CAPÍTULO 25
La reina Mito contemplaba el lugar donde unos momentos antes el último príncipe de la casa real de los d'jai se había alzado ante ella en su emparrado real.
Neji se había ido. Al reino de los humanos.
Mito suspiró con un inmenso cansancio. Había intentado convencerlo con toda clase de argumentos, sobornó, amenazó. Pero nada de lo que le dijo bastó para que él se echara atrás.
—Estás hablando de la sentencia que escogiste como castigo para los crímenes de Darroc, Neji... ¿y sin embargo ahora la solicitas para ti?
—Sí.
—¡Ya sabes que la transformación es irreversible! No podré salvarte si luego cambias de parecer. A diferencia de tus otras aventuras, no habrá ninguna escapatoria en el último segundo.
—Comprendo.
—¡Morirás, Neji! Una vida mortal, sin que nadie pueda asegurar cuántos años durará, y luego desaparecerás.
—Comprendo.
—Pero tú careces de alma. No podrás seguir a tu sidhe-vidente cuando ella muera.
—Lo sé.
—¡Por Danu! Entonces, ¿por qué?
Él permanecía inmóvil ante ella, tan tranquilo y lleno de compostura. Tan bello y majestuoso y tan —la reina enseguida lo comprendió— irremisiblemente fuera de su alcance.
—No quiero vivir sin ella, Mito. La amo. —Un elegante encogimiento de hombros—. La amo más que a la vida.
Aquello era tan absolutamente inconcebible para Mito que por un instante fue incapaz de encontrar argumento que oponer a sus palabras.
—Hazme humano, Mito.
Mientras ella guardaba silencio e intentaba decidir si debía seguir disuadiéndolo de que lo hiciera, o simplemente confinarlo donde fuese —en el vientre de una montaña, tal vez en las profundidades del mar— hasta que la sidhe-vidente llevase muchos años muerta, Neji se arrodilló ante ella, sin el menor rastro de la arrogancia y el orgullo que siempre lo habían caracterizado.
Su jactancioso, apasionado e inconstante príncipe bajó la cabeza.
Humildemente.
Y luego pronunció dos palabras que la reina nunca había oído salir de aquellos hermosos y sensuales labios, ni una sola vez en seis mil años.
—Por favor.
En ese momento, Mito supo que lo había perdido.
Que si no satisfacía su petición, haría de él —ese príncipe al que siempre había favorecido por encima de cualquier otro— su mayor enemigo. No se trataba de que él pudiera hacerle ningún daño, considerando lo mucho más poderosa que era ella (aunque, dado lo impredecible que era Amadan, tampoco estaba absolutamente segura de ello), pero si tenía que perderlo, no sería porque él hubiese decidido odiarla. Antes se lo cedería a otra mujer, por mucho que le doliese hacerlo.
Mito cerró los ojos y cerró las manos en delicados puños. De haber imaginado, aunque sólo fuera por un instante, cuando escogió el castigo que le impondría a Neji, que las cosas podían terminar así, nunca lo hubiese hecho. Habría desoído a sus consejeros y hubiese trazado su propio curso de acción.
Como haría en lo sucesivo vista la reciente traición de quienes se hallaban más próximos a ella, su Gran Consejo y su consorte, nada menos. Porque de ahora en adelante ya no tendría a Neji para que le cubriese las espaldas.
—Ah, Amadan —susurró—. Te echaré de menos, mi príncipe.
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Sakura sacudió la cabeza mientras conducía aquel convertible que más parecía un deportivo por el callejón trasero de su casa.
Un hombre que conducía un Lexus la había seguido la mitad del trayecto desde el colmado, se había saltado un semáforo en rojo y había intentado darle su número de teléfono.
Últimamente los hombres no la dejaban en paz.
«Eso es porque salta a la vista que no sientes ningún interés por ellos —le había dicho Hotaru la noche pasada, cuando al fin hablaron por teléfono—. Para muchos hombres, eso es un reto que no pueden resistir: una mujer hermosa a la que no le importan nada.»
«Oh, por favor, es el coche», había replicado Sakura, al tiempo que ponía los ojos en blanco. Realmente iba a tener que desprenderse de él. Atraía a todas las clases equivocadas de hombres. Aunque en realidad tampoco era que hubiese alguna clase apropiada, porque Sakura ya había probado a qué sabían los cuentos de hadas, y después de eso, ningún mero varón humano podría esperar estar a su altura.
Hacía una semana por fin les devolvió sus numerosos mensajes telefónicos a Sakurasou y Hotaru, aquella espantosa noche en que encontró el Libro del sin siriche du.
Sakura lloraba con tal desconsuelo que cuando Hotaru cogió el teléfono ni siquiera consiguió articular un «hola».
Pero Hotaru supo inmediatamente que era ella, y Sakurasou se puso por otra línea, y las esposas de los Uchiha lloraron con ella, desde el otro lado del océano. Intentaron persuadirla de que regresara allí y se quedara una temporada con ellos, pero Sakura aún no estaba preparada para volver a ver el castillo Uchiha.
Quizá nunca estuviera preparada para volver a verlo. Sakura había pasado las noches y los días más gloriosos de su vida en aquel castillo, había perdido tanto su virginidad como su corazón en la Cámara de Cristal. Allí era donde había llevado sus diamantes y había llegado a ser su mujer, donde su príncipe de los fae la había tenido en sus brazos en lo alto de un precipicio mientras veían nacer el día.
Sólo pensar en ello hacía que una neblina de lágrimas acudiera a sus ojos. No, decididamente no estaba preparada para volver a Escocia.
Sakura recogió sus compras, conectó la alarma del coche y subió apresuradamente los escalones que llevaban a la puerta de atrás. Acababa de meter la llave en la cerradura cuando la puerta fue abierta desde dentro tan abruptamente que Sakura se vio arrastrada al interior de la casa con ella. Para chocar con un cuerpo duro como la roca.
Dio un respingo, se puso a manotear y retrocedió. Las bolsas de la compra resbalaron de sus brazos repentinamente flácidos, y abrió mucho los ojos.
—Hola, Sakura —dijo Neji.
Y a Sakura le fallaron las rodillas.
—¡Deja de tratarme como si fuera un saco de patatas!
—Ya sé que no eres ningún saco de patatas —dijo Neji gentilmente, al tiempo que aprovechaba la posición de Sakura para pasar la palma de la mano por aquel magnífico trasero. En cuanto había visto que empezaba a desplomarse, la cogió en brazos y se la echó al hombro—. Te desvaneciste. Me he limitado a evitar que cayeras al suelo.
—Yo no me desvanezco. Nunca he tenido un desvanecimiento —gritó Sakura, al tiempo que le aporreaba la espalda con las palmas de las manos—. ¡Y eso es mi trasero, no el tuyo, así que deja de tocarlo!
Neji se echó a reír. ¡Ah, cómo había echado de menos a su temperamental ka-lyrra!
—La posesión supone nueve décimas partes de la ley, Sakura. Habida cuenta de que actualmente tu trasero se encuentra en mis manos, no en las tuyas, creo que eso lo hace mío. —Con una sonrisa malvada, pasó los dedos por aquellas atractivas nalgas vueltas hacia arriba y los introdujo íntimamente en la hendidura que corría entre ellas.
—Ooooh... ¡nunca había oído un razonamiento más estúpido! Es justo el tipo de lógica que se puede esperar de una criatura mágica, ¿eh? ¡Nueve décimas partes de arrogancia y una décima parte de fuerza bruta! Bájame. ¿Qué has hecho esta vez? Seguro que has vuelto a meterte en líos y necesitas que una pequeña sidhe-vidente te eche una mano, ¿verdad? Pues lo siento mucho por ti, pero ahora no estoy disponible. Lárgate.
Él le dio unas palmaditas en el trasero y continuó llevándola a cuestas a través de la casa, con rápidas zancadas, en dirección a la escalera.
—No me iré nunca, ka-lyrra —ronroneó, feliz de poder sentir el suave peso de las hermosas formas de Sakura contra su cuerpo. Era como si llevase un siglo sin tenerla en brazos.
—Claro. Sí, perfecto. Venga, hazme más de esas promesas de criatura mágica tuyas que no significan nada. Esta vez te aseguro que no me dejaré engañar por ellas, y no pienso jugar a cualquiera que sea el estúpido juego que se te haya ocurrido ahora. No puedes aparecer de pronto como si tal cosa, sólo para volver a esfumarte en cuanto te hayas cansado de mí. Aquí no nos regimos por la política de Puertas Abiertas. ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Adónde me llevas? —preguntó secamente.
Él volvió su rostro hacia ella y le mordisqueó el muslo en una juguetona caricia amorosa.
—A la cama, Sakura.
—Ah, no, de eso ni hablar —siseó ella, para luego embarcarse en una larga exposición de todas las razones por las que Neji nunca volvería a acostarse con ella. Le dijo que antes era tan crédula que se creía lo primero que le decían, pero ya no. Que él la había curado de todas sus ilusiones. Sin dejar de retorcerse sobre el hombro de Neji como una diablesa escapada del infierno, le explicó con voz gélida que no había lugar en su vida para un bastardo sin corazón como él, y que le encantaría verlo reducido a la condición de mortal para que pudiera morir y arder durante toda la eternidad en las llamas del infierno.
Neji la dejó caer sobre la cama y la sacudida le dio tiempo a él para decir:
—¿Me odias, Sakura? Qué lástima. Porque hablaba muy en serio cuando te dije que no me iría. Nunca me iré. Estoy enamorado de ti.
Su ka-lyrra se quedó petrificada, la boca abierta en una mueca de desesperación mientras intentaba tragar aire. Luego, con una gran inhalación entrecortada, se abalanzó sobre él, una catapulta femenina hecha de puños, lágrimas y gimoteos.
Mientras caía al suelo con ella encima, Neji sólo tuvo tiempo de pensar que nunca conseguiría llegar a entender a las mujeres.
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Sakura yacía en el suelo entre los brazos de Neji y sentía que le daba vueltas la cabeza.
Él no había movido un dedo mientras ella le pegaba hasta quedar exhausta. Dejó que se enfureciese, chillara y llorase, y lo soportó todo en un paciente silencio hasta que a Sakura le faltó la respiración de tanto llorar y empezó a hipar incontroladamente. Entonces la acostó sobre el costado, la atrajo hacia su poderoso cuerpo y la mantuvo abrazada hasta que ella se calmó, sin dejar de susurrarle palabras tranquilizadoras al oído.
—Chist, cariño. Cálmate, mi amor. No pasa nada. Todo va bien.
¿Amor? ¿La palabra que empezaba con A, en labios de Neji?
¿Dentro de qué imposible cuento de hadas habría caído ella ahora?
—¿Estoy despierta? ¿Esto es un sueño? —susurró.
—Si lo es —le susurró él a modo de respuesta—, sólo pido que no se termine nunca. No me refiero a la parte en que no parabas de llorar —aclaró—, sino a la de tenerte-en-mis-brazos. —Le dio la vuelta con mucha delicadeza hasta dejarla de cara a él.
Sakura hundió el rostro en el pecho de él, sorbió aire por la nariz e intentó entender qué estaba sucediendo. No se atrevía a creer que estuviese despierta. Temía que en cuanto se permitiese llegar a creerlo, despertaría de golpe. Para encontrarse sola en la cama, en su gran casa silenciosa.
—Mírame, ka-lyrra —dijo él dulcemente.
Sakura volvió a sorber por la nariz e inclinó hacia atrás la cabeza hasta que la oscura mirada de él se cruzó con la suya. Y frunció el entrecejo, atónita. Descubrirlo en su casa la había dejado tan estupefacta que aún no le había echado una buena mirada. Algo había cambiado en él. Pero ¿qué? ¿Sus ojos?
—Te amo, Sakura Haruno.
Ella lo miró en silencio, aturdida por el terrible impacto de aquellas palabras.
Entonces él la besó, apretándole la boca con los labios mientras su lengua suave como el terciopelo se adentraba en ella. Y Sakura se entregó por completo a aquel beso. Sueño o no, era lo bastante real para ella. Neji la tenía en sus brazos y decía que la amaba, y si estaba dormida, esperaba no despertar nunca.
Hasta su beso era distinto, percibió vagamente, mientras su cuerpo cobraba vida con un frenético chisporroteo entre los brazos de Neji. Ahora su abrazo iba acompañado por una sombra de urgencia que nunca había sentido antes. En vez de estar moldeado por la calma de un inmortal que dispone de todo el tiempo del mundo, ahora encerraba una desesperación muy humana y contenía todo el ávido deseo y la pasión de una criatura mortal.
Aquello la impresionó tanto que Sakura se sintió enloquecer de pasión. Le devolvió el beso con todas sus fuerzas, lo empujó hacia atrás hasta dejarlo acostado en el suelo, se le subió encima y enterró las manos en sus cabellos. Para besarlo una y otra vez, con semanas de pena y anhelo y necesidad detrás de cada beso.
Nunca llegaría a saber cómo hicieron para librarse de la ropa. Lo único que supo fue que unos instantes después ambos estaban desnudos en el suelo de su dormitorio y Neji se había puesto encima de ella para empezar a penetrarla.
Y ella volvía a estar viva. Ahora en sus venas había sangre, no hielo. Dentro de su pecho había un corazón, no...
—Neji —jadeó, perpleja—. Puedo sentir latir tu corazón.
Sakura nunca lo había sentido antes. Aunque entonces él era humano, ni una sola vez había podido percibir el poderoso palpitar del corazón de Neji bajo la palma de su mano, el latir de un pulso en su cuello.
Y nunca se había percatado de su ausencia hasta ese momento, cuando por fin los sentía.
Él la miró, su rostro oscuramente hermoso lleno de deseo.
—Lo sé. —Le dirigió una brillante sonrisa. Luego empezó a moverse dentro de ella y Sakura se olvidó por completo de aquel pulso que nunca había sentido antes. Se dejó llevar por la pura sensación. Y el dormitorio de la torrecilla se llenó de los sonidos llenos de pasión de una mujer y su príncipe mágico mientras hacían el amor.
Más tarde, Neji se lo contó todo.
Bueno, casi todo. Se calló que había estado a punto de arrebatarle el alma. Y como ella no sabía que había engañado a Madara y Mei, tampoco se molestó en mencionar que les había contado la verdad acerca del elixir de la vida, y que luego los llevó ante la reina para que pudiera devolverlos a su estado mortal.
Había reparado lo mejor que pudo todos los daños que causó. No quería que se lo condenara por errores al fin corregidos, o por cosas que «casi» había hecho. Ya no era el hombre que había sido antaño.
Le contó lo que había sido de Darroc. Le contó cómo el tiempo transcurría de una manera distinta en cada reino, y que él nunca había tenido intención de dejarla sola durante tantas semanas.
En voz baja y sin dejar de abrazarla, le contó cómo había caído en la cuenta de que no sería capaz de vivir con ella y verla morir, como había hecho con Morgana.
—La razón por la que puedes sentir los latidos de mi corazón, ka-lyrra es porque ahora realmente soy humano. Esta vez la cosa va en serio.
Sakura abrió mucho los ojos y lo miró con labios temblorosos.
—Pero dijiste que la transformación es irreversible.
Él asintió.
—¿Quieres decir que vas a morir? —susurró ella.
Neji le tomó la cabeza entre las manos y la atrajo hacia él para un largo y posesivo beso.
—No, ka-lyrra, lo que quiero decir es que por fin voy a vivir. Aquí. Ahora. Contigo. —Tragó aire—. Cásate conmigo, Sakura. Yo te daré la vida que siempre has querido tener. Ahora puedo hacerlo. Soy humano, igual que tú. Déjame ser tu marido y darte bebés. Déjame pasar el resto de mi vida contigo.
—Oh, Dios —jadeó Sakura mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—, ¿renunciaste a tu inmortalidad por mí?
Él atrapó con los labios las lágrimas que le corrían por las mejillas, y se las secó a besos.
—Nada de lágrimas, Sakura. No tengo nada de que arrepentirme. Absolutamente nada, créeme.
—¿Cómo puedes decir eso? ¡Has renunciado a todo! Inmortalidad. Invencibilidad. ¡Todo lo que supone ser un Tuatha de Danaan!
Él sacudió la cabeza.
—Lo he ganado todo. O al menos eso es lo que pensaré —gruñó, súbitamente impaciente y lleno de ansiedad— cuando respondas de una maldita vez a mi maldita pregunta. ¿Cuántas veces me obligarás a preguntártelo? ¿Te casarás conmigo, Sakura Haruno? ¿Sí o sí? Y por si todavía no has conseguido entenderlo, la respuesta correcta es «sí». Y, por cierto, si en algún momento te entran ganas de decirme que me quieres, eres completamente libre de hablar.
Con una sonrisa de deleite, Sakura se le tiró encima y deslizó las manos en sus cabellos para empezar a besarlo. Acariciado por su dulce cuerpo, Neji cerró los brazos alrededor de ella y deslizó la lengua entre sus labios para enredarla con la suya.
—Interpretaré eso como un sí —ronroneó después, al tiempo que le ponía los dientes alrededor del labio inferior y tiraba suavemente de él en una traviesa caricia.
—Te amo, Neji Hyūga —dijo Sakura con un hilo de voz—. Y, sí. ¡Oh, por supuestísimo que sí!
Solo nos queda el Epílogo.
