Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Cinco
Mike me llama a su oficina. Espero lo peor cuando me dice que me siente. La última vez que me trajo aquí, perdí mi empleo. Aparentemente, sigo causándole problemas.
—¿Qué horas se supone que trabajas, Cullen?
Intento descifrar si es una pregunta capciosa, pero él se pone impaciente y responde por mí.
—De nueve a cinco. Eso es todo. No te pago para que trabajes durante la noche. Tampoco te pago para que te vengas abajo.
—Ya estoy pagando por eso, ¿o no? —digo, pensando en la pila de obituarios sobre mi escritorio.
Él desliza su mano por su corbata y mete su estómago, inclinándose sobre su silla.
—Si quieres pensarlo de esa forma, entonces sí, estás cumpliendo tu condena. Pero ni más ni menos.
Una metáfora de prisión—qué apto.
—No se trata de dinero —digo, mis financias es la menor de mis preocupaciones. Ser un ermitaño prácticamente tiene su recompensa. Es el tiempo libre lo que no deseo.
—No, se trata de tu salud. Solo tengo que mirarte para saber que no estás durmiendo. —Suena el teléfono y él responde, tapando un extremo con su hombro así puede terminar su regaño—. Necesitas cuidarte. Nadie más lo hará. No presiones, Edward.
Hago mi silla hacia atrás y le doy un saludo militar mientras me voy.
~ACoY~
Mi vida se separa en dos—antes del evento, y después. Nadie sabe qué evento es, ni siquiera yo. Puede que haya muchos—más que muchos. Puede que no sean nada. O quizás haya habido algo todo este tiempo—una pequeña grieta esperando ser abierta por completo. No tengo la energía para trabajar en ella. Todo lo que tengo, lo dedico en no ahogarme en licor. Además de una pequeña parte que le estoy dedicando a ella.
Solía ser un corresponsal de guerra. Ahora escribo obituarios. Mike pensó que ayudaría, ver lo que las personas lograban en sus vidas. Eso, y él no confiaba en mí para que no me mate en una zona de guerra. Él no entiende que estoy en mi propio campo de batalla.
Solía vivir mi sueño, pero me desmayé y desperté en una pesadilla.
Solía estar ebrio, ahora estoy sobrio.
Solía estar vivo.
~ACoY~
Debería haber parado la primera vez. O la cuarta, quinta, sexta. Debería haber dejado que el vistazo que tuve de su vida fuera suficiente, pero esa siempre ha sido mi forma de ser. Solo se necesita una pequeña probada.
Las señales son demasiado fáciles de confundir por otras cosas: emoción, nervios, y a menudo lujuria. Pero he hecho esto demasiadas como para confundirme. Ella está llenando mi mente, dándome excusas. Me siento aquí esperando verla todos los jueves por la noche, uniendo todos los pequeños detalles que he juntado de ella, las cosas que he presenciado, preguntándome quién es. Está el novio, quien no ha vuelvo desde la última ve que lo vi. Está la manera en que camina: lentamente, como si no hubiera prisa para hacer algo. Su retorcida y a veces falsa risa, especialmente cuando bromea con su jefe. Él actúa como si fuera su dueño también. Veo la manera en que ella se aparta de él—él aún no capta el mensaje. Ella siempre llega sola y se baja del autobús 345. Supongo que vive al norte de la ciudad, no muy lejos de mí. Pero no me importa nada de esto. No puedo.
La reunión de esta noche fue dura. Estoy harto de venir a este edificio. Escuché a otro maldito llorar sobre su adicción, mi paciencia acabándose—un escarbadientes listo para partirse en dos. Emmett no estaba. Él se ha ido a Tulsa por una semana. Dios sabe qué lo ha llevado a esa pocilga. Él dijo que era por trabajo; todos tenemos trabajo al cual asistir, solo que difícilmente es en un escritorio.
La noche está despejada, y si observo con detalle, puedo ver las sombras de las estrellas. No compite con el cielo de Helmand Valley. No he pensado en eso en mucho tiempo. Intento no hacerlo. Pero sientes como si puedes ver todo un mundo allí afuera. Me recuerda a lo que he perdido, me recuerda por qué intento con muchas fuerzas seguir adelante. Me recuerda exactamente por qué no debería estar aquí.
Ni siquiera me permito una última mirada mientras me dirijo hacia la parada de autobús.
Es solo cuando quito la atención de mis botas que me percato que ella también se ha ido temprano. La figura en la acera es inconfundible. Puedo escucharla al teléfono, discutiendo. Su voz es ronca con furia y lágrimas. Levanto la mirada y encuentro sus ojos. Son dos hoyos negros. Dos heridas abiertas. Ella baja la cabeza y pasa por mi lado. Mi corazón se acelera—he sido atrapado.
Su cuerpo está encorvado mientras sigue caminando, y entonces, con un grito abrupto, se detiene y lanza su teléfono a la calle. Este se hace añicos con el impacto. Un grupo de hombres caminando del otro lado de la calle le gritan y silban. Sus risas instantáneamente me hacen enfurecer; a ella también, ya que les muestra el dedo del medio y les grita que se vayan a la mierda.
Sé que necesito tranquilizar la situación que ella ha comenzado, así que camino hacia ella. Les advierto a los hombres con una mirada sobre mi hombro, y los malditos parecen leerme bien, siguiendo en su dirección opuesta. Pero cuando doblo la esquina, ella ha desaparecido. La única cosa a la vista es el puente Meridian, iluminado por las escasas farolas. Espero que ella hubiera tenido sentido suficiente como para tomar un taxi, ir a casa. Cosa que debería estar haciendo. Por lo que tomo un atajo sobre el puente hacia la próxima parada de autobús. El viento es fuerte; levanto el cuello de mi chaqueta, meto mis manos en mis bolsillos. Las calles están silenciosas, el puente cerrado por mantenimiento.
Usualmente no miro hacia el agua; las alturas es otra de mis debilidades. Pero algo llama mi atención. Es entonces que veo que ella no ha tomado el autobús o un taxi. Ella no tiene planes de volver a casa en absoluto, porque se encuentra de pie al borde del puente, inclinándose hacia el viento. Ella suelta una mano, y mi corazón salta hacia mi garganta.
Ella no se ríe de euforia. Su rostro está quieto, sus lágrimas caen a unos treinta metro abajo. Me acerco lentamente, sin querer asustarla.
—Tienes una mala noche, ¿eh?
Ella se tambalea, y es una descarga eléctrica para mi sistema. Me abalanzo hacia adelante, pero ella se endereza a tiempo y gira para aferrarse al metal.
—¿Qué demonios? No puedes asustar a las personas así.
—Lo siento. No estaba seguro de cómo acercarme a alguien que está a punto de saltar de un puente. —Me encojo de hombros, tratando de calmarme a pesar que mi pulso está fuera de control. El viento revuelve su cabello alrededor de su rostro, su falda enredada en sus piernas.
—No voy a saltar —responde ella, pero voltea hacia el agua, su columna presionada contra la estructura mientras comienza a soltarse de nuevo.
—¿Qué haces entonces? —pregunto, tratando en encontrar en mi mente algo que me ayude. Estoy seguro que vi en la TV que lo mejor que puedes hacer es seguir hablándoles, pero entonces quizás eso fue una negociación de rehenes—. ¿Miras el paisaje?
Ella se ríe entre lágrimas que caen por sus mejillas. Ella va a matarme.
—No. El paisaje aquí es horrible.
—¿Entonces qué? —pregunto, acercándome más, intentando encontrar el mejor lugar de donde tomarla si salta.
—Quería ver si podía volar. —Ella se suelta, y se para un poco más derecha. Mi estómago da otro vuelco.
—Oh, cierto. He hecho eso antes —digo, moviéndome lentamente.
—¿Lo has hecho? —Ella gira y se tambalea de nuevo. Su descuido me hace sudar—. ¿Cómo te fue con eso?
Ella es hermosa en su crisis, y algo sobre ella así, tan perdida, me hace decir la verdad.
—Sigo contando las heridas. —Hago una pausa, intentando persuadirla—. Deberías bajar de allí. No quieres hacer eso.
Ella me mira como si quiere que la convenza de no hacerlo, pero entonces su rostro se endurece.
—No sabes nada sobre mí.
No es verdad.
—Dime algo entonces —señalo.
Otra risa se escapa entre sus lágrimas, esta vez ahogándose de infelicidad.
—Solo déjame sola.
Me quito la chaqueta, y sueno mi cuello, como si me preparara para una pelea. Y lo estoy, solo que es una a la cual no estoy acostumbrado.
—No puedo hacer eso —digo, llevando una pierna sobre el barandal hasta estar balanceándome a su lado—. ¿Cómo es el famoso dicho? "Tú saltas, yo salto", ¿cierto?
Ella sacude la cabeza, sus ojos reflejando la sorpresa y la tristeza dentro de ella.
—Estás loco.
—No más que tú.
—¿Se supone que eso es mejor?
Aferro los barrotes detrás de mí, mi camiseta pegándose a mi pecho.
—Odio tener que decírtelo, pero ambos estamos suspendidos a más de treinta metros sobre el agua. No creo que algo pueda mejorar la situación.
Ella frunce el ceño, y doy otro paso instintivamente a un lado, irrumpiendo su equilibrio.
—¡No te acerques! —chilla hacia la noche.
Levanto una mano.
—Oye, está bien. No te tocaré. Solo estamos hablando.
Cierra los ojos fuertemente, dejándome afuera o encerrándose en sí misma, no puedo notarlo.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta ella después de un momento. Apenas puedo escucharla, el viento arrastrando sus palabras por encima de mi hombro.
Dudo en dárselo, pero tengo que intercambiar algo.
—Edward.
—¿Alguna vez salvaste a alguien, Edward?
—No, es la primera vez —respondo, tratando de no mirar abajo—. ¿Cómo me va?
Ella mira hacia el frente, directamente a sus problemas.
—Podría ser peor.
Pienso en las noches y las botellas vacías y los cielos vacíos. Callejones llenos de vómito y costillas rotas. Chicas en baños sucios, chicas de rodillas. El silencio de un funeral. La salida de mi propia vida.
—Sí, podría ser peor —repito.
Mis palabras apenas salen, cuando su zapato se resbala, su equilibrio desaparece. Reacciono más rápido de lo que he hecho antes. Tomo su falda, jalándola hacia atrás hasta que mi brazo se encuentra firmemente alrededor de su cintura. Ella suelta un grito cuando su pierna golpea con el fuerte borde de los barrotes. Lucha contra mi fuerza, pero la quiero más de lo que ella no se quiere a sí misma.
La adrenalina recorre mi cuerpo, tirándome al suelo. Somos una pila enredada hasta que la aparto de mí. No la suelto mientras ella solloza, mientras salvajemente se desquita conmigo.
—¡Suéltame! ¡No quiero hacer esto!
No puedo evitar preguntarme qué es lo que ella no quiere hacer. Espero que la respuesta sea morir. Lentamente, ella comienza a calmarse. La sostengo fuerte, sus músculos relajándose mientras inhala profundo. Entonces se estremece, aferrando mi camiseta, todo su cuerpo vibrando con emoción al enterrar su rostro en mi cuello. Alivio o arrepentimiento, podría ser cualquiera.
Es solo cuando puedo respirar profundo que noto lo que he hecho. Dónde estoy con esta chica en mis brazos. Debería soltarla, irme, pero no lo hago.
Cuando ella finalmente me mira, su rostro hinchado y sus ojos llenos de una vida que salvé, no puedo evitar preguntarme si hubiera sido mejor para los dos haberla dejado caer.
