Jon se bajó del caballo mientras el último lobo que podía dar batalla era destrozado por Ghost, su fiel mascota y feroz guardián. El resto de los lobos habían sido asesinados por Tormund con una velocidad envidiable. El joven Targaryen comenzó a caminar hacia Sansa con una sonrisa tan fresca y libre que ella no le veía hacia años. Algo había cambiado en su semblante, en su forma de andar. A pesar de haber sido condenado al exilio, ella nunca lo había visto más libre. El cabello le ondeaba con frescura y los ojos le resplandecían con vida.
Sansa también le sonrió mientras se le nublaban los ojos con lágrimas de felicidad. Lo esperaba allí, sentada desde donde estaba, con Gendry a su lado, que se sentía aliviado de haberlos encontrado y que su Reina estuviera a salvo.
De pronto la sonrisa de Jon se desdibujó y se transformó en una expresión de fiereza. Apretó los dientes y frunció el ceño mientras corría apresuradamente hacia ella, que lo miraba con desconcierto.
-¡Sansa, atrás! -exclamo Gendry, llamando su atención y apuntándole en dicha dirección.
Uno de los lobos, aunque herido por una flecha que había simulado su fatalidad, estaba por buscar su revancha en Sansa. Ghost no iba a llegar a tiempo, porque todavía luchaba contra uno de los lobos y se encontraba a varios metros de ella. Tormund se había quedado sin flechas y se disponía a correr con su hacha, pero sabía que no llegaría a tiempo. Se la arrojó, pero el animal logro esquivarla. Era el alfa de la manada, más grande y fuerte que el resto.
Sansa se paralizó mientras observaba que la bestia se aproximaba a su presa cada vez más. Sin embargo, Jon llegó a ella justo a tiempo. Corrió con la espada en las manos, listo para el ataque. En una maniobra propia de un salvaje bien entrenado, saltó sobre el cuerpo de Sansa y apuñaló al animal en la cabeza con una destreza que dejó a Gendry boquiabierto. Jon había cambiado mucho viviendo en la intemperie esos últimos años y había absorbido las habilidades más básicas de los salvajes.
Luego de clavarle la espada cayó sobre el animal y la sacó con una fuerza considerable. La sangre le salpicó la ropa y a Sansa el rostro. Todo había ocurrido a centímetros de ella.
Mientras respiraba entrecortadamente y recuperaba el aliento de semejante hazaña, se inclinó hacia ella y le pasó la yema del dedo pulgar sutilmente sobre el rostro, quitándole el rastro de sangre que le había salpicado encima.
—¿Estás bien? —le preguntó con ternura y preocupación.
Ella, que todavía estaba turbada por todo lo ocurrido, atinó a parpadear mientras le volvía el cuerpo al alma y luego a afirmarle con la cabeza.
Luego él dibujo una sonrisa enorme en su rostro y tiro de ella hacia él, envolviéndola en sus fuertes brazos mientras se aferraba a ella con fuerza. Sansa le devolvió el abrazo con la misma fuerza y cerró sus ojos, aferrándose a él también.
—Jon... Al fin —susurró ella, hundiendo el rostro en su hombro.
Aquello le recordaba a la primera vez que lo había visto. Las circunstancias habían cambiado, pero la situación seguía siendo la misma. Herida, débil, apenas escapando de la muerte, encontrando en él el refugio que necesitó toda su vida.
Gendry se puso de pie y saludó a Tormund, sacudió la nieve que tenía dentro de la ropa y sonrió mientras observaba el abrazo entre su viejo amigo y su Reina.
Jon lo miro de reojo y se separó de Sansa, a quien le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie.
—Gendry —le sonrió, dándole una palmada en el hombro—. Ha pasado mucho tiempo.
—Nos salvaron de una muerte segura —contestó Gendry, mirando los cadáveres de lobos alrededor.
—Me alegro mucho de verte, Sansa —le dijo, aunque con cierta preocupación-. Pero, ¿Por qué han viajado hasta aquí? Estamos muy lejos de Winterfell.
—Te lo contaré todo —contestó Sansa, sacudiéndose la nieve—, primero vayamos a tu asentamiento. Gendry está desabrigado.
Jon frunció el ceño al observarlo. Había estado tan ofuscado en Sansa y todo había pasado tan rápido que no se había percatado de que ella en realidad llevaba puesto un abrigo masculino muy amplio para ser suyo.
Jon se quitó el suyo y se lo arrojó; Gendry lo atrapó de inmediato.
—Gracias, Jon —le dijo, colocándose mientras se refregaba las manos, que ya se le estaban tornando azules.
—Gracias a ti por protegerla —contestó Jon—. Vengan conmigo —les indicó, asintiendo con la cabeza hacia el camino que los llevaría al otro lado de la montaña.
Sansa no podía esperar a salir de ese lugar de una vez por todas.
Cuando iba a dar el primer paso volvió a marearse. ¿Acaso dicha jaqueca no iba a acabar? Jon se dio cuenta y la sostuvo de los hombros, desconcertado.
—¿Te golpeaste muy fuerte? —le preguntó, examinándola.
—Estoy bien —contestó ella, poco convencida de sus propias palabras.
—Ha estado así desde que nos atacaron los primeros lobos —informó Gendry, también preocupado.
—Así no llegaremos a ningún lado antes del anochecer —añadió Tormund con su típica tosquedad—. Ven, súbete a mi espalda —le ordenó a la joven, inclinándose frente a ella—. Vamos, ¿qué esperas?
Sansa lo miró con un gracioso desconcierto y Gendry no pudo evitar dejar escapar algunas risitas por lo bajo ante la torpeza de semejante hombre.
—Tormund, basta —le dijo Jon, sacudiendo la cabeza, aunque a él también le había hecho un poco de gracia—. Ven, Sansa. Súbete a mi espalda —le pidió gentilmente, inclinándose frente a ella. Sansa esbozo una sonrisa sutil y delicada, complacida. Siempre se había sentido cómoda con el contacto físico de Jon. Se subió sobre él con delicadeza, intentando ser lo menos invasiva posible. Él la aferró a su espalda sosteniéndole las piernas.
—¿Que hay de sus caballos? —les preguntó Gendry, mirándolos.
—Llevaremos éstas bestias a pie —dijo Tormund—. Están bien entrenados para aguantar éstas montañas y hasta peores, pero no soportan a más de una persona en el lomo.
—Lo siento, no queríamos ocasionar problemas —lamentó Sansa, apoyando suavemente la cabeza en el hombro de Jon.
—No debes pedir disculpas por nada, Sansa. Me alegro de verte de nuevo —le dijo él, comenzando a caminar cada vez más.
Después de dos días que habían parecido interminables, Sansa finalmente se sentía tranquila y en paz, segura.
Jon caminó sin problemas y no les llevó mucho tiempo cruzar las montañas, aunque Sansa estuviera en esas condiciones.
Ninguno de ellos dos habló demasiado antes de cruzar. Tormund y Gendry se comentaban novedades de sus vidas y anécdotas de los últimos 5 años, pero Sansa se sentía demasiado agotada y mareada para hablar y él la conocía demasiado bien para saber que su salud no era óptima. Lo que fuera que tuviera que con tanta urgencia contarle, debería quedar indefectiblemente para el día siguiente en la mañana.
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Sansa no se dio cuenta del momento en que arribaron al asentamiento salvaje. Se había quedado dormida, o quizás se había desmayado en la espalda de Jon. Escuchaba las voces lejanas, como en un sueño que iba a olvidar. Entre dormida y despierta vislumbró las carpas enormes y la gente que se encontraba allí. Era un asentamiento completo, con todo lo necesario para subsistir y la infraestructura para aguantar el clima. Estaban tan bien preparados como en Winterfell, pero las carpas estaban hechas para ser removidas con facilidad ante cualquier emergencia y para poder trasladarse de un lugar a otro. Sansa no pudo ver mucho, pero lo poco que llegó a ver la impresionó.
Sintió cuando Jon la introdujo en una carpa lejana y la colocó gentilmente sobre lo que parecía ser una camilla acolchonada. Se sentía débil y frágil, odiaba sentirse así.
Él se arrodilló a su lado y le acarició el rostro. Le dijo algo, probablemente le había preguntado cómo se sentía, pero no lo escucho. La oscuridad se hizo presente ante sus ojos, y lo último que llegó a comprender fue la voz de una mujer que le dijo que se retirara, que ella se encargaría de todo.
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Sansa se encontraba en un lugar oscuro, tétrico. No lo reconocía, pero parecía ser un castillo abandonado y descuidado. Estaba húmedo y hacía calor. Todo se sentía real. Podía tocar las paredes llenas de polvo a medida que caminaba por la habitación, y sentir la suciedad pegársele a los dedos. Los muebles olían a humedad. Todo estaba carente de la calidez de un hogar, y, sin embargo, era uno.
Aún en la oscuridad se vislumbraban vestigios de presencia humana. Un vaso de agua sobre una mesa; una capa sobre una silla. ¿A quien pertenecía todo aquello? Luego ocurrió algo incluso más extraño.
Había un espejo colgado en la pared, de un bordado de hierro avejentado. Estaba partido con furia, como si alguien lo hubiera golpeado intencionalmente, con furia. Su reflejo estaba tan deformado que parecía otra persona, así que Sansa se inclinó hacia el suelo al percatarse de un trozo de vidrio del espejo, que parecía haber sido partido recientemente. Cuando se observó en el reflejo sintió el corazón latirle fuertemente. Efectivamente, no era simplemente una distorsión lo que había vislumbrado en el espejo anteriormente: Realmente se trataba de otra persona. No era ella. Sólo llegó a ver sus ojos, pero le dieron tanto miedo que el trozo de vidrio se le cayó al suelo. Vio unos ojos negros, llenos de oscuridad, llenos de odio y de una energía atemorizante. No era ella, ¿pero entonces en el cuerpo de quién estaba en aquel extraño y vívido sueño?
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El susto despertó a Sansa, que sintió que el alma le había regresado con furia al cuerpo.
—Parece que tuviste una pesadilla —dijo una plácida y avejentada voz. Sansa intentó levantar la cabeza hacia ella, que estaba más lejos y parecía estar acomodando algunos trapos y frascos sobre una mesada, pero el mareo se lo impidió—. Tranquila —le indicó la mujer—. Todavía no estás del todo óptima, pero sin dudas estás mucho mejor. No era tanto el golpe en la cabeza como la deshidratación lo que te mantenía en esas deplorables condiciones. Te coloqué un ungüento en la cabeza para esa inflamación y el dolor, y estuve dándote agua toda la noche. La tomabas por inercia.
—¿Toda la noche? —preguntó Sansa, desconcertada.
—Dos noches, de hecho —confirmó la mujer.
—¡¿Dos...?!
—Calma, chica —indicó nuevamente, haciéndole un gesto con la mano mientras se sentaba frente a ella. Había un banquito que sin duda había sido ocupado por ella esos dos días—. No debes exaltarte por tonterías. Puedes ponerte peor.
—Vaya decepción. No aguanto lo suficiente el clima para ser una norteña de nacimiento. Qué débil —reflexionó Sansa, resoplando a la nada, mirando el techo de la carpa. Se desconcertó cuando escuchó la risa de la mujer.
—¿Débil? —preguntó entre risas sarcásticas— Pero niña, ¿tú sabes lo fuerte que eres para estar tan bien después de haber atravesado tantas horas de esa montaña a pie? Es apenas creíble que hayas sobrevivido, mucho más que tus lesiones sean tan leves.
Sansa finalmente sonrió.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Te estabas tardando. Puedes llamarme Tante, todos lo hacen —contestó complacida la mujer, que parecía tener unos 50 años y tenía unos ojos castaños que eran amables y fuertes a la vez—. Por cierto, ¿qué era lo que soñabas?
Sansa se extrañó ante su comentario.
—¿Por qué?
—Porque decías cosas bastante extrañas estas dos noches que te cuidé. Incoherencias realmente, como "oscuridad" y "venganza", palabras que repetías constantemente.
Sansa suspiró.
—En verdad no lo sé. Es muy extraño —le dijo, notando una mirada profunda en Tante. Sin embargo, su atención se desvió a otro tema—. ¿Y Jon?
—Vino a preguntar por ti más veces de las que puedo contar. Ahora debe estar regresando de la caza.
De pronto la tela de la carpa se abrió. Por un momento los ojos se Sansa se iluminaron, pero no era quien ella creía.
—Gendry —lo reconoció, bajando levemente la sonrisa.
Él ya se veía mejor también. Tenía ropa nueva y otro abrigo, más fuerte y seco. Le sonrió fuertemente.
—Al fin despertaste —le dijo él, acercándose a ella.
—Otro que ha estado preguntando por ti —comentó Tante antes de retirarse de la carpa—. Si sale que se abrigue bien, y pasos lentos por ahora —le indicó al joven, y luego salió.
—Ven —la llamó él con el brazo, sentándose a su lado para ayudarla a incorporarse. Ella le hizo caso con una sonrisa y se puso de pie. Tenía curiosidad por todo lo que todavía no conocía de aquella cultura tan lejana.
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La luz del sol encegueció a la joven por unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron a ella. El frío era notorio fuera de la carpa, pero no insoportable.
—Mira —le indicó Gendry, de quien ella se sostenía todavía.
—Nuestro caballo —se asombró Sansa, sonriendo. Había sobrevivido.
—Cruzó escapando de los lobos, fue así como Jon y Tormund se percataron de que alguien necesitaba ayuda del otro lado.
—¿Has hablado con él? —preguntó Sansa al sentir el nombre de Jon.
—No le dije nada de lo que sé. Pensé que lo mejor era que hablaras tú con él —contestó. Sansa asintió.
—Ni yo misma sé exactamente lo que le voy a decir.
—Pues será mejor que lo vayas pensando. Mira —le señaló con la cabeza al costado. De entre los arboles de la lejanía se aproximaba una tropa de hombres a caballo que traían animales muertos para la cena... y entre ellos estaba Jon, que no tardó en percatarse de su presencia. Nuevamente sus ojos se cruzaron en el medio del campamento.
El tiempo pareció paralizarse.
