CAPÍTULO 22
A primera hora de la mañana siguiente, Sakura y Neji hicieron el equipaje para irse del castillo Uchiha y coger un vuelo de regreso a Estados Unidos.
Como Neji volvía a ser invisible, viajarían sin ser percibidos por los sentidos humanos y Sakura se sorprendió al reparar en que casi tenía ganas de hacerlo. Estar oculta por el féth fiada le hacía sentir cierta intrigante impunidad. También estaba el hecho de que eso significaba que no habría ni un solo instante en el que no se tocaran, y Sakura simplemente nunca se cansaba de tocar a Neji.
Inmediatamente después de la partida de la reina, Utakata e Izuna habían vuelto a celebrar el ritual de Lughnassadh. Una vez que los muros quedaron reforzados de nuevo, se sentaron con Neji y repasaron los acontecimientos de la tarde, acompañados por Sakura en calidad de intermediaria para Neji.
La había sorprendido lo mucho que se emocionaron Hotaru y Sakurasou cuando tuvieron ocasión de ver —más o menos, también con el rabillo del ojo— a la reina de los Tuatha de Danaan. Al parecer Hotaru se había sentido bastante estafada aquella vez en que Utakata pudo ver a la reina y luego no le hizo un relato completo del encuentro.
La reacción de Sakurasou y Hotaru —que no fue de miedo sino de interés y curiosidad—había servido para solidificar la nueva manera de ver las cosas que había desarrollado Sakura. Sí, los Tuatha de Danaan (como los llamaba ahora) eran distintos y venían de otro mundo, pero no eran las criaturas sin corazón y carentes de emociones que se le había enseñado a creer.
Tal como había dicho Sakurasou, eran otra raza, una raza enormemente avanzada. Y aunque lo inexplicable podía ser aterrador, conocerlo ayudaba mucho a mitigar tus temores.
Para que pudiera dar otro paso por ese camino, la noche anterior los Uchiha la habían llevado, seguida por el nuevamente invisible Neji, al otro castillo Uchiha, donde vivían Daisuke y Maggie Uchiha, y una vez allí le enseñaron la cámara subterránea de la biblioteca que contenía toda la antigua sabiduría druídica, que se remontaba hasta la fecha en que se empezó a negociar El Pacto.
Sakura pudo llegar a ver el tratado entre las razas, grabado sobre una lámina de oro puro y escrito en una lengua que ningún estudioso del presente podría identificar. Neji le había traducido unos cuantos pasajes, poniendo especial énfasis en la parte que hablaba de las sidhe-videntes: allí se decía que «aquellas que ven a la raza de los fae pertenecen a los fae», pero no había que matarlas o esclavizarlas sino dejar que vivieran en paz y lo más cómodamente posible en cualquier reino de los fae que eligieran, donde todos sus deseos serían satisfechos, excepto, por supuesto, el de recobrar la libertad. «Ya te dije que no les hacíamos ningún daño», le recordó Neji.
En el trayecto de vuelta al castillo de Utakata e Izuna, mientras Sakurasou y Hotaru volvían a hablar de la reina, Neji insistió en que Sakura les transmitiera lo enfadado que estaba con ellos por haber salido a través de la puerta principal para luego rodear el castillo y volver a entrar por la puerta de atrás.
—Te dije que esperábamos que nos cubrieras las espaldas si llegaba a ser necesario —le recordó Izuna a través de ella—. También te dije que te las cubriríamos.
Y cuando Sakura le transmitió aquellas palabras, vislumbró en la clara mirada de Neji un destello de emoción que por un instante hizo que sintiera un nudo en la garganta.
¿Cómo había podido pensar que Neji Hyūga no sentía ninguna clase de emoción? Hasta la reina las había mostrado. El que los Tuatha de Danaan fueran incapaces de sentir emociones era una falacia propagada por los libros de la familia Haruno que Sakura se apresuraría a enmendar. Junto con muchísimas otras.
Aun así, entendía cómo sus antepasadas podían estar tan equivocadas. Si hubiera tenido que guiarse sólo por la apariencia de la reina Mito, o de los cazadores, o incluso de Neji, sin llegar a mantener ningún tipo de relación con ellos, sin llegar a entender tantas cosas acerca del mundo de los Tuatha de Danaan, Sakura habría pensado exactamente lo mismo.
Pero ahora sabía mucho más que antes. Había pasado otra tórrida, deliciosa y decadente noche en brazos de Neji.
Él era la clase de amante que Sakura nunca había imaginado pudiera existir, ni siquiera en sus más locas fantasías. Y había tenido algunas francamente locas.
Neji era inagotable, alternativamente tierno y ferozmente apasionado, y tan pronto se ponía a jugar en la cama como la miraba a los ojos con una terrible intensidad. Hacía que una mujer sintiese como si no existiera nada aparte de ella, como si el mundo entero se hubiera esfumado de pronto y no existiera nada más acuciante que el próximo jadeo de placer que se le escaparía, su próxima sonrisa, el próximo beso que se darían.
Neji aún no había dicho una sola palabra acerca de sentimientos o futuro. Ella tampoco.
Aunque la misma reina les había garantizado que después de todo aquello no correría ningún peligro, Sakura no era capaz de ver más allá de su encuentro con Darroc. Sabía que no podría respirar tranquila hasta que ese encuentro se produjese.
Entonces afrontaría el futuro que la esperaba.
Entonces intentaría decidir —siempre que estuviese en su mano tomar alguna clase de decisión al respecto y que Neji no se limitara a abandonarla en cuanto fuese de nuevo todopoderoso— qué podía hacer para que un mortal y un inmortal llegaran a tener alguna clase de vida juntos.
—Prométeme que volverás. Lo digo en serio, y no tardes mucho —le rogó Sakurasou con un fuerte abrazo—. Y en cuanto aparezca Darroc y todo esto haya terminado, tienes que llamarnos para ponernos al corriente. No estaremos tranquilos hasta que hayamos tenido noticias, tuyas. ¿Lo prometes?
Sakura asintió con la cabeza.
—Lo prometo.
—Y tráete a Neji —dijo Sakurasou.
Sakura miró a su alto y oscuro príncipe. El día había amanecido envuelto en una espesa niebla blanca, y aunque ya habían dado las diez de la mañana, el sol aún no había disipado ninguna parte de ella. ¿Y cómo hubiese podido hacerlo? Si había un sol en algún punto del cielo, Sakura ciertamente no podía verlo. El mundo había adquirido un sólido techo blanco por encima de sus cabezas. Más allá de Neji, que la esperaba a un par de metros de allí, cerca del coche de alquiler en el que habían llegado al castillo, se alzaba un muro de blancura.
Neji. Sakura lo miró con ojos llenos de amor. Hoy llevaba unos pantalones de cuero negro, un jersey de pescador irlandés color crema, y aquellas botas Gucci con hebillas y cadenitas de plata que resultaban tan sexys. Su larga y sedosa cabellera negra le llegaba hasta la cintura, y la sombra de una barba espolvoreaba su rostro delicadamente cincelado. El oro de la realeza relucía en torno a su cuello.
Era impresionantemente hermoso.
Volvió la mirada hacia Sakurasou y se horrorizó al sentir el primer escozor de las lágrimas que amenazaban con empezar a manar de sus ojos.
—Si él aún está presente en mi vida, lo traeré conmigo —murmuró.
Sakurasou soltó un bufido y ella y Hotaru se miraron.
—Oh, nos parece que él aún estará presente en tu vida, Sakura.
Las defensas que tanto le había costado levantar alrededor de ese tema se estremecieron sobre sus cimientos. Sakura se envaró mentalmente, porque sabía que si no tenía mucho, mucho cuidado, podía acabar en la unidad de cuidados intensivos emocionales. Si se permitía sentir aunque sólo fuese el más insignificante de los muchos miedos que reprimía, todos ellos quedarían en libertad. Y cualquiera sabía lo que sería capaz de llegar a hacer o decir entonces: el Incidente de los Plátanos, por poner un ejemplo. La emoción le hacía cosas impredecibles a su lengua. Cosas muy, muy malas.
Pese a su firme resolución de mantener a raya sus temores, Sakura se oyó decir de manera quejumbrosa:
—Pero ¿cómo? Por el amor de Dios, va a ser inmor...
—Para —la cortó Hotaru con firmeza—. Voy a compartir contigo —dijo con una mirada a Sakurasou— algo que una mujer muy sabia me dijo en cierta ocasión. A veces has de tener fe en que todo terminará bien. Es como dar un salto sin red, ¿comprendes? No mires abajo y hazlo.
—Estupendo —masculló Sakura—. Sencillamente estupendo. ¿Por qué siempre es a mí a la que le toca saltar?
—No sé por qué —dijo Sakurasou lentamente—, pero me parece que en este caso, Sakura, no serás la única que lo hará.
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—Tuerce a la izquierda —la guió Neji.
—¿A la izquierda? ¿Cómo puedes ver que hay una izquierda en este puré de guisantes? —dijo Sakura irritada. Apenas podía ver más allá de tres metros del capó del monovolumen en el que viajaban Pero no era sólo la niebla lo que la ponía de mal humor; cuanto más se alejaban del castillo Uchiha, más vulnerable se sentía. Como si el capítulo más magnífico en el Libro de la Vida de Sakura Haruno se aproximara a su fin, y estuviese segura de que lo que encontraría al pasar la página no iba a ser de su agrado.
Ahora entendía por qué su amiga Ayamé, con esa mente tan analítica que tenía, prefería mantenerse alejada de las novelas de misterio, los thrillers psicológicos y los cuentos de terror, y sólo leía novelas románticas. Porque, por Dios, cuando una mujer cogía uno de esos libros llenos de pasiones y grandes amores, tenía una firme garantía de que al final habría un fueron-felices-y-comieron-perdices. De que, aunque el mundo que existía fuera de esas cubiertas pudiese llegar a depararte tanta pena, decepción y soledad, entre ellas el mundo era un lugar espléndido en el que estar.
Miró a Neji con irritación. Él la estaba mirando. Fijamente.
—¿Qué? —le espetó ella beligerantemente, sin ninguna intención de sonar combativa pero sin poder evitar sentirse guerrera hasta la médula.
—No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa? —preguntó él dulcemente. Sakura se apresuró a fijar de nuevo la vista en la carretera, apretó la mandíbula y por unos instantes fue incapaz de hablar, el estómago súbitamente convertido en un complejo estofado de emociones, una auténtica olla a presión que amenazaba con estallar en cualquier momento. Masculló unas cuantas palabras selectas que habrían hecho estremecer a la abuela si las hubiese oído.
—¿Por qué no dejas de preguntarme eso? —gruñó finalmente—. Estoy harta de que me lo preguntes. ¿Te lo pregunto yo? ¿Te he preguntado alguna vez eso? Es de lo más condescendiente por tu parte, como si me previnieras o algo por el estilo, como si dijeras: «No te enamores de mí, irlandesa, pobre mujercita indefensa», ¿ya qué viene esa dichosa coletilla de «irlandesa»? ¿Es que no puedes llamarme por mi nombre? ¿O se trata de uno de esos pequeños trucos para despersonalizar? ¿Se supone que te aleja un poco de la inmediatez del momento, y así no se me nota tanto que soy un ser humano con sentimientos? Pues a ver si te enteras, memo arrogante que siempre va por el mundo avasallando a los demás, no se te ocurra preguntarme nada porque puedes estar seguro de que no te contestaré, oh-príncipe-que-ahora-es- un-mero-mortal, porque cuando estudiaba en la universidad tuve que matricularme en unos cuantos cursos de psicología y entendí un par de cosas acerca de los hombres perfectamente aplicables a los que ni siquiera pertenecen a la especie humana, y si me estuviera enamorando de ti, lo que no es el caso, porque el enamorarse es una acción continuada, un acontecimiento que tiene lugar dentro del tiempo real, aquí y ahora...
Se calló, porque estaba a punto de revelar demasiado. Se sentía demasiado herida, demasiado insegura de sí misma, de él, para seguir adelante con aquello... Inhaló. Se apartó las guedejas de la cara con un resoplido de irritación. Hubo unos largos instantes de silencio.
—¿Por qué Morgana no quiso tomar el elixir de la inmortalidad? —preguntó Sakura al cabo—. Necesito que me respondas a esa pregunta.
El silencio se prolongó. Sakura evitó mirar a Neji.
—Porque la inmortalidad —dijo él finalmente, muy despacio, como si cada palabra le estuviera siendo arrancada de la boca por la fuerza y el pronunciarlas le doliese más de lo que Sakura nunca podría llegar a saber— y el alma son incompatibles. No puedes tener ambas cosas a la vez.
Sakura dio un respingo y lo miró con horror.
Él dejó caer el puño sobre la guantera. El plástico hizo explosión cuando su mano lo atravesó. La mitad de la puertecita quedó suspendida por un instante de una sola bisagra, y luego cayó al suelo. Neji curvó los labios en una sonrisa llena de amargura.
—No es lo que esperabas oír, ¿eh?
—¿Quieres decir que, si Morgana hubiese tomado el elixir, habría perdido su alma inmortal? —preguntó Sakura con un hilo de voz.
—Y luego Darroc dice que los humanos son tontos —murmuró él con un oscuro sarcasmo.
—Bueno, ejem..., pero..., no lo entiendo. ¿Cómo? ¿Es que una persona tiene que, digamos, devolver el alma?
—Los humanos tienen un aura que envuelve sus cuerpos y que nosotros podemos ver —dijo él con voz cansada—. El alma inmortal los ilumina desde dentro, y hace que brillen con un resplandor dorado. Cuando un humano toma el elixir de la vida, su alma empieza a consumirse poco a poco hasta que al final no queda nada de ella.
Sakura parpadeó.
—¿Yo brillo con un resplandor dorado? ¿Quieres decir, en este momento, mientras estoy sentada aquí?
Él rió amargamente.
—Más intensamente que la mayoría de vosotros.
—Oh. —Una pausa mientras Sakura intentaba poner un poco de orden en sus pensamientos—. Así que los humanos que toman ese elixir cambian, ¿no?
—Ah, sí. Cambian.
—Ya veo. —La falta de inflexión que había percibido en la voz de él cuando le respondió la puso bastante nerviosa. De pronto no tuvo ningún deseo de saber cómo cambiaban exactamente los humanos que tomaban el elixir de la inmortalidad. Sospechaba que la respuesta no iba a ser de su agrado—. Eso significa que los libros de nuestra familia no se equivocaban al decir que los Tuatha de Danaan no tienen alma, ¿verdad?
—Vuestros libros estaban en lo cierto acerca de muchas cosas —dijo él fríamente—. Eso tú ya lo sabes, Sakura. Lo sabías cuando me tomaste como amante, pero aun así me aceptaste de todas maneras.
—¿De verdad no tienes alma? —De todo lo que le había contado él, aquello era lo que le resultaba más incomprensible. ¿Cómo podía ser que él no tuviese alma? Ahora que por fin lo conocía, Sakura no conseguía convencer a su cerebro de que tenía que haber alguna forma de salvar ese pequeño obstáculo. Las cosas que no tenían alma eran..., bueno, malvadas, ¿no? Neji no era malvado. Era un buen hombre. Mejor que la mayoría, si es que no todos, los hombres que ella había conocido hasta entonces.
—Ni pizca. No hay alma, Sakura. Soy Neji Hyūga, una mortífera criatura mágica de ojos iridiscentes que no tiene alma.
Ay, ella le había dicho esas mismas palabras en una ocasión. Parecía como si hiciera toda una vida de eso.
Sakura mantuvo los ojos clavados en la niebla y siguió conduciendo en piloto automático.
Había empezado a creer que los Tuatha de Danaan tal vez no fueran tan distintos de los humanos, sólo para descubrir que sí lo eran, y al final no pudo contenerse. Tenía que saber en qué consistía exactamente esa diferencia. Necesitaba tener muy claro con qué se las tendría que ver.
—¿Y corazón? ¿Los Tuatha de Danaan tienen corazón?
—Los Tuatha de Danaan no tenemos ningún equivalente fisiológico de ese órgano humano —repuso Neji con voz aburrida.
—¡Oh! —Cuando descubrió lo errónea que era una gran parte de la sabiduría de los Haruno, Sakura prácticamente había rehusado a ella, junto con sus numerosas ideas preconcebidas. Pero algunas partes de esa sabiduría no estaban tan equivocadas después de todo. Y eran unas partes muy importantes.
Más conducir. Más silencio.
«No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?», había dicho él. Y Sakura había sentido como si las alarmas de todos los sistemas de seguridad empezaran a sonar dentro de ella, porque el problema era precisamente ése. No se estaba enamorando de él. Ya se había enamorado. En pretérito, y en su caso el pretérito no podía ser más pretérito. Estaba locamente enamorada de Neji Hyūga. Ya había empezado a edificar un futuro de ensueño para ellos dentro de su cabeza, y ahora su mente se dedicaba a embellecerlo con los más minúsculos y tiernos detalles.
Sakurasou y Hotaru no se habían equivocado, y la misma Sakura lo sabía, incluso entonces. Sólo que no había querido admitirlo. Igual que no había querido admitir que la razón por la que necesitaba saber por qué Morgana rechazó el elixir de la inmortalidad era que tenía la secreta esperanza de que Neji se enamoraría de ella, también, podría hacerla inmortal y así se amarían el uno al otro hasta el fin de los tiempos. Podrían tener un fueron-felices-y-comieron-perdices eterno.
Pero no era idiota. Desde que él le dijo que Morgana rechazó la posibilidad de vivir para siempre, Sakura supo que debía haber alguna cláusula oculta. Sólo que ignoraba lo enormes que podían ser las dimensiones de esa cláusula oculta.
«La inmortalidad y el alma son incompatibles.»
Sakura nunca se había considerado una persona particularmente religiosa, pero aun así era profundamente espiritual, y el alma era, bueno..., la esencia sagrada de una persona, la impronta del yo, la fuente de tu capacidad para el bien, para amar. Era lo que renacía una y otra vez mientras intentabas evolucionar. Un alma era esa pequeña parte de lo divino que llevabas en tu interior, el hálito de Dios.
Y ese elixir de la vida inmortal del que hablaba él apestaba a connotaciones fáusticas: «Anda, bebe esto y podrás vivir para siempre, sólo con que pagues el pequeño precio de renunciar a tu alma inmortal.» Sakura casi podía oler el áspero olor a azufre de los fuegos del infierno. Oía el crujir de contratos diabólicos escritos sobre gruesos pergaminos amarilleados por el paso del tiempo, y firmados con sangre. Sentía la brisa que anunciaba la llegada de los cazadores alados cuando venían a cobrar.
Se estremeció. Sakura no se tenía por una persona supersticiosa, pero aun así aquello la afectaba a un nivel visceral. Hacía que se le helara la sangre en las venas.
Una risita llena de amargura le recordó que tenía a Neji sentado junto a ella.
—¿No estás interesada en vivir para siempre, Sakura? ¿No te gustan los términos del contrato?
Oh, ese tono no se parecía a ninguno de los que le había oído emplear nunca. Perverso, cínico, lleno de burlona maldad. Era justo el tipo de voz que podías esperar del más oscuro de los fae.
Sakura lo miró y tragó aire con un jadeo entrecortado.
Neji tenía una apariencia absolutamente demoníaca, sus plateados ojos insondables, antiguos, fríos. Las ventanas de la nariz dilatadas, los labios fruncidos en algo que sólo un idiota podría llamar sonrisa. En ese instante, todo él era un inhumano príncipe mágico, peligroso y ultraterreno. Ése, comprendió Sakura, era el rostro del sin siriche du venido de otro mundo; el rostro que sus ancestros habían vislumbrado en los campos de batalla hacía muchos siglos, mientras él contemplaba la brutal carnicería con una sonrisa en los labios.
—No pienses eso —le dijo él, y aquella voz tan profunda que hablaba con un extraño acento rezumaba sarcasmo.
Una docena de pensamientos distintos colisionaron en la mente de Sakura y se debatió mentalmente, en un desesperado intento por decidir hacia dónde debía dirigir el curso de aquella conversación que había empezado tan inocuamente, sólo para convertirse en un lodazal.
Neji parecía tan remoto, tan alejado de todo, como si nada pudiera tocarlo, como si nada de lo que ella pudiera llegar a decir tuviese importancia. Y una pequeña duda empezó a roerla por dentro: ¿sería así, entonces, como era él cuando asumía toda su esencia de Tuatha de Danaan?
Sakura no se lo podía creer. Ella nunca creería eso. Lo conocía. Neji era un hombre bueno.
«Salta, Sakura —susurró una voz interior—. Dile lo que sientes. Pon toda la carne en el asador.»
Tragó saliva. Con mucha dificultad. Si Sakurasou y Hotaru hubieran estado allí, sabía que le habrían dado el mismo consejo. Ellas lo hicieron en el pasado, y no había más que ver adonde las había llevado eso. ¿Quién podía asegurar que no fuese a funcionar con ella?
Sólo había una forma de averiguarlo. El que no arriesga no gana.
Sakura inspiró profundamente para armarse de valor. «Te quiero», susurró dentro de su mente. No eran unas palabras con las que estuviera demasiado familiarizada, porque sólo se las había dicho a la abuela, y hacía mucho tiempo a sus padres, que luego se marcharon de casa. Se humedeció los labios.
—Neji, yo...
—Por todos los infiernos, ahórrame la sarta de excusas que te oiré gimotear —gruñó él—. No te he pedido que bebieras el maldito elixir, ¿verdad, irlandesa?
Sakura sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y cerró la boca tan fuerte que oyó un seco chasquido de dientes. ¡Oh, no necesitaba ese recordatorio! Ya era demasiado consciente de ese hecho. Como también lo era de que él nunca había llegado a hablar de que pudieran tener alguna clase de futuro juntos. No le había oído decir ni una palabra que dejara traslucir un grado de compromiso o emoción. Oh, hubo palabras dulces en la cama, incluso fuera de ella, pero ninguna de esas cosas con las que una mujer sintonizaba enseguida, esas frases aparentemente dichas por casualidad que daban a entender que habría un mañana y una docena de mañanas más después de ésa. Ninguna mención de unas vacaciones, o de un lugar o una cosa que a él le gustaría ver. No hubo ninguna de esas palabras sutiles que en realidad eran otros tantos sutiles juramentos, un modo de saber si el agua estaba demasiado caliente con el que buscabas obtener una respuesta parecida.
Ni una sola.
La declaración que iba a hacer se le quedó atascada en la garganta. Y de pronto Sakura no pudo respirar, no pudo aguantar un solo instante más sentada en el coche junto a él.
Pisó el freno, puso el motor en punto muerto y saltó a la carretera para echar a andar a ciegas mientras manoteaba furiosamente entre la niebla. El entorno reflejaba con demasiada precisión su paisaje interno: nada estaba claro, no podía ver a más de diez pasos enfrente de ella, no sabría volver al sitio en el que estaba hacía unos instantes. Detrás de ella, oyó cerrarse de golpe una puerta del coche.
—¡Quieta, Sakura! Vuelve aquí —le ordenó con aspereza.
—Déjame sola unos minutos, ¿de acuerdo?
—Sakura, no estamos en las tierras de los Uchiha —atronó él—. Vuelve aquí ahora mismo.
—¡Oh! —Sakura se detuvo y giró abruptamente. No había caído en eso. ¿Cuándo habían salido de las tierras de los Uchiha?
—No —dijo una voz helada cuando Darroc surgió de la niebla entre ellos—, ya no estáis ahí, ¿verdad?
Un segundo después Darroc ya se volvía hacia Neji, y Sakura oyó una rápida sucesión de estampidos. El anciano del Gran Consejo acababa de abrir fuego con una automática.
Y Neji se dobló sobre sí mismo, con una sacudida espasmódica, mientras grandes manchas rojas crecían sobre aquel jersey de color crema, su oscura cabeza saltaba hacia atrás y extendía los brazos antes de caer de espaldas.
Mirara donde mirase, Sakura vio cazadores que venían hacia ella.
Sintió sus garras sobre la piel, sintió que un sollozo desgarrado se abría paso a través de su garganta. Y luego se desmayó.
Ah, ka-lyrra, te miro y haces que quiera vivir la vida de un hombre contigo. Despertar contigo y dormir contigo, discutir contigo y hacer el amor contigo, encontrar algún ridículo trabajo humano y dar paseos por el parque y vivir tan diminuto bajo un cielo tan vasto. Pero nunca volveré a estar con otra mujer humana para verla morir. Nunca.
De la (considerablemente revisada) edición negra del Libro del sin siriche du de la familia HARUNO
