2. El prisionero
Erisad surgió de una pared, cayendo de espaldas, y golpeó un suelo de piedra con rudeza. Su propia sombra reptó y se desgajó de él en volutas. Las negruras proyectadas por la antorchas en aquel pasillo se estiraron en formas imposibles. Pero la chica no lo percibió. Respiraba entrecortadamente, incapaz de moverse, esperando que en cualquier momento los tres Legados que iban a disponer de ella apareciesen. Pero estaba sola en mitad de un pasillo de roca negra, sin control alguno todavía sobre su cuerpo.
No se oía nada. No había rastro de ningún perseguidor…
El lugar tenía la estructura y construcción típica de los interiores de Theros Obsidia, los arcos apuntados sujetando el techo, el negro de las paredes hechas de una sola roca… Había puertas en ambas paredes, algunas de madera, otras de metal… Eran las celdas. ¿Cómo había llegado hasta allí?
Por fin, el cuerpo de Erisad volvió a ser suyo y se incorporó despacio, observando el lugar. El pasillo descendía en una curva. No había antorchas ni apliques, pero una luz violácea de procedencia indeterminada bañaba los volúmenes del lugar. Jamás había estado en esos niveles…
Aferró la daga en su mano izquierda, tratando de decidir hacia dónde moverse… O quizás, empezar a abrir las celdas para tratar de encontrar a su madre si seguía viva. Pero si estaba viva, ¿en cuál de esas celdas podía estar?
No había oído las pisadas, por eso Erisad dio un respingo cuando vio aparecer al orco por el recodo, a apenas una decena de metros.
Era alto, fornido, bien alimentado e iba vestido con ropas de buena calidad. Pero su piel grisácea era más pálida de lo normal, como si ni el sol ni la intemperie la hubiesen tocado en mucho tiempo y era… ¿viejo? Erisad jamás había visto a un orco viejo. Sus ojos eran blancos, completamente blancos. ¿Era acaso un ungral*? Bajo aquella luz azul, tenía el aspecto de una aparición.
El orco se detuvo, alzó el rostro y tomó aire entrecortadamente: estaba olfateando. Y Erisad cayó en la cuenta: era ciego. Pero volvió el rostro hacia ella y avanzó con paso seguro. Conocía el terreno.
Erisad retrocedió de espaldas, tratando de ser tan silenciosa como podía. En ese momento, llegaron las voces de un hombre y una mujer desde el otro lado del pasillo y el reflejo de una antorcha rebotó en las paredes. Estaba atrapada. El orco alzó la cabeza hacia los nuevos sonidos y Erisad actuó en los pocos segundos que tenía: echó la mano izquierda a las ganzúas en su trenza para forzar la cerradura de la celda junto a ella, pero no logró extraerlas de entre sus cabellos con una sola mano temblorosa.
El pánico la llenó al ver al orco avanzar hacia ella. Sabía dónde estaba porque lo vio alzar una maza y calcular el golpe. Erisad empujó la puerta rogando por que, en un golpe de inmensa suerte, estuviese abierta.
Estaba firmemente atrancada…
Algo aferró la mano que apoyaba en la madera y tiró de ella.
Apareció en el interior de una celda y Erisad ahogó un jadeo por la impresión al tiempo que el golpe de la maza resonaba sobre la madera, a su espalda…
Al fondo de la estancia había un hombre tumbado en el suelo que alzó la cabeza hacia ella con gesto sorprendido. Erisad se agachó pegada al muro y se llevó un dedo a los labios para indicarle silencio. Él asintió.
Las pisadas llegaron hasta el otro lado de la puerta, la luz de una antorcha se coló bajo la puerta y la voz de una mujer se elevó en tono autoritario en el pasillo. Era la Legado encargada de la administración de los prisioneros. Ella decidía quién vivía y quién moría.
–Buscan a una aprendiz –dijo–. Escapó del nivel superior.
El orco respondió con una calmada voz gutural que sonaba casi a un gruñido animal.
–No he visto a nadie.
Parecía que el carcelero tenía sentido del humor.
–¡No estoy para bromas! –espetó la Legado.
–Tampoco he oído ni olido a nadie… –mintió.
Parecía que a ese orco no le caía bien la Legado al mando.
–Notifícame si aparece. Son órdenes de Berron.
–Sí, señora.
Las pisadas de los dos Legados volvieron a sonar, alejándose. Tras unos momentos que a Erisad se le antojaron excesivos, el orco echó a caminar también por el pasillo en sentido contrario.
Erisad dejó escapar el aliento que había retenido y apoyó la cabeza contra la pared. Un súbito agotamiento la invadió, ahora que el miedo ya no la sostenía.
–Alguien entrando voluntariamente en las celdas de Theros Obsidia… –susurró el hombre desde el fondo de la celda–. Esto sí es digno de verse.
Erisad lo miró. Se trataba de un hombre de edad avanzada. Tenía los ojos oscuros, el cabello corto y canoso. Sobre su rostro, lleno de arrugas y curtido por las inclemencias, se veían una barba de varios días y marcas de golpes. Llevaba unos típicos pantalones de pescador y una camisa desgarrada. Erisad no fue capaz de percibir el tono de sus cabellos bajo esa extraña luminosidad azulada y violeta. El hombre sonreía, parecía realmente complacido por la presencia de Erisad.
–Gracias por visitarme –dijo el prisionero–, estaba muy aburrido.
–Un placer… –musitó ella en respuesta.
El hombro de Erisad empezó a pulsar dolorosamente de nuevo y la chica se llevó la mano izquierda para tratar de mitigarlo.
–¿Cómo has entrado aquí?
–No lo sé –susurró Erisad.
–Y, dime… ¿Puedes verme?
Erisad asintió, sorprendida por la pregunta.
El hombre la observó con gesto analítico.
–Me pregunto qué motivo podría tener alguien para entrar por sí misma en esta inmunda celda –comentó.
La chica frunció el ceño en un gesto de dolor que no era solamente físico.
–Estaba tratando de encontrar a mi madre –susurró.
–¿En las celdas?
Erisad lo miró un largo momento, tratando de evaluar si admitir los motivos para estar ahí o no. Dudaba que aquel venerable pescador fuese realmente un intento de Berron para interrogarla. Su dueño no era tan inteligente y jamás miraba hacia los niveles inferiores de la torre, solo hacia los superiores.
–Me han dicho que se la llevaron los Legados del Espejo para sacrificarla. ¿La has visto?
–¿Qué aspecto tiene?
–Rubia, de esta altura… –gesticuló con la mano útil para ilustrarlo–. Es hilandera…
–No he oído que trajesen a ninguna mujer aquí abajo en los pasados días. ¿Estás segura de que está aquí?
Las lágrimas llenaron los ojos de Erisad.
–No, no estoy segura. Dicen que la sacrificaron hace dos días. Fui a llevarle comida y no estaba en casa –se explicó atropelladamente, con prisa y ansia–. Cordina dijo que se la llevaron. Pero no sabía si era cierto y vine a buscarla… Otro Legado me dijo que había muerto… Pero no la he visto ni a ella ni a su cadáver… Quiero saber, necesito saber… –la voz se le quebró.
El hombre la observó admirado. ¿Aquella chica había traicionado a la Orden y se había colado en las celdas de Theros Obsidia para rescatar a alguien? ¿Acaso era real? ¿O era solo una visión de su deseo? Una creación de su mente febril… Parecía auténtica, pero la manera más fácil de interrogar a alguien era arrojar, en su momento más bajo, un amigo dentro de su celda.
La mejor manera de averiguar si aquella muchacha era real era hacerla consciente de la realidad sin darle la respuesta.
–¿Tenían algún motivo para mentirte? ¿Para hacerte creer que tu madre ha muerto?
Ella negó y el hombre la observó un largo momento, dándole tiempo para asimilar lo sucedido. Se quedó quieta, con la mirada perdida y un gesto de desolación en su rostro.
–Lamento mucho tu pérdida –dijo por fin el prisionero, con un tono tan sincero y amable que el rostro de Erisad se convirtió en una mueca de dolor y prorrumpió en silenciosos sollozos.
La chica agachó la cabeza y lloró, sujetando su brazo derecho. Las lágrimas resbalaban por su cara y caían sobre su túnica negra.
Era auténtica… ¡Aquella muchacha era auténtica! Liovard deseó llorar con ella, pero no se lo podía permitir. Tenía que sacarla de allí… Y tenía que hacer que pusiese a salvo el conocimiento que llevaba con él. Le quedaba muy poco tiempo de vida.
–He fracasado… –sollozó la chica–. Era mi única familia… Era lo único que me quedaba y le he fallado.
–No digas eso, cariad –dijo en el tono más dulce que pudo encontrar–. Has venido hasta el mismo infierno para tratar de salvarla. Eres maravillosa.
Erisad levantó la mirada, llena de lágrimas, hacia él. Tenía los ojos de un sorprendente tono claro, como el agua limpia. La curiosidad había logrado deslizarse entre todo el pesar y tocar su espíritu.
–¿Qué significa cariad? –preguntó.
Liovard se percató de que no debería haber usado esa palabra y que no la habría usado de estar en la plenitud de sus facultades. Su propia mente se apagaba, su atención… Se le acababa el tiempo, pero debía hacer ese movimiento bien.
–En mi lengua natal significa "amado" o "amada". Es una palabra amable, de cariño. Todavía no conozco tu nombre.
Tras unos instantes de duda, ella respondió.
–Erisad.
Él extendió ambas manos hacia ella y se llevó la derecha al pecho al tiempo que inclinaba la cabeza.
–Es un honor conocerte, Erisad.
La chica lo observó un largo momento, asimilando la reverencia que le había dedicado.
–Provienes de muy lejos, ¿verdad?
Él asintió.
–Del otro lado del mar…
Erisad lo interrumpió.
–No me des detalles que no quieras que conozcan los Legados. No me digas nada que me puedan arrancar con tortura si me atrapan.
Aquella fue la confirmación de que ella era auténtica. Si la habían lanzado allí dentro para interrogarlo, se había saboteado a sí misma con esa frase. Liovard sonrió abiertamente, todo luz en su expresión en mitad de esa oscuridad e inmundicia.
–No te van a atrapar, cariad. ¡Vas a salir de aquí y ser libre!
–¿Qué? ¿Cómo?
–Una chica con recursos como tú va a encontrar la salida. Pero, antes de que te cuente un par de secretos, ¿me permites colocar tu hombro correctamente? Está dislocado, ¿verdad?
Erisad lo observó con recelo.
–¿Puedes hacer eso?
–Sí, a menos que tu esqueleto sea diferente del resto de humanos.
Erisad siguió mirándolo con suspicacia.
–¿Qué me vas a pedir a cambio?
El prisionero sonrió. Aquella muchacha era más lista de lo que parecía.
–A cambio voy a pedirte que me mates. Supongo que una chica de recursos como tú tiene preparada una salida de emergencia de este lugar.
Erisad tenía, en realidad, dos salidas: la daga y el veneno. No le preguntó por qué quería que lo matase, lo entendía perfectamente. Pero quizás, tal vez podía intentar salvar a aquel venerable pescador en lugar de su madre, y su mente ya se lanzó hacia posibilidades. Cómo abrir la celda… Cómo pasarlo entre la guardia… Cómo…
–Tal vez, puedo intentar sacarte de aquí.
El hombre negó con tristeza.
–Si intentas sacarme de aquí solo lograrás que nos maten a los dos –dijo con resignación–. Estoy condenado. Acércate y lo verás.
La chica lo observó un largo momento. Finalmente, se puso en pie y caminó hacia él despacio, con la daga en la mano, preparada para defenderse si era necesario. Lo primero que notó fue el olor de la gangrena y entonces entendió que la forma extraña que percibía en su pierna era debida al hueso roto asomando a través de la piel. Erisad desvió la mirada y observó el techo, para disimular las lágrimas que cayeron de nuevo por su rostro. Su voz sonó tranquila a pesar de todo. Años de entrenamiento escondiendo sus emociones…
–Lo siento mucho.
–Necesito tu ayuda. No solo para ahorrarme las horas de sufrimiento que me quedan, también para evitar que invoquen mi espíritu y le extraigan información. Pondría en peligro a mi gente…
Erisad lo observó. Aquel hombre era enemigo de la Orden… Tras las lágrimas en sus ojos, apareció un gesto de determinación y rabia.
–¿Qué quieres que haga exactamente?
–Vamos a arreglar primero tu hombro.
El hombre le indicó que se tumbase ante él boca arriba y Erisad lo hizo con aprensión, aferrando en la mano izquierda la daga. Cuando se dispuso a tocarla, Liovard se percató de que estaba tensa. Eso haría la maniobra difícil.
–Dime, ¿cómo te lesionaste?
–Golpeé una pared –dijo la chica con voz temblorosa..
–¿Por qué golpeaste una pared? ¿Qué te había hecho la pobre pared?
Era un chiste, era un chiste malísimo, pero era el primero que Erisad oía en años y se puso a reír en silencio allí tumbada. Todo aquello no parecía real. Pero echaba tanto de menos los chistes y las bromas… Su risa se desvaneció a los pocos instantes, lágrimas de pesar cayeron desde las comisuras de sus ojos y resbalaron por sus sienes hacia suelo. El hombre la observó con melancolía.
–Eres la primera persona con alma que me encuentro aquí.
–¿Va a doler mucho? –preguntó con voz temblorosa.
–No lo sé. Primero debo mirar si hay huesos rotos. Tranquila, ahora solo voy a comprobarlo…
Erisad tomó aire despacio y permitió que aquel desconocido tomase su mano derecha con suavidad. La piel del hombre estaba muy caliente, tenía fiebre. Lo sintió palpar alrededor de la zona afectada y mover levemente su brazo.
–Tranquila, no hay huesos rotos… Voy a colocarlo en su lugar, y no va a doler, te lo prometo. Tan solo relájate.
Erisad estaba acostumbrada a las mentiras y al dolor, por eso se sorprendió cuando el hombre desplazó su brazo con delicadeza en su recorrido natural y algo hizo un suave "clac" al recuperar su posición. El alivio fue inmediato. Y no dolió… Como había prometido.
–Gracias… Gracias… –murmuró Erisad.
Se incorporó y deslizó la daga en su bota.
–No esperaba que esta…
El hombre le indicó silencio con un gesto. Al escuchar, notaron los pasos del carcelero acercándose. Permanecieron quietos y callados hasta que el sonido se perdió en la distancia. Erisad negó, confundida.
–¿Un orco ciego para patrullar estos pasillos? No tiene sentido.
–Sí lo tiene. Estamos en completa oscuridad.
Ella alzó las cejas escéptica.
–Si estamos en completa oscuridad, ¿por qué puedo ver?
Él sonrió y alzó las manos con gesto maravillado, abriendo mucho los ojos.
–También cruzaste la puerta sin abrirla, las sombras se plegaron alrededor de ti. Cruzaste a través de ellas. Lo vi.
Ella frunció el ceño incrédula.
–No soy canalizadora, pero, además, es imposible canalizar magia bajo un espejo mayor.
El hombre se inclinó hacia ella.
–¡No canalizaste magia! No sé cómo demonios lo has hecho, pero no has canalizado. Están surgiendo personas con dones que no se ven afectados por los espejos. Eres una de ellos… Y vais a cambiar las reglas del juego.
Erisad negó. Aquello era cruel.
–¿Por qué ahora? Si hubiese podido hacer esto antes habría podido salvar a mi madre… Habría podido…
–Los dones son caprichosos, cariad. Utiliza bien el tuyo.
Erisad entrecerró los ojos desconcertada.
–Tú me ves en completa oscuridad… ¿Puedes atravesar las sombras también?
El hombre rió.
–¿Crees que si tuviese la capacidad de atravesar paredes seguiría aquí, niña?
Erisad no pudo evitar ruborizarse ante lo ridículo de su pregunta. Él se apiadó de ella.
–Soy capaz de ver en completa oscuridad por otro motivo, pero no poseo tu don. Ojalá lo hubiese tenido. Si algún día llegas a mi hogar, te explicarán quién era yo.
–Ni siquiera conozco tu nombre.
El hombre dejó escapar el aire en una larga exhalación y pareció tomar una decisión con ello.
–Liovard… Mi verdadero nombre era Liovard. Te lo entrego voluntariamente para que solo tú puedas invocarlo.
Erisad alzó las cejas sorprendida por esas palabras y, recordando la reverencia que le había dedicado unos minutos antes, Erisad imitó su gesto. Mostró primero las manos abiertas ante él y después se llevó la derecha al pecho y se inclinó.
–Es un honor conocerte, Liovard. Gracias por arreglar mi hombro.
Ahora fueron los ojos del prisionero los que se llenaron de lágrimas y sonrió.
–Por un momento me has hecho sentir en casa. Ahora, dime, ¿cumplirás con tu parte? ¿Serás mi última amiga en esta vida?
Ella asintió, tratando de contener las lágrimas, y el hombre sonrió con verdadero agradecimiento.
–No llores, cariad… He tenido una vida buena y larga y eres una bendición en mis últimas horas.
Erisad deslizó una mano por el cuello de su ancha túnica, sacó el trozo de pan y la manzana que había escondido debajo y se los ofreció a aquel hombre.
–Por si te apetece comer algo antes de...
Liovard sonrió.
–¡Una manzana! Creí que no volvería a ver una nunca. ¿La compartimos?
Erisad cortó trocitos pequeños de manzana con la daga y él los masticó muy despacio, saboreando cada fragmento con verdadero deleite.
–Dime, ¿cómo es tu hogar, Liovard?
–Verde… Lleno de vida. Hay paz más allá del frente. Pero ahora todos tenemos miedo.
–¿Hay alguien a quien quieras que lleve un mensaje? Familia… Alguien…
Liovard reflexionó unos instantes.
–Dije a todos los que amaba las cosas que debía decirles… Pero tengo algo parecido a un hijo que es muy cabezota.
Erisad alzó las cejas desconcertada y sonrió mientras le pasaba un trozo más de manzana.
–¿Algo parecido a un hijo?
–Es el hijo que nunca tuve. Es cabezota, y atrevido, y generoso… Me dijo cosas de las que creo que se arrepintió después. Pero no tendrá la oportunidad de volver a hablar conmigo. No voy a volver y lamento no estar ahí para escucharlo.
–Lo siento mucho. ¿Peleasteis?
Liovard no respondió.
–Erisad, por favor, si lo encuentras dile que ya me mostró con hechos lo que no pudo decirme con palabras. Dile que me alegro de estar en esta celda en lugar de él. Y dile que yo también le quiero.
Erisad asintió.
–¿Cuál es su nombre? ¿Dónde puedo encontrarlo?
Liovard tomó aire antes de responder.
–Erethor. Ve hasta Erethor, da mi nombre y pregunta por él. Acudirá a ti. Tiene el cabello muy claro y no se parece a los que le rodean. Lo reconocerás.
Erisad asintió.
–Lo buscaré y le daré tu mensaje.
–Gracias, cariad.
Erisad asintió. Ojalá alguien llegase hasta ella para decirle que había estado con su madre en sus últimos momentos, que no estuvo sola. Pero sabía que era un deseo pueril. Al menos lo podría hacer real para otro…
De la manzana solo quedaban ya las semillas. Liovard las recogió, tomó la mano de Erisad y las depositó en su palma.
–Siémbralas en algún sitio.
Ella asintió.
Liovar no usó tiza, ni carboncillo, ni pintura de ningún tipo para trazar sobre el suelo símbolos que se fueron iluminando en un tono blanquecino. Erisad lo observó sorprendida.
–Esto no es luz en realidad, Erisad. Aquí no hay nada que un ojo normal pueda ver. Estás viendo una llamada espiritual.
–¿Por qué puedo percibirlo?
–Porque te he invitado, para que me ayudes… Estoy muy débil.
Al decirlo se tambaleó y Erisad acudió a su lado para sostenerlo y ayudarlo a moverse. Su piel estaba tan caliente por la fiebre que parecía quemar.
Liovard trazó sobre el suelo símbolos invisibles, en un círculo alrededor de ellos, murmurando en un idioma extraño y cada trazo se iluminaba al paso de sus dedos, hasta que ambos estuvieron dentro de un aro de suaves símbolos ondulados, curvas que parecían fundirse las unas con las otras… Pero eran letras de un alfabeto desconocido.
–Es hermoso… –murmuró Erisad.
Liovard no respondió.
–Sólo ayúdame a sentarme en este extremo y aguarda ante mí. Con este truco voy a evitar que puedan invocar mi espíritu cuando yo muera. Para eso, voy a separarlo de mi cuerpo. No te asustes cuando lo veas aparecer, no te hará daño. Tan solo mata mi forma mortal cuando ya no estén atados. Mi espíritu entonces desaparecerá y no podrá ser alcanzado. ¿Podrás hacerlo? ¿Podrás darle descanso a mi cuerpo?
Erisad asintió.
Se sentaron el uno ante el otro y los símbolos se encendieron alrededor de ellos como pequeñas brasas azules. Liovard cerró sus ojos y su silueta empezó a emitir una tenue luminosidad que pulsaba acompasada con las runas.
Un fulgor azulado se desgajó lentamente de Liovard y se arremolinó a su lado, hasta componer una silueta traslúcida e indefinida. Erisad lo observó materializarse ante ella y su respiración se entrecortó. ¿Eso era el espíritu de una persona? ¿Su esencia? ¿Sus memorias?
Un golpe sordo sonó ante ella. El cuerpo de Liovard había caído inerte sobre el suelo. Erisad fue hasta él dispuesta a cumplir su promesa. El espíritu a su lado la observó volver el maltrecho cuerpo de aquel humano.
Los ojos abiertos de aquel hombre ya no veían, no había ninguna conciencia detrás y, a pesar de que la respiración seguía presente, Erisad notó que ya no se aferraba a ella.
Extrajo la daga, la acercó a su cuello y… no pudo hacerlo. No podía matar a Liovard como a un animal.
El círculo de runas brillaba alrededor de ellos suavemente…
Erisad guardó el arma, asqueada consigo misma por haberse atrevido a aproximarla a la piel del único amigo que había tenido en Theros Obsidia. Colocó el cuerpo de Liovard sobre el suelo, dándole toda la dignidad posible, adecentó los jirones de tela que habían sido su camisa y peinó con los dedos sus cabellos como habría hecho con un familiar. Solo entonces, se llevó las manos a la trenza y cogió el vial de veneno que escondía en ella. Aquel vial era una dosis de muerte dulce, te hacía dormir, te hacía soñar cosas placenteras, y simplemente te apagabas dentro de un buen sueño. Lo había reservado para ella misma, para tener al menos un buen recuerdo antes de partir. Pero, en lugar de eso, le regalaría a él la salida que se había reservado todos aquellos años.
Erisad vertió el veneno entre los labios del hombre y se aseguró de que lo tragaba. Después simplemente esperó, acariciando su frente arrugada y maltratada por las inclemencias, mientras aquel cuerpo se apagaba lentamente.
Así permaneció, dentro de aquel círculo de luces fantasmales, durante los minutos que aquel veneno tardaba en hacer efecto, cómo única testigo de aquella vida que concluía.
Los pasos del carcelero pasaron de nuevo frente a la celda y, justo cuando se perdían, aquel maltrecho cuerpo exhaló su último suspiro. Erisad pudo sentirlo en ella de alguna manera… Fue como si algo se liberase, como si una cuerda se deslizase fuera de un amarre o una tela cayese suavemente al suelo descubriendo algo.
Y entonces, los rasgos del cadáver empezaron a cambiar. Erisad dio un respingo al ver que sus facciones se estilizaban, la barba desaparecía… Su tamaño se redujo y unos largos cabellos negros, veteados de canas, se esparcieron alrededor de su cabeza. Unas orejas afiladas sobresalieron, entre ellos. Tenía arrugas en el rostro… Había sido alguien con una edad acorde al disfraz que había llevado y las marcas de la enfermedad se veían en su cara pálida y demacrada, en los huesos punzando desde dentro sus formas.
Erisad retrocedió, impresionada, con los ojos fijos en aquel cadáver, y sintió que su espalda tocaba una barrera… Las runas chisporrotearon con violencia alrededor de ella evitando que se alejase.
Lo siento, Erisad, no me guardes rencor.
La chica dio un respingo al sentir la voz de Liovard en su mente y alzó la mirada. El espíritu del elfo se había agachado ante ella y la estaba mirando a los ojos. Era una silueta azulada en la que ahora podía percibir perfectamente sus rasgos. ¿Qué hacía allí? Debería haberse desvanecido ya.
–¿Liovard? ¿Qué…?
No pudo acabar la pregunta. Las manos oníricas del espectro se posaron sobre el rostro de ella. Eran amables, pero frías como el viento en invierno, y la dejaron paralizada en el lugar. El espíritu se lanzó hacia ella y... ¿la besó? Incapaz de moverse para evitarlo, aquellos labios de aire quemaron como hielo. La figura de Liovard se desdibujó en jirones de luz azulada que se deslizaron entre los labios y por los ojos de la chica hasta desaparecer dentro de ella.
Erisad cayó inconsciente.
(*Ungral: llaman así al primer estado de un muerto viviente cuando se alza y todavía conserva algo de inteligencia.)
