Aquí tienen :D Olvidé mencionarlo, es un AU así que ellos no viven en lazy town sino en una ciudad cualquiera de USA.

(esto lo escribí hace mucho, y como me falla la vista tal vez se me fueron algunas tildes y algunas comas, una disculpa por eso)

*El título de la historia significa marea en Turco, en mi mente loca tiene relación con la sinopsis xd.

disfrútenlo.

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Oigan—susurró Stephanie a los chicos mientras miraba a sportacus hacer flexiones por la ventana.—¿No han notado algo?

Estaban todos en casa de Píxel viéndolo jugar videojuegos.

—¿Qué cosa?—respondió uno de los niños

—Sportacus y Robbie, tienen el mismo anillo.

—Ajá, a la gente le gustan los accesorios ¿Qué tiene eso de raro?

—No—meneó la cabeza— Me refiero a que tienen el mismo anillo, como si... Estuvieran casados

El elfo azul sonrió para sí mismo en el espejo, mientras se acicalaba un poco los rizos rubios y se ponía loción, puso el dirigible en piloto automático y una vez que se detuvo bajó por las escaleras de cuerda, atravesó la ciudad, y llegó a una pequeña casa roja, que se identificaba por un periscopio que salía del techo.

Abrió la puerta con confianza y entró deslízandose por un tobogán.

—Buenas noches.—Saludó abrazándolo por detrás.

—Ah, ¡Dios! ¡Tienes que dejar de hacer eso!—Robbie se volteó y entornó los ojos para reclamarle, se alejó un poco, pero luego resopló y se apoyó sobre él un momento, para mostrarle que le correspondía. Alzó la vista y le sonrió.

—¿Preparaste la cena?

—Claro.—dijo benevolente Robbie—Hice lo único que no nos hace pelear: Pasta.

—Creí que lo único que no nos hacía pelear era...

Robbie le detuvo con una mirada profunda

—Mmm ¡Huele delicioso!—Evadió el azul y se acercó a la mesa mientras tomaba la mano de Robbie

—Hey

—¿Qué?

Se soltó de su agarre y señaló con ambas manos al pecho de Sportacus

—Tenemos un trato.

—Pero... Rob... Ya te lo he dicho, ¿no?

—Anda, quitátelo, estar unos minutos sin el no te matará.

El heroé cedió por fin, y se desató un poco el nudo que sostenía el soporte de su alarma-cristal, aunque a la mitad del proceso su camisa se atoró y no fué capaz de desengancharla por si solo.

—Déjame—Fartulló Robbie acércandolo y desabrochando los botones que lo mantenían prisionero.

—¿Me lo devolverás después?

Robbie puso su narices juntas y con la voz más grave de lo habitual le contestó:

—Depende.

El hombre rubio rompió la pequeña distancia entre ellos con un pico y un pequeño abrazo.

—A comer.

—Lo que usted diga, Capitán.

Ya habían terminado de cenar y ahora sólo yacían juntos mirando al techo abrazados en el sillón. Siempre disfrutaban los pequeños instantes de silencio y tranquilidad, a ambos les gustaba pensar entre ese silencio para meditar sobre sí mismos.

Sportacus tomó la mano del villano por la palma para observarla bien, observar le gustaba mucho. Sus manos eran grandes y pálidas como el resto de su cuerpo, sus dedos delgados, en general su agarre también era fuerte gracias al trabajo de los inventos, todo relucía debajo de un anillo liso dorado en su dedo anular, como el que él mismo llevaba.

—¿Es lindo, verdad?

—Sí... Bastante.

—Nuestros anillos de...—quiso que él lo completara

—¿Exclusividad afectiva mutua?

Realmente no lo había pensado demasiado. No era que ellos tuvieran algo al nivel de un matrimonio ni mucho menos, simplemente les gustaban los simbolismos, tener los mismos anillos significaba estar en una misma sintonía, en un sólo camino. Y eso era importante para que pudieran ubicarse en el centro de los acontecimientos, si alguna vez sufrían una sacudida y se perdían, sabrían como reencontrarse.

Ambos suspiraron y Robbie deshizó el abrazo para mirarle directamente

—¿Qué es lo peor que podría pasar?

—¿Perdón?

—¿Que es lo peor que podría pasar si lo saben?—concluyó la idea—¿Cuál es el problema? Ambos somos adultos, Alex.

Nadie, nadie lo llamaba por su nombre,—de hecho—Nadie lo sabía más que él. Eso bastó para fijar la seriedad en el asunto, no hablaba con el heroé, con ese mismo personaje afable que creaba para su trabajo en el pueblo. Ahora hablaba con la persona, con el hombre de carne y hueso.

—El problema—enfatizó igual de serio—es que hay reglas. Y yo ya rompí muchas, incluída la de no incolucrarme románticamente connadie.

Como si te importaran mucho, claro.—Ironizó sintiéndo que él se iba por la tangente.

—Yo soy el "heróe" tú el "villano" ¿Te has preguntado lo que pasaría si descubren, o les confieso lo que pasa entre nosotros?

Robbie se levantó, ensanchó los hombros para estirarse y las pupilas enmarcadas por el gris de sus ojos se agrandaron, entonces comenzó, sentía el sonido de cada palabra como un latido en su corazón

—No es lo que pasa—aclaró como si fuese un catédra—es lo que pasó. Lo que ya ocurrió, los años, no es algo que pasó de un momento. Esto es algo consolidado, ¿Tan malo es? ¿Tan difícil es entender eso?

El elfo azul dejó de escucharlo cuando al mirar detrás de la cortina entreabierta vió un nubarrón naranja que se movía con rápidez

—«Fuego»—su mente lo resolvió a la primera—¡Robbie, mira hacia atrás!

—¡No!—él lo ignoraba justo cuando estaba abríendo su corazón—Escúchame, ¡No te hagas el idiota!

Sportacus lo tomó de la espalda y le dió un empujón hacia la ventana

—Oh, no...—resopló

entendiendolo todo

Comenzó a ponerse rápidamente su cristal, apresurándose hasta que Robbie lo detuvo de los hombros y los dos se atrajeron en un beso urgente, para llenarse de valor, para saber que estaban bien.

Que tenían confianza en el otro.

Ambos salieron con rápidez dirigiéndose a la escena, ya había gente alrededor tratando de apagar las llamas con mangueras o formando cadenas humanas con baldes de agua, pero no era suficiente, el fuego no es fácil de vencer.

—¡Hay alguien adentro!—Gritó una mujer que envolvía a otra en pleno colapso en sus brazos—Mike, su hijo seguramente sigue ahí, ¡Hagan algo!

Ambos hombres sólo miraban el edificio de arriba a abajo desde una distancia prudente, no había ningún equipo de emergencia aún en el lugar. Acercarse era demasiado peligroso, aún así ese elfo azul corrió haciéndole caso a sus impulsos, alguien estaba en peligro y él tenía que salvarlo.

Robbie sólo dió un parpadeo profundo para dejar descansar sus ojos de la luz naranja del desastre, pero cuando volvió a abrirlos ya no había nadie junto a él.

—«¡Maldita sea!»—pensó lleno de pánico con la vista saltándo de un lado a otro.

«Que esté bien, que esté bien» pidió, rogó con todas sus fuerzas «Que nada le ocurra por favor».

Mientras tanto Sportacus estaba ya adentro del edificio con una tela húmeda en su nariz, el humo le tapaba la visión y por obvias razones no podía desplazarse con acrobacias. Su mayor fortaleza no le era útil en ese momento.

Empezó a moverse pecho tierra hasta llegar a las escaleras, no tardó mucho en encontrar al niño, pero para su desgracia ya estaba inconciente en el suelo y seguro, intoxicado por el humo. Movió sus dedos débiles cuidando no soltar el pañuelo para revisar su pulso, pero no tenía caso, se había ido.

Aún conmocionado, pero actuando rápido, lo arrastro consigo hasta salida, no iba a dejarlo adentro, iba a tener la dignidad de entregárselo a sus padres... aunque sólo fuera su cuerpo.

Salió apenas, temblando, no le importó ponerse en una zona segura, sólo tomó el cuerpecito entre sus brazos aunque le quemara el calor de su piel, corrió directamente a la ambulancia. Él no era médico, así que tal vez había tomado mal su pulso. Quizá había esperanza.

Cuando se lo entregó a los paramédicos estos lo alejaron de zona. Sólo la madre podía estar ahí

—Dime por favor—asió de la camisa a uno de ellos—¿Está bien?—preguntó con la más grande de las esperanzas.

El paramédico negó con la cabeza y lo miró con ojos vacíos

—Tú le tomaste el pulso. Tú lo sabes.—después se alejó, instándolo a que volviera junto a su "amigo" que lo jalaba con el mismo pánico que inundaba el aire.

—¡DÉJAME!—rugió

completamente transtornado

—Ven conmigo—Robbie le habló en un tono tranquilo, apacible, que parecía contrastar con el mismísimo infierno que se juntaba en sus oídos. Podía escucharse el crujir del fuego, las ambulancias, las órdenes, las voces de la gente y por sobretodo la voz de una joven mujer que se rasgaba la garganta en un nuevo alarido de dolor junto a su hijo.

Ahora sí Robbie perdió el control y lágrimas empezaron a brotar de su mejillas. Sus ojos estaban rojos e irrítados sobremanera por el humo y la sangre se cuajaba en las extremidades de los dos, por lo que no podían ni moverse por más que lo intentaran.

El aparente estado de ensordecimiento se quebró, tajante, por la voz del bombero jefe que bramó con todo lo que le quedaba

—El tanque sigue ahí, ¡EL TANQUE SIGUE AHÍ EVACUÉN!

—¿Qu-

No hubo tiempo. No hubo espacio. No hubo un momento. El tiempo pasó vertiginosamente frente a sus ojos, el estruendo se hizo más fuerte y más grande en un respiro. De pronto todo se nubló, primero naranja, luego gris.

Después, negro.

Y luego,

nada.