Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SparrowNotes24, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SparrowNotes24. I'm only translating with her permission.


Doce

Entré a su vida y la salvé sin pensarlo.

Ahora, ella entra a la mía.

Camina alrededor del cuarto, deslizando sus dedos, su mirada curiosa—por qué, no lo sabría. No debería dejar que me moleste. La quería aquí. Pero sus dedos siguen tocando y sus ojos siguen observando. Me siento expuesto.

Uno pensaría que habría escondido mi pasado, pero aquí, en mi propio espacio, está a la vista. Fotos, premios, semanarios, recuerdos, y recordatorios. Sus dedos trazan todo y me encuentran dentro de libros y revistas. Es solo cuestión de tiempo.

—¿Esta es tu hermana? —Ella se inclina para ver mejor un momento más feliz.

—Sí... Ally.

—Ajá. Ella se parece a ti. Tienen la misma sonrisa. ¿También vive aquí?

—No, ella vive con su marido. ¿Cómo terminaste en Seattle? ¿Con él? —añado esta última parte antes de poder detenerme.

—Vine aquí después que mi papá murió —dice, su boca torciéndose, mostrándome su dolor antes de arreglarlo—. Para huir de los recordatorios de que él ya no estaba y los errores que había cometido. Sam ya se había mudado a la ciudad... Estaba teniendo problemas y él era un rostro familiar, así que supongo que volví a los viejos hábitos.

—¿Lo amas?

—Amo nuestros recuerdos. —Vuelve a mis fotos, cerrando sus puertas, hasta que vuelve a abrir las mías—. ¿Alguna vez has amado a alguien?

—Esa es una pregunta difícil de responder.

—¿Por qué?

—Es demasiado vaga.

—¿Quieres que sea más específica?

—No.

Ella vuelve a disparar.

—Entonces, ¿lo has hecho?

Las heridas huecas en mi pecho palpitan.

—Sí. —Intento no frotar el dolor, desviándome hacia ella—. ¿Y tú?

—A veces, no estoy segura.

~ACOY~

Ordeno una pizza mientras ella se acurruca en el sofá, su curiosidad controlada por ahora. No pensé bien en la logística cuando le pedí que se quedara. Un cuarto, una cama.

—Puedes usar mi cuarto —digo, eligiendo sentarme en el sillón en vez del gran espacio a su lado.

—No puedo hacer esto. Dormiré aquí. —Señala al sofá.

—No, está bien. Toma la cama. No duermo mucho, de todas maneras.

Ella sonríe.

—Somos dos. —Sus palabras atan otro nudo entre nosotros. Privación de sueño mutua para añadir al resto.

Las horas frente a nosotros se estiran aún más. Nos acercamos cada vez más. Sus manos encuentran mi rodilla cuando ella se ríe, nuestros brazos rozan mientras miramos televisión, nuestras miradas rondan mientras coqueteamos, luego volvemos al comienzo cuando se vuelve demasiado y uno de los dos da un paso hacia atrás. Mi autocontrol está a punto de quebrarse para cuando llega la pizza.

—¿Qué quieres hacer mañana entonces... con tu departamento?

Ella aparta su plato y limpia sus manos con una servilleta, quitando su sonrisa también.

—Necesito volver.

—¿Por qué?

—Necesito tomar mis cosas, y necesito hablar con Sam.

Ya puedo ver cómo esto saldrá. Lo vi pasar con Alice una docena de veces antes de que ella encontrara a Jasper. Ellas creen que él cambiará. Que a él le importará lo suficiente como para intentarlo. No lo hacen—nunca. A mí no me importó.

Froto una mano sobre mi rostro. Si no la puedo salvar de las cosas dentro de su hogar, al menos puedo protegerla de afuera.

—Arreglaré tu puerta primero.

—No tienes que hacerlo.

—Sí, tengo. —Me paro y quito la basura así ella no puede discutir conmigo, decidiendo llevarla al cubo de basura en vez de dejarla en la cocina. Necesito despejar la cabeza. Necesito un cigarrillo. Me tomo mi tiempo, enfureciéndome aún más con toda la situación con el paso de los minutos y la nicotina se filtra en mis venas. Finjo no estar celoso de que nuestro juego de tire y empuje ahora tiene otros jugadores.

Ella está esperando en la cocina cuando regreso. No intento ser bueno.

—Deberías dormir un poco.

Ella mete sus manos dentro de sus mangas, se envuelve a sí misma contra el cambio de mi temperatura.

—Está bien. ¿Al menos puedo tener un vaso de agua? —Su ceño fruncido lo sigue mientras afila su dureza para igualar la mía—. Entonces, me apartaré de tu camino.

Asiento.

—Está bien. Los vasos se encuentran en el segundo estante de la alacena contra la pared. Necesito tomar algunas cosas de mi cuarto. —Ella ya se encuentra de espaldas a mí.

Dejándola con el agua corriendo, tomo unas sábanas, metiendo una pila de libros debajo de mi cama, prendas en el cesto, tomando mis cosas del gimnasio para la mañana. Estoy haciendo todos los movimientos correctos. Pero se siente como una farsa. Si sus manos y sus ojos rondan un poco más, no los detendré. Y volveré a esta cama, sus prendas descartadas en el suelo junto con mis buenas intenciones.

La encuentro esperándome, su rostro serio.

—¿Por qué sigues ayudándome?

Paso por su costado y lanzo las sábanas sobre el sofá. No puedo responder porque hay demasiadas respuestas, y a ella no le gustará ninguna. Ninguna de ellas es que soy un caballero de armadura brillante.

—Es tarde. Duerme un poco. —Me siento, de espaldas a ella, observando el televisor titilante, pero solo escuchándola.

Ella no me escucha.

—No estoy cansada.

—Bueno, yo sí.

Ella se para frente a mí, sus puños cerrados.

—¿Por qué volteas y cambias así?

Hago mi cabeza hacia atrás para mirarla.

—No sé a lo que te refieres.

—Sabes exactamente a lo que me refiero. Un minuto estás aquí y al siguiente no. Pides que me quede, luego actúas como si te molestara. Me dices que no quieres conocerme, luego que sí. Me esquivas, luego siempre estás allí... No me dejaste saltar.

Su furia es demasiado brillante, y quiero cubrir mis ojos.

—¿Por qué no saltaste antes de que llegara allí?

—Yo... Porque... Yo... —Estampa sus manos contra sus muslos—. No lo sé. —Sus ojos brillan con lágrimas—. No me preguntes eso.

—¿Por qué no?

—¿Por qué no bebiste hasta morir?

—Lo intenté. —La fuerza de esta verdad nos sorprende a los dos.

Mi honestidad perfora su ira, y ella comienza a desinflarse. Dice mi nombre. Es soltado con un suspiro que suaviza sus bordes, como si significara más para ella de lo que significa para mí. Ella estira su mano y traza el cuello de mi camiseta.

—Estoy feliz de que no lo hayas intentado lo suficientemente fuerte.

Envuelvo mis dedos alrededor de su muñeca. Quiero que se detenga—no lo hace. Ella trepa sobre mi regazo, y no la aparto, pero mantengo mi agarre en sus manos aventureras. Necesita guardárselas para ella.

—Edward —vuelve a decir. Esta vez, es diferente. No es un ruego. Es un deseo que no debería conceder.

—No quieres esto. —Estoy lleno de contradicciones; mi voz ya está manchada por la lujuria que se derrama sobre ella. Estamos cubiertos en ella, y mientras se desliza por mi cuerpo, ella se mece contra mi erección, sus uñas dejando cicatrices en el interior de mis brazos. Mantengo la distancia de mis labios y los de ella, pero incluso desde aquí, puedo saborearla.

—No quieres esto —vuelvo a decir. Quiero que escuche todo lo que no le digo. Son las cosas más importantes que jamás he dicho.

Incremento la presión en sus muñecas cuando ella comienza a acercarse más. Pero solo contengo lo inevitable, sabiendo que se sentirá mucho mejor cuando finalmente ceda. Sus labios encuentran su destino contra mi oreja, pinchando como una abeja.

—No me digas lo que quiero.

Luego empuja mi pecho y se pone de pie. Me estiro hacia ella, demasiado ido como para que me importe, pero ella da un paso hacia atrás. Su cuerpo está encendido pero sus ojos se han ido.

—Buenas noches, Edward.

~ACoY~

No puedo dormir. No creo que ella pueda, pero no la chequeo cuando me voy con el primer vistazo de luz solar. El gimnasio ya está abierto, los madrugadores se desahogan. Asomo mi cabeza dentro de la oficina, pero Riley no se encuentra allí, por lo que me dirijo al fondo para cambiarme.

Solo hay una persona en el vestuario, pero está más lleno que nunca. Em, desplomado y sudado sobre los bancos, abre un ojo cuando me escucha. Abro mi sudadera y la cuelgo en el casillero junto con mi bolso y mis llaves, esperando ver cómo será esto. Casi me pregunto si él ha dormido aquí.

Él habla primero.

—¿Aún vivo entonces?

—Síp.

—¿Sigues viendo a la chica?

—No —digo, luego me corrijo por el bien de la resolución de nuestra amistad—. Sí, pero no de esa manera.

Él suspira, y cuando volteo, ha cerrado sus ojos de nuevo, su brazo cuelga sobre su rostro.

—¿Qué quieres que diga?

—Quiero que me digas que esta chica es solo una amiga, nada más que eso.

—No lo es —respondo a la primera parte de su pregunta, dejando el resto a su interpretación. Solo que él puede leerme tan fácil como el logo en mi camiseta.

—Sabes que no puede hacerlo de esta manera, E. Necesitas dar un paso atrás. No dejes que el viejo tú tome el control. Él es un cabrón y no sabe lo que es bueno para él.

—Sé lo que estoy haciendo.

Él sacude la cabeza, presionando sus labios entre sí. Él sabe que no necesita decir las palabras que están formándose detrás de ellas. Las he escuchado a todas antes. Él desaparece en las duchas sin responder.

Tengo dos opciones: necesito irme o necesito dar un paso atrás y pensar. Jamás he sido alguien que se toma las cosas lentamente, y no creo que ella lo sea tampoco. Necesito sacarla de mi sistema, y solo conozco una forma de cómo hacerlo.