Título: K-a-t-s-u-k-i.
Sobre la historia y alguna que otra advertencia: Centrado en, como puede leerse en el título, Kacchan. Largas menciones a discapacidad auditiva y todo lo que implica, crisis existenciales por ello y Kacchan siendo imbécil porque aceptar algo así no es fácil y él tiene la lengua muy corta. Algunas partes con un poco de dolor emocional. Dicho está; sobre advertencia no hay engaño.
K-A-T-S-U-K-I
Por:
PukitChan
A pesar de cuánto lo detestas, ellos continúan hablando. Lo sabes, no por el sonido de sus voces, sino por la estúpida vibración del celular que olvidaste apagar nada más al llegar y que ahora insiste en reproducir de forma textual la conversación que transcurre frente a ti, pero de la que no pretendes ser parte. «Maldito Pikachu», piensas con una sensación de irrealidad creciendo en tu interior mientras desvías la mirada del póster que tiene el extraño intento de un hipocampo azul hacia la silla de ruedas que se mueve de adelante hacia atrás a pocos metros de ti. «¿Qué mierda hago aquí?», te repites por enésima vez, impaciente, decidiendo mirar por fin al culpable directo de la interminable y molesta vibración en tu bolsillo debido a su absurda, larga e innecesaria perorata: Tensei Iida.
El hermano mayor del Cuatro ojos no lucía como un robot mal aceitado en sus movimientos pero, en tu opinión, era aún más irritante que el que conociste primero. El Iida 2.0 (sí, 2.0 porque lo habías encontrado después y seguía siendo un maldito extra) sonreía mucho más e insistía tanto en escribir cada palabra que decía en un estúpido cuaderno sólo para ti, que terminaste por descargar la maldita app que ahora, con su vibración, está ocasionándote el intenso deseo de arrojarle el celular a la cara para ver si así se callaba. Para ver si todo eso por fin se detenía.
Observas a tu alrededor y cuentas, una tras otra, las personas que te rodean. Todos y cada uno de ellos son héroes profesionales, aunque a estas alturas no sabes si siguen conservando su licencia o sólo están ahí para revivir sus viejas glorias, pretendiendo no ver que sus carreras se fueron a la mierda. Tú mismo no sabes qué pasará con la tuya. Después de todo, por tu «condición» (como la maldita Comisión de Héroes lo llamó), tu futuro está en una cuerda floja. Y apenas tienes veinticinco años.
Te miras las manos ansiosas por causar alguna explosión. Sabes que allá afuera hay alguien derrotando villanos y salvando personas mientras que tú, maldita sea, estás en esa pequeña, calurosa y atascada sala de sillas incómodas con héroes que fueron forzados a pausar su vida, porque durante una batalla y después de ésta, incluso con una victoria entre sus manos, los villanos y la Comisión no perdonan nada y a ti te repugna eso.
Entonces notas que todos guardan silencio. Y no es por la ausencia de ruido, sino porque la vibración de tu teléfono ha parado desde hace un buen rato. De mala gana alzas la mirada y te encuentras con aquello que no querías ver: héroes en sillas de ruedas, con prótesis, con bastones, con perros de asistencia. Heroínas cuyas cicatrices no se limitaban a señalar una herida pasada de una batalla ganada, sino que mostraban la ausencia de manos, piernas, ojos y dedos. Una de ellas había sido torturada por información mientras le clavaban agujas en los ojos, quitándole así la vista. Y ahí, en medio de todo eso, tú te encuentras sin escuchar lo que dicen, sin entender qué ha pasado para que todas las palabras se volvieran silencio, pero sabiendo que ahora eres el centro de atención, porque Tensei mueve su mano, despacio, para que tus ojos se centren en él.
«Ba-ku-go» dicen sus labios con un sonido que no escuchas, pero que alcanzas a entender porque Tensei mueve su boca despacio, con una paciencia que no quieres que sienta por ti.
«No lo escucho», piensas mientras sacas el puto celular de tu bolsillo, leyendo en la app los últimos fragmentos de la conversación que tenían. El grupo de ayuda para héroes profesionales que habían adquirido alguna discapacidad durante su servicio, creado por Tensei Iida, había acumulado más de doscientos mensajes en tan sólo media hora. Tú, por supuesto, no ibas a leerlos todos.
«¿Quieres decir algo, Bakugo?», dice con letras brillantes las últimas palabras en tu celular. Frunces tu ceño y cruzas los brazos, dando tu respuesta con ese gesto. Mierda, ¿hablar? ¿De qué se supone debes hablar? Tú ni siquiera quieres estar ahí.
—No soy imbécil. No me hables así —escupes en su dirección. Ante tu respuesta, Tensei sólo se rasca la mejilla, suspira y continúa la conversación con otros miembros del grupo, quienes tampoco desaprueban tu actitud.
Un montón de extras dicen que ellos son idénticos, pero para ti, Tensei no se parece en nada a su hermano menor.
Tu respiración se acelera junto con el movimiento de tu cuerpo. El sudor que recorre tus palmas logra que las baquetas desgastadas comiencen a emitir un ligero aroma a quemado que decides ignorar, intentando descargar en la tarola y los platillos el acelerado ir y venir de tus pensamientos. Los pedales del bombo y el hi hat comienzan a sentirse extraños, ya no como una parte de aquella batería en la que has decidido arrojar toda tu furia, sino como una cosa más que has perdido, porque aquellos sonidos que alguna vez eras capaz de producir con unos cuantos movimientos, ahora se habían transformado en un vacío.
¿Cuánto tiempo llevas allí, encerrado en esa habitación, destrozando baterías? Tal vez un par de horas durante unos cuantos días. Lo suficiente para que tus brazos se sientan agotados y tu columna comience a reclamarte por aquella postura inclemente. Sabes que no está bien lo que haces, pero ¿a quién le importa? A ti no en ese momento, desde luego. ¿Los vecinos ya comenzaron a quejarse por el intenso ruido de la batería en el que llevas horas ahogándote a pesar de que para ti sean sólo movimientos de cosas que golpeas? Bien, pues todos ellos pueden irse a la mierda. No es como si pudieras escucharlos de todos modos. Sonríes con ironía, arrojando las baquetas contra el más pequeño de los platillos, intentando obstinadamente recordar cómo era aquel sonido. ¿Era fuerte o más bien chillante? Tus pies se mueven cada vez más rápido, más impacientes, más furiosos. Aquello que habías aprendido a hacer tras años de práctica, ahora era sólo una basura más que debías desechar por un estúpido villano y un mísero momento. Tus manos sueltan chispas y antes de que te des cuenta, la rabia acumulada estalla y avientas las baquetas quemadas al suelo mientras pateas la batería, comenzando a pisotearla, gritándole con rabia y maldiciendo toda su existencia, como si el instrumento pudiera responderte; como si tú pudieras escucharle.
No oyes el sonido de tus explosiones, ni la rabia y mucho menos tus gritos, porque lo único que te ha rodeado por semanas ha sido el silencio, tu cuerpo cansado y unas cuantas baterías destrozadas. En esa habitación, donde has decidido refugiarte del mundo, sólo hay pedazos quemados y rotos de algo que, pensaste, tendrías para siempre. Allí sólo estás tú, odiando con todas tus fuerzas el sentirte tan miserable. Tan estúpido. Tan inútil.
Sabes que afuera de esas puertas hay personas que te esperan, pero no quieres su maldita lástima. Recuerdas los mensajes, las visitas que ignoraste y las llamadas que se cortaban y se volvían textos porque algún descuidado había olvidado que ya no puedes ni siquiera contestar tu pinche teléfono.
Te sientas en el suelo sucio luego de tantas pequeñas explosiones que surgen cada vez que tienes el deseo de continuar destruyendo algo. Un mar de basura te rodea y emociones que no quieres sentir te persiguen mientras aprietas los puños al mirar tantas baquetas rotas y quemadas. Cuando eras niño y apenas estabas aprendiendo a tocar la batería, tu don había carbonizado un sinfín de ellas cada vez que perdías el ritmo y tus emociones te sobrepasaban. En ese entonces era fácil estallar y detrás de ti no había otra cosa más que extrañas miradas y suspiros exasperados. Cuando eras pequeño no había consecuencias, porque existían cosas inadecuadas que se consideraban correctas.
Ahora es fácil verlo porque ya no tienes siete años, estás lleno de cicatrices y experiencia, y te has convertido en un héroe a punto de ser desechado.
No sabes cuánto tiempo ha transcurrido ni tampoco cómo ha pasado, pero de pronto una figura llama tu atención. Está de cuclillas cerca de ti y te observa con una expresión preocupada que no le habías visto en mucho tiempo, o que quizá nunca quisiste mirar. Tu madre, Mitsuki, está ahí y no entiendes por qué su mirada logra que todo se sienta más real. No sabes qué en ella consigue siempre que te sientas más como un pequeño niño que ha caído al suelo y no como un héroe profesional, pero de pronto estás ahí, desviando tu rostro porque no puedes sostener aquel momento. No así, no frente a ella de entre todas las personas.
Cierras los ojos, humillado, preguntándote qué sucederá con ella y contigo de ahora en adelante. Piensas en lo que hará o qué pensamientos estarán cruzando por la mente de tu madre al darse cuenta de que el hijo al que crio con tanto orgullo ahora está tirado en el piso.
Entonces, más que ver, sientes sus movimientos. Se acerca y abres los ojos para ver la sombra de tu madre levantando su mano y por un segundo te preguntas si Mitsuki querrá hacerte entrar en razón de la única manera en la que a ti te han entrado las cosas durante mucho tiempo. Pero todo lo que sientes es la mano de tu madre acariciando tu barbilla, sujetándola para que levantes el rostro y la enfrentes. De ella aprendiste eso. Es por tu madre que siempre enfrentas las cosas directamente.
La miras. Sus ojos, espejo de los tuyos, tienen un dejo de ternura que se pierde en la preocupación cuando la ves separar sus labios y pronunciar algo.
—Katsuki
Tu nombre envuelto en el silencio.
De pronto, algo en tu pecho se contrae y hace que tu estómago se revuelva al darte cuenta de que nunca más escucharás tu nombre en la voz de tu madre. Que, más que su extraña suavidad, echarás de menos sus gritos, sus risotadas y aquellas discusiones que mantenían y podían escuchar todos los vecinos en la calle, porque si existía algo que en verdad habías heredado de ella eran esos estupendos pulmones.
—Katsuki —repite el movimiento y a ti te tiemblan los labios por la terrible sensación de profunda pérdida que estás enfrentando. Ese es tu nombre, ¿cierto? Está diciendo tu nombre, ¡¿verdad?! ¡¿Entonces por qué no simplemente lo grita?! ¡¿Por qué está tan tranquila?! ¡¿Por qué tu madre no está gritándote por ese cementerio de baterías a sus pies, como lo habría hecho cuando eras niño?! ¡¿Por qué ahora todo era silencio y calma?! ¡¿Por qué ahora no te regaña?!
—Katsuki —Antes de siquiera intentar impedirlo, ella te envuelve en su cuerpo. Los delgados brazos que te rodean son suaves y cálidos y aun así se sienten más fuertes que tú en tu mejor momento. Te acurrucan con cuidado, sosteniéndote, y tú te aferras a ellos con desesperación mientras las primeras lágrimas, esas que con tanta rabia habías retenido, caen por fin de tus mejillas hasta su hombro.
Gritas y no consigues escucharte.
El silencio, ese maldito silencio, está asesinándote.
Ahora que lo piensas, no sabes cómo tu madre se las ingenió para entrar en tu departamento y hacerte recibir a alguien, incluso si departamento fuera una palabra demasiado estirada para definir aquel micro lugar en el que conseguiste alojarte. No tiene mucho, pero es tuyo y está cerca de tu agencia (¿o exagencia?) y, además, cabía tu batería. Aunque ahora sólo quedan los restos de ella.
Miras de soslayo. Sentada en el suelo, con los pies acomodados encima de tus piernas, se encuentra Jirou. Está moviendo unos trozos restantes de baquetas quemadas con sus manos y estás seguro de que sí allí quedara algo que se asemejara a un instrumento, aquello sonaría bien. No parece preocupada ni tiene prisa por esfumarse. De hecho, está tan cómoda en el suelo junto a ti, que comienza a irritarte.
—¿Qué quieres, carajo? Dilo o lárgate —ladras, porque es así como te salen las palabras. Ella te voltea a ver como apenas hubiera notado tu existencia, sin señalar tus ojos hinchados y tus manos lastimadas. Hurga en los bolsillos de su pantalón roto, sacando un pequeño cuaderno y una pluma en la que comienza a escribir balanceando los auriculares de sus orejas. Frunces el ceño pero esperas porque no tienes más remedio y no quieres tener frente a ella una situación como la que tuviste frente a tu madre.
Al final voltea el cuaderno, lo señala con su auricular y tú bajas la mirada para leerlo.
«Acompañarte, maldito insoportable.»
—¡¿Ah?! ¡No necesito tú compañía! ¡No quiero nada de ustedes!
Jirou sonríe de lado y arquea una ceja, girando el cuaderno para volver a escribir.
«¿Ustedes?», preguntan sus letras y en ellas puedes leer la burla que te hace chasquear la lengua, porque estás seguro de que Jirou sabe lo que hizo Denki en tus primeros días de autoimpuesta soledad, luego del ataque de aquel villano. El maldito Pikachu te había estado esperando por quién sabe cuántas horas afuera de tu edificio y cuando consiguió atraparte sacando la basura, usó pretextos de mierda para arrastrarte en su caminata sin palabras que terminó con un anuncio de una exposición sobre All Might que se realizaría a poco más de media hora de donde estaban. A regañadientes, permitiste que Denki te jalara por el brazo, sólo para descubrir que todo había sido un puto engaño.
Denki te había arrastrado a tu primera reunión del grupo de ayuda de Tensei con una enorme sonrisa pintada en todo su rostro, sin darte tiempo para escapar porque todo el tiempo te sujetó para que no explotaras nada de allí. Desde entonces, una vez a la semana, tenías a ese Pikachu merodeando en tu departamento a la hora de las reuniones, obligándote a asistir a ellas.
«Te hará bien hablar con alguien que te entienda, Kacchan», había dicho con seriedad, como si ese idiota supiera algo sobre estar bien o cómo se pronunciaba adecuadamente aquel estúpido sobrenombre. ¿Por qué arrastraba de esa manera las letras? Izuku no lo hacía así. No era la manera en la que Izuku lo llamaba.
«¿Has considerado aprender lengua de señas, Bakugo?» insiste la nueva oración de Jirou.
Todos y cada uno de ellos actuaban como si en verdad entendieran lo que estabas sintiendo.
—Tu voz no era del todo fea —dices, cambiando el tema y sabes que le has arrebatado las palabras porque te mira sorprendida, pero tú sólo dices la verdad de aquello que recuerdas, de las noches en las que practicando con la batería, ella se sentaba en el suelo junto a ti y comenzaba a tararear canciones, desgranando letras que no tenían sentido más que para ella, pero que aun así te dejaba escucharlas, porque así fue como ustedes comenzaron a ser amigos. A través de los sonidos. Sí, lo sabes perfectamente. Ella cantaba con el alma hasta que se le desgarraba la garganta. Hasta que no podía más y sólo le quedaba suspirar y a veces llorar.
No se lo dices, pero Kyoka ahora sabe que vas a echar de menos esas noches sin silencio.
Ignorando una vez más la vibración de tu teléfono que transcribe la conversación, cuentas con la mirada los héroes y heroínas que están a tu alrededor en esa reunión. Hay más personas en comparación con la última semana que asististe y aunque Tensei parece muy orgulloso de eso, estás seguro de que no se debe a los clichés con los que están envueltos sus discursos, sino más bien a la persona que decidió acompañarlos esa semana: Trece, con una sonrisa amable que te recuerda insoportablemente a la de alguien más a quien que no quieres nombrar porque lo puedes invocar, está manteniendo un largo monólogo que se reproduce en la pantalla de tu celular. No lo lees, pero lo que sí haces es mirarla; no sólo es extraño estar en su presencia sin que Trece use su traje profesional, sino también prestarle tanta atención a su brazos, mismos que muestra sin vergüenza en cada uno de sus ademanes. Trece tiene las manos tan destrozadas que pretender usar su quirk es lo de menos. Cada actividad diaria, recordar tan solo las funciones más básicas, debió haberle costado años de terapia.
Pero Trece no parece preocupada por ello, aunque estás seguro de que detrás de esa sonrisa hubo cientos de lágrimas. Ella, como tantos otros héroes profesionales, terminó con esas heridas y cicatrices después de la guerra. Inclusive si lo analizaba con cuidado, podría decir que la discapacidad de Tensei también fue una consecuencia del caos en que el que sumergió la sociedad aquellos años.
—No quiero oírte decir nada. —Las palabras te salen mucho antes de que lo mires, pero sabes a quién se las dices. Después de todo, Tensei no era lo que llamas cuidadoso cuando se trataba de volverte más participativo en las reuniones a las que Denki continúa arrastrándote. Ahora, con las personas preguntándole a Trece sobre su experiencia en la rehabilitación física, el Iidia 2.0 al parecer consideró como buena idea el acercarse a ti.
Lo ves anotar con rapidez en su cuaderno y te pasa el papel, como si aquel fuera un mensaje secreto en mitad de la clase.
«Debes hablar sobre lo que te está pasando. Esa manera de expresarte también te está lastimando.»
—¡Dije que no quiero oír nada! —susurras con mal humor.
«Bakugo, necesitas aprender lengua de señas.»
—¡Ya lo escuchaste! ¡No necesito esa maldita mierda!
«Te ayudará a comunicarte mejor.»
—¡No es más que…!
Entonces, desde atrás, unas manos se colocan sobre tu boca, callándote antes de que tus intentos de susurros, que han llamado la atención de quienes están a tu alrededor, por fin se transformen en gritos. El sabor metálico de la mano que te rodea y detiene se adentra en tus labios y te mueves enojado hasta que reconoces el cabello blanco que comienza a balancearse frente a tus ojos.
Es Miruko.
Bien, por supuesto que ella tiene todas las razones del mundo para estar ahí; sin embargo, nunca las has visto asistir a esas reuniones. Y conociéndola tan bien como la conoces, sabes que no es el tipo de persona que acepta sentarse a hablar con gusto de cómo unos malditos Nomus le destrozaron sin piedad miembros de su cuerpo. Aunque, quizá, te dices a ti mismo mirando a Trece mientras Miruko te obliga a calmarte, era que ella no habla del pasado con desconocidos. Tal vez alguien como Miruko miraba el pasado tomada de la mano de una única persona.
«Existen cosas que no pueden hacerse estando solo, Bakugo», te había escrito Sero en uno de los primeros mensajes que habías aceptado leer luego del ataque. «Estoy seguro de que ya sabías eso.»
¿Lo sabías?
La pantalla de un celular apareció frente a ti. Miruko te escribió un mensaje.
«No la interrumpas, idiota. Anan no tiene la culpa de tus problemas de aceptación. Deja de ser estúpido con quienes intentan ayudarte.»
Sí, sí lo sabías. Pero eso no significaba que pudieras aceptarlo tan fácilmente como otros lo hacían.
No lo viste, pero a tu lado, Tensei recibió un mensaje y suspiró.
Sabías que la pregunta no era si un día el maldito nerd aparecería frente a tu puerta, sino más bien cuándo lo haría. Así que, encontrar a Izuku esperándote afuera de tu edificio después de su patrulla, fue lo más cercano a sentir que tenías la razón sobre algo en tu vida después de tantas semanas de mierda.
Lo viste desde que doblaste la esquina. Izuku está mirando la pantalla de su celular con un gesto contrariado que te irrita de una manera visceral. No entiendes por qué simplemente no sujeta el maldito aparato y hace una llamada para así acabar con la absurda situación que esté ocurriendo. No entiendes por qué ha decidido pararse frente a tu edificio y esperar tu llegada en lugar de intentar mandarte mensajes, así como lo hacían los otros tantos extras de quienes ni siquiera tenías registrado sus números. No te has acercado y te preguntas cómo logra hacerte enojar tanto. Lo que sí sabes, lo que ni siquiera te has cuestionado, son los motivos: sabes que está ahí porque a Izuku le encanta meterse en donde nadie lo ha llamado.
—¿Qué? —dices de mala gana al acercarte, sin intención de moverte de la entrada ni de buscar las llaves. No piensas subir las escaleras con él y mucho menos dejarlo entrar a tu apartamento. No a él de entre todas las personas. No quieres que te observe con esos ojos verdes de cachorro suyos que también son capaces de leer el alma. No quieres que Izuku te mire y sepa lo que sientes, así como lo había hecho desde que eran niños.
Te fuerzas a mirarlo, porque de otra manera ni siquiera sabrías si de verdad te está hablando. Esperas un Kacchan que nunca llega porque no lo ves mover sus labios para decir algo. Lo que sí pasa, y por un momento parece un escenario inesperado que en realidad no debería sorprenderte, es que Izuku sonríe y alza sus manos toscas llenas de cicatrices. Lo que querías evitar, porque lo conoces más que a cualquiera en este maldito mundo, está justamente por pasar.
Él cierra sus manos. Sus dedos forman señales. Es lento a propósito y lo sabes porque alguna vez en el pasado, lo viste hacer eso: Izuku está señando con sus manos mientras te mira preocupado.
Algo se revuelve en tu estómago. Una rabia que no sabe de dónde surge te hace crear pequeñas chispas en tus manos. Luego, un grito sale de tu garganta y aunque no sabes qué tan fuerte fue, obliga a Izuku a detener el movimiento de sus manos y entonces, sólo hasta ese momento, su sonrisa desaparece.
—¡Vete a la mierda, Deku! —Es lo que dicen tus palabras y por la manera en la que te mira, sabes que ya no hay vuelta atrás. Pero no puedes detenerte, porque no quieres entender lo que Izuku dice con sus manos. No quieres aprender lengua de señas porque hacerlo significaría ponerle fin a tu vida como héroe profesional. Sería aceptar que los villanos ganaron y maldito fueses si alguna vez te dejabas derrotar—. ¡No necesito tu lástima! ¡No necesito saber nada de esa estupidez ni de ti! ¡Lárgate!
No te das cuenta de lo rápido que estás respirando, de la rabia impregnada en cada palabra ni que tienes tu mano a punto de crear una explosión hasta que ves la mirada de Izuku llenarse de tristeza y olvidar cómo es su sonrisa. De pronto, agitado y procesando la mierda que no escuchaste pero dijiste, bajas tu mano cuando él desvía la mirada en un gesto que te duele profundamente porque sabes que él no es de los que rinden, pero en ese momento lo está haciendo. Izuku comienza a caminar, alejándose y sueltas una maldición, porque sabes que no tienes ningún derecho a ir tras él después de todo lo que dijiste.
Entras al edificio. El ascensor sube lento, como si quisiera torturarte. Te repites una y otra vez cada palabra, cada mierda que sacaste contra alguien que no la merecía. Cuando por fin llegas a tu departamento, azotas la puerta con la última expresión del otro atormentando tus recuerdos.
Izuku había dejado de ser Deku hacía mucho tiempo.
Mierda. Mierda. Mierda.
¡¿Qué hiciste?! ¡¿Qué estupidez hiciste?!
Se suponía que ya habías dejado de culpar a Izuku por tus propias idioteces.
Cada una de sus acciones está diseñada para irritarte. Ya lo sabías, pero mirando a Shouto sacar las compras de Uraraka con esa desesperante lentitud, lo terminas por confirmar. Afuera el atardecer está cayendo y ellos de pronto han aparecido con ingredientes en la mano para una cena temprana, sin darte la posibilidad de cerrarles la puerta en la cara. Ochako porque te miró como si todo en ti no fuera otra cosa que un chiste mal contado y él por su absoluta falta de expresión. En serio. ¡¿Cómo Todoroki conseguía exasperarte tanto sin hacer nada?! No es como si parloteara por horas, y aun cuando lo hiciera, no lo escucharías. Entonces, ¡¿por qué?!
—Cenen en otro lado —dices en un débil intento de sacarlos, aunque sabes que no tiene sentido ya y que, además, tampoco suenas serio al respecto. Quizá porque estás cansado. Tal vez porque las palabras que le dijiste a Izuku todavía pesan en tu pecho y no tienes ganas de que eso que se acumula en tu estómago, y se asemeja mucho a la culpa, siga creciendo.
Shouto levanta el rostro y reconoces el ingrediente que tiene en su mano, mismo que examina unos instantes antes de pasárselo a Ochako. No dice nada, pero algo en su mirada te dice que ambos saben lo que ha pasado entre Izuku y tú. Chasqueas la lengua y te cruzas de brazos optando por ver qué rayos pretende hacer Ochako en tu cocina. Bien, no luce como algo que arriesgue el orden que mantienes, pero aun así estás atento porque la has visto cocinar y has probado al menos un platillo recién preparado de ella. De ambos.
Miras la pequeña mesa. No sabes en qué momento los empaques de comidas instantáneas se acumularon cuando siempre has sido el primero en quejarse del desorden y la terrible dieta de los demás. Tampoco recuerdas cuándo fue la última vez que tuviste una comida decente. Sólo recuerdas las baterías destrozadas y los sonidos que poco a poco van desapareciendo.
No notas cuánto tiempo llevas sin quejarte hasta que una servilleta se desliza por la mesa. Reconoces la horrenda letra de Shouto desde las pasantías con Endeavor, cuando hacían los reportes juntos. Habías aprendido a encontrar el significado en esos feos y amontonados trazos y por alguna razón, antes de que logres leer lo que está escrito, aquello te hace esbozar una sonrisa burlona. Algún pinche defecto tenía que tener el maldito mitad y mitad.
Sin embargo, el sentimiento no dura lo suficiente.
«¿Tienes miedo?»
Es una pregunta directa y sin tapujos, como todo en Shouto. Es una pregunta que te incomoda y te hace recordar a Izuku cuando siempre está ahí para tenderte la mano. Cierras los ojos y maldices. Se parecen tanto que es insoportable.
—Eres un idiota.
«Has perdido muchas cosas y tienes que aprender a vivir de una forma diferente», dice con obviedad la fea letra en otra servilleta. Encima de que Todoroki viene a decir sus pendejadas, gasta tus cosas. Te deberá un paquete completo si sigue así. «Cualquiera tendría mucho miedo.»
Quieres gritarle, arrancarle las servilletas y el lápiz de su mano. Te da miedo sentir que quieres hacer explotar la maldita mesa contra su cara, porque toda esa rabia parece ser un detonante inmediato de tu temperamento. Pero no quieres. No quieres seguir haciendo estupideces. No después de Izuku te mirara así.
—¡Ustedes no son más que…!
Pero, para tu fortuna, no logras contemplar tu frase. Ochako se ha acercado a ustedes y toca tu brazo. Su expresión es seria y está dispuesta a arrojarte al suelo a la primera idiotez que te escuche decir. Lo sabes porque has visto esa mirada en ella antes. Es la misma mirada con la que, siendo apenas una adolescente, se enfrentó a una guerra de la que salió viva, aunque no ilesa.
Ella, sin apartar los ojos, niega con la cabeza. Y de alguna manera intuyes lo que dirá la pantalla de su teléfono mucho antes de que lo muestre.
«No vas a escapar, Katsuki. No importa cuánto grites o te quejes. No nos iremos a ninguna parte hasta que hables con nosotros.»
Está usando un mandil que le queda demasiado grande porque es tuyo. Es mucho más pequeña que tú y su cara todavía sigue siendo redonda con sus mejillas sonrojadas. En apariencia, alguien como ella no debería imponerse, pero lo hace. Sabes que si le da la gana, Ochako puede cortarte las bolas y mandarlas a volar. No por nada es una de las heroínas profesionales más solicitadas.
Shouto vuelve a ustedes con una nueva servilleta y otro mensaje en ella.
«Yo también tuve miedo, mucho miedo. ¿Sabes cómo Denki conoce el grupo de ayuda de Tensei? Yo fui quien le dijo que te llevara, porque sabíamos que era el único que te sacaría de aquí. Hace algunos años, estuve asistiendo al grupo. Fue difícil y doloroso. Te entiendo.»
Avientas la servilleta y le quitas el mandil a Ochako para ponértelo. No, ellos no se irían. Ningún maldito extra te dejaría en paz y lo sabías.
—Largo de la cocina, ustedes apestan cocinando —dices y haces una pausa antes de añadir—: ¡Pero van a lavar todos los malditos platos!
Mientras te limpias las manos, negándote a ver su intercambio de sonrisas, el agujero que sientes en tu pecho se hace un poco más pequeño. Desde el ataque no habías cocinado. Desde el momento en el que todo se volvió silencio, no habías vuelto a cortar un alimento. Te negabas a cocinar porque no querías comprender todos los sonidos que habías perdido.
No te habías dado cuenta de lo que mucho que lo echabas de menos.
Es la primera vez que acudes a la agencia de familia Iida por tu propia voluntad. Se trata de un edificio grande y activo de donde entran y salen tanto personas como héroes, aunque tú no estás ahí para hacer una solicitud ni tampoco para asistir a la sesión semanal del grupo de ayuda. De hecho, y para ser preciso, ni siquiera estás seguro de lo que quieres. Tus dudas habían comenzado desde que supiste que Shouto había pasado una temporada recibiendo ayuda porque simplemente no podías imaginártelo ahí, sentado, hablando de sus emociones y de aquello que lo hubiera orillado a acercarse a algo así. Tal vez el Cuatro ojos se lo había recomendado. Quizás Izuku lo había convencido, porque era ese tipo de persona.
El tipo de persona que no deja de estirar su mano para ayudar a otros.
Resoplas. No has visto a Izuku desde aquel momento y no has querido mandarle un mensaje porque hace mucho tiempo aprendiste la importancia de decir las cosas de frente cuando la has cagado. Y porque esta vez lo has hecho, aún con tu orgullo masacrando tus entrañas, te diriges hacia el interior de la agencia, siguiendo un camino que ya te has aprendido de memoria.
Cuando llegas al lugar que buscas, ambos Iida se encuentran ahí. El 1.0 está moviendo sus manos con esa manía mecánica suya mientras parece regañar al 2.0, como si él fuera el hermano mayor. Pero Tensei, que parece muy entusiasmado con lo que sea que le esté diciendo, sólo ríe mucho mientras le entrega un folleto que tiene el mismo logo del hipocampo azul que has visto en innumerables veces pegado como póster en la pared. Entonces notan tu presencia y por alguna razón, el verte hace que Tensei parezca estar a punto de explotar de la emoción.
«Ven», dicen los ademanes de su mano y tú lo sigues, ignorando las notas que escribe Tenya con rapidez. No quieres saber lo que dice ni por qué está ahí. Además, tu orgullo no soportaría un discurso del antiguo representante de la clase, por lo que sonríes de lado cuando Tensei te lleva a la sala donde organizan las reuniones, con la única diferencia de que esta vez sólo están ustedes dos. Él gira con su silla y te enfrenta con una expresión tranquila. Tiene un pequeño cuaderno que cabe en su bolsillo y que siempre carga junto con una pluma. Para personas como tú, a pesar de que Tensei conoce lengua de señas.
«¿Sucedió algo importante?»
Muerdes tu labio inferior. Han pasado tantas cosas que no quieres decir. Has pensado tanta mierda que sientes que cualquier palabra que digas estará llena de veneno. Pero también te han acompañado tanto que quieres hacer las cosas bien.
—Shouto me dijo que estuvo viniendo aquí. Ni siquiera puedo imaginarlo. Suena algo imposible.
Tensei baja el cuaderno y te mira. No esperaba esa respuesta de tu parte, pero después de unos segundos vuelve a escribir. Tiene una expresión sólo un poco más suave y los trazos de sus letras son más claros, sin prisa en hacerlos, porque quiere expresarse bien.
«Cuando las cosas cambian repentinamente, es aterrador. El día en el que supe que no podría caminar más, pensé que todo se había acabado. ¿Sabes por qué este grupo está enfocado únicamente en héroes? A nosotros, como profesionales, nos cuesta más que a nadie el aceptar que tenemos miedo, porque se supone que estamos listos y entrenados para cualquier cosa. Y de pronto todo cambia y sentimos que nos hemos quedado solos. Pero nadie en este mundo está solo, Bakugo. ¿O en verdad crees que tú lo estás?»
Desvías la mirada porque recuerdas cada mensaje, cada visita y cada instante en el que no te quisieron dejar solo. Recuerdas ver a tus padres investigando cosas sobre la pérdida de audición que no quisiste conocer. Sabes, aunque Mitsuki no te lo diga, que ella ha estado hablando con Izuku porque de entre las personas que tiene a su alrededor, él es único que conoce lengua de señas.
—¿Por qué haces esta mierda? Este maldito grupo. ¿De qué sirve?
Tensei se encoge de hombros con gracia, mientras palmea su silla de ruedas.
«Porque salvar vidas rápidamente es lo que hace un héroe, ¿no es así? Además, aunque lo dudes, tú puedes regresar al heroísmo en cualquier momento.»
Sobas tu sien. El dolor de tu cabeza es tan fuerte como el sabor amargo de las palabras que salen de tu boca.
—¿Dónde carajo aprendo lengua de señas?
La sonrisa llena de orgullo de Tensei se vuelve insoportable para ti.
Ahora sabes por qué el logo del intento de hipocampo azul está en todos lados. Es el símbolo asociado a las personas sordas y es el mismo con el que te encuentras cuando comienzas a ir a las clases de lengua de señas junto con Kirishima. El cómo terminaron repitiendo su rutina de estudio del colegio donde él mira los apuntes como si estuvieran escritos en marciano y tú lo regañas porque hizo mal una seña, es un misterio, pero de alguna manera está funcionando. Tal vez porque Eijiro es un pésimo estudiante y a ti te encanta regañarlo. Aunque, lo más probable, es porque no estás solo en esto. No estás seguro de que en verdad hubieras continuando si él no estuviera a tu lado.
«Hombre, deletrear es difícil», seña Eijiro con una tosquedad que no creías posible en alguien. Tiene una manera de señar muy dura, como si cada seña fuera un golpe y no una palabra que trataba de mostrar. No es como Jirou, a quien por primera vez la viste señando cuando volvió a visitarte. Ella seña de una manera más fluida y con ritmo. Hasta en el movimiento de sus manos había armonía. Ella fue la que te dijo que no renunciaras a la música.
«La música también se puede sentir, Bakugo» había señado aquel día mientras llevaba tus manos hacia su cuello y empezó a cantar. Las vibraciones de su voz retumbaron en su garganta y las sentiste en tus manos. Era verdad. Podías sentir su voz. «No siempre se trata de escuchar.»
—Lo estás haciendo mal, estás diciendo otra cosa —dices de pronto, mirando el movimiento de las manos de Eijiro, quien hace un gesto de frustración, se pega a su cuaderno para identificar un error que para ti es obvio, y cuando te ignora tú sonríes.
Era verdad cuando Tensei te dijo que no estabas solo.
No era una visita planeada, pero sí una que debías desde hace varias semanas. A propósito la dejaste para este momento. Sólo querías que ella, la persona que te sostuvo cuando estabas por caer, también viera que te habías levantado. Querías hacerle ver que una vez más lo habías logrado y que también se lo debías, porque si de alguien heredaste tu terquedad fue de ella. De Mitsuki. De mamá.
Es Masaru quien abre la puerta. Apenas se miran y ya estás siendo asfixiado por los brazos de tu padre, quien no es de los que se cortan a la hora de mostrar sus sentimientos. Nunca le has dicho que te gustan sus abrazos, pero él lo sabe, así como también entiende que necesitabas ese espacio de distancia para volver a reunir los pedazos que se rompieron.
—¿Y ella? —preguntas con la voz. Nadie entiende por qué no señas, a pesar de que tus conocimientos sobre ello ya son más que suficientes para entablar una conversación. Tú esperabas. Así como tantos años atrás te prometiste que Best Jeanist sería el primero en escuchar tu nombre de héroe, de la misma manera decidiste que la primera persona para la que señarías sería para tu madre, quien se encargó de acunarte en sus brazos y nunca trató de limpiar tus lágrimas. No te dijo que continuaras ni que hicieras algo al respecto. Ella nunca te pidió que te pusieras de pie. Todo lo que hizo fue sostenerte cuando más lo necesitabas. Y fue por eso que pudiste armar las piezas de ti una vez más.
Entonces aparece. La miras y cada uno de sus rasgos que reconoces en ti se tuercen cuando ella dibuja una sonrisa mucho más amable y menos deforme que la tuya. Puedes ver que la preocupación empieza a desvanecerse y en cambio el orgullo regresa. Ruedas los ojos cuando caminas toscamente, atravesando el vestíbulo y te pones de pie frente a ella.
«Mamá» señas. Tu primera seña dicha para alguien más, porque tu madre es todo un universo. Ella levanta sus brazos y notas cómo empieza a hacer señas, sorprendiéndote al descubrir que la misma suavidad con la que toca a tu padre está impregnada en el movimiento de sus manos. Mitsuki seña con la ternura de alguien que no necesita de palabras ni de hacerse oír para expresar el cariño, porque le basta con sus acciones. Le sobra amor en cada movimiento, en cada signo y en cada posición de mano. Seña con la experiencia de alguien que desarrolló delicadeza para ofrecérsela a quienes más amaba. Y ese amor ahora te alcanza.
«Katsuki», dicen sus manos «tardaste demasiado, niño malcriado.»
Decides señar «¡No soy un niño, vieja!» y para alegría de tu padre, con esas palabras, sus peleas una vez más regresan.
Al principio, cuando despertaste en el hospital y descubriste que estabas sordo, todo lo que sentiste fue ira. Una profunda rabia y resentimiento ante un villano que le habían bastado unos segundos para arrebatarte los sonidos del mundo y todo aquello por lo que habías luchado. El final más patético para un héroe profesional. En aquel momento de verdad pensaste que todo había acabado.
«¿Cómo puedo tener una victoria absoluta si no puedo escuchar a los que piden ayuda?». La pregunta que surgió de tus labios fue la primera de muchas dudas cuando, luego de empezar a aprender lengua de señas, te acercaste a tu agencia para saber por fin cuál era el verdadero veredicto de tu carrera. Mina, que trabaja contigo te había mirado con curiosidad. Luego se acercó a ti, extendió su mano para tocar tu brazo y la gota de ácido que brotó de su cuerpo quemó tu ropa, rozando peligrosamente tu piel. «¡¿Por qué hiciste esto?!»
Mina entrelazó sus manos detrás de su espalda y se fue, dejándote con la piel enrojecida. Después llegó un mensaje a tu teléfono. Era de ella.
«¿Tú crees que soy una buena heroína profesional, rescatando a las personas a pesar de que el ácido de mi cuerpo puede lastimar a cualquiera que intente tocarlo?»
Ella era jodidamente buena. Aunque jamás se lo dirías.
También es así como habías vuelto a tu servicio activo. Los primeros días fueron difíciles, pero habías empezado a acostumbrarte. El entrenamiento para fortalecer tus otros sentidos también había ayudado. De alguna manera, todo había funcionado, así que al final de tu segundo día, aquello que esperabas que ocurriera, por fin pasó. Una estupidez sobre alguien robando dinero de un banco y tú persiguiéndolo hasta que sus pasos te llevaron a un área donde otra agencia mantenía su guardia. Izuku apareció flotando en el instante en el que sometiste al villano.
Él bajó con calma y cuando el delincuente había sido entregado a la policía, ambos, con una simple mirada, acordaron subir a lo alto de un edificio. A Izuku le gustaban las alturas y habías descubierto que a ti también. A veces lo descubrías mirando con nostalgia la ciudad. Otras, no siempre, te miraba a ti. Hoy era uno de esos días donde a ti te costaba mirarlo a él.
De alguna manera encuentras la fuerza para levantar el rostro y mirarlo. Izuku no está enojado y te molesta que no lo esté, aunque bien sabes que él es así, perdonándote mucho antes de que te disculpes. Entendiendo las cosas, porque la comprensión que tiene es todo lo que está bien en esta maldita vida.
—Lo siento —dices con claridad porque Izuku se merece una apropiada disculpa después de todo lo que le dijiste. La merece más que nadie, porque cuando tú no quisiste ni hablar, él se encargó de que tus padres supieran dónde aprender lengua de señas y cómo apoyar una persona sorda. Se merecía una disculpa porque, carajo, tú eres de temperamento explosivo y lengua muy corta cuando se trata de escupir idioteces. Él no tiene la culpa de nada—. Lo siento por todo lo que dije.
Él te mira directamente y las pecas en sus mejillas se juntan un poco más cuando sonríe y alza sus manos para señar.
«No eres de los que bajan la voz» dicen los movimientos de sus manos, «no te preocupes por nada.»
Ruedas los ojos ante su respuesta.
«¡Kacchan!» seña por tu expresión y de alguna manera te tienes que forzar a no sonreír mucho. Porque encontró la manera de llamarte de esa forma incluso en medio del silencio. Porque ahora sabes que Kacchan no es sólo un sonido, sino también un movimiento. Uno que se ve fuerte en las gruesas manos del otro.
«Izuku» deletreas para él y sólo para él. Lo ves sonrojarse, manejando sus nervios con una sonrisa que poco a poco se transforma en una carcajada. Ya lo habías notado, pero Izuku tiene una de las sonrisas más bonitas del mundo entero. Nunca más en tu vida podrías volver a escuchar su voz, ni el sonido de tu apodo de la infancia, ni su risa, pero su hermosa sonrisa, esa podrías verla para siempre y nadie, ningún maldito villano, te quitaría eso jamás.
«¡Estoy tan emocionado de verte de nuevo patrullando, Kacchan!», dice y algo dentro de ti se inquieta, como siempre cuando lo ves sonreír tan feliz por ti. Resoplas y mueves tu cabeza de un lado a otro cuando una explosión que cimbra el edificio los hace mirar hacia el frente. Otro villano ha aparecido. Y deberán enfrentarlo los dos.
Chasqueas la lengua y te arrojas al cielo, sabiendo que Izuku siempre seguirá a tu lado.
—¡DEJA ESAS TONTERÍAS Y PONTE A TRABAJAR, MALDITO NERD!
Ellos, todos ellos siempre estarían contigo.
Autora al habla:
Antes que nada, esto está escrito con todo el respeto del mundo hacia la comunidad sorda. Yo no tengo una discapacidad auditiva, pero mi trabajo se centra en el área de discapacidad, las personas que la rodean y soy usuaria de la lengua de señas mexicana. Le tengo un inmenso amor al área y espero que pueda ser notado aquí.
Este fic fue escrito orginalmente para DynaBangZine (en tuiter la pueden encontrar con ese nombre), para el más reciente y pasado cumpleaños de Kacchan. ¡La zine puede ser descargada y ahí participan increíbles escritoras e ilustradoras! Espero que puedan animarse a echarle una hojeada, que quedó hermosísima y está hecha con todo el amor del fandom para el fandom y hacia Kacchan.
¿Qué les puedo decir? Este headcanon del fandom siempre me había gustado, así que decidí explorarlo también. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo. Contiene una parte de mí misma que también hace que me sienta muy orgullosa. Aquí estamos decididas a fastidiar a Kacchan hasta que se dé cuenta de que es un idiota, lo queremos por que se da cuenta y es una masita a la que quiero molestar y apachurrar. Asies.
¡Muchas gracias por leerlo y más gracias si les nace un pequeño review para esta historia!
Cuídense mucho, les mando abracitos.
La escritora perdida, PukitChan
