Cuando algo te presiona el cuello, te junta todo. Sentís esa cosa redonda molestándote hasta en la boca, queriendo salir y ser oída. Y jadeás, jadeás y el nudo se intenta desenredar mientras tu rostro se lava una y otra vez sin poder limpiar esa culpa que ahoga tu pecho y sacude tu corazón, sin planes de irse por un largo tiempo.
Y llorás, entonces; permitís que las lágrimas cubran el mayor tiempo posible tus grises ojos, para que no tengas que ver tu nuevo mundo, tu nuevo hogar.
Sollozás de rabia y odio hacia vos mismo. Te querés arrancar los pelos, te querés tapar la boca para que ningún sucio mortífago oiga tu garganta desgarrándose por ese sonido tan horrible y patético.
—Es mi culpa, es mi culpa —Con esas palabras nadie cuestiona dos veces. Solo creen que estás confesando. Te creen loco, asesino, y mortífago. Pero no lo sos, no, no, no. «No lo soy.» Pocas veces te lo recordás, mucho menos en voz alta.
No saben que deseás no haber pensado en Peter como un posible guardián, no saben que deseás no haber adelantado la muerte de tus mejores amigos.
Luego de meses rodeado de mugre y criaturas tan frías y espantosas, sollozás con la esperanza de que las pocas lágrimas que le quedan a tu cuerpo deshidratado te ahoguen junto al resto de los criminales que realmente lo son: esa sería una muerte útil.
—James, Lily, James... Lily…—Tus pensamientos escapan como murmullos. Te sentís tan vulnerable y desnudo ante los dementores, que lo ven todo, que lo saben todo. Aun así eso se te olvida al pensar en ellos, sin cesar, esperando que escuchen tus— perdón, perdón, perdón, perdón —que no parás de repetir.
Gritás con la esperanza de que algo se apiade y te lleve a James y a Lily, y repitas lo irrepetible, les devuelvas a su hijo luego de un día con el tío Canuto, alegando que la próxima lo llevarás en moto solo para molestar a Lily y divertir a James.
(—Por favor.)
Los extrañás, sentís que ninguna cantidad de disculpas servirá para perdonarte a vos mismo, para que te despiertes de la terrible pesadilla en la que te encontrás sin hallar la salida.
Cuando te sumergís tan profundo en tu océano de culpa y tristeza, al azar volvés a pensar en las acciones que te llevaron a terminar en Azkaban. Te permitís pensar en James y Lily; en el Fidelius; en tu ahijado; en el sospechado traidor, lleno de cicatrices pero con actitud amable y comprensiva; en la rata inofensiva en apariencia y personalidad, que resultó esconder dientes y un repugnante tatuaje.
Con los años el solo pensar en el verdadero traidor alimenta tu ira y hace a un lado tu permanente duelo con la muerte de tus mejores amigos.
Tu inocencia en la que finalmente reparás de verdad luego de otro par de años, no obstante te acompaña como una espina que tenés en un lugar que no ves pero que sentís. No lo supiste tan bien hasta que pasaste tu mano por ahí sin esperar nada y terminaste encontrándola una vez más.
No pudiste evitar aferrarte a aquella verdad más que nada a pesar de que te considerases culpable, acción que te empezó a recordar a otras cosas además de James, Lily y Peter: te hizo tratar de transformarte en perro por primera vez en años.
Y lo hacés, y sentís algo, olvidado hace mucho tiempo, algo lejano, ya desconocido y nuevo.
Sentís el abandono, el abandono de las emociones que te acompañaron todos estos años; lográs escuchar mejor sin tus sollozos y los recuerdos tan deprimentes que te quedaron luego de la desaparición de los felices. Ya no te sentís tan pesimista, ya empezás a pensar de manera más clara.
Aprendés a pasar la mitad del tiempo como un perro. Los perros son tan tontos y simples que se te hace agradable solo pensar en la tristeza, rabia y soledad, y no saber la respuesta. Sí, sabés que te falta algo, sabés que algo te traicionó, que estás solo y que es injusto, pero tus pensamientos no pueden viajar más allá de esos.
Sos solo un perro y deseás serlo por siempre.
[...]
El día que viene el Ministro de la magia y deja a tus pies ese periódico, ese diario... «¿el profeta?», lo ves con curiosidad, por aburrimiento, considerando el acto simplemente extraño luego de años sin hacerlo. Pero este torció todas tus suposiciones y te reveló algo que captó tu interés.
Durante unos días, te repetís a vos mismo, con el diario firmemente contra tu pecho, que Peter no está muerto, que te podés vengar, que podés hacerlo sufrir como nunca había sufrido y que lo harás desear la muerte. Solo te refutás cuando pensás que no podrías escapar de Azkaban.
Es en tu forma de perro, con pensamientos poco profundos y complejos, que dejás de lado eso y hacés lo que como humano no podés: cultivás tu determinación y optimismo, y, sin planearlo demasiado, te las ingeniás para escapar de Azkaban.
Una vez que salís a tus humanos pensamientos, aún limitados a la culpa, ira y tristeza, se añade ese viejo olvidado, cada vez con más nitidez y significado que antes.
Tenés que ir a ver a Harry.
