rosa eran una de las cosas que no quiso dejar olvidadas en la habitación del hotel. Si se las había sacado del bolsillo para guardarlas en su bolsa de viaje fue únicamente porque planeaba desnudarse cuando estuviera a solas con su sidhe-vidente, y no quería tener que explicar por qué llevaba unas bragas en el bolsillo, si se daba el caso de que ella las descubriese. No estaba seguro de que una mujer fuera a apreciar eso.
Ah, pero un hombre sí. Aquel trocito de seda tan íntimamente deslizado entre las piernas de una mujer se frotaba contra su delicioso montículo hasta quedar impregnado por su dulce y embriagador aroma, y conservaba esa fragancia realmente única que una mujer sólo tenía allí. Un hombre no podía percibir ese olor detrás de la oreja de una mujer o en el suave hueco de su garganta, en su pelo o allí donde terminaba su espalda.
Sólo el hombre que fuese el amante de esa mujer podría llegar a conocer aquel olor.
Neji lo conocía desde la noche en que le cogió unas cuantas bragas, y había estado condenadamente cerca de él hacía tan sólo unas noches. Se moría de impaciencia, y temía estallar si no podía hundir la cara allí pronto.
No en las bragas, sino en todo lo que le traía a la memoria aquel olor. Su cara y su lengua tenían que estar entre los muslos de Sakura y no se conformaría con inhalar, sino que la saborearía. Quería sentirla retorcerse debajo de él, quería sentirla correrse contra su boca cuando llegara al éxtasis. La lamería, y su lengua la llevaría al clímax una y otra vez. Quería mostrarle todo el placer que podía llegar a darle, atarla a él del modo más antiguo e infalible que podía emplear un hombre.
Desgraciadamente, otras cosas habían reclamado su atención.
No sólo tuvo que vérselas con Sakurasou y Hotaru, que lo sometieron a un bombardeo incesante de preguntas (para muchas de las cuales Neji no pudo encontrar las palabras que le habrían permitido responderles, y a algunas de las cuales no quiso responder porque la humanidad no dispondría de ese conocimiento hasta un lejano futuro), sino que Utakata e Izuna esperaron pacientemente hasta las tantas de la madrugada, cuando sus esposas por fin estuvieron lo bastante agotadas para ir a acostarse, después de lo cual empezaron con sus propias preguntas. Neji los puso al corriente de todo lo que había sucedido, desde el día en que el Gran Consejo decretó que Utakata debía ser sometido al juicio de sangre, hasta su propio apuro actual.
Entonces, demasiado humanamente cansado y muy frustrado por el hecho de que Sakura estuviera durmiendo sin él en algún otro lugar de aquel enorme castillo —cuando hacía días que sólo se separaban si no había más remedio, y nunca más de unos cuantos minutos—, comunicó en un tono bastante brusco cuál era el motivo de su presencia allí, y los gemelos no se pusieron nada contentos.
—¿Quieres que hagamos caer los muros que se interponen entre la humanidad y el pueblo mágico? —había rugido Izuna—. ¿Es que te has vuelto loco?
—No es que no te estemos agradecidos por todo lo que has hecho por nosotros— se había apresurado a decir Utakata—, pero acabas de contarnos que tu reina estuvo a punto de destruir a todo nuestro clan porque yo falté a un juramento, ¿y ahora nos pides que volvamos a hacerlo?
De ahí que, después de unas cuantas horas de dormir profundamente sin tener ninguna clase de sueños (aunque ahora fuese humano en cuerpo, su mente de Tuatha de Danaan seguía sin soñar), Neji todavía no estaba con su sidhe-vidente sino que cabalgaba con los gemelos Uchiha, como no había dejado de hacer en toda la mañana, a través de aquellas verdes y hermosas tierras mientras buscaba desesperadamente alguna forma de convencerlos de que en realidad no les pedía que rompieran sus juramentos, sino únicamente que... dejaran para más adelante el hacer honor a ellos.
Hasta el último momento posible.
Les aseguraría que no iba a ser necesario llegar a tales extremos.
Y sabía que si los Uchiha se negaban a ayudarlo por la razón que fuese, entonces simplemente saltaría a través del espacio para reaparecer detrás de ellos y los dejaría incapacitados (al igual que haría con Daisuke, su descendiente, que también era un druida) si no le quedaba más remedio, hasta que hubiera transcurrido Lughnassadh. Porque, por Danu, detendría a Darroc y preservaría el reinado de Mito y recuperaría su poder y se aseguraría de que Sakura estuviera a salvo durante el resto de la eternidad.
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En su defensa —y todo el mundo tenía derecho a defenderse, sin importar lo reprensibles que pudieran ser sus acciones; ésa era una de las primeras cosas que te enseñaban en la facultad de Derecho—, Sakura siempre podría decir que no había planeado hacerlo. No había ninguna clase de malicia por su parte. ¿Alevosía y abuso de confianza? Sí, eso tal vez tendría que admitirlo. Pero de premeditación nada.
Ella era muy buena persona. De veras. Probablemente hasta un noventa y cuatro por ciento del tiempo.
Seguramente se le podía perdonar el otro seis por ciento.
Tampoco era que hubiese salido de su habitación en busca de la oportunidad de difamar a alguien o echar por los suelos la imagen que ese alguien le ofrecía al mundo.
Pero la oportunidad se presentó sola (como suelen hacer las oportunidades de condenarse a uno mismo, que son especialmente taimadas), y Sakura tenía resaca, y por primera vez en más días de los que estaba dispuesta a contar, no vio a Neji esperándola con su café en cuanto abrió los ojos. No, Neji estaría vete-tú-a-saber-dónde, en vete-tú-a-saber-qué harén repleto de mujeres gimoteantes que se morían de ganas de adorarlo. Y Sakura estaba de un humor de perros, se había visto privada de cafeína, y andaba perdida por los tortuosos corredores del castillo.
Así que cuando se encontró con un corro de doncellas del castillo que hablaban en susurros del «señor Hyūga» mientras fingían quitar el polvo por el pasillo, algo que tenía un alma muy mezquina levantó su fea cabeza y enseñó unos dientecitos muy afilados.
Tampoco ayudó en nada el hecho de que las cinco doncellas fueran jóvenes y atractivas: una morena alta de largas piernas, una morena más bajita y llena de curvas, una voluptuosa pelirroja, y dos esbeltas rubias. Ni el que en aquel momento estuvieran enzarzadas en un vivo debate sobre si Neji era el tipo de hombre aficionado a los jueguecitos preliminares o si iba directo al grano.
—Bueno, le gustan los juegos preliminares —dio un respingo Sakura al oírse decir en un tono excesivamente acaramelado—, pero se le dan tan mal que te hace desear que fuese uno de esos hombres que no se andan con rodeos.
Cinco mujeres se volvieron hacia ella para mirarla con la boca abierta.
La morena de largas piernas la contempló con escepticismo. El hecho de que hablara con un dulce acento escocés sólo sirvió para irritar todavía más a Sakura.
—¿El señor Hyūga? No me lo creo. Ese hombre tan guapo es el sueño de una chica.
—Un sueño realmente malo quizás —oyó Sakura que mentían sus labios—. Ese hombre ni siquiera sabe besar.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la morena.
—Babea —dijo Sakura sucintamente.
—¿Babea? —repitió la morena al tiempo que fruncía el entrecejo. Sakura asintió, admitiendo ante sí misma que ya era demasiado tarde. Había dado el primer paso, y ya puestos sería mejor que siguiera adelante con el asunto hasta llevarlo a un Gran Final. Lo que podía faltarle en carácter, lo compensaba sobradamente con su capacidad de comprometerse.
—¿Habéis besado alguna vez a alguien que..., bueno, es como si abriera demasiado la boca? ¿Y te moja toda la cara, y cuando ha terminado de besarte, lo único que quieres es encontrar una toalla?
La pelirroja asintió enfáticamente.
—Sí, yo he besado a alguien así. El joven Jamie en el pub de Haverton. —Hizo una mueca—. Ugh. Es repugnante. Se le caen las babas.
—¿Así es como besa el señor Hyūga? —exclamó una rubia muy esbelta.
—Peor —mintió Sakura descaradamente—. Casi nunca se cepilla los dientes, y juraría que ese hombre no sabría lo que es el hilo dental ni aunque le hicieras un lacito con él alrededor de su ridícula, ejem..., bueno, mejor cambiamos de tema. Pero me parece que no debería...
—¡Pues deberías, claro que deberías! —exclamó una rubia.
—Sí, no pares —intervino la morena menuda.
—No te referirías a su cosa, ¿verdad?—dijo la pelirroja con un hilo de voz—. ¡Oh, dime que él no la tiene así!
Sakura asintió con tristeza.
—Me temo que sí.
—¿Como cuánto de ridícula la tiene? —quiso saber la morena de las piernas largas.
—Bueno —dijo Sakura con un suspiro—, ¿sabéis lo alto y corpulento que es?
Cinco cabezas se apresuraron a asentir.
Sakura se acercó un poco más y bajó la voz conspiratoriamente.
—Pues digamos que no la tiene en proporción.
—¡No! —volvieron a exclamar ellas.
—Me temo que sí. —Podría haberlo dejado en eso, debería haberlo dejado en eso, pero el monstruo de ojos verdes la tenía bien agarrada por el pelo, eso por no mencionar que además se había hecho con el control de sus labios. Sakura se quedó atónita al oírse decir—: Os doy mi palabra, el único Señor Contento al que hace contento es él mismo.
La morena de las piernas largas la miró con suspicacia.
—No quiero oír una palabra más. Anoche le vi el bulto...
—Calcetines —la cortó Sakura, y apenas pudo ocultar su expresión ceñuda. «¿Cómo se atreve esa mujer a examinar el bulto de Neji? Yo aún no me he dado permiso a mí misma para hacerlo...»—. Se mete unos cuantos calcetines en los pantalones. Aunque si hay uno bien grande y verde disponible, prefiere usar un plátano. Dice que el plátano es lo que da la mejor impresión de firmeza. Dice que visto que las mujeres llevan Wonderbra, ¿por qué los hombres no deberían poder realzar un poco sus atractivos?
—¡No! —Visiblemente escandalizadas, las doncellas se miraron como si no pudieran creerlo.
Sakura asintió.
—Es verdad. He considerado seriamente demandar a ese hombre por publicidad engañosa. Vestido, puede parecer un sueño hecho realidad, pero en cuanto se quita la ropa, es una auténtica pesadilla.
Las doncellas la miraban con distintos grados de espanto y decepción. La morena de las piernas largas era la única que aún parecía un tanto escéptica.
Sakura tomó nota de que debía hacerse con unos cuantos plátanos y depositarlos en la habitación de Neji. La idea podría haberle parecido graciosa si no estuviera tan horrorizada de sí misma. Nunca había llegado a caer tan bajo. Y al parecer aún no había terminado de hundirse en los abismos.
—Espero que no habréis notado que empiezan a faltar plátanos de la cocina, ¿verdad? Pero yo no los perdería de vista si fuera vosotras. También podríais vigilar que no falten salchichas.
Y con esas últimas palabras, pasó majestuosamente junto a ellas.
Bueno, todo lo majestuosamente a que podía aspirar una mujer con resaca que llevaba tejanos, una camiseta y zapatillas de tenis (maldición, ¿por qué no se había agenciado aquel vestido y aquellos zapatos con tacón de aguja tan sexys en Macy's cuando tuvo ocasión de hacerlo?).
—Por el amor de Dios, Izuna —dijo Neji irritado, al tiempo que cambiaba de postura sobre la silla, en un vano intento de encontrar alguna posición más cómoda aunque sabía que no había ninguna, porque las sillas de montar no se diseñaban pensando en hombres con erecciones inmortales—, hasta que os lo dije ni siquiera sabíais que el propósito de vuestros rituales de las antiguas fiestas era mantener en pie los muros que separan nuestros reinos. Pensabais que sólo eran un modo de anunciar el cambio de estación y una reafirmación de vuestro compromiso con El Pacto.
—Eso ya lo he entendido, y no pienses que me ha hecho ninguna gracia enterarme —estalló Izuna—. ¿Y si, en nuestra ignorancia, no los hubiéramos llevado a cabo en el pasado?
—En primer lugar, nunca habéis roto un juramento —masculló Neji con expresión sombría—, así que dudo que eso pudiera llegar a ocurrir. Aunque todo vuestro clan fuera aniquilado, vuestro maldito fantasma probablemente aparecería aquí y se pondría a bailar alrededor de esas malditas piedras. En segundo lugar, no es culpa mía que vuestro clan tuviera traspapelado El Pacto durante tantos siglos y os olvidarais del significado oculto de los rituales. En tercer lugar, y ésta es la única parte realmente relevante y la que no paro de repetiros... —dijo Neji, articulando cada palabra con el mayor cuidado posible. Dios, tenía tantas ganas de ver a su sidhe-vidente que le dolía todo. Ahora ella estaba en terreno seguro. Había llegado el momento. De hecho, ya tenía que haberla poseído. ¿Cuánto tiempo llevaban separados? ¿Quince horas de los mortales? Le habían parecido un siglo. Sentía frío en la piel allí donde, durante los últimos días, ella había estado constantemente apretada contra él—. La reina vendrá, Izuna. Ella nunca permitirá que los muros se vengan abajo. Mito vendrá, y querrá saber por qué no estáis celebrando el ritual. Entonces yo le explicaré lo que tenía planeado hacer Darroc, y todo se arreglará. Celebraréis los ritos mucho antes de que la ventana temporal de veinticuatro horas se haya cerrado. Y la reina se sentirá tan agradecida que ni se le pasará por la cabeza enfadarse con vosotros.
Dios, ya lo habían hablado una docena de veces. Los druidas Uchiha tenían tiempo desde la medianoche hasta el alba de las fiestas de Imbolc, Beltane, Lughnassadh, y la medianoche de Samhain, que ponían fin a las festividades, para celebrar los rituales necesarios. Durante ese tiempo los muros se volverían un poco más delgados, pero no caerían del todo hasta la medianoche de la última festividad.
Durante más milenios de los que nadie podía contar, los Uchiha siempre habían celebrado sus rituales entre la medianoche y el alba.
Cuando no lo hicieran el próximo Lughnassadh, en cuanto los muros empezaran a hacerse más tenues, Mito aparecería y querría saber qué diablos estaba pasando. Neji hubiese apostado lo que fuera a que se presentaría a mediodía o poco después. Su reina nunca permitiría que la isla de Morar quedara expuesta, como sucedería irremediablemente cuando los reinos del pueblo mágico surgieran de la nada entre los de los humanos.
Era el único modo que tenía de asegurar que la reina aparecería. Hacer caer los muros entre los reinos.
—Y además —añadió con voz sombría—, si no hacéis esto por mí, ya no habrá ningún maldito Pacto que defender. Si Darroc derroca a la reina, empezará a derramar sangre mortal en un abrir y cerrar de ojos. Entonces ya no tendréis que estar pendientes de vuestros juramentos, porque no habrá ningún muro entre los reinos. Tendréis una guerra con los Tuatha de Danaan en vuestras manos, con los invisibles moviéndose a su antojo por vuestro mundo, y creedme, unos cuantos días les bastarían para hacer tales estragos que vuestra Plaga Negra parecería un simple resfriado común en comparación. De hecho —gruñó—, la primera sangre mortal que derramará Darroc probablemente será la vuestra, porque no le gustará nada que sepáis tantas cosas sobre el modo en que actúa él. Vosotros dos sois una amenaza que Darroc querrá eliminar inmediatamente.
—Sí, en eso tienes razón—asintió Utakata, al tiempo que miraba significativamente a Izuna.
—¿Siempre le encuentra tantas pegas a todo? —le preguntó Neji a Utakata, al tiempo que le lanzaba una mirada asesina a Izuna.
—Izuna siempre se ha tomado muy en serio los juramentos y todo lo demás —dijo Utakata secamente.
—Y menos mal que uno de nosotros dos se los toma en serio —dijo Izuna, mirando a Utakata con cara de pocos amigos.
—Claro, porque si los dos nos los tomáramos tan en serio, ahora estarías muerto. Ay, se me olvidaba que yo también estaría muerto —dijo Utakata sin perder la calma.
Los labios de Izuna temblaron un instante, y luego soltó un bufido y dejó de intentar contener la risa.
—Has vuelto a ganar por puntos, hermano. Sabihondo.
—Veo que tu pequeña esposa te ha enseñado unas cuantas palabras nuevas —observó Utakata, con un levantamiento de ceja lleno de diversión.
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—Acabo de hacer algo tan terrible que ya no estoy segura de saber quién soy —farfulló Sakura sin ningún preámbulo cuando se topó con Sakurasou y Hotaru Uchiha; por fin había conseguido encontrar el centro del castillo.
Las esposas de los gemelos Uchiha estaban cómodamente instaladas en dos grandes sillas acolchadas dentro de una habitación llena de sol que ocupaba una prolongación del segundo piso de la gran sala, y el muro este era un gran panel de cristal que daba a unos frondosos jardines. Sakurasou y Hotaru la miraron y sonrieron afablemente.
—¡Oh, entra! Precisamente estábamos hablando de ti —dijo Hotaru con una gran sonrisa mientras palmeaba la silla que había a su lado—. Haznos compañía. ¿Ya has desayunado? Hay café y pasteles —señaló la mesa auxiliar—, así que sírvete. Sakurasou y yo siempre desayunamos en el solárium; puedes encontrarnos allí cada mañana. Queríamos despertarte, pero Neji insistió en que te dejáramos dormir. Dijo que hacía tiempo que no tenías ocasión de dormir en una cama de verdad.
El ceño permanente que parecía haber tomado el rostro de Sakura decreció un poco. Él no le había traído su café, pero al menos había pensado en ella.
—¿Por dónde anda? —preguntó irritadamente mientras alargaba la mano para coger un bollo caliente untado con mantequilla.
—Salió a cabalgar con Utakata e Izuna a primera hora de la mañana —replicó Sakurasou—. Mientras se alejaban oí que no paraban de hablar en gaélico y los tres estaban muy serios, así que creo que tardarán un buen rato en volver. ¿Qué es eso tan horrible que has hecho?
Sakura se dejó caer en una silla al lado de Hotaru, se sirvió una taza de café, le echó un montón de azúcar y sorbió ávidamente. Exquisito y fuerte, notó. «Gracias, Dios mío.» Sakurasou y Hotaru aguardaron pacientemente mientras ella hacía acopio de fuerzas, y cuando hubo terminado el segundo bollo Sakurasou estaba dando golpecitos en la taza con las uñas.
Sakura inspiró profundamente y empezó a hablar. Alentada por las muestras de simpatía de Sakurasou y Hotaru, terminó contándoles toda la sórdida debacle. Empezó por el exceso de vino, se saltó lo de que se había echado a llorar y casi llamó por teléfono, y finalizó el relato contando su encuentro con un contingente del Desfile de las Doncellas.
Cuando hubo terminado, Sakurasou y Hotaru reían tan fuerte que se enjugaban las lágrimas de los ojos.
—Todavía no me creo que fuera capaz de hacer algo así —dijo Sakura por duodécima vez. La bendita cafeína corría por sus venas, los bollos habían absorbido la mayor parte del malestar que sentía en el estómago, y las taladradoras que trabajaban en su cabeza habían amortiguado el nivel del sonido hasta dejarlo reducido a un tenue golpeteo. Empezaba a pensar que aún sería capaz de darse una ducha en algún momento del día. Cuando despertó, la mera idea de ir a la ducha para que miles de gotitas de agua entraran en contacto con su dolorido cuero cabelludo le pareció completamente insoportable—. Plátanos —dijo, atónita—. ¿Os lo podéis creer? Yo nunca había hecho nada parecido. No sé qué mosca me picó.
Sus anfitrionas volvieron a troncharse de risa nada más decir ella «plátanos», en un acceso de hilaridad que las obligó a apretarse el estómago con las manos.
Una sonrisita muy tenue, si bien bastante avergonzada, curvó los labios de Sakura mientras las veía reír. Lo cierto era que la cosa tenía su gracia, o la hubiese tenido de haber sido otra persona la que cometiese semejante estupidez. Si su amiga Ayamé hubiera hecho algo tan ridículo, Sakura se habría reído de ello durante meses.
Cuando por fin se calmaron un poco, Hotaru dijo:
—Oh, por favor. Anoche lo que te pasó fue que todas las mujeres del castillo miraban a tu hombre como si fuese su helado favorito y se muriesen de ganas de devorarlo. Lo entiendo perfectamente, créeme. Hay días en los que algo tan simple como ir por una calle muy concurrida con Utakata hace que me entren ganas de morder a todas las mujeres que se cruzan en mi camino. Él y su hermano Izuna están mucho más buenos que el hombre medio del siglo veintiuno, y las mujeres enseguida se pirran por ellos. La última vez que estuvimos en Inverness, una chiflada que escribe novelas románticas y había ido a hacer un recorrido turístico por las Highlands intentó convencerlo de que posara como modelo para la cubierta de uno de sus libros.
Sakurasou asintió con una mirada sarcástica.
—Suele pasar. Una vez yo casi me lié a tortas con una vendedora de una tienda de artículos deportivos.
Pero Sakura sólo había oído una cosa.
—Neji no es mi hombre —le dijo a Hotaru con voz tensa. ¿Y no era ése el quid de la cuestión?—. De hecho —añadió con amargura—, en realidad ni siquiera es un hombre.
—¿Qué diablos quieres decir con eso? —exclamó Sakurasou.
—Neji es una criatura mágica, Sakurasou. —La cosa no podía ser más obvia, pero al parecer iba a tener que hacer hincapié en ello.
¿Anoche no le había contado alguien que Sakurasou era toda una luminaria de la física?
—Un Tuatha de Danaan de sexo masculino —la corrigió Sakurasou—. As: es como pensamos en ellos. Llamarlos criaturas mágicas hace que suene como si sólo fueran unas cositas con alas. Y no lo son. Simplemente son una civilización distinta y muy avanzada, una raza con una tecnología superior, pero eso no hace que Neji deje de ser un hombre. Cielos, ¿es que no te has dado cuenta de cómo te mira? Si tienes alguna duda acerca de lo que es, fíjate en eso. Es puro hombre, única y exclusivamente eso.
Sakura se quedó muy quieta.
—¿Cómo me mira?
Sakurasou y Hotaru se miraron con incredulidad.
—Oh, por el amor de Dios —exclamó Hotaru—. La pobre anda tan despistada como yo los primeros días, ¿verdad, Sakurasou?
—Me parece que incluso un poquito más —dijo Sakurasou secamente—. Es una suerte que los hombres hayan salido a cabalgar por ahí, porque ya veo que necesitamos mantener una larga conversación entre chicas.
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Cabalgaron durante horas. Empezaba a atardecer cuando detuvieron sus monturas en lo alto de una gran elevación del terreno. El sol ya había llegado a su apogeo e iniciado el descenso, y Neji hervía de silenciosa impaciencia.
Con todo, por muy disgustado que estuviera, era imposible no dejarse afectar por la belleza de las Highlands. Desde aquel mirador privilegiado, todo el valle se extendía debajo de ellos como un bosque alguien hubiera vaciado de su contenido, en el corazón del cual se alzaba el castillo Uchiha, que parecía lejano y minúsculo. Kilómetros y kilómetros de tierras que la mano del hombre no habían llegado a tocar, se sucedían ante sus ojos, espolvoreados por los suaves tonos pastel del verano.
Neji inhaló profundamente. Cómo amaba aquella tierra. Siempre había entendido por qué los escoceses lucharon tan encarnizadamente por conservarla.
—Ah, es preciosa —murmuró—. Escocia es magnífica.
—Sí —accedió Utakata.
Izuna gruñó y luego suspiró con fuerza, como si horas de hablar y debatir no hubieran bastado para convencerlo, pero el aprecio que Neji acababa de mostrar por su tierra inclinaría la balanza finalmente.
—Lo haremos, Antiguo —dijo de mala gana. Claramente disgustado por la idea de que iba a romper un juramento, pero admitiendo la necesidad de hacerlo.
Una callada satisfacción se extendió por el cuerpo de Neji.
Eso era lo que llevaba tanto tiempo esperando escuchar; lo único que lo había mantenido a lomos de su cabalgadura, demasiado lejos de su mujer. Y con esa victoria, sus pensamientos pasaron a centrarse en Sakura.
Neji ya sabía qué regalos le haría aquella noche. Aquella noche por fin vería a su ka-lyrra vestida con algo que no fuesen unos tejanos. Luego la vería sin nada de ropa.
Desde aquel instante hasta Lughnassadh tenía ante él siete gloriosos días que podría pasar con Sakura, en unas tierras donde ninguno de los dos corría peligro alguno, sin ninguna preocupación acuciante. Sólo la de sellar sus derechos sobre ella. De ganársela en cuerpo, mente y alma. El deseo que le inspiraba Sakura ya no tenía nada que ver con la oportunidad de experimentar el sexo en forma humana, porque ahora todo se reducía a estar dentro de ella. Hacerla suya. Ser el que hiciese aparecer una mirada ensoñadora en aquellos hermosos ojos verdes, el que la hiciese gemir y estremecer de placer. ¿Qué más daba la forma que luciera él, con tal de que tuviera a Sakura en su cama?
—O, mejor dicho, no hacerlo —oyó que decía Utakata cuando volvió a prestar atención a lo que lo rodeaba—. Nos quedaremos sentados y dejaremos que los muros se derrumben. Y hablaremos con nuestro descendiente Daisuke y nos aseguraremos de que él haga lo mismo.
Neji inclinó la cabeza y buscó las miradas de los Uchiha en un mudo agradecimiento.
—Pero escucha bien esto, Neji Hyūga —añadió Izuna—, si dentro de dos semanas se abren las puertas del infierno, vendré a buscarte para que luches a nuestro lado. Esperaremos que nos cubras las espaldas, del mismo modo en que nosotros te las cubriremos a ti.
Neji tragó aire con un jadeo ahogado cuando una emoción con la que no estaba familiarizado creció dentro de su pecho. Izuna lo miraba como si sólo viera en él a un hombre más, un guerrero que combatiría a su lado, dispuesto a mantenerse firme y hace frente a todo lo que pudiera suceder. Y supo que él estaría a su lado y al de su pequeña ka-lyrra. Incluso, si no había más remedio, contra su reina.
—Tenéis mi palabra —dijo en voz baja.
Y cuando los gemelos murmuraron una rápida aceptación de su juramento, esa sensación que tan nueva le resultaba, esa extraña presión detrás de su esternón, se expandió aún más.
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Sakurasou no podía estar más en lo cierto, reflexionó Sakura mientras salía de la ducha a última hora de la tarde: decididamente le hacía mucha falta una buena conversación entre chicas.
Habían dedicado muchas horas a hablar, durante toda la mañana y la mayor parte de la tarde. Las tres enseguida congeniarán como si fueran viejas amigas. Sakura no se había dado cuenta de hasta qué punto necesitaba discutir las cosas con alguien. Desde que Neji irrumpió en su vida siempre había tenido que estar a sola con sus pensamientos, y todo había ocurrido tan deprisa que no sabía cómo hacerle frente.
Sakurasou y Hotaru la habían ayudado inmensamente. Tenían la misma edad que ella, y se parecían mucho a su amiga Ayamé: eran inteligentes (casi demasiado), sabían ver las cosas con un sentido del humor que empezaba por no tomarse demasiado en serio a sí mismas, y tenían un gran corazón. Y las tres pasaron el día lánguidamente tumbadas en el solárium, sin parar de hablar.
Sakurasou y Hotaru se turnaron para contarle cómo conocieron a sus respectivos esposos, y Sakura había escuchado, fascinada.
Primero Sakurasou conoció a Izuna. Estaba de vacaciones en Escocia cuando cayó al fondo de una cañada y atravesó un suelo rocoso para precipitarse al interior de una caverna olvidada, con lo que aterrizó encima de un highlander del siglo XVI sumido en un profundo sueño encantado (eso sí que era amor, porque Sakurasou no se había conformado con caer rendida a los pies de su hombre). Él la envió al pasado para que lo salvara. Pero no todo fue bien, e Utakata faltó a sus juramentos para salvarle la vida a Izuna de modo que él y Sakurasou pudieran volver a estar juntos.
Y entonces Hotaru se tropezó con Utakata, o más bien fue él quien se tropezó con ella después de que se hubiera refugiado en un lujoso ático de Manhattan donde examinaba textos antiguos, en un desesperado intento por encontrar un modo de liberarse de las trece almas malvadas que lo poseían.
Al conocerlo, Sakurasou había pensado que Izuna sufría un grave desequilibrio mental, con todo aquel hablar de maldiciones y viajes a través del tiempo.
Hotaru pensó que Utakata era un sucio ladrón y un mujeriego incurable. Y entonces descubrió que estaba poseído por el mal.
Ambas corrieron un gran riesgo, y se jugaron el corazón en una partida donde todas las probabilidades estaban en su contra.
Y ahora ambas estaban locamente enamoradas, felizmente casadas y viviendo un sueño hecho realidad. Un sueño que llenó de tristeza a Sakura cuando Sakurasou fue a buscar a sus preciosas gemelas para darles de comer, y Hotaru se sonrojó un poco al confesarle que ella también iba a dar a luz.
Y también se enteró de que Neji había desempeñado un papel fundamental en la felicidad de Hotaru. Su nueva amiga le contó todo lo que había acontecido en aquellas viejas catacumbas llenas de polvo: la confrontación final con la secta de los draghar, cómo Utakata había sido herido de muerte mientras derrotaba a los druidas malvados y la salvaba. Cómo ella creyó perder para siempre a su amado de las Highlands, y lo hubiese perdido, si Neji no hubiera dado una parte de su propia fuerza vital para traerlo de regreso, cuando él ya iba a cruzar las puertas de la muerte, y hacer que le fuera devuelto.
Eso hizo que la mente de Sakura se sumiera en muchas fascinantes cavilaciones.
¿Qué motivos habían impulsado a Neji a obrar de la manera en que lo hizo? ¿Qué pensamientos habrían cruzado por aquella hermosa y oscura cabeza, tras aquellos ojos antiguos e intemporales? ¿Qué profundos sentimientos de los que nunca había llegado a hablar con nadie? ¿Qué lo impulsó a entrar en acción para devolverle un hombre humano a su amada humana? ¿Y a semejante precio?
Porque Hotaru también le contó lo que le había revelado Utakata (cuando por fin vino a la cama aquella mañana para descansar, unas horas poco después del amanecer), que si su reina castigó a Neji fue porque él había intervenido para salvar a los Uchiha.
Otra cosa que Neji no le había contado —negándose a responder las dos veces que ella le preguntó al respecto—, pero Sakura difícilmente podía culparlo por haber guardado silencio, porque entonces no lo hubiese creído.
Ahora sí que lo creía. Y ese conocimiento ya había empezado a tener un extraño efecto sobre su corazón.
Ahora más que nunca quería saber quién era Neji Hyūga. ¿Quién era aquella gran criatura mágica intensamente sexual, sorprendentemente gentil y llena de secretos que parecía pasar más tiempo con los humanos que con su propia raza?
¿Aquella criatura mágica eminentemente fuerte, que nunca te forzaba a hacer nada? ¿Aquella criatura mágica que era capaz de enfrentarse a su propia especie con tal de defender a unos humanos?
Y por encima de todo, ¿qué era toda esa intensa emoción tan rígidamente custodiada en su interior, a la que una mujer mortal podía tener acceso?
Ésa era la pregunta que la hacía estremecerse. Neji Hyūga era el vivo retrato de su príncipe de fantasía. Y eso le daba muchísimo miedo.
Antes de que terminase la tarde, Sakura contó su historia sin callarse nada. Le fue imposible no hacerlo. Sakurasou y Hotaru ya habían padecido sus propias epidemias de acontecimientos ultraterrenos, y no había ninguna necesidad de callarse nada. Ser una sidhe-vidente sólo era una cosa moderadamente insólita desde su perspectiva, y apenas significaba nada.
Les contó cómo le enseñaron a temer a las criaturas mágicas, cómo su madre se fue de casa porque no podía soportar que su hijita poseyera el don de la visión, cómo su abuela la crió y le enseñó a ocultar su «don». Les contó lo que decían los libros de la familia Haruno acerca de las criaturas mágicas, y lo equivocados que ella había llegado a comprender que estaban aquellos libros; al menos en el caso de Neji.
Les contó cómo se había delatado la noche en que lo vio, cómo Neji le siguió el rastro hasta que dio con ella, y las muchas cosas que había hecho desde entonces.
Finalmente admitió el mayor de todos sus temores, que, hasta ese momento, no había sido capaz de admitir ni siquiera ante sí misma. Que lograra salir con vida de todo aquello y se enamorara locamente de él, sólo —a diferencia de lo que sucedía en sus fantasías adolescentes— para encontrarse con que después no habría ningún fueron-felices-y-comieron-perdices. Él recuperaría su inmortalidad, la pondría a salvo tal como había prometido, y luego regresaría al reino de las criaturas mágicas, y eso sería todo. El cosmos volvería a ser su ostra y, en el orden del universo, Sakura sabía que ella no era la perla de nadie.
Sería el Final de Partida. No obtendría bolas extra, no habría ninguna prórroga de tiempo. Sólo el amargo regusto en la lengua de un cuento de hadas que había terminado antes de tiempo, y a partir de entonces la realidad se le haría intragable.
—Bueno, en primer lugar —había dicho Hotaru con dulzura—, me parece que es un poco tarde para preocuparse por eso, cariño; ya te has enamorado.
Sakurasou asintió para indicar que ella pensaba lo mismo que Hotaru.
—Pero, en segundo lugar, y eso es lo más importante, Sakura —había añadido en voz baja—, lo que tienes que preguntarte no es si seréis felices y comeréis perdices. Lo que tienes que preguntarte es si luego podrás vivir contigo misma si no te permites ser feliz ahora, en el presente, y al final te quedas sin nada.
