Podemos asimilarlo, aceptar el destino y decir estar preparados, pero lo cierto es que nadie está realmente listo para enfrentar la llegada de ese día.

Murió de viejo y me es imposible no extrañarlo… La primera vez que lo vimos estábamos jugando en el parque con nuestros beys, como la mayoría de las veces, mi hermano ganaba y yo le pedía jugar una y otra vez hasta que se hacía tarde. En uno de esos anocheceres ese gato se acercó a nosotros. Era blanco con manchas negras y sus ojos eran color café.
—¡Qué lindo es! —exclamé e inmediatamente quise acariciarlo cuando Daina me detuvo con su brazo.
—Así lo vas a asustar, mira esto.
Por alguna razón siempre tuvo afinidad con los gatos. Se agachó frente a él y extendió su mano. El gato caminó hacia él, olfateó su mano y… para cuando me di cuenta estaba frotando su cabeza contra la mano de Daina en busca de caricias, cosa que mi hermano le daba…
—Inténtalo —me invitó a acercarme.
Hice lo mismo que él y pronto tuve el cariño del gato, este incluso se acurrucó entre mis piernas.
—¿Puede venir con nosotros? —pregunté mientras lo acariciaba.
—No sé si acepten mascotas —Miró hacia dicho edificio, era visible desde el parque.
Yo hice una mueca.
Daina caminó unas cuantas calles hasta que lo perdí de vista, a su regreso traía un collar con un cascabel.
—Con esto podremos reconocerlo al instante.
—¿Qué los cascabeles no son malos para sus oídos?
—Lo son—reconoció—, pero este cascabel no hace ruido —Lo agitó y no sonó—. No trae el escrupulillo.
—Escru…—intenté repetir sin éxito—¿Qué cosa? —Arqueé una ceja.
—Escrupulillo—repitió más despacio—. Es la esfera de metal que hace sonar el cascabel —me explicó mientras le colocaba el collar al gato—. Ahora cada vez que nos lo encontremos sabremos que es él.
—¿Crees que lo volvamos a ver?
—Sí —asintió.
Yo sospeché que en realidad no lo sabía «¿Qué tan probable es encontrar un mismo gato dos veces?» me pregunté. Daina debió darse cuenta de mis dudas porque dijo:
—Ya verás que lo volveremos a ver.
Algunos días más tarde lo hallamos de nuevo en el parque. Esta vez en lugar de jugar beyblade nos pusimos a jugar con el gato, con ramitas o lo que pudiéramos conseguir... No comprábamos juguetes porque no sabíamos si seguiría regresando. En una de esas ocasiones le trajimos un poco de comida y una bola estambre. Ese día le insistí a Daina para que preguntara si aceptaban mascotas en el edificio, para mi suerte le dijeron que sí; por supuesto lo llevamos al veterinario antes de adoptarlo. Pasaron algunos meses y notamos que estaba un poco más gordo y tenía algunas manchas blancas donde estaba su pelaje negro. Daina me explicó que probablemente se estaba haciendo viejo.
—Pues el veterinario le estimó siete u ocho años… En edad de gato eso son como cuarenta y cinco años.
A esa edad no entendía de equivalencias pero algo en todo eso no me gustaba.
—¿Quieres decir que va a morir pronto?
Daina guardó silencio, miró al gato y luego hacia mí.
—No lo sé, tal vez en algunos años… depende de qué tan bien lo cuidemos.
—Entonces me aseguraré de que no le falte nada para que viva tanto como pueda.
En retrospectiva, sé que era sólo un niño y no entendía muchas cosas, pero ahora encuentro un poco inquietante esa idea. Claro, cualquiera quisiera que su amada mascota viva a su lado todo el tiempo posible y es importante cuidarlas y darles una buena calidad de vida pero ¿y si por querer más años a su lado sufre más en el proceso, por lo que pueda padecer? ¿Realmente vale la pena extender su vida? Con el pasar del tiempo —unos cuantos años— se acicalaba menos, a menudo lo encontrábamos en lugares ocultos del departamento y comía cada vez menos. En mi inocencia infantil creía que estaba enfermo y sólo jugaba cuando se trataba de esconderse. Daina trató de explicarme que el gato estaba muy viejo y probablemente le quedaba poco tiempo.

Y así fue, llegamos al día en el que le serví su comida y no apareció, nunca en todo el día de hecho. Nos tomó todo el día para encontrar… su cuerpo… tieso al tacto, y yo que creía que estaría flojo al estar… muerto… Recuerdo que lloré abrazado a mi hermano y él conmigo… Daina pidió hacerse cargo del crematorio y que yo me ocupara de reunir sus cosas y los juguetes que habíamos conseguido para él: el estambre; que estaba deshilachado, la pluma gastada, un ratón de juguete con algunas roturas, su collar, su almohada… y sus platos de comida luego de lavarlos. Mientras lo hacía tuve varias emociones a flor de piel. Recordaba cómo jugaba con el gato, las veces que le daba de comer, cuando me pedía caricias, me daba su patita o lo encontraba durmiendo conmigo en la cama… Prácticamente fue como repasar su vida desde que lo adoptamos. No pude evitar soltar unas lágrimas al pensar en que ya no vería más a ese pequeño, ni ninguno… de esos momentos volverían... Esas lágrimas se convirtieron en descontrolado llanto muy pronto, hipaba y gimoteaba ante los recuerdos que me traían esas cosas sumado a lo que acababa de pasar. Cerré la caja y, lejos de tranquilizarme, estuve tentado de tomar su almohada o cualquiera de sus pertenencias y abrazarlas mientras lloraba... Luego me imaginé a mi hermano quien puedo apostar que se llevó la peor parte: Tener que envolver el cuerpo de nuestra mascota, pedirle de favor a un vecino que lo llevara al crematorio, cargar el… cuerpo todo el tiempo y todo el proceso para cremar el cuerpo mientras contenía las ganas de llorar como yo lo estaba haciendo… Una experiencia que no le deseo a nadie. No sé cuánto tiempo permanecí llorando, sólo sé que las emociones fueron tantas y tan intensas que mi cuerpo lo resintió y quedé agotado. Me dejé caer en mi cama todavía gimoteando hasta que caí dormido.

Me desperté a la mañana siguiente, y por la costumbre revisé si el gato estaba dormido conmigo, sobre que diga que no estaba... Cuando salí de mi cuarto y fui a preparar mi desayuno miré hacia donde estaba la caja con las cosas guardadas.
—Tranquilo—me habló Daina desde la mesa en la cocina—. Yo… —Bajó la mirada— también esperaba verlo allí… —Bebió un sorbo de su café con leche.
—Va a ser muy duro superar a Kuroshiro —suspiré en lo que buscaba la leche con chocolate y una taza.
En mi trayecto hacia la nevera y el alacena estuve cerca de sacar lo que quedaba de la comida para gato, pues a esas horas solíamos darle de comer. Juro que a veces la idea de que Kuroshiro se había ido me parecía un mal sueño, hasta que me tocaba regresar a la realidad.
—Si… Si quieres llorar o hablar—pausó—, sabes que aquí estoy, Sota.
Me serví la leche y tomé asiento mientras lo escuchaba. Intenté ignorar las marcas de arañazos en una de las patas de la mesa.
—Sí, hermano…
—Piensa que… Kuroshiro tuvo una buena vida… mucho mejor que cuando estaba en la calle, fue feliz y tuvo una familia que lo amó mucho—pausó con un gimoteo que aguantó—y nos aseguramos de que no sufriera…
Miré a mi hermano con lástima. Desde que tengo memoria siempre trató de mostrarse fuerte para que me sintiera seguro. Caminé hacia él y le abrí mis brazos. Sollozó justo antes de abrazarme y, bueno, ambos terminamos llorando una vez más…