Holis~ Ya es domingo-casi-lunes en mi país, pero esta semana el retraso fue mucho menor XD Ya solo nos quedan 3 sábados más de espera y a mi se me acaban los shots que tenía solo de editar XDu Por suerte aun me quedan al menos un par creo, porque esta semana aun pinta un poco pesada en el trabajo y además estoy participando en otro evento esta semana (del que me faltan 4 fics ajaja) pero bueh... lo importante es que, por suerte tenía este que me parece más adecuado para San Valentín (que inicia dentro de hora y media en mi país), no hay nada de angst :v creo XD Y pues, como dijo la persona que básicamente inspiró este fic (si, el parecido en la ¿estructura narrativa? no es casual, escribí después de leer el suyo que está precioso) pues, cada fandom merece tener un au de soulmates (algo así era) y ella ya dio la cara por este fandom, yo solo vengo a defender a la parte del fandom que lee en español(?)

Y pues, solo les recuerdo que 86 y sus personajes le pertenecen a la querida pero cruel Asato-sensei~

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Marcas

Sucedió cuando Lena tenía solo ocho años. Su padre había vuelto a casa inusualmente temprano, por lo que se encontraba sentada en su regazo mientras le leía su libro favorito. Pero repentinamente sintió un dolor lacerante en su cuello. Fue, de hecho, muy extraño. La piel de su cuello y hombro dolía como si le clavaran miles de agujas y su garganta se cerraba por si sola, como si tratara de impedirle respirar.

No obstante, la sensación de desesperación que invadió a Lena no se debía a ninguno de esos síntomas, por dolorosos que fuesen. Su desesperación se debía a una especie de presentimiento. Era como si alguien la estuviese llamando, como si necesitara su ayuda, como si solo ella pudiese hacer algo por esa persona.

Por lo tanto, la pequeña Lena intentó salir corriendo con los ojos llenos de lágrimas, luchando por respirar e incapaz de siquiera soltar un grito. Fue una suerte que su padre la atrapara con rapidez, aunque por primera vez su abrazo le resultó de lo más angustioso.

Tras varios minutos, el dolor, la asfixia y la desesperación desaparecieron. Sus padres respiraron aliviados, hasta que notaron algo en el lado izquierdo de su cuello.

Era un dibujo: Una hermosa flor de lycoris roja sobre una ola azul de colores tan brillantes que parecían capaces de cobrar vida y saltar de la piel de Lena si el viento soplaba lo suficientemente fuerte.

Sus padres intercambiaron una mirada preocupada. Sabían perfectamente lo que esa marca significaba: la persona destinada para Lena había estado a punto de morir. Y aunque la muerte podía acechar de innumerables maneras, en esa época de guerra, por mucho que trataran de negar su existencia, era imposible no pensar en aquellos a los que la República había marcado como drones desechables.


Habían pasado dos años desde que Rei había perdido los estribos y había estado a punto de asesinar a su amado hermano.

Sabía que era un recuerdo que lo atormentaría durante el tiempo que le quedara de vida, pero jamás esperó que volviera a su mente de esa manera: Durante su patrulla había visto a un avión ser atacado y caer. Fiel a sus principios, decidió ir a ayudar, no obstante, la única sobreviviente fue una pequeña niña alba.

A decir verdad, le resultaba difícil mirar su cabello y ojos plateados, pero jamás se permitiría abandonar a un inocente de nuevo. Por lo tanto, esbozó su sonrisa más amable y la llevó a su Juggernaut. Suerte que se trataba de una niña, porque apenas cabían en ese ataúd de aluminio.

Mientras acomodaba a la pequeña en su regazo, el cabello de ella se movió lo suficiente como para que pudiese vislumbrar lo que parecía tinta azul extendiéndose desde su cuello hasta su hombro izquierdo.

No pudo ver lo suficiente como para siquiera hacerse una idea de qué clase de dibujo era, pero tomando en cuenta que se trataba de una niña celena, era casi imposible que le hubiesen permitido hacerse un tatuaje a tan corta edad.

Por lo tanto, debía tratarse de eso: la marca que indicaba que había alguien destinado para esa niña.

Rei no poseía una, pero era lo suficientemente mayor para haber escuchado a sus padres hablar de ello antes de que la guerra estallara, bromeando con la idea de que su hermano y su vecina tuviesen ese tipo de vínculo.

Recordaba no haberles presado demasiada atención —presa de la vergüenza adolescente hacia el romance y el consiguiente temor de ser el siguiente objeto de especulación— y haberse centrado más en la expresión aturdida de su hermanito. Estuvo a punto de desechar tal historia como un invento rosa hasta que sus padres mostraron sus respectivas marcas: tatuajes de colores tan brillantes que con un poco de juego de luz parecían moverse.

Según ellos, habían aparecido en el lugar donde el otro había recibido una herida casi fatal y, sin tener nada que ver con las habilidades propias de los Pyropos —dado que su padre no era uno— les ayudaba a percibir cuando el otro se encontraba en peligro o se lastimaba.

Así que, esa niña estaba destinada a estar con alguien que había sufrido una herida casi fatal en el cuello… era imposible no pensar en Shin, pero el destino no podía ser tan amable como para dejarle enmendar su pecado rescatando a la persona destinada para él… ¿No?

— Tengo un hermano menor de tu edad. – comentó, pensando en que la niña era bonita, educada, amable y lo suficientemente lista para comprender que de haberse encontrado con cualquier otro Ochenta y seis habría corrido peligro. La idea de que estuviese destinada a Shin no era desagradable.

Además, quizá el pensamiento de haber podido hacer algo por Shin —aunque no pudiese asegurar nada— podría ser un ligero bálsamo para su atormentada alma.


La mayoría de Albas se esforzaban por esconder sus marcas. Al parecer, era una tradición propia de la antigua nobleza, que no quería dañar un conveniente matrimonio político por el descubrimiento de una "marca de pertenencia" antes de que se consumara la boda. Tras el inicio de la guerra, la práctica se había extendido al resto de ciudadanos, porque había dos cosas que eran bien sabidas por todos:

La primera: la aparición de la marca significaba un encuentro cercano a la muerte.

La segunda: los únicos que tenían experiencias de ese tipo eran esos drones desechables, aquellos que no eran muy diferentes a los animales.

Y nadie quería decir que le pertenecía a un animal.

Lena no comulgaba con esas ideas y durante los ocho años que habían pasado desde su aparición, nunca había intentado esconder su marca, muy a pesar de las protestas de las personas que la querían.

No obstante, era un soldado de la República y estaba obligada a vestir su uniforme de manera correcta. Y aunque sus colegas tendían a usarlo de manera desordenada —en la mayoría de los casos se debía a que estaban tan intoxicados que era un milagro el simple hecho de que estuviesen vestidos—, ella se mantenía fiel a la disciplina, sin permitirse hacer el menor cambio. Por lo tanto, su marca quedaba completamente cubierta por su chaqueta.

Desde que había empezado a llevar ese uniforme, Annette era la única que la había vislumbrado cuando le hacía sus chequeos programados.

Pero el hecho de que Lena acatara las reglas y se dedicara con devoción a cumplir sus deberes no significaba que su interés por las marcas hubiese desaparecido. Todo lo contrario.

Pese a estar segura de que su persona destinada era un Ochenta y seis, no podía evitar mirar atentamente cada vez que notaba algo remotamente parecido a un tatuaje en la piel de alguien más. También intentaba recopilar información al respecto en su tiempo libre, deseosa de saber si podía establecer más comunicación que la sensación del dolor ajeno que experimentaba cada vez que esa persona se hería —sensación que recibía con sentimientos encontrados, ya que si bien no quería que esa persona sufriera, le alegraba saber que seguía con vida—.

Era una verdadera lástima que no pudiese preguntarle a los que probablemente poseían mayor información al respecto, pese a comunicarse con ellos todos los días. Pero Lena no era tan densa como para preguntar sobre el destino a aquellos arrojados a un campo de muerte casi segura.

Por lo tanto, incluso cuando estableció una verdadera conexión con el escuadrón Spearhead, no tocó el tema ni una sola vez.

No obstante, para su sorpresa, la charla se dio y gracias a la persona que menos esperaba.

— Por cierto, mayor, el otro día cuando Shin le dio el golpe de gracia a Daiya, tú también lo sentiste ¿verdad?

Fue el día en que Lena supo que el capitán Nouzen de vez en cuando caía a causa del cansancio que le provocaba escuchar las voces de la Legión todo el tiempo. Sospechó que el teniente Shuga había estado esperando esa oportunidad, dado que lo mencionó cuando ya solo el teniente Rikka y el suboficial Keats lo acompañaban, por lo que siguió la conversación cuidadosamente.

— ¿Te refieres a esa opresión en el pecho… como si tu corazón se partiera? – sentía que usar una metáfora en ese momento era poco serio de su parte, pero no encontró una mejor manera de describirlo.

— Si. – la voz del teniente Shuga era tan solemne como el silencio de sus compañeros – Supongo que lo sentimos gracias al pararaid, pero esa era Anju… ¿sabes porqué fue lo suficientemente fuerte para que nosotros también lo sintiéramos?

El pararaid estaba configurado para solo compartir el sentido del oído y transmitir las suficientes sensaciones para dar la impresión de una conversación cara a cara. No obstante, lo que había sentido la suboficial Enma había sido tan fuerte que había alcanzado la resonancia que estaba en el valor mínimo de transmisión… Lena no se atrevía siquiera a imaginar la profundidad del verdadero sentimiento.

— Porque… el teniente Iruma era… su persona destinada ¿no? – aunque estaba tratando de abordar el tema con toda la seriedad posible, no pudo evitar que el entusiasmo que se esforzaba por reprimir la llevase a preguntar – Ellos tenían marcas ¿verdad? ¿Qué pasará con la marca de la suboficial Emma?

— Ah, ya sabes sobre eso, entonces esto será rápido. – intervino el teniente Rikka.

El teniente Shuga soltó un suspiro, al parecer le aliviaba no tener que explicar todo el asunto de las personas destinadas. No obstante se tomó un momento para responder.

— …Si no estoy recordando mal, su marca se diluirá hasta desaparecer con el tiempo. – tal declaración tomó a Lena con la guardia baja, e inconscientemente se llevó la mano al cuello para tocar su propia marca. A decir verdad, pensaba que un vínculo decidido por el destino permanecería incluso después de la muerte. No obstante, la impresión de que los chicos intercambiaban miradas de manera sospechosa la devolvió a la conversación – He escuchado que incluso es posible que se conecte con alguien más y obtenga otra. – agregó el teniente Shuga.

— ¿¡En serio!? – esta vez Lena no pudo contenerse, pero dándose cuenta de ello, recobró la compostura – Lo siento.

— No importa.

— Sería genial si Anju pudiera reponerse de esto. – suspiró el suboficial Keats.

— Bueno, igual no lo sabemos con certeza, es solo algo que Raiden escuchó. – agregó el teniente Rikka.

— La verdad es que la mayoría de procesadores no saben que significan las marcas. No tenemos tiempo para preocuparnos por ellas, así que en el sector 86, ya solo somos unos pocos los que hemos llegado a escuchar algo al respecto… – habló el teniente Shuga – Y lo mismo aplica para Shin.

— ¿Eh? – Lena se sintió confundida y hasta un poco avergonzada, no solo por la repentina mención del capitán Nouzen, sino por el impulso apenas contenido de preguntar si él también tenía una marca.

— Ese tipo está demasiado ocupado lidiando con las voces de la Legión y sus deberes como capitán y parca del escuadrón como para preocuparse de que a alguien le salga un tatuaje extraño de la nada.

— De por si ya es difícil hacer que se interese por algo.

— Ni siquiera los libros que lee le interesan tanto.

— Y rara vez participa de las actividades de grupo.

— Nunca lo he escuchado hablar con entusiasmo de algo.

— Ni siquiera se esfuerza cuando debería inventar excusas...

Lo que siguió fue una lluvia de quejas sobre el capitán Nouzen cortesía del teniente Rikka y el suboficial Keats. Lena no pudo evitar soltar una pequeña risa. No obstante, sentía que empezaba a comprender por qué el teniente Shuga lo había sacado a colación.

— Si, ese idiota solo se preocupa por lo que tiene que hacer. – dijo el teniente Shuga con un tono relajado similar al de sus amigos, pero aun se percibía cierta seriedad en él – Por eso…. Mayor, creo que él no necesita saber sobre las marcas… o sus efectos… puede que tenga una idea, pero no necesita saber exactamente qué fue lo que sentimos ese día.

Ya tiene suficiente carga con las voces de la Legión, la promesa de llevarlos a todos y además evitar que los cadáveres de sus compañeros sean mancillados para unirse al enemigo. No necesita saber cuanto daño puede causar al cumplir con esos deberes.

— Entiendo… No lo escuchará de mí.

Lena no sabía explicar el porqué, pero al hacer esa promesa, su pecho dolió casi tanto como con la suboficial Enma.


Shin no le había prestado atención nunca a su marca. Quizá lo había hecho en el momento en que había surgido, porque tenía un recuerdo vago de luchar contra el abrazo del sacerdote para salir corriendo, aunque no se debía al mareo y dolor que invadió todo su cuerpo como si repentinamente hubiese rodado montaña abajo, sino a la urgencia con la que sentía era llamado. Recordaba llegar a pensar que quizá se trataba de su hermano.

La siguiente vez que se miró al espejo notó un tatuaje de colores brillantes en el lado izquierdo de su cuello que se extendía hasta su hombro. No obstante, la cicatriz que daba la impresión de que su cabeza había sido arrancada y cosida otra vez siempre terminaba acaparando su atención. Por lo tanto, tras ese primer vistazo, la ignoró. No se molestó siquiera en ver el dibujo completo, ni pensó en ello al notar que algunos de sus compañeros también tenían esos tatuajes brillantes.

El recuerdo del día en que apareció volvió a su mente la noche en que la Legión ejecutó su ataque a gran escala. La sensación de urgencia, como si alguien lo llamara con desesperación era tan fuerte que el temblor que no lograba reprimir del todo no se debía solo a la cantidad de voces que escuchaba.

Raiden no falló en notarlo.

— Shin, hablaremos de esa marca después, si logramos repeler esto. – dijo.

— ¿Cuál marca? – preguntó, sabiendo que no se refería de esa manera a su cicatriz.

Raiden soltó un suspiro exasperado antes de hacer un gesto a la mano que se había llevado al cuello de manera inconsciente. Shin apenas fue consciente de si mismo, su mente había cambiado al modo batalla y esa extraña sensación de urgencia le decía que hacía mucho debía estar en su Juggernaut buscando… algo.

Afortunadamente su amigo no insistió más y finalmente se levantó para ayudarlo a despertar a todos.

La parte racional de Shin recordó una voz de plata por un momento y su vaga promesa de conseguirle tiempo hasta que alguien pudiese ayudar a la República… empujó ese recuerdo fuera de su memoria antes de que la conciencia de lo tarde que llegaba para cumplirlo lo paralizara en el lugar.


Como la mayoría de Ochenta y seis, Raiden trataba de vivir su vida sin arrepentimientos. Alguna vez bromeó con que su único arrepentimiento era haber dicho algo vergonzoso frente a Shin en aquella lluvia de meteoritos, pero la realidad era que tenía uno más…

La República había caído durante el ataque a gran escala, pero aun así se las habían arreglado para rescatar a la mayor —no, a la coronel— y gracias a eso las tendencias suicidas de Shin habían disminuido. Todos felices.

O eso le gustaría decir. Pero la realidad era que aun quedaba un cabo suelto.

Dado que habían logrado repeler el ataque de la Legión en el frente oeste de la Federación, Raiden había cumplido con su deber y le había hablado a Shin acerca de la otra marca que tenía en el cuello. Su significado y sus efectos. Pero el muy cabeziduro apenas le había prestado atención. Cuando le reclamó su falta de atención recibió una respuesta tan desinteresada que rayaba en la frialdad.

— Si te escuché, Raiden. Pero ¿porqué debería preocuparme por alguien a quien no conoceré nunca? Creo que es cierto que compartimos la sensación de dolor, pero eso no es suficiente para ser una conexión real. Para empezar, yo casi no la he sentido, así que supongo que esa persona lleva una vida bastante tranquila. Una razón más para no prestarle atención, tengo otras cosas en las que pensar.

Raiden asumió de inmediato que se refería a su antigua handler. En otras palabras, Shin no se preocupaba por su persona destinada debido a que su corazón ya estaba ocupado por alguien más. Alguien a quien tampoco conocía cara a cara, que debería llevar una vida tranquila… y que, si había intuido bien, también tenía una marca en el lado izquierdo de su cuello.

Y él mismo le había pedido a esa persona que no le hablara a Shin de las marcas.

¿Cómo iba a saber que iban a sobrevivir lo suficiente para encontrarse?

Y en realidad no tenía ninguna prueba. Todo era mera suposición. Pero Raiden no podía evitar pensar en el asunto cada vez que los veía hablar o pasear alrededor de la base juntos, o cuando Lena miraba de reojo las marcas en otros Ochenta y seis u oficiales de la Federación, o cuando uno de ellos se llevaba la mano al cuello.

Esos dos idiotas al parecer eran demasiado densos para notar sus propios sentimientos y la verdad era que casi todos en la base se morían porque finalmente dieran el siguiente paso, pero si resultaba que, de hecho, estaban destinados el uno al otro…

— ¿Y que pasa si solo le dices a Lena algo como "¿Sabes? Ya le hablé yo a Shin de su marca, así que si sientes curiosidad pregúntale al respecto. Al final no le importa mucho, así que no hay problema."? – le decía Theo cada vez que lo veía atormentándose por eso.

Pero Raiden pensaba que, aunque Shin no le prestara atención, para Lena sí era un tema importante. Así que volver a sacarlo de cualquier forma aleatoria le dejaba un mal sabor de boca.

Afortunadamente, el cielo pareció compadecerse de él y le envió la solución, de la manera más inesperada…

— ¿¡EH!? ¡Capitán Nouzen, esa marca…! – al percibir la mirada fría de todos sobre sí, Dustin tragó saliva y luego negó efusivamente con la cabeza – ¡Pe-perdón! ¡Me refiero al tatuaje! ¡El tatuaje!

Estaban en los vestidores después de un día de entrenamiento. Por lo general, Dustin, al ser el procesador menos experimentado, se quedaba unas cuantas horas más en el campo de prácticas, por lo que rara vez se duchaba o cambiaba junto a los demás. E incluso, en las ocasiones en que lo había hecho, había apartado completamente la mirada de Shin, en respeto a una herida que era evidente no quería que nadie tocara, pero al parecer, ese día fue la excepción.

— ¿Qué con eso? – preguntó Shin, tras mirar de reojo su hombro izquierdo.

— Aamm… es que… - de repente Dustin retrocedió y trató de buscar una salida, pero la mirada de todos estaba puesta en él y dejaba claro que no lo dejarían ir hasta que aclarara su sobresalto – yo… creo que la he visto.

Todos los que sabían de qué se trataba —incluyendo al propio Raiden— se quedaron boquiabiertos, pero la mirada de Shin seguía siendo tan indiferente como siempre. No obstante, justo cuando este abrió la boca —probablemente para dejar en claro su desinterés—, Dustin pareció caer en cuenta de algo, se sonrojó y empezó a negar desesperadamente con la cabeza y las manos.

— ¡Por supuesto, no fue en un vestidor! ¡No hay forma de que algo así pasara! ¡Fue poco después del ataque de la Legión! ¡Ya sabe, era verano y hacía calor, así que se había quitado la chaqueta y recogido el cabello y se veía un poco! ¡Co-como la mayoría de albas prefieren morir antes que dejar que se vea me dio curiosidad y le pregunté y ella me mostró el dibujo! ¡Pero solo fue por un momento y juro por mi vida que no hice o siquiera pensé algo malo! ¡De hecho ya casi ni recuerdo el dibujo! ¡Me llamó la atención porque creo que están en el mismo lugar y los colores se parecen! ¡Eso es todo!

Los ojos de Shin adquirieron un brillo extraño, no obstante, siguió cambiándose con estudiada calma. Raiden no lo pasó por alto y decidió que era el momento de enmendar su único arrepentimiento —y de paso salir de la duda—.

— Cálmate, Dustin. – también habló con un tono relajado bastante bien disimulado – Para empezar ¿de quien estas hablando? – preguntó ignorando la mirada incisiva de Shin y la sonrisa apenas contenida de Theo.

— Ah… de la coronel… Milize.

Un minuto después, Shin salía del vestidor.


Aun después de escuchar la explicación de Raiden, Shin había decidido seguir ignorando el tatuaje en su cuello. No estaba interesado en lo que el destino le tuviera deparado, había algo—alguien— más importante que eso. Así que, pese a sentir una cierta expectativa cuando Dustin mencionó haber visto la marca en alguien más —alguien alba—, simplemente había seguido vistiéndose, determinado a que ese conocimiento inútil no cambiara lo que ya era.

No obstante, cuando escuchó el nombre su cuerpo se movió como por voluntad propia.

Era una locura. En la hora libre antes de la cena ella solía dar una vuelta por la base, así que podía estar en cualquier lugar. Y aun así, de algún modo se dirigió directamente hacia ella. Trataba apelar a la lógica para desechar el repentino pensamiento de que ese también era un efecto de la marca.

— Oh, Shin. – Lena se sobresaltó al verlo. Tenía sentido, normalmente no irrumpiría en su habitación sin siquiera anunciarse – ¿¡Sucede algo!?

La parte racional de su cerebro seguía diciendo que debía olvidarse de esa marca y enumeraba una larga lista de razones por las que no tenía importancia si ella era su persona destinada o no, no podía estar a su lado de esa manera. Pero el impulso que lo había llevado hasta ahí aun no desaparecía del todo, apenas había evitado echársele encima en busca del tatuaje nada más verla. Para Shin era lamentable no tener control sobre sus acciones.

— Lo siento, Lena. – decidió que lo primero era disculparse, por haber entrado a su habitación de esa manera y por lo que ese absurdo impulso lo estaba urgiendo a hacer – Hay algo que necesito comprobar ahora mismo, así que pido perdón por mi atrevimiento. Aceptaré cualquier castigo que me impongas.

— ¿¡Eh!?

Antes de que Lena pudiera reaccionar, Shin cerró la distancia entre ellos, desabrochó y deslizó su ropa lo suficiente para dejar al descubierto su hombro izquierdo.

Fue la primera vez que lo vio con atención: el tatuaje de una flor de lycoris sobre una ola de mar. No sabía si se debía a que la piel de Lena era tan blanca y estaba libre de cicatrices, pero los colores eran tan brillantes que parecía que los dibujos se moverían ante la menor brisa.

Shin no recordaba con claridad el suyo, pero no tuvo la menor duda de que era el mismo. Después de todo, Raiden le había dicho que representaba momentos importantes para ambos, y no había forma de que él olvidara su primer encuentro en aquel mar de flores de lycoris y el deseo que se había negado a revelar desde entonces.

— ¿¡S-SHIN!? – el chillido avergonzado de Lena lo devolvió a la realidad – ¿¡Po-podrías decirme ya que haces!?

Por alguna razón evitaba mirarlo, como si hubiera sido ella quien hubiera hecho algo malo. Shin no pudo evitar pensar que debería ser más cuidadosa, ya que no parecía lo suficientemente asustada por sus extrañas acciones.

Y lo cierto era que Shin no tenía una explicación racional para dar. Incluso si ella fuera consciente de todo lo que significaba ese tatuaje, no estaba seguro de que fuese suficiente justificación. Aun así, hizo lo único que podía hacer: mostrarle su propia marca.

No tenía la menor idea de cómo iba a reaccionar, por lo que no se atrevió a mirarla cuando descubrió su hombro, solo el jadeo de sorpresa de Lena llegó a sus oídos.

Durante los largos segundos que siguieron, Shin trató de mantener la compostura desesperadamente mientras su mente volvía a enlistar todas las razones por las que Lena podría odiar ese destino. Después de todo, aunque ella había elegido el campo de batalla junto a ellos, tampoco estaba obligada a estar de acuerdo con semejante atadura.

Pero justo cuando estaba preparándose para que ella le pidiera hacer caso omiso de sus tatuajes, los brazos de Lena lo envolvieron en un abrazo. Shin exhaló el aire que no había notado estaba conteniendo y su pecho se llenó de una indescriptible sensación de alivio.

— Si alguna vez llegaba a conocer a la persona destinada para mi, pensé que lo primero que debía hacer era disculparme, si en verdad era un Ochenta y seis. – murmuró Lena, luego levantó su rostro para mirarlo con los ojos brillantes debido a las lágrimas que se acumulaban en ellos y una dulce sonrisa — Pero si es Shin, lo primero que tengo que hacer es agradecer… por salvarme, por estar con vida y por permitirme luchar a tu lado. Gracias, Shin.

El alivio dio paso a la felicidad, y Shin limpió la única lágrima que corrió por la mejilla de Lena antes de devolverle el abrazo.

— Esa es mi línea. – dijo – Gracias, Lena, por estar con vida y seguirme al campo de batalla… yo… nunca le presté demasiado atención a esto… porque… si la marca no me llevaba a ti, para mi no tenía ningún sentido.

Los hermosos ojos plateados de Lena se agrandaron, un adorable sonrojo se extendió por sus mejillas y su dulce sonrisa se ensanchó. Shin pensó que era la vista más bonita del mundo.

— También pensaba disculparme con esa persona, porque aunque estuviésemos destinados… tú… ya ocupas el lugar más especial en mi corazón.

Shin le correspondió la sonrisa al tiempo que acariciaba el rostro de Lena. No había lugar para más palabras, podían sentir como sus corazones latían al unísono, colmados del mismo sentimiento. Y, como se tratase de una acción tan natural como respirar, unieron sus labios de la misma manera que lo estaban sus almas.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Ay el amor~ Ok ya XD Creo que solo tengo una pequeña nota, respecto al porqué Lena tiene la marca en el mismo lugar que Shin pese a que, hasta donde sabemos, nadie ha intentado ahorcarla: creo que es evidente que el evento que hizo que surgiera el tatuaje de Lena fue cuando Rei ahorcó a Shin, pues, en el caso de Shin, obtuvo el suyo cuando el avión en que Lena viajaba con su papá fue derribado. Ni en la novela ni en el anime se menciona que Lena haya sufrido alguna herida significativa a raíz de eso, pero ciertamente estuvo en peligro de muerte por el accidente y por el ataque de la Legión, así que mi lógica es que en casos así, el tatuaje sale en el mismo lugar que lo tiene la otra persona. Además que yo necesitaba que Raiden tuviera una pista. Fin :v

Ah, y hablando de Raiden, por si no lo pude transmitir bien: la razón por la que le pidió a Lena que no le preguntara a Shin de los tatuajes era porque no quería que él se sintiera mal al comprender que le había causado aun más dolor a su amiga (y a todos los casos similares, porque en mi mente no fue la primera vez).

Y~ sinceramente no recuerdo si tenía algún otro comentario, así que me retiro, feliz San Valentín~