1. La aprendiz


La muchacha era silenciosa, callada y jamás tomaba la iniciativa. Obedecía sin rechistar y acababa las tareas como tocaba. Solía realizar los trabajos que no deseaba nadie, desde limpiar el laboratorio hasta transcribir los tediosos documentos internos de la orden. Tenía una caligrafía fina, además.

Desde la Noche de la Furia, era todavía más silenciosa si cabía. Apenas hablaba.

–… y por ello quiero resuelto este asunto cuanto antes –le dictó Berron.

En lugar de caminar por la habitación, como era su hábito, el Legado la observaba, sentada en el escritorio, trazando sus palabras con la pluma.

Cuando Janiter, su antecesor, murió, Berron había heredado el cargo junto con los aposentos y varias posesiones, entre ellas una aprendiz: Erisad.

Apocada, tímida, sin ninguna cualidad... Siempre bajaba la cabeza. Sus cabellos oscuros y la piel morena sobre los que resaltaban unos inesperados ojos claros no eran más que un detalle sin sustancia ninguna. No había nada especial en ella, salvo que seguía viva… Había sobrevivido ya a dos de sus maestros, y Berron había empezado a sospechar de ella. Hacía ya cuatro años que era aprendiz y parecía incapaz de ascender en la jerarquía. Pero la gente moría alrededor de ella, mientras ella seguía viva...

El rascado sobre el papel resonaba intenso en el silencio de la sala. La chica había recogido la manga de su ancha túnica negra para no emborronar el trabajo. Su largo cabello también estaba amarrado en una trenza apretada. Era concienzuda.

Trazó la última palabra, observó su trabajo unos instantes y empujó el documento hacia él para que lo revisase.

Berron agarró la carta y la leyó rápidamente. Erisad había calcado palabra por palabra su mensaje con aquella fina caligrafía. Todo parecía en orden, pero Berron no se fiaba y lo revisó una segunda vez antes de tomar la pluma y firmar.

–Ve al laboratorio y destila dos dosis de ursadicta –le ordenó–. Las quiero sobre mi mesa antes de esta noche.

Ella asintió, se levantó del taburete y desapareció por la puerta. A veces se preguntaba si aquella chica era real. Parecía un fantasma.

Erisad caminó por el pasillo a paso tranquilo primero. Cuando se aseguró de que nadie la veía, lo apresuró. Si era rápida, podría llegar a casa, ver a su madre y volver a tiempo para cumplir las órdenes de su maestro. Berron la había tenido ocupada demasiado tiempo. Durante días no había podido visitar a su madre y cada vez era más difícil conseguir comida en Theros Obsidia. ¡Tenía que llevarle algo!

Se coló en la sala adyacente del laboratorio, donde guardaban trastos de limpieza y las jaulas con los animales. Estaban todas vacías…

Pocos entraban allí y era un lugar relativamente seguro. Erisad fue hasta el saco de serrín, lo apartó y, para su alegría, el botín seguía ahí: un pan y tres manzanas. Llevaban tres días esperándola.

Partió el pan en dos y metió un pedazo bajo su túnica negra junto a una manzana por si acaso la asaltaban por el camino para robarle. Su túnica era demasiado amplia para ella. Habría podido ajustarla pero, en lugar de eso, se limitaba a recogerla con un cinturón. La tela sobrante desdibujaba sus formas, sin gracia ni garbo ninguno. Lo prefería así. Nadie notaba sus pechos con aquella ropa…

Se colgó la bolsa con el resto de la comida al hombro, y se apresuró fuera de allí.


Theros Obsidia se alzaba hacia el cielo y parecía apuñalarlo, atravesando el halo de nubes que negaban el sol a aquella ciudad maldita...

Erisad pasó entre la guardia de orcos y humanos que custodiaban la entrada norte. Muchos la conocían ya y la ignoraron. Había más nerviosismo desde hacía una luna, se buscaban traidores, se castigaba la falta de eficiencia, se instigaban las redadas… Pero la guardia la conocía desde hacía demasiado tiempo y no perdía el tiempo con ella.

El barrio de los artesanos y sirvientes, donde vivía su madre, estaba protegido por un muro y una puerta enrejada que cerraban por la noche. Los Legados pretendían preservar así algunos de sus mejores artesanos de los horrores que recorrían aquella ciudad durante la oscuridad.

Al acercarse a la puerta de su casa, Erisad vio que algo iba mal: estaba cerrada y había un candado. El corazón le dio un vuelco a la chica con un mal presagio. Aun así golpeó la madera y llamó.

–¿Mamá? ¿Mamá?

No esperó la respuesta, se llevó las manos a la trenza y extrajo las finas herramientas que escondía en ella: ganzúas. Habían sido un regalo de su padre y le había enseñado a usarlas. Aquel era un candado de tipo dos. Le llevó un minuto abrirlo. Empujó la puerta y entró.

La habitación principal estaba vacía, la chimenea lleva días apagada, todo se veía frío y polvoriento. Erisad sintió que se le llenaba el estómago de angustia. Corrió a la otra habitación, donde su padre había tenido el taller.

–¡Mamá!

No había nadie y las herramientas de su padre habían desaparecido.

Erisad observó la habitación vacía sintiendo que algo se derrumababa dentro de ella. ¿Dónde estaba el pequeño yunque? ¿Los martillos? ¿Las tenazas? ¿Las muestras de metales? ¡Se lo habían llevado todo! Ella tenía que heredar las herramientas de su padre, volver a poner en marcha el taller… Eran su única oportunidad de salir de la torre y volver a casa: ser más útil como artesana que como aprendiz. Pero se lo habían llevado todo…

Su madre había querido que ella heredase las herramientas de su padre cuando él murió y las atesoraba. Esperaba también que algún día Erisad pudiese regresar. Nunca hubiese permitido que se llevasen las herramientas de su padre. Algo horrible había ocurrido…

La vecina se llamaba Cordina y había visto crecer a Erisad. La chica la llamó suavemente por su nombre a través de la madera de la puerta de su casa.

–Cordina, Cordina, soy Erisad, por favor, responde. Traigo comida para mi madre, pero no hay nadie, ¿qué ha pasado?

La puerta se deslizó un palmo y el rostro de Cordina asomó al otro lado, sus cabellos grises recogidos en un triste moño.

–Erisad... –murmuró.

Cordina la había visto unirse como aprendiz a la orden de Izrador y había mencionado también que esa podía ser la mejor posibilidad para la niña de sobrevivir bajo la sombra de Theros Obsidia, pero Cordina sabía también que Erisad jamás había tenido fe verdadera.

–Cordina, ¿dónde está mi madre?

–Se la llevaron –murmuró.

–¿Quién se la llevó? ¿Adónde?

–Los Legados del Espejo, se la llevaron para sacrificarla en el templo.

Erisad la observó unos instantes, con gesto anonadado, y fueron los ojos de Cordina los que se llenaron de lágrimas.

–Lo siento, Erisad. Lo siento muchísimo –dijo con la voz quebrada.

Aquellas lágrimas hubiesen sido suficiente para que un Legado o uno de su aprendices señalasen a Cordina como traidora. En lugar de eso, Erisad se descolgó la bolsa con el pan y las manzanas del hombro y se la ofreció.

–Muchas gracias por haber sido tan buena con nosotros todos estos años. Toma, quédate la comida.

Las manos morenas de Erisad cubrieron las pálidas manos de Cordina unos instantes cuando tomó el paquete, en un disimulado gesto de cariño y agradecimiento. Luego se dio la vuelta para alejarse del miserable barrio que la vio crecer.

Incapaz de asimilar ni de decidir, el hábito tomó el control y los pies de Erisad caminaron de vuelta hacia Theros Obsidia. Ya no tenía un objetivo, ya no tenía un motivo para seguir… Sin las herramientas de su padre, sin su madre, lo que quedaba a su espalda ya no era un hogar. Era solo una tumba fría… y vacía. Había fracasado en la única tarea real que tenía allí y por la que había aceptado entrar al servicio de los Legados: proteger a su familia. Ya no tenía un hogar al que volver. Y el dolor era tan intenso y rabioso que todos sus sentidos parecieron alejarse de ella. Solo pudo seguir sus propios pasos en la ruta habitual que hacían: hacia la Theros Obsidia, hacia sus tareas como aprendiz y sirvienta.

El sol se estaba poniendo a su derecha y la bruma ya empezaba a alzarse del suelo para negarles incluso esos escasos rayos de luz. Tras la mole de la torre negra, se extendía el mar. Desde la altura del acantilado sobre el que se alzaba, no se percibía el puerto a sus pies.

Decían que Theros Obsidia fue erigida en una sola noche por los Legados, más de cien años atrás. Decían que la monstruosa torre negra se alzó, aplastando la ciudad bajo ella. Ninguno de los que ahora la habitaban lo había presenciado, pero, entre las raíces de piedra a los pies de la torre, asomaban los restos de los edificios. Columnas que ya no sostenían nada, trazos de hogares y palacios...

Y, sobre ellos, los humanos habían reconstruido otro simulacro de ciudad. Un dios podía tener suficiente con una monstruosa torre negra sobre el borde de un acantilado para otear sus dominios, pero sus sirvientes necesitaban hogares, almacenes y refugio.

Los Legados y sus tropas doblegaron a la población durante generaciones, forzándola a servirles, infiltrándose en todos los estratos, hasta que ya no quedó más remedio que colaborar o morir. La Orden era temida y respetada a pesar de que el dios, para la mayoría de los habitantes, no era más que una sombra que moraba en algún nivel de la torre.

Hasta la Noche de la Furia…

Erisad se adentró entre la guardia de la puerta, que apenas le dedicaron una mirada... Caminó por los pasillos hacia el laboratorio… Nadie reparó en ella, como siempre.

Empujó la puerta de acceso a la sala, no había nadie. Cerró detrás de sí y se deslizó hasta el suelo.

Los familiares de los legados y de sus aprendices no solían usarse para alimentar a los Espejos, a menos que hubiese una venganza política de por medio… Pero ella no estaba metida en política, ni ella ni su madre. Se había preocupado mucho de ello. ¿Por qué había sucedido aquello?

¿Y qué voy a hacer ahora?

Y todo el dolor que había reprimido hasta estar escondida estalló en un grito mental. Se llevó las manos a la cabeza y amargas lágrimas rodaron por sus mejillas. El aire le faltó. La angustia cerró su pecho y su mano se movió instintivamente hacia la base de la trenza, donde escondía algo más aparte de sus ganzúas: un minúsculo vial de Dulce Muerte. Lo había llevado con ella durante años, por si la existencia allí se le hacía demasiado insoportable. Ya nadie la esperaba allí, ya no tenía nada que la retuviese en esa mierda de lugar… Ya podía morir, ya podía marcharse...

Pero dos cosas detuvieron su mano. La primera fue el pensamiento furtivo de que, tal vez, su madre todavía no había sido sacrificada y estaba en las mazmorras. La segunda fue la bolsa de ingredientes dejada por su maestro, junto a los alambiques, para ella. Habría ursadicta en bruto dentro. Eso iba a ayudarla...

Se levantó, fue hasta la mesa y tomó la bolsa. Sus dedos deshicieron el cierre con ansia, a tientas, con su visión emborronada por las lágrimas. Si habían sacrificado a su madre, ¿algún alma caritativa habría deslizado la droga en su última comida? ¿O habría muerto llena de dolor, perdiendo toda su dignidad y creyéndose sola? Y, si aún estaba viva, ¿cómo podía sacarla de ahí?

Extrajo la dosis adecuada de ursadicta con su mente entrando en pánico y la masticó rápido. Notó el entumecimiento en la lengua y tragó. Hubo algunos pensamientos más que dolieron como una cuchillada y, luego, se silenciaron. Silencio en su mente. La paz de la nada. Los sentimientos habían desaparecido. Erisad tomó el aire que se había negado durante varios minutos y se secó la cara. Cerró concienzudamente la bolsa con la dosis restante y la escondió bajo la pechera de su túnica.

Con la estúpida frialdad que daba esa droga, miró alrededor hasta que vio la daga sobre el estante. Siempre le había gustado. Tenía dos ostentosas joyas rojas que resultaban un toque de color interesante en aquel lugar. Por esa simple razón, decidió llevársela y la deslizó en la caña de su bota.

La ursadicta te hacía fijarte en cosas extrañas...


Las mazmorras de Theros Obsidia eran un complejo de túneles con varios niveles de seguridad. Erisad jamás se había adentrado allí, pero sabía que el acceso al nivel superior estaba guardado por dos orcos.

Mientras descendía por los túneles de piedra negra, se cruzó con un Legado menor, que ni siquiera le dirigió una mirada, y llegó sin más contratiempos al acceso: un ahusado arco en la piedra al que le habían añadido unas puertas. Estaban abiertas y los dos orcos se apostaban junto a ellas. Uno de ellos murmuraba al otro algo en su idioma. Se callaron al verla acercarse y ella avanzó, ignorándoles, la ursadicta guiándola sin miedo ni sentido común por lo que le parecía el camino más directo.

–Eh, ¿dónde vas? –le gruñó uno.

Erisad se agachó por debajo de la garra que trató de aferrarla y entró, sin darles más importancia.

–¡Eh! –rugió el otro orco, y Erisad oyó el roce metal.

La chica se volvió a tiempo de ver el vardach** segar hacia ella. Se agachó de nuevo, casi sorprendida por que aquel bruto intentase usar un arma tan grande en un sitio estrecho, pero sin sentir el sano miedo que debería haber venido con esa situación. El vardach se clavó en el dintel de la puerta.

Erisad observó con curiosidad al orco pelear para desclavar el arma de la madera y no se fijó en el otro orco. La aferró de la túnica y la golpeó con tanta fuerza que la lanzó contra la pared, donde rebotó. Su hombro hizo un movimiento raro al impactar y supo que probablemente se lo había dislocado. Pero no sintió dolor ni miedo porque su atención estaba fija en el colmillo partido de aquel orco. La ursadicta te hacía enfocarte en cosas extrañas.

El primer orco logró al fin recuperar su arma y, en ese momento, aparecieron dos Legados, atraídos por el ruido.

Sus túnicas estaban bien ajustadas, pero no ostentaban decoración ninguna sobre ellas. Eran de bajo rango, probablemente encargados del nivel superior de las mazmorras.

–¿Qué está ocurriendo? –preguntó el más joven.

El primer orco señaló a Erisad con su vardach.

–Ha tratado de colarse.

Erisad seguía viva por un motivo: su túnica negra de aprendiz. Los aprendices pertenecían a sus maestros y disponer de ellos sin su permiso se consideraba una falta de respeto que debía ser castigada.

–¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? –preguntó el Legado joven.

–Soy Erisad. Vengo a buscar a mi madre –admitió tranquilamente, con la estúpida serenidad que procuraba la droga.

Él alzó unas desconcertadas cejas. El otro Legado, algo más mayor, lo entendió.

–Ha tomado ursadicta –dijo.

–La conozco, es la aprendiz de Berron. Voy a buscarlo.

Sin más, salió de allí y Erisad volvió su enturbiada atención al Legado que quedaba. Tenía el cabello lacio, castaño y una expresión aburrida en el rostro.

–¿Dónde está mi madre?

–¿Quién es tu madre? –le preguntó en un tono totalmente neutro.

–Se la llevaron de su casa, dicen que fueron Legados del Espejo. Es de esta altura, tiene el cabello largo y rubio y es muy pálida. Es hilandera.

El legado hizo un gesto de reconocimiento.

–Oh, la hilandera… Sí. Murió hace dos días en el Espejo por orden de Berron.

Y lo dijo sin ningún sentimiento al respecto. Probablemente, aquel hombre había usado ursadicta durante suficiente tiempo como para hacer sus efectos definitivos. Una bendición en aquel lugar.

Erisad lo observó, totalmente impasible. El objetivo de rescatar a su madre fue tachado como posibilidad en su mente. Así que se sentó en el suelo y trató de encontrar otro objetivo válido, sin interesarse por ninguno en realidad. El Legado la miró con curiosidad.

–Esa mujer tenía cabello rubio, era pálida… ¿Seguro que eres su hija?

Erisad asintió, observándose responder desde el refugio de indiferencia en que la había sumido la droga.

–Mi padre decía que yo tengo la piel morena y el pelo oscuro porque he sido tocada por las sombras.

–Ah –murmuró con indiferencia el Legado.

Berron apareció a los pocos minutos. Aquel hombre cuidaba su aspecto y era un contraste comparado con los otros dos. Su túnica era una pieza única, cortada a medida en tela de calidad. El cuello era alto y estaba bordado en hilo negro, remarcaba sus rasgos afilados y tensos. Cerraba el pecho con cuatro engarces de brillante ámbar rojo. Pretendía irradiar poder y jerarquía antes de tenerlos y lo lograba... Pero Erisad percibía el miedo tras sus ojos y el toque de locura que disimulaba tan bien detrás de sus exquisitos modales.

La observó sentada en el suelo unos instantes y sonrió abiertamente, con un gesto de satisfacción.

–Erisad, ¿a dónde ibas? –preguntó su maestro con sorna.

El efecto de la ursadicta empezó a disiparse y la atención de Erisad se fue al dolor creciente sobre su espalda y su hombro... La joven lo miró mientras se ponía en pie, sujetándose el brazo derecho para tratar de inmovilizarlo.

–Lo sabía –siguió él–. Te enviaron para espiarme, ¿verdad? ¿Para quién trabajas?

Estaba perdida, ese era su fin. O bien la sacrificarían o bien la torturarían, jugarían con ella… y la sacrificarían.

–No trabajo para nadie –murmuró.

La ira tomó los rasgos de Berron. No aceptaba que le llevasen la contraria, aunque se equivocase por completo.

–¡No me mientas! –gritó Berron, sus modales y su ilusión de control perdidos–. Es imposible que hayas sobrevivido tanto tiempo, con lo mediocre que eres, sin ayuda. ¿Quién es tu protector?

El efecto de la ursadicta ya se había disipado lo suficiente como para que Erisad sintiese el miedo. Pero había ensayado durante años el no mostrar emoción alguna ante ellos.

–No trabajo para nadie –insistió con gesto impasible–. Vine a buscar a mi madre.

Y, a pesar de sus años de entrenamiento, la voz se le quebró a Erisad.

Berron sonrió, viendo en ese momento de debilidad la confirmación a su paranoia.

–Sabía que matar a tu madre te haría quitarte la careta –dijo.

Berron era idiota… Pero Erisad se percató de que había sido una idiota ella también al creer que decir la verdad podía ayudarla en algo.

–Os equivocáis. No soy lo que...

Berron no se molestó en invocar una maldición sobre ella. Salvó la distancia que los separaba y la golpeó con la suficiente fuerza como para tirarla al suelo de nuevo. Erisad cayó parcialmente sobre el hombro lastimado y lanzó un grito de dolor.

El Legado más joven sonrió ante la escena. Una sonrisa canina y lasciva...

–Traedla –ordenó Berron a los otros dos túnicas negras–. Vamos a hacerla hablar. No me importa si la dañáis.

Y el joven se acercó con hambrienta expectación ante el permiso de disponer sobre ella. Pero, al tratar de agarrarla, la chica se puso en pie de un salto y segó hacia él con una daga que había sacado de vete a saber dónde. El Legado miró el corte en su mano con más sorpresa que dolor y la sangre empezó a gotear profusamente sobre el suelo.

–Estás llena de sorpresas, Erisad –murmuró Berron, y avanzó hacia ella.

La chica reconoció su expresión y reconoció las palabras de la Maldición que estaba invocando sobre ella: parálisis. El terror la llenó y, al tratar de retroceder, chocó con la pared a su espalda. Sus extremidades dejaron de obedecerla y la mente de Erisad gritó un "¡No!" que sonó atronador en su pensamiento.

Y una presencia respondió a su grito silencioso.

Las sombras que proyectaban las antorchas se estiraron, sumiendo la sala en una súbita penumbra. Algo aferró a la chica desde la pared, a su espalda, envolviéndola en un sofocante abrazo, y Erisad desapareció.


**Vardach: espada serrada, como un machete con dientes muy grande. Arma favorita de muchos orcos por las heridas tan sucias que provoca.