La visita

La lluvia era intensa aquella noche. Estaba nerviosa y no podía evitar dar vueltas por la casa, limpiando por aquí o ahuecando almohadas por allá. Miraba el reloj cada dos minutos, comprobando que no se retrasaba su invitado.

Aún quedaban quince minutos cuando escuchó un golpeteo en su ventana. Alzó una ceja.

«No creo…», pensó, pero al acercarse a ella, vio una sombra inconfundible. La abrió de golpe y dejó pasar a su esperado invitado, que estaba calado hasta los huesos.

—Llegas pronto —le dijo cuando entró—. Podías haber usado la puerta.

—Lo sé, pero no estaba seguro de si me daría tiempo a llegar a la hora indicada.

Natalia alzó una ceja, mirando el reloj de pared que tenía en el salón y comprobó que tenía tiempo de sobra.

—¿Se te olvidó coger el paraguas también?

—Preferí venir volando.

—Pues parece que has venido nadando.

Se ausentó un momento y le ofreció un albornoz, mientras secaba la ropa empapada en la secadora. Su apartamento no era muy grande, pero tenía ese tipo de cosas.

—Tengo un pijama enorme que tal vez te quede bien, si lo prefieres. Pero es de ositos.

Viago negó con la cabeza.

—Gracias, pero el albornoz me queda mejor. Y tampoco quiero abusar de tu generosidad.

—Por mí no es molestia. Solo quiero que te sientas lo más cómodo posible. Ya sabes, eres mi invitado. Y por desgracia, no puedo ofrecerte nada de comer…

Viago se encogió de hombros.

—No te preocupes. Ya comí antes de venir.

Natalia alzó una ceja, pero no quiso preguntar.

—Por cierto, eso me recuerda. Mi compañera de piso es enfermera y tal vez la pueda convencer para que te traiga un poco de… —carraspeó—, ya sabes, comida.

Viago se echó a reír.

—No sabía que tenías una compañera. Pensé que vivías sola.

—Sí, tengo una habitación alquilada porque no siempre puedo llegar a final de mes. Espero que no te moleste, ¿no?

—No, no, solo que me ha sorprendido.

—Es por eso que me gustaría hacerte una entrevista. Sé que me dijiste que lo pensarías, pero tengo una columna donde escribo cosas de ficción y siempre puedo ponerla ahí. ¿Qué te parece? Sería como una especie de Entrevista con el vampiro, pero nadie se enteraría de que es real… Y, como ya te comenté en su día, podría cambiarte el nombre. Aunque Viago me parece un nombre interesante.

Viago se echó a reír.

—Pues creo que será lo único interesante que tengo, porque soy… más bien un vampiro normal y corriente.

—No. No lo eres. —Natalia se acercó un poco más, en el sofá donde se hallaban sentados, y bajó la voz—. Lástima que tus amigos no quisieran venir.

—Sí querían venir, solo que no les dejé.

—¿Y eso por qué?

—Porque no se podrían controlar y seguramente querrían hipnotizarte para hacerte su presa.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Me quieres hacer tu presa?

El vampiro negó con la cabeza.

—Si quisiera hacerlo, ya lo hubiese hecho, ¿no crees?

Natalia se encogió de hombros.

—Bueno, no te conozco mucho, pero… me gustaría poder hacerlo.

—Puedes entrevistarme, si aún lo deseas…

Natalia abrió los ojos, asombrada.

—¿Entonces me dejas?

—Pareces de fiar, así que… ¿por qué no?

—¿Te importa si cojo la grabadora? Es que me has puesto nerviosa y dudo de que pueda escribir decentemente.

—Por supuesto.

Tras coger lo necesario, colocó la grabadora en la mesita de café y regresó a su lugar en el sofá.

—¿Empezamos?

—Empezamos.