Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Siete
Soy un fantasma persiguiendo mi vieja vida: las oficinas del Seattle Times, mi familia, mi departamento, a mí mismo.
Debería soltar lo que sea que me mantiene aquí, pero en vez de seguir adelante, estoy de pie frente al Swedish Medical—un lugar que me ha perseguido en mi peor momento.
Costillas rotas, una mandíbula quebrada, septicemia, sobredosis—soy una aparición familiar en la sala de emergencias.
Aún así, el rostro de Ally palidece al segundo que me ve.
—¿Qué haces aquí? —Sus ojos miran a su alrededor para ver quién puede escuchar. Ella baja la voz—. No puedes estar aquí, Edward.
—Quiero hablar contigo. —Me encojo de hombros, y ella silencia el busca en su cadera, mete su cabello por debajo de su gorro quirúrgico.
—No tengo tiempo para esto. Debo irme. —Ella gira sobre sus talones, pero estiro una mano y tomo su muñeca tan suave como sea posible. Lo último que necesito es la atención de un aspirante a guardia de seguridad. Somos viejos amigos.
—Ally, solo dame un minuto. —Puedo ver en sus ojos que la estoy partiendo al medio: la hermana que era, y la hermana que intenta fingir que no tiene un hermano.
—No puedo. No puedes estar aquí, E. Deberías ir a casa. —Jala de su mano y desaparece detrás de unas puertas batientes. Frustración y algo que podría ser tristeza me recorre por debajo de la piel, amenazando con tragarme entero. Me apresuro a salir del área de espera y hacia los baños.
Abro el grifo y descanso mis manos en el borde del lavabo, observando el agua desaparecer por el drenaje. Me siento de doce años, furioso como si Ally estuviera ocupando el control remoto y no me dejara recuperar el control del juego.
Miro al extraño en el espejo de nuevo. Él luce arruinado. De nuevo. Él sonríe, y le quito la sonrisa del rostro con mi puño. El espejo se rompe, cortando mis nudillos. El agua se vuelve roja. Me hace sentir mejor—el dolor, ya no verme a mí mismo. Sé que Ally estará molesta, pero quizás me hablará ahora. Espero hasta que lo peor de la sangre salga de los cortes, entonces camino de vuelta y tomo asiento.
Lleva un tiempo. Pierdo la noción de este, deseando haber tenido un cigarrillo. La sangre ha goteado y se ha congelado en el linóleo azul. Ha cubierto mi mano, mis jeans. Las personas me miran cuando piensan que yo no lo hago. Me pregunto qué ven. Un jodido desastre. Un problemático. Un fantasma.
Cuando ella finalmente reaparece para llamar al siguiente paciente, sus ojos se mueven hacia mí, posándose sobre mi mano ensangrentada. Su furia es olvidada por un segundo, y se apresura hacia mí, la preocupación en su rostro jalando del vacío en mi pecho, el lugar dónde mi corazón solía estar.
—Oh, por Dios, ¿qué diablos pasó? —Ella inspecciona el daño y me mira de cerca por primera vez en mucho tiempo—. ¿Tú hiciste esto?
—No. —Es media verdad; al menos, solo la mitad de mí está mintiendo—. Fue un accidente.
—Necesitarás puntos. Espera aquí. —Ella se dirige a la recepción, y busca entre los papeles. Encontrando nada, le habla a la chica detrás del escritorio, señalándome mientras habla. La rubia echa un vistazo por encima de la computadora—sus ojos rondando por un segundo de más, un momento que podría terminar con ropas descartadas y sábanas revueltas. O, seguramente, quemaduras en su espalda por los fuertes ladrillos del callejón.
Mis pensamientos llegan a un callejón sin salida—la Linterna Roja bloquea su camino. Es un cambio que no tengo tiempo para registrar cuando Ally regresa.
—Ven conmigo. —Ella no espera, marchando hacia las puertas dobles y corriendo una cortina de un cubículo vacío—. Siéntate. —Ella señala la camilla y me da la espalda, preparándose para lidiar con mis heridas superficiales.
Ella no es tan gentil como sé que puede serlo. Sus labios están atrapados entre sus dientes mientras trabaja. Creo que ella disfruta de hacerme sisear en dolor, tanto, que ella lo vuelve a hacer cuando las heridas lucen lo suficientemente limpias para mí.
—Deja de moverte —ordena, preparándose para unir mi piel de nuevo. Para arreglar mis grietas. Las que se encuentran dentro de sus habilidades como enfermera.
Con su concentración en su trabajo, tomo la oportunidad de hacerle hablar.
—¿Estás bien?
—Síp —dice ella, abriendo un paquete de gasa y esquivando mis ojos. Ella luce bien, feliz, con la excepción del ceño fruncido en su frente. Es una arruga permanente cuando estoy cerca.
—¿Has escuchado de Jasper? —Hago una mueca cuando ella presiona fuerte con un hisopo de algodón.
—Sí, él llamó anoche. Se encuentra en una operación ahora, así que... —comienza, y la tensión en sus hombros se va con las palabras que no dice.
—Él volverá pronto.
—¿Oh sí? —Ella me da la espalda de nuevo, desquitando sus emociones con un rollo de cinta, golpeándolo en la bandeja de metal cuando no puede encontrar el extremo. Cuando vuelve a voltear hacia mí, me mira a los ojos. Las lágrimas se asoman por sus ojos marrones—. ¿Eso significa que tú también volverás pronto?
—Ally... —Debería estirarme hacia ella, pero no lo hago. No puedo ser el que hace caer las lágrimas. Ella ha llorado suficiente por mí. Digo las palabras a pesar de saber que ella no quiere escucharlas, a pesar de ser otra mentira—. Estoy aquí.
—Sí —dice ella, terminando. Ella está más suave ahora, haciendo una pausa para rozar una cicatriz en la palma de mi mano—. Recuerdo esto.
Asiento, sonriendo para mi pesar.
—Te dije que no treparas tan alto. —Ella pasa su dedo sobre esta de nuevo y entonces da un paso hacia atrás, aferrando sus propios codos para evitar hacer algo sin cuidado como abrazarme.
—Jamás te he escuchado.
Ella seca una lágrima que es demasiado pesada como para contener.
—Desearía que lo hicieras.
—Lo sé.
No puedo darle algo más. Pero recuerdo cada momento que ella me rogó que buscara ayuda, cuando ella lloraba y gritaba, susurraba y me convencía para que me detenga. Recuerdo su rostro cada vez que yo le daba la espalda—dolor, furia, decepción, sufrimiento. Ahora, ella no me da nada. Es una hoja de papel en blanco.
Ella comienza a limpiar todo; el intercomunicador llamando a los doctores cada cinco segundos. Me está dando dolor de cabeza.
—¿Está todo bien con el bebé?
Ella coloca sus manos sobre el pequeño vientre escondido debajo de su blusa médica, una pequeña sonrisa aparece en su rostro antes de esfumarse.
—Sí. —Es todo lo que me da.
—Quiero estar allí para ti... para los dos. —Sé que es lo correcto para decir, pero el pánico aparece después de mis palabras, queriendo retractarme. No me dejaría estar cerca de un niño. Soy el peor tipo de persona. El peor tipo de ejemplo. El peor tipo de influencia. Y aquí, niños, si realmente quieren cagar su vida, miren a la exhibición uno: Edward Cullen.
Mi omisión mueve un poco el hielo, y ella es mi pequeña hermana de nuevo, aunque sea solo por un segundo.
—También quiero que estés allí. —Pero entonces da un paso hacia atrás y vuelve a cubrirse de hielo—. Pero no así.
Ella no me deja luchar, simplemente se va. No hubiera tenido algo más que decir, de todas maneras, porque tiene razón. Ella siempre tiene razón.
Salgo por las puertas dobles, y enciendo un cigarrillo. Martes de Ruby. Cócteles débiles, imbéciles encantadores, y rincones oscuros. Siento el tirón —manos y labios, respiraciones pesadas y caladas rápidas— pero lo suelto. Este desaparece, reemplazado por otro par de manos, pequeños jadeos contra mi cuello, el peso de su cuerpo, la expresión en sus ojos. Reconozco la manera en que ella me miró. Si la salvé una vez, quizás pueda hacerlo de nuevo. Quizás podría tratar de salvarme a mí mismo. Podríamos mantenernos vivos el uno al otro. Nuestra propia versión retorcida de una historia de amor.
Probablemente sea la peor idea que haya tenido.
~ACoY~
Me siento en un banco vacío, la misa en St. James ha acabado. Las velas centellean y el incienso arde, pero no es la iglesia de mi madre. No estoy seguro de por qué vine. No quiero hablar con nadie. Ni siquiera quiero hablar conmigo mismo.
Mi alma no puede ser sanada. Mis pecados no pueden ser expiados. Es demasiado tarde para eso. Quizás espero ser abolido por atreverme a entrar, pero eso no ha pasado aún, tampoco. Él está aguardando su momento para mí—la muerte. El diablo. Él me da estos momentos de paz. Es una trampa.
Me pregunto si Él me la envió. El diablo era un ángel con tendencias suicidas, después de todo. Mi mente se dirige a ella más de lo que debería. He comenzado a permitírselo.
Le estoy dando las advertencias. Ella no se da cuenta con lo que está lidiando. Ella no sabe el poder que podría tener sobre mí. Si lo supiera, y ella estuviera tan jodida como yo, ambos estaríamos arruinados.
Los últimos asistentes se van. Estos me ofrecen sonrisas o miradas rápidas. Bajo la cabeza. Estoy cansado hoy. Mis huesos se sienten pesados. Antes, flotaría con ellos en licor. Los cubriría de coca. Ya no puedo hacer eso, así que me hundo.
Son momentos como este que saco la culpa que cargo. La sostengo en mis manos. La volteo una y otra vez. Intento encontrar imperfecciones, maneras de hacerla encoger, pero nunca cambia.
Mi madre insistió en un ataúd abierto. Ella se aseguró de que él vistiera su mejor traje, su reloj más caro, su corbata de seda. Ella pasó horas eligiendo las flores que me ahogaron con sus aromas. Nos paramos junto a él, antes y después del servicio, mientras las personas daban sus condolencias.
Quise vomitar durante todo ese tiempo. Quise romper las flores y cerrar el ataúd de un golpe. Quería asesinar a mi madre. Al sacerdote. A la interminable compasión. En cambio, me obligué a sonreír, charlé un poco, e intenté con todas mis fuerzas no mirar a mi papá.
Pero incluso entonces, podía ver la cicatriz y las grampas que unían su cuerpo. Imaginaba a su corazón en su pecho, roto e irreparable. Cortado y trozado en un intento por aflojar el daño. Daño que yo le había hecho. Daño que no puedo enmendar.
Presiono mi mano sobre mi propio pecho. Mis latidos ruidosos como si alguien hubiera subido el sonido del bajo en su coche afuera. Es invasivo. Quiero que se detenga.
Ay, Edward :( Carga mucha culpa por lo que le pasó a su padre e intenta recuperar la relación de su hermana.
Gracias por leer :)
