Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Ocho
He estado sobrio por 293 días.
42 visitas a AA.
84 viajes en el 345.
84 oportunidades perdidas.
85 es mi número de la suerte.
Mientras observo por la ventana, deseando que el autobús se apresurara, ella sube por primera vez. Mi conteo vuelve a cero. Respiro profundo como si eso me hiciera invisible. No funciona. Soy la primera persona que ella ve.
Su rostro muestra sorpresa antes de enterrarlo debajo de una capa de indiferencia. El autobús avanza obligándola a dar un paso más cerca, pero sus instintos se activan; la pistola de advertencia suena, y ella gira y toma asiento al frente.
Su espalda se encuentra derecha. Su postura demasiado rígida. Su cabello está recogido con un bolígrafo. Me pregunto si ella sabe que está allí. Me pregunto qué ha estado haciendo hoy, antes de este viaje, durante toda su vida.
Intento ignorarla, sabiendo que la próxima parada no se encuentra lejos—incluso si eso me dejará a millas de distancia de dónde necesito estar. Pero entonces nos quedamos atascados en el tráfico. Cada segundo es una respiración utilizando mi sentido común. Ella baja su cabeza, mirando algo en su mano, probablemente su teléfono.
Un destello de una sirena a través de la ventana lluviosa llama mi atención. También la de ella. Las luces rojas se vuelven invisibles cuando ella me nota mirando. Medio me pregunto si los paramédicos están en camino a resucitarme.
Debería quedarme en mi lugar, pero ella se encuentra demasiado cerca. La tentación es demasiado fuerte. Y estoy teniendo un mal día. Todo es muy fácil cuando me pongo de pie y camino hacia el asiento frente a ella. Sus ojos están agrandados mientras me siento, girándome para mirarla.
Ella voltea como si esto fuera una broma, o quizás para ver si alguien podría salvarla. No hay nadie. Ni siquiera mi consciencia. Las luces artificiales del autobús cambian a amarillo mientras ella intenta fingir que no estoy allí, pero no puede contener su curiosidad por demasiado tiempo. Ella sobresale su mandíbula, su mirada llena de sospecha.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué el 345?
Su rostro se desencaja, su máscara llenándose de confusión.
—¿Qué?
Descanso mi brazo en el respaldo del asiento, golpeteando mi dedo contra el metal del autobús.
—¿Por qué estás en este autobús?
Ella contrae su rostro y se inclina hacia el pasillo, mirando al tráfico frente a nosotros antes de volver a sentarse. El movimiento altera su perfume; me trae devuelta a nuestro encuentro con la muerte en el Puente Meridian.
Atrapado por la hora pico, ella se entrega a su destino y señala al pasillo.
—Lo siento, ¿pensé que esto era un servicio público?
Me mantengo en silencio, esperando. Ella es predecible. Sus palabras no pueden quedar no dichas por demasiado tiempo.
—¿Por qué te importa de todas maneras?
—¿Por qué no?
—Porque sí.
Arqueo una ceja y ladeo mi cabeza, llevándola a nuestra última conversación.
—¿Porque sí?
Ella se cruza de brazos furiosamente. El soplido que abandona su boca me hace sonreír. Mi sonrisa la hace sonrojar. El calor de whisky corre por mis venas.
—Porque era la manera más rápida de llegar al trabajo. En serio, ¿por qué estás hablando conmigo?
—Porque quise. —El autobús se pone en marcha de nuevo, su tembloroso motor suelta un humo acre que ingresa a través de la ventana rota.
Ella copia mi expresión sarcástica, pero sus rasgos aún conservan la confusión.
—¿Qué hay de diferente con la semana pasada?
Me encojo de hombros.
—Nada. —Estoy más débil. Soy más valiente. Más descuidado.
Ella me mira directamente a los ojos como si intentara encontrar una mejor respuesta. Ella solo verá su reflejo. Es una guerra que miradas que gano, lo cual es un error, porque cuando ella voltea para mirar por la ventana, la quiero devuelta.
—¿Sabes? Está mal que no sepa tu nombre.
—¿Y si no quiero dártelo?
—Sí quieres. —Obtengo el resultado que deseaba. Sus ojos se encuentran sobre mí de nuevo.
—Quizás, pero no creo que realmente quieras conocerme. —Ella está equivocada y en lo correcto.
Esta vez es ella que tiene todas las respuestas—simplemente tengo que trabajar en las preguntas. El autobús se detiene junto a la acera, y ella se pone de pie con una mirada que me dice que me he quedado sin tiempo. Pero algo cambia su parecer, y permanece cuando las puertas se abren, dejando que la fría noche entre con un siseo.
—¿Vienes?
Siempre he sido competitivo, así que sin pensar en mis otros objetivos, la sigo hacia la noche.
Caminamos uno al lado del otro sin hablar. Ambos probablemente pensando en las razones por las que no deberíamos estar aquí. Novio. Adicción. Supervivencia. Es solo cuando llegamos a una calle más silenciosa que ella voltea hacia mí.
—Irás a Blake, ¿cierto?
—Sí. Todos los jueves. —Esquivo unos charcos y las grietas también. No necesito más mala suerte.
—Oh... Por supuesto. —Ella vuelve al silencio. La adicción no un tema fácil de conversación, si es lo que estamos haciendo aquí. No estoy del todo seguro.
—¿Te diriges al trabajo? —Nuestra cordialidad es jodidamente ridícula.
Su risa retumba alrededor de la calle vacía, haciéndola hueca.
—Siempre. —Ella se detiene en seco y voltea, una sonrisa transforma su rostro—. ¿A menos que tú tengas una mejor oferta?
Mil posibilidades atraviesan mi mente. Las aniquilo antes de que tomen vida.
—No estoy seguro de que AA sea lo tuyo, pero puedes venir si quieres.
Ella ladea su cabeza, a su manera.
—¿Puedes hacer eso? ¿Llevar a extraños?
—Quizás, si fuera una sesión de amigos y familiares.
Ella frunce el ceño ante la falta de comunicación. Explicar las dinámicas de mi familia arruinaría el momento, así que esquivo eso también.
—Ellos no sabrían que eres una extraña. —Emmett lo sabría, pero esto es hipotético, creo.
—Suena divertido.
—Tan divertido como un funeral. —La única vez que tuve permitido asistir fue un gran error. No volverá a suceder. ¿Ven? A veces sí aprendo mi lección.
—Quizás otro día, entonces. He tenido suficiente de esos por un tiempo.
Quiero indagar en todo lo que ella no está diciendo, pero odio que toquen mis propias heridas, así que le otorgo la misma gentileza. Guardo su respuesta como una explicación de por qué ella podría haberse trepado a ese puente. Una de ellas, al menos.
Para distraernos, saco mis cigarrillos.
—¿Quieres uno?
Ella agita una mano hacia el paquete.
—Estoy bien. Intento renunciar a las cosas que son malas para mí.
¿Acaso no todos hacemos eso? No me gusta señalar que balancearse a muchos metros sobre el agua no es exactamente considerado saludable.
Ella zapatea, tratando de mantenerse caliente mientras yo enciendo. Los edificios altos a lo largo de la calle crean un túnel de viento, y lucho para mantener el fósforo ardiendo.
—Ven. —Ella se para de puntas de pie y ahueca sus manos alrededor de la llama. Por un segundo, estoy quieto en mi lugar debido a su proximidad, por el fuego que baila en sus ojos. Cometo el error de mirar por un segundo demasiado largo y veo la manera en que ella reacciona a mí. Su cuerpo se inclina más cerca, sus ojos se mueven hacia el cigarrillo que cuelga de mis labios.
La llama quema mis dedos. Maldigo y dejo caer el fósforo al suelo, volviendo a la realidad. Le doy mi espalda al viento, a ella, y enciendo el cigarrillo.
Ella aún no ha terminado con sus preguntas cuando comenzamos a caminar de nuevo. ¿Acaso ella no sabe que la curiosidad mató al gato?
—¿Por cuánto tiempo has asistido a las reuniones?
—¿Cuánto tiempo he estado sobrio? —Reformulo la frase por ella.
—Bueno, sí, supongo. —Ella mira hacia la acera mientras trabajo en ello. O al menos, mientras pretendo hacerlo. No es algo que olvidas. Es un tatuaje que cambia todo el tiempo tallado en mi pecho.
—Alrededor de ocho meses. —293 días. La porción final del nuevo número casi se completa. Solo cinco horas de tormento más. Como si el próximo día será algo mejor.
—Eso es muy bueno —dice ella, ofreciéndome un tipo de sonrisa diferente, como si ella no estuviera realmente segura de lo que constituye un éxito. No intento explicar los Doce Pasos porque no quiero ver esa sonrisa de nuevo. La que está llena de lástima.
Una intersección en frente es la distracción que necesito. Los coches aceleran rápidamente con destellos de luces, y los humos de caños de escape revolotean en la noche. El ruido ahoga todas las oportunidades para hablar hasta que nos encontramos del otro lado y en Blake.
Intento encontrar una manera de explicar cómo los ocho meses se sienten como un segundo y un siglo, dependiendo de mi humor. No puedo, así que el silencio se extiende demasiado. Me hace querer saber lo que ella está pensando. Me digo a mí mismo que me importa una mierda. Ella no es nadie para mí.
Ella hace una pausa afuera de las ventanas de La Linterna Roja, el cual ya está lleno adentro. Me hace pensar en su vestido rojo. Parada aquí envuelta en un abrigo de invierno y jeans, ella es una pizca de posibilidad. En ese vestido, ella es una botella de Jack sin tapón.
Me hace pedazos.
—Será mejor que vaya. —Muevo mi mentón hacia el pasillo, la puerta abierta iluminando los escalones.
Ella se mueve como si fuera a tocarme, pero lleva sus manos a sus bolsillos en cambio.
—Espero que vaya bien.
—Gracias. Diviértete. —Tengo reírme ante la expresión en su rostro. La oferta de algo mejor se ubica en la punta de mi lengua, pero lo trago.
Ella empuja la puerta de empleados para abrirla, dejando que el zumbido de la cocina escape a la calle. Entonces, ella me suelta una granada.
—Es Bella, por cierto.
Debería devolverla o correr para cubrirme, pero la atrapo y jalo de la palanca.
—Nos vemos, Bella.
