—Joven Mokuba, se lo suplico, déjeme ir con usted.
En una insólita primera vez, Isono se quitó las gafas. Los ojos color chocolate se percibían temblorosos por la congoja, y parpadeaban en un esfuerzo por diluir las lágrimas en el globo ocular.
—No lo puedo consentir—. Tan pronto como aquellas palabras salieron de su boca, sus ojos ardían, resueltos por igual a detener las lágrimas—. Isono, tú eres el comodín.
— ¿El comodín?
—Ziegfried no previno que yo resolvería su intriga, eso de invitarme a su casa el día de hoy es un reflejo de su impaciencia por ganar tiempo y atar el cabo suelto.
—Con mayor énfasis necesita usted mi presencia. En estos instantes, ha de haber ajustado el mínimo detalle para su muerte.
—Exacto, pero si tú también mueres todo estará perdido.
— ¡No! ¡Si usted muere, todo sí estará perdido! —Unas pequeñas gotas de saliva se unieron al volumen de la exclamación—. El señor Kaiba es capaz de surgir entre los muertos si le tocan al mínimo una hebra de cabello.
Mokuba echó a reír buscando contraponerse a sus lágrimas, pero su voluntad cayó en picada como la gota solitaria que siguió su camino hasta descolgar en el mentón.
—Entonces más razón tengo en proceder, tal vez así resucita y regresa conmigo… Pero estoy seguro de que no le gustaría verme flaquear en estas circunstancias.
Se limpió todo rastro de humedad con la manga de su saco negro.
—Escúchame bien, Isono. — Agudizó la mirada—. Tú no puedes morir. Has estado en todos los momentos críticos, desde la ocurrencia del accidente hasta mis planes para dar con la mente maestra, eres el testigo clave y el único capaz de hacer justicia. Por eso, si el plan de Ziegfried se concreta y no sabes de mí en las próximas horas, necesito que entregues toda la evidencia a las autoridades no de la Ciudad Dominó, sino de todo el país.
—No puedo manejar semejante papel de importancia.
—Se lo debemos a Seto. —Con los ojos escondidos en su flequillo, lo tomó desprevenido al quitar del cuello el relicario y ponerlo frente a él—. Mi única posibilidad de sobrevivir es que Zigfried, en su desesperación por eliminarme, cometa un error. Pero, si la muerte me alcanza, quiero que entregues este relicario a Yugi.
Visto el desconcierto en el rostro de Isono, Mokuba se adelantó a exponer sus razones.
—Tal vez no tenga el mismo don de liderazgo que mi hermano ni sea un genio de la informática, pero lo compensa con la grandeza de su corazón. Además, Seto y yo no tenemos más familia a quien dejar por herencia la Corporación, aún así, no quiero echar por tierra todo por lo que mi hermano y yo tanto nos hemos sacrificado. Yugi es lo más cercano a un "amigo" que Seto ha tenido, así que…
—No puedo…
— ¡Tienes qué!— En un arrebato lo estrelló contra su cuerpo—. Ya no tengo más tiempo, debo prepararme.
Se dio la vuelta sin dedicarle una mirada, dejándolo allí, con la carga de ser el epicentro de todo sin la consideración a protestar. Porque, aunque hiciera mella en él reconocerlo, el joven Mokuba tenía toda la razón: se lo debía a Seto Kaiba.
Y por eso realizó la última llamada.
En paralelo a los pensamientos de Isono, Mokuba se conducía rumbo a la limusina. Ziegfried le había dejado un recado 'cifrado' con la recepcionista de que la reunión sería a las ocho de la noche, y esa hora se plasmaba en su reloj de mano para cuando abordó el medio de transporte.
—Buenas noches, joven Mokuba.
El tono sardónico del conductor, que surgió en el ambiente como la mezcla perfecta de la ironía con la demencia, hizo que su corazón pegara un brinco en un solo latido, dos cuando vio su rostro por el retrovisor.
— ¡Tú! — Fue lo único que atinó a vociferar.
—Oh, vaya, veo que me recuerdas aún con mi barba y ojeras. Qué honor.
Por supuesto que recordaba ese rostro, cómo podría olvidar aquellos ojos negros y los rasgos poco definidos de Fukase, quien años atrás había acusado a Seto de asesino frente al público presente durante la inauguración del Death-T.
Era un viejo empleado de Gozaburo que había perdido el rumbo de su vida cuando su hermano firmó el despido de todos aquellos que formaban parte del equipo de trabajo de su padrastro.
—No se preocupe, yo me encargaré de que llegue a su destino: el infierno.
Pisó el acelerador, mientras reproducía su risa desquiciada, conducía el vehículo con semejante locura que lo balanceaba de un lado a otro. Mokuba sentía que su corazón se descolgaba con la misma fiereza y a la par de la limusina, como una pelota rebotando contra la pared, pero al instante todo rastro de miedo fue suplantado por la tranquilidad y satisfacción del deber cumplido. Con gusto aceptaría si le tocaba morir: tenía la esperanza de reencontrarse con Seto.
—Un cabeza hueca como tú no pudo haber movido los hilos— respondió con igual tono socarrón.
—Oh, es una pena que me subestime. Hasta siento ganas de llorar.
—Fue Ziegfried, ¿no es así? Él te indujo a esto.
—No, no, no, no. Bueno sí— se oyó cual niño travieso—. Ambos compartimos el odio hacia ustedes, así que, una cosa llevó a la otra y...
En ese punto estaba la conversación cuando la limusina dobló una curva de manera brusca y lo estampó contra la puerta del asiento.
— ¿Es divertido, no?
Mokuba tuvo que solapar un quejido antes de encarar su expresión de lunático.
—No se saldrán con la suya esta vez. Si a mí también me ocurre un accidente, todos comenzarán a sospechar del gato encerrado. Yo serviré de salvoconducto hacia ustedes.
—Esta vez, no cometeremos el mismo error que con el malnacido de tu hermano.
A Mokuba lo recorrió un escalofrío.
—A simple razonamiento, un accidente es la mejor manera de ocultar un asesinato, y el crimen perfecto es aquel donde no hay testigos. Pero, en realidad, la única forma de lograr un crimen perfecto, es con la complicidad de un testigo.
Mokuba pensó decir que sí, que justo con ese fin él se había curado en salud teniendo al suyo, no obstante, hacerlo implicaba revelar su as bajo la manga, por lo que no tuvo más opción que la de guardar silencio y continuar preso de la incertidumbre.
—Vaya, gran idea la que han tenido.
— ¡Me alegra que lo reconozca!
En la tesitura de un segundo, el vehículo propició un inesperado frenón que lo empujó hacia delante. Mareado por el embiste, mantuvo los ojos cerrados hasta recomponer la visión.
Cuando se recompuso, de a poco recuperando la visión, el orificio de una pistola yacía en su frente, entre ceja y ceja.
—El día de mañana, los medios despertarán con la noticia de que el joven Mokuba Kaiba sufrió un accidente al su vehículo caer por el risco delante nuestro. Un humilde ciudadano, llamado Soichi Fukase, se dirigía a comprar cigarros cuando fue testigo de cómo la limusina perdió el control. Trató de ser un buen samaritano, pero no pudo ser más rápido que su caída al vacío.
Mokuba escuchó el chasquido del arma al calibrarse.
—Feliz viaje al infierno, joven Mokuba.
Uno, dos, tres fueron los disparos que siguieron a la despedida.
