CAPÍTULO 23
Sakura subió la persiana de plástico en la ventanilla del avión y contempló el oscuro cielo nocturno.
Como iba sola, y por lo tanto era visible, no había tenido más remedio que pagar un billete de avión, que cargó en su tarjeta de crédito. El único vuelo disponible era el nocturno, y ahora tenía por delante tres largas escalas que aguantar, en Edimburgo, Londres y Chicago.
Cuando volvió en sí, estaba tendida en la carretera.
Sola. Con una espantosa sensación de náuseas en la boca del estómago.
Ver cómo el hombre al que amaba era brutalmente tiroteado había sido un auténtico infierno.
Sakura oyó cómo las balas desgarraban el cuerpo de Neji con un sonido de trapos mojados que caen al suelo, vio brotar la sangre de las heridas, y —aunque eso podía no haber sido más que una ilusión cortesía de la reina, pensó mientras rezaba para que fuera así— la expresión de dolor y perplejidad en el rostro de él había sido asombrosa, horripilantemente real.
Obligó a sus piernas desfallecidas a que la levantaran del suelo, se estremeció y miró frenéticamente a su alrededor en busca de alguien que pudiera explicarle que aquello no había ocurrido. Que la reina no había dejado morir a su Neji.
Pero no había nadie para tranquilizarla. Sólo una espesa niebla que formaba espirales en el aire, y un tenso silencio.
Aparentemente, el reino mágico ya no quería tener nada que ver con ella.
Ni siquiera había una gota de sangre en alguna parte; ni el menor rastro de que alguien hubiera estado nunca en esa carretera aparte de ella.
«¿Cómo —pensó enfurecida— es que ni siquiera tengo derecho a saber qué ha pasado? No me vengas con éstas, Mito. ¡Si piensas que me iré de aquí sin haber recibido alguna clase de explicación, no sabes lo equivocada que estás! ¿Dónde está Neji? ¿Qué ha pasado? ¡Quiero ver a Neji! ¡Al menos dime que se encuentra bien!»
Pero irse de allí con paso cansino, o más bien tambaleándose y dando traspiés, fue exactamente lo que hizo al final.
Durante un rato había perdido el control de sí misma. Sakura se enfureció y gritó hasta tener la garganta en carne viva, hasta que solo pudo emitir una especie de graznidos entrecortados. Fue de un lado a otro, dio vueltas y más vueltas por aquel tramo de carretera y pateó el asfalto hasta que ya no pudo mover las piernas, hasta que tuvo que apoyarse en el coche y finalmente, vencida por el agotamiento, se dejó resbalar lentamente hasta quedar sentada en el suelo.
Permaneció inmóvil allí, temblando entre la fría niebla mientras el día se convertía en noche a su alrededor, y esperó.
Absolutamente segura de que Neji se materializaría en cualquier instante, le dirigiría aquella sonrisa tan sexy, le diría que ya no tenía ninguna herida, y luego daría por terminada aquella horrible, estúpida conversación que habían estado manteniendo.
Ella le diría que lo amaba. Y sería como si no hubiera pasado nada. Sí, él no tenía alma y carecía de corazón. Sí, pertenecía a otra raza con una fisiología completamente distinta a la humana. Sí, ella nunca podría llegar a ser inmortal. ¿Y qué?
Se conformaría con lo mismo que le había bastado a Morgana: una vida al lado de Neji. Con lo que pudiera llegar a tener de él, fuera lo que fuese. Podían hacer que saliera bien, ella sabía que eran capaces de hacerlo. No sería como su fantasía idealizada de la adolescencia, pero bastaría. Siempre sería mejor que no tener absolutamente nada de él.
Catorce horas después Sakura ya se había resignado a la idea de que no podía quedarse sentada para siempre en el centro de la carretera. Tenía frío y hambre, le dolían todos los músculos a causa de la inmovilidad, y necesitaba desesperadamente ir al cuarto de baño.
También era consciente de que si se quedaba sentada allí, sola en la oscuridad, iría enloqueciendo poco a poco mientras se imaginaba toda clase de cosas.
La reina no habría permitido que Neji muriese. Por muy implacable que pudiera ser Mito, nunca llegaría al extremo de sacrificar a uno de los suyos. Sí, seguramente la reina habría usado su magia para llevar a Neji a algún otro lugar donde lo curaría. Seguramente hizo honor a su palabra y le había devuelto sus poderes.
Pero todos esos «seguramente» no eran demasiado reconfortantes, porque si Neji se encontraba bien y había recuperado sus poderes, entonces ¿dónde estaba?
Porque si se encontraba bien, ¿cómo podía haberla dejado sentada allí en el centro de la carretera, sin ninguna respuesta, por muy acalorada que hubiera llegado a ser la discusión en que se enzarzaron?
A menos que, a menos que, a menos que...
¡Oh, malditos «a menos que»!
A menos que ella nunca le hubiera importado en absoluto.
A menos que para él todo aquello fuese sólo una mera diversión. A menos que ella no fuese más que un medio para alcanzar un fin.
No. Sakura se negaba a pensar eso. Igual que se negaba a creer que él hubiera muerto.
—Neji está bien —se dijo—. Y va a volver. En cualquier instante.
Cualquier instante se convirtió en cualquier día que se convirtió en cualquier semana.
Pasaba el tiempo, y Sakura hacía como que no se daba cuenta.
Hacía lo que tenía que hacer como si todo aquello no fuese con ella, vacía de pasión, una autómata.
Aunque, cuando volvió a casa, una parte de ella sólo quería atrincherarse en el dormitorio y esconderse, hacerse un ovillo en la cama con la cabeza debajo de la colcha, había una parte más grande que abrigaba un odio visceral hacia los que no sabían seguir adelante cuando las cosas se ponían feas, las personas que se daban por vencidas y echaban a correr. Ella nunca se permitiría hacer eso. Así que a la mañana siguiente fue a trabajar a Little & Onomichi y se comportó como si nunca se hubiera ido.
Y tal como se imaginaba, nadie se había tomado la molestia de vaciar su escritorio. Las pilas de casos amontonados de cualquier manera seguían igual. Quitarlas de allí hubiese requerido su tiempo, y todos los estudiantes que hacían prácticas en Little & Onomichi andaban sobrecargados de trabajo. Además, quien fuese lo bastante idiota para vaciar el escritorio de otra persona acababa teniendo que apechugar con los casos que esa persona había dejado pendientes.
No, su escritorio habría permanecido intacto hasta que algún litigante telefonease para que le explicaran por qué su caso aún no había llegado a los tribunales, o hasta que se declarase algún incendio.
Sin decir una palabra a nadie, Sakura entró, dejó su expresso doble sobre la mesa, tomó asiento y se puso a trabajar en los arbitrajes. Como una autómata. Con una rápida eficiencia. Negándose a pensar en nada que no fuera el caso que tenía delante. Abstrayéndose en su trabajo. En las personas inocentes que necesitaban que ella las ayudara con sus conocimientos legales.
Y cuando Hassaku Onomichi fue hacia su escritorio, el rostro enrojecido y la voz entrecortada, para exigir saber dónde demonios se había metido —,¿y era lo bastante imbécil para pensar que aún tenía su empleo después de haber desaparecido de aquella forma?—, Sakura se limitó a mirarlo fríamente y dijo: « ¿Cuánto hace que no le ha echado un vistazo a mi porcentaje de casos ganados? ¿Quiere despedirme? Perfecto. Despídame. Diga la palabra.»
Hacía casi un mes de su pequeña confrontación y él seguía sin decir «la palabra». Y ella sabía que nunca la diría.
Curioso, estaba completamente muerta por dentro, y sin embargo ayer mismo Hassaku había comentado lo «equilibrada» que se la veía. Le había dicho que tenía un aspecto magnífico, y no sabía de dónde habría sacado esa nueva confianza en sí misma, pero que le sentaba muy bien. «Tu sigue así, Sakura —añadió—. Estás impresionante, créeme.»
Ella sonrió levemente, amargamente divertida por la ironía de todo aquello: cómo el que todo te importase una mierda hacía que parecieses estar muy segura de ti misma. Se le ocurrió que quizá debería intentar conseguir otra entrevista laboral con TT&T. Pero no lo hizo, porque el cambio era algo a lo que no se veía capaz de hacer frente en esos momentos.
Además, en Little & Onomichi había desarrollado una rutina que la mantenía agradablemente insensible.
Y si, en algún momento, un artero recuerdo de un príncipe mágico asombrosamente hermoso tumbado sobre los archivadores de su cubículo conseguía infiltrarse a través de las defensas que ella había levantado con tanto cuidado, Sakura lo aplastaba inmediatamente.
Terminó de preparar otro caso y lo archivó. Pidió que le dieran más trabajo. Se convirtió en una auténtica máquina de arbitrar.
Se abría paso a través de los días, algo para lo que sólo necesitaba fingir que no estaban hechos de cemento mojado y ella no calzaba botas de plomo. Fingía que cada paso no requería un esfuerzo hercúleo. Fingía que no necesitaba recurrir a toda su fuerza de voluntad sólo para obligarse a comer, darse una ducha, vestirse cada día.
Perdió peso y, en un desesperado esfuerzo por matar ese tiempo que de otro modo podría haberse visto tentada de invertir en pensar (nada de ponerse a pensar, no, ni aunque sólo fuese por un segundo), utilizó una pequeña parte de ese repentinamente superfluo fondo de reserva que tenía para-huir-de-las-criaturas-mágicas en renovar su vestuario. Fue a comprar ropa nueva. Mandó cortarse el pelo y hacerse otro peinado que resultaba mucho más sexy.
Una parte de ella sabía que lo único que hacía con eso era posponer lo inevitable, y que tarde o temprano tendría que suceder.
Sabía que llegaría el momento en que debería afrontar uno de dos hechos ineludibles.
A) La reina había dejado morir a Neji.
B) Neji la había utilizado.
En resumidas cuentas, Sakura tenía intención de retrasar al máximo el momento en que se vería obligada a aceptar una de esas terribles opciones.
