Hola! Nunca escribí un fic con esta temática ni esta ship. No sé cómo se me va a dar, pero espero que bien. Desde que terminó GOT, tengo la convicción de que JonSa era una pareja con mucho potencial y me empezó a gustar desde el reencuentro de Sansa con él. Antes de eso ni siquiera se me había pasado por la cabeza. No sé si serán los actores que tienen muchísima química o si la intención realmente era meter un poquito de fanservice de la pareja en sí, pero la verdad que me parece que son muy lindos juntos y que se complementan bastante bien. En el libro vi algunos guiños sutiles y todavía no pierdo la esperanza :)
La historia comenzó con el amor de una Stark y un Targaryen, debería terminar de la misma manera.
LA DANZA DE LA LOBA ROJA Y EL DRAGON NEGRO.
CAPITULO 1: Cuentos.
La vida en el Norte se había vuelto práctica, veloz e increíblemente tranquila. Todo era sencillo porque se había convertido en un Reino independiente y fuerte, que vivía y se regía bajo sus propias reglas y un código de honor y lealtad hacia la Reina que era inquebrantable.
Cinco años después de los acontecimientos en Desembarco del Rey; cinco años después de aquel final agridulce, los problemas que antaño habían preocupado, aterrorizado y provocado insomnio en Sansa Stark, parecían no tener ya razón alguna de ser. La organización política de Westeros se había consolidado; Bran el Roto era el Rey y era justo, leal y nunca desafiaría la independencia de Winterfell. Sin embargo, desde hacía varias semanas Sansa notaba en sus consejeros miradas extrañas y muecas de preocupación.
Sansa, que tenía el cabello más largo y ondulado que antes, y parecía hacerse sólo más hermosa con el tiempo, se había convertido también en una mujer sumamente inteligente e intuitiva. El Norte nunca había estado mejor. Incluso muchos se atrevían a decir que ella era la mejor líder que habían tenido. El hambre era un concepto desconocido para las nuevas generaciones. Sansa, con las relaciones diplomáticas que poseía activamente con el Rey, había reconstruido Winterfell gracias a los recursos y ayuda mutua entre ambos reinos. Aunque la joven Reina nunca había regresado a Desembarco del Rey después de ir a pelear por la libertad de Jon, mantuvo todo ese tiempo una comunicación abierta y constante con Bran, pero principalmente con Tyrion, quien además de novedades políticas, planes e inversiones, le informaba también cómo iba su día a día y le hablaba de cuestiones amistosas y personales. Se habían convertido en buenos amigos. Después de enterarse la influencia que él había tenido en los sucesos luego del destrozo en la capital del Reino sobre el funesto final a Daenerys, se había ganado su respeto y cariño más profundo. Lo consideraba parte de su familia. Quizás el cariño que tenía por él y la evidente atracción y admiración que Tyrion sentía por ella se habría convertido en algo más profundo si sus responsabilidades no los hubieran mantenido tan lejos. Sansa se ocupaba exclusivamente de su Reino, era su prioridad número uno.
Alguna de sus más progresivas y modernas ideas estaban signadas por todo lo que había vivido, pero una muy particular había tenido a Jon en su mente: Ella buscaba darle un hogar a cada familia, que ningún niño creciera sin una, y había llegado a redactar leyes donde prohibía los términos "bastardo" para cualquier persona en su Reino. Aunque un niño hubiera nacido fuera del matrimonio, debía tener los mismos derechos que el hermano que había nacido por dentro del mismo, eso, claro, si podía probarlo. Era ella, en su calidad de Reina, quien le daría el apellido si la persona podía probar su ligamento biológico con la familia que reclamaba, aunque ésta no lo quisiera. El primero en recibir este derecho había sido Gendry, quien decidió asentarse en el Norte y formar parte del Consejo de Sansa. Se ocupaba de dirigir las construcciones y estructuras de Winterfell.
Ella pensaba seguido en Jon, y en la diferencia en su vida que habría hecho el que él hubiera recibido los derechos que le correspondían desde el principio. A menudo pensaba en él, en cómo hubieran sido las cosas si el pueblo hubiera tenido la opción de un Rey justo, bueno como él desde el principio, si Daenery hubiera tenido que competir contra él de manera justa, si hubiera sido receptor del apoyo incondicional del pueblo... Ella pensaba que si una mujer tan ambiciosa y de corazón tan endeble como lo era Daenerys, que profesaba una falsa bondad, pudo conseguir un ejército tan basto y fuerte... ¿qué hubiera podido conseguir Jon, aclamado por el apellido real que lo acompañaba, con un corazón tan bueno y noble? Tantas noches había pasado hasta altas horas de la madrugada pensando en eso, teorizando, pero nunca había llegado a ningún puerto. Ella pensaba que tal como estaban las cosas era mejor, porque tenía la seguridad de que él estaba bien y a salvo, siendo feliz a su manera.
No tenía noticias suyas desde hacía más de tres años. Habían intercambiado correspondencia al principio, cartas a todas luces breves e insuficientes por las circunstancias de las mismas, hasta que los meses pasaron y al parecer Jon se dio cuenta que la pequeña cárcel en la que le habían intentado retener no tenía sentido. Sí, viviría en el exilio, cumpliría su condena, pero a su manera. La Guardia de la Noche ya no tenía razón de ser, aunque existiera sólo por mera costumbre y como refugio de aquellos que no tenían un hogar contundente. Jon le dijo en su última carta que no volvería a saber de él por mucho tiempo, y ella sonrió con melancolía. No le hicieron falta más explicaciones. Le dolía el corazón de no poder verlo ni abrazarlo más. Estaban los dos en la misma zona geográfica, eran los únicos Stark cerca el uno del otro y ambos pertenecían al Norte, pero él cada vez parecía más lejano.
Ya nadie iba a perseguirlo. Los únicos que realmente habían intentado alzar la voz por Daenerys habían tomado la curiosa decisión de ir a una isla donde, luego se enteró Sansa por Bran, todos murieron a las pocas horas de llegar.
La condena de Jon dependía de su buena fe. Nadie iba a ir a vigilarla ni velar por ella. Todos estaban demasiado ocupados en sus propias tierras, intentando prosperar de la mejor manera posible. El poder de Bran también funcionaba como un buen intimidante. Él podría ver cualquier intento de espionaje o conspiración en contra del Reino o del mismo Jon. Además, el Norte era un Reino independiente ahora, y no cualquiera podía inmiscuirse entre sus bosques y pasar desapercibido. Llegar a la gran muralla tampoco era una tarea sencilla.
"Si regresas a casa te recibiremos con los brazos abiertos. Nadie te juzgará. Nadie te cuestionará. Winterfell te pertenece tanto como a mí, quizás más. Te extraño, Jon", le había escrito en una de sus breves misivas con una vana esperanza la joven pelirroja, pero la respuesta de Jon fue contundente y categórica: "Winterfell siempre será mi hogar. Nadie me juzgará ni me cuestionará, tienes razón. Yo lo haré. Mi condena está firmada, mi deber es cumplirla". La joven Reina conocía demasiado bien el corazón de Jon para intentar cambiarlo de alguna manera. Ella pensaba a veces, mientras miraba desde la terraza a los ciudadanos, que a pesar de que la había asesinado él la amaba todavía. La condena era hacia sí mismo; porque aunque sus acciones estaban justificadas y él lo sabía, la condena era por haberla matado a pesar de amarla. Sansa no podía entender que un hombre tan bueno hubiera podido enamorarse de una mujer tan cruel.
El corazón de Sansa pensaba en Jon más de lo que ella podía controlar o querer. Escapaba por completo de su dominio. Su mente viajaba y se encontraba con él; a menudo se preguntaba qué hacía y lo imaginaba en una tienda de cuero con Tormund, o bebiendo cerveza con otros salvajes alrededor de una fogata. Sonreía pensando en que él ahora era uno de esos "salvajes" y lo imaginaba cazando animales feroces, soportando las tormentas de nieve. Pero la sonrisa se desdibujaba cuando se daba cuenta que no volvería a verlo probablemente nunca más. El corazón se le apagaba, lo sentía más lento. Una presión en el pecho la sucumbía y cerraba sus ojos, intentando enfocarse en su deber de cada día. Buscaba siempre algo nuevo en lo que trabajar, en lo que organizar y planear para su reinado. No le gustaba sucumbir ante la tristeza, porque su gente exigía y merecía más que eso.
Y realmente todo parecía funcionar. Sin embargo, aquellas miradas extrañas hacían sospechar a Sansa. ¿Qué aquejaba tanto a sus consejeros que no podían decírselo directamente? La honestidad había sido el punto fuerte de su reinado. En cada reunión se habían expresado opiniones contundentes y francas de cómo proseguir con la política del Norte. Por eso Sansa pensaba aclarar todo en la reunión que tendrían esa misma tarde.
Mientras bajaba las escaleras del patio principal el cabello, brillante y largo hasta la finalización de la espalda, le ondeaba con gracia. La corona adornaba su cabeza con delicadeza y ternura; ella la había adoptado con orgullo como un adorno más de su día a día. Utilizaba ropa cómoda y abrigada, pero elegante.
La gente la saludaba con sonrisas; ella realmente se había ganado su respeto. Ella los saludaba con el mismo cariño mientras se dirigía al salón principal, donde habría de sentarse en una mesa con todos los consejeros.
Gendry estaba allí y Brienne también. Había durado tres años en la Guardia Real de Bran, pero había decidido ir a proteger a quien juró desde el inicio. Esos años que trabajó con Bran entrenó a varias mujeres que se convirtieron en parte de la Guardia y, finalmente, dejó a Podrick al mando que tenía ella. En el Norte Sansa la había hecho no sólo su principal Guardia Real, sino su Mano.
Todos se pusieron de pie cuando la vieron entrar. Ella caminó hasta sentarse frente a ellos y luego todos la imitaron.
—Antes de que comencemos con lo de siempre —dijo ella, mirándolos seriamente—, quiero que me informen si algo malo está ocurriendo en mi Reino. Lo que sea —sentenció, mirando inquisitivamente no tanto a Gendry y Brienne, sino a los demás en quienes había sentido aquellas expresiones extrañas.
Estos se miraron un poco temerosos, hasta que uno decidió hablar. Sansa lo miró ni bien tomó aire para comenzar.
—Su majestad —dijo el hombre, de avanzada edad y elegido por sus conocimientos financieros—, algunos de nosotros estamos ciertamente... preocupados.
—Ya lo sé, es lo que acabo de decir —decretó ella, viéndolo fijamente. Él se puso un poco nervioso. Sansa no temblaba nunca cuando hablaba.
—Su majestad, ¿no cree que sería hora de buscar un esposo? —continuó el Maestre, un colega que Sam había enviado a Sansa a pedido suyo.
Brienne y Gendry se miraron entre sí, inciertos de la reacción de Sansa. Ninguno de ellos dos sabía lo que iban a proponer aquellos consejeros. Sansa nunca había siquiera mencionado la posibilidad más mínima de contraer matrimonio en algún futuro. Tanto ella como Bran parecían decididos a finalizar sus reinados sin descendencia, uno por imposibilidad física y la otra por falta de convicción en el asunto.
Con tantas cuestiones por arreglar en el Norte ella nunca había planteado la posibilidad ni se la habían planteado. Nada de eso le interesaba a Sansa, que ya se había comprometido y casado las suficientes veces como para sacar el asunto a colación. Ella sabía que el tema surgiría en algún momento, pero no sabía cuándo ni cómo, y ciertamente no se lo esperaba en ese momento.
—¿Y por qué el asunto les importa de pronto? —les preguntó, por primera vez con la voz semi temblorosa. El asunto la había tomado por sorpresa y Brienne se dio cuenta de inmediato al ver sus ojos.
—Creemos que su reinado está muy bien consolidado, sin duda usted ha hecho un trabajo increíble con nosotros, pero... ¿cree que es seguro seguir arriesgando el liderazgo Stark de esta manera?
—Maestre, si me disculpa —intervino Brienne para alivio de Sansa—, usted está hablando como si Lady Sansa —a ella era la única que la Reina le permitía que la llame de esa manera— estuviera en peligro inminente de sufrir algo grave. ¿Qué apuro encuentra usted en que ella contraiga matrimonio en lo inmediato? Han pasado sólo cinco años desde su mandato y la paz reina en el Norte.
Sansa le sonrió con los ojos a Brienne, que la miró por un segundo intuitivamente para cerciorarse de que estuviera bien y luego miró de nuevo al maestre. Éste se puso un poco nervioso; suspiró y luego decidió seguir hablando. Debía decir la verdad.
—Francamente... debo confesar que hay muchos rumores —dijo el hombre mirando al único consejero que todavía no había hablado. Era el llamado "consejero de los rumores", un hombre joven que se ganaba la confianza de cualquiera y le era fácil recopilar cualquier tipo de información.
—Ya no quedan Starks en la zona que puedan reemplazarla —asintió el consejero de rumores—. El pueblo teme que a usted pueda pasarle algo y que el trono quede vacante. Sin un esposo ni hijos que ocupen ese lugar, el pueblo teme que alguien indeseado tome el mando. Todos están muy conformes con su reinado, quizás demasiado. Temen perder todo lo que usted les ha dado.
Sansa se inclinó un poco hacia delante, mirándolo fijamente con sus ojos verdes de una manera que era intimidante para cualquiera.
—¿Y por qué temen eso de pronto? ¿Por qué siento que hay algo que no me estás diciendo? —le cuestionó, casi con un filo asesino.
El hombre tragó saliva con un poco de miedo.
—Mi señora... hay rumores. Se han esparcido cuentos entre los ciudadanos. Los viajeros que han llegado las últimas semanas han traído algunas historias que parecen demasiado fantasiosas para ser ciertas.
Sansa arqueó sus cejas. Después de los caminantes blancos, de los dragones, a Bran viendo toda la historia de Westeros y a su hermana cambiando de cara a gusto, ya nada le sorprendía. Sin embargo, le inquietaba lo que le decía y le parecía que si no lo había dicho era porque realmente no era nada seguro.
—Continúa —le pidió, un poco más calmada e intentando serenarse.
—No puedo aseverar que nada sea cierto. De hecho, por más inquietante que parezca, es muy poco probable. Pero los viajantes recién llegados han contado historias de una bestia gigante que vive escondida entre montañas de islas desiertas, una bestia que expulsa fuego a quien intente acercársele. Una bestia que ha destruido navíos enteros y los ha saqueado... con alguien que lo monta.
A Sansa casi se le para el corazón. Sabía que Drogon estaba vivo. Nunca lo habían podido capturar, después de todo, y pese a los intentos de Bran. El animal siempre parecía saber escabullirse y, justo cuando Bran pensaba que lo había ubicado, desaparecía de nuevo. Parecía que alguien lo guiaba y lo escondía en la oscuridad de partes del planeta que muy pocos conocían. Tragó saliva visiblemente nerviosa.
—¿Quién lo monta? —preguntó Gendry con torpeza, sorprendido también.
—Eso es lo que no entendemos de las historias. Dicen que muy pocos la han visto y que sólo dos o tres han vivido para contarlo y esparcirlo. Dicen que es una persona con cabello negro y largo. No saben si es hombre o mujer, pues entre la lejanía del animal volando, el fuego y el humo, muy poco han podido verle.
—Sólo Jon podría montar un dragón, es el único Targaryen vivo y tiene cabello negro —comentó Gendry inocentemente, sin darse cuenta de que estaba haciendo unas implicaciones muy serias.
—Jon no haría algo así. Sabes muy bien que está cumpliendo su condena en el Norte, como se pactó —sentenció Sansa, mirándolo con reproche. Gendry corrió la mirada al darse cuenta de lo que acababa de decir.
—¿Lo está? —cuestionó el consejero de finanzas. Él la miró con desconfianza y ella le devolvió una mirada feroz. No era un secreto para nadie que Jon había dejado la Guardia hacía rato, se había ido al Norte más profundo con muchos salvajes y nadie sabía nada de él.
—¿Te atreves a cuestionar a Lady Sansa? —preguntó con odio Brienne, frunciendo el ceño. El hombre pareció encogerse ante sus ojos.
—No, por supuesto que no —dijo, mostrando cierta retractación—, pero son historias muy graves, Su Majestad. No debemos subestimarlas. Subestimamos las historias de los caminantes blancos y mire lo que ocurrió después.
—Sé muy bien lo que ocurrió —le contestó Sansa, con firmeza—. Pero no dejan de ser cuentos. Además, creo que tanto Bran como Tyrion han dejado claro que en su Reino van a elegir el próximo Rey de forma muy diferente a la simple herencia de trono. El mundo está cambiando. ¿No cree que aquí también va a cambiar algún día? —preguntó con cierto sarcasmo.
—De hecho, Su Majestad... si me permite —comentó Gendry sorpresivamente. Sansa le hizo un gesto con la mirada y él habló—. Los Stark están demasiado arraigados en el Norte. No creo que sea muy obvio pensar que quieran elegir otro gobernante en el futuro. En el Norte no piensan como en Desembarco del Rey, se lo digo como alguien que nació y se crió allí. Sus valores son distintos. Aquí son conservadores de las tradiciones. Estarán plenamente conformes sólo si un Stark los gobierna. Estos años han sido dorados para el Norte con usted al mando...
Todos se quedaron callados ante las sorprendentemente esclarecedoras palabras de Gendry. Él podía pensar las cosas con mucha claridad cuando quería, y hablar de forma muy contundente también.
Después de algunos segundos en silencio Sansa decidió ponerse de pie. No quería demostrar lo que sentía en ese momento. Tanta información de golpe la había aturdido, pero no por la información en sí sino por el alarmante contenido de la misma y las implicancias.
Los consejeros estaban preocupados porque el pueblo lo estaba. Todos tenían miedo de que a Sansa sucumbiera y el trono quedara vacío. La sola posibilidad aterraba a las familias, porque todos sabían lo que había pasado en Desembarco del Rey. Una Reina tan fuerte como Cercei había caído así y cualquiera podía hacerlo. Y todos habían escuchado las historias. Jon había matado a Daenerys no sólo porque era cruel y tirana, sino porque amenazaba la existencia de Arya y Sansa. Principalmente de Sansa, que era una de las pocas personas que en aquel entonces sabía la verdad de Jon y se negaba rotundamente a doblegar su voluntad a la Reina Targaryen. Lo había dicho expresamente y se lo había demostrado de manera contundente a la rubia durante aquella charla privada previa a la llegada de Theon, mirándola a los ojos sin miedo a su monstruoso poder. Una persona así, que no se dejaba manipular y desafiaba su autoridad tan libremente, no podía vivir bajo el mandato de la Targaryen.
Existía la posibilidad de que el animal, el único dragón conocido con vida en el planeta, fuera Drogon. Y si era Drogon, también podía ser montado por alguien que simpatizara con Daenerys y que quisiera vengarla o recuperar lo que ella comenzó.
Las posibilidades eran infinitas y tortuosas... pero no dejaban de tratarse de meros rumores sin fundamento más que el testimonio de viajantes de dudosa procedencia.
Sansa se retiró de la habitación tras despedirse y decirles que lo discutirían en otra ocasión. Se sentía un poco abrumada. La cabeza le estaba maquinando de una forma similar a cuando Daenerys estaba viva y no sabía qué pasaría con el Norte.
De pronto los nervios se intensificaron y, en un pasillo donde no circulaba nadie, fuera de la enorme casa, finalmente vomitó. No se sentía tan insegura desde que Jon trajo a Daenerys al Norte. Ese dragón era una amenaza para su gente, para todo lo que les había costado tanto reconstruir. Si era él y existía, bastaba que se acercara un día, de manera desprevenida, y quemara todo hasta los cimientos. Podrían matarlo, sí. Tenían armas de seguridad para ello, que habían desarrollado de manera preventiva. Pero también las habían tenido en desembarco del Rey, con un ejército mucho más basto que el que ella tenía allí en ese momento, e igual no habían podido parar al animal. No era tanto el dragón el problema como quien lo montara y lo guiara victoriosamente. ¿Quién podía ser su nuevo amo? Y para colmo de males, ahora, además de aquella preocupación, también tenía que lidiar con la presión extra que le estaban imponiendo sus consejeros.
Sansa se encontraba pensando en todas estas cosas a la vez, cuando una mano grande pero delicada la palpó desde atrás, sujetándole el cabello.
—Lady Sansa —dijo la voz femenina con delicadeza. Era Brienne, que la había seguido a sabiendas de que la joven no se encontraba bien después de la reunión. Lo pudo ver en su semblante, en sus ojos, en el temblar sutil de sus labios.
—Brienne... no sé qué es lo que haremos. Si tienen razón... —la voz de Sansa se escuchaba perturbada.
—No sabemos nada de forma segura. Sólo son rumores —intentó calmarla su Guardia Real y más fiel consejera, palpándole con cariño la espalda mientras le sonreía. Intentaba mostrarse serena, pero ella también estaba intranquila.
—Quizás tienen razón. Quizás debería haberme casado hace muchos años para asegurar el Norte —concluyó Sansa bajando la mirada con cierta culpa. Brienne le levantó el mentón y la miró fijamente.
—Lady Sansa, no permita que ningún hombre le diga la vida matrimonial que debe o no debe llevar. Usted se ganó todo esto sola y es más fuerte que cualquiera de ellos. No subestime su corazón. Si se va a casar, hágalo porque realmente así lo siente. Con alguien a quien ame.
Sansa la miró y sentía que los ojos le ardían por las finas lágrimas que esperaban escapar. Brienne era la única que la consolaba de esa manera, y la única con quien se permitía el lujo de mostrar su lado más débil y sensible.
Ella, por más que lo reflexionara una y otra vez, no deseaba ver a ningún hombre cerca suyo. Al único hombre que realmente extrañaba tener a su lado, hablarle, abrazarlo y escuchar era uno que estaba en el exilio. Nunca lo diría, porque ni ella misma era consciente realmente de lo mucho que le hacía falta en su vida. Su corazón así lo sentía, pero en su mente intentaba reprimirlo y lo ignoraba. Lo aducía a una simple nostalgia fraternal, o al menos de eso intentaba convencerse sin darse cuenta de la realidad. Era un hombre al que no veía desde hacía cinco años.
Era Jon.
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A Sansa le había costado bastante dormirse, pero lo había logrado. Estaba profundamente dormida cuando la voz fuerte pero sigilosa de Brienne comenzó a llamarla con fiereza, sacudiéndola violentamente.
—¿Qué...? —preguntó Sansa, totalmente confundida, refregándose los ojos aturdida. Debía ser algo muy urgente para que Brienne reaccionara de esa manera tan brusca con ella. Era una de las pocas personas que tenía permitido entrar en su habitación libremente.
Los ojos de Brienne expresaban una preocupación. Sólo le bastó verlos un milisegundo para ponerse de pie, calzarse y abrigarse mientras la rubia hablaba.
—Lady Sansa, su hermana llegó. Uno de los guardias me avisó, la llevé a una de las habitaciones principales con discreción.
Los ojos de Sansa se agrandaron, y lo hubieran hecho de la felicidad de no ser por la expresión de Brienne.
—¿Cómo, por qué a la habitación? —cuestionó preocupada, saliendo del cuarto con la mujer.
—Llegó sola, de pie pero se derrumbó en la puerta, los guardias me avisaron de inmediato. Fui a verla para traerla, y cuando la estaba alzando se cayó un poco el abrigo del hombro y lo vi. Tenía serias quemaduras.
"Quemaduras". Aquella palabra hizo que Sansa clavara sus ojos en los de Brienne, y podría jurar que no la había visto tan agitada desde hacía muchos años.
—Dile a los guardias que no le digan a absolutamente nadie de esto, ni siquiera a los consejeros. Sólo generará pánico, más del que unos simples rumores ya han provocado —le ordenó a Brienne, que asintió y se separó de ella al llegar a la habitación donde estaba Arya, para cumplir con la orden impuesta—. Regresa aquí luego de que cumplas tu deber.
La cabeza de Sansa ya estaba pensando más allá de todo. Ya estaba maquinando posibilidades, planes, problemas que iban a surgir. Su cabeza iba más allá de todo, y había mejorado con los años. Sus mentores, todos muertos ahora, habrían estado muy satisfechos con el resultado de la Reina que habían construido a pesar de haberla maltratado, humillado, manipulado e intentado usar a su antojo más de una vez.
Sansa ingresó a la habitación intentando ser sigilosa. La casa estaba llena de guardias y quería que aquello permaneciera en la mayor reserva posible. Allí la vio, acostada en la cama de espaldas, desnuda y con una enfermera que la estaba atendiendo. Tragó saliva en un sentimiento entremezclado con tristeza y una profunda preocupación. Su espalda lucía fatal, la piel tenía quemaduras muy severas.
—Vete, ya estoy mejor. Luego puedes seguir untándome la crema —le ordenó Arya a la enfermera. Antes de salir Sansa la tomó de la muñeca y la miró con firmeza.
—Ni una palabra a nadie —le ordenó. La mujer asintió con cierto miedo y se retiró, dejándolas solas.
Sansa se acercó a ella y se colocó frente a su rostro, agachándose a su altura. Arya era una mujer feroz, y sin embargo allí parecía una chica vulnerable y débil. Su voz estaba quebrada, su estado era de gravedad y que estuviera consciente era gracias a su fortaleza, porque una persona normal no lo habría estado. Ni siquiera tenía la fuerza suficiente para levantar la cabeza y mirar adecuadamente a Sansa.
—La última vez que te vi estabas en un barco con nuestra bandera, yéndote a navegar por el mundo a descubrirlo. Estabas de pie, fuerte. Ahora regresas así; herida, sin barco, sin tripulación. Hermana... ¿qué te pasó? —le preguntó con la voz más fina de lo que hubiera deseado, tomándola de la mano.
—Sansa... lo vi. Vi a Drogon, estoy segura —susurró Arya, cada vez más debilitada. Tragó saliva y la miró sin parpadear para continuar—. Y lo dirige una mujer.
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Sansa acababa de salir y estaba recorriendo el oscuro pasillo de nuevo hacia su habitación cuando se cruzó a Brienne, que recién estaba regresando al cuarto.
—¿Qué le dijo Arya? ¿Qué pasó? —le preguntó preocupada al ver la velocidad y seriedad con la que caminaba Sansa.
—Prepárame un caballo con provisiones y tráeme el mejor abrigo que encuentres. Dile a Gendry que se prepare para acompañarme —le ordenó, ignorando su pregunta y sin parar de caminar hacia su cuarto, a donde Brienne la seguía por atrás aturdida.
—¿Acompañarla, Gendry? ¿Por qué, a dónde? —cuestionó Brienne, cada vez más confundida.
—Él es el único que conoce las tierras más allá del muro y además en quien más confío aparte de ti —le contestó apresurada y atolondradamente. Sansa parecía estar muy agitada, más que antes.
—¿Qué le dijo Arya? —volvió a preguntar Brienne.
—Ella misma te lo dirá cuando esté mejor, no hay tiempo que perder con charlas —dijo Sansa ingresando a su cuarto para vestirse apropiadamente.
—Al menos digame a qué quiere ir más allá del límite de la Guardia de la Noche —le pidió Brienne, casi en una súplica.
Sansa se detuvo por un momento y se paró erguida.
La miró seria y sostenidamente mientras pronunciaba las siguientes palabras, sin titubear ni por un instante:
—Allí es donde está Jon.
