Una estación especial y tan esperada: asociada, según la mayoría de las personas, con la diversión, el olvido y la irresponsabilidad, y piletas llenas de fresca agua, bebidas refrescantes y largos viajes. Significaba un descanso, unas vacaciones por todo el mundo y estar lejos de los libros de la biblioteca hasta el primero de septiembre. Así, popularmente, se la solía anhelar durante el resto del año y considerar trascendental. Porque alejarse de las aulas, las tareas y la aplastante rutina significaba el realizar otras actividades, conocer otras personas y finalmente disfrutar la vida al máximo, con más entusiasmo y alegría por parte de quienes odiaran que los deberes o el clima los limitaran.

El verano marcaba un antes y un después porque hacía más notorio el transcurso del tiempo. Los niños veían con más atención si crecían unos cinco centímetros más e iban asimilando que al retornar las clases estarían en un año más avanzado… Aquellas no eran las únicas maneras de "marcar" para bien: un niño llamado Harry Potter era una prueba bastante notoria por su particularidad que lo apartaba del resto.

Aquel simple hecho resumía pobremente su vida llena de baches, definidos por el ordinario mundo como significativas excepcionalidades, que en forma de criaturas mitológicas, un profesor con un parásito en su cabeza, otro profesor farsante y egocéntrico, y magos malvados con los que se había cruzado para milagrosa o afortunadamente salir con vida en cada ocasión, no hacían nada más que complicar su existencia. Y apenas había mencionado solo algunos de los grandes sucesos, que ni siquiera podían compararse a los ocurridos después de sus primeros quince meses de vida y antes de su inolvidable décimo primer cumpleaños, en el cual había recibido la visita de una especie de gigante, había conocido goblins y hasta había vislumbrado a lo lejos la llamarada de un dragón.

Sí, la vida de Harry era loca y extraordinaria para un chico de casi trece años. Pero aquellos acontecimientos no eran los únicos que lo alejaban de la normalidad general que vivían la mayoría de los humanos. Incluso su vida familiar era un tanto anormal, no demasiado si se la comparaba con las del resto, pero definitivamente anormal, por más de que los mismos parientes de inmediato alegaran lo contrario para seguir encajando en su parte del molde llamado Privet Drive, en donde, por supuesto, vivían familias normales en casas idénticas e impecables.

Dentro de sus paredes, años atrás habían mantenido eso que los diferenciaba del montón en una alacena debajo de rechinantes y bajas escaleras, cobijado con finas mantas y viejos piyamas, y en compañía de polvo e inquietas arañas. Luego en su habitación sobrante "porque ya creció demasiado".

Cuando salían y tenían que sacarlo, disimulaban las acciones extrañas, daban sonrisas brillantes y excusas para explicar por qué un niño enjuto, que no había consumido nada antes, pedía permiso para comer un sándwich que primero había sido del malcriado de su primo, a quien no le había gustado lo suficiente para terminarlo.

«Es que el niño está a dieta —Dramatizando en el puesto del zoológico, el señor y la señora Dursley cerraron con fuerza sus ojos y sonrieron forzosamente al curioso vendedor de sándwiches, pretendiendo ser los tíos despreocupados.»

Y ante la pregunta acerca de sus gastadas ropas: «Le damos lo que podemos —Y los labios de la señora Dursley temblaron casi rayando a lo ridículo mientras su amoroso esposo le rodeaba la cintura y la acercaba, la consolaba; ambos solo eran la sombra de lo que nunca serían.»

Al menos ocultaban que el niño les cocinaba sus desayunos desde que a su cuerpo se le había ocurrido pegar el estirón y alcanzar la estufa.

[...]

Si los veranos significaban un descanso de todas aquellas acciones inusuales a las de un niño, de todo ese maltrato emocional y psicológico, se podría decir que los veranos de Harry eran el verdadero paraíso: sin Dursleys que le hirieran mentalmente al excluirlo de las fotos familiares y a veces fingir que no existía, y sin pandillas persiguiéndolo casi todos los días…

Y sin embargo, nunca había sido así en realidad: los Dursley no eran un internado. Harry estaba atrapado con ellos todo el año, mucho más entre junio y septiembre cuando casi todo el tiempo se encontraban en la casa. A menos que estuvieran de vacaciones y lo dejaran con una niñera o con la señora Figg, tan buena y extravagante pero de seguro tan cansada de la vida y sus problemas que era incapaz de alejar a su querido nieto postizo de su enferma familia.

Desde hacía unos pocos años, aquello cambió: específicamente desde sus exactos once. En aquellos primeros meses diferentes, Harry había presenciado con sus propios ojos la magia controlada y algo avanzada de alguien más que no era él, había visitado un pub y literalmente atravesado un portal hacia otro mundo: uno fantasioso y asombroso.

En una parte del segundo verano, el anterior, estuvo encerrado en su habitación como un sucio prisionero o algo peor que una mascota. Incluso recibió la visita de una curiosa criatura con tics verbales y actitudes enérgicas e hiperactivas, que en ese entonces era esclava de la familia de Draco Malfoy, un niño malcriado y bravucón que Harry odiaba.

Curiosamente, este verano hasta ahora había estado bastante lejos de ser como los impactantes anteriores: la desastrosa llamada por teléfono, que su amigo Ron le había intentado hacer, no entraba en la categoría de lo extraordinario. Pero no debía descartar posibles escenarios y maneras en las cuales podía llegar a convertirse en otros meses interesantes. Después de todo, aún no terminaba. Después de todo, había venido de visita la versión femenina de Vernon Dursley junto con el monstruo en forma de perro, cuya apariencia no era para nada inocente. Ripper de seguro ansiaba masticar a su juguete tanto como a su dueña Marge ansiaba hacer mordaces comentarios e incomodar a los habitantes del número cuatro.

Era bastante predecible y desafortunado, por lo tanto, que el temperamento de Harry explotara antes de lograr obtener el permiso de sus tíos para visitar un pueblo cercano a Hogwarts. Era comprensible que finalmente decidiera marcharse de la casa y buscar un lugar mejor para dormir a pesar de saber que no tendría la oportunidad de conocer Hogsmeade: no quería andar de rodillas ante su tía, ser un chupamedias con Marge y ser el esclavo personal de los Dursley por el resto del verano.

Con una sola idea ya formándose en su cabeza, Harry ya se inclinó en su baúl para buscar los objetos que necesitaría para completarla, cuando un extraño cosquilleo le recorrió la nuca, provocándole la sensación de que lo estaban vigilando, a pesar de que no se oía ningún sonido además del que hacía la brisa e incluso la calle sin una sola luz encendida pareciera desierta.

Luego de lanzar un Lumos, pudo encontrar lo que, intuyó, estaba cerca, escondido en las sombras… Iluminando las paredes del nº 2 y la puerta del garaje, el hechizo reveló la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y brillantes. Cuando se asomó y empezó a caminar hacia él, a pasos temblorosos y queriendo una caricia de su parte, supuso, Harry logró observarlo con mayor detenimiento para finalmente concluir que le tenía lástima.

No describiría su aspecto de manera favorable: "muy flaco" era la manera educada de decir la verdad sin que doliera… Aun si el perro pudiera entender su intento de explicación de que debía comer e hidratarse más si quería recuperarse del maltrato de sus dueños o de cualquier tipo de graves situaciones por las que se veía tan mal.

Aún no tenía comida. ¿Por qué había dejado que vinieran pensamientos por el momento imposibles cuando todavía debía hallar un lugar para instalarse?

Harry casi quería llevárselo consigo.

El perro estaba enfermo, demacrado. Sus patas huesudas parecían tan largas y angostas que hasta la contextura de la tía Petunia lucía mejor en comparación. Su torso sin pelo estaba desnutrido y hacía resaltar la falta de fuerza y estabilidad de todo su cuerpo. Pero eran los huesos de su cuello los que destacaban de la peor manera.

Si estuviera sano, si luciera menos descuidado, si fuera más peludo y relleno, su andar sería menos parecido al de un cervatillo recién nacido y más parecido al de una orgullosa, elegante y grácil pantera.

Antes de volver a inclinarse a su baúl para seguir buscando su capa y su Nimbus, Harry cedió a sus impulsos y lo acarició.

El perro le llegaba casi al pecho, sí. Tenía dientes, sí. Pero era una ramita, era tan frágil que Harry no lo veía arañando y mordiendo hasta la muerte como lo haría un perro más robusto y fornido como Ripper, mucho menos con esos dientes amarillos y para nada cuidados.

[...]

Un ladrido seco, sin baba, una risa cansada y con rastros de enojo, media forzada y media genuina...

Un parpadeo por parte de Harry y todo cambió de manera que él se convirtió en el testigo del proceso más hermoso y aterrador del día. Ni siquiera pensar en la hinchada tía Marge, o en la posibilidad de encontrar sus sesos por todo Privet Drive, le haría cambiar de opinión.

Fue solo un segundo, fue solo una diminuta acción la que marcó otro de los tantos antes y después que agregaría de inmediato a su particular vida.

Parpadeó y Harry sintió los huesos moverse bajo su mano y extenderse, y hacerlo retroceder con incredulidad… Vio en vivo y en directo la imagen que adornaba las noticias muggles, la del criminal contra el cual había despotricado su tío.

Frotar sus ojos fue lo primero que se le ocurrió hacer, y lo hizo inconscientemente.

No obstante no: seguía viendo una cara sucia y esquelética a la espera de una reacción. Estaba loco por revelarse a un adolescente que lo identificaba por las noticias. Pero ese era el punto: estaba desquiciado, su mente era inestable...

Tenía a un criminal frente a sus anonados ojos y no sabía por qué se sorprendía tanto, considerando su vida.

Él debió leer su expresión, porque de inmediato intentó tranquilizarlo.

Y solo pocas palabras se le ocurrían, palabras cada vez repetidas con más y más desesperación, porque Harry había levantado la varita y un extraño autobús había aparecido sin que vocalizara antes.

El hombre volvió a ser perro y desapareció entre las sombras.

"Soy tu padrino. No. Escuchame, Harry. Tenés que escucharme. Soy inocente… La rata… la rata es quien..."

"Soy inocente. Soy inocente. SOY INOCENTE... y quiero que lo sepas."

Harry se preguntaba si el siguiente verano vería a sus padres al final de la calle, vivos como nunca en trece años, y finalmente los anormales veranos tendrían un punto indiscutiblemente bueno, sin trampas.


Sé que esta primera parte fue casi totalmente canon, pero esto es casi un prólogo y las pequeñas diferencias van a ir multiplicándose, además de que, más que aportar mi visión de los libros, esto servirá para entender a mi Harry y luego construir su relación con Sirius.