4. El Viento Bueno
La Legado miró con más irritación que interés el cadáver del elfo. Era la encargada del registro de prisioneros y se suponía que aquella celda albergaba a un humano, pero ante ella había un elfo muerto. Dos de sus subordinados la observaban inquietos, esperando a que ella se pronunciase.
Parecía que los rituales para detectar magia no habían funcionado. Jael, El Cazador, había tenido razón todo el tiempo: se había tratado de un maldito elfo bajo disfraz.
–¿Cuánto hace que murió? –preguntó.
–Poco, un día como mucho.
–Invocad su espíritu e interrogadlo.
–Ya lo hemos intentado, señora. Hemos realizado el ritual, pero no ha funcionado. Parece estar más allá de nuestro alcance.
–En tal caso, deshaceos del cadáver.
–Jael tendría interés en conocer esto –dijo Olsen con su habitual tono impasible.
El otro legado, más joven que él, le preguntó:
–¿Quién es Jael?
–El tipo que lo capturó. Lo llaman El Cazador.
La Legado avanzó hacia Olsen con gesto amenazante.
–No le vais a decir ni una palabra al Cazador. Esto sólo le daría prestigio a él. ¿Entendido?
El Legado más joven respondió apresuradamente:
–Sí, señora.
Olsen, en cambio, la observó con la paz en la mirada que daba la ursadicta. Parecía calibrar la respuesta y ella se preparó para administrarle un correctivo, pero no hizo falta.
–Lo he entendido, señora. No diré una palabra de esto a nadie.
–Bien.
La ursadicta en los subordinados tenía sus ventajas y sus desventajas. Hacía difícil asustarles, les volvía inmunes a ciertos miedos, pero también los volvía sinceros. Era difícil mentir bajo los efectos de la ursadicta, pero muy fácil callarse...
La Legado les dio la espalda y salió de esa inmunda celda seguida de cerca por su subordinado más joven.
Olsen esperó a que saliesen. Cuando se quedó solo, recogió el vial abandonado sobre el suelo. Ni su compañero ni su superior lo habían visto. La ursadicta también provocaba fijación por detalles irrelevantes.
Observó el pequeño recipiente con curiosidad, girándolo entre los dedos. ¿Tendría algo que ver con la aprendiz a la que había visto desaparecer ante sus propios ojos?
Guardó el vial en su manga y salió a su vez.
Erisad sabía que estaba durmiendo… Había paz, se sentía a salvo… Y había una voz.
¿Dónde estamos?, preguntó la voz.
Sabía que era un sueño, pero la voz resultaba tan serena y amable que quiso contestarle.
A bordo de un barco gnomo, el Viento Bueno. Estamos a salvo, estamos bien.
Ah, ese es un buen barco… Lo has conseguido, eres increíble…
El canto fue lo que la despertó. Venía de más allá del sueño. Era como un largo maullido, una nota melódica y suave que, por momentos, parecía convertirse en una voz humana. Erisad abrió los ojos tumbada sobre un suelo de madera. Todavía no había amanecido. Olía a mar, a sal, y el rumor de la olas se entrelazaba con aquel sonido.
Alguien había echado una manta sobre ella. Al incorporarse, resbaló de sus hombros y el fresco de la brisa marina la golpeó. Los cabellos que habían escapado de su moño cosquillearon su rostro. ¡Estaba en mitad del mar sobre la cubierta de un barco!
El cielo tenía un tono añil, no había nubes sobre su cabeza. ¡Las perpetuas nubes no estaban ahí! Jadeó por el vértigo que le produjo ese cielo abierto, sin nubes que lo limitasen y se agarró a la pared de la cabina para ponerse en pie. El movimiento del barco amenazaba con desequilibrarla.
Al enderezarse, vio al gomo joven sentado sobre el techo de la cabina con las piernas cruzadas. La miraba. Parecía que la había estado vigilando. Tenía los ojos de un tono miel oscuro y sus pupilas no eran negras, había un reflejo azulado al fondo de ellas. ¿Era característica suya o de todos los gnomos? Apenas debía sobrepasar el metro de altura. La chaqueta marinera que llevaba estaba abierta. Debajo, vestía una camisa en tonos amarillos bordada y unos pantalones en un rojo oscuro. Dos collares de cuentas brillantes decoraban su cuello y pecho. Iba descalzo y la brisa agitaba sus cabellos negros. No parecía acusar el frío. El gnomo sonrió.
–Hola –dijo.
Pasado el pasmo inicial, Erisad preguntó:
–¿Qué es ese sonido?
–¿Qué sonido? –preguntó él.
Ella supo de inmediato que le estaba mintiendo. No iba a obtener respuesta. Y, como si su pregunta lo hubiese espantado, el canto cesó.
Erisad miró alrededor. Agua, mar, las olas subiendo y bajando junto al barco. No había rastro de la torre negra ni de la costa
–Nos hemos movido muy rápido –comentó Erisad.
–Sí.
Sintió calor sobre la espalda y, al volverse, frente a la proa del barco vio la luz, dorada y naranja, rompiendo el horizonte. El sol estaba asomando y era un estallido de luz y color como nunca había visto, los rayos trepando hacia el cielo sin nada que los detuviese. Sin brumas ni nubes que los frenasen.
Erisad se quedó boquiabierta por la impresión. Caminó sobre la tambaleante cubierta hasta el mástil y observó la aurora, gloriosa, alzándose sobre el mar.
Navegaba, libre, bajo un cielo lleno de luz y viento… Pero su madre, su padre, Cordina y tantos otros se habían quedado atrás. No había podido ni siquiera llevar a su madre hasta allí, hasta ese momento. Las lágrimas cayeron por su rostro en abundancia, todas las que había retenido durante tanto tiempo, y ya no trató de encerrarlas. Se abrazó al mástil y sollozó, sin contenerse ante esa gloriosa, divina, luz dorada. Algún día volvería y los rescataría a todos, algún día volvería y mataría a Berron, mataría a todos y cada uno de los Legados del Espejo… Algún día…
Notó un movimiento a su lado. Era una gnoma. Sus ojos eran de un intensísimo azul oscuro y sus pupilas también tenían un brillo azulado. Se la veía muy joven. Llevaba sus cabellos negros muy cortos y un delicioso vestido en tonos turquesa sobre unos pantalones, y un cinturón para herramientas sobre él.
Miró un momento a la humana abrazada al mástil y se sentó a su lado a observar el amanecer junto a ella.
–No llores a solas –dijo con suavidad–. Mi nombre es Dulzagua.
La humana tardó un minuto en lograr encontrar la presencia de ánimo para responder.
–Erisad.
–Me alegro mucho de que ese sea tu nombre, porque es el correcto.
Dejaron la puerta abierta, el sol entrando...
La cabina era de tamaño gnomo. Erisad había tenido que agacharse para pasar por la puerta y su cabeza rozaba el techo.
En mitad de la sala había una mesa baja. Los tres gnomos y la humana se sentaban alrededor, sobre el suelo. Contra la pared del fondo había varias pequeñas hamacas colgadas y una manta enrollada. Sobre la mesa tenían galletas, pan, un queso y frutos secos. Y una tetera humeante que el gnomo más joven usó para servir té a todos.
Le pasó un vaso humeante también a Erisad y ella observó el brebaje, sin atreverse a tocarlo.
–Nos alegramos de que te hayas recuperado bien –dijo el gnomo de más edad, el que había encontrado fumando sobre la cubierta la noche anterior–. Mi nombre es Rivaverde, soy el capitán de este barco. Él es mi sobrino, Pequeña Nutria.
–Peq para los amigos –dijo el gnomo más joven.
Erisad no pudo evitar mirar sus collares de cuentas de nuevo.
–Ella es Dulzagua, timonel e ingeniera –dijo señalando a la gnoma–. Y ella es Lavina, una amiga de la familia.
La humana que la había reducido la noche anterior le dirigió un asentimiento por saludo.
–Somos el Viento Bueno –concluyó.
–Mi nombre es Erisad. Gracias por darme refugio. Si me decís el precio del pasaje lo pagaré en cuanto pueda.
Él cargó su pipa completamente despreocupado.
–Como te dije, tu pasaje ya ha sido pagado. Alguien nos encargó que te sacásemos del puerto de Theros Obsidia.
Erisad lo miró fijamente, anonadada
–Pero, ¿quién? ¿por qué?
–Hace cinco días, nos informaron de que tratarías de huir y necesitabas ayuda en el paso final para embarcar. Hemos navegado a toda vela para llegar a tiempo.
Erisad frunció el ceño.
–Hace cinco días yo no sabía que iba a tratar de huir.
–Pero nuestro contacto sí lo sabía.
Erisad negó.
–Esto no tiene sentido. ¿Quién es vuestro contacto? ¿Y qué interés tiene en mí? Vuestro contacto no podía saber eso cinco días atrás porque ni siquiera lo sabía yo.
–Nuestro contratante te vio huir antes de que tú lo decidieses y nos envió para recogerte.
–¿Cómo pudo saber eso?
–Es vidente.
Erisad alzó las cejas, escéptica. La videncia era una de las grandes carencias de los Legados y grandes esfuerzos se hacían para tratar de suplirla. Desde esclavizar a canalizadores de magia hasta capturar criaturas con ese don.
–No es posible. Os han engañado o estáis cometiendo un error.
Rivaverde miró a Erisad, con una certeza en la mirada inamovible.
–Hay otros poderes aparte de los de Izrador, y cuando me hablan, los escucho atentamente.
Erisad negó.
–Eso no es posible, es una locura…
Probablemente estaba siendo imprudente al revelar tan abiertamente lo que pensaba. Lavina rió.
–Así que nos hemos arriesgado a meternos en el puerto de Theros Obsidia para rescatar a una triste sirvienta. Estupendo.
Erisad le lanzó una mirada venenosa. Rivaverde llamó a la calma con un gesto de sosiego. Erisad se llevó las manos a la cabeza y, cuando levantó la mirada, había lágrimas en sus ojos y rabia en su expresión.
–Si eso es cierto, ¿por qué vuestro contratante no lo hizo antes? Mi madre murió dos días atrás…
Un silencio cayó sobre la cabina y Erisad clavó sus ojos en Rivaverde, exigiendo una explicación. Él le devolvió una mirada llena de serenidad.
–Ojalá pudiésemos rescatar a todos, verlo todo, pero no es así. Estamos limitados en nuestras actuaciones.
–¡Quiero hablar con vuestro contratante!
Pequeña Nutria rió.
–Nadie le encuentra. Con suerte él te encuentra a ti y nadie sabe quién es.
Erisad lo miró boquiabierta.
–¿Es una broma? ¿Aceptáis encargos de alguien que no conocéis?
–No es una broma y no es la primera vez. Siempre sabe cosas importantes. No es amigo de Izrador ni de su Orden y conoce a la gente importante, la gente que cambia cosas.
Rivaverde miró fijamente a Erisad al decir esas últimas palabras, mientras encendía su pipa. Parecía esperar una reacción por su parte.
–Capitán, con todo el respeto –interrumpió Lavina–, ¿esta niña realmente ha logrado escapar de Theros Obsidia? ¿Cómo estáis tan seguros de haber embarcado a la persona correcta? ¿Cómo sabéis que no es una trampa?
–No fui yo quién os pidió que me embarcaseis –replicó Erisad.
Pero Lavina la ignoró y mantuvo su mirada en Rivaverde, como esperando algo. El gnomo asintió y se volvió hacia Erisad.
–Necesitamos una coartada para que la orden de Izrador no te detecte. Así que, a partir de ahora, vas a ser una mercenaria contratada por el Viento Bueno. Lavina va a entrenarte.
–Pero… ¡No sé combatir!
–Desayuna bien y acaba de recuperarte. Hoy entrenas. Tienes siete días para aprender y esperamos que tu actuación sea convincente, o nos pondrás en peligro a todos.
–¿Y si no lo logro?
Dulzagua dijo:
–Te arrojamos por la borda. No arrastramos lastres.
Esa tarde, los gnomos se sentaron sobre el techo de la cabina para observar el entrenamiento.
Le supuso un alivio a Erisad ver a Lavina comparar las longitudes de dos espadas talladas en madera. No parecían querer matarla de momento. Se recogió el cabello en un atado sobre la cabeza y dejó las ganzúas junto a la puerta de la cabina.
–Ingenioso –exclamó Dulzagua.
Lavina se volvió hacia Erisad.
–¿Preparada?
Ella asintió.
Sin mediar palabra, Lavina realizó una barrida contra sus pies y la chica cayó al suelo. El golpe le sacó el aire de los pulmones.
–No tienes fuerza ni osamenta suficiente –dijo Lavina–. Si tu rival te agarra, estás muerta, vas a tener que aprender a mantener la distancia. Así que, de momento, aprenderás a usar una hoja larga.
Erisad se puso en pie y aquella mujer le pasó una de las espadas talladas en madera.
–Vamos, atácame.
Erisad miró el arma de entrenamiento, miró a su rival… y Lavina se lanzó contra ella sin previo aviso. Erisad desvió el primer golpe por instinto, el siguiente se lo llevó en la cadera. Reprimió el quejido de dolor.
–Si no aprovechas la oportunidad, la aprovecharé yo –la amenazó Lavina–, ¿queda claro?
–Sí, señora.
Lavina amagó un ataque alto, Erisad retrocedió agachándose y pisó su propia falda. La mujer la empujó en el pecho y Erisad volvió a caer de espaldas. Oyó la risa de los dos gnomos jóvenes.
–Has perdido antes de empezar a pelear.
La chica se puso en pie, abochornada, y se arremangó la falda hasta las rodillas doblando la cinturilla bajo la ancha camisa. Lavina no sólo peleaba, peleaba sucio.
–Vamos. Intenta golpearme –la apremió.
Erisad se preparó para detener los golpes de su rival y Lavina giró los ojos con fastidio.
–Por el amor del cielo, niña. Conmigo no te va a servir ni esconderte ni esquivar. Estás en un maldito barco. ¡O me atacas o lo haré yo!
Erisad se lanzó y segó con su hoja de madera, como había visto hacer a Lavina, pero su movimiento era demasiado descontrolado y dejaba su guardia abierta. Incluso ella se percató de sus propios puntos vulnerables. Pero Lavina no los aprovechó y se limitó a desviar sin esfuerzo cada uno de sus ataques, lo cual la sorprendió. Pero no le dio tregua ni descanso. En cuanto Erisad bajaba el ritmo, Lavina contraatacaba. Al poco, Erisad estaba sudando y su cabello se estaba descolgando del atado con el que pretendía apartarlo de su cara.
–¿Eso es todo lo que sabes hacer? –dijo Lavina al verla retroceder para recuperar el aliento–. Mi turno.
Y se lanzó a por ella.
Erisad logró parar dos golpes antes de llevarse uno en la cadera. Ardió como un demonio, pero la costumbre la hizo reprimir la mueca de dolor.
–Adelanta un pie y dobla las rodillas, preparada para moverte –le ordenó Lavina.
Y volvió a empezar. Erisad logró, esa vez, parar cuatro golpes antes de llevarse uno en el brazo.
–No mires mis pies para saber hacia dónde me muevo. ¡Mira mis hombros!
Tres golpes desviados, una esquiva y un golpe sobre el hombro. Erisad volvió a reprimir el quejido de dolor.
–No traces arcos tan amplios, es una pérdida de tiempo y energía. ¡El arma delante de ti siempre!
A pesar de tratar de seguir sus instrucciones, Erisad no lograba desviar ni moverse a tiempo para apartarse del arma de Lavina más allá de cinco golpes. Y la mujer no le daba tregua. Pero allí, sobre una inestable cubierta, sin saber siquiera hacia dónde navegaban, en aquel baile, se sentía extrañamente en paz. ¡Todo era tan simple! Esquiva o sufre.
El mar se había picado y, al incrementarse el movimiento, Erisad empezó a trastabillar. Le estaba costando encontrar su equilibrio sobre la cubierta sin quitarle los ojos de encima a su rival.
–Siente con los pies –le recomendó Dulzagua, sentada sobre el techo de la cabina–. No te fíes de tus ojos cuando el barco se mueve.
Prestar atención a esa voz fue suficiente para perder la concentración por un momento y que el arma de Lavina la golpeara en la cabeza. Lo que quedaba de su atado se deshizo, sus cabellos cayeron sobre su cara y esta vez Erisad no pudo evitar soltar un grito de dolor.
–¡Estate atenta! –le gritó Lavina.
Pero Erisad soltó su arma, que cayó sobre la cubierta con un repiqueteo de madera, y se llevó las manos al cráneo tratando de frenar el dolor. Los gnomos se habían quedado en silencio. Lavina bufó con desdén y se alejó de ella.
–¿Sólo siete días para entrenarla, Rivaverde? No puedo hacer milagros.
–Mmm… Ha aguantado más que otros en su primera clase contigo. Eso debo concedérselo.
–Pero no vas a obtener nada más de una triste sirvienta.
Erisad sintió la ira subir por ella. Recogió la espada de madera a su lado y se la arrojó a Lavina. Rebotó inofensivamente contra la espalda de la guerrera.
–¡Eh! No hemos acabado, vuelve aquí –le gritó.
Lavina se giró y sonrió irónicamente.
–Vaya, la sirvienta tiene dientes –dijo.
Erisad recogió su arma con la furia en sus ojos.
–¿Qué problema tienes con los sirvientes? No sobrevivirías ni un día en sus circunstancias.
Y se lanzó a por su rival, sus cabellos sueltos bailando salvajes alrededor de ella. A cada estocada o sajo que Erisad lanzaba, el arma de Lavina ya estaba allí para desviarla, pero la guerrera se vio obligada a desplazarse esta vez. Sin embargo, la inexperiencia le hacía gastar a Erisad demasiada energía en sus ataques y dio un paso atrás para recuperar el aliento. Lavina la miró con gesto irónico.
–Rivaverde, creo que nos iría mejor si damos media vuelta y la entregamos.
–¡Os denunciaré entonces! –respondió con los dientes apretados.
–Entonces, mejor si te echamos por la borda.
Erisad rió, cubierta de sudor y con la respiración entrecortada, los cabellos enredados cayendo sobre sus hombros.
–Vuestro contratante me quiere viva, pero, la verdad, me importa una mierda.
Y se lanzó de nuevo contra Lavina. Iba a marcarle la cara, iba a golpearla… En esos momentos, Lavina era la personificación de cada mercenario que le había robado la comida, golpeado o tirado por las escaleras.
Lavina segó de nuevo hacia Erisad pero ella esquivó y, sin darse un respiro, se lanzó de nuevo contra la guerrera. Sus ataques fueron más certeros esta vez, pero ninguno logró pasar la defensa de Lavina.
–¿Había un concurso en Theros Obsidia para hacerse con la sirvienta más torpe?
Erisad lanzó una estocada y Lavina la desvió sin esfuerzo.
–¿Cómo demonios sobreviviste, chica? ¿Vendiste a tu familia a los Legados a cambio de tu vida?
Ese comentario tocó hueso. Una ira fría llenó a Erisad. Pisó la sombra del mástil, que la luz de la tarde proyectaba alargada sobre la cubierta, y se sumergió a través de ella…
Hubo una exclamación de los gnomos al verla desaparecer…
Y hubo un respingo por parte de Lavina cuando algo se acercó por su espalda y puso un arma sobre su cuello. La guerrera actuó instintivamente: aferró el brazo de Erisad y la lanzó por encima de ella. La chica cayó de espaldas sobre el suelo. El golpe le sacó todo el aire de los pulmones y el dolor la dejó clavada, sin ser capaz ni de inspirar.
Rivaverde saltó al suelo.
–Ya basta, Lavina.
La mujer se agachó junto a Erisad.
–Lo lamento, chica. Me sobresaltaste –dijo.
Erisad sólo podía lagrimear, incapaz de tomar aire. Rivaverde se inclinó sobre ella.
–Ahora veo cómo escapaste y por qué no querías darnos los detalles. A la orden de Izrador le encantaría echar el guante sobre alguien como tú.
Erisad entendió que todo aquello había sido en realidad una trampa para que mostrase sus cartas.
–Sois unos bastardos –logró jadear, las lágrimas de dolor resbalando por su cara.
Rivaverde sonrió.
–Nada te hace mostrar más tus cartas que enfrentarte durante horas a Lavina. Siento mucho la encerrona.
Pequeña Nutria llegó hasta ellos y le pasó un vial a Rivaverde. Al acercarlo a los labios de Erisad, ella lo miró con suspicacia por un momento.
–No necesitamos recurrir a veneno para matarte, querida –la tranquilizó él.
El dolor menguó unos instantes después de apurar el contenido y Erisad tomó aire profundamente.
–¿Qué me habéis dado?
–Extracto de ursadicta mezclado con otras cosas –explicó Pequeña Nutria–. Es bueno para calmar el dolor, pero vas a tardar unos días en borrar esos golpes y que dejen de dolerte los huesos.
La chica se sentó, con prudencia. Tendría unos maravillosos moratones en pocas horas, pero parecía que todo estaba en su sitio y ningún hueso roto.
Rivaverde se puso en pie y hubo un silencio expectante en el grupo. El capitán observó a Erisad durante un largo momento y el resto de la tripulación se volvió hacia él, esperando su veredicto. Sin decir una palabra, extrajo la daga de Erisad del bolsillo interior de su chaleco y la dejó caer delante de ella. La hoja se clavó sobre la madera del barco con un golpe seco y las dos gemas de ámbar rojo del pomo brillaron. Rivaderde le pasó entonces la bolsa con la dosis de ursadicta en bruto.
Erisad la agarró, la miró un momento y volvió a ofrecérsela a Rivaverde.
–Para pagar el pasaje –dijo.
Rivaverde asintió y tomó la bolsa.
–Peq, Dulzagua, conseguidle una indumentaria decente. Si va a viajar con el Viento Bueno, tiene que vestir acorde a la situación.
El viento se hizo galerna al anochecer y la recién embarcada se vio luchando contra el mareo y el miedo, hasta que su estómago decretó que no iba a albergar nada más hasta que aquello se calmase. Vomitó por la borda y la ayudaron a llegar hasta la cabina, tambaleante.
–No confíes en tus ojos –insistió Dulzagua–. Siente con los pies. Esto es como una hamaca gigante.
La imagen mental funcionó y, con el estómago ahora vacío, logró sosegar un poco los vértigos.
En el interior de la estrecha cabina, el candil se balanceaba, colgado del techo, y las sombras bailaban por las paredes. Las olas hacían retumbar el casco con cada embestida y el viento aullaba.
Erisad escuchaba aquella cacofonía de los elementos acongojada, pero los tripulantes no parecían preocupados en absoluto. Dulzagua y Peq conversaban sobre los pasteles de no sabía qué cocina y Lavina dormía apoyada contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho. Un nuevo golpe de agua resonó contra el casco, el candil se inclinó y las piezas de fruta rodaron sobre la mesa. Un nuevo ataque de vértigo la dominó y hubo de agarrarse al borde de la mesa.
Las piezas de fruta rodaron sobre la mesa, tratando de lanzarse al suelo. Rivaverde las agarró al vuelo y Erisad resopló, tratando de controlar el vértigo. Por suerte, ya no quedaba nada en su estómago.
–No te preocupes, niña –dijo Rivaverde al ver el gesto de Erisad–. La galerna sopla a nuestro favor. Por cierto, había algo dentro de la bolsa que me entregaste que no era ursadicta…
Erisad lo miró sorprendida.
–¿Qué era?
Rivaverde depositó cuatro semillas sobre la mesa, ante ella.
–Semillas de manzana, muy frescas. Parecía que alguien las había metido ahí hacía muy poco.
Erisad observó los pequeños granos, sobre la mesa, desconcertada. Frunció el ceño, con la impresión de que debería recordar algo al respecto.
–No sé qué hacían allí.
–Quizás son importantes…
Erisad no quiso contradecir al venerable gnomo, así que las recogió delicadamente y las observó un largo momento sobre la palma de us mano, buscando una memoria al respecto que se le escapaba. Rivaverde lanzó la misma bolsa que Erisad le había entregado, ahora vacía.
–Guárdalas ahí, niña. Parecen algo importante.
Erisad obedeció.
Tal y como lo decía, el sonido del viento menguó y los vaivenes de las olas cesaron. Rivaverde alzó la cabeza, alarmado. Los gnomos cesaron su conversación sobre comida y Lavina abrió los ojos.
Los cuatro salieron con gesto alarmado y Erisad cerró rápidamente la bolsa y la puso a salvo en la cabina antes de seguirlos tambaleante.
–¿Qué ocurre? –preguntó.
En el exterior era noche cerrada y una neblina flotaba en el aire. La galerna había desaparecido y tan solo la cubierta y los mástiles mojados mostraban el clima que habían atravesado un momento atrás. Pero ahora había calma completa.
–¿Es esto normal? –preguntó Erisad.
–No –respondió Pequeña Nutria, y señaló hacia la popa.
A apenas dos centenares de pasos de distancia, sobre la estela del Viento Bueno, un barco les seguía y les estaba alcanzando.
–¡Puta mierda sagrada! –exclamó Lavina–. ¿Qué posibilidades teníamos de encontrarlo?
–Peq, Dulzagua, ¡desplegad las velas! –ordenó Rivaverde.
–Niña, ¡conmigo! –dijo Lavina a Erisad y volvió dentro de la cabina.
La mujer apartó la mesa apresuradamente y levantó dos tablas del suelo. Había un compartimento debajo, no muy profundo, apenas dos palmos, pero era ancho y parecía recorrer al menos la mitad de la cabina. Lavina extrajo dos espadas, una coraza de cuero remachada y unos brazales. Le lanzó a Erisad otra prenda de cuero.
–¡Póntela! Este cuero te protegerá un poco de las armas cortantes, pero no de los golpes. Se abre por delante. Si caes al agua, quítatelo y nada. ¿Sabes nadar?
Erisad se apresuró a ponerse la prenda, rígida e incómoda.
–Hace años… Mi padre me hizo practicar el flotar en el agua. Pero no es exactamente nadar.
–Entonces procura no caer al agua.
–¿Qué está pasando? ¿Qué es ese barco que nos sigue?
–No se sabe qué es. Apareció hace una estación. Lo tripulan ungrals. Algo mató a toda la tripulación, pero siguen navegando y el clima se pliega ante ellos. Deben tener a un canalizador o a un Legado con ellos. Han cazado ya a varias tripulaciones gnomas por estas aguas.
Erisad se quedó boquiabierta. ¿Caídos capaces de navegar? Los ungrals solían perder las capacidades mentales rápido, a menos que comiesen pronto… Parecía que esa tripulación de no muertos había mantenido un suministro de comida regular.
–No es posible…
–Díselo a ellos.
Lavina se colgó una espada larga al cinto y le pasó la espada corta a Erisad. Al sopesarla, la chica se percató de que era mucho más pesada que la de madera, y el centro de gravedad era algo a tener muy en cuenta a la hora de moverla.
Lavina tenía un aspecto imponente con la coraza de cuero remachado y Erisad se sintió ridícula en comparación, con su falda arremangada, el moño y un chaleco de cuero que le venía grande por toda protección. La mujer se percató de las dudas de la joven y le dio una palmada sobre el hombro.
–Lo vas a hacer bien, tan solo quédate cerca de mí y no dejes que te agarren. Solo tenemos que darle tiempo a los gnomos para quemarles las velas.
Erisad asintió, nerviosa.
Al salir a la cubierta vieron que Pequeña Nutria y Dulzagua estaban acabando de tensar una enorme ballesta montada sobre una plataforma giratoria. Al lado, en un cubo, tenían virotes de un extraño diseño y un candil ardiendo.
El barco atacante se había aproximado. Era un navío de transporte de tropas, basto y pesado. La niebla se extendía frente a él como tentáculos. El Viento Bueno corría sobre las aguas a toda la velocidad que le daba su quilla, pero no bastaba. La brisa parecía desaparecer alrededor de él.
–Esto es una Maldición lanzada por un Legado –informó Erisad–. Es una invocación para calmar a los elementos.
Rivaverde y Lavina la miraron interesados. Lavina frunció el ceño con suspicacia.
–¿Cómo puede una simple sirvienta conocer eso?
Erisad se percató de su torpeza. Dudaba que aquella gente aceptase transportar a una aprendiz de Legado.
–Serví dentro de Theros Obsidia, vi muchas cosas.
–Ya… Y seguro que...
Rivaverde las interrumpió.
–¡No es el momento! Lavina y Erisad, encargaos de los que nos aborden. Dulzagua, destruye sus velas. Peq, toma el timón. Voy a llamar a las damas del agua para que nos alejen de ellos. Tardarán un poco en llegar.
–Sí, capitán –dijo Dulzagua tensando el mecanismo de la ballesta con una manivela.
El barco enemigo se había acercado lo suficiente como para poder ver a lo largo de su borda las siluetas de los tripulantes. No había gritos, no había amenazas, sólo ansiedad y hambre.
Dulzagua colocó el virote, le prendió fuego y giró la enorme ballesta. Apuntó unos instantes... El chasquido de la ballesta resonó y el proyectil trazó un arco llameante por encima de la borda enemiga y aterrizó en algún punto de su cubierta. Un fulgor incipiente se inició, silueteando a los asaltantes
Pero el barco se les venía encima y el Viento Bueno era como una pequeña comadreja enfrentándose a un perro de presa.
–¡Viraje cerrado! ¡Atentos! –gritó Pequeña Nutria.
Giró el timón y el Viento Bueno viró apartándose de la trayectoria de colisión en un giro tan cerrado que parecía imposible y Erisad sospechó que la habilidad de Pequeña Nutria para mover el agua bajo el casco tenía algo que ver.
La cubierta se inclinó peligrosamente. Erisad y Lavina se agacharon, clavando los talones sobre la madera, y Dulzagua se aferró a la plataforma de su ballesta mientras el Viento Bueno se escoraba, apartándose de la trayectoria de destrucción. El barco enemigo pasó por detrás de su popa, a apenas una decena de metros.
Varios de los ungrals saltaron al agua hacia ellos y Lavina se situó ante la borda.
–Prepárate, niña, ya llegan. Recuerda que no se ahogan y no sienten dolor. Trata de lisiarlos y no dejes que te atrapen.
Erisad aferró su espada y asintió. Se situó a poca distancia de Lavina y esperaron en la tensión creciente. Unos golpes empezaron a sonar sobre el casco y el primer asaltante apareció por la borda. Portaba unas extrañas armas curvadas, semejantes a una hoz, y parecía que las había usado para trepar, clavándolas en la madera.
Mientras Erisad asimilaba aquello, Lavina lo atacó. El crujido de los huesos del cráneo resonó al ser golpeado por su espada y el ungral cayó de nuevo al mar. Erisad apenas tuvo tiempo de sentir una náusea ante el sonido… Un segundo asaltante se izó sobre la borda, y un tercero...
La chica atacó la mano que vio agarrarse a la borda y el golpe con la espada fue más certero de lo que esperaba. Sin dedos que le diesen agarre, el asaltante cayó al mar de nuevo. Lavina, a su lado, ni se molestó en levantar su arma contra su siguiente rival, lo devolvió al mar de una patada. Lavina era como una fuerza de la naturaleza.
–Lanzarlos al agua sólo nos da tiempo, no los mata. Recuérdalo.
Erisad asintió con nerviosismo. Un nuevo virote envuelto en fuego voló por encima de ellas hacia las velas del barco enemigo. Erisad segó con su espada hacia el siguiente asaltante que los abordó y falló, dejando su costado expuesto. El ungral atacó, confiado y ansioso. El filo de su hoz cortó la protección de la chica, hiriendo superficialmente su piel, y se enganchándose en el cuero. El miedo y el instinto tomaron el control. Erisad soltó su espada, aferró la mano de su rival antes de que desenganchase el arma para volver a atacar, y giró tirando de él. La inercia y la inclinación de la cubierta, hicieron el resto. El caído hizo honor a su nombre. Tropezó y rodó hasta estamparse contra el mástil. Antes de que pudiese levantarse, un virote de la ballesta de mano de Dulzagua lo clavó a la madera.
–Gracias… –dijo Erisad.
–Muévete, hermana –respondió la gnoma apuntando de nuevo con la balista hacia el barco enemigo.
En ese momento, hubo un grito de advertencia de Pequeña Nutria.
–Tío, ¡cuidado!
Erisad se volvió hacia Rivaverde que, en la proa del barco, parecía mirar las aguas… ¿Qué estaba haciendo allí? Pero lo que heló la sangre de Erisad fue ver a los ungrals trepado por la otra borda junto a Rivaverde. Habían nadado por debajo del casco.
Erisad no lo pensó. Invocó a las sombras, se deslizó bajo ellas y surgió junto a Rivaverde cuando el primer asaltante estaba a punto de agarrarlo. El ungral se encontró con algo atacándole desde el suelo con una daga. Erisad se sorprendió de la certeza de su propio ataque… Clavó el arma por la barbilla y, de alguna manera, atravesó carne blanda hasta que la punta sobresalió por la cuenca del ojo. De nuevo, el miedo le impidió sentir la náusea.
El ungral cayó al suelo y no se movió más, pero el segundo la agarró de los tobillos y tiró de ella, derribándola.
La criatura era muy fuerte, en vida había sido un hombre corpulento. La arrastró por los tobillos sobre la cubierta hacia el mar y Erisad manoteó intentando agarrarse a algo. Su mano aferró las sombras, las llamó y notó el tirón, pero no fue suficiente. La presa siguió sobre ella... El ungral la arrastró por encima de la borda y cayeron al agua.
Las dos veces que su padre la había llevado al mar y le había enseñado lo básico para sobrevivir en el agua hicieron su efecto. Erisad contuvo la respiración en cuanto se hundió y se debatió contra el caído, que seguía aferrado a ella, arrastrándola hacia abajo… Los sonidos bajo la superficie resultaban confusos. Las burbujas, los chapoteos y las voces… Al poco, ya no supo si se estaba hundiendo o no, ni hacía donde debería nadar si lograba que el ungral la soltase y la desesperación la hizo debatirse, ansiando un aire que ya le faltaba. De pronto, las manos la soltaron. Con el aliento menguando, Erisad deshizo los enganches de la prenda de cuero frenéticamente. Justo cuando se liberaba del peso, otra mano agarró su muñeca. Al abrir los ojos vio a Pequeña Nutria ante ella. Sus ojos le permitieron percibirlo en las aguas oscuras, en esos tonos de azules y violetas con que ella percibía la negrura. El negro cabello del gnomo flotaba alrededor de su cabeza…
Nadó hasta detrás de Erisad con una gracilidad sobrenatural, agarró el cuello de su camisa y la arrastró hacia arriba.
Rompieron la superficie para surgir a un mar nuevamente embravecido. Estaban a una decena de metros del Viento Bueno. Las olas se alzaban alrededor de ellos, pero no había viento alguno. Mezcladas con el sonido del agua, voces femeninas cantaban, creando un coro lleno de fiereza. En la proa del Viento Bueno, Rivaverde miraba hacia el mar. El horizonte subía y bajaba tras él, pero sus pies no se movían del lugar, como si los tuviese clavados a la madera del barco, como si él fuese el mascarón de proa del Viento Bueno.
Rivaverde alzó los brazos y, ante él, se alzó una columna de agua que, por un momento, tomó la forma de una mujer… Una gnoma… que le sonrió antes de fundirse de nuevo con la siguiente ola.
Pequeña Nutria rió.
–Lo aman. Las damas del agua siempre acuden a la llamada de mi tío. No sé qué les da.
Una ola se formó bajo el Viento Bueno, alzándolo, y el barco empezó a deslizarse por la pendiente a creciente velocidad.
–Vamos –dijo Pequeña Nutria y, uniendo la acción a la palabra, la remolcó por el agua en alguna dirección.
La voz de Dulzagua les gritó:
–Peq, ¡a tu izquierda!
Pequeña Nutria extendió la mano, aferró algo y ambos fueron arrastrados tras el Viento Bueno.
