EPÍLOGO
Cinco años después
Sakura terminó de sacar la ropa de la lavadora, ladeó la cabeza y escuchó. La casa estaba silenciosa; su hijo Connor de dos años ya había sido acostado. Dentro de unos momentos subiría al piso de arriba, le daría el beso de buenas noches a su hija Tessa, y se llevaría a su marido a la cama.
«El profesor Hyūga.»
Sacudió la cabeza y sonrió. Neji no tenía el aspecto que se espera de un profesor, con sus facciones delicadamente esculpidas y aquellos ojos platas tan sexys y largos cabellos negros, por no mencionar su cuerpo lleno de músculos. Más bien parecía un..., bueno, un príncipe de los fae que hubiera decidido hacerse pasar por un profesor, y no se daba cuenta de lo poco convincente que resultaba en ese nuevo papel.
La primera vez que Neji le dijo que tenía intención de enseñar historia en la universidad, Sakura se echó a reír. «Demasiado cotidiano, demasiado plebeyo —había pensado—. Nunca lo hará.»
Él le había dado una buena sorpresa. Pero después de todo, solía hacerlo.
Lo planeó todo con mucho cuidado. Antes de pedir a la reina que lo hiciera humano, Neji se adjudicó una detallada identidad humana como un hombre extremadamente rico que tenía vastas cuentas bancarias y quinientas hectáreas de las mejores tierras de las Highlands. Una identidad humana completa con toda la documentación y las credenciales necesarias para permitirle llevar una vida normal en el reino humano.
Y cuando Sakura no se tomó demasiado en serio su anuncio de la carrera que había elegido, él agitó ante sus ojos aquellas credenciales —transcripciones de las primeras universidades de la nación, nada menos (naturalmente, se había asegurado de crearse una imagen lo más brillante posible) —y luego salió a la calle y se hizo con un puesto académico.
Los estudiantes que querían asistir a sus clases tenían que inscribirse con un año de antelación.
Y Sakura, bueno, Sakura tenía el trabajo con el que siempre soñó. Ella, Rock Lee y Ayamé habían abierto su propio bufete y en lo que llevaban de año por fin había empezado a ver llegar los casos que siempre tuvo la esperanza de representar. Casos que importaban, que ayudaban a cambiar las cosas.
Empezaron a crear una familia sin perder un instante, porque ninguno de los dos estaba dispuesto a esperar. El tiempo era demasiado precioso para ambos.
¡Y, oh, él le había dado unos bebés preciosos! Estaba Tessa, de pelo negro y ojos verdes con puntitos dorados; Connor, cabello negro y de ojos plateados; y había otro bebé en camino.
Sakura se apretó suavemente el abdomen con la palma de la mano y sonrió. Adoraba ser madre. Adoraba estar casada con Neji. Dudaba que ninguna mujer hubiera sido amada de una manera tan completa e incondicional.
Sabía que él nunca la engañaría, hasta ese punto valoraba lo que había esperado casi seis mil años para llegar a conocer, lo que tan precioso era para él: el amor. Sabía que Neji estaría a su lado hasta el último instante, que apreciaría cada arruga, cada línea en el rostro de ella, porque a fin de cuentas no eran ninguna negación de la vida sino la afirmación de una vida bien vivida. La prueba innegable de que había habido risas y lágrimas, penas, pasión y alegrías, de que habías vivido. Cada faceta del ser humano lo asombraba, cada cambio de estación era un triunfo y traía consigo una casi insoportable dulzura. Nunca hubo un hombre que saborease más la vida que él.
La vida era rica y plena. Sakura no podría pedir más.
Bueno..., en realidad..., se corrigió con un estremecimiento, sí podría hacerlo.
Aunque la mayor parte del tiempo miraba a Neji y se sentía entre sobrecogida y humilde cuando pensaba que ese hombre tan enorme y maravilloso había renunciado a tantas cosas porque la amaba, a veces odiaba el hecho de que él no tuviera alma, y a veces quería odiar a Dios.
Y había tenido un sueño, un sueño tal vez ridículo, pero al que nunca dejó de aferrarse.
Ella y Neji vivirían hasta cumplir cien años, mucho después de que sus hijos y nietos se hiciesen adultos, y un día se irían a la cama y se acostarían vueltos el uno hacia el otro, y morirían así, en el mismo instante, el uno en brazos del otro.
Y ése era su sueño: que quizá, sólo quizá, si ella lo amaba con un amor lo bastante profundo y verdadero, y si lo tenía bien abrazado cuando murieran, podría llevárselo consigo adondequiera que fuesen las almas. Y una vez allí haría lo que llevaba en la sangre, lo que ahora sabía que había nacido para hacer; comparecería ante Dios, una brehon, y defendería el caso más grande, más importante, de toda su vida.
Y lo ganaría.
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—No lo entiendo, papi —dijo Tessa—. ¿Por qué el conejo tuvo que perder todo su pelaje para ser real?
Neji cerró el libro, El conejo aterciopelado, y bajó la mirada hacia su hija.
Bien arropada en la cama con las mantas subidas hasta la barbilla, la pequeña no apartaba los ojos de él. Su preciosa Tessa, con todos esos ricitos negros alrededor de su carita regordeta de querubín, esa mente tan despierta y su incesante curiosidad, aferrando cariñosamente la mano de su papi con su diminuto dedo meñique.
—Porque eso forma parte de hacerse real.
—Qué asco. No quiero ser real. Quiero ser tan guapa como la reina de las hadas.
Ooops... —Se llevó una manecita a la boca—. Se suponía que no tenía que decir eso. En el vano de la puerta, Sakura dejó escapar un jadeo ahogado y Neji enseguida alzó la mirada hacia ella, con una ceja arqueada y una pregunta silenciosa en los ojos.
«Yo nunca le he hablado de las hadas —articuló Sakura silenciosamente—. ¿Y tú?»
Él negó con la cabeza. Ambos habían dado por sentado que Tessa sería una sidhe-vidente. Sakura no había visto un solo Tuatha de Danaan desde aquel día en que Darroc les tendió una emboscada en Escocia hacía cinco años, y supusieron que Mito habría hecho que la visión mágica desapareciese para siempre de la estirpe de los Haruno.
—¿Qué reina de las hadas, Tessa? —preguntó Neji dulcemente—. No pasa nada, a mí me lo puedes contar.
Tessa no pareció muy convencida.
—Mi-to dijo que tú te enfadarías mucho si llegabas a enterarte de que había venido.
—No me enfadaré —le aseguró él, al tiempo que le alisaba los ricitos.
—¿Lo prometes, papi?
—Lo prometo. Por estas que son cruces. ¿Qué reina de las hadas, cariño?
—Mi-to.
Neji tragó aire con una brusca inspiración y volvió a mirar a Sakura.
—¿Mito viene a verte, Tessa? —susurró Sakura, entrando en la habitación para sentarse al lado de Neji.
Tessa sacudió la cabeza.
—A mí no. Viene a ver a papi. Lo encuentra muy guapo.
Neji contuvo la risa al ver la mirada que le lanzó su esposa, los ojos entornados y las ventanas de la nariz súbitamente dilatadas.
Sólo le faltó gruñir. Le encantaba que ella se pusiera un poco celosa de vez en cuando, adoraba su posesividad y él sentía lo propio por su pequeña ka-lyrra.
—Guapo, ¿eh? —dijo Sakura secamente.
—Ajá —dijo Tessa mientras se frotaba los ojos con expresión adormilada—. Pero por mucho que lo intente yo no lo puedo ver.
Eso, en cambio, sí que irritó un poco a Neji. Antes de que naciera Tessa, había leído montones de libros que hablaban sobre cómo educar a los hijos, porque estaba decidido a ser un buen padre. Creía haber hecho un buen trabajo, pero ¿no se suponía que a su hija tenían que encendérsele estrellitas en los ojos cada vez que lo mirara?
¿Al menos hasta que llegara a la adolescencia? (¡Y entonces que Dios ayudara al hombre que intentase salir con ella!) ¡De acuerdo que antes él no tenía todas aquellas líneas alrededor de los ojos, pero todavía era un hombre muy apuesto!
—Tú no me encuentras guapo, ¿eh, Tessa? —Le hizo cosquillas en el cuello, justo detrás de la oreja, algo que siempre la dejaba muerta de risa.
—Claro que sí, papi. —Tessa soltó una risita y luego lo miró con la exasperación propia de una niña de cuatro años—. Pero no puedo ver lo que ella ve. Mi-to dice que eso sólo las criaturas mágicas pueden verlo.
Neji sintió que le daba un vuelco el corazón. No podía ser. ¿Podía?
—Oh, Dios —musitó Sakura, y su mirada voló hacia la de él mientras se apretaba la boca con una mano que había empezado a temblar. Luego se miraron en silencio por un largo instante.
Neji asintió, en un mudo gesto de aliento para que hiciera la pregunta en que estaban pensando los dos. Se lo habría preguntado él mismo, pero era como si se hubiese dejado olvidada la lengua en algún sitio.
Sólo sabía de una cosa que él fuera capaz de ver cuando era una criatura mágica y estaba rodeado de humanos, y que los humanos no pudieran ver. Lo deseaba tanto que apenas podía respirar. No había nada que anhelase más que poder seguir a su esposa lejos de esta vida, para encaminarse hacia incontables otras. Hacía cinco años, cuando se casó con Sakura en una romántica ceremonia celebrada en las Highlands, los Uchiha se ofrecieron a dejarle usar sus votos de unión druídicos: aquellos votos sagrados que unían para toda la eternidad a los enamorados. Neji no quiso pronunciarlos —no porque no lo deseara con todas las fibras de su ser—, sino porque sabía que el hacerlo no hubiese servido de nada, ya que él no tenía un alma con la que unirse para siempre a la mujer que amaba.
—¿Qué ves, Tessa? —preguntó Sakura entrecortadamente—. ¿Qué pueden ver las criaturas mágicas que tú no puedes ver?
Tessa bostezó y se acurrucó bajo la colcha.
—Que papi está todo dorado y brilla.
La boca de Neji se movió, pero ningún sonido salió de ella.
—¿Neji brilla con un resplandor dorado? —dijo Sakura con un hilo de voz.
Tessa asintió.
—Ajá. Mi-to dice que ahora él es como tú y como yo, mami.
Sakura hizo un tenue sonido estrangulado.
Por un largo instante Neji fue incapaz de moverse. Se quedó sentado en el borde de la cama de Tessa y miró a su esposa. Ella le devolvió la mirada, perpleja, y lágrimas de alegría le velaron los ojos.
Entonces la enormidad de lo que acababa de decir Tessa lo electrizó, galvanizando todo su ser para hacerlo entrar en acción. ¡No había ni un instante que perder! Si por algún milagro había sido bendecido con un alma, quería que estuviera unida a Sakura.
Lo primero que hizo fue apresurarse a depositar un beso sobre la frente de Tessa y luego encendió la luz, cogió en brazos a Sakura y salió de la habitación para correr por el pasillo en dirección a su dormitorio.
—Ka-lyrra —le dijo con voz apremiante—, hay algo que quiero que hagas conmigo. Quiero que intercambiemos unos votos, pero debes saber que el pronunciarlos hará que nuestras almas queden unidas para toda la eternidad. ¿Estás dispuesta a hacerlo? ¿Querrás tenerme a tu lado para siempre?
Ella asintió, riendo y llorando al mismo tiempo. Neji volvió a dejarla en el suelo con una sonrisa exultante, puso la palma de la mano derecha sobre el corazón de ella, y apoyó la izquierda encima del suyo.
—Pon las manos sobre las mías, Sakura —ordenó.
Cuando ella así lo hizo, él habló con serena reverencia y convicción:
—Si algo debe perderse, será mi honor por el tuyo. Si algo debe quedar olvidado, será mi alma por la tuya. Si la muerte vuelve a venir, será mi vida por la tuya. He sido entregado.
Ella alzó la mirada hacia él, una sonrisa en los labios y los ojos llenos de alegría, repitió los votos y, en cuanto hubo terminado de hablar, Neji sintió tal oleada de emoción que poco faltó para que cayera de rodillas. Notó cómo el vínculo cobraba vida en su interior y calentaba su alma con una intensa pasión, como si sus almas quedasen unidas hasta el fin de los tiempos.
Retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared, enterró las manos en los cabellos de Sakura, plantó la boca sobre la suya y la besó ávidamente. Tenía alma. Había conocido el amor. Estaba unido para siempre a su compañera del alma. Y Neji Hyūga por fin era realmente inmortal.
