Satisfaciendo los deseos del ahora único soberano, la sala de reuniones de la Corporación Kaiba fue ocupada por las cinco personalidades con mayor alcurnia en Ciudad Dominó.

—Disculpen la espera— dijo Mokuba, tomando asiento en la silla central de la mesa nada más llegar.

Se hallaba vestido de negro, como lo venía llevando a efecto al enterarse de que Seto había muerto.

—No se preocupe, joven Mokuba— le respondió Pegasus, enfundado en su característica ropa fina de color vino—. No nos ha hecho comer ansias.

—En efecto— concordó Soichiro Ota, quien le pareció a Mokuba un viejo regordete con una calva resplandeciente al mínimo reflejo de luz—. Lo que de cierto nos ha preocupado es el accidente que sufrió el helicóptero del señor Kaiba.

— ¿Cómo se encuentra? — Sumó Kogoro Daimon, aunando una expresión de intriga en su rostro anguloso, de barba cobriza y ojos profundos.

—El piloto, por desgracia, falleció. Pero mi hermano, por fortuna, logró sobrevivir.

Mokuba miró con especial atención el rostro de cada uno en cuánto salió de su boca la declaración.

Ziegfried Von Schroeder, quien izaba la copa de vino por cortesía sobre la mesa, la detuvo en su camino al paladar por una fracción de segundo.

—Sin embargo, no salió del todo ileso— añadió, sin apartar su mirada de Ziegfried—. Tiene un brazo y una pierna comprometidos, por ello me ha pedido no desmentir nada mientras no se recupere por completo y pueda hacerlo por sí mismo. Y, por supuesto, también es quien me ha solicitado convocarlos para ponerles al tanto de su situación.

—Vaya muestra de generosidad para con nosotros— contestó el de pelo rosa y ojos aguamarina, con cierto aire de ponzoña mientras bebía otra vez de la copa. El traje lavanda que llevaba puesto lo hacía ver tan elegante como su largo cabello rosa.

— ¡Qué alivio! — Exclamó Pegasus, con su ya conocido ademán exagerado.

—Pero, ¿por qué decidió ir en el helicóptero y no en su Jet Privado del Dragón Blanco de Ojos Azules? — Formuló Konosuke—. Este último posee un mejor sistema de seguridad.

—Mi hermano lo prefiere para largas distancias, por lo usual, cuando tienden a surcar fuera del país. Para las distancias cortas, decanta siempre por su helicóptero personal.

— Nos reconforta saber su estado— aportó Daimon—. Los medios de comunicación han especulado de tal manera que nos han tenido a la expectativa.

—Les aseguro que no hay razón para afligirse— volvió a señalar, cruzando las manos a la altura del bozo—. Mi hermano me dejó a cargo de todo hasta su recuperación. Así que, por favor, siéntanse libres de tratar conmigo el asunto que quedó pendiente por su ausencia el día del accidente.

—Imagino ha de saber que la razón por la cual establecimos la reunión ese día, era la implementación del registro de un Deck como parte del sistema de registro al ciudadano— comenzó Soichiro—. Al enterarnos del accidente, pospusimos la reunión para hasta hace dos días.

— ¿Quiere decir que se volvieron a reunir hace dos días atrás? — A Mokuba se le dificultó camuflar el pánico de que su rival hubiera anticipado sus pasos.

—Exacto, y en dicha reunión, evaluamos más a fondo la situación. Nuestra mayor preocupación era que quienes no fueran duelistas no pudieran completar su registro, pero confiamos en que el señor Kaiba tenía planeado la manera de contrarrestarlo. Lo citamos con el único propósito de que nos expusiera esa contramedida para su posterior aprobación.

—En resumen, ¿dieron el visto bueno a la condición?

—Así es, joven Mokuba. Pero no hay prisa en la ejecución. Con gusto podemos esperar a que el señor Kaiba se sobreponga.

—Vaya muestra de generosidad para con mi hermano— devolvió la oración de Ziegfried con el mismo tono espinoso al inicio del diálogo.

El empresario, por toda respuesta, se echó hacia atrás una parte de pelo en lo que a Mokuba le lució una seña por aparentar inmunidad.

—Su decisión me parece más que acertada, señores— regresó a su papel de anfitrión—. Le daré a mi hermano un informe puntual de esta junta, y en cuanto él esté dispuesto, programaremos otra. ¿Están de acuerdo?

—Por supuesto.

— ¡Yey, un brindis por Kaiba Boy!

Con aquel estribillo de Pegasus, los mayores a excepción de Mokuba chocaron sus copas con vino y dieron a la anuencia formal conclusión. El Kaiba menor los escoltaba hacia la salida de la Corporación a fin de despedirlos con igual formalidad cuando Ziegfried dejó atrás a sus compañeros de manera disimulada y pidió hablar con él en privado, petición que le fue aceptada.

— ¿Y, señor Ziegfried?

— Seré sincero con usted, joven Mokuba.

El muchacho comenzó a regular su respiración al compás de los latidos de su corazón, quienes empezaron a inquietarse por el tono y mirada hostiles que Ziegfried transmitió al hablar.

—Llámame loco, pero… Sospecho que Pegasus y los demás armaron un complot para asesinar al señor Kaiba.

— ¡Eso es una acusación demasiado peligrosa, señor Ziegfried! — Se esforzó por imitar la reacción de Isono cuando él llegó a la misma conclusión.

—Lo sé, lo sé, por eso lo más beneficioso sería que lo habláramos en un entorno más… seguro. Por el bien del señor Kaiba, le invito a mi casa el día de mañana, allí expondré los argumentos en los cuales baso mi teoría.

Mokuba sentía que a sus globos oculares les faltaba poco para salirse de sus cuencas por aguantar las ganas de explotar de la risa en su cara.

—De acuerdo.

—Perfecto, más tarde le avisaré los detalles.

Expresó su complicidad asintiendo en breve. Ziegfried se veía realizado al cruzar la puerta de salida. Un segundo después, salió corriendo tapándose la boca hasta que llegó a la oficina de la vicepresidencia, donde liberó al fin todas las carcajadas que le dolía comprimir en el estómago.

— ¿Joven Mokuba?

Isono se personó en la oficina, guiado por el estruendo de la risa. Mas el joven no le respondió hasta que no hubo recuperado el aliento y limpiado a su vez las lagrimillas que se le escaparon.

— ¡Mordió el anzuelo!

— ¿Entonces descubrió quién fue? —Quiso corroborar—. ¿Está seguro?

—Así es, fue Ziegfried Von Schroeder.

Isono creyó ver a un destello de oscuridad ensombrecer los ojos de Mokuba, incluso cuando estaba sonriendo.

—Y lo mejor de todo, es que sabe que yo lo descubrí.