3. Vino y sombras
Despertó sobre el suelo de piedra de una celda. Se incorporó y vio un cadáver junto a ella. Era un… ¿elfo? Erisad lo observó con curiosidad y trató de recordar.
¿Cómo había llegado ahí? No lo recordaba. Había intentado huir del carcelero, había oído las voces de los Legados y entonces… Frunció el ceño al percatarse de que recordaba perfectamente cómo había atravesado la puerta deslizándose sobre las sombras. Pero, a partir de ahí, todo estaba borroso en su mente. Alzó la mirada y dejó que sus ojos revelasen la completa oscuridad en que estaba sumergida en esos volúmenes azules y violetas.
Miró el cadáver a su lado. No podía recordar nada de aquel elfo, pero le resultó triste ver a aquella criatura muerta, sola, sin un amigo, tan lejos de su hogar. El olor de la herida en su pierna, rota y deformada, le sugería que probablemente la gangrena lo había matado. Pero en su rostro demacrado se veía la paz de su última expresión. Como si simplemente hubiese decidido dormir. ¿Quién demonios era?
Erisad se puso en pie y caminó sigilosa hacia la puerta. No había rastro del carcelero. De alguna manera, sabía que esa puerta no era un obstáculo para ella.
Posó las manos sobre la madera, respiró hondo y tocó las sombras. Sintió cómo la aceptaban dentro de ellas y una sensación de vértigo la golpeó cuando la arrastraron al otro lado.
Se apoyó en la madera ahora a su espalda, tratando de mantener la conciencia, el suelo tambaleándose bajo ella. Parecía que aquel don podía ser drenante… Estuvo a punto de caer por la debilidad, pero se forzó a mantenerse en pie. Debía moverse rápido, salir antes de que la rastreasen… Antes de que el carcelero hiciese su ronda… Pero apenas podía sostenerse y su maestro habría movilizado gente para encontrarla. ¿Cómo iba a lograrlo?
Un suave sentimiento de aliento la acarició… Un abrazo sin nadie allí para aferrarla...
Vas a lograrlo, Erisad. Una chica de recursos como tú es capaz de hacer que hasta abran la puerta para ella. Eres magnífica. Lo vas a lograr.
No supo si había escuchado una voz o la había imaginado, pero el sentimiento de aliento fue tan poderoso que la impulsó hacia adelante.
Erisad echó a caminar por los corredores, de regreso hacia los niveles superiores, recuperando a cada paso la firmeza de sus pies y el enfoque en su mente. Y se sorprendió… ¿En qué momento había asimilado con aquella naturalidad que podía desplazarse fusionándose con las sombras?
El lugar estaba muy silencioso, la mayoría de celdas vacías. No quedaban prisioneros de guerra ni traidores, pero el Espejo seguía hambriento. Habían empezado a buscar sacrificios en la misma ciudad y entre los sirvientes con cualquier excusa o sospecha. La bilis subió por la garganta de Erisad. Tantas vidas destruidas… ¿Por qué obedecían al dios? ¿Por miedo? ¿A cambio de poder? Ocurriese lo que ocurriese, jamás volvería a colaborar con aquella mierda.
Había quien decía que el espíritu del dios podía leer tus pensamientos y verte en cualquier punto de Theros Obsidia, pero Erisad sabía que era falso, o ya la habrían sacrificado a ella por blasfema años atrás. La videncia no era uno de los dones que otorgaba Izrador.
El pasillo acababa un poco más adelante, en una pared de roca donde dos pebeteros alzaban sus llamas. Sobre ellos, clavado al muro, estaba el símbolo sagrado de Izrador, iluminado por el fuego. Y, ante el símbolo de Izrador, un escritorio. Era donde debían dictar las sentencias o anotar los nombres y las confesiones de los pobres desgraciados que arrastraban allí dentro. La ira la llenó y deseó volcar el escritorio, golpear con sus manos el símbolo sagrado hasta derribarlo y escupirle.
Pero, a la izquierda, un arco ahusado daba acceso a otra sección superior y unas voces hablando en orco venían de allí. Erisad afiló su ira en una idea y se sentó en el escritorio.
Tanteó en el compartimento inferior y encontró los papeles. Uno de ellos tenía un sello oficial. Perfecto. Tomó la pluma y procedió a preparar el documento. Conocía casi todas las firmas de los Legados de aquellos niveles… y podía imitarlas. Había copiado sus tediosos informes durante años. Había sido útil a muchos pero imprescindible a ninguno. Así había sobrevivido…
Una vez el documento estuvo listo, deshizo la trenza por la que todos la conocían y procedió a recogerse el cabello en un moño. Entonces se dio cuenta de que había perdido el vial de veneno. Miró alrededor rápidamente por si se le había caído en ese momento, pero no lo vio. Decidió darlo por perdido, no tenía tiempo para buscarlo. Aseguró el moño con las ganzúas y recuperó el trozo de pan de debajo de su túnica. Había perdido también la manzana en algún momento. Se puso en pie, ajustó brevemente la túnica a sus formas haciéndola parecer menos holgada y se dirigió hacia la salida.
"No les des tiempo a reaccionar. Actúa, muévete, y desaparece… y dales algo para que se entretengan", se dijo a sí misma, o eso creyó, aunque la voz que oía en su mente sonaba mucho más segura y tranquila de lo que ella se sentía.
Los dos orcos que vigilaban el nivel superior de las celdas miraron con sorpresa a la túnica negra salir por el acceso. Era morena, tenía el cabello oscuro recogido en un moño. No vieron su rostro porque escribía algo en un montón de papeles que llevaba en la mano.
Antes de que pudiesen reaccionar ante su presencia, la escriba lanzó un trozo de pan a uno de los orcos, que lo agarró en el aire.
–Un regalo.
Antes de que pudiesen reaccionar, la Legado cruzó entre ellos con paso seguro, anotando algo. Ambos orcos se encogieron de hombros y procedieron a dar cuenta del pan. Meterse con Legados solía acabar mal para cualquiera.
Erisad caminó por el pasillo, felicitándose a sí misma. Era muy consciente de que en aquel lugar no veían personas, veían túnicas y jerarquías acordes a la ropa que llevases… e iba a usarlo contra ellos.
Había recorrido los pasillos de Theros Obsidia durante años, aprendiendo sus recovecos, observando, analizando patrones de comportamiento. Sabía cosas… y sabía dónde guardaban sus pertenencias los sirvientes.
Berron cerró de un portazo la puerta de sus aposentos.
Las visitas a los niveles superiores de la torre siempre lo ponían frenético. Lo ignoraban, lo ninguneaban y su única opción era suplicar y humillarse por favores si quería algo. A pesar de haber movido los hilos con los que contaba, no había podido encontrar una sola pista de su aprendiz, ni dónde había ido, ni a quién servía. Quien la había sacado de su alcance había usado una Bendición muy poderosa que ni siquiera él sabía que existía. Tenía que ser uno de los Legados de alta jerarquía. Ahora veía que habían asesinado a todos sus antecesores usando a Erisad. Rió, él era más inteligente...
Necesitaba beber algo. Fue hasta su alacena personal y tomó una de las botellas de vino pero, cuando iba a descorcharla, la suspicacia lo invadió. Aquello era una trampa demasiado simple. Rió una vez más.
–No vas a pillarme, maldita serpiente.
Salió de sus aposentos cerrando con otro portazo tras él y se detuvo para activar la Maldición de Muerte grabada en las runas sobre el arco de la puerta. Una vez sus aposentos estuvieron sellados por el ritual, echó a caminar hacia los niveles inferiores en busca de un catador.
¿Dónde putas dormían los sirvientes? No estaba seguro de dónde encontrarlos, sólo tenía una noción al respecto. La estructura de los niveles inferiores era ilógica y confusa. En ciertos tramos, ni siquiera tenían antorchas y la oscuridad parecía formar burbujas con entidad propia en los corredores.
Recorrió los pasillos de la planta de los sirvientes con su estúpida botella de vino, tratando de dar con alguien prescindible y, en una de esas bolsas de oscuridad, trastabilló con algo.
Tomó la antorcha de un aplique un poco más adelante y volvió sobre sus pasos.
Dejó la botella a un lado y levantó del suelo la tela oscura que lo había hecho tropezar. La desplegó y vio que era una túnica negra de aprendiz. Y la reconoció de inmediato...
Se puso en pie y echó a correr hacia la entrada, dejando la antorcha y la botella abandonadas junto a la túnica de Erisad.
Vestida con ropas acordes a una sirvienta, el cabello recogido en el moño, Erisad observó a la guardia en la puerta de acceso. Su visión nocturna sobrepasaba a la de los orcos. No dependía en absoluto de la luz. De pie en mitad del pasillo que llevaba hasta ellos, no la vieron a esa distancia, mientras que ella sí pudo percibir todos los detalles.
Dos de los humanos le eran conocidos: el tipo de la cicatriz y su amigo de las barbas pelirrojas. Habían empezado a servir hacía sólo una luna en Theros Obsidia. Disfrutaban del dolor y miedo ajenos. Los había visto buscar excusas para golpear, dañar y reír… La desgracia de otros les arrancaba carcajadas enfermizas.
Si la guardia de la puerta había recibido orden de detenerla, estaría esperando una túnica negra, no las faldas sin teñir de una sirvienta. Probablemente podía hacer que esos animales la ayudasen a salir si jugaba las cartas de ellos en su contra.
El miedo la atenazó de nuevo. Estaba loca… La iban a descubrir, a descuartizar… Pero no le quedaba más remedio que intentar huir, antes de que Berron la encontrase.
Puedes hacerlo, Erisad. Confía en ti. Llevas toda tu vida entrenando para esto.
Erisad tomó aire despacio, pidiendo a su corazón serenarse. El miedo la ayudaría para el engaño que iba a intentar, jugaría a su favor…
Aferró el salvoconducto falsificado en la mano y caminó con paso inseguro hacia la puerta.
La vieron en cuanto se acercó al brasero. Los orcos la observaron con desinterés pero el mercenario de la barba pelirroja le preguntó:
–Eh, ¿qué haces aquí?
En lugar de contestar, Erisad se detuvo, con la mirada fija en el exterior, lleno de oscuridad y bruma. No quería alzar la mirada, sus ojos claros tendían a brillar con la luz y eran un rasgo distintivo. Su voz sonó llorosa.
–No quiero salir. Por favor… Está oscuro...
El tipo de la cicatriz se acercó y arrancó el papel de la mano de la sirvienta. Reconoció el sello y la firma de Berron. Era un salvoconducto para que saliese a buscar no sabía qué mierda al puerto. La miró y una sonrisa irónica tomó sus rasgos.
–¿Te da miedo la oscuridad?
–Hay ungrals ahí fuera... –gimoteó ella con la mirada fija en la negrura al otro lado–. Hay ungrals… Debo esperar a que amanezca...
La sirvienta retrocedió con la torpe intención de no cumplir la orden y el tipo de las barbas pelirrojas la agarró de la nuca en un rápido movimiento. Los dedos del hombre se clavaron dolorosamente en su fino cuello y caminó hacia la puerta arrastrándola. Ella lanzó un chillido y suplicó.
–Por favor, señor, por favor… Sólo hasta que amanezca…
El tipo de la cicatriz empezó a reír al ver la escena.
–Si tu amo te ha dado una orden, tú debes cumplirla como una perra buena.
El tipo de las barbas la arrastró hasta el exterior, a la oscuridad, la bruma y los horrores que plagaban los alrededores de Theros Obsidia.
Berron avanzaba a zancadas hacia la puerta donde una pequeña tropa vigilaba. Parecía que estaban divirtiéndose con algo, porque oyó risas.
En el exterior, el tipo de la barba pelirroja empujó a la sirvienta por la escalera de acceso y ella lanzó otro asustado gritito cuando perdió pie y rodó por los escalones con suma torpeza hasta la base de los mismos.
Los dos mercenarios aún estaban riendo como hienas cuando una voz les interpeló. Se volvieron y su risa se detuvo. Un Legado había salido y se dirigía hacia ellos. Era de los que vestían túnica cortada a medida y la cerraban con joyas rojas. Parecía furioso. Los mercenarios saludaron respetuosamente.
–Señor...
–La aprendiz de Legado que buscamos ya no lleva la túnica negra –dijo–. ¿La habéis visto?
El tipo de las barbas pelirrojas volvió la mirada apresuradamente hacia la base de las escaleras. Sólo pudo ver jirones de niebla reptando donde había estado la sirvienta un momento antes. Se volvió hacia el Legado y respondió con gesto impasible:
–No, señor. Nadie con su descripción.
El tipo de la cicatriz arrugó el salvoconducto en su mano, escondiéndolo. Eran carne de Espejo si lo veían. Pero el gesto llamó la atención de Berron.
–¿Qué tienes ahí? –preguntó señalando el arrugado documento.
Oh, mierda...
Erisad corrió cuesta abajo, ignorando el dolor en la rodilla, el codo, la cadera, los puntos donde los escalones la habían golpeado, azuzada por el sentimiento de libertad... y por el miedo. Debía salir de aquel puerto maldito antes del amanecer o llamaría la atención. A la luz no podría esconderse, la encontrarían.
Aquel puerto había sido destruido unos cien años atrás, y había sido reconstruido más tarde utilizando sus propias ruinas. Los almacenes, oficinas y las escasas viviendas que ocupaban la ensenada habían sido alzados sobre pilares de madera o escombros para alejarlos de los oleajes. El aspecto de aquella línea frente al mar era caótica y apelotonada, intentando trepar el acantilado a su espalda para huir de los embates de las olas. Y, si bien Muroalto daba al sur, el sol sólo tocaba las paredes de esas edificaciones unos minutos, al amanecer y al atardecer, debido a las perpetuas nubes que rodeaban la cúspide de Theros Obsidia. Todo tenía un aspecto legamoso.
A esas horas de la noche, los escasos humanos se apelotonaban en los puntos de luz: la infecta taberna, básicamente. Los orcos, en cambio, se desperdigaban por el puerto, en pequeños grupos o solitarios. Eran criaturas eminentemente nocturnas.
Erisad esquivó a los orcos y fue directa hacia los amarres tratando de serenar su aliento y rogando por que nadie se fijase en ella. Necesitaba encontrar pasaje, tenía que salir de allí…
Había dos barcos amarrados, pero, al acercarse, vio que se trataba de dos embarcaciones gnomas y Erisad se detuvo.
Los gnomos eran colaboracionistas de Izrador. Si detectaban que era una fugitiva, la entregarían, pero también eran comerciantes. Quizás podría negociar un pasaje. Negociar… ¿Con qué? ¿Una dosis de ursadicta en bruto?
Entonces vio sobre la cubierta de uno de los barcos una lucecita roja que se encendía y apagaba… Casi como una señal. Se acercó con prudencia. La lucecita era el ascua de una pipa. La sostenía un gnomo que se acomodaba en una silla sobre la cubierta, con los pies apoyados encima de un barril. La criatura apenas sobrepasaba el metro de altura y parecía estar disfrutando del momento.
Erisad dudó si podía verla en la noche cerrada. Salió de dudas cuando el gnomo la saludó con un gesto de la barbilla.
–Por fin has llegado –dijo.
Lo observó confundida.
–Yo… eh… Busco pasaje.
–Entonces sube a bordo.
–¿Cuál es el precio?
El gnomo se limitó a dar una larga calada a la pipa, observándola. El brillo del ascua iluminó en tonos de rojo su bronceado rostro. Tenía unas largas patillas plateadas y sus ropas, en colores verdes, estaban bordadas y remendadas en varios puntos. Eran prendas marcadas por el uso y el cariño.
–Nos lo pagarás más adelante –dijo el gnomo–. No te preocupes.
Ella retrocedió un paso.
–No. Quiero saber el precio ahora.
Una humana salió por la puerta de la cabina y tuvo que agacharse para pasar por ella.
–¿Esta palurda es uno de los que hemos venido a buscar? –preguntó con una poderosa voz de contralto.
Era la mujer más impresionante que había visto nunca Erisad. Era alta, fornida, de hombros anchos y, aún así, sus formas eran femeninas y fluidas. Tenía los cabellos de un castaño rojizo, cortados a mechas, y los ojos de un tono miel, casi ambarinos. Llevaba unos pantalones de cuero, botas y un chaleco que exhibía sus ejercitados brazos.
Erisad frunció el ceño.
–¿Quién demonios sois? ¿Quién os envía?
La mujer resopló irritada
–Mira, niña, el engaño no nos va a durar mucho más. Así que sube a bordo de una vez –dijo avanzando hacia ella.
Erisad se dio la vuelta y echó a correr por el muelle.
Oyó las pisadas tras ella, persiguiéndola. Una mano, poderosa como un grillete, la aferró del hombro y, cuando trató de revolverse, se vio atrapada por un brazo cerrado alrededor de su cuello.
Se debatió, llena de terror, contra esa presa y, en su miedo, llamó a las sombras. La mujer lanzó una exclamación al notar el fogonazo de oscuridad alrededor de ellas y la chica dejó de debatirse en sus brazos al caer inconsciente.
–¿Puta mierda sagrada! ¿Qué le han hecho?
–Preguntas luego, Lavina –dijo el gnomo–. Nos vamos, la están siguiendo.
Había apagado su pipa y se había puesto en pie. Una pequeña tropa orca había desembocado en el puerto desde el camino de acceso a Theros Obsidia y un túnica negra estaba al frente, dando furiosas órdenes.
Lavina cargó en sus brazos la escasa masa corporal de aquella chica, saltó a bordo y la dejó sobre la cubierta. Respiraba. Sólo parecía desvanecida, débil como un pajarillo. Abrió los ojos y miró alrededor suyo con aire desorientado.
Otro gnomo se acercó con una ballesta en la mano. Erisad lo observó desde el suelo, peleando por mantener la conciencia. Aquel gnomo era más joven, tenía el cabello negro ensortijado, y unas patillas a tono. Llevaba varios collares de cuentas al cuello.
–Espero que no la hayas roto, Lavina –comentó en tono jocoso.
–Cállate y mueve el barco, tenemos que salir de aquí.
Una voz femenina gritó desde la proa:
–¡Cabos sueltos, Peq! Podemos partir.
Y Erisad vio al gnomo más joven acercarse hasta la borda y gesticular hacia el agua.
–¡No! –logró advertir–. Si canalizas magia te detectarán. Lanzarán los ástirax contra nosotros.
El gnomo la miró por encima del hombro y le sonrió un momento.
–Esto no es magia –dijo–. ¡Mírame!
Alzó los brazos y el agua respondió a su gesto y se onduló bajo el casco, empujándolo lejos del muelle. Las velas se desplegaron y el barco viró en un giro cerrado imposible, enfilando hacia mar abierto.
El gnomo de la pipa caminó hasta Erisad y la observó en el suelo, resoplando agotada tratando de mantener la conciencia.
–Bienvenida a bordo del Viento Bueno.
