CAPÍTULO 24
Neji estaba de un humor de perros.
La reina no sólo había permitido que le dispararan —y él había padecido toda la terrible agonía que eso conllevaba, la mordedura de todas y cada una de las balas—, sino que luego se lo llevó del reino humano, lo transportó al reino de los fae para alojarlo nada menos que en las cámaras del Gran Consejo de los Tuatha de Danaan, lo curó pero no le devolvió sus poderes, y luego lo dejó confinado en aquellas cámaras hasta su regreso.
Y cuando por fin regresó —después de tener que esperar lo que le pareció un eón—, Neji se vio obligado a asistir a toda la maldita vista, donde tuvo que testificar sobre cuanto había visto y todo lo que había hecho Darroc, responder a un sinfín de preguntas ridículas, mientras hervía de impaciencia por volver con Sakura y hacer lo que ahora comprendía que era preciso hacer.
—Por todos los infiernos —siseó—, ¿es que todavía no hemos terminado?
Las cabezas de ocho miembros del Gran Consejo se volvieron hacia él para contemplarlo con indignación.
El consejo no permitía que nadie hablase fuera del turno de palabra que le correspondía. Hacerlo constituía un insulto mayúsculo, una imperdonable infracción de la etiqueta cortesana.
Al diablo con el consejo. Al diablo con la etiqueta cortesana. Él tenía asuntos que atender. Asuntos urgentes. No podía perder el tiempo con todas aquellas memeces cortesanas.
Neji miró a Mito sin molestarse en ocultar su irritación.
—Dijisteis que podría decidir cuál iba a ser el castigo que se le impondría a Darroc y que me devolveríais mis poderes. Bueno, pues hacedlo de una vez. Devolvédmelos.
—Hablas con la impaciencia de un mortal —dijo Mito fríamente.
—Tal vez sea —gruñó él— porque me encuentro atrapado en una forma mortal. Haced que vuelva a ser el de siempre.
Mito arqueó una delicada ceja y se encogió de hombros. Luego habló suavemente en un rápido torrente de palabras Tuatha de Danaan.
Y Neji suspiró de placer cuando se sintió cambiar. Para volver a ser el mismo de siempre.
Inmortalidad. Invencibilidad.
Un auténtico semidiós.
El poder palpitó a través de sus..., bueno, ya no tenía venas. Pero ¿quién necesitaba venas cuando había todo ese espléndido, glorioso y embriagador poder acumulado en el núcleo de su ser? Energía, proezas, calor, fortaleza. Todas las posibilidades del universo en la punta de los dedos.
Y maldita fuese, te hacía sentir bien. Neji se sentía estupendamente. La forma Tuatha de Danaan no conocía los dolores o los malestares. No había debilidad, hambre, cansancio, necesidad de comer o beber o de ir a orinar.
Poder absoluto. Control absoluto.
El mundo de nuevo a su disposición, de nuevo su juguete favorito.
—Ya puedes proclamar la sentencia, Neji —dijo Mito.
Neji reflexionó en silencio.
Mito susurró una orden y la Espada de Luz, el arma consagrada capaz de matar a un inmortal, la hoja con la que Neji infligió aquella cicatriz a Darroc hacía ya tanto tiempo, apareció súbitamente en su mano.
Y al verla supo que la reina esperaba que él exigiese la inmediata muerte sin alma de Darroc. Era lo que él, también, había creído que iba a reclamar.
Pero de pronto eso le pareció demasiado misericordioso. El muy bastardo había intentado matar a su pequeña ka-lyrra, extinguir la vida de su apasionada, sensual y vibrante Sakura.
—Hazlo —gruñó Darroc sin apartar la mirada de él—. Termina de una vez con esto.
—Tú te mereces algo mucho peor que una muerte sin alma administrada por el filo de esta espada, Darroc.
Darroc soltó un bufido.
—Vives como una bestia encerrada en una jaula, y ya ni siquiera ves los barrotes.
—Yo sólo intentaba liberarte, liberarnos a todos.
—Y esclavizar a la raza humana.
—Los humanos han nacido para ser esclavizados. Lo llevan en su ser. Débiles e insignificantes criaturas...
Y ahí estaba, comprendió Neji con una leve sonrisa, precisamente la sentencia con la que tendría que cargar el arrogante anciano.
—Hacedlo humano, mi reina. Condenadlo a morir en el reino de los humanos.
La reina rió suavemente.
—Bien dicho, Neji; nos sentimos muy complacidos. Es justo y apropiado.
—No podéis hacerme esto —se enfureció Darroc—. ¡No viviré como uno de ellos! ¡Mejor matadme ahora!
La sonrisa de Neji se intensificó.
Mito avanzó, habló en la antigua lengua y luego giró en rápidos círculos alrededor del anciano, cada vez más deprisa, hasta que lo único que quedó de ella fue un radiante torbellino que daba vueltas sobre el suelo de la cámara.
La luz se volvió cegadoramente intensa, y Darroc y la reina reaparecieron.
Neji contempló con curiosidad a su antigua némesis. Había algo... diferente en él. Algo en la nueva apariencia humana de Darroc hacía que no acabara de ser como la que se le otorgó a él. Pero ¿qué? Neji se frotó la mandíbula pensativamente y sometió al ex anciano a un prolongado escrutinio.
Alto, robusto, hermoso como todos los fae. Rostro aristocrático de facciones delicadamente esculpidas fruncidas en una mueca de desdén. Ojos del color del cobre que brillaban de rabia... ¡ah, sus ojos! Eran los ojos de un humano, sin ninguna iridiscencia ultraterrena, o intensas chispas doradas ardiendo en ellos.
Y aunque Darroc aún podía presumir del tipo de belleza exótica y asombrosamente masculina que rara vez llegabas a ver en el reino de los humanos (y que, en el caso de existir, habitualmente quedaba inmortalizada en el escenario o en la pantalla), ya no había ni rastro de esa extraña cualidad ultraterrena que Neji nunca llegó a perder. Con todo y la inefable sensación de antigüedad que emanaba de él, no habría ningún sitio donde Darroc no pudiera pasar por humano.
—No lo entiendo —murmuró Neji—. Se lo ve distinto a como era yo.
—Pues claro —dijo Mito—. Ahora es humano.
—Sí, pero yo también lo era.
La reina rió, un delicado sonido de campanillas de plata.
—No, no lo eras.
Neji parpadeó.
—Sí que lo era. Vos misma me hicisteis humano.
—Nunca fuiste humano, Neji. Siempre fuiste Tuatha de Danaan. Me limité a jugar un poco con tu forma, porque quería que estuvieras lo más cerca posible de ser un humano sin tener que llegar a transformarte en uno de ellos. Alteré tus sentidos para que no fuesen tan agudos, te hice creer que eras mortal. Tú mismo habías disminuido tu esencia cuando curaste al highlander. Pero nunca fuiste humano. Ésa es la única forma que no me está permitido deshacer. Una vez que le he otorgado la forma humana a un Tuatha de Danaan, el cambio es irreversible. Lo que le he hecho a Darroc nunca podrá ser enmendado. Nada ni nadie en todos los reinos podrá evitar que muera, humano y sin alma. Un año, cincuenta años, ¿quién sabe? Morirá.
—Pero yo experimentaba sentimientos humanos —protestó Neji.
—Imposible —dijo Mito secamente.
Neji frunció el entrecejo, lleno de confusión. Pero él los había sentido. Había sentido dolor en el pecho donde creía tener un corazón. Había sentido una extraña náusea en la boca del estómago cada vez que Sakura corría peligro. Había padecido sentimientos humanos. ¿Cómo podía ser si nunca había llegado a ser humano?
Sacudió la cabeza abruptamente. Demasiadas preguntas, pero ya pensaría en ellas después. Ahora tenía asuntos más importantes que atender. Y pronto, antes de que Mito encontrara otra razón para dejarlo atrapado en una nueva forma llena de limitaciones.
Mientras la reina estaba ocupada llamando a su guardia para que llevara a Darroc al reino de los humanos y trajese allí a su consorte Mael, al que Darroc había delatado como cómplice suyo, Neji se tensó silenciosamente para saltar a través del espacio.
La reina volvió súbitamente la cabeza hacia él para darle una orden llena de furia:
—Deja de hacer eso ahora mismo, Amadan D...
Pero Mito habló demasiado tarde para que sus palabras pudieran detenerlo.
Neji ya se había ido.
Lo primero que hizo fue ir al emparrado real de Mito.
Ya había robado el elixir de la vida de los aposentos privados de la reina en una ocasión.
Neji volvió a hacerlo.
Un diminuto recipiente de cristal que contenía una minúscula cantidad de reluciente líquido plateado.
Y mientras volvía a saltar a través del espacio, dispersando el residuo de su esencia antes de encaminarse hacia Cincinnati, se puso a pensar en los últimos instantes que había pasado con Sakura.
«No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?», le había preguntado. Y ella se puso como una furia.
Acto seguido se embarcó en una furiosa diatriba de la que Neji no logró entender gran cosa, posiblemente porque dejó de prestarle atención al darse cuenta, tras escuchar las primeras frases, de que no contenía ni un solo «sí» y, a juzgar por el tono en que le hablaba, Sakura no tenía intención de incluir ninguno.
Luego se preguntó por qué Morgana había rechazado el elixir de la vida, y Neji sintió como si algo se rompiera dentro de él.
Dios, siempre había que volver a las almas. Almas, almas, almas. Y a su dichosa carencia de una.
Podría haberle ofrecido a Sakura una hermosa mentira —ya tenía preparadas unas cuantas por si se presentaba la ocasión—, pero la ira, el desafío y una pena de hacía muchos siglos hicieron nacer en él una salvaje necesidad que no pudo ignorar.
De coger la realidad que le hacía ser Neji Hyūga para obligarla a tragársela. De decirle: «Esto es lo que soy, por el amor de Dios, ¿es tan espantosamente horrible?»
Mírame. ¡Mírame! Y ella lo vio.
Ah, sí, él la había obligado a que lo viera.
Y Sakura lo había mirado con un intenso horror en aquellos hermosos ojos verdes. Aquellos ojos que tan sólo la noche anterior habían estado llenos de pasión, invitadores y cálidos y tiernos. Aquellos ojos que le habían hecho sentirse como un hombre, más vivo y en paz consigo mismo que nunca y en un sitio al que podía llamar hogar.
Y entonces fue cuando Neji por fin lo entendió.
¿Cómo había podido llegar a ser tan estúpido con Morgana? Había cometido un inmenso error.
No tenía ninguna intención de volver a cometerlo con Sakura. Ahora que volvía a ser todopoderoso, borraría de su memoria el recuerdo de lo que se había permitido admitir ante ella. Eliminaría todos los hechos que tan desagradables le parecieron, los borraría de su mente sin dejar rastro de ellos.
Luego le daría a beber el elixir de la vida sin que ella lo supiera.
Y después se la llevaría consigo y la mantendría deliciosamente ocupada, cautivándola por cualquier método al que tuviera que recurrir, durante todos los años que hicieran falta para que su alma inmortal acabara de consumirse.
Y cuando su alma hubiera desaparecido por fin, Sakura ya ni siquiera sentiría aquellas partes de sí misma que la hicieron aferrarse a ella. Ni siquiera sabría que hubiese debido echarla de menos. Y entonces sería suya para siempre.
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Todo el tiempo que pudiera resultó ser exactamente un mes, siete días, y catorce horas.
A Sakura le hubiera gustado que durara más, pero de nuevo, otro diabólico café con hielo para llevar se cruzó en su camino y se encargó de impedírselo.
De vez en cuando se decía que quizá debería renunciar a su adicción, y empezaba a pensar que su vida no sería tan complicada si conseguía prescindir del café. Con todo, cuando llegó a esa conclusión, ya era demasiado tarde.
Noche de viernes. Noche de salir con alguien. Sakura se quedó en el bufete hasta más tarde de lo habitual porque sabía que aquella noche las parejas saldrían a recorrer las calles de su vecindario, cogidas de la mano, hablando y riendo mientras disfrutaban del suave beso del otoño que flotaba en el aire de principios de setiembre.
Las clases habían vuelto a empezar, y aunque eso le creaba toda una serie de nuevas obligaciones, Sakura no dejó su empleo en Little & Onomichi. Lo que hizo fue reorganizar su horario de trabajo alrededor de las horas de clase, en un desesperado esfuerzo por mantenerse tan ocupada que no le quedara tiempo para pensar.
Cuando salió del bufete aquel anochecer, entró en el Starbucks y se hizo con el ya mencionado dichoso café con hielo antes de ir a recoger su reluciente BMW del aparcamiento.
Se sentó al volante e intentó fingir que no percibía el tenue perfume a jazmín y sándalo que aún impregnaba el lujoso interior recubierto de cuero.
Una parte de ella había querido vender el coche, hacer desaparecer de su vida aquel recordatorio de Neji, del mismo modo en que había envuelto todas las copas de cristal y la vajilla de porcelana que él dejó encima de la mesa del comedor, su camiseta y todos los regalos que le había hecho, y los metió dentro de un baúl en el desván.
Desgraciadamente, necesitaba el vehículo y en su estado de ánimo actual ni siquiera se sentía capaz de pensar en venderlo y comprarse uno nuevo.
Devolver los diecisiete mensajes telefónicos dejados por Sakurasou y Hotaru en el curso de la última semana también hubiese consumido demasiadas energías.
Al parecer no había bastado con la nota que les envió unos días después de su regreso a casa. De acuerdo, la nota era breve: «Sakurasou, Hotaru, las cosas no salieron como yo esperaba. Pero estoy bien, sólo que ahora me mantienen muy ocupada en el trabajo. Ya os llamaré en algún momento. S.»
Sakura sabía lo que querían. Sakurasou y Hotaru querían respuestas. Querían saber qué había sucedido con Darroc, con Neji. Pero ella no tenía ninguna respuesta que darles.
No había logrado hacerse con el fueron-felices-y-comieron-perdices que consiguieron ellas, y simplemente se sentía incapaz de ponerse a hurgar en su miseria con unas personas que irradiaban felicidad. Que tenían todas las cosas que ella había esperado llegar a tener: unos esposos que las querían, unos bebés preciosos, unas vidas llenas de amor y risas.
Querrían respuestas acerca de ella. Querrían saber cómo se sentía realmente, y en cuanto la tuvieran al teléfono no permitirían ninguna evasiva. Su empatía y su bondad la harían añicos. Sakura sabía que el día en que les devolviera las llamadas sería el día en que empezaría a derrumbarse.
Por eso no les devolvía las llamadas. Punto. «No me derrumbaré. No con el programa de actividades meticulosamente controlado que tengo ahora.»
Y si se les ocurría presentarse en su casa sin previo aviso como amenazaban con hacer en el mensaje que le habían dejado anoche, bueno..., ya se las vería con eso entonces.
Diez minutos después, Sakura metió el coche en el callejón detrás de su casa. Se echó el bolso al hombro con un ruidoso suspiro, cogió su maletín, su bolsa del gimnasio, una enorme pila de expedientes que no le habían cabido en el maletín porque necesitaba tener mucho trabajo durante el fin de semana para no enloquecer, y luego puso el café encima de todo aquello, con la tapa de plástico firmemente incrustada debajo de su barbilla para que no se le cayera nada.
Logró llegar hasta la sala de estar antes de perder el control de su precaria carga.
Los expedientes resbalaron en una dirección, el maletín fue en dirección opuesta y luego lo siguió el café, que le resbaló de debajo de la barbilla para rebotar en una mesita auxiliar, sobre una pila de libros y revistas, y mojarlo todo con un líquido oscuro y frío.
Sakura masculló unos cuantos juramentos y empezó a recoger del suelo expedientes manchados de café.
Y entonces fue cuando lo vio.
Desde su regreso de Escocia, Sakura se había mantenido alejada de la biblioteca de la torrecilla. Se negaba a entrar allí, porque no se sentía capaz de ver aunque sólo fuese las cubiertas de los Libros de las hadas de la familia Haruno.
Durante todo ese tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que el Libro del sin siriche du estaba puesto boca abajo sobre la mesita auxiliar.
Ahora estaba boca abajo encima de un charco de café.
¡Se iba a estropear!
Sakura corrió a la mesita, rescató el libro de la gruesa capa de líquido enfriado por el hielo, y lo restregó frenéticamente contra el sofá para secarlo, sin importarle el estropicio que iba a hacer en el motivo de flores del tapizado.
Abrió el libro con el pulgar para evaluar los daños.
Y como por obra del destino —que Sakura empezaba a creer era muy aficionado a gastar bromas pesadas, con su especialidad en hacerse pasar por algo aparentemente tan inocuo como un café para llevar—, el delgado tomo negro se abrió por una página que no había estado allí antes.
Sakura enseguida reconoció aquella letra elegante, inclinada y llena de arrogancia. Sí, aquellas líneas habían sido escritas por la mano de Neji. Sakura las leyó, volvió a leerlas y luego las releyó por tercera vez, y se estremeció de dolor con cada palabra que leía.
«Pero nunca volveré a estar con otra mujer humana para verla morir. Nunca.» Y allí estaba.
La respuesta que tan desesperadamente había buscado siempre estuvo allí. No, Neji no había muerto. Simplemente había decidido no regresar.
Un grito de angustia creció en su garganta. Sakura intentó tragárselo, pero llevaba demasiado tiempo tragándose sus sentimientos. Día tras día había negado el dolor que le desgarraba el corazón y así fue como consiguió permanecer atrapada en una especie de limbo, porque se repetía una y otra vez a sí misma que mientras no aceptara ningún desenlace irrevocable, no habría nada por lo que tuviese que llorar.
Pero ya no podía fingir por más tiempo. Él se había ido. Y no iba a volver.
Los ojos se le llenaron de lágrimas que le impedían ver nada, Sakura apretó el libro contra el pecho, se dejó caer al suelo y estalló en sollozos.
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Porque Sakura era una sidhe-vidente, porque él sabía que el féth fiada no podía afectarla, y porque no pudo resistir el impulse de espiarla durante unos momentos antes de completar lo que había venido a hacer, Neji se materializó en la cocina de Sakura a una astilla de dimensión más allá de su percepción, la diminuta botella de elixir en el hueco de la mano.
Inhaló. ¡Ah, cómo había echado de menos su olor! Un tenue, absolutamente femenino aroma a vainilla y rayos de sol.
Casi todas las luces estaban apagadas y Neji fue por la casa en busca de Sakura. Ella estaba allí, podía sentirla. Entonces vio que había una luz encendida en la sala de estar.
Cruzó el umbral y allí estaba ella. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda hacia la puerta. Tan hermosa como siempre. El traje negro que llevaba realzaba sus curvas, la falda era lo bastante corta para permitirle lucir las piernas (¡por Danu, cómo había echado de menos él aquellas piernas tan deliciosas! Se moría de ganas de volver a sentirlas alrededor de su cintura), y los zapatos de tacón le daban un aspecto muy sexy. La chaqueta quedaba un poco ceñida en la cintura, realzándole las caderas y los senos.
Pero se la veía distinta. Neji frunció el entrecejo, entró en la sala y fue hacia Sakura. Estaba un poco más delgada, y eso no le gustó nada. Neji quería que su mujer tuviera lo que habían de tener las mujeres. Le gustaba más como era antes, suave y llena de delicadas redondeces. Dios, ¿cuánto tiempo habría transcurrido?, se preguntó. Cuando era inmortal siempre perdía la noción del tiempo, que además transcurría más deprisa en el reino de los humanos que en el de los fae. Sakura también había cambiado su peinado, pero eso, decidió Neji mientras la miraba, la hacía aún más sexy aunque no podía vérselo muy bien con la cabeza gacha como la tenía en aquel momento y todo el pelo cayéndole alrededor de la cara.
Entonces un ruidito muy tenue llegó hasta él desde detrás de aquella sedosa cortina de pelo, como si Sakura acabara de sorber aire por la nariz y le costase un poco respirar.
Neji ladeó la cabeza, se detuvo ante ella y la miró.
¿Estaba llorando?
Entonces Sakura levantó la cabeza y Neji tragó aire con un jadeo ahogado cuando por fin pudo verle el rostro. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, las lágrimas corrían por sus mejillas, y se la veía tan abatida y exhausta que por un instante Neji sintió como si ese corazón del que carecía le diera un vuelco en el pecho.
¿Quién se había atrevido a hacerle daño a su mujer? ¿Qué bastardo había hecho llorar a Sakura? ¡Mataría a ese hijo de perra!
Entonces reparó en que Sakura tenía un libro encima del regazo. El libro de Neji.
¿Era él quien la había hecho llorar?
Mientras la miraba, más lágrimas corrieron por sus mejillas y gotearon sobre el suave cuero negro del tomo. Sakura pasó los dedos por la cubierta.
—Maldito seas, Neji Hyūga —susurró.
Neji soltó un bufido. Sí, bueno, él ya había oído eso suficientes veces para no olvidarlo en una eternidad. Frunció la frente y se dispuso a inclinarse para ponerle las manos en la cabeza, decidido a indagar en la mente de Sakura y arrancar de ella eso que él nunca tuvo que decirle para empezar.
Extendió las manos. Titubeó. Retrocedió. Se maldijo en voz baja. Volvió a extender las manos.
Entonces ella habló, la voz trémula por el llanto.
—Te amo, maldita sea —dijo en un susurro entrecortado—. Te quiero tanto que me está matando. Dios, qué estúpida fui. Nunca te he importado, ¿verdad? ¿Cómo se supone que voy a seguir adelante con mi vida ahora?
Neji se estremeció, dio un paso atrás y apretó las manos sobre los costados. Apenas sintió cómo el diminuto recipiente de cristal implosionaba con un chasquido de cristal entre sus dedos.
Por un largo instante, no pudo moverse. Se quedó inmóvil, aturdido y lleno de confusión.
Sakura sabía que él era un fae. Sabía que no tenía corazón ni alma. Sabía que él había hecho cosas horribles, y acababa de decir que lo amaba. Lo amaba.
Por todos los infiernos, lo amaba.
¿Que ella nunca le había importado? ¿Estaba loca? ¡Pero si todo dependía de ella! Sakura siempre había sido el centro alrededor del que giraba todo. ¡Cada una de las acciones de Neji, cada uno de sus pensamientos desde aquella noche en que la vio por primera vez habían estado centrados en ella! No había estado ausente de sus pensamientos ni por un instante. Neji la llevaba en su interior. Ahora formaba parte de él.
¿Cómo era posible que Sakura no lo supiera? Neji no había dejado de decírselo con cada uno de los regalos que escogió para ella. ¡Era lo que intentaba decirle cada vez que se enterraba dentro de su cuerpo! Eso siempre había estado presente en cada uno de sus besos, en cada una de sus caricias, silencioso, porque Neji no quería ver cómo sus propias palabras le eran arrojadas a la cara. Pero siempre había estado allí, hasta en sus palabras.
De alguna forma.
En el modo tan peculiar de hablar de aquellas cosas que tenían los varones humanos. O eso le había enseñado el milenio que dedicó a espiarlos.
¿Cómo podía ser que Sakura no supiera que cada vez que le preguntaba a su irlandesa si no se estaría enamorando de él, aquella pregunta era su forma de declarar que él ya se había enamorado de ella? Por todos los diablos, pero si incluso cuando iban en el tren él ya sabía que estaba perdidamente enamorado de Sakura.
También sabía que era lo peor que podía llegar a hacer. Menuda estupidez, enamorarse de una humana. Pero antes podría haber detenido aquel tren que corría velozmente hacia su destino que evitar enamorarse de ella.
«No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?»
Eso habría tenido que darle pie a ella para decir: «Hummm, bueno, puede que sí me haya enamorado un poco de ti», y entonces él habría respondido: «Bueno, hummm, quién lo iba a decir; puede que yo también me haya enamorado un poco de ti.»
Simple, concisa, directa comunicación masculina. Porque era eso, ¿verdad? ¿No era así como lo hacían los hombres? ¿O quizá los individuos a los que había espiado en todos aquellos siglos no constituían una muestra representativa del sexo masculino humano? ¿Habría malinterpretado todo lo que observó?
«Ella me ama.»
Aquella súbita revelación lo dejó tan sobrecogido que no podía hablar. Bajó la mirada hacia el reluciente líquido plateado que goteaba de su puño. Y un momento de claridad cristalina cobró determinación en él.
Neji abrió la mano y soltó lo que quedaba del recipiente. Con una flexión de voluntad Tuatha de Danaan, envió el elixir derramado y el recipiente roto a una lejana dimensión olvidada donde esperaba que no causarían ningún daño.
Por fin había comprendido que Morgana siempre estuvo en lo cierto: él no la había amado.
El verdadero amor nunca avasallaría el alma de otra persona para ponerla en peligro.
La intensa presión detrás del esternón volvió de pronto, aquella opresión en el pecho, aquella súbita tensión en el estómago. Las sensaciones crecieron y se esparcieron por todo su cuerpo, y se volvieron tan intensas que Neji casi se retorció de dolor. Y de pronto pudo ver la suma de toda su existencia, reducida a la culminación de una serie de acontecimientos destinados a conducirlo hacia un banco determinado en un determinado momento de una noche determinada.
Hacia la mujer que ahora lloraba ante él. Miró a Sakura.
Ella sollozaba, la cabeza baja y el rostro enterrado en las manos.
La pasión era la morada del alma, y ahora Sakura resplandecía con una claridad dorada aún más intensa en su pena. Qué hermosa estaba con aquella claridad divina que la iluminaba desde dentro, la misma esencia de quién y qué era ella. Neji se horrorizó al pensar que había estado a punto de arrebatársela. Él nunca podría despojar de su alma a Sakura.
Pero tampoco soportaría verla morir. No estaba dispuesto a vivir sin ella.
Lo que le dejaba, comprendió, una sola opción.
