CAPÍTULO 19

Aquella noche Sakura se tomó su tiempo con el pelo y el maquillaje, un lujo que llevaba días sin poder permitirse. Mientras viajaban y saltaban a través del espacio, en esas raras ocasiones en que veía un espejo —habitualmente durante una rápida incursión en unos lavabos públicos— no le gustaba nada lo que descubría, así que no se entretenía en intentar arreglarse un poco. Pero esta noche contaba con la tranquilidad de estar en terreno seguro, así que no habría bruscas zambullidas en los lagos o caídas desde lo alto de un campanario, y estaba decidida a tener buen aspecto para variar.

Aspirinas y una larga ducha caliente disiparon los últimos restos de su resaca. Hotaru la había invitado a pasar por sus habitaciones antes de la cena para que pudiera encontrar algo que ponerse, ya que prácticamente eran de la misma talla. Sakura se moría de ganas de llevar algo que no fuera unos tejanos. De acuerdo, quería estar lo más guapa posible cuando Neji estuviera presente; bueno, ya lo había admitido. Realmente, una mujer tendría que estar muerta para no querer estar guapa cuando él estaba presente.

Se pintó los labios y se pasó los dedos por el pelo, dejándoselo suelto sobre la espalda al tiempo que tiraba de unas cuantas guedejas bien largas para que le sobresalieran alrededor de los ojos. Una pizca de sombra de ojos, un poco de maquillaje. Una pequeña aplicación de brillo en su boca, lo suficiente para que capturase la luz e hiciera cosas interesantes con los reflejos. Lo suficiente para que un hombre se fijara en ella.

Y eso, decidió mientras se contemplaba en el espejo, era todo lo que podía aspirar a conseguir. La ropa tendría que hacer el resto; esperaba que Hotaru tuviera algo ultra-femenino y un poquito provocativo que poder prestarle.

Abrió la puerta del cuarto de baño y salió al dormitorio adyacente. Y se quedó helada.

«Imposible», pensó mientras contemplaba la cama con dosel.

No porque las cortinas de terciopelo volvieran a colgar de sus soportes o porque la cama estuviera impecablemente hecha; eso era perfectamente posible. Alguna de las doncellas del castillo habría entrado allí mientras ella estaba en la ducha, concentrada en afeitarse las piernas, echarse litros de loción y escoger los cosméticos más apropiados.

Lo que parecía algo imposible era que ese vestido negro tan sumamente sexy que Sakura había contemplado con anhelo durante varios minutos en Macy's ahora estuviese colgado entre las cortinas.

Y, pensó perpleja mientras iba hacia la cama, que esos preciosos zapatos de tacón que tan codiciosamente había admirado también estuvieran allí.

Y, pensó al tiempo que abría mucho los ojos, que estuvieran acompañados por ese pecaminoso juego de sostén y bragas de encaje en su tono rosa pálido favorito.

«Y, oh, Dios mío —pensó sintiendo que le faltaba la respiración—, ¿eso de ahí es una caja de Tiffany's?»

Se agarró las solapas del albornoz y recorrió la habitación con la mirada. No había ni rastro de él.

Pero en el aire, tenue mas inconfundible, flotaba el exótico aroma del jazmín, el sándalo y el seductor olor masculino, y Sakura comprendió que él probablemente había saltado a través del espacio hacía unos momentos mientras ella terminaba de maquillarse.

Dispuesta sobre un lecho de terciopelo había una gargantilla de diamantes con unos pendientes a juego, y Sakura sabía exactamente dónde los había visto antes. Fue en Cincinnati, la noche en que él trajo la cena de Jean-Robert en Pigall's. Ella salió del trabajo tarde, y tomó la ruta habitual por delante de Tiffany's para ir a buscar su coche en el aparcamiento de la esquina. Habían cambiado el escaparate, y Sakura se dejó cautivar un instante por la elegancia de aquellas piedras delicadamente engastadas. Se detuvo y contempló las distintas piezas. Para preguntarse, con femenina curiosidad, qué clase de hombre podía regalarle semejantes joyas a qué clase de mujer. Para preguntarse si alguna vez ella conseguiría llevar aunque sólo fuese una sortija con un diamante en el dedo, o aunque sólo fuese un anillo de boda.

Él tenía que haber estado observándola a su espalda.

Igual que tenía que haber estado haciendo de las suyas en Macy's.

«Cuido de lo que me pertenece», le había dicho él cuando le tendió las llaves del BMW.

Desde luego que sí.

Cuando sacó del estuche la reluciente tira de diamantes, un papelito cayó de ella.

Sakura lo pilló al vuelo mientras revoloteaba hacia el suelo.

«Acepta estas cosas, acéptame.»

Bueno, pensó Sakura con un parpadeo de sorpresa, eso sí era ir directo al grano.

Tuvo un buen rato la gargantilla en las manos. Miraba aquellas piedras que relucían suavemente, pero de hecho no las veía. En realidad lo que hacía ya no era pensar, sino abrir su corazón. Sentía, se hacía preguntas a sí misma. Le pareció oír un eco de las palabras de Sakurasou: «¿Podrás vivir contigo misma si no te permites ser feliz ahora, en el presente, y al final te quedas sin nada?»

Finalmente volvió a dejar el estuche sobre la cama y se puso las bragas y el sostén.

Entró en el ceñido vestido negro, se lo subió por las caderas y cerró la diminuta cremallera lateral.

Sentada en el borde de la cama, se calzó aquellos zapatos tan sexys.

Luego alargó la mano hacia la caja, se puso los pendientes y cerró la gargantilla de frías piedras alrededor de su cuello.

.

.

.

Neji acababa de salir de la ducha cuando oyó llamar suavemente a la puerta de su dormitorio.

Dios, esperaba que no fuese otra doncella. Cuando volvió al castillo después de pasar tantas horas sobre la silla de montar, vio que había docenas de ellas rondando por la gran sala. Estaba acostumbrado a que las mujeres le ofrecieran sus cuerpos, pero no a que le clavaran los ojos en la ingle con aquella inquietante intensidad. Como si intentaran atravesar el cuero con la mirada para ver lo que yacía debajo, o mejor dicho, lo que se alzaba debajo, porque aquella maldita cosa no querría bajar hasta que hubiera tenido a Sakura debajo de él al menos cien veces.

—¿Quién es? —preguntó con cautela.

Cuando oyó la suave réplica, abrió mucho los ojos para volver a entornarlos un instante después. Sonrió lánguidamente y luego, con una deliberada lentitud, dejó caer al suelo la toalla que acababa de ponerse alrededor de la cintura sin molestarse en apretar mucho el nudo.

—Esta noche no me detendré ante nada, ka-lyrra —murmuró, en un tono demasiado bajo para que ella pudiera oírlo. Había pensado que no la vería hasta la cena. Pero ahora Sakura estaba ahí fuera, ante su puerta, ante su dormitorio.

De pronto sintió que se le secaba la boca y empezó a respirar con jadeos entrecortados.

¿Los llevaría puestos? ¿Estaba dispuesta a admitirlo? ¿A permitir que él la hiciera suya? ¿Aquella mujer que había crecido oyendo las peores historias sobre él, algunas de las cuales eran absolutamente ciertas?

Y ella lo sabía. Sabía que después de Morgana él había dejado un rastro de destrucción a través de las Highlands; había visto la expresión en su cara cuando le preguntó en qué fecha había muerto Morgana. Sakura sabía que, a pesar de que los libros de su familia estaban equivocados acerca de muchas cosas, había algunas en las que había acertado de lleno. Su sidhe-vidente sabía que en casi seis mil años de existencia él había hecho un par de cosas merecedoras de una parte de la mala prensa de la que había sido objeto. Sakura no tenía un pelo de tonta.

¿Habría sabido ver más allá de eso? ¿Lo habría visto a él?

¿Llevaría puestos todos esos diamantes? Neji casi temía abrir la puerta para verlo, hasta tal punto quería que Sakura fuese suya, entregada sin ninguna clase de reservas, aquella noche, ahora, en aquel preciso instante. Lo necesitaba. Sentía como si llevara seis mil años esperándolo. Dios, ¿qué le estaba pasando? ¿Se había sentido así alguna vez antes?

Se dio cuenta de que no había apartado la mirada de la puerta, y no tenía ni idea del tiempo que llevaba así. Sacudió la cabeza y masculló un juramento, furioso al ver que se estaba comportando como un idiota. Por el amor de Dios, él era Neji Hyūga. No era ningún jovencito mortal falto de experiencia.

—Entra —dijo, y si la voz le salió un poco más gutural que de costumbre, optó por no reparar en ello. Irguió su metro noventa de estatura, las piernas extendidas y los brazos cruzados encima del pecho, con los antiguos adornos de oro de su casa real por única vestimenta.

La puerta se abrió despacio —tanto que le pareció que se movía a cámara lenta—, pero un instante después allí estaba ella, y Neji sintió como si alguien acabara de clavarle el puño en el estómago.

Lo complació ver que ella parecía sufrir la misma sensación.

Sakura se quedó inmóvil en el umbral, y abrió mucho sus hermosos ojos verdes con puntitos dorados.

—E-e-e-estás... d-d-...—tartamudeó. Lo volvió a intentar—. Oh. Cielos. Uf. Madre de Dios. —Se humedeció los labios. Hizo una profunda inspiración—. Virgen santa, pero si estás desnudo. Y oh... ¡OH! —Su mirada descendió y luego voló rápidamente hacia el rostro de él, y los ojos se le abrieron todavía más.

Una sonrisa de puro triunfo masculino curvó los labios de Neji.

—Ah, sí —ronroneó—. Y tú, mi dulce Sakura, llevas mis diamantes.

Inmóvil en el umbral, Sakura sentía que el corazón le palpitaba frenéticamente.

Noventa kilos de magnífico hombre desnudo se alzaban ante ella, un cuerpo tan salvaje e intensamente hermoso que no conseguía apartar la mirada de él. Ya nada volvería a ser igual. Oh, sí, aquel hombre podía definirse a sí mismo como el amanecer de una nueva época si quería hacerlo. Había, simplemente, un antes de Neji y un después de Neji.

Fue hacia ella, con gráciles pasos de fiera y un brillo de depredador en su plateada mirada. Él era el cazador y ella era el alimento. Y a juzgar por la forma en que la miraba, se disponía a devorarla.

Neji se detuvo ante ella, bajó la mirada hacia su rostro y extendió la mano para acariciarle suavemente la gargantilla de diamantes con la punta de los dedos.

—Ya sabes lo que significa esto —dijo con una dulce intensidad—. Mía. Lo aceptas. Eres mía. No, calla. —Le puso un dedo en los labios—. No digas una palabra. Deja que te mire. Hace mucho que espero poder verte con este vestido.

Fue hacia la puerta y la cerró con cuidado de no hacer ruido, y un instante después Sakura oyó el tenue chasquido de los cilindros metálicos cuando él echó el cerrojo. Luego fue alrededor de ella, tomándose su tiempo como si no tuviera ninguna prisa.

—Dios, Sakura, qué hermosa eres. ¿Sabes lo mucho que te deseo? ¿Sabes la de fantasías contigo que se me han pasado por la cabeza? ¿Sabes la de veces que me he masturbado, intentando librarme de esta maldita erección que no cesará nunca? ¿Cuándo sabía que la única cosa que podía ayudarme eras tú?

Trazó otro lento círculo desnudo alrededor de ella.

—Y ahora estás aquí. En mis aposentos. Con el cerrojo echado. Y no saldrás de aquí hasta que yo diga que te puedes ir. Y puede que nunca lo diga.

Se detuvo detrás de ella y se inclinó, cada vez más cerca, hasta que su miembro le frotó el trasero en aquel vestido tan sexy. Le sentaba todo lo bien que él había imaginado, cada hermosa curva de su cuerpo ceñida por la tela. Tocarlo también era muy agradable. La respiración siseó entre sus dientes cuando sintió el contacto; era tan insoportablemente placentero que abrasaba. Neji tragó aire y se apartó, porque sabía que si volvía a tocarla así todo terminaría en cuestión de segundos.

—Y esos zapatos —ronroneó.

Su mirada descendió por el trasero de Sakura y luego bajó aún más, a lo largo de las hermosas curvas de sus muslos y pantorrillas, hasta llegar a sus esbeltos tobillos con aquellas delicadas tirillas atadas alrededor.

—Vi cómo los mirabas en Macy's. Tienes un trasero precioso y unas piernas realmente magníficas, Sakura. La primera vez que te vi en Cincinnati, llevabas pantalones cortos y calzabas sandalias. Hasta las uñitas pintadas de los dedos de tus pies me excitaron.

Dio la vuelta alrededor de Sakura hasta ponerse delante. Ella tenía los ojos muy abiertos, deliciosamente desenfocados. Había separado los labios, y respiraba con suaves jadeos que hacían que sus pechos subieran y bajaran delicadamente.

Le puso la punta del dedo en los labios y empujó. Ella cerró sus magníficos labios sobre su dedo y empezó a chuparlo, y Neji se sintió abrasado por un calor tan intenso que, por un instante, no pudo moverse. Finalmente se sintió capaz de retirar el dedo, aunque lo hizo muy despacio. Lo sacó del delicado fruncimiento de labios con que se lo rodeaba ella y dejó un húmedo sendero sobre la forma de su boca, a través de su mandíbula, a lo largo de su cuello, hasta la exuberancia de los pechos que formaban aquel valle en su escote.

Hubiese debido seducirla, hacerle la corte con besos y conquistarla con la mayor gentileza posible para llevarla, lenta pero inexorablemente, por el camino que desembocaría en su definitiva y costosa capitulación.

Pero era demasiado tarde; había esperado demasiado, y había una cosa que ya no podía seguir negándose a sí mismo. Una cosa en la que había pensado demasiadas veces mientras cabalgaba hoy. Una cosa que necesitaba. Ahora mismo, inmediatamente. Y lo llenaba de furia, el poder que ella ejercía sobre él, la salvaje intensidad con que todo su ser deseaba aquello. Quería conocer el sabor de su cuerpo, tenerlo en su lengua, capturarlo en su memoria inmortal. Si de algún modo, por alguna razón, ella lograba detenerlo aquella noche, al menos habría llegado a tener eso.

—Que conste en acta, irlandesa —le informó con voz tensa, por si ella pudiera malinterpretar lo que se disponía a hacer—. No me arrodillo ante nadie. —Acto seguido hincó las rodillas en el suelo a los pies de Sakura, le subió el vestido, agarró un puñado de sedosa tela en cada mano, y la empujó suavemente hacia atrás hasta dejarla atrapada contra la puerta.

Sakura se apoyó en ella con un jadeo entrecortado. Sentía que le fallaban las fuerzas y el exótico olor del cuerpo de él invadía sus fosas nasales, dejándola mareada y un poco aturdida. Verlo desnudo la había excitado hasta tal punto que sabía lo que él iba a descubrir dentro de unos instantes: estaba mojada, tanto que casi sentía vergüenza. Ya estaba lista; ni siquiera había necesitado un beso, o cualquier otra clase de jugueteo preliminar. No sabía si podría sobrevivir a lo que parecía que él se disponía a hacer. Lo único que quería era tenerlo dentro de ella. Cuando Neji se puso a dar vueltas a su alrededor como una gran bestia oscura, mientras le hablaba y le decía lo mucho que la deseaba, estuvo a punto de ponerse a suplicar que la poseyera.

Y ahora él estaba arrodillado entre sus piernas, le había subido el vestido hasta la cintura para dejarla completamente expuesta ante su presencia desnuda, salvo por un trocito de seda deslizado entre sus piernas.

«Uuuups, dejémoslo en desnuda», se enmendó con un sonido mitad risa y mitad sollozo. Porque los dientes de él acababan de separarle del cuerpo aquel trocito de tela, y ahora lo hacían bajar en un lento descenso. Sakura sintió la suave caricia de aquellos dientes que apenas si la rozaban hasta que él hizo una pausa para mordisquearla, con pequeños mordiscos amorosos que se esparcieron sobre su piel e hicieron que una oleada de escalofríos tras otra le subiera por la espalda.

Se sentía drogada, ebria, intoxicada por la pasión. No tenía ni idea de cómo había conseguido mantenerlo alejado de ella hasta entonces, o de por qué había querido hacer tal cosa, y de pronto se asombró al ver lo que había sido capaz de perderse todo ese tiempo.

—Antes de que salga el sol habré saboreado cada centímetro de tu cuerpo —ronroneó él.

Y luego empezó a hacer honor a aquella promesa, con largas caricias aterciopeladas de su lengua a lo largo de la parte interior de los muslos de Sakura. Lánguidos mordisqueos sobre la generosa curva del interior de sus piernas, largos besos con la boca abierta sobre la delicada piel de sus caderas. Ni un solo centímetro de su piel dejó de recibir un beso o un suave mordisqueo.

Después una mano le separó las piernas y él puso su oscura cabeza entre ellas. Cuando le pasó la lengua por el diminuto brote acunado en aquellos pliegues tan suaves, ella se llenó los puños con grandes mechones de sus oscuros y sedosos cabellos y se estremeció, al tiempo que se inclinaba hacia atrás para apoyar la espalda en la puerta como si le fallaran las fuerzas.

—Mantente en pie, ka-lyrra. Si esas preciosas rodillas, tuyas, se dan por vencidas y acabas en el suelo, te follaré ahí mismo.

Ella se apresuró a doblar las rodillas, y a duras penas pudo contener la risa mientras lo hacía.

—Oh, Sakura, yo quería que esto durase, por todos los infiernos —juró él, al tiempo que la rodeaba con los brazos y se dejaba caer al suelo para recibirla encima.

Pero ella había decidido dejarse de miramientos, porque llevaba toda una vida esperando aquello. Ya no podía esperar ni un segundo más. Acostada sobre el gran cuerpo desnudo de Neji, se apretó contra él hasta que aquella erección tan dura, estuvo justo donde Sakura quería tenerla, en el sitio donde más podía disfrutar de la deliciosa fricción que le hacía sentir. Dios, estaba tan cerca de lograrlo, unos cuantos restregones más...

—Oh, no —siseó él, porque ya había comprendido lo que ella pretendía hacer—. No llegarás ahí por ti misma. No sin tenerme dentro por primera vez.

—En ese caso yo sugeriría —jadeó ella— que te dieras un poco más de prisa y entraras en mí.

Él emitió un sonido ahogado, una ronca mezcla de carcajada y gruñido que no pudo sonar más erótica.

—Ah, Sakura —ronroneó, al tiempo que la agarraba por las caderas y la ponía debajo de él sobre la suave alfombra—, nunca tendré bastante de ti, ¿verdad?

—No si continúas yendo tan despacio —replicó ella obstinadamente.

—Separa las piernas —exigió él. Extendió su cuerpo cuan largo era por encima del suyo, separándole las piernas con las rodillas para tener más espacio mientras se sostenía con los antebrazos—. Levántalas y ponías alrededor de mis caderas.

Ella obedeció al instante.

—Junta los tobillos y no los separes. Esto no va a ser fácil.

Un estremecimiento de puro delirio recorrió el cuerpo de Sakura cuando le oyó decir aquello. Ella ya sabía que no iba a ser fácil. Lo supo la primera vez que sintió el cuerpo de él apretado contra su trasero, allí en Cincinnati, la mañana en que él irrumpió a través de la puerta, y era una de las razones por la que sus sentidos habían estado en pie de guerra desde entonces. Todos sus novios habían sido altos y corpulentos. Le gustaban los hombres grandes, siempre le habían gustado, le gustaba un poco de dominio por parte de ellos. Y Neji Hyūga era enorme y le encantaba dominar, porque todo él parecía hecho para eso. Lo que les había dicho a las doncellas contenía un poco de verdad: él no estaba proporcionado, porque en esa parte era mucho más grande de lo que ninguna mujer hubiese esperado.

—Verás, empiezo a pensar que te gusta que todo sea lo más difícil posible —se las arregló para jadear.

—No es eso, ka-lyrray pero creo que la facilidad te aburriría. Te rometo que yo nunca te aburriré.

Entonces metió su mano entre las piernas de ella y un dedo se deslizó hacia el origen del calor que la abrasaba, para avanzar hacia dentro y presionar en busca de su barrera. Luego fueron dos dedos, y ella apenas se enteró cuando él rompió la delgada membrana y el dolor, tan fugaz que enseguida empezó a disiparse, quedó eclipsado por el placer de sentirlo moverse dentro de ella. Sakura arqueó las caderas en un brusco movimiento de elevación para indicarle que quería más, porque ahora su cuerpo necesitaba que todo él estuviera dentro de su sexo y anhelaba sentirlo entero.

La mano de Neji salió de ella y la gruesa cabeza de su pene empezó a ejercer presión sobre los delicados pliegues de su sexo, y un instante después Sakura lo sintió entrar en él. Dejó escapar un gemido de inquietud que sonó casi como un maullido y trató de adaptarse a aquella nueva situación, retorciéndose en un desesperado intento de aceptarlo, pero él era demasiado grande y ella estaba demasiado rígida.

—No te pongas nerviosa, Sakura. Relájate —dijo él con los dientes apretados.

Ella lo intentó, pero no podía. Resistirse era algo instintivo, y por unos instantes libraron una silenciosa batalla sexual, en el curso de la cual él apenas consiguió ganar otro par de centímetros. Los músculos de Sakura se negaban a dejarlo avanzar, y todo su sexo se resistía a aquella acerada intrusión.

Neji tragó aire con una inspiración sibilante.

—Sakura, me estás matando —masculló entre dientes—. Tienes que dejarme entrar.

—Ya lo intento —gimoteó ella.

Con una maldición ahogada, él la cambió abruptamente de posición y le subió las piernas hasta que los tobillos quedaron apoyados en sus hombros, colocándole la pelvis lo más arriba que pudo para que quedara expuesta ante él.

Cerró una mano sobre su pelo cerca del cuero cabelludo y tiró hacia atrás de su cabeza para plantar su boca sobre la suya, decidido a tomar posesión de ella con un beso tan profundo que pareció reclamar su misma alma cuando aquella lengua, cálida y suave como el terciopelo, avanzó para explorarle la boca y se retiró después. Sakura quedó demasiado aturdida por el beso, con todo el salvaje afán de posesión que encerraba, para que fuera capaz de tensarse cuando Neji la empaló con su miembro, que era, comprendió entonces, precisamente la razón por la que él la había besado así. Neji se adentró profundamente en ella con una lenta, fluida e implacable penetración, y Sakura sintió que su miembro la llenaba hasta tal punto que estaba a punto de gritar. Pero él le mantuvo sellados los labios con los suyos y su boca engulló el grito. Luego se quedó inmóvil en esa postura durante largos minutos, con su miembro metido en ella hasta la empuñadura para invadir concienzudamente cada suave y cálida hendidura de su sexo, pero sin moverse, sólo besándola y enredando su cálida lengua en la de ella. Neji era tan grande que ella necesitó largos minutos para poder adaptarse, ceder un poco y darle cabida. Largos minutos durante los que él permaneció inmóvil, aparentemente satisfecho con limitarse a ocupar su nuevo territorio sin examinar los perímetros hasta que ella empezó a gimotear contra sus labios, en una apasionada súplica de que se moviera. Ahora que la presión se había vuelto agradable, Sakura empezó a sentir una sensación completamente distinta, una que iba a necesitar mucho movimiento para llegar a ser saciada.

—Estoy dentro de ti —ronroneó él—. Ah, Dios, estoy dentro de ti. —Entonces, finalmente, empezó a moverse, con un erótico vaivén circular de sus caderas; no una acometida, sino un lento y profundo restregarse dentro de Sakura. Entraba en ella y luego se retiraba sólo un poco para volver a entrar después, y cada vez su miembro le acariciaba el apretado brote del clítoris con una exquisita fricción.

Aquellos movimientos tan lentos y llenos de intensidad tocaron un punto que Sakura ni siquiera sabía que tenía dentro, y sintió que todos sus músculos volvían a tensarse alrededor de él para encajarle con un súbito temblor, y cuando llegó el clímax no se pareció a nada de cuanto ella hubiera sentido antes, una explosión tan profunda, tan devastadoramente intensa en el interior de su ser, que le arrancó de la garganta un grito visceral.

—¡Por todos los diablos! —gritó él mientras sentía tensarse su cuerpo. Apoyó las manos en las caderas de Sakura e intentó retroceder, salir inmediatamente de ella porque aún distaba mucho de estar preparado para llegar al clímax. Pero ya era demasiado tarde, porque ahora el cuerpo de Sakura se tensaba alrededor de su miembro para oprimirlo con una presión tan insoportable que Neji no tardó en hacer explosión dentro de ella.

.

.

.

Unas horas después, Neji se incorporó sobre el codo para mirar a Sakura y preguntarse de qué estaría hecha la belleza.

Creía que por fin había empezado a entenderlo. No era la simetría de las facciones; no era la perfección. Lo que hacía bella a una persona era el hecho de que fuese única. Lo que sólo podías encontrar en ella porque ninguna otra persona lo poseía. Aquello que era única y exclusivamente suyo. La nariz de Sakura tal vez no se diferenciase en nada de la de otras mil mujeres, pero era la única que podía estar presente en su rostro acompañada por sus ojos, sus pómulos y su pelo. Y era la única que se veía agraciada con las muchas expresiones de Sakura, que podía fruncirse de aquella manera tan encantadora cuando reía y tensarse con semejante altivez cuando estaba irritada por algo.

Neji por fin había podido recorrer toda la gama de sus expresiones. Aquella noche la había visto exigente, vuelta agresiva por el deseo, con un destello salvaje en los ojos mientras se retorcía y arqueaba la espalda debajo de él. La había visto ser dulce, gentilmente dispuesta a ceder cuando la tomó desde atrás, a cuatro patas ante el espejo de cuerpo entero del tocador. Neji le mantuvo la cabeza echada hacia atrás con un puño cerrado sobre su larga y sedosa cabellera, porque así podía mirarle la cara en el espejo. Para ver cómo aquellos ojos verdes se entornaban y relucían como los de una gata en celo mientras ronroneaba de placer. Para ver oscilar suavemente aquellos pechos tan magníficos mientras sus pesados testículos golpeteaban rítmicamente las nalgas y los muslos de Sakura. Para ver cómo ella lo veía poseerla. La había visto mirarlo mientras él la lamía y acariciaba con la lengua para llevarla a un estremecido clímax tras otro. E incluso la había visto casi asustada cuando le arrancó un delicioso estremecimiento más.

Si hubiera dispuesto de todos sus poderes mágicos habría aliviado el dolor que acompañaba la pérdida de la virginidad; en su estado actual, tuvo que detenerse porque ella ya no podía más. Así que primero la limpió gentilmente mientras ella yacía saciada en la cama, y luego avivó el fuego y bajó a la cocina en busca de comida, tras caer en la cuenta de que se habían perdido la cena. De hecho, ya hacía muchas horas que ésta había terminado.

Cuando entró en la cocina, que a aquellas horas estaba oscura y desierta, se encontró con Utakata delante de la nevera con un cuenco casi vacío de nata en una mano. El más joven de los gemelos Uchiha lo miró, se echó a reír y dijo:

—Sospecho que no te veremos durante unos cuantos días, ¿verdad, Antiguo?

—Ya me veréis cuando llegue Lughnassadh —replicó Neji con una sonrisa diabólica—. Y deja de llamarme Antiguo. Yo no te llamo Joven. Neji. Con eso basta.

—Bien, pues entonces te llamaré Neji —repuso Utakata con toda naturalidad.

Mientras subía los fríos escalones de piedra del castillo andando sobre sus pies descalzos, con una bandeja llena de comida en las manos y su cuerpo humano dolorido en partes que él nunca había sabido pudieran llegar a dolerle a un cuerpo humano, Neji sufrió otro de esos súbitos dolores en el pecho y casi se le cayó la bandeja. Tuvo que detenerse, apoyarse en la balaustrada y respirar entrecortadamente hasta que cesó el dolor. Comprendió que era una suerte que pronto fuera a quedar libre de su cuerpo mortal, porque estaba claro que algo no iba bien en el que le había dado Mito.

Cuando entró en el dormitorio, Sakura estaba profundamente dormida y el fuego que ardía en la chimenea arrancaba suaves destellos a ese hermoso cuerpo desnudo que no se había molestado en cubrir. Su sidhe-vidente era una soberbia visión de rosados cabellos revueltos, piel arrebolada por el sexo y magníficas curvas, un vibrante resplandor dorado de criatura mortal sobre la plata satinada de las sábanas.

«Dios, es asombrosa», se maravilló Neji mientras se quedaba de pie junto a la cama para bajar la mirada hacia su mujer sumida en el sueño. Pasó la yema de un dedo por la firme cumbre de un pecho. Incluso inconsciente, el cuerpo de Sakura reaccionó inmediatamente al contacto y el pezón rosado enseguida se apretó. Neji masculló un juramento y se obligó a apartar la mano y dar un paso atrás, porque de otro modo hubiese vuelto a poner la boca encima de ese pezón para acariciarlo suavemente con el borde de los dientes, de ese modo que había descubierto tanto le gustaba a ella. Y luego le hubiese hecho daño, y se negaba a hacerle daño.

Sakura había respondido a su presencia con toda aquella pasión sin límites que él había percibido ocultaba en su interior. Liberó todo aquel fuego para centrarlo en él, abiertamente, sin restricciones de ninguna clase, y Neji gozó de sus llamas, se sumergió en ellas y las adoró sin reservas. Sakura le había hecho sentir cosas que nunca había sentido antes. Cosas en las que podría reflexionar durante siglos inmortales, y tal vez ni aun así conseguiría llegar a entenderlas del todo.

«¿Y a cambio de ese regalo que te ha hecho la despojarás de su alma?» Neji se estremeció y se negó a responder. ¿Sería que la conciencia era otra de las cargas que llevaba aparejado el hecho de tener un cuerpo humano? «A cambio le daría la inmortalidad.»

«¿Le darás la posibilidad de elegir? ¿Se lo contarás?»

«Eso ni lo sueñes», replicó él silenciosamente.

Si Sakura iba a ser su propio paraíso privado, no contendría ninguna manzana del árbol del bien y del mal que ofrecer. Neji sabía muy bien lo que le había sucedido a ese otro Neji. Un poco de conocimiento siempre hacía que un hombre terminara viéndose expulsado del Jardín del Edén.

No vería morir a Sakura Haruno. Ya había visto morir a demasiados humanos. Ahora ella le pertenecía. Sakura ya había elegido. Había venido a él, lo había aceptado.

Sólo un hombre mucho mejor que él hubiese sido capaz de dejarla partir hacia lugares a los que nunca podría seguirla.

.

.

.

Utakata sonreía mientras atravesaba sigilosamente el castillo oscurecido, con medio kilo de helado ya un poco derretido en la mano. Le había cogido mucha afición a aquella golosina moderna, y le encantaba excitar a Hotaru con su fría cremosidad sobre una piel abrasada por los besos que él le daba. Para luego lamerla de sus labios, de sus pezones, del esbelto hueco de una cadera.

Hacía horas que no paraban de hacer el amor. El deseo flotaba en el aire, y el castillo casi parecía oler a romance. La sensualidad volaba en alas de la brisa nocturna, e Utakata se alegraba, de que así fuera. Porque si alguna vez hubo un hombre que necesitara ser curado por el cuerpo de una mujer, ése era Neji.

Ser poseído por los draghar había cambiado a Utakata de muchas maneras que aún intentaba entender. Repasaba sistemáticamente las vastas cantidades de conocimiento que los druidas oscuros habían dejado acumuladas dentro de su cráneo, y extraía todo lo que podía ser utilizado con buenos fines.

Una de las nuevas habilidades que había desarrollado recientemente era el arte de la escucha profunda. Aún no le había contado a Izuna que ahora podía escuchar en profundidad, porque no acababa de controlar el proceso.

Antes nunca fue capaz de emplear aquel arte, esa meditativa mirada druídica en la que tan experto había llegado a ser su padre, ese escuchar con la mente y con los ojos que podía apartar a un lado las mentiras y adentrarse en la verdad más oculta, hasta llegar al corazón de un hombre.

Pero en los últimos meses de éxtasis matrimonial Utakata había descubierto una nueva quietud, una paz interior que, unida al conocimiento de los trece, logró abrir sus sentidos de druida.

Ese día, cuando salieron a cabalgar con Neji Hyūga, había usado el arte de la escucha profunda con él porque necesitaba saber si decía la verdad cuando les habló de sus razones para hacer caer los muros. Si los Uchiha iban a volver a romper sus juramentos, Utakata tenía que estar seguro de que sería por una causa justa. Sondeó a Neji sin llegar a profundizar demasiado, y esa pequeña penetración le bastó para saber que no mentía. Pero luego percibió algo más, algo que no esperaba encontrar en una todopoderosa criatura inmortal, ni siquiera en una temporalmente disminuida; algo que enseguida reconoció, y no pudo resistir la tentación de abrir un poco más sus sentidos y sondear más profundamente.

Lo que había oído en las palabras del Antiguo —en lo que había dicho y en aquellos espacios entre lo que dijo y lo que no dijo— le dio mucho que meditar.

Utakata siempre se había tenido por un hombre solitario. Pero eso era antes de que encontrase a la compañera de su vida, antes de que Hotaru pusiese sus menudas manos sobre su corazón y pronunciara los votos de enlace para jurar que siempre sería suya. Ahora sabía que hubiese podido tomar lo que antes consideraba soledad y aumentarlo en miles de años para luego multiplicarlo por el infinito, y aun así seguiría sin poder cuantificar la tenebrosa oscuridad que permanecía tan engañosamente inmóvil dentro de Neji Hyūga. Vivían días extraños, reflexionó mientras abría la puerta de su cámara, cuando los Tuatha de Danaan caminaban entre ellos en forma humana.

O..., ejem, en una que se le parecía bastante. Porque ésa era otra cosa inesperada que había descubierto acerca de su huésped de otra dimensión. Como él mismo había dicho, Neji ya no era exactamente un Tuatha de Danaan. Y, sin embargo, tampoco era humano.