Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.
Diez
Llego a la esquina de la 32 y Hove y dejo el coche en reposo. Ella sugirió encontrarnos aquí en vez de su departamento. Dijo que sería más fácil para mí encontrarlo. O más fácil para ella esconder lo que sea que existe en estos callejones llenos de sombras y casas de empeño con carteles de neón prometiendo dólares por oro.
Enciendo los faros cuando Bella aparece. Ella agita su mano para decirme que tardará dos minutos, luego se agacha para hablar con lo que al principio luce como una pila de basura. Cuando miro de cerca, noto que es un hombre indigente con un perro negro acurrucado contra su costado. Ellos intercambian unas palabras, y ella le tiende lo que supongo que es dinero antes de cruzar la calle hacia mí, enviándole una sonrisa sobre su hombro.
Me inclino para abrirle la puerta. Ella entra, me da una sonrisa. Solo que es diferente. Menos familiar. Nerviosa.
—Gracias por hacer esto.
—No hay problema. Me encontraba en esta parte de la ciudad. —Estoy lleno de mentiras hoy.
—¿Te gusta conducir?
—Sí.
—¿Cómo es que tomas el autobús entonces? —Con un clic de su cinturón de seguridad, ella voltea toda su atención hacia mí.
—El tráfico mata mi motor. El autobús tiene más sentido. —No le cuento la verdadera razón. Que tiendo menos a salirme del camino si no tengo manera de volver a casa luego.
Le echo un vistazo al hombre sin hogar de nuevo antes de volver a la carretera. Los ojos de él están fijos en los míos. Muestran más que curiosidad; muestran protección.
—¿Lo conoces? —pregunto, cambiando la estación de radio. La música retumba en el coche, haciéndola sobresaltar. La bajo a un ruido de fondo.
—Sí y no —dice ella, la peor manera posible de responder a una pregunta.
—Entonces, ¿quizás?
Ella comienza a rebuscar en su cartera, encontrando lo que sea que usa para recoger su cabello. El aroma a su champú resalta sobre el usual aroma a cuero y aromatizante gastado.
—Él solía trabajar en seguros. Nunca tocó el alcohol o las drogas. —Ella nota lo que ha dicho y luce culpable, pero sacudo la cabeza para que ella continúe—. Lo que quiero decir es que, él simplemente intenta sobrevivir a la mala racha que le ha tocado.
Trago la ironía. Raspa mi garganta.
—Él ha tenido un camino brusco, entonces.
—Podrías decir eso. Siempre me detengo a saludarlo y darle lo que puedo. Sé que todos nosotros solo estamos a una dosis de mala suerte de terminar viviendo en las calles. Me gustaría pensar que alguien me ayudaría si ese fuera el caso. —Ella se encoje de hombros y vuelve a mirar por el parabrisas.
—Alguien lo haría —digo.
Me echa un vistazo, leyendo entre mis líneas, y sonríe.
Viajamos en un silencio cómodo tanto como ella puede soportarlo, lo cual no es mucho.
—¿Puedo buscar algo que escuchar? —Ella está tocando el sintonizador antes de que responda.
—Por supuesto. ¿Qué te gusta?
Ella muerde sus labios, escaneando las estaciones.
—Todo. Depende del humor en que me encuentre. ¿Qué hay de ti?
—Lo mismo.
Ella escucha por unos segundos una canción y luego cambia a la siguiente. Una y otra vez. Es un rasgo de Ally que solía volverme loco. Lo mismo con pasar de canales hasta que mis ojos dolían.
—¿Cómo sabes si te gusta o no si no escuchas a toda la canción? —digo, apartando su mano, tomando el control—. Tienes que escucharla por completo, luego puedes decidir si te gusta o no. —Encuentro una vieja canción de rock, una que no me lleva de vuelta a los hoyos negros pasados en The Roadhouse—. Escucha esto.
Ella me mira con asombro, y entonces se ríe.
—¿Qué? —Frunzo el ceño.
—Jamás te he escuchado hablar tanto. —Su mirada se encuentra sobre mí de nuevo. Miro al tráfico. Mis dedos ansían un cigarrillo, así que los golpeteo al ritmo de la canción sobre el volante en cambio—. Me gusta —añade, intentando derretir mi humor.
Solo sonrío cuando ella mira para el otro lado.
El coche es como un sauna mientras nos arrastramos por el tráfico. Bella se quita su abrigo, desenrosca su bufanda. Está sonrojada del calor. Lucho con todas mis fuerzas para no poner mis manos por todo su cuerpo cuando se inclina hacia el asiento trasero, dejando sus prendas extra. Abro un poco la ventana para darme la oportunidad de respirar algo más que ella.
—Entonces, ¿qué has estado haciendo esta semana? —Juega con el cierre de su bota, los ventilas, su cabello. Ella nunca para de moverse. Podrían ser los nervios o que simplemente esté llena de vida. Soy una piedra en comparación.
—No mucho. Trabajando, mayormente.
—¿Qué haces?
—Soy reportero. —Una pequeña mentira piadosa en tiempo presente.
—¿En serio? Eso es increíble.
Al masoquista en mí le gusta aumentar las expectativas de las personas así su decepción cae mucho más profundo.
—Lo era antes de cagarla. Ahora escribo obituarios.
Ella no pierde un segundo.
—Eso sigue siendo un trabajo importante. Cuando mi papá murió, él solo obtuvo unas oraciones, y escribieron mal su nombre. Quiero decir, ¿qué tan difícil puede ser eso? Él no fue un astronauta o un inventor, pero se merecía más que eso, ¿sabes?
Hago una mueca por dentro. Mi atención a los detalles ha sido pobre. Apenas puedo escuchar mientras hablo con los familiares, mucho menos simpatizar con ellos. Soy un cabrón egoísta.
—¿Qué hay de antes? ¿Qué tipo de reportero eras? Si no te molesta mi pregunta.
—Para nada —miento de nuevo—. Era un corresponsal de guerra para la CNN.
—Vaya, Edward. Eso es... eso es asombroso. —Sus dedos pellizcan la tela de mi sudadera, jalando como si no pudiera creerlo—. Debió haber sido increíble, poder viajar por todo el mundo... pero también las cosas que debes haber visto. Las cosas sobre las que tuviste que escribir.
Una película de terror cobra vida en mi cabeza. Cierro los ojos ante las imágenes y la carretera. Cuando los abro, ellos siguen allí, transmitiendo sin parar.
—Sí, tuvo sus momentos. —Mi voz está insegura de si misma.
Ella suelta mi sudadera, pero su mano permanece, como si ella vaya a tocarme en algún otra parte. Algo cambia en su mente, y coloca su mano debajo de su muslo.
—Es un trabajo valiente.
Sacudo la cabeza.
—En realidad, no. —Puede que ella tenga razón, pero no puedo escuchar esas palabras ahora. No sin pensar cómo lo he tirado todo por la borda y cómo eso me hace el peor cobarde de todos.
—¿Qué hay de ti?
—¿De mí?
—Dijiste que tenías otro trabajo.
—Oh, sí. —Ella deja mi pregunta de lado con un suspiro evasivo—. Trabajo en una oficina en el centro. Es aburrido. Trato de llegar a fin de mes. —Ella comienza a girar su anillo de plata alrededor de su pulgar—. ¿Serás capaz de hacer tu viejo trabajo de nuevo, cuando estés...? —Lucha por encontrar la palabra. Mejor. Sobrio. Vivo.
—Quizás.
Le miento sobre la hora de la reunión de esta semana. No puedo arriesgar que ella me haga más preguntas porque tendré que detenerlas, y la única manera que se me ocurre de poder hacer eso es besándola, y la idea de pensarla escala hacia el asiento trasero antes de poder detenerme. Creo que ella sabe que estoy mintiendo, ya que se la ve menos animada mientras cruza la calle. Em llega veinte minutos después y acepta mis razones para conducir, hay otras cosas en su mente. No puedo sacar a Bella de la mía.
~ACoY~
Nos hemos quedado sin lugar a dónde ir antes de tener que estar donde debemos estar. Los bares son la opción obvia—no se puede. Cafeterías—a ninguno de los dos le gusta las cosas o las personas que concurren allí. Somos una especie diferente de fantasmas.
—¿Cuándo fue la última vez que te columpiaste? —pregunta, caminando hacia un solitario juego de cuatro columpios. El parque está vacío. Todo es gris y lleno de sombras, las pocas farolas en las esquinas apenas logran iluminar. Y cuando digo todo, quiero decir Bella también. Ella no tiene color al igual que el parque.
Ella sostiene las cadenas y se reclina, dejándose ir. Su cabello vuela detrás de ella. Mantengo mis botas en el suelo y le pregunto si se encuentra bien.
Ella no me mira, empujándose suavemente así sus pies apenas rozan el suelo.
—Sí.
Para alguien que normalmente tiene veinte palabras comparadas con dos mías, ella debe haber dejado unas mil sin decir.
—¿Estás segura?
—Solo estoy un poco cansada —dice, sin hablar de nuevo.
Meto mis manos dentro de mis bolsillos, mis hombros encorvados contra el frío.
—¿Tienes que trabajar esta noche? —pregunto, pensando en que ella debería volver a su cama e intentando no pensar en cómo ella podría venir a la mía.
—Sí. Jimmy ya me ha advertido por llegar tarde. No ir sería incluso peor.
—Mierda. Eso es mi culpa.
—Eso es lo que intenté decirle. —Veo una sombra de su sonrisa de siempre.
Tomamos prestado tiempo de nuestras reuniones. Tengo que soportar los reproches de Em y dejo trabajos sin terminar. No había pensado en lo que ella cedía a cambio de esas horas extra.
—Hablaré con él si te está molestando.
—Puedo cuidarme yo sola, Edward —dice bruscamente, pero entonces añade—. Pero gracias por ofrecerte.
Ella es el tipo de chica que dice mucho pero no te cuenta nada. Estoy esperando el momento. Sus secretos no están ocultos profundamente; ella solo es una experta en evadir.
—¿No tienes frío? —Ella cambia de tema, observando mi chaqueta, la camiseta fina debajo.
—No siento el frío —digo, aunque mis pies y mis dedos están entumecidos.
Ella se estremece debajo de todas sus prendas.
—Tienes que ser de sangre fría entonces, como un lagarto o algo.
—Quizás estoy muerto.
Ella detiene su columpio con los pies y me estudia por un segundo. Entonces, su decisión está tomada. Ella viene a pararse frente a mí. Su boca está oculta detrás de su bufanda, pero sus ojos están llenos de intención. Se ubica entre mis rodillas, el calor de su cuerpo bloqueando la noche helada. Necesito apartarme, pero no puedo, y esa es la única excusa que necesito para permitirle acercarse más.
Bella levanta su mano y coloca sus dedos debajo de mi mandíbula, los presiona contra mi cuello. Siento mi pulso contra su piel, más rápido de lo que debería. Comienzo a quitar mis manos de mis bolsillos, indeciso entre acercarla más o apartarla, cuando ella habla.
—Estás vivo.
Un globo explota en mi pecho cuando noto lo que está haciendo. Ella no deja caer su mano, permanece allí, cálida y firme. Encuentro su muñeca debajo del borde de su guante, su pulso acelerado.
—Estás vivo, Edward —repite.
Bum. Bum, bum. Bum. Bum, bum. El ritmo encaja dentro del otro.
—Tú también —digo.
~ACoY~
La próxima semana, ella no sube al autobús. No llama.
La reunión es un borrón. Ya he decidido chequear que esté en el trabajo. Si no lo está, no sé lo que haré.
Em me acorrala afuera—tengo que esperar a que él se vaya antes de poder acercarme. Mentiras y excusas cubren mi mente mientras intento elegir la correcta. Él me pide un cigarrillo, añadiendo otros cinco minutos a nuestra charla. Estoy ansioso, pero él no termina. Me está contando algo sobre el imbécil del novio de Rosalie cuando un coche familiar estaciona junto a la acera.
El novio de Bella —o quien carajo sea— baja del Tahoe y entra al restaurante.
Los minutos parecen horas antes de que vuelva a salir, Bella detrás de él. Puedo escuchar su voz sobre el sonido de los coches. Llama la atención de Em también. Él ve mis puños cerrados, la tensión en mi mandíbula.
—Edward —advierte, colocando una mano sobre mi brazo.
Me detiene por medio segundo, detiene mis pies cuando estos intentan correr hacia ella. Bella le grita algo, lanzando sus palabras hacia la noche, pero su significado se pierde en el viento. Él la toma y la jala hacia el coche. Ella se resiste. Lo que sea que él dice entonces, suave y cerca de su rostro, esfuma su pelea. Satisfecho, él abre la puerta y entonces camina alrededor de su coche. Escucho la siguiente parte. "Carajo, entra, ahora". Zafo mi brazo lejos de Em antes de que Tahoe termine esa oración. Estoy de pie y del otro lado de la pared en un segundo, pero no soy lo suficientemente rápido. Él ya se encuentra en el coche, el motor encendido mientras cruzo la calle, la ira corriendo en mis venas. Bella me ubica. Su rostro está congelado en algún tipo de terror. Ella sacude la cabeza en advertencia, y sube al coche. Sus ruedas arden contra el asfalto, chillando antes de que pueda llegar al metal. Lo observo mezclarse en el tráfico, las bocinas retumbando por la conducción descuidada. Mi corazón martillea con ira sin resolver. Voy a matarlo.
Saco mi teléfono e intento llamarla, pero el suyo se encuentra apagado. Em coloca una mano sobre mi hombro, empujándome hacia la acera.
—¿Qué demonios fue todo eso, E?
Él mira el tráfico conmigo y se pasa una mano por su cabello, su rostro lleno de preocupación.
—¿Ella es la razón por la que has estado llegando tarde?
Sacudo la cabeza, probando su teléfono de nuevo. Em vuelve a tocarme.
—Mierda. —Suelto mi maldición con un puñetazo. Em vuelve a aferrarme.
—Creo que necesitas calmarte, y luego necesitamos hablar.
No sé qué más hacer, así que dejo caer mi cabeza y asiento.
Le cuento todo a Em. Él está furioso y preocupado. Me dice que no debería volver a verla.
No miento. Le digo que tengo que hacerlo.
Él me advierte. No lo escucho.
Es solo cuando el resto de la ciudad está durmiendo que recibo un mensaje de ella.
"Estoy bien."
¿Ahora quién miente?
La próxima semana, ella ni siquiera va a trabajar.
