Mokuba tenía los ojos enfurruñados a la espera de ver su vida pasar por sus ojos antes de recibir el impacto de las balas, pero al percibir el tenue olor de la pólvora, los abrió de golpe solo para confirmar que, en efecto, todavía circulaba el aire por su nariz.
Creyó que el cuerpo de Fukase con tres orificios era una mera ilusión hasta que se halló a sí mismo salpicado de sangre.
Horrorizado, con un grito atravesado en la garganta que de pronto le dificultaba respirar, salió espasmódico de la limusina.
Allí, sosteniendo la pistola con una mano vendada, parado frente a la puerta del conductor, una figura le robó el aliento que amenazaba quitarle la bala.
— ¿Her… Hermano?
Seto surgió entre la oscuridad de la noche con el arma todavía expulsando humo por la boquilla. Era una visión, concluyó Mokuba, la prueba de que Fukase había concretado el homicidio realizando a su vez el anhelo de reencontrarse con su ser querido en el más allá.
Su adorado hermano, su padre, su madre, su todo, soltó la pistola, se desplomó de rodillas al suelo y le abrió los brazos con lágrimas en los ojos.
—Regresé, Mokie.
— ¡Seto!
Corrió a mullirse en su pecho, a llorar con el mismo desquicio de cuando el médico legista confirmó su deceso, elevando sus gritos hasta enronquecer la voz.
El hombro de su hermano, aquella sección de piel por debajo de la ropa, se sentía tan cálida que casi podría jurar que gozaba de vida, que no era un espíritu.
Hasta que una mano de largos dedos acarició su pelo, y él, atónito, dividido entre la emoción de que todo fuera real y la amargura de tener que enfrentar que fuera mentira, se volteó a mirarlo a la cara.
Los ojos azules tenían el brillo del mar cuando los rayos del sol se reflejaban en sus aguas, creando la ilusión de que habían miles de pequeños diamantes esparcidos al compás de las olas.
—Soy yo, Mokie— condujo sus manos de los hombros a las mejillas, tibias a su tacto—. Estoy vivo.
— ¿De verdad eres tú, hermano?— Recorrió cada extensión aún temeroso de la respuesta.
— ¿Quién más te llamaría Mokie sino?
— ¡Hermano!
Otra vez se arrebató en llanto, pero esta vez no era el de un ser afligido a quien le arrancaban de raíz el corazón, sino el de un niño que acababa de salir del vientre de su madre. Así se sintió Mokuba, como si hubiera vuelto a nacer, a vivir.
Seto lloró con él, besó su mejilla y su frente antes de apartarlo.
— Sé que es mucho lo que debes digerir ahora mismo— lo instó a ponerse de pie junto a él—, yo estoy en la mejor disposición de responder a tus preguntas, pero antes, debemos asegurarnos de ponerle fin a esto.
Las palabras lo regresaron a la importancia de su entorno. Al dirigir la vista hacia su costado, una pequeña piedra le mostró el ejemplo de cómo sería su verdadera muerte si daba un solo paso en falso. Fukase no había mentido. Recordarlo sumó un cargo de conciencia en el retorno de su lucidez.
—Fukase, tú lo…
—Era tu vida o la suya. No tengo remordimientos.
Las líneas de su rostro endurecidas al instante le pusieron sello a sus labios como si se tratara de una cremallera. Lo intimidaron a tal escala que no fue capaz de prestar atención al sonido de unas llantas frenar en el asfalto.
— ¡Señor Kaiba!
Ambos dirigieron la vista hacia donde provenía la voz que de inmediato dibujó un rostro en sus mentes.
— ¿Isono?
—Rápido, Isono, ayúdame a empujar la limusina hacia el risco. Esta es una zona poco habitada, pero cualquier morador equis podría identificarnos.
— ¡Sí señor!
Mokuba fue a tal grado abstraído por su asombro, que apenas reaccionó a la voz de Seto advirtiéndole que se alejara. Vio en moción lenta cómo la limusina rodó por la pendiente hasta culminar en una explosión.
Todo parecía suceder durante la transición de un segundo a otro, incluyendo al momento en que su hermano, tomándole de la mano, lo montó al auto negro esta vez con Isono al volante.
El tiempo volvió a seguir su curso al contactar de nuevo los ojos azules, y entonces solo se abrazó a él como lo haría un niño con su peluche de dormir.
—Bien— comenzó Seto, sin dejar de arrullarlo—, empecemos por dónde diablos estuve todo este tiempo.
—No, empecemos por la traición de Isono— dijo muy campante, aguantando la risa cuando escuchó al nombrado tragar en seco.
—Era vital que tú también te convencieras de mi muerte, Mokie.
— ¿Acaso no confiabas en mí, hermano?
— ¿Recuerdas la casa donde me retiré a diseñar el primer prototipo de Disco de Duelo?
Mokuba dedujo su intención de esquivar una discusión.
—Así que ese fue tu escondite— dijo, en lugar de reclamar. Sabía que Seto tenía sus motivos y quería exponerlos según su propia cronología.
—Tenía lo suficiente para sobrevivir.
— ¿Y el accidente? ¿También fue un montaje?
—No. Desde hace meses, sospechaba que los regidores de la Ciudad Dominó tenían cierto interés en el capital tecnológico de la KC. No podía ser fortuito que me dejaran hacer y deshacer todo cuánto yo me proyectaba sin obtener ningún beneficio a cambio: era por su estrategia de tener esa tecnología a su disposición a través de mí. En sus planes a futuro, sabía que para ellos yo me convertiría en un estorbo o en una amenaza.
—Por eso mandaste a Isono a investigar.
—Exacto. Gracias a Isono, descubrí que de facto no eran los regentes de esta ciudad quienes perseguían mi cabeza, sino Ziegfried Von Schroeder.
—Ese maldito… Nunca superó que Pegasus eligiera la KC en lugar de Schroeder Corp para el sistema de hologramas del Duel Monsters.
—Acertaste en todo menos en eso, Mokie.
— ¿A poco también le pasabas
informe sobre mis movimientos? — Apuntó hacia el guardaespaldas—. ¡No sé cómo me mirabas a la cara!
— ¡L-lo siento! Pero fueron órdenes muy estrictas de su hermano mayor.
— Está bien, seré benevolente por ahora— le guiñó el ojo—. ¿Y por qué no acerté, hermano?
—Porque el propósito de Ziegfried no era gobernar la KC al tenerte por títere a mi fallecimiento, sino provocar la muerte de ambos para hacerla desaparecer, y que la suya, Schroeder Corp, ocupara su lugar.
— ¡Por eso no quisiste que yo fuera contigo!
Seto recrudeció el abrazo.
—Debía protegerte a toda costa. —Su voz se quebró hacia la entonación final—. El día del accidente, le ordené a Isono supervisar el estado del helicóptero antes de partir. Todo estaba en orden a excepción del combustible.
—Era un sencillo dos por ciento menos de acuerdo a la distancia prevista a recorrer. —Se inmiscuyó ante la mención de su nombre—. Esa insuficiencia, de modo irónico, era más que suficiente para forzar la capacidad del motor y suscitar una explosión.
— Tú ya lo sabías… sabías del atentado incluso antes de abordar, pero aún así lo hiciste.
—Solo así lograría discernir el momento en que Ziegfried había elegido poner su plan en acción.
Todo cobraba sentido, el mínimo detalle enlazaba con otro y otro. Mokuba no podía estar más maravillado. Creía conocer santo y seña de su hermano, estar a la par con él, pero aquello dejaba en evidencia que Seto estaba en un plano superior.
—Fue sencillo diferenciar al piloto falso del que yo había contratado, debido a su costumbre de siempre colocarse el casco mientras encendía los motores. El impostor llegó con todo puesto y unas gafas oscuras. Cuando estábamos a cierta distancia, fingió estar horrorizado por la condición del motor.
Creyendo asegurarle la muerte, dijo, tomó el único paracaídas de emergencia con que contaba la aeronave. Ambos pelearon por el artefacto mientras iban en picada con miras a estrellarse en una colina. Seto se coronó sobreviviente, pero al costo de perder su gabardina, el relicario, y de las vendas que cubrían las heridas en sus manos.
—La lógica de Ziegfried es que la complicidad de un testigo es la clave para cometer el crimen perfecto, ya que todo el peso del asesinato cae sobre él y no sobre su autor intelectual. De manera que, eliminado luego al testigo, se resuelve todo. Supongo que dentro de sus planes también estaba la muerte del piloto, y al darse por confirmada, dedujo que con la mía había tenido éxito por igual.
—Todo eso por mí, por mí culpa— el menor se mordió los labios al punto de lastimarse—. Era más lógico que tú sobrevivieras en mi lugar, que fuera yo quien estuviera en peligro de morir. ¿Por qué…?
—Porque tú sí fuiste capaz de vivir sin mí, pero yo sería incapaz de vivir sin ti.
Los ojos de Mokuba volvieron a inundarse de lágrimas.
—Porque, sobre todas las cosas… Yo confiaba en ti. En tu inteligencia, en tu propia fuerza, en tu astucia para conseguir todo cuánto te propones.
—No sigas, por favor no sigas…
—Porque confiaba en que tú no descansarías hasta dar con las pruebas, hasta hacerme justicia, hasta volver a encontrarte conmigo aún si fuera en el más allá.
— ¡Ya, por favor! — Imploró con la voz estragada por los sollozos—. No te merezco, eres demasiado para un pelele como yo, que ni en sus sueños puede aspirar a ser igual que tú.
—Nunca debes aspirar a ser igual que yo, Mokuba— acarició su pelo sin deshacer la unión entre ambos—. Sé superior. Y, en todo caso, quien no te merece soy yo. Por mí, por mí culpa, enfrentaste aún hasta la muerte.
—Lamento interrumpir tan hermosa escena de amor fraternal, pero— ambos destinaron a Isono una mirada enfurecida que, de haber tenido las propiedades de una bala, lo hubiera fulminado al instante sin la oportunidad de decir sus últimas palabras—… ¿Y el señor Ziegfried? ¿Qué pasará con él?
Una sonrisa curvó los labios del castaño.
—Digamos que sufrirá un pequeño accidente.
FIN
¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEER HASTA EL FINAL!
Si gustan, puedo crear un apartado especial titulado «Agradecimientos y curiosidades», donde les revelo algunos detallitos del proceso creativo y les brindo un agradecimiento más formal. Es opcional, sin embargo. Así que, si desean que lo realice, por favor háganmelo saber en los comentarios.
