1 de Septiembre

1 de Septiembre de 1971

Entró con la cabeza agachada, pero mirando el imponente y majestuoso techo que en ese momento era un reflejo de la noche estrellada de Escocia. Avanzó junto al resto de sus compañeros entre las largas mesas de madera del gran comedor. Lily estaba a su lado, le sonreía de vez en cuando, entusiasmada y nerviosa igual que él. Aun tenía rastros de lágrimas en los ojos por haber llorado en el tren. Si tan solo…

Si tan solo hubiera podido… Los hubiera maldecido a todos por hacerla llorar. La rabia había surgido por sus venas al verla destrozada. Pero se había mantenido impasible ante sus agresores.

La niña le sonrió de nuevo. Él, como siempre, le devolvió una mirada tímida y algo insegura.

Miró al director, un hombre de larga barba blanca y gafas de media luna que los estudiaba a todos con interés y una sonrisa tranquila en su rostro.

-Lily Evans.- Habló una mujer seria de traje verde escocés. La chica de pelo rojo como el fuego se sentó en aquel taburete frente a todo el gran comedor. El sombrero ajado se movió en cuanto la subdirectora lo puso en su cabellera pelirroja.

"Ven a Slytherin, ven a Slytherin conmigo" le había dicho él en el tren. Todo sería mucho más fácil así, en Slytherin ella estaría protegida y nadie se metería con ella, él la protegería de todo y de todos. Quería a su amiga con ella.

-¡Gryffindor!- Gritó el objeto con fuerza. Hogwarts aplaudió, y él se quedó clavado en su sitio, más pálido de lo habitual. Cerró los ojos con molestia, quería que la mandara a Slytherin, como él. La miró a los ojos con algo de rencor antes de verla acudir a la mesa con sus nuevos compañeros. Lily le lanzó una rápida sonrisa, pero la desvió rápidamente para atender al chico de pelo negro despeinado que la saludaba con entusiasmo.

-Severus Snape.- Lo llamaron esta vez, el chico se acercó lentamente al taburete. Sentándose expectante. Miró a la mesa de Gryffindor, Lily estaba hablando con aquel muchacho. Frunció un poco el ceño.

-¡Slytherin!- Gritó el sombrero tras un buen rato. La mesa de su casa estalló en vítores aplaudiendo al nuevo miembro de la distinguida casa de Salazar Slytherin. Severus asintió con una pequeña sonrisa, orgulloso por ello. Pero rápidamente agachó la cabeza cuando se vio empujado con sus nuevos compañeros. Varias veces miró por encima de las mesas buscando a su amiga entre el resto de sus compañeros, pero estaba feliz, sonriendo, conversando con los chicos que tenía al lado. Aunque trató de llamar su atención, Lily no había vuelto a levantar sus preciosos ojos verdes.

1 de Septiembre de 1977

Levantó la cabeza apenas unos segundos, mirando de reojo por encima de las mesas. Como había hecho siempre. Sus ojos negros la observaban con indiferencia, como si no le importase lo más mínimo, pero no era así.

El sombrero comenzó su habitual canción de principios de curso. El joven frunció ligeramente los labios y bufó un poco. Devolvió su atención a la mesa de Gryffindor, el estúpido de Potter hablaba con ella mientras ambos se reían. El resquemor subió por su garganta, trayendo consigo un regusto amargo.

Se dedicó a observarla en silencio, a lo lejos, pasando desapercibido y camuflando sus sentimientos de amor por el odio más profundo y visceral. A fin de cuentas, no le era complicado, sólo tenía que fijarse en como el idiota de Potter hacía una de sus gracias estúpidas sólo para llamar la atención de Lily. Quien, a veces, fruncía el ceño disconforme ante la actitud infantil de lo merodeadores, pero otras sonreía feliz.

Eso enervó aun más el carácter agrio de Severus.

-Snape.- Lo llamaron. Pero lo ignoró directamente. Quería no pensar en ella y en sus ojos verdes, pero le era imposible. Algo lo reconcomía por dentro con una rabia irracional y rancia. Llevaban dos años sin hablarse.

¡Dos años sin hablarse por culpa del estúpido e inútil de Potter!

No se hubieran peleado si no hubiera sido por su culpa. Hubieran seguido siendo amigos. Si tan solo…

-¡Snape!- Le gruñó un chico al lado. Severus levantó sus ojos negros como el carbón sólo para observar a Nott y Macnair que lo fulminaban expectantes. Los dos dirigieron su mirada a dónde el joven pocionista observaba con tanta diligencia.

Tanto Nott como Macnair pusieron cara de asco al mirar hacia Lily.

-Asquerosa sangre sucia.- Escupió uno de ellos con odio. Snape no dijo nada, agachó la cabeza de nuevo, como llevaba haciendo los dos últimos años y siguió comiendo sin ganas, haciendo el paripé para pasar aquella noche lo más rápido posible y también su último año en la escuela. El ya tenía planes, planes donde no la incluían a ella porque la muy necia se había negado. Lily no sabía quién era el señor Oscuro, no era consciente de su poder, de lo que podían llegar a conseguir con él. Podían ser poderosos, importantes, podían ser alguien. Y él lo iba a ser, iba a ser alguien con o sin ella, iba a demostrar que era más que su asqueroso apellido Snape. Él no iba a ser como el borracho y despreciable muggle que había tenido como padre.

Iba a ser alguien.

1 de septiembre de 1981

Caminó veloz entre las rocas. Los arboles altos y negros provocaban sombras tenebrosas que bailaban inquietantemente en el linde del bosque. Aprovechando la situación, Severus se camufló entre la penumbra dejando que la oscuridad de la noche lo envolviera e hiciera desaparecer.

Su capa negra ondeaba al viento, y su pelo negro (igual que cuando era muchacho) tapaba como una cortina su rostro ahora más cetrino, ayudando a ocultar su inexpresiva cara.

-Buenas noches Severus.- Habló el anciano con voz extrañamente tranquila. Snape levantó sus ojos negros y trató de analizarlo brevemente, aunque era demasiado complicado. Albus Dumbledore, a parte de uno de los grandes magos de la historia, era un gran legeremante; mas que él. Jamás lograría averiguar nada. El mortífago se rindió, dejó caer los brazos al lado de su cuerpo como si estuvieran sin vida.

Comenzó a hablar con voz casi atropellada, urgente, suplicante. Como él nunca había hecho antes.

-¿Qué me estás pidiendo?- Preguntó Albus aun con su tranquilidad apabullante. El anciano había procesado la información rápidamente, analizando con extremada rigurosidad lo que le había contando Severus y preguntado con calma como si hubiera querido saber qué opinaba del tiempo.

-Protégela.- Pidió.- Protégela, te lo suplico.- Su voz se quebró en su garganta, el dolor que sentía en el pecho apenas era soportable. Se dejó caer de rodillas al suelo, agotado y derrotado.- Haré lo que sea…

Albus Dumbledore esperó, mientras tanto lo examinó lentamente desde arriba viendo a su ex alumno, y ahora mortífago, suplicarle que ayudara a Lily Potter.

-¿Porqué?- Quiso saber.- Dame una razón y lo haré.- Pidió con solemnidad.

Severus levantó la cabeza, sus ojos suplicantes brillaban con inquietud bajo la luna de Septiembre.

¿Cómo que le diera una razón?

¡Para salvarla!

Para salvarla de una muerte atroz en manos de… de… de Voldemort.

¿No era eso lo que querían? ¿Evitar muertes?

-¿Por qué Severus?- Preguntó de nuevo.

-Porque la amo…- Susurró con voz cortada, resopló dándose por vencido, rindiéndose.

-Está bien, haré todo lo que esté en mis manos.

1 de Septiembre 1982

Se sentó en la silla sin muchos miramientos. Era consciente de las miradas que le otorgaban sus (ahora) compañeros de trabajo, los que antiguamente habían sido sus profesores. Pero los ignoró a todos. Miró las cuatro largas mesas de madera desde la posición donde estaba. Era… diferente.

Miró hacia arriba viendo como una gran tormenta se desarrollaba entre el artesonado del techo. Entrecerró los ojos suavemente y bufó.

Que humor tan extraño tenía el destino. Años mirando la mesa de Gryffindor, a ella, a Lily; desde su pequeño rincón al otro lado del comedor, en la mesa de Slytherin, y ahora lo podía observar todo desde ahí arriba, desde la mesa de los profesores. Pero no a ella, a ella jamás la vería de nuevo. Un fuego atronador le quemó el estómago, pero su cara se mantuvo firme, estética, fría como un témpano. Le había pedido que la protegiera, que la salvara…

¿Para qué? Para nada… Para haberla visto morir 10 meses atrás. Para haberla sostenido en sus brazos preso de la desesperación y el dolor de haber sentido su cuerpo sin vida, y haber observado sus ojos verdes fijos y opacos contra los suyos.

Sin embargo ahora debía pagar por ello. Pagar por sus decisiones, por todas. Las que había tomado y las que no, las buenas y las malas, las que había hecho inconscientemente y las que había hecho con premeditada frialdad. Todas.

Ahora le tocaría pagar por sus decisiones el resto de su vida.

Los estudiantes llenaron el gran comedor y Severus se tensó, sus ojos brillaron con inquietud e incomodidad y sintió las miradas de cientos de jóvenes escrutarlo con curiosidad. Algunos, al recibir su mirada directa habían sentido un escalofrío recorrer sus columnas. Fuera quien fuera aquel hombre de mirada hostil y rostro frío provocó una generalizada sensación de inquietud y miedo entre los estudiantes.

Bien, que lo supieran.

-Bienvenidos…- Comenzó el director. Pero Snape desconectó de sus palabras. Solo oía cosas de vez en cuando como Slughorn, jubilación, nuevo profesor de pociones, Slytherin, y poco más.

No le interesaba realmente lo que Albus pudiera decir, sólo estaba ahí para cumplir a regañadientes lo que le había prometido al anciano. Bufó entre dientes cuando el hombre lo hizo levantarse. Pero acabó cediendo después de todo. Se puso en pie con un movimiento indiferente pero elegante. Su larga túnica negra de profesor le otorgaba un aspecto imponente y oscuro. Su ropa había seguido siendo la misma, austera, sobria y apretada. Los miró a todos asegurándose de dejar claro que no estaba ahí para hacer amigos y que los odiaba a todos por igual.

1 de Septiembre 1991

-Acuérdate de lo que me prometiste Severus.- Habló el anciano lentamente. Snape no dijo nada, manteniendo su absoluta máscara de indiferencia tan perfeccionada a lo largo de los años. Lo miró unos segundos y entonces asintió como siempre que Albus le decía cualquier cosa, pero esta vez mucho más. Era imposible olvidarse de lo que le había dicho diez años atrás. Y aunque quisiera olvidarlo, él viejo director se encargaba de recordárselo muy diligentemente.

Haciendo caso omiso de cualquier otra cosa que tuviera que decirle Albus, Severus atravesó la puerta trasera del gran comedor, y con rapidez se sentó en uno de los asientos en la mesa de los profesores. Esperó impaciente viendo como entraban todos, escuchó una vez más con cansancio la nueva canción del sombrero seleccionador y el discurso del director de principios de curso. Antes de que se diera cuenta, los nuevos alumnos estaban caminando por el centro de la sala con visible expectación y nerviosismo. La mayoría sonreían fascinados ante la majestuosidad del techo del comedor. Bufó molesto.

Otro años más.

Dumbledore inicio su discurso de nuevo, como siempre hacía. Snape se mantuvo indiferente, sentado en unos de los extremos. Lo mismo Albus podría estar hablando del tiempo, como de que una horda de trolls estaban invadiendo el castillo, que al Jefe de Slytherin le hubiera dado igual.

Nada más acabar Minerva inicio su discurso previo a la selección de casas.

-Cuando diga vuestro nombre, vendréis hasta aquí, yo os colocaré el sombrero seleccionador en la cabeza y seréis seleccionados a vuestras casas.- Comentó con celeridad. Snape masculló levemente. Él sólo quería que acabara ya la noche para poder volver a su despacho, en las profundidades de la mazmorra, o directamente, que acabara el año…

Sería más práctico para todos.

-Hermione Granger.- Pronunció en voz alta. Snape no pudo apartar la vista de aquella multitud tambaleante.

-¡Gryffindor!- Habló el sombrero. Severus abrió ligeramente los ojos, unos profundos iris verdes lo tenían cautivado. Con nostalgia recordó aquella mujer de melena roja y mirada esmeralda y cálida. Un potente sentimiento de rencor le recordó imparable el destino que había sufrido Lily. Miró al chico con frialdad, odio, y rencor aunque el muchacho no pudiera apreciarlo… Para Harry solo era un hombre serio de penetrante mirada oscura. Aun así vio como Potter, le mantenía la mirada con orgullo y curiosidad.

Maldito mocoso, tan petulante como el padre. Tan arrogante… Tan creído.

Desvió su mirada a regañadientes para atender a una de las importunas y seguramente innecesarias e irritantes preguntas de Quirrell.

-¡Harry Potter!- Habló Minerva llamándolo al taburete. Un murmullo generalizado se extendió por todo el gran comedor. No paraba de oír su nombre por doquier, voces que sonaban asombradas, y fascinadas de que el gran, Harry, maldito, Potter estuviera en Hogwarts.

-Difícil, muy difícil.- No paraba de decir el sombrero mientras seguía diciendo cosas.- ¿Slytherin no, eh?- Formuló el raído sombrero.- ¿Estás seguro? En Slytherin podrías lograr grandes cosas.- Aseguró. Eso consiguió atraer la atención del profesor de pociones que ya estaba sopesando maldecir a unos cuantos y largarse de ahí.- Lo tienes todo aquí en tu cabeza, y Slytherin te ayudaría en conseguir la grandeza. ¿No?- Preguntó de nuevo.- Bueno, si estás tan seguro… Mejor que seas… ¡Gryffindor!- Gritó por fin. Un odio muy arraigado explotó en su pecho al verlo ahí mientras todo el comedor, en especial los molestos Gryffindors, aplaudían y vitoreaban con entusiasmo. Lo que había empezado siendo una molestia se había convertido en enfado. Su presencia lo enfadaba. Con su maldito pelo negro recordándole al mequetrefe de su padre y…

Y sus ojos verdes.

Sus ojos verdes como Lily.

Gruñó para sus adentros pero no dejó que nada se reflejara en su rostro.

Rápidamente para su agrado, la ceremonia concluyó, y las mesas se llenaron a rebosar con el tradicional banquete de bienvenida. Tenía el desagradable presentimiento de que las cosas no iban a mejorar a partir de ese momento. Pero no había gran cosa que pudiera hacer más que resignarse.

-¿Ya… ya es…. Estás pre… preparado Snape?- Le preguntó Quirrell. Snape alzó una ceja y lo miró.- ¿Pa… para el nue… nuevo curso?- Tartamudeó. El hombre lo miró un momento y asintió sin más.

-Lo preparado que se puede estar para un curso lleno de mocosos.- Siseó con acidez. Aunque estuviera comiendo, y hablando con su compañero, sentía la mirada esmeralda de cierto chico contra su nuca. ¿Por qué demonios lo miraba tanto?

La irritación creció hasta tal punto que dejó caer el tenedor y el cuchillo de golpe.

¡Maldito Harry Potter!

1 de Septiembre de 1993

No paraba de hablarle en el oído. ¿Es que acaso no se daba por enterado de que no quería hablar con él? El pocionista aplaudió brevemente el discurso del director como cada 1 de Septiembre. Se le hacía demasiado repetitivo, sólo que este año había un pequeño deje de preocupación y casi irritación en su voz por los dementores que vagan sueltos por los terrenos del castillo.

-Vamos Severus.- Le susurró al oído mientras oían de fondo al anciano.

-¿Qué quieres Lupin?- Espetó mientras miraba con irritación al hombre.

-… Me complace darle la bienvenida al nuevo profesor R. J. Lupin.- Habló felizmente el anciano.- Que tan amablemente ha accedido encargarse de Defensa Contra las Artes Oscuras, buena suerte profesor.- Le indicó. Remus se levantó del asiento en agradecimiento, y agachó brevemente la cabeza asintiendo con celeridad y educación. El gran comedor aplaudió dándole la bienvenida. Snape sin embargo, se dedicó a juntar las manos un par de veces, aplaudiendo con desidia.

-No hace falta que seas tan hostil Severus.- Indicó Remus sentándose de nuevo a su lado y hablándole en voz baja.- Puedes dejar atrás las viejas rencillas…

-No tengo interés ninguno en seguir manteniendo ningún tipo de conversación, y definitivamente, contigo menos aún.- Indicó mientras arrastraba las palabras y clavaba rápidamente el tenedor en un pobre trozo de patata asada.

-Severus…- Intentó. Pero Snape lo ignoró por completo mientras, como en los últimos tres años, se fijaba inconscientemente en la mesa de Gryffindor.

Potter.

Maldito, engreído e inmaduro Potter.

Pensar en el revolvía su estómago. El chico estaba siempre rodeado de aquellas dos cabezas tambaleantes igual que dos perritos falderos. Weasley, el inútil de Weasley, ese mocoso no podría hechizar nada aunque su vida dependiera de ello. Podría apostar su vida a que en el interior de su cráneo solo había serrín.

Y luego estaba Granger. La insufrible sabelotodo.

Era la enciclopedia andante del dichoso trío. Esa muchacha tenía la extraña habilidad de sacarle de sus casillas constantemente. Siempre hablando a deshora, levantando la mano en busca de aprobación, interrumpiendo sus lecciones con preguntas irritantes, ayudando a sus compañeros cuando creía que no lo veía o robándole cosas de su gabinete para hacer a saber que tonterías, como habían hecho el año pasado.

¿A caso pensaba que no lo sabía?

Piel de serpiente arbórea africana, cuerno de bicornio…

¿Cómo se le ocurría elaborar poción multijugos con esa edad?

Maldita cría.

1 de Septiembre de 1995

-Es definitivo entonces.- Susurró Molly.

-No hay duda alguna.- Sentenció el anciano con seriedad.- Voldemort ha vuelto.- Les confirmó por enésima vez, sólo que esta vez con más preocupación en sus ojos azules. Snape estaba a un lado de la sala, de pie, oculto tras la sombra del mueble con la esperanza de pasar desapercibido. Ya habían pasado por ese discurso varias veces ese verano, había tenido que volver a estar ante él, volver a fingir y ahora con su vida y la de muchos más en juego. No quería escucharlo más. Dio media vuelta decidido a largarse de allí.

-¿A dónde vas Snape?- Espetó Sirius con desconfianza.

-A cualquier lugar donde no vea tú cara.- Soltó con visible desagrado. Toda la orden del Fénix lo observó. Dumbledore era el único que mantenía la compostura y su característica tranquilidad, el resto, algunos, lo miraban con una disimulada desconfianza. O quizás, más que desconfianza, respeto extraño. Sabían, por lo que les había contado Albus, que Severus volvería a las filas de Voldemort como doble espía. Pero aún así no todos parecían convencidos; aunque si lo decía Albus, no había más que decir. Todos creerían ciegamente en él.

-Un poco de calma todos.- Pidió el anciano.

-Dumbledore.- Lo llamó Snape.- Son las nueve de la mañana y es primero de Septiembre, algunos tenemos trabajo que hacer.- Indicó a desgana. En poco más de doce horas empezaría otro curso. Cada vez se les hacía más cuesta arriba.

Todos se quedaron a la expectativa del viejo mago.

-Muy bien.- Tal cual asintió Albus, Snape salió de la cocina de Grimmauld Place, no quería estar en su compañía más de la necesaria y menos si estaba Black en la misma habitación.- Pero antes…

-Si.- Sentenció el pocionista irritado ya en medio del pasillo. Subió al segundo piso y entró en la biblioteca rápidamente mientras movía la varita y se acercaba a una de las estanterías a tiro fijo.

-Buenos días profesor Snape.- Saludaron cortésmente. El hombre se giró con la varita en mano y actitud hostil.

-Granger.- Siseó casi con asco. La ignoró sin miramientos, y continuó ojeando aquello que le habían encargado minutos atrás. Sentía la mirada expectante y curiosa de la insufrible sabelotodo en su nuca. Bufó molesto.- ¿No tiene un tren que coger?- Espetó encarándola y cerrando el libro. La bruja frunció el ceño, molesta por la actitud del hombre con ella. Nunca había sido una persona agradable, pero en aquella ocasión no le había hecho nada, sólo le había dado los buenos días.

-Nos vemos en la escuela profesor Snape.- Se despidió Hermione para evitar una confrontación directa. Snape se dispuso a continuar lo que tenía que hacer, pero sintió de nuevo aquellos ojos mirarla. Levantó la vista, dispuesto a maldecirla si fuera necesario, cualquier cosa con tal de que saliera de allí y lo dejara en paz. Pero no se encontró con su mirada altiva y come libros que tanto le desquiciaba.

Se topó con unas pupilas color chocolate, una mirada gentil, y curiosa, desprovista de cualquier sentimiento hostil que hubiera reconocido en ella anteriormente. No supo que ocurría y por primera vez en años, abrió los ojos con sorpresa ante su actitud. Vio como su alumna dirigía la mirada rápidamente al lomo del libro que tenía en la mano y tras esto, sonrió brevemente antes de salir de la biblioteca.

La ceja de Snape se alzó al instante y se quedó ahí unos segundos preguntándose qué demonios le pasaba a esa chica.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Un aura oscura y densa cubría ese año el comienzo del curso. Se notaba la incomodidad de varios, entre ellos los profesores. Albus comenzó su discurso habitual, pero no tenía el brillo tranquilizador que solía tener siempre.

Gruñó con asco, sobre todo cuando a su lado se sentó aquella mujer de cara de sapo, vestimenta rosa chicle y aquella voz chillona e irritante a la que acompañaba siempre una pequeña sonrisilla exasperante.

La miró de reojo deseando que la maldición asesina no fuera ilegal. Dolores Umbridge se levantó haciendo aquel ruidito molesto, como si tuviera un chuletón de dos kilos atravesado en la garganta. Avanzó hasta Albus y se colocó a su lado mientras lo interrumpía y se ponía a hablar.

Snape alzó una ceja. Esa mujer irritante y repelente no iba a traer nada bueno a ese curso, estaba convencido de ello. Mientras cotorreaba, su vista se fue inconscientemente a la mesa de Gryffindor, sin saber porque buscó aquella bruja de ojos castaños. Su corto y extraño encuentro de aquella mañana lo había dejado brevemente descolocado. Entonces, cuando estaba a punto de volver su atención al plato que había aparecido lleno de comida, sus ojos se encontraron con aquellos ojos melosos. Frunció el ceño y alzó una ceja en automático.

No sabía qué era lo que le llamaba la atención a Granger, pero estaba claro que algo era.

Le sostuvo la mirada con frialdad. Quería que ella se amedrentara, él no tenía nada que le fuera a resultar interesante. Pero no lo consiguió, tras lo que le parecieron minutos, Snape agachó la mirada obligado a responderle a Minerva la pregunta que ya había formulado dos veces.

Gruñó internamente confuso por el atrevimiento de su alumna.

-Lo sé.- Le respondió a la subdirectora para que lo dejara en paz.- Mañana a las nueve te lo envío. - Y tras contestarle lo más brevemente que pudo volvió a mirar a la mesa de Gryffindor. Pero la bruja se hallaba en lo que parecía una conversación con la joven Weasley y el arrogante de Potter.

1 de Septiembre de 1996

En cuanto acabó el banquete se dirigió diligentemente a sus aposentos. Tenía muchas cosas en las que pensar y muchas cosas que investigar. Oía el murmullo de los estudiantes volviendo a sus salas comunes para dormir. Esquivó varios pasillos concurridos solo para evitar la muchedumbre y no solo a los alumnos, Slughorn parecía dispuesto a charlar con él, y a él no le apetecía lo más mínimo tener que aguantar sus parloteos.

Cogió un par de corredores y unos pasadizos ocultos y giró por una esquina topándose contra algo que chocó contra su pecho con un golpe fuerte. Gruñó y bufó enfadado. ¿Ya iba a quitar puntos? Bien, pues que así fuera.

-Buenas noches señor.- Saludaron escuetamente.

-Granger.- Masculló entre dientes. Después alzó una ceja, estaba impaciente y quería llegar ya a su despacho. Ambos se quedaron un par de minutos en aquella especia de lucha de miradas.

-¿Se había olvidado?- Preguntó lentamente la joven. Snape la miró otorgándole una de sus miradas indiferentes que Hermione tan bien había aprendido a leer aquel verano. Su profesor bufó y gruñó, todo a la vez. La bruja se acercó unos centímetros para verlo con más claridad. Vale, estaba claro que Snape tenía una mala noche, tendría que tener más cuidado del habitual.

-Vamos.- Siseó bruscamente mientras daba media vuelta impaciente y se adentraba en la oscuridad del corredor. No quería que lo supiera, pero Granger tenía razón. Se había olvidado de sus malditas reuniones. No sabía cómo podía haberse olvidado de ellas. Llevaban todo el dichoso verano haciéndolas…

¿Cuándo había decidido que quedar hoy era buena idea? No lo había sido, había sido una mala idea. Tenía ganas de sentarse, tomarse una copa de vino y olvidarse del mundo ahora que podía. Se maldijo internamente varias veces por su falta de rigor. Podía despacharla sin más, no tenía que darle explicaciones, nunca lo había hecho.

Pero no se sintió capaz de ello.

Entraron rápidamente en su despacho. Hermione se encogió de hombros un momento. Estaba un poco nerviosa, una cosa era quedar en la biblioteca de Grimmauld place, y otra muy diferente estar en su despacho. Se detuvo tras él, esperando la primera instrucción, cómo siempre habían hecho. Pero Severus no se quedó ahí, se metió por una puerta lateral. La bruja se quedó en el sitio sin saber qué hacer.

-No se quede ahí, no tengo toda la noche.- Le echó encara con un tono bastante desagradable. Hermione frunció el ceño ante su deje, pero estaba acostumbrada a su carácter agrio. Avanzó tras él hasta que se dio cuenta de que no estaban en su despacho, si no en sus habitaciones privadas. Su pecho se congeló en el sitio evitando la correcta expansión de sus pulmones, pero haciendo gala de su valentía se recompuso rápidamente. Tenían cosas importantes que hacer y no podía permitirse el lujo de comportarse como una niña insegura.

El profesor hizo aparecer los libros y los pergaminos.

-Usted siga con la sección C. Avíseme si encuentra algo.- Hermione no discutió, asintió con la cabeza y se puso de lleno a ello. Llevaban desde mediados de verano buscando una solución a la maldición de Albus Dumbledore que le había causado problemas en la mano. Lo mejor de todo, aunque no lo pareciera, había sido poder trabajar con Severus Snape. La inteligencia de ese hombre había sido algo que la había dejado sin palabras desde el primer momento, y haberlo visto trabajar en la intimidad, y haber compartido con él eso había sido un privilegio. Lo malo…

Que nadie podía saberlo, nadie podía saber que estaba ayudando al profesor Snape, ni Harry ni Ron, nadie. A veces se sentía sola tras varias horas de laboratorio aguantando la presión de estar junto a él. Pero estaba convencida, no sabía porque, que estar con él, merecería la pena

1 de Septiembre de 1997

Los hermanos Carrow dejaron claro ya al primer momento que ese año no iba a ser normal. Estaba claro…

Para su desgracia, se sentó en el lugar de Albus… Sus ojos destellaban ante las miradas indignadas del resto de profesores y por supuesto de los alumnos. No hacía falta que se lo dijeran, era consciente de que debían opinar sobre él. La muerte de del director estaba impregnada en cada piedra del castillo, el asesinato del director mas bien. Y sobraba decir que él había estado implicado.

No hubo discurso de bienvenida. Todos sabían que no había bienvenida aquel año. Unas palabras escuetas bastaron para que Minerva iniciara le ceremonia de selección de casas. Miró brevemente hacia las mesas. Había muchos sitios vacíos, muchos alumnos habían decidido no acudir ese curso por su propia protección. Entre ellos el gran trío dorado.

Por alguna extraña razón sólo podía acordarse de Granger y esperaba que sus clases y sesiones del año pasado (que por alguna curiosa explicación se habían alargado durante todo el curso) le hubieran servido para algo. Había demasiado en juego… Demasiado.

No veía el momento en que aquella noche se acabara, habían tenido una reunión de mortífagos aquella misma mañana y había escuchado información valiosa que Potter debía saber con urgencia.

Por fin los alumnos en silencio y completa formación militar se dirigieron a sus respectivas salas comunes.

Debía moverse y debía moverse rápido.

Llegó hasta su despacho, y tras comprobar que las barreras estaban alzadas se acercó a una de las ventanas.

-Todo saldrá bien muchacho.- Susurró uno de los cuadros del despacho.

-Ahora no Albus.- Le cortó Snape de malos modos. El ahora director de Hogwarts, se marchó volando por los terrenos de Hogwarts. Después de un vuelo relativamente corto, y a salvo de las indiscreciones de los hermanos Carrow; Severus se apareció en un bosque, cerca de un pequeño arroyo y caminó unos metros hasta una pequeña apertura en una de las rocas.

No estaba seguro de si aparecería, por primera vez en su vida no estaba seguro de algo y eso era algo que lo descolocaba.

Si no aparecía…

Si no aparecía todo podía irse al traste. Resopló largamente, tratando de relajarse, aunque fuera inconscientemente. Era casi medianoche, la hora acordada.

-¿Profesor?

-Granger.- Respondió secamente. Tras haber matado a Dumbledore no había vuelto a verla. Aunque la bruja supiera parte de la historia, no la sabía toda. Había intentado confiar en que las enseñanzas de la joven hubieran sido lo suficientes como para que supiera ver mas allá. Pero, de nuevo; no estaba seguro. Por suerte ella había aparecido, eso era algo.

La miró un instante, buscando algo en aquellos ojos marrones, odio, rencor, ira… cualquier cosa que le dijeran que opinaba ella sobre él.

Pero para su sorpresa, sólo había admiración, temor, y algo de fondo que lo tenía confundido. Tras comprobar que todo estaba bien, esperó unos segundos esperando la retahíla de preguntas por su parte. No era el momento, pero entendería que las formulara. Pero Hermione estaba a la espera, en silencio.

-No tenemos tiempo profesor.- Fue todo lo que dijo para hacerle saber que todo estaba bien. Snape entonces, le explicó rápidamente lo que sabía, esperando que Granger lo supiera usar adecuadamente.

Ahora mismo, sólo podía confiar en ella. Hace unos años se hubiera reído si alguien le hubiera dicho que algo así iba a ocurrirle. Ahora ya no le sorprendía… Sólo confiaba en Hermione Granger.

La joven asintió tras la explicación.

-Ya sabe lo que debe hacer.- Indicó bruscamente. Hermione lo miró apenas unos segundos, la cueva estaba muy a oscuras, pero podía verle la cara reflejada en la luz de la luna que entraba por una pequeña grieta de la roca. Estaba pálido; más de lo que solía estarlo, y su pelo estaba un poco más largo y descuidado de lo habitual. Se le notaba cansado…

Al menos ella lo notaba cansado.

Snape la miró, inconscientemente buscó sus ojos marrones y la observó igual que había hecho ella segundos antes. Estaba un poco pálida, con unas pequeñas ojeras bordeando sus ojos, su pelo se había vuelto una maraña de mechones rizados y estaba claro que estaba ansiosa.

Debían irse ya. Nadie podía notar su ausencia, había demasiado en juego. Una simple mirada bastó para que ambos lo supieran. Debían marcharse. El hombre se alejó de ella.

-Profesor…- Dijo con urgencia antes de irse. Snape se giró instintivamente ante su voz, no tenía que haberlo hecho, pero hacía tiempo que se había dado cuenta de que reaccionaba ante ella sin poder evitarlo. Esa mujer… Se había hecho un hueco en él como nunca nadie lo había hecho.

Hermione se acercó y lo abrazó con fuerza hundiendo su cara entre su cuello y la túnica de profesor.

Severus se quedó de piedra, con los brazos a ambos lados de su cuerpo como si no tuvieran vida. Sintió aquel cuerpo cálido que lo rodeaba, su respiración nerviosa contra la piel sensible de su cuello y sus manos pequeñas y delicadas aferrarse a la tela de su levita.

Hermione quería hablar, pero no podía. Había sido demasiado tiempo aprendiendo de él, estando a su lado durante horas, y ahora no lo tenía, sintió su ausencia aún teniéndolo contra su cuerpo. No sabía como había ocurrido.

Sólo sabía que no quería apartarse de Severus Snape.

Respiró una última vez más contra su cuello solo para oler el maravilloso aroma a pergaminos y loción de afeitado. Snape no la estaba abrazando, pero no la había apartado como si fuera una cucaracha. Eso significaba mucho.

Después de un par de minutos, con gran pesar, se apartó de él.

Cuando el frío de la cueva caló sus huesos se dio cuenta de que estaban separados. Hermione no había calculado su reacción, tampoco había calculado la del profesor Snape. No había tenido en cuenta el después, sólo había sentido el impulso de abrazarlo y lo había hecho.

Levantó la mirada, temiendo lo imposible. Pero no había odio en su mirada, sólo sorpresa, asombro, incluso algo de dudas. Ante la actitud del hombre se atrevió a sonreír, después salió de allí con rapidez esperando poder volver a abrazarlo más veces.

1 de Septiembre de 1998

Se acercó cojeando disimuladamente hasta uno de los asientos de la mesa de los profesores.

-Puedes sentarte aquí.- Informó Minerva.

-No soy subdirector.- Le informó quedamente.- Ese puesto está reservado para el profesor Flitwick.- Recordó con indiferencia.

-Estoy segura que a su vuelta no le importa que te hayas sentado tú Severus.

-Como desee, señora directora.- Masculló Snape con sorna mientras se sentaba a su lado.

Las puertas del gran comedor se abrieron y cientos de alumnos entraron en la sala. Apenas cuatro meses antes, aquel lugar eran solo escombros y cadáveres. Sintió el murmullo generalizado al verlo en la mesa de los profesores. Muchos alumnos aún lo recordaban del año pasado. El miedo se olía en el ambiente.

-Te dije que no era buena idea.- Escupió el jefe de Slytherin.

-No seas tan duro contigo Severus.- Indicó con firmeza Minerva. Snape solo bufó en desacuerdo. ¿Qué no fuera duro consigo mismo? El estaba vivo y otros no, el no se había merecido…

Inconscientemente sus ojos se fijaron en una cabellera de rizos indomables y castaños que se acercaba a la mesa de Gryffindor. No la había vuelto a ver desde el 2 de Mayo. No sabía que iba a volver. Frunció ligeramente el ceño, no quería que nadie supiera que se había fijado en ella. No quería que nadie lo viera, así que alisó su frente y se encargó de colocar una perfecta máscara de indiferencia que tantos años le había costado perfeccionar.

Sintió sus ojos chocolate mirarlo, y vio como su cara se convertía en sorpresa y sus pupilas se dilataban por el momento. No estaba seguro que estaba pensando la bruja. Podían ser mil cosas diferentes, y por mucha máscara que tuviera puesta no pudo evitar fruncir el ceño al verla.

Merlín, se moría de ganas de saber en que estaba pensando. Era imperativo que lo supiera.

Negó lentamente para sacárselo de la cabeza.

No.

No debía saberlo, no debía interesarse por ella, no debía.

Hermione le sonrió con una amplitud que hizo que su pecho se contrajera con fuerza. La última vez que había sentido algo así había sido…

Desvió sus ojos negros para responder a la pregunta de Slughorn. Normalmente rehuía sus cuestiones, pero aquella vez le había salvado de delatarse a sí mismo ante ella, y ante todos. No quería pensar en lo otro.

Se limitó a ver la ceremonia de selección de casas como tantas veces había hecho ya, escuchó con atención el discurso de la nueva Directora y no se perdió detalle de las miradas curiosas que iban en su dirección. Ya no era sólo el profesor de pociones. Ahora era el héroe de guerra condecorado, ex mortífago y doble espía. Bufó molesto a varios niños que no se cortaban en mirarlo. Pero no parecía ser muy útil.

Se dedicó a cenar en silencio. Esperando con impaciencia a que acabara el banquete y por fin pudiera retirarse a la oscuridad de sus lóbregos aposentos. Quería salir de ahí rápidamente.

Lo necesitaba.

-Severus.- Lo llamaron un tiempo después. El hombre alzó la vista de su postre intacto. Minerva lo observaba con curiosidad y un pequeño brillo en sus ojos, casi con aire maternal. Snape admiró el gran comedor, las mesas se estaban vaciando y McGonagall no le quitaba la vista de encima.

-Nos vemos mañana.- Se despidió el pocionista saliendo de allí a una velocidad demasiado elevada. A los pocos metros, después de haber desaparecido de la multitud y después de haberse asegurado que no venía nadie, aminoró el paso hasta hacerlo inusualmente lento. Gruñó consigo mismo por haberse forzado tanto. Su cuerpo, muy a su pesar, aun se resentía de la mordedura de Nagini. Se deslizó por varios corredores y cogió unos de los pasadizos secretos que daban a la parte de atrás de su despacho.

Giró el último tramo de rellano cuando se encontró directamente con aquellos ojos que últimamente habían ocupado toda su mente.

-Granger.- Masculló enfadado.- ¿Qué demonios hace aquí?

-Viejos hábitos.- Se escudó encogiéndose de hombros mientras sonreía ampliamente.- No me dijo que iba a venir al colegio.- Comentó, aunque no sonara a reproche lo parecía. Snape alzó una ceja.

-En efecto, no lo hice.- Comentó lentamente, parecía una especie de disculpa. Ambos se quedaron allí en silencio. Snape la miró de nuevo, sólo sabía mirarla.

Antes de que pudiera gruñirle que se fuera a su dormitorio, o soltarle cualquier otro comentario peyorativo que se le ocurriese, Hermione se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza y casi desesperación, una lágrima solitaria y de alivio se escapó de sus ojos surcando su mejilla hasta fundirse con la tela de su levita negra.

Hermione se iba a apartar de nuevo cuando esta vez sintió los brazos fuertes del hombre rodearla y alzarla ligeramente. Notó su cara hundirse en su cabellera y sólo supo sonreír.

-¿Me ha devuelto el abrazo?- Preguntó confundida pero feliz.

-Sí.

La joven no quería separarse de él, pero era necesario. No podían quedarse abrazados en medio de un pasillo. El pocionista avanzó lentamente por un camino que ambos conocían bien. Se adentraron en el despacho de él y después a sus aposentos privados. Se quedaron en la sala de estar y ahí el tiempo pareció congelarse. Era un dejavú raro. La última vez que habían estado allí juntos había sido investigando. Y ahora que…

-¿Té?- Preguntó Snape secamente. Hermione negó, se mordió el labio y se arrugó la manga de su uniforme.

-No.

-¿Qué es lo que quiere entonces?- Severus alzó una ceja nuevamente mientras se giraba para encararla. No podía quitarse de las retinas la imagen de sorpresa de ella al verle en el gran comedor o de alivio al topárselo en las escaleras, ni la calidez de su cuerpo cuando le había devuelto el abrazo. Vio como se retorcía nerviosa y sintió un golpe en el pecho que lo hizo cerrar los ojos un instante. No… no podía ser…- No.- Informó secamente a lo que fuera que estaba insinuando su alumna, y no, a lo que fuera que él se estaba imaginando.- No.- Insistió.

-No que, señor.- Quiso saber Hermione un poco confundida.

-No podemos tener nada.- Masculló con brusquedad.- Entre usted y yo.- La joven abrió los ojos con sorpresa ante la confesión.

-¿Está seguro?- Preguntó esperanzada. Severus elevó la ceja de nuevo. ¿Cómo que si estaba seguro? ¿Era eso lo que ella tenía que decir? No un:

Está loco profesor, no sé de qué habla.

O un:

Se equivoca, jamás tendría nada con usted.

Le preguntaba que si estaba seguro. ¿Qué mosca le había picado a esa mujer?

Hermione lo miró con cautela y se acercó a él levemente para no asustarlo. Desde que habían empezado aquella clase de investigación o enseñanzas dos años atrás, la bruja había empezado a albergar una admiración hacia él fuera de lo estipulado. Pero ahora que sabía lo que sabía sobre él. Todo tenía más sentido.

-Aun sigue enamorado de Lily.- Afirmó la bruja, después le sonrió con tristeza. No había más que decir. Ella se había enamorado de alguien imposible cuyo amor pertenecía a otra. Amplió su sonrisa para enmascarar su dolor. No podía echarle la culpa a él, porque el profesor Snape jamás había hecho nada para que pensara que aquello que tenían pudiera ser mas. Había sido ella sola, que se había dejado llevar.

-¿Qué?- Snape alzó una ceja confundido por su afirmación.- Maldita sea…- El hombre se acercó a ella dispuesto a acabar aquella conversación ridícula.- Es mejor que se vaya.- Pero aunque su boca la instara a irse, sus brazos la agarraron por la cintura y sus labios la besaron.

1 de Septiembre de 1999

-Severus, señorita Granger.- Los saludó la directora.- Llegan tarde.- Les reprochó suavemente, aunque después sonrió.

-Disculpe directora.- La joven miró a Snape, que estaba a su lado con cara de pocos amigos.- Diferencia de opiniones.- Indicó brevemente mientras los tres se sentaban en la mesa de los profesores ante los constantes bufidos de protesta del profesor de pociones. Snape se puso tenso, pero las ignoró mientras los centenares de niños y adolescentes entraban en el gran comedor.

Se limitó a fulminarlos a todos y cada uno de los estudiantes que se atrevían a mirarlo aunque fuera solo un segundo.

-¿Tenemos que aguantar esto?- Masculló impaciente.

-Si.- Respondieron ambas mujeres a la vez. Hermione le sonrió brevemente y antes de que pudiera protestar sintió su mano contra la suya por debajo de la mesa.

-Prometo que después le dejo que asuste a unos cuantos.- Bromeó la chica. Minerva los miró a ambos. Jamás se lo hubiera imaginado…

La anciana se levantó y la ceremonia dio comienzo. Snape se limitó a observarlo todo, repasó la mesa de Gryffindor para darse cuenta de que ya no tenía nada más que mirar ahí más allá de estudiantes temerosos que lo miraban asustado. Ya no estaba Lily a la que buscar, porque estaba muerta y jamás regresaría…

Y tampoco estaba Hermione.

Pero esta vez era mejor, porque la tenía a su lado. Sonrió de medio lado porque si, haciendo que algunos jóvenes se estremecieran en sus asientos al ver la sonrisa espontánea e inquietante que había puesto el jefe de Slytherin.

Se dedicó toda la cena a gruñir, bufar y contestar con monosílabos al intento de conversación por parte de Hermione y Minerva. No lo iban a conseguir, no iban a conseguir que participara voluntariamente en otra ceremonia de bienvenida.

-¿Estás segura de esto querida?- Le preguntó la anciana a Hermione. La bruja soltó una breve sonrisa, que se convirtió rápidamente en una sincera carcajada.- ¿Ser su asistente?- Preguntó no muy convencida.

-¿Insinúa que la voy a torturar o algo? ¿Qué la coaccioné y obligué?- Preguntó Severus con una ceja alzada.

-No puedes reprocharme que lo piense.- Se defendió la directora tranquilamente. Hermione miró a ambos.

-No me obligó.- Le hizo saber la joven mientras se servía un poco de vino.- En cuanto a lo primero, yo tampoco estoy segura de que no me torture.- Bromeó con la anciana. Ambos sonrieron mientras el Slytherin las fulminaba como si quisiera eliminarlas de la faz de la tierra. No le gustaba ser el motivo de sus mofas o burlas. La mano de la bruja, que no había soltado la suya aun, la apretó suavemente y Snape se dedicó a concentrarse en sus dedos suaves jugando con su palma de la mano. Resopló varias veces irritado, pero aun así sus hombros se destensaron levemente.

Escuchó el discurso de bienvenida, las prohibiciones habituales, y entonces la presentación de Hermione como profesora adjunta. La vio levantarse y saludar educadamente. Después la selección de las casas comenzó y antes de que se diera cuenta, estaba escuchando como las brujas que tenía al lado iniciaban una agradable conversación mientras cenaban tranquilamente.

Severus sonrió para sí mismo dándose cuenta de que era la primera vez desde que estaba ahí, que no tenía ganas de desaparecer del gran comedor en una ceremonia de bienvenida. Su plato de asado desapareció de la mesa cambiándose por un trozo de tarta de chocolate. Metió la cuchara de lleno en ella y se la metió en la boca.

Minerva lo observó como si le hubiera crecido una segunda cabeza al lado de la ya existente. Hermione miró a ambos sin saber que ocurría.

-Nunca lo he visto comerse el postre.- Comentó la directora. La castaña sonrió ampliamente.

Hermione no esperó, en cuanto el primer alumno se levantó de la mesa para marcharse, la bruja le hizo un gesto de la cabeza a Snape para que salieran de allí. Se despidieron diligentemente, excusándose en todo el trabajo que tenían que hacer. Granger arrastró a Snape, casi literalmente hasta su despacho, y después, cómo siempre a sus aposentos privados. Severus levantó una ceja, esperando una explicación por la reacción de la Gryffindor, pero lo recibió un apasionado beso en los labios.

-Qué demonios…- Se quejó brevemente antes de agarrarla por la cintura y subirla sobre la mesa devolviéndole el beso con el mismo entusiasmo o más. La temperatura subió rápidamente y Hermione se separó de él buscando un poco de aire.- ¿Y ahora qué?- Se quejó cuando sintió la frialdad y el vacio entre ellos.

-Severus…- Lo advirtió.- Sabes que quiero, eres tú el que dijo de…

El hombre gruñó, se acercó a ella y la besó mientras su boca descendía con ansiedad por su cuello.

-Me cansé de esperar.- Espetó mientras resoplaba al sentir su cálida piel bajo sus dedos. Había esperado un año, no quería esperar más. No lo necesitaba.

Sabía lo que quería, y la quería a ella.

1 de Septiembre de 2001

Gruñó enfadado, sentándose de malos modos en una de las sillas de la mesa.

-No puedes estar enfadado por eso.- Razonó la bruja tranquilamente.

-¿No?- Espetó irritado.- Pruébame.- Masculló entre dientes. Hermione se sentó a su lado, negando con la cabeza pero con una amplia sonrisa en el rostro. Se acomodó la túnica celeste y con calma se echó una copa de vino ante los constantes bufidos de Severus.

-¿Aun sigue con lo mismo?- Preguntó la directora entrando en el comedor y sentándose en su silla. Hermione no dijo nada, asintió divertida mientras el hombre que tenía al lado la fulminaba con la mirada como si quisiera matarla.- No puedes estar enfadado por eso.- Contestó la anciana igual que había hecho Granger.

-Estaré enfadado si quiero.- Se enrocó mientras se cruzaba de brazos.

-No sé como fuiste capaz de casarte con él, Hermione.- Confesó la anciana negando con la cabeza. Severus bufó molesto por el comentario, pero Hermione le contestó con una sonrisa sincera, mientras, por debajo de la mesa, y como le gustaba hacer, sujetaba la mano de su marido con delicadeza.

-Yo si lo sé.- Dijo al fin mientras se acercaba a Snape y le depositaba un cálido y breve beso en las mejillas. Severus quería protestar ante aquella muestra de cariño en público, no le gustaban nada, pero como siempre y a pesar de todo, se resignó y se dejó hacer mientras resoplaba y miraba de manera inquisitiva a aquellas dos mujeres, pero sobretodo… A Hermione.

Pocos segundos después, y antes de darle tiempo al hombre de protestar, las puertas del gran comedor se abrieron y los estudiantes comenzaron a avanzar entre las mesas para tomar asiento.

El murmullo de tantos adolescentes amenazaba con levantarle a Snape un fuerte dolor de cabeza. Poco después, la nueva tanda de alumnos de primero ingresó en la sala igual que habían hecho sus predecesores. Todos estaban sorprendidos, nerviosos y casi todos miraban a su alrededor maravillados, sobre todo cuando sus ojos se fijaban en aquel maravilloso techo.

Como siempre hacía Snape, observó atentamente a todos los estudiantes nuevos. Sus ojos negros y su cara de eterna frialdad lo habían seguido acompañando desde que daba clase en Hogwarts, por mucho que su mujer dijera que se había hablando, aún era capaz de infundir respeto y temor si se lo proponía. De entre todos los ojos, unos le llamaron especialmente la atención. Eran oscuros, casi negros, y lo miraban con orgullo y la barbilla levantada. Snape alzó una ceja, pero aquel chico se limitó a sonreír con calma.

-Recuerda lo que prometiste.- Le recordó su mujer al oído.

-Sí, sí…- Dijo impaciente. Por un momento Hermione creyó que le hubiera respondido que si a cualquier cosa que le hubiera propuesto. El subdirector, Flitwick, inició aquel discurso pequeño antes de dar paso a la ceremonia de selección de casas. Snape tragó saliva y recibió como respuesta un suave apretón de manos.

Los estudiantes, nerviosos en su mayoría, desfilaban por el sombrero para averiguar a donde pertenecerían los siguientes siete años.

-¡Alan Snape!- Gritó el pequeño Filius. El comedor se sumió en un pequeño murmullo generalizado. Severus se tensó inconscientemente en su asiento, en cambio Hermione parecía de lo más tranquila a su lado. La miró de reojo un par de veces, pero solo sonreía y aplaudía suavemente como el resto de los profesores.

Alan miró a sus padres buscando algo de apoyo. Su madre sonreía como siempre, con aquella mirada cálida que lo hacía sentir siempre seguro. Y luego estaba su padre, su mirada intensa y negra no se apartaba de él, vio como su padre levantaba la cabeza con orgullo disimuladamente y él hizo lo mismo antes de darles la espalda y sonreír con seguridad.

-¡Un Snape!- Gritó el sombrero.- Que curioso, esto va a ser divertido… ¡Ravenclaw!- Sentenció. Severus resopló dejando caer los hombros y aplaudió con el resto.

-Al menos no es Gryffindor.- Masculló el pocionista aliviado mientras dejaba escapar una breve sonrisa de orgullo.

1 de Septiembre de 2021

-¡Corre! ¡Vamos a llegar tarde!- Gritó mientras se metían por unas grandes escaleras de piedra que subían al gran comedor.- Si llegamos tarde nos mataran.- Resolló mientras trataba de subir las escaleras de dos en dos.

-¿Dónde van a llegar tarde?- Preguntó una voz aterciopelada y lenta a sus espaldas. Los dos jóvenes se giraron para toparse con la imponente figura de Severus Snape que los miraba inquisitivamente con una ceja alzada.

-¡Abuelo!- Gritó la chica.- Casi nos das un susto de muerte.

-Aquí no soy abuelo.- Indicó seriamente mirándolos a los ojos.

-Perdón director Snape.- Respondió el otro chico sonriendo tímidamente. Severus colocó las manos tras su espalda y los miró unos minutos.- Será mejor que os vayáis antes de que la subdirectora os busque para la ceremonia de selección y no os vea.- Les aconsejó mientras asentía, y tras sonreírles suavemente desapareció en dirección al gran comedor.

-Director Snape.- Lo llamó el chico, los mellizos se acercaron a él y tras sonreírle hincharon el pecho con orgullo y subieron las escaleras.

Su abuela les esperaba a las puertas del gran comedor junto al resto de sus compañeros. Los mellizos se sonrojaron y agacharon la cabeza por la tardanza, pero la mujer les devolvió una mirada cálida.

-Ya estamos todos.- Confirmó.- Bienvenidos a Hogwarts, soy la subdirectora Hermione Snape.- Les indicó con amabilidad.- En unos momentos cruzareis esas puertas y os uniréis a vuestros compañeros de clase, pero antes de sentaros seréis seleccionados a vuestras casas. Mientras viváis aquí vuestra casa será vuestra familia, vuestros triunfos traerán puntos, mientras que cualquier incumplimientos de normas hará que los perdáis.- Indicó firmemente mientras los miraba a todos, pero sobre todo a sus dos nietos.- Al final del año, la casa que más puntos tenga, se galardonada con el torneo de las casas.- Explicó por último antes de mirarlos a todos una vez más.- La selección comenzará en breve, buena suerte.

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Voilá, espero que os guste. La historia de Severus Snape a través del 1 de Septiembre. No… no hay lemon. Lo siento, pero la verdad es que no me apetecía. Pero bueno… imaginación os sobra, os lo podéis imaginar. Unos besos por ahí, una caricias por allá, y Snape embistiendo a la bruja sobre la mesa de su sala de estar, hasta perder la razón y la noción del tiempo.

Lo normal…

Espero que os haya gustado, me hubiera gustado publicarlo justo el día 1. Pero se me resistió un poco.

Gracias de antemano.

Saludos de Cloe.