Cada día que te despiertas, y decides salir de la cama, te estás comprometiendo con una batalla que debes pelear.
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PoV de Camus
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La vida en el Santuario para un recién llegado era invasiva. Solían llevar a todos a un minúsculo lugar donde comían y dormían; los entrenamientos empezaban desde el crepúsculo hasta la puesta del Sol y no tenían permitido irse después de haber llegado. Me imaginaba que todos los campamentos eran iguales: lugares de tortura para los más débiles, donde los encargados de bronce podían tratar a sus inferiores como esclavos y cuyos dueños vestidos de plata se desentendían de ti, a menos que te abrieras camino a punta de golpes y cosmos.
Fue así que, con alrededor de 8 años, logré llegar de Francia hasta Grecia para recibir a un nuevo maestro.
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Al llegar al Santuario, no tardé en darme cuenta que ahí los novatos eran tratados como basura desechable, los de bronce eran los esclavos y los de plata eran los encargados. Lo noté en el cambio de actitud del plateado que me llevó hasta ahí, su confianza se volvió nervios y espectativa; y su cosmos se volvió parte de su armadura. Y sucesivamente me percaté de que el verdadero dueño de todo ese infierno era un hombre enmascarado, como los santos femeninos, cuyos esclavos personales eran los soldados de oro.
—Gran patriarca —dijo el plateado llevando una rodilla al piso—. Este es Camus, el soldado que acaba de despertar su cosmos en el campo Europeo.
Yo lo imité, mientras podía escuchar a todos mis instintos que escapara de ahí. Pero la voz gruesa y amable del hombre sentado en el trono al darnos la bienvenida, aunque era en un idioma que no entendía, me hizo pensar que no estaba en peligro.
—¿Cuándo es tu cumpleaños, Camus? —me preguntó el enmascarado y me sorprendió que conociera mi idioma.
—No lo sé, señor —respondí en francés. Y de inmediato el que me había traído se apresuró a disculparse en mi lugar. Me imagino que le contó que era huérfano, que alguien me había recogido mientras deambulaba por ahí, en mi cuarto intento de escapar del orfanato. El sujeto que me llevó consigo no escatimó en burlas al hacerme saber que nunca había visto a alguien tan feliz después de vender a un niño y, que por el precio que había dado a cambio, prácticamente me habían regalado.
Me molestaban los sujetos como él, que no sabían cuándo callarse aunque no tuvieran nada que decir, y en especial los que no se tentaban el corazón al hablar. O sea, todo el mundo.
O eso fue hasta que lo conocí a él.
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El grupo al que llegué era uno de tantos, formado de puros extranjeros que apenas estábamos aprendiendo el idioma local y, mientras todos intentaban hablar griego para poder comunicarse, yo mantuve mi lengua materna para apartarme de los demás.
Lo que hacía a los plateados y algunos bronces los únicos capaces de conocer lo que respondía, cuando me dignaba a abrir la boca. "Pesado", "leche cortada" y otros ridículos apodos se convirtieron en algunas de las formas en que todos me decían. Porque para colmo, mi estrategia para alejarme de los demás se transformó en la herramienta perfecta para que todos me ubicaran.
Como medio año después, cuando empezaron a enfrentarnos con los equipos de basura locales, noté que muchos aprovecharon para presentarme como "el blanco fácil de mi clase". En especial con el par de rubios griegos que andaban como uña y mugre, por ser los más fuertes. Y fue entonces que pasó: entre esos dos dejaron hechos polvo a todos y cada uno de los que habían hablado mal de mí y, al terminar, el de ojos azules y cabello alborotado me sonrió. Una sonrisa de verdad. Cómo diciendo "nadie te volverá a molestar".
Me molesté, por supuesto. No tenía necesidad de que nadie me ayudara con perdedores como ellos. Pero, a partir de ese día, no pude evitar empezar a buscarlo con la mirada, procurando que nadie me atrapara.
De repente el nombre "Milo" empezó a registrarse en mi memoria aún en contra de mi voluntad, en especial porque su mugre no paraba de gritarlo a cada oportunidad.
Era tan molesto, pero no tanto como no comprender por qué no podía ignorarlo.
Conforme los grupos se reducían y se dividían, terminé en el mismo grupo que los griegos y otros tres extranjeros. Juntos, los seis fuimos llevados ante el patriarca para que nos fueran asignados un nuevo maestro a cada uno. Pero, para mí sorpresa, sólo sería un mentor que vigilaría nuestro avance mientras seguíamos con el endemoniado entrenamiento con todos los demás que seguían llegando.
No hace falta decir que jamás hablé con Saga, ni intenté pedirle algún consejo. A veces escuchaba lo que tenía que decir respecto al cosmos, pero hasta ahí. No me interesaban sus ridículos sermones sobre el poder y la justicia de los Santos de Athena.
Mientras tanto, en los caminos dentro del santuario llegué a toparme con la mirada de Milo y, cuando llegaba a estar lejos del otro griego, a veces caminaba a mi lado. Sin decir nada. Y, aunque intenté no darle importancia, tengo que admitir que me molesté al descubrir que intentó usarme para llegar a Saga.
Estaba tanto ahí metido entre los dos, en lugar de estar con su propio maestro, que Saga nos empezó a entrenar juntos.
Y de repente ya no había momento del día en que no lo tuviera a mi lado. Comíamos, corríamos, peleábamos y estudiábamos juntos. Me hacía comentarios de los libros que leía y me sorprendí a mí mismo dándole libros.
Él hacía mucho hincapié en las peleas y la gloria del dolor y la muerte. Y yo sólo lo veía. Cómo siempre.
Y de repente un: "¿De verdad no te duele?", salió de mi boca.
Y Milo me miró fijamente. Abriendo mucho más sus ya de por sí enormes ojos azules.
Me sorprendió que de hecho volvió a leer todo lo que le había dado y a cambio él me hizo leer muchos otros libros.
Con la auténtica necesidad de conocer mi opinión.
Y entonces la dinámica cambió. Ya no era él el que siempre llenaba el silencio con su voz, sinó que era yo.
Luego los silencios crecieron para luego comenzar intercambios donde él siempre defendía el honor, la justicia, la muerte y le daba propósito al dolor. Demostrando la influencia de sus maestros.
"Un hombre nunca sabe de lo que está hecho o de lo que es capaz hasta que está a punto de morir", dijo.
"Entonces nadie es capaz de conocerse a sí mismo ni a los demás, entonces ningún hombre debería juzgar a nadie, ni siquiera a sí mismo. Entonces la justicia de los caballeros es una falsa atribución", respondí.
"Te equivocas".
"Demuéstramelo".
"Lo haré", aseguró con una sonrisa entre macabra y alegre, que me hizo pensar en que jamás debí empezar a hablar con alguien tan loco como él.
¿Cuántos años habían pasado hasta que tuvimos esa discusión?
Uno. Quizá dos.
Tal vez muchos más.
Fue el tiempo suficiente para descubrir que mi cosmos tenía la capacidad para bajar la temperatura a voluntad, y el tiempo suficiente para que Milo ideara una técnica para torturar a los demás.
Éramos muy diferentes. Demasiado. Pero, cuando estábamos juntos, parecía no importar.
A veces veo al niño, o a veces al hermoso joven en quien se convirtió. Pero esa misma hipnótica y picante mirada jamás cambió. Ni su sonrisa que solía reemplazar el brillo de sus ojos. Formando un cuarto de luna perfecto que hacía juego perfecto con los ríos de emociones que me provocaba cada que lo veía. Cada que su risa brotaba y sentía que me transformaba en el aire que la dejaba correr.
Éramos como el sonido al aire. Cómo la luna a las mareas.
O por lo menos eso creí.
Un día, cuando su voz empezó a dejar de chillar, y se transformó en una gruesa melodía, llegó con un gesto que delataba que había hecho de las suyas.
Me pregunté qué habría sido: ¿Robar comida extra, matar alguna serpiente, golpear a algún plateado, ganarle una discusión a su antes amigo, alejarse del santuario sin ser visto?
Me insistió a qué adivinara por un buen rato y, cuando estuve a punto de decirle que había perdido más neuronas por tantos golpes, me ordenó que cerrara los ojos y…
Aún recuerdo la presión en mis labios, quisiera poder decir que he olvidado el aroma de su aliento o la temperatura de la humedad entre nosotros. Pero no puedo.
Esa misma tarde en que descubrí que Milo me atraía como nadie más en este mundo, fue la misma tarde en que quedó mi corazón hecho pedazos.
Fue la historia de amor más corta del mundo.
Tuve que escuchar como una chica lo había besado en Rodorio. Que había prometido volver a verla y que quería volver a hacerlo.
No tuve tiempo para procesar todo ése tsunami de sentimientos.
¿Era raro?
¿De verdad Milo creía que besar, que besarme era divertido y que no había nada más que un nuevo descubrimiento?
"No deberías volver a verla si para ti besar es como dar los buenos días", alegué. Molesto. Frustrado. Dolido.
Milo me miró extrañado.
Hasta dijo que me alentaría a buscar a alguna chica para poder probar a gusto, pero que "conociéndome" primero se congelaría el infierno antes de que yo empezara voluntariamente siquiera una conversación con alguien.
"No me conoces", afirmé tajante.
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Después de recibir la armadura de Acuario, pedí permiso para mejorar mis técnicas en Siberia y así poder alejarme lo más posible de Milo.
No había bastado con dejarle de hablar, porque hasta parecía leer mi mente para poder platicar. Intenté ignorarlo, pero mis pensamientos estaban saturados de recuerdos y de momentos inexistentes que jamás podrían pasar.
Así que no me quedó de otra más que poner tierra de por medio entre los dos.
Creo que él jamás se enteró.
Cada que regresaba al Santuario fingía que todo seguía igual, pero todo cambió.
Me costó congelar mis sentimientos por él y traté de enseñarle a mis alumnos que las emociones los distraían de su misión: poner orden en el decadente Santuario, para que aquéllos con demasiado poder no lo usaran de forma egoísta.
Pero ni yo estuve a la altura de mis enseñanzas.
Perdóname Milo. Debí ser franco y confesarte todo de frente. Perdón por traicionar nuestra amistad. Perdón por mis tibios intentos de alejarte.
Soy tan egoísta que esto tan hermoso que me hiciste sentir jamás te lo compartí.
No merezco que sigas corriendo tras de mí.
Tú ganaste.
Yo perdí.
º•FIN•º
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Holo, algo corto que surgió después de andar viendo tanto meme de Milo rogándole a Camus por enésima ocasión. La verdad me da gracia, pero aquí va una pequeña explicación que le quita lo gracioso, creo.
Ese Camus es un dramático, pensé en juntarlo con otro fic que tengo, pero desistí para que sufra a gusto hasta el final. Creo que podría hacer la visión de Milo, quien sabe. Todo puede pasar.
Gracias por darle una oportunidad.
Invitación:
Puedes encontrar aquí otros trabajos en proceso (no abandonados) y ya concluidos de Saint Seiya, Sherlock, Yu Yu Hakusho, Naruto, Príncipe Cautivo y Gundam Wing. Espero que los disfrutes.
También te recomiendo visitar la cuenta de Lesath Al Niyat si te gusta el Milo x Camus, de Saint Seiya.
Besos. n.n/
