Los pistones se movían duramente contra el piso, el ruido neumático de cada golpe se extendían por la fábrica lo suficiente para callar todo… Incluso los gritos. La fábrica era normalmente silenciosa, todo lo que estaba allí estaba lo suficientemente muerto para no hacer ruido exceptuando a sus creaciones cuando las despertaba por primera vez para probarlos.
Los Soldat fueron más una casualidad producto de sus descubrimientos que un verdadero pensamiento en el que se esmeró. Descubrió que al colocar aquellas fuentes de energía en los cuerpos podían ser fácilmente despertados y luego devueltos a la inmovilidad de ser necesario, por eso Heisenberg gruño mientras un puño se impactaba contra el borde de la mesa, fragmentos de metal que se mantenían en el aire salieron disparados en todas direcciones para atravesar los materiales más débiles que se encontraban alrededor de él. Uno de los soldat que más tiempo le había tomado componer se estaba deshaciendo, chocando con las paredes e incendiándose bajo la fuerza extrañamente arrolladora de Ethan Winters y su mágnum.
Este era un resultado previsto; el hombro rubio había luchado contra sus tres hermanos, sus creaciones y en sus propios territorios… Con un éxito abrumador, después de todo, era digno de admiración.
Sturm dio unas revoluciones ruidosas al cargar contra el rubio, estampando sus aspas contra la pared hasta atorarlas ayudando a que el hombre pudiera dispararle de nuevo para finalizar de una vez por todas con su vida.
El peso metálico resonó en su caída tanto como lo había hecho la primera vez que se había puesto en pie al lado del ingeniero. Con un parpadeo pesado, Karl tomó el micrófono semi-averiado conectado a los altavoces en las paredes. A diferencia de la perra enorme de su "hermana" él no tenía ningún aprecio o apego por los monstruos construidos por sus propias manos, pero sentía el orgullo herido por ver sus creaciones más fuertes cayendo.
— Sorprendente, Ethan Winters.— Gruñó a través del altavoz causando que en la habitación ahora destruida el rubio miro hacia todos lados tratando de encontrar el aparato que amplificaba la voz.— ¿Pero será suficiente?
Las compuertas de metal se abrieron, los pasillos nuevos le permitían deshacer todo el camino o ir hacia el patio trasero de la fábrica, Ethan había corrido demasiado, sus piernas flaqueando mientras la esperanza de aire fresco se cernía sobre su nariz. La noche olía a rocío, a frío y por supuesto, también al olor metálico de las piezas viejas o de la sangre.
El último pasillo era un poco espeluznante, iluminado al contrario del resto de la fábrica con luces fluorescentes que estaban allí desde hace poco tiempo… Probablemente.
El hombre con capacidad para controlar el metal se levantó de su silla, la madera rechinando en una última queja por el peso. Depositó su sombrero y sus lentes sobre los controles de los viejos amplificadores, un puñado de estática se devolvió hacia él en última estancia y le recordó que, después de todo, vendría el final.
Heinsenberg le echo un vistazo por las cámaras, justo en el momento en que el hombre menudo recargaba su arma y se curaba las heridas más superficiales con un líquido de dudosa higiene y trapos sucios. Un líquido que estaba seguro no era del todo sangre se filtró a través del trapo sin que Ethan se diera cuenta, ¿qué tan parecido podría ser este hombre a él y cuál era la razón para rechazar una colaboración beneficiosa para ambos? ¿Sería su incapacidad para verlo como algo diferente a un monstruo o la forma de sentirse identificado con un sentimiento tan aterrador? El ingeniero no tenía respuestas más allá de que este extranjero, este Ethan Winters, lo único que tenía de humano era su constancia y obstinación.
Ya nada de eso era importante, pensó. Vivió tal vez un siglo de tortura esperando la libertad y lo único que consiguió fue construir una máquina que no sería capaz de controlar y podría matarlo si era usada ingeniosamente. No era un tonto, no había perdido los estribos o juntado ese montón de chatarra por alguna casualidad del destino en un lugar tan remoto como aquel.
Creó obras maestras de la ingeniera, sobrevivido a la implantación del Cadou de forma casi completamente exitosa, automatizó toda la fábrica, y devolvió a la vida a cadáveres cuyas partes se caían y supuraban líquidos putrefactos… Lo que menos podía ser era tonto o ingenuo, en cambio, fue llevado por la ira y el deseo de libertad que tanto latía dentro de él y que obtendría de una forma u otra.
Fuera en esta vida o la otra, con la colaboración o con la muerte, iba a ser libre y nadie aparte de él decidiría eso. Admirando su fábrica por una última vez, se dio prisa por salir sin dejar descansar al padre torturado.
— ¡Es una lástima que solo tengas un admirador y estés a punto de matarlo! —Decretó, la llovizna suave que empezaba a caer sobre las briznas del césped le agitó el cabello y mojó la chaqueta que solo duró unos segundos antes de volverse jirones por su conversión.
Sangre y metal, huesos que se rompían con músculos deshechos. La masa asquerosa en que se convirtió se movió agresivamente llamando los pedazos de metas desperdigados por el patio a un ataque directo. El tanque improvisado disparo misiles hacia áreas débiles de la deformidad que causaron una supuración asquerosa y desagradable, ráfagas de balas impactando o destruyendo ofensivas de su parte. Llamar a esto un intento por sobrevivir sería insultante, ni siquiera se esforzó por no morir, era seguir atado a una vida de servidumbre o morir.
Y lo hizo.
Se esforzó por ser libre, de la forma que fuera... incluso si era con la muerte.
