CAPÍTULO 21

Mito iba por las arenas de sílice de la isla de Morar, y sus ojos iridiscentes ardían de furia mientras veía hervir las aguas de aquel mar color turquesa.

El tiempo, habitualmente irrelevante para ella, una cosa de la que, a decir verdad, apenas se daba cuenta, de pronto había pasado a ser una preocupación acuciante.

Hacía un instante percibió una sensación con la que no estaba familiarizada, una creciente falta de cohesión en la sustancia de los reinos que ella había creado para su raza. Nunca había sentido una cosa así antes, por lo que Mito no comprendió inmediatamente lo que era.

Los muros que separaban los reinos de la raza del hombre de los de los Tuatha de Danaan habían empezado a volverse más tenues.

Mito tardó unos segundos en localizar el origen de la perturbación en la urdimbre de los mundos: los druidas Uchiha aún no habían llevado a cabo el ritual de Lughnassadh, el antiguo rito que tenía que ser completado el día de esa festividad, como se había hecho durante milenios.

Sacudió la cabeza, asombrada. Por Danu, ¿querían volver a poner a prueba su clemencia?

Entornó los ojos y miró hacia dentro, desplegando su visión lejana a través del tiempo y el espacio. Para buscar cuáles de los Uchiha habían decidido fallarle ahora.

Se quedó atónita al descubrir que eran los mismos. Otra vez. Miró un poco más lejos para averiguar el porqué de aquello... Se irguió de golpe y abrió mucho los ojos, llena de incredulidad.

Amadan —siseó—. ¿Cómo osas...?

Lo que quizás era más importante, ¿cómo podía haberlo hecho?

Ella lo había despojado de todo, dejándolo desprovisto de cualquier poder —o al menos pensó haberlo hecho—, incapaz de ser visto, oído, tocado. Lo condenó a una existencia que no podía ser más vil, insustancial como un fantasma, y lo envió al reino humano. Lo desterró, cortó todos los lazos que lo unían con su mundo, le negó incluso el menor atisbo de los de su especie.

Había escogido con sumo cuidado los parámetros del castigo que le impondría, para obligarlo a saborear la amargura de la condición humana sin nada de la dulzura que llevaba aparejada, para curarlo de una vez por todas de aquella ridícula fascinación que sentía por los humanos.

La repetida indulgencia de que había hecho objeto a su príncipe favorito —el único de su pueblo que aún lograba sorprenderla en alguna ocasión, y la sorpresa era néctar de los dioses para una reina que tenía sesenta mil años— no tardó en hacer que tanto sus cortesanos como sus consejeros empezasen a mirarla con malos ojos. Eso por no mencionar la eterna labor de limpieza que se veía obligada a llevar a cabo.

El Gran Consejo llevaba siglos insistiendo en que Mito debía actuar de una vez y, después del último desafío de que la hizo objeto Neji, no le quedó más remedio que acceder. Neji había argumentado contra ella ante su corte y su consejo, algo que Mito no podía permitir jamás, si no quería que su soberanía fuera cuestionada y se la retara abiertamente. Aunque era la más poderosa de las criaturas visibles, ese poder sólo sería suyo mientras contara con el apoyo de una mayoría entre su pueblo. Ese poder podía serle arrebatado.

Mito estaba segura de que bastaría con cincuenta años de semejante castigo para que Neji se sintiera muy agradecido de ser un Tuatha de Danaan, cesara en su rebeldía, y no volviera a entrometerse en la vida de los humanos.

Nunca se le ocurrió pensar que él pudiera llegar a encontrar algún modo de emplear en su beneficio la forma que ella le había dado.

Oh, qué equivocada había estado. Como siempre, si existía alguna pequeña fisura, su iconoclasta príncipe de la casa real de los d'jai sabría ingeniárselas para dar con ella. Y le bastaba con unos cuantos meses. Ahora estaba allí, en las tierras de los Uchiha, y a Mito no le cabía ninguna duda de que era él quien había creado ese problema. Incluso maldito y despojado de sus poderes, Neji había logrado encontrar alguna forma de impedir que los Uchiha llevaran a cabo el ritual.

Mito volvió a desplegar sus sentidos, en busca de fracturas dimensionales. Las ramificaciones del debilitamiento de los muros se sentirían primero en Escocia, y luego se propagarían rápidamente hasta Inglaterra e Irlanda. De hecho, el fenómeno ya había empezado a producirse. Los efectos irradiarían hacia fuera hasta que, cuando cayera la noche, los reinos ocultos de los Tuatha de Danaan se materializarían por todo el mundo para cobrar forma entre los humanos.

Cuando anocheciese, cualquier Tuatha de Danaan que andara por el mundo humano sin lucir una apariencia mágica completa quedaría revelado ante los ojos de los mortales.

Cuando anocheciese, hasta las arenas de sílice de Morar relucirían pálidamente bajo una luna humana. Las dimensiones fluirían unas dentro de otras, los portales temporales se abrirían. Los invisibles quedarían liberados.

En pocas palabras, el infierno tomaría posesión de los mundos.

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.

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Neji estaba sentado con Sakura en la gran sala, bajo los últimos resplandores del atardecer, cuando sintió aproximarse a la reina. «Ya era hora», pensó. Incluso él empezaba a estar un tanto nervioso de tanto esperar, y se preguntaba qué podía haber entretenido a Mito.

Carecía de palabras para expresar cómo percibía la presencia de su reina y, de hecho, estaba bastante sorprendido de poder hacerlo, habida cuenta de que ahora era humano. Pero sentía una creciente rigidez en el cuerpo, una nueva presión dentro del cráneo. Tensó los brazos protectoramente alrededor de Sakura.

Hacía unas horas, había insistido en que los Uchiha dejaran la sala y se fueran del castillo —sin hacer caso de sus estridentes protestas—, y no dejó de insistir en ello hasta que consiguió convencerlos de que era más prudente que estuvieran en otro lugar, ya que Mito sin duda estaría muy furiosa cando llegara.

Le había dicho a Sakura que se quedase con él. La protegería de la ira de la reina, sin importarle lo que tuviera que llegar a hacer para ello, pero no quería cargar con la distracción añadida que hubiese supuesto la presencia de los vulnerables Uchiha.

Una súbita ráfaga de viento barrió la gran sala. El vendaval llegado de la nada apagó el fuego en la chimenea y luego un intenso olor a jazmín y sándalo flotó en el ambiente, y Mito estuvo ante ellos, envuelta en un resplandor rielante.

—Oh, Dios —exclamó Sakura, sobrecogida.

—Mi reina —dijo Neji, apresurándose a levantarse al tiempo que rodeaba la cintura con el brazo a Sakura para que lo acompañase.

Ah, sí, Mito estaba furiosa. Con la ilusión de la apariencia mágica desplegada al máximo de su potencia, estaba tan aterradoramente hermosa que, incluso para él, era casi imposible mirarla entre aquel intenso rielar que la iluminaba con el resplandor de mil diminutos soles. Por mucho que su forma fuera esencialmente humana, su cuerpo terroríficamente perfecto desnudo bajo aquella vestimenta de luz, no había nada humano en ella. Oleadas de puro poder palpitaban en el aire, la presencia de una entidad inmensa y antigua.

—¿Cómo osas? —Las palabras de la reina reverberaron a través de la gran sala, como acero golpeando la piedra.

—Mi reina —dijo Neji rápidamente—, nunca hubiese recurrido a medidas tan extremas si vuestro bienestar no estuviese amenazado. Gravemente amenazado.

—¿He de creer que has hecho esto por mí, Amadan? ¿Quieres que interprete tu último, y debo decir que es con mucho el más grande de todos, acto de desafío como una muestra de gratitud? —Su voz rezumaba sarcasmo.

Estaba usando parte del verdadero nombre de él, no Neji, sino Amadan. Ah, sí, estaba pero que muy enfadada.

—Sí, lo he hecho por vos —dijo él. Una pausa—. Aunque si os sintierais inclinada a recompensarme, no me opondría a ello.

—¿Recompensarte? ¿Qué estaría recompensando si hiciera tal cosa? ¿Tienes alguna idea de lo que has hecho? ¿Sabes que los humanos ya han empezado a infiltrarse a través de la textura del lugar y el tiempo donde reposa la vieja magia que ya nadie utiliza?

—¿Los dólmenes se han abierto? —Neji estaba perplejo.

—Sí.

—Bueno, ¿por qué diablos habéis tardado tanto en venir?

Ella le lanzó una mirada tan ártica que Neji se sorprendió de que no se le helara la piel.

—¿De qué manera estoy amenazada? Habla. Ahora. Deprisa. Con cada momento que pasa, me siento más inclinada a castigarte que a oírte.

—Darroc ha intentado matarme. —«Ya está. Ahora obra en consecuencia, Mito —pensó—, y devuélveme la inmortalidad como hace meses que deberías haber hecho.»

La reina se envaró.

—¿Darroc? ¿Cómo lo sabes? Ya no puedes ver a nuestra especie.

—Yo lo vi —habló Sakura.

Neji bajó la mirada hacia ella y la apretó más fuerte con el brazo. Sakura había entornado los ojos y mantenía la mirada apartada del resplandor, pero aun así conseguía observar disimuladamente a la reina desde la periferia de su visión. Mito había escogido aquella apariencia mágica deliberadamente, porque sabía que los humanos no podían centrar la mirada en ella. Pero no conocía a Sakura, pensó él en un fugaz momento de orgullo; su ka-lyrra era fuerte.

Mito no se dignó darse por enterada de su presencia.

—¿Cómo? —le preguntó a Neji.

—Es una sidhe-vidente, mi reina.

Mito entornó los ojos.

—No me digas. —Recorrió el cuerpo de Sakura con una mirada altiva—. Creía que todas habían muerto. Ya sabes que según los términos del Pacto eso la hace mía.

Neji se envaró.

—Sakura me ha ayudado a conseguir una audiencia con vuestra majestad para que pudiera advertiros de que Darroc ha tramado una conspiración contra vos —dijo secamente—. A cambio de que actuara como mi intermediaria, tomé las medidas necesarias para garantizar su seguridad.

—¿Garantizaste su seguridad? No tenías ningún derecho a garantizar nada.

—Mi reina, Darroc se ha traído a unos cuantos cazadores del Reino Invisible. Ahora tiene a su servicio a una veintena de ellos.

—¿Cazadores? ¿Mis cazadores? ¡Bromeas! —La brisa que soplaba por la gran sala arreció de pronto, y un torbellino de viento helado se arremolinó alrededor de Neji.

Su aliento llenó el aire de diminutos cristales de hielo cuando dijo:

—No es ninguna broma. Es cierto. La segunda vez que atacó, Darroc ni se molestó en hacer que él y sus cazadores no pudieran ser vistos. Los vi con mis propios ojos.

—Cuéntamelo —ordenó Mito.

Neji no se hizo de rogar y se lo contó todo, desde cómo había dado con Sakura hasta el primer ataque de Darroc y el que había llevado a cabo después, sin olvidar el encuentro con Aine y su acompañante.

—¿Tú también viste todo eso, sidhe-vidente? —inquirió la reina.

Sakura asintió.

—Cuéntame exactamente lo que viste.

Sin dejar de observar a la reina con la mirada medio desviada, Sakura le contó con todo detalle lo que había visto, y describió a las criaturas mágicas que habían tomado parte en ello.

—Y ambos sabemos —concluyó Neji en cuanto Sakura hubo terminado de hablar—, que sólo hay una cosa que Darroc pueda haberles prometido a los cazadores para que dejaran de seros leales.

Mito se dio la vuelta en un torbellino de luz cegadora. Luego guardó silencio durante un rato.

Inmóvil junto a él, Sakura estaba tensa y respiraba de forma entrecortada. Neji podía percibir la inquietud en su menudo cuerpo, y comprendió que estaba viendo a esa reina del pueblo mágico sobre la que tantas historias habían escuchado mientras crecía. Mito era realmente formidable; no había otra palabra con la que describirla. Sobrecogedora, antigua, imponente, extraña, increíblemente poderosa. Neji tenía que aferrarse a la esperanza de que su ka-lyrra se acordara de que él no era como su reina. De que los Tuatha de Danaan eran tan distintos los unos de los otros como los humanos.

Finalmente la reina se volvió de nuevo hacia él.

—Darroc es un anciano del Gran Consejo. Uno de mis más acérrimos partidarios, de mis más firmes defensores.

—¡Por el amor de Dios, todo eso no es más que pura fachada! ¿Es que nunca seréis capaz de ver a través de ella?

—Él nunca ha salido de mi reino para jugar con los humanos.

Neji se tragó la réplica mordaz que ya había acudido a sus labios —«No, él sólo juega con los cazadores»—, y guardó silencio.

—Hace miles de años que forma parte de mi consejo.

Neji tampoco abrió la boca. Ya le había dicho todo lo que tenía que decir; sabía que Mito entendía las ramificaciones de lo que acababa de revelarle. También sabía que le costaría mucho aceptar que uno de sus ancianos la había traicionado.

—He prohibido a todas las criaturas visibles que hagan acudir a los invisibles por la razón que sea, bajo amenaza de una muerte sin alma.

—Cielos —no pudo resistirse a decir secamente Neji —, ¿pensáis que a Darroc quizá se le haya olvidado?

—¡No creo que haya olvidado el odio que os profesabais! —siseó la reina.

Otro silencio. Mito ya no parecía estar tan furiosa con Neji, porque ahora podía dirigir su furia hacia otro mientras digería las noticias. Poco a poco, el aire ya no estaba tan frío como en los primeros instantes.

—¿Y fue por esto por lo que hiciste que los Uchiha no celebraran el ritual de Lughnassadh que mantiene intactos los muros entre los reinos? ¿Asumiste el riesgo de que nuestros mundos llegaran a colisionar?

—Sabía que era la única forma de que me escucharais. Para advertiros. Por mucho que mi reina hubiese decidido castigarme, no podía permitir que un enemigo la atacara sin hacer cuanto estaba en mi mano para protegerla. Siempre protegeré a mi reina. Incluso — añadió significativamente— cuando ella me ha despojado de mi poder para hacerlo. Además, intenté encontrar a Madara primero. Se me acaba de ocurrir que tal vez fuerais la razón por la que no pude llegar a dar con él.

—Tal vez lo fui —admitió ella—. Puede que él y su familia hayan estado disfrutando de unas largas vacaciones en Morar.

Neji sacudió la cabeza, al tiempo que curvaba los labios en una sonrisa sardónica.

—Debería haberlo sabido.

Ella lo miró fijamente un largo instante.

—Necesito tener alguna prueba de esto. Tengo que verlo con mis propios ojos. He de transmitir al consejo una visión directa sin ninguna clase de intermediarios.

Neji se encogió de hombros.

—Usadme como cebo.

—¿Y qué es lo que quieres a cambio?

—Poder tener el honor de serviros —respondió él con astucia—. Aunque, también está la pequeña cuestión de devolverme la inmortalidad y todos los poderes de los que se me ha despojado.

—Tienes pendiente una deuda conmigo. Estoy esperando.

Neji sintió temblar un músculo en su mandíbula.

—Lo dije en las catacumbas, unos instantes después de que me maldijerais.

—Quiero volver a oírlo. Aquí. Ahora.

Con una solemne inclinación de cabeza, dijo:

—Ahora veo que quizá no hice bien al oponerme a vos ante la corte, mi reina. Admito que quizás habría sido más apropiado que hubiese dado alguna muestra de lealtad por mi parte. Sí, quizá debería haberme esforzado por encontrar alguna forma más apropiada de expresaros mis preocupaciones.

—Y considérate afortunado de que yo me molestara en oírte. —Neji no dijo nada—. No creas que he pasado por alto, todos los «quizá» que hay en esa «disculpa». Aún no has admitido que cometiste una gran equivocación.

—En aquel entonces creía que en vuestro consejo había quienes tenían ciertos motivos personales para recomendar el juicio de sangre. Me preocupaba que pudieran haber empezado a tramar algo contra vos. Parece ser que en eso no me equivoqué.

Mito sonrió levemente.

—Ah, Amadan, nunca cambiarás, ¿verdad? —Lo evaluó con la mirada—. Saldrás de las tierras protegidas. Volverás al lugar donde él te encontró por primera vez.

—Sí, mi reina.

—Os iréis de aquí por la mañana, entonces.

—Querréis decir que me iré de aquí —la corrigió él.

—No me digas lo que quería decir. He dicho exactamente lo que pretendía. Tú y la sidhe-vidente.

—Ya os he dicho que yo me encargaría de hacerlo salir de su escondite. Sakura no...

—¿Sakura? Bonito nombre. Se diría que le has cogido mucho cariño a tu humana. No pensarás ponerte a discutir conmigo, ¿verdad? ¿O es que quieres volver a poner a prueba mi paciencia, cuando aún he de limpiar todos los estropicios que has causado con tu última travesura?

Neji se había quedado en silencio, y cuando volvió a hablar se esforzó por hacer que su voz sonara lo más desapasionada posible.

—Cuando la sidhe-vidente —empezó a decir— accedió a actuar como mi intermediaria y ayudarme a encontrar alguna manera de contactar con vos, a cambio yo le prometí que no volvería a correr ningún peligro. Sakura ha arriesgado su vida para ayudarnos, a nosotros que durante tanto tiempo cazamos a su gente. Su ayuda ha contribuido enormemente a preservar vuestro reino y la seguridad de todos los reinos. Le prometí que cuando todo estuviese hecho la dejaríamos en su propio mundo, viva e ilesa, libre de cualquier persecución por parte de los Tuatha de Danaan, y que haríamos que tanto ella como las personas a las que quiere estuvieran a salvo en el futuro.

—Grandes promesas para una criatura mágica tan desprovista de poderes.

—¿Me estáis llamando mentiroso?

—Eso ya lo haces tú lo bastante a menudo.

Neji se encrespó. No había ninguna necesidad de que su reina dijera eso delante de Sakura.

El silencio se prolongó. Finalmente Mito suspiró con un suave tintineo de campanillas de plata.

—Revela a ese traidor para que pueda ocuparme de él y yo respetaré la promesa que le hiciste a la humana, pero te lo advierto, Amadan: no prometas nada más.

—Entonces estáis de acuerdo en que ella debería quedarse aquí. En las tierras de los Uchiha.

—He dicho que respetaría la promesa que le hiciste. Pero ella irá contigo. Darroc podría extrañarse ante su ausencia, y entonces seguramente optaría por no hacer nada que pudiese delatarlo. Si me ha traicionado, quiero pruebas y las quiero ahora. Antes de que Darroc haga lo que tiene planeado y quienes forman mi corte piensen que pueden ir contra su reina. —Dio un paso adelante entre un remolino de radiante claridad—. Estaré observando. Haz que Darroc caiga en la trampa y vendré. Muéstrame a mi anciano acompañado por unos cuantos cazadores y te devolveré todos tus poderes. Y luego dejaré que seas tú quien decida su destino. Eso te gustaría, ¿verdad?

Neji bajó la cabeza en un rígido asentimiento.

Un torrente de sonido fluyó de los labios de la reina cuando habló en la lengua de los Tuatha de Danaan. Sakura se estremeció intensamente junto a Neji.

—No dejarás de llevar el féth fiada hasta que lo hayas hecho, Amadan.

—Por todos los infiernos —masculló Neji en un tono salvaje—. Odio ser invisible.

—Y, Uchiha —dijo Mito en una voz como un trueno repentino al tiempo que alzaba la mirada hacia la balaustrada—, os aconsejo que de ahora en adelante no intentéis alterar el curso de mis maldiciones. Celebrad el ritual de Lughnassadh ahora o mi ira caerá sobre vosotros.

—Sí, reina Mito —replicaron a coro Utakata e Izuna, mientras salían de detrás de las columnas de piedra que enmarcaban la escalera.

Neji sonrió levemente. Debió saber que ningún highlander huiría, sólo se retiraría a una posición más elevada —se echaría al monte, por así decirlo— donde esperaría, preparado y en silencio, por si había que combatir.

Sakura se relajó junto a él con un pequeño suspiro. La reina se había ido.