Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Nueve
Hubo un tiempo cuando no tenía segundos para escatimar. Ahora, mi calendario está casi vacío. Días pasados soldando palabras juntas sin importar cómo lucen. Noches desperdiciadas observando el techo.
Aparte de los jueves—es el único día que vale la pena registrar.
Bella no se molesta con formalidades la próxima vez que me ve. Ella sube al autobús y se sienta a mi lado.
—Hola. ¿Cómo están las cosas?
Su repentina presencia es demasiado como para que encaje eficientemente a mi lado. No puedo asimilarla por completo, así que sugiero bajarnos en la siguiente parada, a pesar que está lloviznando.
Ella está riéndose mucho esta noche y saltea sobre charcos como si tuviera alas. Ella es una mujer diferente a la del puente. Me pregunto si alguna vez la volveré a ver, o si ella esconde otras partes de ella tan bien como yo lo hago.
Otra noche sin sueño arrastra mis pies, pero ella no dice nada. Ella no hace preguntas cuando nos sentamos contra una pared afuera de un edificio abandonado, resguardados debajo de un toldo. Ella espera mientras yo enciendo un cigarrillo, su ceño fruncido. Es entonces que puedo ver que ella quiere preguntarme algo.
Comienza con la más fácil.
—¿Por qué vienes aquí todas las semanas?
—Debería, sí. —Los coches pasan y salpican agua a las aceras, haciéndolas brillas debajo de las farolas.
—¿No lo haces siempre? —Ella indaga. Puedo sentir el anzuelo cuando atrapa, jalando pequeños pedazos de información de mí.
—Lo intento, pero no siempre lo logro. Emmett me molesta si no lo hago, por lo que depende si quiero correr el riesgo.
—¿Ese era el tipo que nos miró feo esa noche? ¿El alto? —Ella levanta su mano, suponiendo su altura tanto como ella puede llegar.
Me saca una sonrisa.
—Sí, ese es él.
—A él no le gustó que hablaras conmigo. —Ella es más astuta de lo que pensé.
—Nah, no eres tú. —No sé cuándo había comenzado a explicar las preocupaciones de Em. Exhalo un pecho lleno de humo; mis pulmones están tensos, y me hace toser. Debería dejarlo. Pero debería nunca me llevó a alguna parte.
Ella me está observando de nuevo, estudiándome en su mente, tratando de descifrarme. Tengo demasiados pedazos perdidos como para eso.
Ella extiende una mano y capta un pequeño chorro de agua que cae a través de un agujero en el toldo sobre nuestras cabezas. Llena su palma y se derrama al suelo. No caminaremos a ninguna parte pronto.
—¿Cuál es su problema?
—Em es mi padrino. —Me encojo de hombros, lanzando la colilla hacia el asfalto mojado donde se apaga—. A él le gusta cuidar de mí.
—¿Él cree que soy mala para ti? —Su sonrisa brilla en sus ojos, coqueta y seductora, y recuerdo lo capaz que ella es de arruinarme.
—Algo así —digo.
Su risa es sucia; se atasca en mis costillas, busca mi pulso. Me hace desearla demasiado.
Cambio de tema antes de hacer algo que me arrepentiré.
—¿Qué hay de ti?
—¿Qué hay de mí? —Sus ojos brillan incluso en esta noche gris. Debería decirle que mirarme así, como si fuera nuevo y brillante, es una mala idea. Debería... como dije.
—¿Por qué estás aquí?
Ella está desconcertada. No estoy seguro de qué quiero de ella tampoco, solo que me da una excusa para mirarla por un minuto más mientras piensa.
Una pareja camina tomada del brazo, sus rostros escondidos debajo de un paraguas mientras hablan sobre lo que sea que las parejas felices hablan. No lo sabría. Mis relaciones van de la escala de mal a peor. Mi culpa. Siempre.
Ella elige ofrecerme un vistazo. Está en blanco y negro y borroso, pero lo tomo.
—El restaurante es mi segundo empleo. Trabajo del otro lado de la ciudad durante el día, cambio de lado por la noche... y eres la primera persona en mirarme así en mucho tiempo.
Su respuesta da vuelta mi mundo por medio segundo, hasta que me recuerdo que ella no sabe nada sobre mí.
—¿Así cómo?
Ella no responde, simplemente me mira—a los ojos. La lluvia y el tráfico es ruido de fondo, y comprendo lo que ella quiere decir. La necesidad de ella. El deseo. Solo tengo que tratar de recordar la diferencia.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo, quitando mi atención de sus labios. El número de Em aparece, la hora visible en la parte superior de la pantalla.
—Mierda, llego tarde. —Veo su decepción reventar nuestra burbuja, aunque ella la esconde bien. Necesito salir de aquí antes de hacer algo estúpido—. Nos vamos a mojar. —Entrecierro los ojos hacia la lluvia.
Ella se ríe de nuevo y levanta su capucha.
—No hay nada de malo en una pequeña lluvia. —Toma mi mano y la jala—. Vamos.
Debería soltarla, pero mientras ella me arrastra por la calle, chillando y riendo debajo del estruendo de la lluvia, sé que no seré capaz de apartarla fácilmente.
~ACoY~
El grupo ya está sentado cuando llego. Marcus se encuentra en su lugar al frente, pero no me disculpo por interrumpir. Tomo mi asiento junto a Em, cuyos ojos casi están saliéndose de sus cavidades con curiosidad irritante. Le articulo una disculpa—se la merece, al menos. Quizás reducirá la inquisición luego.
Debería escuchar a las personas hablando; es importante para ellos, ¿y quién soy yo para faltar el respecto así? Pero es difícil concentrarse cuando estoy lleno de Bella. Ella martillea en mis venas como si perteneciera allí. Me pregunto qué me mantuvo vivo antes de ella. Pregunta estúpida de hacer en mi ubicación actual.
Intento cuantificar lo malo que ella podría realmente ser cuando noto que todos los ojos están sobre mí. Marcus no puede esconder su impaciencia cuando se repite.
—Edward, me preguntaba si querías hablar hoy.
Mierda. Si me hubiera estado concentrando, hubiera pensado en una excusa, pero ya no tengo tiempo.
—Claro —digo mientras me pongo de pie. Em da una palmada a mi espalda, estremeciendo hasta mis huesos.
Odio hablar en público. Lidio con palabras silenciosas que las personas pueden recolectar y reflexionar en su propio tiempo. Odio la manera en que este público me mira, como si estuviera a punto de decir que cambiaré sus vidas o los haré sentir mejor consigo mismos. Me aferro al atril, para darme algo en qué concentrarme.
—Hola, soy Edward, y soy un alcohólico.
—Hola, Edward —responde la habitación con entusiasmo por hábito.
La presión de una risa nerviosa se acumula en mi garganta. La trago.
Tengo todo un mazo de experiencias de donde elegir, una variedad de manos, pero siempre me quedo con el fondo de la baraja. Nadie jamás ha visto mis mejores cartas. Mantengo esas cerca de mi pecho, junto a las cámaras vacías de mi corazón donde mis válvulas bombean con tiempo prestado. No sé para qué las guardo. Quizás me serán útiles algún día, cuando necesite negociar mi salida del infierno. El fugaz pensamiento trae una punzante realidad con él. Me despabila lo suficiente como para hablar. Elijo a Maggie en el público; ella me da un asentimiento imperceptible, una pequeña sonrisa. Elijo un número bajo en mi pila.
—Me reencontré con algunos amigos el mes pasado. Un viejo amigo que no había visto en años. Uno que solía verme con una cerveza en una mano, en un bar, pagando la próxima ronda, y la siguiente. —Eso consigue unos gruñidos, una característica común—. Él me estaba presentando a su nueva esposa. Ellos habían hecho la cena, y el vino ya estaba servido. —Pauso y tengo los asentimientos respectivos de algunas cabezas que ya pueden ver hacia dónde va mi historia.
—Iba a mentirle... aceptar el trago. —Me encojo de hombros y bajo mi vista al atril, interpretando el rol de una buena confesión—. Lo hubiera hecho también, pero entonces me preguntó por mis padres, así que tuve que decirles la verdad.
Nadie sabe lo que quiero decir con eso, pero no voy a explicarlo. Ellos no necesitan los detalles para ver el detonante. Em me ha ayudado a levantar mi dedo de este muchas más veces de lo que puedo contar. Le miro, y él repite el gesto de Maggie en apoyo.
La pausa le da el espacio a Marcus para interrumpir.
—¿Y cómo te hizo sentir eso, Edward?
Él dice mi nombre como si fuera una maldición, lo enfatiza con una sonrisa de cocodrilo. Me hace querer romperle la mandíbula. Respiro por la nariz y escucho a varias personas moverse en sus sillas. No soy el único que le desagrada. Él actúa como si su experiencia lo convirtiera en el Dalai Lama. No lo hace, simplemente lo hace un cretino.
No sé por qué lo hago, pero pienso en Bella. La manera en que me sedujo en la lluvia, el sonido de su risa. Esto relaja mis nudillos, suelta la presión de mis dedos contra la madera.
—Me hizo sentir como una mierda —digo, y el grupo se ríe, la mitad de ellos con alivio ante la liberación de la tensión en el cuarto—. Pero entonces estuve contento de que ellos lo supieran. Él siempre ha sido tranquilo, así que ellos no hicieron un escándalo. Ellos no escondieron todo el alcohol y cantaron tres Aves Marías, simplemente escucharon. Así que supongo que lo que quiero decir es que es bueno hablar. —Me odio a veces.
Me vuelvo a sentar en medio de una lluvia de gracias y bien hecho. Sé que lo que digo debería ser verdad, pero eso no quiere decir que lo crea o que funcione. Mis secretos son cadenas, y una parte de mí debería sentir su peso incluso si me hunden. Es lo menos que me merezco.
Em me busca al final como sabía que lo haría.
—Llegaste tarde esta noche, E. ¿Algo te retuvo?
Le ofrezco mis Marlboros—él ya no finge no fumar. La lluvia ha parado, pero ha cubierto las ventanas a lo largo de la calle. Ni siquiera puedo ver destellos de rojo que podrían ser ella.
—Nah, el autobús iba retrasado.
—Mmm —Es su respuesta. Se apoya contra la pared, se cruza de piernas—. Lo hiciste bien esta noche.
—Odio hacer eso.
—Lo sé, pero es importante.
—Eso es lo que me sigues diciendo. —Paso las manos por mi cabello y aparto mi mirada del restaurante.
—Ya llegarás allí, E. Lleva tiempo. —Él sopla unos anillos y los estalla con su dedo como si tuviera dieciséis años.
—¿Hablaste con Rose recientemente? —pregunto mientras está distraído, tratando de disminuir el pinchazo de su nombre. No funciona. Su rostro se desencaja y entonces se tuerce al fruncir el ceño.
Él patea una tapa de botella, haciéndola girar por el suelo.
—No... Ella está saliendo con alguien.
—Mierda, amigo, lo siento. —Las noticias hacen que mi estómago de un vuelco, así que el suyo debe haber caído en picada a un agujero negro.
—Sí, bueno, ¿qué puedo hacer?
—Matarlo —bromeo.
Él se ríe y sacude la cabeza.
—No me des más ideas.
—¿Más?
—No lo quieres saber. —Se pone de pie y saca el teléfono de sus jeans, la pantalla iluminando su rostro.
Pero sí quiero saber en caso de tener que ser su coartada por alguna estupidez, así que cuando él se palmea el estómago y pregunta si quiero comer, acepto.
La mala idea que tenía de rondar cerca de Bella tiene que esperar para tomar forma. Por ahora, al menos.
Gracias por leer :)
